SAD, 11/01/97, 1997: A PESAR DE TODO, UN PASO ADELANTE EN UN PAÍS EN TRANSICIÓN

Serie Alternativas para el Desarrollo

País/Country: El Salvador

Fundación del Desarrollo de El Salvador

Autor/Author: Fundación Nacional Para El Desarrollo

Número/Number: 50

Frecuencia/Frequency: Mensual/Monthly


Fecha/Date: 11/01/97


Nuestro Convencimiento

La década de los 90 en nuestro país, como corresponde a un período de transición, está marcada de constantes y significativos cambios. En efecto, en los últimos años hemos experimentado importantes transformaciones, muchas de ellas con tintes aparentemente paradójicos: actividades económicas antes excluyentes se encuentran hoy dentro de las excluidas (agro); los que salieron del país por la pobreza y falta de oportunidades son hoy una de las principales entradas de nuestra riqueza y de ampliación de nuestras oportunidades (hermanos lejanos); entrañables rivales políticos de antes fraternizan nuevas alianzas, mientras aliados de siempre nunca acaban de ponerse de acuerdo (quehacer parlamentario); apellidos históricos otrora más potentes que las garantías hipotecarias hipotecan hoy en día la confianza de los ahorrantes (escándalos financieros). En fin, signos de la presente década son el cambio y la paradoja, propios de los tiempos de transición.

Ahora bien, la dinámica del cambio y la transición es también compleja. A veces significa avances, otras veces retroceso, pasos hacia adelante y pasos hacia atrás, fuerzas que se aferran al pasado y a los viejos paradigmas y fuerzas de futuro que desafían lo establecido. Como ya lo hemos mencionado en otras ocasiones, lo importante es percibir y apostarle a la tendencia positiva, lo adecuado es ubicar los avances y retrocesos en perspectiva histórica, lo que cabe es colocar los cambios y acontecimientos dentro de la dinámica de un país en transición. Si no lo hacemos, los retrocesos alimentan gratuitamente nuestro pesimismo y los avances levantan óptimas y falsas expectativas.

Bajo tal marco es que queremos analizar lo acontecido en 1997, convencidos que lo ocurrido durante el mismo, pese a importantes retrocesos, es un paso hacia adelante en el proceso de transición que vive nuestro país; convencidos, a pesar del escepticismo que hoy campea en los salvadoreños(as) y de los serios problemas que nos aquejan, que los hechos ocurridos en lo que va del año apuntan hacia un destino mejor.

Nuestro Análisis

Uno de los acontecimientos más importantes ocurridos en lo que va del año fueron las elecciones de marzo, y el cambio en la correlación de fuerzas que resultó de las mismas. Quizá por primera vez en la historia del país se establecía un balance de poder entre las distintas fuerzas políticas, y en menor medida, entre los distintos órganos del Estado. El protagonismo que fue adquiriendo la Asamblea Legislativa en el debate y gestión de importantes problemáticas de la agenda nacional, ha sido una muestra de ello (privatizaciones, deuda agraria, presupuesto, etc.). No cabe duda que este balance, a pesar de los acalorados y confrontados debates que suscita, es sano y vitaliza el ejercicio del poder político: limita poderes fácticos, descolora nuestro marcado presidencialismo, estimula la concertación como práctica política, otorga mayor transparencia al quehacer público, etc.

Cabe señalar sin embargo, como contrapartida, que el balance en la correlación de fuerzas políticas alienta los intereses cortoplacistas partidarios y de los grupos tradicionales de poder, los cuales ven amenazados sus espacios y privilegios. Esto es algo que pudo haber pasado en las esferas de poder tradicionales con el ascenso experimentado por el FMLN en las elecciones de marzo 97. De ahí las tentaciones de ciertos grupos de poder de impulsar una política de confrontación y descalificación del adversario, de la que las acusaciones en torno a los secuestros es una primera muestra (más allá del involucramiento que determinadas personas o grupos pudieran tener, y sobre las cuales debería caer todo el peso de la ley).

En el terreno económico, lo destacable como positivo no son tanto las mejorías de las cifras macroeconómicas respecto a 1996, sino la emergente conciencia de las fragilidades estructurales de nuestra economía y de la necesidad de impulsar cambios en la misma.

En efecto, ciertas mejorías en el comportamiento del PIB, del IVAE, de las exportaciones, de los niveles de inflación, pueden ser sólo dinámicas pasajeras si no están sustentadas en cambios de fondo en la estructura socio-económica. Un análisis más detenido del comportamiento de las variables macroeconómicas nos revela que el optimismo por el crecimiento de las exportaciones se relativiza al descansar sólo en algunos productos tradicionales de exportación (café y azúcar) y la maquila; mientras tanto, las voces triunfantes respecto a la reducción de la tasa inflacionaria pueden ser opacadas por los preocupantes gritos provenientes de unos salarios y de una demanda en franca derrota.

Todavía no hay nada serio o contundente que nos indique que la base económica en que se sustentan los comportamientos macroeconómicos se esté positivamente moviendo. No vemos señales claras que apunten a la inclusión de miles de productores marginados a la dinámica de la economía nacional, a enfrentar con fuerza y profundidad los problemas de pobreza, a entrarle con seriedad y valentía a los problemas del empleo y el medio ambiente, a buscarle solución a los problemas de desarticulación sectorial y debilitamiento de nuestras capacidades productivas, a corregir las deficiencias en los niveles de ahorro interno e inversión, a buscar mejorar condiciones estructurales que eleven nuestra competitividad (que también tienen que ver con la libre competencia, los costos financieros, los costos del transporte aéreo, entre las menos mencionadas), a entrarle sin ambages a los problemas derivados de la concentración de la riqueza, a eliminar barreras estructurales que dificultan la entrada de la inversión extranjera (respecto al Estado de Derecho, certidumbre y accionar de largo plazo, niveles de violencia, para completar otras ya conocidas como los niveles educativos y la infraestructura), etc. No vemos señales claras que apuntalen el desarrollo, sino más bien hechos que refuerzan nuestro estado de mal desarrollo.

Si seguimos en esta vía, si no enfrentamos con contundencia los problemas antes señalados, seguiremos adquiriendo los primeros lugares continentales en la carrera hacia el mal desarrollo, tal como lo hemos conocido en el transcurso del año a través de diversos estudios e informaciones: hemos llegado a ser el país más violento de América Latina (BID); somos el país, junto con Haití, con mayor deterioro ecológico del continente (PNUD, BM); nos hemos llegado a colocar entre los primeros países latinoamericanos más pobres (PNUD).

Por ello, en el campo económico, creemos que lo más destacable como avance en lo que va del año es la conciencia, todavía incipiente, de que la estructura del país necesita cambios, que hay necesidad de nuevos "motores". Dentro de este contexto resalta la importancia creciente que va cobrando el sector rural como componente fundamental del desarrollo de nuestro país, luego de haber sido visto de menos en la formulación de la política económica. Esto abre significativas posibilidades de concertación y entendimiento, al menos en materia de política sectorial.

También en el ámbito económico, no podemos dejar de destacar los escándalos financieros que sacudieron el país, especialmente el caso INSEPRO-FINSEPRO. Más allá de sus efectos negativos (sobre los depositantes, sobre la confianza, sobre la economía, etc.), los escándalos proporcionaron algunas importantes lecciones y avances: se hizo más patente la necesidad de la reforma del sistema financiero y de los riesgos de una desregulación mal entendida; se abrieron posibilidades de concertación en un tema de trascendencia; se perfilaron (sin ser aprovechadas) nuevas alianzas para el cambio; se dio un primer golpe, sin precedentes en la historia del país, a la "impunidad de los apellidos"; se ejercitó la democracia y el debate parlamentario, etc.

En ese marco de mayor balance en la correlación de fuerzas políticas, de desgaste de una etapa de crecimiento y de "orfandad de proyecto económico", surge otro hecho que no podemos dejar de mencionar: la formación por el Presidente de la República de la Comisión Nacional de Desarrollo, responsable de proponerle al país la agenda temática y metodológica que debe guiar la construcción de un Proyecto o Visión compartida de Nación.

No cabe duda que, independientemente de las motivaciones que le dieran origen, la Comisión y el proceso que se logre dinamizar a través de ella, tendrán un impacto en la vida nacional. Representan asimismo la posibilidad de transitar de las políticas gubernamentales a las de Nación; de trascender los márgenes cortoplacistas del mercado, así como el de ir más allá de las dinámicas partidarias y electorales y del quehacer cotidiano de los gobiernos de turno; posibilita darle rumbo y brújula a nuestros esfuerzos; es un posible espacio a la prácticas de concertación en detrimento de las de confrontación; es una oportunidad de potenciar la participación ciudadana y de construir ese capital y energía social que el desarrollo del país tanto necesita. No nos cabe duda del paso hacia adelante que la formación y accionar de esta Comisión significa, así como del potencial que representa; quedan por ver los contenidos concretos de la propuesta, los apoyos o resistencias recibidos por los grupos o partidos con fuerza o capacidad de veto, el despliegue de sus propuestas, el grado y calidad de participación que contengan y el entusiasmo que generen. Ni más ni menos, estamos de nuevo frente a la oportunidad histórica de llegar a grandes acuerdos, de demostrarle al mundo que si fuimos capaces de ponernos de acuerdo en torno a la necesidad de la Paz, nos podemos poner mínimamente de acuerdo sobre una agenda básica del Desarrollo Nacional.

Finalmente, otro acontecimiento relevante es la decisión de la Asamblea Legislativa de destinar el 6% del presupuesto nacional a los municipios. Esto trae a cuenta la creciente importancia que la gestión local o regional del desarrollo va adquiriendo en nuestro país, y del convencimiento de que sin éste no hay desarrollo nacional posible. En este sentido, 1997 significa el principio de un apuesta por el desarrollo local, un reconocimiento de sus ventajas en la gestión de los recursos, del potencial de la participación ciudadana y de las dinámicas de descentralización.

Nuestras Expectativas

En base de lo acontecido y dibujado en 1997, ¿qué podemos y debemos esperar para los próximos años? ¿qué hay que consolidar? ¿qué hay que combatir o superar? He aquí nuestras expectativas al respecto.