Nuestro Convencimiento
La década de los 90 en nuestro país, como corresponde a un período de transición, está marcada de constantes y significativos cambios. En efecto, en los últimos años hemos experimentado importantes transformaciones, muchas de ellas con tintes aparentemente paradójicos: actividades económicas antes excluyentes se encuentran hoy dentro de las excluidas (agro); los que salieron del país por la pobreza y falta de oportunidades son hoy una de las principales entradas de nuestra riqueza y de ampliación de nuestras oportunidades (hermanos lejanos); entrañables rivales políticos de antes fraternizan nuevas alianzas, mientras aliados de siempre nunca acaban de ponerse de acuerdo (quehacer parlamentario); apellidos históricos otrora más potentes que las garantías hipotecarias hipotecan hoy en día la confianza de los ahorrantes (escándalos financieros). En fin, signos de la presente década son el cambio y la paradoja, propios de los tiempos de transición.
Ahora bien, la dinámica del cambio y la transición es también compleja. A veces significa avances, otras veces retroceso, pasos hacia adelante y pasos hacia atrás, fuerzas que se aferran al pasado y a los viejos paradigmas y fuerzas de futuro que desafían lo establecido. Como ya lo hemos mencionado en otras ocasiones, lo importante es percibir y apostarle a la tendencia positiva, lo adecuado es ubicar los avances y retrocesos en perspectiva histórica, lo que cabe es colocar los cambios y acontecimientos dentro de la dinámica de un país en transición. Si no lo hacemos, los retrocesos alimentan gratuitamente nuestro pesimismo y los avances levantan óptimas y falsas expectativas.
Bajo tal marco es que queremos analizar lo acontecido en 1997, convencidos que lo ocurrido durante el mismo, pese a importantes retrocesos, es un paso hacia adelante en el proceso de transición que vive nuestro país; convencidos, a pesar del escepticismo que hoy campea en los salvadoreños(as) y de los serios problemas que nos aquejan, que los hechos ocurridos en lo que va del año apuntan hacia un destino mejor.
Nuestro Análisis
Uno de los acontecimientos más importantes ocurridos en lo que va del año fueron las elecciones de marzo, y el cambio en la correlación de fuerzas que resultó de las mismas. Quizá por primera vez en la historia del país se establecía un balance de poder entre las distintas fuerzas políticas, y en menor medida, entre los distintos órganos del Estado. El protagonismo que fue adquiriendo la Asamblea Legislativa en el debate y gestión de importantes problemáticas de la agenda nacional, ha sido una muestra de ello (privatizaciones, deuda agraria, presupuesto, etc.). No cabe duda que este balance, a pesar de los acalorados y confrontados debates que suscita, es sano y vitaliza el ejercicio del poder político: limita poderes fácticos, descolora nuestro marcado presidencialismo, estimula la concertación como práctica política, otorga mayor transparencia al quehacer público, etc.
Cabe señalar sin embargo, como contrapartida, que el balance en la correlación de fuerzas políticas alienta los intereses cortoplacistas partidarios y de los grupos tradicionales de poder, los cuales ven amenazados sus espacios y privilegios. Esto es algo que pudo haber pasado en las esferas de poder tradicionales con el ascenso experimentado por el FMLN en las elecciones de marzo 97. De ahí las tentaciones de ciertos grupos de poder de impulsar una política de confrontación y descalificación del adversario, de la que las acusaciones en torno a los secuestros es una primera muestra (más allá del involucramiento que determinadas personas o grupos pudieran tener, y sobre las cuales debería caer todo el peso de la ley).
En el terreno económico, lo destacable como positivo no son tanto las mejorías de las cifras macroeconómicas respecto a 1996, sino la emergente conciencia de las fragilidades estructurales de nuestra economía y de la necesidad de impulsar cambios en la misma.
En efecto, ciertas mejorías en el comportamiento del PIB, del IVAE, de las exportaciones, de los niveles de inflación, pueden ser sólo dinámicas pasajeras si no están sustentadas en cambios de fondo en la estructura socio-económica. Un análisis más detenido del comportamiento de las variables macroeconómicas nos revela que el optimismo por el crecimiento de las exportaciones se relativiza al descansar sólo en algunos productos tradicionales de exportación (café y azúcar) y la maquila; mientras tanto, las voces triunfantes respecto a la reducción de la tasa inflacionaria pueden ser opacadas por los preocupantes gritos provenientes de unos salarios y de una demanda en franca derrota.
Todavía no hay nada serio o contundente que nos indique que la base económica en que se sustentan los comportamientos macroeconómicos se esté positivamente moviendo. No vemos señales claras que apunten a la inclusión de miles de productores marginados a la dinámica de la economía nacional, a enfrentar con fuerza y profundidad los problemas de pobreza, a entrarle con seriedad y valentía a los problemas del empleo y el medio ambiente, a buscarle solución a los problemas de desarticulación sectorial y debilitamiento de nuestras capacidades productivas, a corregir las deficiencias en los niveles de ahorro interno e inversión, a buscar mejorar condiciones estructurales que eleven nuestra competitividad (que también tienen que ver con la libre competencia, los costos financieros, los costos del transporte aéreo, entre las menos mencionadas), a entrarle sin ambages a los problemas derivados de la concentración de la riqueza, a eliminar barreras estructurales que dificultan la entrada de la inversión extranjera (respecto al Estado de Derecho, certidumbre y accionar de largo plazo, niveles de violencia, para completar otras ya conocidas como los niveles educativos y la infraestructura), etc. No vemos señales claras que apuntalen el desarrollo, sino más bien hechos que refuerzan nuestro estado de mal desarrollo.
Si seguimos en esta vía, si no enfrentamos con contundencia los problemas antes señalados, seguiremos adquiriendo los primeros lugares continentales en la carrera hacia el mal desarrollo, tal como lo hemos conocido en el transcurso del año a través de diversos estudios e informaciones: hemos llegado a ser el país más violento de América Latina (BID); somos el país, junto con Haití, con mayor deterioro ecológico del continente (PNUD, BM); nos hemos llegado a colocar entre los primeros países latinoamericanos más pobres (PNUD).
Por ello, en el campo económico, creemos que lo más destacable como avance en lo que va del año es la conciencia, todavía incipiente, de que la estructura del país necesita cambios, que hay necesidad de nuevos "motores". Dentro de este contexto resalta la importancia creciente que va cobrando el sector rural como componente fundamental del desarrollo de nuestro país, luego de haber sido visto de menos en la formulación de la política económica. Esto abre significativas posibilidades de concertación y entendimiento, al menos en materia de política sectorial.
También en el ámbito económico, no podemos dejar de destacar los escándalos financieros que sacudieron el país, especialmente el caso INSEPRO-FINSEPRO. Más allá de sus efectos negativos (sobre los depositantes, sobre la confianza, sobre la economía, etc.), los escándalos proporcionaron algunas importantes lecciones y avances: se hizo más patente la necesidad de la reforma del sistema financiero y de los riesgos de una desregulación mal entendida; se abrieron posibilidades de concertación en un tema de trascendencia; se perfilaron (sin ser aprovechadas) nuevas alianzas para el cambio; se dio un primer golpe, sin precedentes en la historia del país, a la "impunidad de los apellidos"; se ejercitó la democracia y el debate parlamentario, etc.
En ese marco de mayor balance en la correlación de fuerzas políticas, de desgaste de una etapa de crecimiento y de "orfandad de proyecto económico", surge otro hecho que no podemos dejar de mencionar: la formación por el Presidente de la República de la Comisión Nacional de Desarrollo, responsable de proponerle al país la agenda temática y metodológica que debe guiar la construcción de un Proyecto o Visión compartida de Nación.
No cabe duda que, independientemente de las motivaciones que le dieran origen, la Comisión y el proceso que se logre dinamizar a través de ella, tendrán un impacto en la vida nacional. Representan asimismo la posibilidad de transitar de las políticas gubernamentales a las de Nación; de trascender los márgenes cortoplacistas del mercado, así como el de ir más allá de las dinámicas partidarias y electorales y del quehacer cotidiano de los gobiernos de turno; posibilita darle rumbo y brújula a nuestros esfuerzos; es un posible espacio a la prácticas de concertación en detrimento de las de confrontación; es una oportunidad de potenciar la participación ciudadana y de construir ese capital y energía social que el desarrollo del país tanto necesita. No nos cabe duda del paso hacia adelante que la formación y accionar de esta Comisión significa, así como del potencial que representa; quedan por ver los contenidos concretos de la propuesta, los apoyos o resistencias recibidos por los grupos o partidos con fuerza o capacidad de veto, el despliegue de sus propuestas, el grado y calidad de participación que contengan y el entusiasmo que generen. Ni más ni menos, estamos de nuevo frente a la oportunidad histórica de llegar a grandes acuerdos, de demostrarle al mundo que si fuimos capaces de ponernos de acuerdo en torno a la necesidad de la Paz, nos podemos poner mínimamente de acuerdo sobre una agenda básica del Desarrollo Nacional.
Finalmente, otro acontecimiento relevante es la decisión de la Asamblea Legislativa de destinar el 6% del presupuesto nacional a los municipios. Esto trae a cuenta la creciente importancia que la gestión local o regional del desarrollo va adquiriendo en nuestro país, y del convencimiento de que sin éste no hay desarrollo nacional posible. En este sentido, 1997 significa el principio de un apuesta por el desarrollo local, un reconocimiento de sus ventajas en la gestión de los recursos, del potencial de la participación ciudadana y de las dinámicas de descentralización.
Nuestras Expectativas
En base de lo acontecido y dibujado en 1997, ¿qué podemos y debemos esperar para los próximos años? ¿qué hay que consolidar? ¿qué hay que combatir o superar? He aquí nuestras expectativas al respecto.
La puesta en marcha de tales medidas requiere de un pensamiento fresco y de enfoques renovadores en las formas de hacer o gestionar políticas de desarrollo. No podemos seguir en el camino del mimetismo de los modelos a seguir, ni en el de los dogmas o recetas a aplicar. Ya no van quedando espacios para los "modelos". Estos, como el soviético, el mexicano, y hoy en día el asiático, han caído, van cayendo y caerán, de la misma forma ilusoria y ligera con la que se vendieron a los pueblos. De igual manera, el Dios Mercado, como otrora lo fue el Dios Estado, no puede seguir siendo el único y exclusivo referente del quehacer económico o de la formulación de políticas, especialmente en lo que se refiere a la distribución y asignación de recursos. Cada vez está más claro que las señales que suele escuchar el mercado son las de aquellos que han tenido capacidad de hablar y dejar sentir sus poderosas voces, y no la de aquellas poblaciones mayoritarias, arrinconadas en el silencio, que apenas tienen capacidad de murmurar sus propios sufrimientos. No hay modelos, no hay recetas universales, no hay "manos invisibles" en el mercado. No podemos seguir dándole espacio a la doctrina y al catecismo económico, sino abrirle puertas a la creatividad e imaginario de la teoría y de la política del desarrollo.
Bajo tal perspectiva es que saludamos en su momento la creación de la Comisión Nacional de Desarrollo, y la que hoy nos lleva a apoyar sus actuales y próximos esfuerzos. Albergamos la esperanza de que éstos logren despertar el entusiasmo colectivo, la solidaridad, así como la energía, participación y compactación social que requiere la puesta en marcha de un Proyecto o Visión Compartida de Nación. El éxito de esta histórica empresa depende en buena medida de la actitud que adopten los principales actores políticos y sociales, así como del comportamiento de la población en general: los que puedan o quieran protagonizarla deben entender que cualquier forma de protagonismo es fatal; los contendientes electorales deben apreciarla como una oportunidad de dar mayor altura a sus campañas y proyectos partidarios; los escépticos y desconfiados deben al menos otorgar el beneficio de la duda; los que creen y tienen expectativas deben desplegar todo su apoyo y prepararse para participar con entusiasmo, de cara a la construcción de una verdadera infraestructura social de concertación.
Los que hasta ahora han sido los principales agentes u operadores históricos del "desarrollo" (Estado, Empresa Privada, Partidos Políticos), se han mostrado incapaces o limitados en gestionar adecuadamente nuestro planeta y la mayoría de países que lo conforman. Los crecientes "males globalizados" de nuestra era así lo muestran: expansión de la pobreza, deterioro de los ecosistemas, fragilidad de los mercados financieros, internacionalización del narcotráfico y la corrupción, incremento de la violencia y el crimen organizado, la ampliación de las brechas Norte-Sur y Riqueza-Pobreza, etc. La consolidación e irrupción de un nuevo actor, la sociedad civil, puede contribuir a que los Estados sean más eficientes y transparentes, a que la empresas sean más sensibles y solidarias, a que los partidos políticos estén más cercanos a los ciudadanos y más lejanos en sus visiones.
De ahí la importancia fundamental de apoyar el fortalecimiento de la sociedad civil, de buscar la construcción de tejido social, de fomentar los niveles organizativos de los ciudadanos, de articular los distintos esfuerzos que emanan de éstos, de disminuir la dispersión de un actor social por naturaleza diverso, de incrementar la presencia y participación de la sociedad civil en las grandes decisiones. En este marco ubica la FUNDE su apoyo a la iniciativa SAPRIN. Se trata de una red internacional de sociedad civil (al momento más de 1000 instituciones y redes) que en El Salvador se está organizando y desarrollando, y abarca actualmente más de 11 sectores (ambientalistas, ONGs, sector agropecuario, sector urbano, pequeños y medianos empresarios, centros de investigación, movimiento de mujeres, iglesias, periodistas, organizaciones que trabajan con la problemática de la niñez y la adolescencia, así como las que trabajan con la de derechos humanos), y en el que han o vienen participando más de 200 organizaciones de la sociedad civil salvadoreña. Este todavía incipiente y nuevo movimiento de sociedad civil, está demostrando capacidad de proyectarse como un interlocutor importante y con fuerza dentro del país, y amerita todo nuestro apoyo. El desarrollo nacional lo necesita.