ERNANDO HENRIQUE CARDOSO: sociólogo brasileño, actual presidente de la República Federativa del Brasil.
En líneas generales, el pensamiento sobre la economía y la sociedad en la región tiene tres fases bien marcadas: elaboración y afirmación (años 50 y 60); crisis y crítica (años 70 y 80); y renovación (años 90). Como eje central de la cuestión, el tema del desarrollo se ha transformado hoy en una serie de cuestiones concretas, está incorporado a un complejo proceso político. En los años 60 perseguía más la precisión analítica: ahora también esto es un objetivo, sólo que vinculado a opciones que involucran costos evaluados críticamente por los sectores sociales.
Quisiera retomar un tema que esbocé recientemente en foros de la CEPAL y en el Centro de Estudios Estratégicos Internacionales de Washington: el de la evaluación, con perspectiva histórica, del pensamiento latinoamericano sobre economía y sociedad en los últimos cuarenta años. No pretendo hacer un ejercicio nostálgico sino buscar en el «capital de conocimientos» que acumulamos, como intelectuales, elementos para enfrentar los desafíos contemporáneos de nuestro continente, que no son pequeños. Me estimula el hecho de encontrar a muchos de mis «amigos académicos» no sólo en cargos y en cátedras universitarias sino en puestos de gobierno o en el parlamento. Tal vez podamos examinar, con ojos diferentes, lo que pensamos y, de ahí, sacar lecciones para el presente.
Tres fases
De forma esquemática pienso que, en los últimos años, el pensamiento latinoamericano tiene tres fases bien marcadas: a) elaboración y afirmación (años 50 y 60); b) crisis y crítica (años 70 y 80); y c) renovación (años 90).
Procuraré reflexionar sobre el tema sin el compromiso -que me perdonen los colegas- de la precisión académica. Son referencias preliminares al pensamiento latinoamericano, toma- das más de la memoria de quien vivió los pro- blemas y dilemas de la reflexión sociológica en nuestras universidades y centros de estudio que del resultado de un recorrido meditado, con el aparato necesario de la distancia y de la crítica.
Los años de elaboración y afirmación
Mi primera observación es que debemos enorgullecernos de la producción de las ciencias sociales en América Latina en los años 50. Explicaré por qué. Para esto no voy a recordar sus contenidos principales, bien conocidos: el origen en la CEPAL, el vigor de pensamiento de Prebisch y Echavarría, la teoría centro-periferia, las propuestas de sustitución de importaciones, la incorporación de los temas sociales, las ideas sobre integración y tantos otros. Pretendo, sí, subrayar otros aspectos, también conocidos pero que, en estos días, aparecen con más claridad y más fuerza, como verdaderas lecciones permanentes.
En primer lugar, el rigor científico. Pues fue justamente el respeto a las bases científicas lo que dio vigor y credibilidad a la reflexión sociológica y económica. Tal vez hayamos sido la primera generación de «cientistas sociales», en la expresión fuerte del término, en América Latina. No quiero desmerecer ni olvidar la reflexión anterior, que alcanzó momentos notables. Tuvimos antecesores eminentes. Incluso en el siglo XIX, para quedarnos en Brasil, recuerdo la sensibilidad de un Joaquim Nabuco para la sociología del Imperio; luego, ya plenamente «cientistas», Gilberto Freyre, Oliveira Vianna, Caio Prado. Hay otros ejemplos, esparcidos a lo largo de América Latina. Es imposible entender el siglo XIX argentino sin el apoyo de Facundo; la dinámica de clases peruanas sin Mariátegui, etc. No obstante, lo que conseguimos en aquel momento fue formar una escuela de pensamiento. Trabajar «juntos», con referencias permanentes a lo que se producía, aprovechando e incorporando investigaciones y conocimiento. En este sentido, la referencia teórica de Ricardo, Tocqueville, Marx, Weber, Schumpeter, entre los fundadores, fue esencial. Volvamos a los orígenes para dar consistencia y, sobre todo, originalidad a nuestra reflexión.
Es exactamente por esto que pudimos construir un pensamiento crítico, incluso más allá del impresionismo sociológico, incluso más allá de las versiones estereotipadas de la realidad. Comprendimos que no era suficiente trasponer esas visiones e interpretaciones de otras realidades, sobre todo europeas, a la vida latinoamericana. El respeto a las teorías fundadoras, que trazaban los cuadros metodológicos necesarios, permitió que su trasposición a nuestro mundo no se hiciese de forma automática y simplista. La revisión que Prebisch hace de la teoría de las ventajas comparativas, entendiendo que era fundamental distinguir económica y sociológicamente los países que, de forma diferenciada, se insertaban en el mundo del comercio internacional, es quizá uno de los ejemplos más brillantes y acabados de ese proceso. La teoría no nos apartó de la realidad sino que nos introdujo en sus aspectos más problemáticos. Ahora forzamos soluciones de la interpretación, antes enriquecimos las interpretaciones con una visión abierta de lo que era América Latina. Si partimos de la dinámica de clases en el capitalismo central, no dejamos de entender que, en nuestro espacio social, había diferencias dadas, por ejemplo, por la forma de relación entre las clases dominantes y el Estado, que exigían una mediación específica.
Un tercer aspecto es el hecho de que, en muchos de nuestros trabajos, supimos mostrar la interpenetración del pensamiento económico con las cuestiones sociales. Evitamos -y, en esto, la teoría de la dependencia tiene mérito- reducir la explicación de las cuestiones sociales a lo meramente económico. Aceptamos que, entre la infraestructura y la superestructura el juego no estaba dado, las soluciones debían buscarse cuidadosamente en cada formación social, en cada organización nacional. Los ejercicios comparativos fueron ricos.
Otro tema central fue la incorporación de lo «internacional», iniciada por Prebisch, y que ganó varias adiciones analíticas importantes. Sabíamos que lo internacional modelaba nuestra realidad, afectaba directamente nuestra vida económica y social, y lo importante era entender cómo. La teoría clásica del imperialismo siempre pareció insuficiente para comprender la variedad y peculiaridad de las situaciones latinoamericanas. Las soluciones que intentamos, ya subrayando la diversidad de las formas de coacciones económicas, ya apuntando hacia las implicaciones sociales y políticas de modelos diversos de inserción en el capitalismo, si no superaban los supuestos leninistas ciertamente mostraban que, en el análisis concreto, otros elementos y variables, además de los mecanismos de explotación, deberían ser tenidos en cuenta.
Finalmente, subrayaría que la suma de esos aspectos abrió al pensamiento latinoamericano innúmeras posibilidades en el encuentro con la realidad. En primer lugar, tuvo, especialmente en la CEPAL, la preocupación por que el pensamiento sirviese al desarrollo, a la modernización de los países latinoamericanos. La innovación en la teoría se justificaría en la medida en que reuniese condiciones para moldear la realidad de las prácticas sociales. La multiplicación de las políticas de gobierno, inspiradas en el pensamiento desarrollista, especialmente la de la sustitución de importaciones, es hoy un dato histórico. El pensamiento daba cuerpo, dirección y contenido modernos a un actor que históricamente había sido decisivo en la definición de los rumbos de la vida de los países del continente: el Estado. La teoría justificó acciones que promovieran procesos de industrialización al mismo tiempo que examinaba límites y condiciones de ese proceso. En suma, entendía que el sustrato es la perspectiva de transformación, sus posibilidades y límites.
Paralelamente, las propias características generales del pensamiento (el sentido científico, la originalidad, la fuerza crítica, etc.) llevaban a que se expresase de forma diversa. Son muchas sus vertientes y una de las riquezas del momento es justamente el debate entre ellas. Si me permiten un ejemplo personal, difícilmente mi versión, con Enzo Faletto, de la teoría de la dependencia hubiese sido formulada si no hubiésemos tenido, como telón de fondo, las visiones más ortodoxamente marxistas de la realidad latinoamericana y las perspectivas más nacionalistas, a la manera del ISEB, de nuestro continente. En este sentido, insisto, construíamos, en la diversidad, una escuela de pensamiento en que la regla era el debate interno y el respeto crítico a las reflexiones diferentes. No nos faltó el derecho a la utopía. Para unos, la revolución y el socialismo; para varios, el Estado fuerte, capaz de cambiar la propia naturaleza de las relaciones sociales; para varios, el capitalismo racional. Pero, siempre, la idea de que podíamos ser mejores, más justos socialmente, de lo que éramos.
Crisis y crítica
Los años 50 y 60 son años optimistas. Las utopías se alternaban, el debate era intenso, pero pocos dudaban de que el futuro sería mejor que el pasado. Las dos décadas siguientes trabajan con otra perspectiva. El ambiente político es el de los autoritarismos; el ambiente económico, el de la crisis del modelo de crecimiento. Se multiplican las frustraciones. El socialismo está bloqueado y la esperanza de la vía electoral se frustra con la caída de Salvador Allende; el Estado, en quien se depositaban expectativas de dirección nacional se vuelve fuerte, pero con los contornos y las orientaciones erradas (en verdad, el autoritarismo disfrazaba su flaqueza real, viciado como estaba por la falta de legitimidad); las perspectivas de las ventajas de inserción capitalista en- contraron, en la crisis de la deuda, una señal de que suponía altos riesgos.
Así, a diferencia de lo que sucedió en los años 50, cuando, aunque reconociésemos las dificultades de cambiar, confiábamos en que los cambios estaban al alcance de la mano, y el problema era descubrir qué actor social sería el modelo de una América Latina mejor, encontramos, en los años 70, situaciones nuevas que agregaban obstáculos a nuestras utopías.
Para establecer una caracterización general, necesariamente simplista, diría que abandonamos las tentativas de teorías generales o, por lo menos, de medio alcance, y fuimos obligados a aguzar el pensamiento hacia una actitud más crítica en lo cotidiano -muchos de nosotros pasamos a escribir en diarios, revistas de opinión-, actitud que buscaba, sobre todo, deslindar los mecanismos de un Estado (que revelaba potenciales insospechados en su capacidad de frenar la crítica) y de una economía que parecía obedecer a soluciones de una lógica perversa. El desarrollo se da pero con costos sociales altísimos. La conjunción entre pensamiento y política se disolvía frente a una realidad en que la marginación de sectores crecía y las cuestiones de justicia social eran abandonadas.
¿Cuál es la perspectiva de tratamiento de estos temas? La perspectiva es la de la comprensión de la importancia fundamental de la democracia para el desarrollo de nuestras sociedades. No es que la cuestión hubiese sido olvidada en el periodo anterior sino que, en verdad, estábamos más interesados en la dinámica de clases que en las instituciones como si, definida la organización social «ideal», sucedería, espontáneamente, la mejor solución institucional. Los ideales de justicia e igualdad prevalecían sobre los de libertad. La supresión de la democracia nos indicaba, con claridad, la necesidad de mirar el universo de las garantías formales de los ciu- dadanos, los derechos humanos, las libertades. Otro punto era el de las paradojas de la modernización y el tema de la fuerza política de los sindicatos, ahora apoyados en industrias modernas, que van obteniendo nuevos contornos. El capitalismo autoritario, al modernizar partes del aparato productivo, creaba las bases para su superación.
¿Cuáles son las consecuencias de esa perspectiva para la reflexión sociológica? Ya vimos que, en muchas circunstancias, el pensamiento es forzado a abandonar la reflexión sobre la di- mensión estructural y volverse hacia la coyuntura, repensando las cuestiones de corto y mediano plazos. Sin embargo, no se trata sólo de esto. Pienso que hay dos líneas temáticas.
En primer lugar, era necesario descubrir el interior del Estado y, en este sentido, los problemas institucionales aparecían más claramente. Era fácil percibir la autonomía del Estado, aun en ejemplos en el área de la política exterior (¿cómo un país «dependiente» como Brasil a- brió, en los años 70, varios frentes de conflicto con Estados Unidos, tanto en el área comercial como en la estratégica y política?). Lo difícil era conocer sus límites y su dinámica. En este sen- tido, el conocimiento «interno» de los Estados, de las alianzas que los constituyen, de cómo se influencian sus decisiones, de los sectores sociales con los que forman cuadros de alianza, el mecanismo de los «anillos burocráticos», de las formas de conservación del autoritarismo y de la democracia (como en el caso de Venezuela) son temas corrientes. También lo será, en una perspectiva nueva, la cuestión militar. En este sentido, la contribución norteamericana -al final, el pensamiento latinoamericano siempre supo enriquecerse con la contribución extranjera, ya fuese teórica o la que analizó aspectos específicos de nuestra realidad (y recuerdo a un Stepan)- fue decisiva para renovar la temática y la metodología de investigación en ciencia política en Brasil. No es por azar que la diferencia entre sociología y ciencia política quede más marcada en los años 70, cuando los problemas se tornan más explícitamente políticos y cuando regresan de Estados Unidos muchos investigadores; nosotros, que nos formamos antes, éramos, en la mayoría, devotos de la sociología europea.
En suma, el tema de la construcción democrática abrió simultáneamente el campo de la reflexión sociológica y de la acción política de los intelectuales. Queríamos saber cuáles eran los orígenes del autoritarismo, las condiciones para que se mantuviese y dónde era vulnerable. Queríamos, políticamente, explorar sus fragilidades. Discutimos sus raíces culturales y sus apoyos de clase. Para algunos, el autoritarismo era más que un fenómeno político y parecía el destino necesario de una América Latina para la cual la Historia, corporativista y patrimonial, había negado la experiencia de libertad.
En segundo lugar, surgirán -sobre todo en el campo de la economía- preocupaciones localizadas y estructurales, como los efectos de la política económica autoritaria. Los temas coyunturales no estaban explícitos en los años 50. En el marco de un argumento de corte estructural, preferíamos analizar modelos de organización económica en sus interacciones con modelos sociales y políticos. En ese momento se trataba de descender a lo concreto, estudiar implicaciones de «policies», de orientaciones escogidas por los gobiernos. Para referir de nuevo las contribuciones de un «brazilianist», recuerdo los análisis pioneros de Fishlow sobre patrones de distribución de renta.
Esos análisis, que suman cuestiones parciales, van a desembocar, más adelante, ya a fin de los años 80, en la comprensión del agotamiento del modelo de desarrollo basado en la sustitución de importaciones. Pienso que la crítica al modelo se hace por etapas. Inicialmente, como acabo de apuntar, se enfatizaban las deficiencias del modelo como inductor de justicia social; en seguida, cuando se abre la crisis de la deuda, queda clara la falta de condiciones para que promoviese un proceso sustentable de autofinanciamiento (a partir del momento en que se agota la capacidad de crédito externo y la capacidad fiscal del Estado se achica, no había simplemente crédito privado que llevase adelante el crecimiento); después el peso de la máquina estatal, en que se multiplican actividades empresarias y reglamentadoras, se muestra insuficiente e incapaz de acompañar los cambios en el mundo y en Brasil; y el control de las variables macroeconómicas se pierde con la inflación -en algunos casos, hiperinflación- de los años 80; finalmente, se percibe, sobre todo cuando se compara, ya en el final de los 80, con las experiencias asiáticas, que el modelo simplemente disminuirá la competitividad de la economía como un todo.
Hago un paréntesis para decir algo muy sabido pero que, últimamente, se encuentra olvidado. El modelo de desarrollo por la vía de la sustitución de las importaciones tuvo innegables efectos positivos, sobre todo en la creación de cimientos para el desarrollo futuro de los países latinoamericanos. El hecho de que hoy reconozcamos que se agotó no debe excluir la comprensión de que desempeñó un papel importante. Sabemos que las exigencias para lanzar un desarrollo moderno, de base industrial, impugnan que el Estado asuma, en medida re- levante, la función de empresario, suprimiendo lagunas que correspondían a la situación de desarrollo de las sociedades latinoamericanas de aquel momento. Las ideas no son absolutas, expresan siempre contenidos históricos.
Para concluir, se produce, ya en este periodo, la disminución de la importancia de las querellas ideológicas clásicas sustentadas en criterios de valor del pensamiento sociológico. Por una simple razón: por imposición de la lucha política, centrada en el esfuerzo por la democratización, adversarios de ayer se vuelven hoy aliados y es evidente que esto trae consecuencias en el plano de la reflexión. En cierta manera, anticipamos en la lucha por la democratización efectos de «desideologización» del pensamiento que quedaron claros con la caída del Muro de Berlín. La preocupación por la coyuntura y la necesidad de enfoques críticos más limitados son otros factores que nos distancian de las utopías «mayores» y nos inducen a buscar las «posibles». No queríamos sino transformar radicalmente las sociedades pero sabíamos que, sin transformaciones, en primer lugar en el sistema político, no habría condiciones de vida digna para nuestros pueblos. La crítica al autoritarismo no fue sólo política. Nunca nos ilusionamos con el hecho de que la democracia sería simplemente un primer paso de una larga caminata. Sabíamos que el autoritarismo no era simplemente opción de un grupo, sino que estaba incrustado históricamente, tenía raíces sociales profundas y, tal vez por esto, salimos de la experiencia autoritaria más concientes para transformar efectivamente las sociedades latinoamericanas.
Renovación: los desafíos contemporáneos
Haría ahora un corto balance de lo que presenté, acentuando que, en esencia, a lo largo de estas cuatro décadas, América Latina construyó bases sólidas para «pensarse» y «pensarse en el mundo». Pero específicamente, en los años 50 y 60, diseñamos la metodología que nos permitió comprender las relaciones de determinados modos de inserción en el sistema capitalista. Creamos la sensibilidad para el «cambio como rutina» que marca el capitalismo contemporáneo. En los años de crisis, nos volvimos hacia las intuiciones y hacia el análisis crítico de la coyuntura. La reflexión completa un primer círculo: de las bases estructurales desciende al universo de las especificidades y las diferencias.
Ahora iniciamos otro, en que a las exigencias de comprender relaciones estructurales nuevas se suma la necesidad de interpretar nuevas realidades políticas y, sobre todo, una sociedad igualmente nueva. La agenda es amplia, cargada de desafíos. Pero espero que tengamos el soporte histórico de un pensamiento rico y, por tanto, capaz de entender lo que somos y lo que podemos ser.
No me extenderé mucho en la descripción de la agenda sociológica en este momento en que, para mí, el desafío es menos el de pensar al Brasil y América Latina que el de vencer los problemas cotidianos de un gobernante de un país en desarrollo, aún marcado por innúmeras desigualdades e injusticias. Me voy a permitir volver a mi condición de profesor y proponer indagaciones sin obligarme a responder, como deben hacer los gobernantes. De todos modos, sólo apunto algunas cuestiones centrales.
¿Qué significa desarrollo hoy?
Sabemos que el concepto se amplió, que involucra cuestiones ecológicas, de justicia social, de derechos de las minorías y, al mismo tiempo, supone estabilidad macroeconómica y previsibilidad de reglas. El problema es conocer la relación interna entre los diversos aspectos, de tal forma que el proceso de crecimiento sea efectivamente modelado por los valores que pretendemos universales y tenga continuidad. El peso de la ciencia y de la tecnología, de los aspectos intelectuales, es otro dato decisivo y plantea problemas difíciles sobre cómo «salir del atraso». En los orígenes contemporáneos del pensamiento latinoamericano había claramente una relación entre las propuestas teóricas y las propuestas de «po- licies», entre reflexión y acción. Hoy, esa relación es más intrincada pero no puede ser abandonada.
¿Cómo se da la inserción de América Latina en el mundo?
En la visión de la teoría de la dependencia aprendimos que lo internacional modelaba «por dentro» las sociedades latinoamericanas. Hoy, el proceso continúa aunque, con la globalización, los efectos pueden ser mucho más contundentes. Pensábamos, en los años 60, en los efectos estructurales de la inserción que, hoy, se vuelven más complejos y a los cuales se sumó la posibilidad de efectos coyunturales de extraordinario impacto. Es la idea de «omnipresencia de flujos» (estudiada por Manuel Castells), no sólo económicos o financieros sino de amplio alcance, involucrando modos de comportamiento y movimientos en la cultura e información. El levantamiento de esos dos procesos -estructurales y coyunturales- y sus interconexiones deben ser revisados y con mucho cuidado, porque es esencial para definir las formas «ideales» de reacción de las sociedades al sistema internacional, esencialmente las mejores maneras de aprovechar la fatal globalización.
Aun sobre las consecuencias de la globalización, me gustaría llamar la atención, en primer lugar, sobre la necesidad de una reflexión sobre el proceso internacional, especialmente sobre algo que, nosotros, cientistas sociales, no considerábamos con la debida importancia en los años 60: los temas de política externa. Veíamos la política externa como una acción refleja de los modos de inserción en el sistema capitalista, de tal modo que no merecía teorización propia. No por haber sido yo canciller subrayo esto sino por el hecho de que las opciones de política exterior deben ser analizadas en su dinámica propia. Hay factores de naturaleza histórica, estratégica, cultural y tantos otros que afectan directamente la relación de Estado a Estado y que nos permiten entender opciones diplomáticas que se tornan crecientemente relevantes para el análisis de la modernización de nuestras sociedades.
Otro tema que no formaba parte de nuestro repertorio tradicional -simplemente no estaba en la agenda- es el del narcotráfico, de la narcoeconomía. Es, evidentemente, un fenómeno global y de extrema gravedad. Pero aún estamos lejos no sólo de conocerlo en sus manifestaciones y su dinámica (incluso su alcance aún se ignora) sino que no sabemos lo que significa socialmente. ¿Es una enfermedad social? ¿Con qué se relaciona? ¿Con la transformación de valores, la exacerbación individualista, la evasión? Todo esto es una cuestión central para que comprendamos no solamente el lado criminal del problema sino su verdadero significado social. En el fondo, es un dato in- dispensable para conocer las sociedades modernas.
¿De qué forma definir el papel del Estado?
La crítica liberal al Estado latinoamericano tiene el defecto de buscar en patrones ideológicos lo que hay que medir con el metro de la realidad. En cierta manera, para enfrentar las fuerzas de la globalización, es necesario fortalecer el Estado que debe crear los mecanismos de sensibilidad para el cambio que tal vez no tenía antes. La acción del Estado para conducir políticas de estabilización, hoy prácticamente un «valor» para las sociedades, puede ser sacudida por movimientos externos y exige una cuidadosa reflexión. Por otro lado, las funciones clásicas del Estado se renuevan. No existe legitimidad para los gobiernos si no hay, para nuestros pueblos, la conciencia de que pueden alcanzar condiciones de seguridad, de justicia adecuada, de salud, de vivienda, de educación, de seguridad social en un horizonte visible. La pregunta que se plantea, entonces, para los investigadores es de qué manera un Estado «pobre», disminuido por déficits fiscales que minan su capacidad de actuar reconstruirá condiciones de actuación efectiva. ¿Cómo realizar los ideales de igualdad que todavía son el pilar necesario del pensamiento que quiere realmente el mejoramiento de la condición humana?
¿Cómo gobernar democracias?
Nuestros países se renovaron. Dejaron de ser sociedades simples, en las que era posible reducir las explicaciones de su dinámica a un juego de pocas clases. Por ello, repensar el problema de las clases en América Latina, marcando las diferencias entre las sociedades nacionales, es el primer paso. La globalización, como de otro modo ya lo mostraba la teoría de la dependencia en un sistema capitalista más simple, tuvo implicaciones dialécticas ya que uniformiza y diferencia simultáneamente. Por otro lado, el peso de los intereses específicos, expresado por las ONGs, y el papel creciente de los «mass media» y de otros medios de comunicación electrónicos alteran el metabolismo social, cuestionan las formas clásicas de representación. La democracia se torna más «viva», se multiplican las exigencias de respuesta de los gobiernos. ¿Cuál es la teoría para países, aún fuertemente desiguales, pero que están marcados por comportamientos típicos de las democracias de masas? ¿Cuál es el significado de izquierda y derecha en el mundo de hoy?
Podría seguir adelante con mis preguntas. Mencionar, por ejemplo, algunas cuestiones internacionales, entre las cuales sobresale la de la integración, que significa la reconquista de América Latina como un espacio de cooperación, de forma no retórica, efectiva e innovadora. ¿Qué rumbos tomar de aquí en adelante? ¿Cómo completar el trabajo de integración? ¿Cómo van a convivir el Mercosur y el TLCAN? ¿Cómo superar las antiguas dicotomías, como la que opone inflación a recesión, mercado interno a externo, Estado al sector privado, crecimiento a distribución de la renta? ¿Cómo alcanzar estabilidad y transformarla en base para el crecimiento sustentable? ¿Cómo evitar el modelo concentrador de la renta y realizar políticas públicas compensatorias? Es fundamental una reflexión sociológica sobre el aparato judicial, otro tema olvidado por la ciencia social y tan decisivo para la vida cotidiana de los ciudadanos.
Pero dejaré aquí. Todas las preguntas que hice apuntan a la necesidad de reflexionar sobre procesos de cambio. En esto, el pensamiento latinoamericano no se ha alterado desde los primeros días de su lanzamiento por Prebisch. Como pensadores, quisimos «aprender» a cambiar una realidad que veíamos como injusta. Ahora, trataremos de hacer el cambio, orientados por las utopías posibles.
Nota: Este texto fue presentado por el autor en ocasión de recibir el título de doctor honoris causa de la Universidad Central de Venezuela, en julio de 1995.