APORTES
La lucha mundial contra las drogas le brinda al mercado internacional de estupefacientes un carácter particular, a mitad de camino entre el intervencionismo masivo y la libertad absoluta. Sin embargo no logra reducir su significado cuantitativo y aumenta su costo social. Por otra parte, la legalización conllevaría a una caída de precios, la cual pudiera conducir a un caos económico para países enteros.
De los alquimistas de la Edad Media provienen los jefes de laboratorio de la selva tropical y los diseñadores de estupefacientes de las grandes ciudades. Detrás de ellos, empresarios duros y dinámicos y el negocio frenético de la droga. En todas partes del mundo los negocios de la droga se determinan por la oferta y la demanda. Incluso en el ex-socialismo y tanto más en el capitalismo realmente triunfante1.
La demanda de estupefacientes, sobre todo de alucinógenos, es más extensa y brutal en EEUU que en ninguna otra parte. Antes se pensaba que la cocaína era la droga de los sectores elevados, la marihuana y el LSD de los jóvenes y estudiantes, la heroína era consumida por el bajo mundo, los parias, los marginados. Hace tiempo dejó de ser así; hoy en día ya no existe demanda alguna que sea específica de una sola clase social2.
En 1986, The New York Times informó que en EEUU había 500.000 adictos a la heroína y 5 millones de cocainómanos; en cuanto a la marihuana, 22 millones de consumidores habituales y 28 millones ocasionales. Esas cifras apenas si han variado hasta el presente. Es cierto que desde 1991 parece haber disminuido ligeramente el número total de consumidores de estupefacientes, pero al mismo tiempo hay informes sobre un aumento del número de casos en terapia intensiva por consumo de drogas, una consecuencia del mayor grado de pureza (sobre todo de la heroína), mayor efectividad y formas de consumo más peligrosas3. En Europa debe haber en la actualidad 1.500.000 heroinómanos aproximadamente; unos 100.000 de ellos en Alemania4. En los últimos años casi se ha duplicado el número de personas fichadas en la policía por primer consumo de drogas fuertes. En el mismo lapso en Alemania se ha triplicado el número de muertes por consumo registradas en los archivos policiales (unas 2.000).
El negocio global
La demanda de estupefacientes está experimentando un auge en todo el planeta. Eso no excluye saturaciones regionales del mercado. Pero cuando se han producido, por ejemplo en el caso de la marihuana en EEUU, corresponden a una estabilización del mercado. En cambio, donde hasta ahora hubo poco que fumar, que inhalar o inyectarse, como en Europa Oriental, el mercado está creciendo aceleradamente. En el Tercer Mundo la demanda aumenta más rápidamente que en los países industrializados clásicos. Hasta países donde se castiga drásticamente el narcotráfico -como es el caso de Irán, donde entre 1989 y 1992 se ejecutaron 2.000 personas por ese delito- se ven extensamente afectados (200.000 opiómanos, 400.000 heroinómanos). En países que tienen un comercio de exportación fuerte se desarrolla también por lo general una demanda local fuerte; éste es por, ejemplo, el caso de Nigeria, que exporta tanto heroína como productos de cannabis. En Paquistán hasta 1979 no hubo ninguna adicción notable al opio o a la heroína. Hoy en día el número de adictos se calcula en la casi increíble cifra de 1.500.000. El número de consumidores de opiatas fuera de Europa y de EEUU, especialmente en Asia, sólo se puede sospechar. Para 1986 todavía se calculaba en 3.700.000; hoy en día, cuando ni siquiera han pasado diez años, podría estar en alrededor de siete millones (eso sin contar a China)5. Con la cocaína es diferente. En este caso la participación del consumo de los propios países productores es relativamente baja. De los 12 a 13 millones de consumidores de cocaína que se calculan a nivel mundial, aproximadamente 5,5 viven en EEUU6. Hoy como antes, EEUU es el mercado por excelencia de la cocaína.
A pesar de la fidelidad tradicional de los toxicómanos inveterados a una determinada «marca» (por ejemplo el Blanco Persa, Marrón Mexicano, Heroína Nº 3, Oro Acapulco, etc.), la tendencia parece ser más bien a un cambio de la monotoxicomanía a la politoxicomanía, es decir, una parte de los consumidores no se está limitando únicamente a la cocaína, la heroína o las anfetaminas, sino que, impulsada por las modas o las condiciones de adquisición cambiantes, toma diferentes drogas, ya sea consecutivamente o a la vez, mezcladas en diferentes «cocteles». Los consumidores siguen prefiriendo las drogas puras o consideradas puras, pero muchas veces lo que se consigue son sustancias más o menos adulteradas, engañosas, mezcladas con diluyentes y tóxicos baratos.
Ultimamente se crearon nuevas formas de consumo. De pronto la heroína ya no sólo se inyecta, sino que también se inhala. Se lanza al mercado (primera mitad de los años 80) el crack, la novedad más exitosa de los últimos veinte años: cocaína para fumar. O se pasa a las drogas sintéticas como anfetaminas, (mega) alucinógenos, fentanilos. Sus moléculas se encadenan en formas nuevas, se cambia su «estilo» según el diseño de moda: a cada música su propia droga. En eso Inglaterra está absolutamente a la cabeza. También tiene fama el circuito español «bacalao» por los clubes nocturnos desde Madrid hasta el Sur. Alemania está emergiendo; también el Este. Cada noche se arrastran carretadas de «tecnopíldoras» por las discotecas. Según se dice combinan muy bien con el «Rave», algo «que los jóvenes entre 12 y 17 consumen desde hace tiempo» (información clandestina de un festival alemán de Tecno- May Day - Horror)7.
Oferta omnipresente
¿Cómo hace la demanda para encontrar su oferta? Exclusivamente a través del mercado. Mientras la demanda de estupefacientes tiene lugar a nivel mundial, la oferta proviene más bien de determinados países y regiones8. La amapola se da mejor en la parte central del Medio y Extremo Oriente; la coca, en las laderas orientales de los Andes. Sin embargo, existen concomitancias: en Colombia se está plantando cada vez más amapola en lugar de coca, y en las montañas centrales del Magreb y en los parques nacionales norteamericanos se están recogiendo cosechas de cannabis favorecidas por la naturaleza (puesto que no provienen de los invernaderos de California y los Países Bajos). En muchos países se produce marihuana y hachís además de otros estupefacientes clásicos: además de coca en Colombia y Costa Rica, además de opiatas en México, Belice, el Líbano, Paquistán y la India. Por esa razón se tiende a subestimar la importancia de los productos de cannabis para el mercado internacional de la droga. Una producción mundial anual de 2.700 toneladas de marihuana y 4.500 toneladas de hachís9 pesan mucho, sobre todo porque la marihuana es voluminosa. Esto conduce a un volumen de ventas anual de 45.000 millones de dólares a nivel mundial, una suma claramente superior a la de la heroína (aproximadamente 20.000 millones de dólares).
Los estupefacientes llegan por olas. La primera fue la ola asiática del opio durante los primeros veinte años de este siglo10. La ola de la marihuana y el hachís en EEUU durante los años 60 y 70, siguió camino hacia el Africa. La producción de cannabis de Marruecos, Nigeria y el Zaire inundó el continente y condujo a un aumento epidémico del consumo con tendencia al crecimiento11. En EEUU después de la ola de marihuana llegó la de cocaína en los años 80. Ahora la curva se ha nivelado debido a cierta saturación del mercado. Pero EEUU y Canadá siguen siendo por mucho los mayores mercados de la cocaína, seguidos no por Europa sino por América Latina.
Los años 90 parecen traer una nueva ola de heroína, no sólo en Europa, donde desde hace tiempo tiene gran demanda, sino sobre todo en EEUU. Por añadidura la heroína está campeando en todos los países asiáticos. Ultimamente aparecieron los primeros cultivos de amapola en Africa (Egipto y Kenia), y por las antiguas colonias francesas y británicas de Africa se está extendiendo su consumo, hasta hace poco prácticamente desconocida12. De ninguna manera hay que olvidar las drogas sintéticas, cosa que ocurre en casi todas las estadísticas y evaluaciones conocidas. Eso se debe a que dichas drogas son más difíciles de registrar estadísticamente que los estupefacientes naturales. Las designer drugs, drogas diseñadas son junto con la heroína las únicas drogas que se han propagado en forma bastante pareja por los cinco continentes y que están actualmente en pleno avance. Casi todas fueron creadas en California, pero hoy en día se producen prácticamente dondequiera13. En Japón y Corea las metanfetaminas son las drogas que se consumen con mayor frecuencia, más incluso que la heroína y la cocaína. En la India cunde epidémicamente la producción y venta de metaqualon. Los fentanilos, sucedáneos sintéticos de la heroína, se exportan en grandes cantidades desde Europa a los países árabes 14.
Quien observe la asombrosa popularización de las drogas sintéticas como Extasis, Angel Dust, Glas Ice y Blue Velvet, de los opiatos artificiales, los alucinógenos, megalucinógenos, los sucedáneos de la cocaína y la heroína, y también el LSD (por segunda vez desde la era del Flower Power de los años 60), puede pensar que las drogas artificiales, sintetizadas a partir de sustancias químicas, como las anfetaminas, los fentanilos, etc. ya ganaron la competencia con las drogas que podrían llamarse naturales, bien sea porque consisten en productos naturales como la marihuana («grass») o porque se basan esencialmente en un producto de ese tipo (aunque esté procesado, «refinado») como la cocaína y la heroína. Estas drogas sintéticas no sólo corresponden a las exigencias de la moda, sino que también se mezclan con todos los estupefacientes naturales como la heroína y la cocaína. Un gramo de heroína puede dividirse como mucho en 200 porciones para la venta en la calle. Además, introducirlo en el país significa correr riesgos. Un gramo de 3-metil-fentanilo, 3.000 veces más poderoso que la morfina, da unas 50.000 porciones, y no hay que introducirlo, pues se puede producir localmente invirtiendo unos pocos cientos de dólares en las sustancias básicas15. Pero las tendencias a lo natural, los movimientos ecologistas y biológicos también han tenido repercusiones en la oferta de estupefacientes. Los ofertantes de drogas naturales se defienden de las drogas «diseñadas»; aseguran los mercados, se diversifican. Colombia fue en principio un productor de marihuana, se convirtió en el mayor procesador de cocaína y ahora cultiva amapola (no sólo accesoriamente) para la producción de heroína.
El mercado mundial
Si bien es cierto que en los últimos diez años las superficies cultivadas de coca en Sudamérica, y de amapola en Asia, han aumentado masivamente, en respuesta al aumento de la demanda, ya no es posible decir que hay países monocultivadores o con una sola función. En China la heroína no sólo se fuma - un desdichado legado de la política colonial británica y holandesa- sino que también se produce. El negocio mexicano de la droga vive no sólo del cultivo tradicional del cáñamo y de la conocida producción de heroína, sino especialmente del continuo paso y transporte de cocaína de Colombia a EEUU. Ya no hay países exclusivamente de oferta o de demanda; las funciones de producción, transporte y mercado de consumo se entrecruzan.
La demanda se ha mostrado extremadamente firme, con una tendencia al alza. Los economistas la llaman «no elástica». La oferta, por su parte, pese a los cambios en el gusto de los consumidores, pese a todas las campañas dirigidas a reprimirla, y pese a la guerra contra las drogas declarada por EEUU (y en mi opinión perdida), se ha mostrado suficientemente elástica en todo momento, capaz de adaptarse. Si cae un cártel debido a luchas internas por el poder o a una represión militar masiva, como en el caso del Cártel de Medellín de Pablo Escobar, en seguida sus viejos rivales, como el cártel de Cali, ocupan su lugar. Sin embargo, la demanda ya no es tan rígida como parecía antes. Cuando la drogadicción es extrema la demanda tampoco es totalmente inelástica, porque los adictos también pueden desaparecer como consumidores por varias causas. Tampoco se puede ignorar que sólo una parte de los consumidores es adicta hasta el grado de tener que comprar sin importar el precio. Es considerable la porción de consumidores ocasionales, pero no adictos, y también están los consumidores regulares pero (todavía) no adictos. Mientras más «blanda» la droga utilizada, menor es el grado de dependencia y mayor por lo tanto la elasticidad de la demanda.
Eso significa que los fumadores de hachís o de marihuana, por ejemplo, están más dispuestos a limitar su consumo o a cambiarse a otros estupefacientes -como drogas más sencillas totalmente sintéticas- si los precios se disparan. Por lo tanto, en el caso de los consumidores ocasionales o los habituales pero no adictos, la demanda es restringidamente elástica, y en los casos de dependencia extrema, no es totalmente rígida. Si la oferta no respondiera a esa situación, habría que calificarla de «no elástica». Pero en general los ofertantes son extremadamente elásticos. Sin esa elasticidad no serían capaces de surtir mercados nacionales tan grandes como el de Paquistán, donde se consumen anualmente unas 80 toneladas de heroína, pero en donde, en vista del escaso poder adquisitivo de los consumidores, el gramo de heroína se vende en la calle a 2 o 3 dólares como máximo. Los mercados mundiales de la droga son intervencionistas y desregulados al mismo tiempo. Intervencionistas por los esfuerzos permanentes de la mayoría de los gobiernos para eliminar o restringir el negocio de la droga mediante prohibiciones y sanciones. Desregulado porque debido a eso no existen ni controles de calidad en la producción ni normas comerciales en la distribución. Por tal razón, las mezclas no controladas son muchas veces más peligrosas que las drogas mismas. El PCP, Angel Dust, también conocido como «the slum drug» (droga de los barrios pobres), por ejemplo, es un alucinógeno barato que puede causar estados de confusión total, agresividad ciega y actos de violencia incontrolada. A pesar de eso, se rocían champiñones de caja con PCP y se venden como hongos alucinógenos; el célery o alfalfa secos se sumergen en una salsa de colorante verde y PCP, se vuelven a secar y se vende como marihuana a precios de «ganga».
Pese a todas las adversidades y en ausencia de cualquier política gubernamental de formación de precios, los precios reales de los estupefacientes, deducida la inflación, han permanecido asombrosamente estables, en todo caso sólo han bajado moderadamente. La marihuana, la cocaína y la heroína siguen costando aproximadamente lo mismo que hace diez o veinte años (salvo ciertas pequeñas fluctuaciones locales o determinadas por el gusto o la moda). Una cierta tendencia al alza proviene del aumento de los costos a causa de una mayor represión: costos, por ejemplo, para un ocultamiento eficaz de los lugares de producción, para medios de transporte más refinados, más dinero para soborno, etc. Pero existen factores que contrarrestan esa tendencia: la ampliación de las capacidades de producción a nivel mundial tanto en Latinoamérica como en Asia sudoriental y en el Medio Oriente en el caso de las «drogas naturales», y en los países industrializados en el caso de las drogas puramente químicas, la aparición de países ofertantes completamente nuevos, y las mayores posibilidades de producción para el uso diario. Cuando se llega a un verdadero exceso de producción, como en el caso de la cocaína, hay incluso que «amontonar» y «acaparar» para contrarrestar una caída indeseable de los precios (como en un sistema de regulación de mercado).
Al calcular las cantidades pagadas anualmente en el mundo hay que tener cuidado. No pocas veces se nombran cifras demasiado elevadas por intereses políticos o de otro tipo. Esto se aplica en especial al valor de mercado de las mercancías confiscadas por las autoridades. Algunas veces los periodistas también empujan las cifras hacia arriba buscando producirle escalofríos al lector16. A pesar de esos peligros, aplicando ciertos criterios y siempre que esto se haga con juicio crítico y cuidadosamente, se pueden lograr aproximaciones a la realidad desde el área de la investigación policial (informes de acusados y testigos), de la asistencia sanitaria y terapéutica (informes sobre comportamiento, frecuencia y tasa del consumo, adictos registrados, hospitalizaciones, fallecidos por uso de estupefacientes), de la vigilancia militar (fotos aéreas y de satélite de zonas de cultivo y laboratorios), de la represión aduanera del contrabando (decomisos), de investigaciones de campo realizadas por científicos, de entrevistas de periodistas especializados con traficantes, productores o transportistas, de los movimientos de fondos en las áreas de flujo intensivo de narcodinero, de las estadísticas del sistema financiero mundial y de los bancos centrales nacionales.
Según los cálculos corrientes, la cifra anual de negocios exclusivamente con drogas prohibidas asciende a unos 300.000 millones de dólares a nivel mundial. Esta cifra se basa en viejos cálculos de la Drug Enforcement Administration (DEA) que datan de hace diez años y aún se siguen utilizando17. La ampliación de los mercados en el Tercer Mundo, el colapso de la Unión Soviética y la apertura de los Estados de la CEI a toda clase de negocios oscuros, así como la aparición de las drogas totalmente sintéticas, que no se tomaban en cuenta en aquella época, conduce hoy a un mercado global que alcanza los 400.000 millones de dólares.
Hoy en día solamente el mercado de EEUU (con Canadá) podría tener un volumen de ventas de entre 130 y 135.000 millones de dólares, el de Europa de entre 65 y 70.000 millones. El mercado norteamericano (sin contar México) es el mercado parcial más importante. Al volumen de ventas de la heroína le corresponden allí unos 20.000 millones de dólares, a la cocaína aproximadamente 59.000, a la marihuana y el hachís aproximadamente 50.000 y del resto unos 4.000 millones de dólares corresponden a las drogas sintéticas prohibidas. En Europa la estructura de la droga es diferente: allí la heroína y el can- nabis ocupan el primer lugar por una amplia di- ferencia, el hachís es más importante que lama- rihuana y después vienen las drogas sintéticas.
Salta a la vista que el consumo ha aumentado mucho en los países del Tercer Mundo. Esto es válido sobre todo para América Latina, la India, Paquistán y Africa. Los más pobres entre los pobres están inundados de drogas baratas, muchas veces «sucias» porque contienen sustancias adicionales peligrosas. Lamentablemente allí tienen su mejor oportunidad tanto el «basuco», mezcla barata de cocaína y tabaco, como las peores drogas sintéticas hasta llegar a los disolventes químicos.
Por lo tanto, las drogas diseñadas encuentran nuevos mercados sumamente interesantes en Africa y Asia. Son más fáciles de producir desde el punto de vista técnico, y los materiales químicos para su elaboración se pueden adquirir baratos; según se dice con químicos (legales) por un valor de 100 dólares y aparatos por unos 50 dólares se puede elaborar, por ejemplo, medio kilo de «Hyper Dust» (PP). La mercancía es fácil de transportar; supuestamente en la caja de un reloj de pulsera de tamaño mediano caben 80.000 porciones.
Ingresos, ganancias, costos
En las cifras de negocios es preciso diferenciar entre las ganancias de los productores, los traficantes, los transportistas y los ayudantes, y esto es algo que muchas veces se pasa por alto en la prensa. Sin embargo, los márgenes brutos son considerables. Se puede tener una idea si se considera que por 300 kilos de cocaína, una carga para una de las populares avionetas que al productor colombiano le cuesta quizás 3.000 dólares el kilo, se pueden obtener, detallados en el mercado estadounidense, de 30 a 34 millones de dólares y, si se adulteran con habilidad, hasta 50 millones. En Europa el precio de la cocaína es por lo general todavía más alto18.
Los productores primarios son los plantadores y campesinos que cultivan la coca y venden las hojas. Sus precios ya no son los de antes. Hace unos pocos años un campesino peruano podía sacar 8.000 dólares al año de una hectárea de cultivo de coca, y de vez en cuando hasta 13.000. Para los campesinos bolivianos del Chapare se hablaba de 6.000 a 7.000 dólares de beneficio promedio por una hectárea de coca. Desde entonces, debido al predominio del comercio y al aumento de las superficies de cultivo, los precios han caído a 3.000 o 4.000 dólares por hectárea/año, y algunas veces menos. Pero aún así a esos campesinos les va mucho mejor que si se dedicaran a algún cultivo permitido. El cultivo de flores, tomates, frutas, hortalizas, café, té, cacao, etc. no les daría más de 800 dólares anuales en promedio (el café máximo 2.300 dólares, las bananas aproximadamente 500, el maíz unos 280), y eso sólo en teoría. Porque nunca se sabe cómo podrán transportar la cosecha al puerto. Los campesinos asiáticos que siembran amapola deben cultivar y cortar unas 500.000 flores para obtener 10 kilos de opio en bruto. Con eso pueden alcanzar una ganancia de 1.000 a 1.600 dólares por hectárea 19. Es interesante notar que los cultivadores de amapola asiáticos obtienen visiblemente menos que los cultivadores de coca latinoamericanos, aunque el producto final, la heroína, produce al comercio unas diez veces más que la cocaína. Si los ingresos de los campesinos se comparan con los de los traficantes, son salarios de hambre. Pero en comparación con sus otras posibilidades, estos campesinos ganan sumamente bien. Pero eso no los ha liberado. Si antes dependían del terrateniente, ahora dependen del narcocapital extrarregional. Con los órganos estatales están tan mal como siempre, porque éstos antes se aliaban con los hacendados y latifundistas y ahora lo hacen en buena parte con los empresarios de la droga.
Los márgenes brutos de la elaboración y comercio son colosales. De allí se benefician, naturalmente, todos los que participan en la larga cadena, desde las «mulas» que cargan las hojas o la pasta por los ríos y hasta las pistas secretas, los pilotos de la selva, los «cocineros» que manejan los laboratorios de cocaína en Colombia o Brasil, los pilotos estadounidenses que llevan el polvo blanco a las estaciones de bombeo detrás de la frontera en tanques de combustible o guardado astutamente, burlando la vigilancia aérea estadounidense, los propietarios de los escondites, los importadores, sus intermediarios, los mayoristas y minoristas, hasta los lavadores de dinero, banqueros, abogados, los grandes industriales proveedores de los agregados químicos como éter y acetonas, y demás promotores. Los grandes de la narcoeconomía han sido admitidos en el círculo de los hombres más ricos del mundo. Se dice que los cuatro jefes del Cártel de Medellín (que ya no existe en su antigua forma) tendrían todos fortunas personales que estarían entre 1.500 y 2.500 millones de dólares. Eso puede ser una exageración; dado su origen ilícito seguramente es difícil disponer de amplias partes de esas fortunas, con lo cual disminuye su valor líquido. Sin embargo, quedan sumas fabulosas, que en el caso de algunos «capos de la droga» condujeron a una sobreestimación fantasiosa de sus posibilidades, y con ello a su caída.
Finalmente, también hay pérdidas. Según los cálculos generales las autoridades logran confiscar y sacar de circulación entre un 5 y un 10% de la droga a nivel mundial (sin embargo, muchas veces una parte de esa droga vuelve a aparecer milagrosamente en el mercado).
El narcodinero
El dinero es el acompañante fijo de la droga, su amante furtivo (y tenebroso). Es el combustible de todo el proceso de producción y venta, recorre el camino de ida hacia el consumidor final, y también el de regreso, del distribuidor al productor. La utilización del dinero se caracteriza por tres fases: acumulación, dispersión y disposición. En la fase de acumulación deben resolverse problemas muy prácticos. El mayor de ellos es cómo llevar secretamente los baúles o vagones de billetes acumulados a las cuentas bancarias en el interior o exterior del país; el problema de la desmonetización. Después hay que «estacionar» el dinero bueno, aunque oscuro o caliente, aunque sea provisionalmente: la cuestión de la estrategia de la colocación a corto o mediano plazo. Eso conduce a la necesidad de dispersión de los destinatarios de los pagos. Para tratar de reducir el riesgo, éstos buscan diversificar sus recursos, repartirlos si es posible alrededor del globo y obtener los mejores beneficios colocándolos en las inversiones más variadas (estratificación). Finalmente hay que disponer. Una parte se necesita para reinversión en el negocio propio, en nuevos o mejores laboratorios, lanchas más rápidas, jets indetectables, confidentes más confiables, informantes más inteligentes; en general, inversiones de reposición y ampliación20.
Sólo después de satisfacer esas necesidades, el narcotraficante previsor piensa en los otros dos objetivos de la disposición: el uso particular y las colocaciones a largo plazo en empresas que no tienen relación con la droga. Entonces, y no antes, se le presenta el problema de la legitimación de su dinero; en la expresión popular, el lavado. Esto quizás sea imposible desde el punto de vista jurídico, pero de hecho puede hacerse. Existen múltiples métodos para lavar dinero. A pequeña escala los hay en todas partes donde se puede hacer desaparecer el efectivo sin soportar controles: casinos, joyerías, comerciantes en objetos de arte, el negocio del cine, en las transacciones de importación y exportación difíciles de valorar, en sociedades de utilidad pública y fundaciones de beneficencia21. Pero el lavado de dinero que realmente paga se encuentra sobre todo en los grandes centros financieros internacionales, en Nueva York, Miami, Londres, Tokio, Hong Kong, o en los países grandes y pequeños que lo facilitan voluntaria o involuntariamente: Panamá, Liechtenstein, Austria, Hungría, algunas islas del Caribe. Transacciones complejas, operaciones triangulares o cuadrangulares, compensaciones intrincadas, traspasos y traslados entre sociedades viejas y nuevas, pero siempre de buena reputación, que se eslabonan unas con otras en forma de cadenas o de estrella quizás en todo el globo terráqueo, sirven para poner a danzar enormes cantidades de dinero en un resplandeciente y global juego de luces, por medio de órdenes electrónicas, totalmente computarizadas, a la hora exacta, con sólo apretar un botón, hasta que al final todos, incluso los iniciadores, llegan a creer que ese dinero siempre había sido limpio22.
El lavado de dinero se ha convertido en un capítulo independiente de delitos, según el ejemplo de EEUU, en gran número de países. Pero sin mucho efecto: hoy como antes el narcodinero sigue pasando por los más variados canales en todo el mundo hasta que, aparentemente limpio, está nuevamente a disposición del verdadero titular. Se puede conjeturar que del movimiento global anual se lavan casi dos tercios, es decir unos 200.000 millones de dólares. El resto del dinero no necesita «lavarse» porque se gasta dentro del sistema. Para eso hacen falta ayudantes y expertos. Y éstos se encuentran entre los asesores financieros y de inversiones, en las oficinas de corretaje, entre los agentes de propiedad inmobiliaria, en las casas de bolsa, y sobre todo en los bancos. La asistencia puede prestarse con los ojos abiertos o cerrados. A pesar de los programas de entrenamiento y de los sistemas de control internos, no se ha podido eliminar la contribución decisiva de la banca nacional e internacional. Los bancos financian el negocio, ellos transportan, fermentan y consolidan las ganancias. Para lograrlo, los narcotraficantes utilizan el soborno, la amenaza y el chantaje, y siempre consiguen que algún personal del banco coopere con ellos. Y cuando eso no es suficiente, compran el propio banco si es posible.
La liberalización global de las transacciones financieras internacionales favorece mucho el narcotráfico. Desde comienzos de los años 80 la «desregulación» ha cambiado el mundo de las finanzas con arreglo al thatcherismo y reaganismo, muy en armonía con las corrientes neoliberales predominantes. A esto se añade el avance triunfal de la transmisión electrónica de datos y de las telecomunicaciones. Con esto la financiación del negocio de la droga encontró el instrumentario ideal, prácticamente incontenible23. Frente a todo esto, careció de importancia decisiva la abolición o limitación del secreto bancario tradicional o jurídico, por presión de EEUU. Y tampoco el que se haya obligado a los bancos a notificar las grandes transacciones en efectivo en caso de movimientos financieros sospechosos; y a examinar o escudriñar los balances internos de los clientes comerciales, la cartera de los clientes particulares, por si de allí brotaban fuentes ilegítimas. Hace poco a través del Financial Action and Force de la OCDE las esferas oficiales incluso le pidieron a los institutos bancarios que actuaran como «agentes provocadores», induciendo o animando a presuntos lavadores de dinero a hacer movimientos ilegales de fondos. Hasta ahora el éxito ha sido mínimo: suponiendo que se decomise el 10% de las drogas contrabandeadas, para los capitalistas de la droga todos los vehículos aéreos, marítimos y terrestres confiscados, todos los inmuebles, joyas y títulos valores incautables no hacen ni siquiera un porcentaje24.
Consumo, negocio y orden social
En la actualidad la producción, comercio y tenencia de estupefacientes están prohibidos y sujetos a sanciones penales en casi todo el mundo. Señales de ablandamiento se encuentran únicamente en los márgenes, por ejemplo en los ampliados programas de terapia médica para heroinómanos en Suiza y Liverpool, en la despenalización (indecisa) del consumo en España e Italia, últimamente en Colombia, donde el consumo diario de una «dosis personal» estaría exento de castigo, y en Alemania, en virtud de las famosas y controversiales decisiones del Tribunal Federal de Garantías Constitucionales en abril de 1994, según las cuales se puede renunciar a la sanción cuando se trate de una cantidad pequeña, indefinida, de productos de cannabis para uso propio. Pero en esencia las sanciones penales permanecen firmes y aparentemente inquebrantables. En EEUU, hoy al igual que antes, una persona puede ser sentenciada al equivalente de tres cadenas perpetuas por tráfico considerable de estupefacientes. En Malasia, Singapur, China o Irán a uno le pueden cortar la cabeza o puede ser colgado por acusaciones fútiles.
Desde los días del presidente Nixon, pero con mayor fuerza desde la «declaración de guerra» del presidente Reagan, EEUU se dedica más que nada al law enforcement, es decir a ejercer presión para que se ejecute la prohibición impuesta por ellos al mundo entero. La lucha se militarizó, la narcoeconomía fue calificada de amenaza para los intereses de la seguridad. Washington desembolsa particularmente más de 13.000 millones de dólares al año para la «guerra contra las drogas» (aunque en la presidencia de Clinton ya no se llame así), y a eso hay que añadir el gasto de los estados individuales, los condados y las comunidades. El gobierno de Clinton ciertamente se apartó de los nombres bélicos de los programas de represión, pero no esencialmente de su contenido25. ¿Actúan las condiciones básicas del consumo y comercio de estupefacientes como ventajas o como desventajas para la sociedad como un todo? Esta pregunta se puede plantear desde el punto de vista ético, médico, terapéutico, jurídico o político, pero también se puede examinar desde la problemática de la economía nacional: ¿qué repercusiones tiene la relación con drogas prohibidas en el tejido económico de los pueblos, y qué significado tiene para su orden social?
Parámetros de economía nacional. Los economistas tienden a presentar cuentas totales, balances nacionales. Aquí entran los activos y pasivos. ¿Puede incluirse en los balances también la economía de la droga? ¿Cómo se la puede clasificar en una cuenta económico- nacional? Como cualquier otra empresa manejada activamente, el negocio de la droga tiene efectos estimulantes sobre el proceso económico. Genera un crecimiento del producto interno bruto de todos los países involucrados de una u otra forma. No hay ninguna diferencia si se trata de un país productor, distribuidor o consumidor. Por lo demás, el rendimiento económico-nacional aumenta no sólo mediante la participación directa o indirecta en el negocio ilícito de la droga o como su consecuencia bienvenida o execrada, no sólo a través de los comerciantes de la droga sino también a través de sus perseguidores, a saber, del aparato militar, los cuerpos policiales, los órganos de justicia, incluso a través de las áreas satélite de servicios públicos en el sistema de salud, los establecimientos de apoyo y terapia, etc.
Las afluencias de dinero provenientes del negocio de la droga no permanecen estériles, pues en vista de su falta de registro los bancos centrales no las pueden retirar completamente de la circulación monetaria. Por lo tanto ellas inducen más crecimiento, tanto mediante las reinversiones en el campo de la droga, como también mediante las inversiones en otros negocios y por último a través del consumo privado de los participantes en el negocio. También pa- para los llamados países en desarrollo, desde Afganistán hasta Zimbabwe, la producción, el comercio y consumo de drogas significan en primer lugar crecimiento económico. Lo lógico es que esto repercuta mucho menos (en términos relativos) en un gran país industrializado que en una isla del Caribe. Algunos países pequeños como Bolivia y Perú dependen casi por completo de la economía de la droga. En el caso de Bolivia se dice que a través de la exportación de hojas de coca, pasta de coca y ahora también cada vez más de cocaína, el país obtiene más del doble de lo que le ingresa por sus exportaciones lícitas. El que Perú después del autogolpe de Estado de Alberto Fujimori pueda volver a recuperarse depende en primer término de las extensas áreas de cultivo de coca del país, las cuales han llegado a superar claramente las de la misma Bolivia. Colombia dispone de una estructura económica legal sana y diferenciada. En virtud de la afluencia de narcodólares el peso se revalúa constantemente; en los últimos veinte años, mientras toda América Latina se hallaba en medio de la peor crisis de liquidez, Colombia sólo tuvo que recurrir a créditos internacionales relativamente insignificantes y nunca ha tenido que buscar una conversión de deuda, como todos sus vecinos. A Marruecos fluyen anualmente unos 2.000 millones de dólares de la exportación de narcóticos, contra 3.600 millones de las exportaciones lícitas. De esa manera el país está en capacidad de cumplir con las obligaciones anuales de su deuda externa, 2.400 millones de dólares en números redondos. Como resultado Marruecos se ha convertido en una especie de «niño modelo» del FMI.
Para los países involucrados del Tercer Mundo, el comercio de drogas o de materias primas para su elaboración es hasta el presente el negocio de exportación perfecto, la inversión del deplorado declive Norte-Sur en un declive Sur-Norte. A los ojos de los países productores, el cacao, café, cinc, bauxita, bananas, mangos, nunca se pagaron en su justo valor. Justamente cuando la exportación se vuelve ilícita, parece invertirse la relación de fuerzas. Esto se observa con satisfacción disimulada, que no se confiesa abiertamente por temor a atraer el enojo de EEUU, pero que sí se comenta internamente. Por fin se está pagando bien por una materia prima de ese Nuevo Orden Económico Mundial «adecuado», «correcto», tantas veces y en vano solicitado por los llamados países en desarrollo desde comienzos de los años 70. Si esa «fruta prohibida» podrá cosecharse a la larga, es harina de otro costal. Lo que despierta dudas no es la represión de los países industrializados, sino mucho más la dinámica de mercado desencadenada por las drogas sintéticas y por la posible liberalización del consumo, lo que podría poner fin al privilegio parcial de determinados países del Tercer Mundo.
Junto con las capacidades del Tercer Mundo como productor y exportador, hay que destacar su nueva situación como consumidor. Africa está tapizada de cultivos de cannabis, la cocaína de Latinoamérica y la heroína de Asia entran a chorros y casi sin impedimentos, de Argelia llegan las anfetaminas. Paquistán y la India dejaron de ser sólo inmensos lugares de despacho para convertirse en enormes consumidores. El mayor potencial lo tiene China, un mundo particular empujado al consumo de estupefacientes por las potencias coloniales y en la actualidad con un crecimiento de la demanda de narcóticos sin precedentes en el mundo.
Al igual que en el Primer Mundo, en el tercero el rendimiento total de la economía nacional aumenta con la totalidad de las actividades económicas relacionadas directa o indirectamente con la economía de la droga. Si se llegara a eliminar realmente la narcoeconomía, ello podría significar la catástrofe económica y la miseria generalizada para una cantidad considerable de países. La narcoeconomía crea puestos de trabajo, y por cierto en todos los niveles, desde el cultivo hasta el consumo. En América Latina eso puede significar entre dos y tres millones de empleos adicionales en el cultivo de la coca. De donde se desprende que aproximadamente de 10 a 12 millones de personas viven de eso. En el Triángulo Dorado no deben ser menos, sólo en Myanmar, anteriormente Birma, es posible que la mayor parte de la población rural viva del cultivo de la amapola, lo mismo ocurre en extensas regiones de Afganistán, Paquistán, Irán (Beluchistán) y China (Yun-nan). La población rifeña de Marruecos, aproximadamente 5 millones de personas, prácticamente conoce tan solo el cultivo de cannabis.
También en los países consumidores típicos, como EEUU o Europa occidental, aumenta la oferta de empleos: pilotos, capitanes de barco, importadores, intermediarios, mayoristas, minoristas, vendedores ambulantes, choferes, personal de las industrias químicas que producen componentes químicos, fabricantes de armas, proveedores de armas, personal de vigilancia, confidentes, informantes, banqueros y empleados bancarios, abogados y su personal, asesores financieros, asesores químicos, cajeros, portadores de valijas de dinero, correos de dinero. Por supuesto que no sólo se ganan puestos de trabajo del lado del negocio de la droga, millones de puestos de trabajo surgen también en el área de la asistencia social, la terapia y ante todo en el área de la represión. El que gana suficiente dinero, puede apartar una parte, ahorrar. Y con el aumento de la renta nacional crece la formación de capital. La capitalización que hace posible el negocio de la droga repercute tanto en el área del presupuesto familiar como en el área empresarial. Especialmente fuerte es la capitalización que experimenta la economía legal a través de las colocaciones e inversiones que no representan reinversiones en la narcoeconomía como tal, sino que tienen lugar en ramos contiguos o totalmente ajenos a ella. De esa forma puede producirse simultáneamente una mejora de la estructura económica e industrial; las inversiones diversificantes pueden conducir a un mejoramiento de ramos que no se abarcaban originalmente. Pero llegar a eso depende de la existencia de ciertas condiciones básicas a nivel estatal y social. Las posibilidades de inversión del narcodinero son francamente ilimitadas. Se invierte en bienes inmuebles, compañías de construcción, transportes de todo tipo, la industria del plástico, el turismo, el sistema bancario, cadenas comerciales, restaurantes, informática, grandes medios de comunicación como el cine y la televisión, finalmente también en escuderías, caballerizas, clubes de fútbol. Cualquier negocio es posible. A las colocaciones de capital en el marco nacional se añade la inversión en títulos-valores, acciones, obligaciones y opciones internacionales negociables en la bolsa, en bienes y divisas. En esa lista faltan las empresas industriales. Podría parecer que no se invierte nada o casi nada en empresas de producción26. Pero eso tiene que ver con el horizonte de experiencias de los «narco- inversionistas» y con las posibilidades de inversión locales. Donde no existe ninguna estructura industrial formada, también el narcodinero invierte con vacilaciones en nuevas empresas industriales. Sin embargo, en principio los capos de la droga no son de ninguna manera peores inversionistas que los demás. Ni más ni menos que los otros, buscan las mayores ganancias con el menor riesgo posible. Naturalmente, sin que esa sea la intención de los inversionistas y ya sea directa o indirectamente, a mediano plazo desde el punto de vista del rédito o a largo plazo desde el punto de vista de la estabilidad, esos compromisos generan impulsos fuertes y muy visibles en la economía nacional.
Claro está que aquí también existen inversiones mal orientadas, por ejemplo cuando en la periferia de Ciudad de Guatemala se construyeron enormes rascacielos sin ninguna calle de acceso, agua ni electricidad. Tales decisiones empresariales equivocadas no son exclusivas de los narco-inversionistas, ellas ocurren en todas las áreas. Muchas veces las actividades financiadas con el narcodinero se mezclan con otras, de manera que al alejarse del origen del dinero se hace casi imposible separar el dinero «sucio» del «limpio». En los países en desarrollo con grandes deudas externas se puede apreciar otro efecto positivo: para ellos es más fácil hacer frente a sus obligaciones crediticias internacionales (por ejemplo Marruecos) o mantenerlas relativamente bajas desde el principio (como Colombia). La incrementada entrada de divisas extranjeras, sobre todo de dólares, hace que sea más fácil procurar los recursos para los pagos de intereses y de capital, aunque muchas veces sólo a costa de un agravado endeudamiento interno en moneda del país.
Costos sociales y otros pasivos. Lo que justificadamente causa las mayores preocupaciones, los cargos vitales, son las desventajas llamadas «costos sociales» que el negocio de la droga impone a la sociedad. Una expectativa de vida disminuida, enfermedades, miseria social, criminalidad y prostitución, pérdida de motivación y creatividad son sólo algunas claves de elevadas pérdidas sociales que ciertamente afectan en primer lugar a los grupos consumidores, pero que son una carga para toda la sociedad y que hay que registrar negativamente en una cuenta total correcta de economía nacional. Es entre difícil e imposible, en todo caso extremadamente discutible, calcular esos costos sociales en términos de dinero. Por ejemplo, no se pueden añadir al cómputo los gastos en material y personal que el Estado realiza para instituciones terapéuticas. Tales gastos no conducen a ninguna pérdida de valor o de productividad económico-nacional, sino por el contrario a un aumento del producto social bruto. Sin embargo, los enormes daños cotidianos que traen consigo las enfermedades y la miseria originan dolorosos costos sociales. También esto es controversial; se dice que nadie puede determinar si este o aquel drogadicto trabaja y aumenta la productividad económico-nacional. Esto puede ser correcto desde el punto de vista individual, pero para una cuenta total de economía nacional la posibilidad individual de ser cargado a cuenta no tiene importancia. Para ello hay que comprobar que las fuerzas productivas efectivamente se paralizan y no entran en cuenta.
Pero ¿cómo se puede evaluar eso? Para Alemania (1990) los cálculos fluctuaban entre 3.000 y 15.000 millones de dólares. Los daños globales se calculan hasta en 100.000 millones anuales. Eso parece demasiado poco. Ya se habló sobre las repercusiones negativas de las drogas sintéticas en boga o en perspectiva. Son mucho más baratas y eficaces, pues su efecto es más rápido y fuerte que el de las clásicas drogas orgánicas o semiorgánicas, y por lo tanto encuentran un público nuevo, adicional, en el mundo entero. Pero también son mucho más perjudiciales, porque conducen más rápido a la dependencia y a daños irreparables del cerebro, el aparato cardio-pulmonar y otros órganos. Junto con la pérdida general de productividad y de valor, también entra en el balance negativo el que la economía de la droga conduzca a la concentración del poder económico y así también a una peor distribución de la riqueza. Es cierto que, tal como se describió, aumentan los ahorros y la acumulación de capital, pero sólo en manos de unos pocos. Los que ganan mucho dinero con el negocio de la droga no son los campesinos y cultivadores, sino unos pocos grupos, sindicatos y carteles del narcotráfico internacional. El negocio prácticamente no permite que los participantes de la base y el final acumulen capital, éste se concentra en relativamente pocos narcotraficantes que dominan tanto la producción como la distribución minorista.
Esa situación conduce a que se retiren del mercado los ofertantes más débiles, ya sea porque no quieren o no pueden asumir los costos materiales cada vez mayores, o porque les parecen demasiado altos los costos inmateriales, es decir, la presión de los grandes del negocio, que se imponen de ser necesario con violencia fatídica, más el riesgo de ser capturados o expropiados por las autoridades estatales. El «estrato medio» se elimina. Eso conduce a una centralización en las altas esferas de la producción y distribución, cuando menos. Allí se entienden mejor tanto con los costos crecientes como con los riesgos. Allí se presentan «ganancias de eficiencia». Que esto rige no sólo para el narcotráfico, sino también para toda la economía ilícita, se muestra con creces en el amalgamiento del narcotráfico con el crimen organizado.
El negocio de la droga trae consigo un aumento del dinero circulante. Por una parte éste aumenta «secretamente» por vías en que la circulación monetaria evade el registro oficial, por ejemplo, cuando correos internacionales llevan a Colombia, Panamá o Suiza maletas o sacos llenos de billetes de cien dólares. Pero por otra parte el circulante aumenta también oficialmente, es decir, ante la mirada atenta o ciega del banco central respectivo, cuando los capitales se «lavan» y luego, por ejemplo en forma de créditos «back to back»*, estimulan o amplían la financiación crediticia.
Sin embargo, calificar a la narcoeconomía de necesariamente inflacionaria no es justificable. El que las afluencias de dinero tengan el efecto deseado de estimular, fomentar la coyuntura en una deflación o estanflación, o que de manera indeseable desencadenen o refuercen las tendencias inflacionarias, depende exclusivamente de la situación inicial de la economía nacional respectiva. Una interrupción repentina de la afluencia, un brusco agotamiento del flujo de narcodinero puede conducir a una deflación grave a causa del efecto resultante de destrucción general del dinero. Pero en relación con las afluencias, la capacidad de los órganos estatales para dirigirlas monetariamente es limitada. Esto se debe a que el gobierno o el banco emisor sólo pueden retirar el dinero de la circulación o esterilizarlo, en la medida en que tienen acceso a él. La evolución del valor de cambio de las monedas nacionales (que más de un país productor de drogas orgánicas negocia de puerta en puerta) muchas veces escapa a los controles. Si es bueno o malo para la economía de Venezuela, por ejemplo, el que el bolívar esté sobrevaluado (a pesar de la opinión pública) a causa de las operaciones financieras de la droga, depende de la situación de la economía general del país, donde también influyen muchos otros factores no relacionados con los estupefacientes. Lo seguro es que el banco central, que desearía controlar el tipo de cambio, ya no está en situación de hacerlo o sólo puede hacerlo en forma limitada.
En este contexto se incluye el que en muchos de esos países exista una dolarización que entorpece el desarrollo de políticas monetarias adecuadas. La denominada sustitución monetaria, que hace retroceder la moneda nacional como instrumento de pago y capitalización en favor del dólar como moneda prácticamente universal, introduce un factor de riesgo adicional en la política económica estatal y la hace todavía más dependiente de lo que ya es por otras razones. La disponibilidad o no disponibilidad de dólares en los mercados de divisas es básicamente lo que determina el tipo de cambio de la moneda nacional respectiva, por encima de todos los demás factores «clásicos» como la balanza de pagos, el diferencial de inflación, la productividad, etc. Los bancos centrales pierden el control sobre la cantidad de moneda extranjera solicitada y obtenida por la población y con ello la capacidad de gobernar efectivamente la cantidad de dinero disponible.
Naturalmente es difícil, además de aventurado, evaluar la influencia general de la narcoeconomía en el rendimiento de la economía mundial. Ya que no es posible hacer un avalúo confiable de los «costos sociales», difícilmente se puede equilibrar el activo con el pasivo para determinar dentro de lo posible si existe un saldo positivo o negativo. Para ofrecer una orientación muy general; es posible que su participación en el producto social «mundial» global no esté por debajo del billón de dólares al año, eso sin descontar las pérdidas y daños, pero incorporando las áreas concomitantes de la narcoeconomía tales como asistencia social, institutos terapéuticos, administración de justicia, ejército y policía. Entre el 90 y el 95% de esa suma corresponde a los países OCDE y Hong Kong, es decir en primer término a los países industrializados occidentales. Sólo un 10% queda para los demás, los hijastros de la economía mundial, entre los que se cuentan los llamados países en desarrollo; pero de todos modos es tanto dinero que salva a algunos países de caer definitivamente en la sub-subsistencia. Por lo demás podemos atenernos a que el saldo puede variar de un país a otro. Es evidente que los países productores como Bolivia y Marruecos salen mejor librados en total, igualmente los acreedores del negocio de la droga como Suiza, Luxemburgo y Hungría.
Pero contando los «costos sociales» y otros pasivos esa contribución positiva puede terminar totalmente «devorada». Además la tendencia sigue siendo más bien negativa. El actual sistema mundial de la droga podría conducir algún día a una introducción o imposición masiva de las drogas sintéticas, tan baratas como dañinas. De tal modo se reforzaría y aceleraría la pérdida de valor social y productivo. Los países en desarrollo que producen las drogas orgánicas o semiorgánicas eran los ganadores de la narcoeconomía tradicional. El producto social crecía considerablemente, se crearon muchos puestos de trabajo. Pero la ola de consumo de drogas también arropó esos países, con todos los «costos sociales» y otros pasivos que antes plagaban primordialmente a los países industrializados. Y, lo que es cuando menos igualmente malo para ellos, la «corrida» hacia las drogas diseñadas conduce a un debilitamiento inevitable de su posición en el mercado mundial. Si se mantienen la tendencia y las condiciones sistémicas, sus productos, cannabis, amapola, coca, dejarán de ser necesarios.
Legalización: ¿y después qué?
La pregunta es en qué medida se ratificarían o modificarían los parámetros económicos y sociales discutidos anteriormente en caso de que se diera una legalización, posiblemente acompañada de la implantación de un sistema piloto médico-social. ¿Aumentaría el consumo, creciendo así el mercado de estupefacientes? Un pronóstico no es sencillo y las opiniones están muy divididas. La mayoría de los especialistas parten de que el consumo aumentaría al comienzo, pero luego se estancaría y nivelaría27. Pero el aumento de la demanda, primero limitado y luego decreciente, no se traduciría en una ampliación del mercado en el sentido de un incremento en el volumen de negocios. Por el contrario, el volumen financiero del mercado disminuiría mucho debido a la drástica caída de los precios, quizás hasta llegaría a derrumbarse. Desde el punto de vista económico, el mercado se contraería notablemente.
El activo más importante que puede originar una legalización sería una reducción de los «costos sociales». Tales costos sólo están determinados en una mínima parte por el uso de narcóticos en sí, más bien habría que atribuirlos en gran parte a la represión vinculada al sistema actual28. Los drogadictos que viven en relaciones sociales estables pueden dedicarse a una ocupación regular que en poco o nada los diferencia de los no dependientes (y muchos lo hacen). La miseria no es consecuencia del consumo de estupefacientes, sino de la represión subsiguiente. Cuando no hay represión, la adicción puede controlarse considerablemente mejor. Todavía se darán casos de pérdida total del toxicómano, pero cesará o disminuirá mucho la corrida hacia las drogas sintéticas, inducida por el alza de los precios de las drogas orgánicas a consecuencia de la represión. Con eso disminuirá considerablemente la cuota de los verdaderos «drop- outs»*. Costos sociales evitables surgen de todos los que están encarcelados. En EEUU, hoy en día de cada 100.000 habitantes 311 están en prisión, en Alemania son 74, en Japón 42. De los 311 detenidos en EEUU, 66 llegaron a la cárcel por tráfico o consumo de estupefacientes, a esto hay que agregar todos aquellos de los restantes 245 que cometieron delitos porque querían o necesitaban financiar sus drogas. Es decir que en EEUU la persecución antinarcóticos pone tras las rejas tres o cuatro veces más personas que el total de los encarcelados en Japón.
A pesar de triunfos ocasionales en la lucha contra los sindicatos y carteles de la droga, hay más personas que nunca trabajando en la narcoeconomía. La adicción a las drogas, unida a la adicción al dinero, es tan poderosa, que ninguna policía ni ejército del mundo es lo suficientemente fuerte para imponerse definitivamente. Un poder económico libre de control se concentra en manos de los magnates de la droga y los carteles que actúan a nivel internacional, un poder aún más peligroso en cooperación y combinación con el crimen organizado internacional. Eso también es una consecuencia de la represión. Pero la legalización también tendría otras consecuencias bastantes sorprendentes. Probablemente la distribución en activos y pasivos se invertiría casi totalmente. El producto social mundial retrocedería notablemente. Los países productores ya no tendrían ningún crecimiento inducido por el narcotráfico. Se suprimirían millones de puestos de trabajo. Los países en desarrollo resultarían de súbito los grandes perdedores de la legalización. La formación de capital retrocedería, la deuda externa volvería a causar más problemas. Por otro lado se detendrían las tendencias a la concentración, y la liquidez, el flujo monetario y el tipo de cambio se podrían volver a controlar mejor.
Pero todas estas conclusiones son precipitadas. El desarrollo económico- nacional depende de la meta que persigan los capitales liberados. Con el fin del mercado negro de la droga no desaparecerían, visto globalmente, ni el poder adquisitivo que lo sustenta ni el capital que lo financia. ¿Adónde se volverían ambos? Aquí hay muchas preguntas pendientes. Si fuera posible dirigirlos hacia nuevos campos productivos lícitos, se podría evitar la disminución del rendimiento total de la economía nacional y la reducción de los puestos de trabajo. ¿Podrían surgir nuevas oportunidades para el Tercer Mundo? Se podría pensar en eso si se pudiera garantizar, ya sea jurídicamente o por convenios, la colocación de las materias primas de esos países en un sistema legalizado. Una dilación del avance de las drogas sintéticas podría de hecho darle un respiro al Tercer Mundo, pero eso ya no es posible.
Las tendencias y «escenarios» discutidos pueden ser alarmantes. Ellos ameritan una discusión más profunda. Faltan datos confiables, pero ése no es el único problema. Muchas veces lo que falta no son los datos sino la disposición a aceptarlos y a incorporarlos a una discusión seria sobre las causas y consecuencias de la actual política antinarcóticos. Si describimos lo que tenemos hoy en día como la acción combinada de dos adicciones, la adicción a las drogas y la simultánea, aunque no necesariamente reunida en las mismas personas, adicción al dinero, se podría considerar la posibilidad de mejorar la situación mediante la disociación de esas adicciones. La adicción al dinero no debería poder aprovecharse más de la adicción a las drogas. Quizás entonces podamos controlar mejor ambas.
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Notas
1 Sobre la evolución del consumo (a menudo de motivación ritual, socialmente integrativo y colectivo) a la producción y distribución de la droga como mercancía, v. Manfred Kappeler: Drogen und Kolonialismus, Verlag für Interkulturelle Kommunikation, Francfort, 1991, pp. 41-2: «Como mercancía, la droga ha adoptado el carácter doble de todas las mercancías, tiene al mismo tiempo un valor de uso y un valor de cambio.»
2 V. Franklin E. Zimring y Gordon Hawkins: The Search for Rational Drug Control, Cambridge University Press, Cambridge 1992, p. 22 y ss.: «What is a drug?».
3 INCB (International Control Board de la ONU) Informe 1993, p.32.
4 Heiner Gatzemeier: Heroin vom Staat, Droemersche Verlagsanstalt, Munich, 1993, p. 164: en Alemania Federal hay de 120.000 a 150.000 adictos a la heroína, 40.000 cocainómanos, de 7 a 8 millones de consumidores ocasionales de cannabis.
5 V. National Narcotics Intelligence Consumers Committee: NICC Reports; Jean Francois Couvrat y Nicolas Pless: Das verborgene Gesicht der Weltwirtschaft, Verlag Westfälisches Dampfboot, Münster, 1993, pp. 68 y ss.; Konrad Freiberg y Berndt Georg Thamm: Das Mafia Syndrom, Verlag Deutsche Polizei Literatur, Hilden, 1992, p. 165, mencionan en el año 1990 seis millones de adictos a la heroína fuera de Europa y EEUU.
6 K. Freiberg y B. Thamm: ob. cit., p. 173, para 1990, 5,4 millones en EEUU.
7 Sobre drogas sintéticas («Sydros») en Alemania, v. B. G. Thamm: Drogenfreigabe - Kapitulation oder Ausweg?, Verlag Deutsche Polizeiliteratur, Hilden, 1989, p. 194.
8 Por razones de espacio aquí no vamos a examinar el papel prominente de las «legítimas» industrias químicas multinacionales en la creación y satisfacción de la demanda de drogas «lícitas». Al respecto v., entre otros, Günter Amend: Sucht: Profit, Sucht, Rowohlt Verlag, Reinbek, 1990, pp. 50 y ss.
9 Freiberg/Thamm, ob. cit., p. 161, hablan incluso de una producción mundial anual de 100.000 toneladas de marihuana y 10.000 toneladas de hachís.
10 Sobre los orígenes de esa ola en el colonialismo de siglo XIX y sobre la guerra del opio de las potencias coloniales contra China, v. J. F. Couvrat y N. Pless: ob. cit., p. 57.
11 INCB, cit., p. 26.
12 Ibid.
13 Arman Sahihi: Designer-Drogen, Gifte, Sucht und Szene, Wilhelm Heyne Verlag, Munich, pp. 13 y ss.
14 INCB, cit., p. 43.
15 A. Sahihi: ob. cit., p. 16.
16 Aquí entran «cálculos» de 800.000 millones a un billón de dólares en cifras de negocios anuales en el mercado mundial de la droga. V. Stefan Wichmann: Wirtschaftsmacht Rauschgift, Fischer Taschenbuch Verlag, Francfort, 1992, p. 18.
17 Sobre evaluaciones similares de la UNFD de febrero de 1986 y del Consejo Europeo 1988, v. B. G. Thamm: ob. cit., p. 154.
18 Detalles en ibid., p. 148 y ss.
19 V. J. F. Couvrat y N. Pless: ob. cit., p. 58.
20 S. Wichmann: ob. cit., p. 26, habla justificadamente de los efectos de la sinergía, los inversionistas de narcodinero tienen exactamente las mismas aspiraciones que los inversionistas de capital «limpio».
21 V. ibid., p. 28.
22 Detalles en Jürgen Roth y Marc Frey: Die Verbrecher Holding, Verlag Piper, Munich, 1992, pp. 191- 224. El caso más espectacular hasta el presente es el del Banco de Crédito y Comercio (cerrado por coerción en 1991) con sedes en Londres y Luxemburgo y toda una red mundial de filiales.
23 Sobre «paraísos fiscales» internacionales, v. B.G. Thamm: ob. cit., pp. 159 y ss.
24 INCB, cit., p. 7, «Money laundering continues...»
25 Más detalles en Observatoire Géopolitique de Drogues: Etat des drogues, drogues des Etats, Pluriel Intervention, París, 1994, pp. 16 y ss.
26 Una investigación realizada por Mario Arango sobre las inversiones legales de veinte narcotraficantes de Medellín arrojó como resultado las siguientes preferencias: nueve inversiones en terrenos urbanos o rurales, cuatro compras de empresas agrícolas, tres de firmas comerciales, dos de empresas constructoras y dos de servicios. Vincent Goueset: "L'impact du narcotrafic à Medellin" en Cahiers des Amériques Latines Nº 13, París, 1992, p. 45.
* Crédito que se otorga en garantía de otro crédito.
27 Christine Bauer: Heroinfreigabe. Möglichkeiten und Grenzen einer anderen Drogenpolitik, Rowohlt Verlag, Reinbek. 1992, p. 119.
28 Sobre las consecuencias comparativas de la prohibición de bebidas alcohólicas y su derogación, v. F.E. Zimring y G. Hawkins: ob. cit., pp. 45 y ss.
* Personas perdidas para la sociedad.