HERMES TOVAR PINZÓN: maestro universitario. Universidad Nacional de Colombia, Bogotá
El presente trabajo constituye una lectura desde la historia sobre el papel de la coca y la cocaína, en los modernos procesos sociales de transformación que viven Colombia y América Latina. En efecto queremos discutir, desde tres ángulos, algunos de los múltiples fenómenos que asombran a la sociedad contemporánea como consecuencia del espacio que ha ganado la producción y el mercado de la cocaína: la dimensión histórica, la importancia de la producción y el consumo del complejo coca- cocaína y el significado de las economías de ciclo corto en el desarrollo histórico de América Latina.
El conocimiento de estos tres hechos es fundamental en cualquier análisis que pretenda acercarse al embarazoso mundo de simplificaciones, de slogans, de publicidad y de satanización del complejo coca-cocaína. A pesar de su importancia y de la abrumadora bibliografía sobre el tema, estos tres fenómenos no han sido tratados en su interconexión 1).
Una bibliografía sobre el mercado ilegal de la cocaína presenta 188 títulos editados entre 1968 y 1990 en Estados Unidos y en América Latina. Si bien no pretende ser exhaustiva es representativa del interés que la producción, comercio y distribución de drogas ha ido alcanzando en el mundo2.
Sin embargo, el hecho de que más del 80% de los trabajos estén referidos a asuntos tales como las "guerras" entre policías y traficantes, las "amenazas contra la democracia" y la "seguridad nacional", las "extradiciones" y, sobre todo, a ligar su producción con las organizaciones armadas de izquierda, refleja la "politización del tema" 3). Hay un velado olvido, consciente o inconsciente, de quienes están en las zonas campesinas dedicados al cultivo o de los que, en las ciudades, tienen sus razones para abandonar su vida al consumo de psicotrópicos 4). Los estudios que se apartan de esta tendencia provienen del interés que las ciencias sociales han desarrollado por conocer el problema de la colonización en las zonas de frontera 5), o por abordar las conductas sociales de migrantes y marginados rurales y urbanos.
Del cúmulo de producción intelectual sobre las drogas, es curioso notar que apenas una veintena de trabajos han querido discutir el problema desde el punto de vista estrictamente económico, es decir, analizar fenómenos relativos a la ampliación de los cultivos de coca en América Latina, a la población incorporada en esta nueva industria y, sobre todo, a los aspectos que tienen que ver con las ganancias y el destino de los altos beneficios del negocio. Sin embargo, muchos de estos trabajos se centran en problemas macro-económicos, tratando de encontrar explicaciones globales sobre el impacto de la droga en las economías nacionales, en la política interna o en las relaciones internacionales (6). Algunos de estos estudios económicos no escapan al juicio moral que veladamente pretende condenar el negocio, llamando la atención sobre su "impacto negativo". Los aspectos micro-económicos son dejados de lado, casi como una tarea para antropólogos o sociólogos, a pesar de que este tipo de investigaciones podría contribuir a comprender mejor nuestra realidad social y económica. De hecho, las razones por las cuales nuestros campesinos, colonos o cultivadores ocasionales eligen un producto y abandonan otros, dependen no sólo de las condiciones del mercado, sino de sus propias angustias cotidianas.
El tema, que no puede ser reducido a un debate moral, conforme lo han planteado los Estados Unidos y los países aliados, contiene otras realidades dramáticas para los latinoamericanos, que tienen que ver con la defensa de sus ingresos y con el mejoramiento de sus precarias condiciones de vida. También con la lógica del capital y del mercado, que contribuye a la consolidación de estas economías de grandes beneficios. La decisión de sectores pauperizados y pobres de la sociedad andina de cultivar coca, no es producto de su propia voluntad sino que proviene de otros factores propios de su desarrollo y de las oportunidades que les ofrece la sociedad capitalista. El conjunto de necesidades biológicas y sociales lanza a estos sectores marginados de la economía a la órbita de la ilegalidad, con las alternativas de satisfacción rápida de cuanto el mercado siempre les negó (7).
La decisión de los campesinos de ampliar o transformar pequeñas parcelas de agricultura tradicional en cultivos de coca, ha colocado a los gobiernos en la terrible encrucijada de tener que desatar una guerra contra los cultivadores, ante las presiones de los Estados Unidos para erradicar el mal en el sector de la producción y no en el del consumo (8; las cuales, además, pusieron en evidencia cómo la droga se ha convertido en una nueva ideología de agresión hacia los países débiles, una vez el "anti-comunismo" ha entrado en crisis. La cruzada contra la droga le permite a los Estados Unidos violar los derechos humanos con el consenso de países aliados, que sufren la presión del imperio norteamericano actuar conforme a sus mandatos. España y Francia son los casos más singulares. Como lo ha declarado un jurista de la Universidad de Sevilla, las directrices que toma la prohibición "se han convertido en una nueva forma de presión cultural y económica de los países poderosos sobre el Tercer Mundo..." (9).
Los analistas de la economía encuentran que en la decisión norteamericana de hacer la guerra y no la paz, actúa una racionalidad proveniente de la necesidad de mantener muy amplia la diferencia entre los costos de producción y los precios de consumo. Equiparar los precios de consumo a los precios de la producción podría generar un incremento incontrolado de la demanda, con las consiguientes secuelas para la sociedad consumidora (10). Pero no son razones meramente económicas, sino también ideológicas las que mueven los intereses de los Estados Unidos en torno a la droga.
La nueva política de Clinton, aunque especula menos con la guerra y más con la salud, no logra desplazar los ejes hacia una franca y abierta política de legalización. La represión contra los productores continuará así se piense en penalizar menos a los consumidores y continuar persiguiendo a los distribuidores. Según Ethan Nadelman los Estados Unidos "No van a apoyar la legalización como tal, pero privadamente miembros del propio gobierno apoyan la legalización. Se van a mover del extremo de la represión hacia el medio, sin llegar a la legalización total" (11).
La historia enseña que la coca ha estado presente en la formación de economías, la acumulación de recursos y la creación de poderes políticos. Además, ella ha estado ligada a los intereses de los países colonizadores o que han ejercido su hegemonía sobre América Latina. En los últimos años el cultivo de la coca, y su industrialización en cocaína, reproduce formas de explotación, producción y comercialización que caracterizaron a las economías de extracción y de transición, que han sido comunes en la vida de nuestras naciones, gracias a las demandas de los países del hemisferio norte (12).
La coca y la formación de espacios mercantiles internos
La idea expuesta en ciertos trabajos de que el "narcotráfico" ya funcionaba entre los Chibchas o en el mundo prehispánico no deja de ser más que una broma , o el producto de un ejercicio intelectual vacuo. Suponer que su mascado o acullicado constituye una forma de drogadicción en los Andes , es desconocer el valor cultural que la coca ha tenido entre los pueblos prehispánicos. La lucha contra el acullico ha sido tan importante como la lucha contra el esnifado de hoy . Es necesario saber que la coca tiene una historia y que, al menos hasta el siglo XX, estuvo esencialmente ligada a los mercados internos de América Latina. Antes de 1492 estuvo circunscrita a fines rituales y a necesidades propias de la farmacopea y a un uso cotidiano, como consecuencia de las propiedades que contiene la hoja. 13
Las estructuras de la producción y distribución de coca existentes en el Perú y Bolivia fueron modificadas luego de la conquista. Los españoles reorganizaron toda la economía indígena y ampliaron el mercado de la hoja de coca, especialmente después de 1545 cuando se descubrieron las minas de Potosí . Al menos hasta las ordenanzas de Felipe II sobre el cultivo de la coca, dictadas en 1573, la producción y comercialización de la hoja se hizo con la población indígena encomendada a los españoles (14).
Tenemos pues que la historia nos enseña que la coca no fue un producto clandestino, sino más bien que los fundadores de la civilización Inca buscaron controlar su producción y ampliaron el espacio cultivado, lo cual creó sistemas laborales nuevos y formas administrativas que el Estado prehispánico puso en marcha para su recolección, transporte y abasto. Posteriormente, los españoles usaron esta estructura y articularon nuevos espacios, especialmente los circuitos que desplazaban productos de las zonas coqueras a los centros mineros. Muy temprano, después de la caida de los Incas, "Los empresarios más dinámicos establecieron plantaciones de coca a lo largo de los límites orientales de Huanta", en la región de Huamanga (Perú) (15). No había clandestinidad, sino que la coca se convirtió en símbolo de riqueza y de poder de las familias terratenientes que abastecían a los trabajadores de los grandes centros mineros, tal como aún lo hacían a finales del siglo XVIII y a lo largo del siglos XIX los hacendados de la provincia de Huánuco (Perú), que abastecían de coca a los mineros de Cerro de Pasco .
Todo este proceso que recorrió la colonia y el siglo XIX desembocó en Bolivia en la fundación de la Corporación de Productores de Coca de Bolivia S.A. (Colcalivia, S.A.), Sociedad de Propietarios de los Yungas, creada en 1940, con el fin de controlar el cupo de 500 mil kilogramos de coca que Argentina demandaba para los indios braceros que emigraban al norte de su territorio . Estos empresarios argentinos encontraron en la coca un medio de acumular riquezas y de paso, ampliaban el espacio mercantil de las rutas de la coca. Fue esta tradición la que motivó al régimen del presidente Banzer a tratar de utilizar los recursos "provenientes del cultivo de la coca" y su industrialización, entre 1976 y 1978, en proyectos de desarrollo de la economía Boliviana (16). Para ello la coca debía salir del gueto de sus mercados internos y del masticado de los naturales, para convertirla en cocaína para otros mercados "más civilizados". La coca transformada en cocaína, se lanzaba por los inagotables caminos del comercio internacional. Su expansión fue tan grande que en 1983 se consideraba que 80.000 pobladores del Chapare se habían vinculado a dicho negocio y que sus intermediarios se constituían en un verdadero poder dentro del Estado (17). Se calculaba incluso que desde 1985, el 7,1% de la población boliviana se había movilizado "en torno a la producción y comercialización de la hoja de coca". Pero estimativos más refinados, elaborados en 1988, señalaban que unas 703.000 personas, o el 11,7% de la población boliviana, se había articulado con el "macrocircuito de la coca-cocaína" (18).
La coca y las economías de exportación de ciclo corto
América Latina, después de 1810, buscó articularse con mercados de exportación capaces de garantizar su estabilidad económica interna. El resultado de estos esfuerzos fue el surgimiento de economías de exportación de ciclo corto, hasta que surgieron productos de tendencia secular. Entre estos dos movimientos cíclicos se ha inscrito la historia de nuestras localidades, regiones y naciones. Dependiendo siempre de lo que demanda el mundo desarrollado, desatamos guerras civiles, dimos curso a reformas constitucionales y pusimos en práctica políticas represivas de todo orden, para asegurar los productos que interesaban a nuestros compradores. Así, nuestra historia económica de prosperidad y crisis ha estado montada sobre una historia social de conflictos agudos . Son éstos los ojos de nuestro rostro, es éste el paisaje que debemos mirar para la comprensión de la formación económica y social de nuestras naciones (19).
En América Latina el surgimiento y consolidación de productos vinculados a la formación de ciclos de tendencia secular, permitieron el desarrollo de infraestructura de caminos, transportes y puertos, en función de las rutas que debían recorrer las materias primas que iban al exterior . Es verdad que estos productos contribuyeron a la estabilidad política y a la llamada "unión nacional". También contribuyeron a crear un mercado interno y a la formación de nuevas economías regionales. Los ciclos de larga duración de nuestras economías actuaron en espacios que lograron colocarse a la vanguardia de nuestros desarrollos, dejando otros espacios a las eventualidades de un producto que pudiera ofrecer alternativas económicas a sus habitantes. De esta forma, el ciclo de larga duración no liquidó la presencia intermitente de los ciclos cortos y especulativos, los cuales seguirían rondando de tiempo en tiempo, como pestes de antaño, las diferentes regiones de nuestra América. El carácter desigual y combinado de estas economías tiene que ver con estos fundamentos orgánicos de nuestra vida económica (. Así, en el siglo XIX, antes de que se encontraran esos productos de ciclo secular, antes de que las economías latinoamericanas se estabilizaran, los países se vieron envueltos en la búsqueda de bienes que ofrecieran una alternativa a lo construido por el mundo colonial (20).
Quienes creían en las bondades de un modelo que respondiera a las necesidades del mundo exterior, opusieron el libre comercio a la protección, y la iniciativa de la empresa privada a la intervención del Estado. Al final, estas economías de exportación irrumpieron sobre zonas nuevas, generaron una movilización de trabajadores de regiones de cultivos tradicionales, e incorporaron nuevas tecnologías. De otra parte, la naturaleza diferenciada de nuestras sociedades hizo que los ingresos provenientes de estos sectores se transfirieran del tabaco a la quina, de la quina al añil, a los productores de armas en el extranjero o a las industrias nacionales en formación. También tuvo como consecuencia el que los capitales acumulados apenas sirvieran para el enriquecimiento de unas pocas familias, como le ocurrió a Bolivia con sus minas de plata , o a Colombia con sus empresas caucheras.
La explotación de la coca y su transformación en cocaína, se ubica entonces en el contexto de las economías de exportación de ciclo corto propias del siglo XIX. Estas economías fueron ejemplos clásicos de los fracasos de sociedades locales, ilusionadas por la demanda de mercados extranjeros, que lanzaron a empresarios y financistas criollos a destruir el bosque para obtener la resina, la corteza o los frutos de la tagua. O les invitaron a llegar hasta las tierras calientes de los valles colombianos para convertir en un vendaval de esperanzas la vida de miles de hombres y mujeres, que dejaban colgar sus ilusiones del perezoso espiral de un fumador de Hamburgo o Amberes.
Las economías de ciclo corto pueden clasificarse en dos tipos: las que operan sobre espacios centrales y las que se desarrollan en fronteras aisladas. Las primeras llegan a convertirse momentáneamente en los ejes de las exportaciones y de la transformación económica nacional. Ejemplo de ésto es el tabaco colombiano y el guano peruano (21). Las segundas, operan en los bosques y selvas alejados de los centros urbanos, en donde no es posible una intervención del Estado. Ellas convierten la región en un espacio jurisdiccional de empresarios nacionales y extranjeros. El vacío que deja el Estado es ocupado por estos empresarios portadores de progreso y de violencia. Es el caso de la famosa Casa Arana y de otros caucheros menos poderosos, que fueron capaces de trastornar la vida de regiones enteras (22.
En estas sociedades con sus nuevas economías , los niveles de violencia adquieren rasgos de brutalidad. Se dice que la economía del caucho en Colombia dejó más de 100.000 indígenas muertos, y asolados muchos valles y riberas de las selvas del Putumayo, Vaupés y Caquetá . Hay ejemplos ilustradores de los climas de destrucción que rodeaban la sociedad encargada de extraer y comerciar este tipo de productos 23.
En general, las economías de ciclo corto ofrecen las siguientes características: a) irrumpen sobre zonas campesinas o indígenas, demandando un producto que hasta ese momento sólo ha servido para configurar mercados muy localizados y ha satisfecho meros usos domésticos. b) Esta irrupción viene acompañada de capital, con el cual se adquieren nuevas tierras, se instalan centros de transformación del producto y se generan nuevas relaciones de trabajo. c) Los pequeños propietarios son expropiados de sus tierras y convertidos en peones o en productores dependientes de los grandes compradores. d) Aparecen dueños de grandes unidades que reclutan nuevas gentes, las cuales llegan a ampliar y a diversificar el campo laboral. e) La inmigración y la demanda de trabajo "calificado", genera un alza de los salarios o de las rentas de trabajo. f) La escasa disponibilidad de alimentos para una población que se hincha duplicando o triplicando el consumo de bienes disponibles en las aldeas, cuyos recursos alimenticios son bastante limitados, termina por generar una rápida inflación de los precios. g) Las bonanzas salariales pretenden satisfacer necesidades y frustraciones aplazadas que deforman el orden social, dando lugar a la proliferación de actividades tales como la prostitución y el juego, el exagerado consumo de licores y de bienes suntuarios. Este reordenamiento de la demanda y el consumo arrastra los excedentes hacia una capa de empresarios y comerciantes, que hacen su "agosto" con estos auges de ciclo corto. h) Las sociedades productoras comparten un clima de violencia y no quedan obras de infraestructura social, sino mera ruina, abandono, soledad y aislamiento. i) En zonas aisladas y eminentemente indígenas, se generan sistemas de endeudamiento por un incremento del trueque, el cual conduce a la población a formas de dependencia personal que rayan en la esclavitud misma. j) Los beneficios de la explotación no se quedan en la región, sino que se transfieren en una alta proporción a otras localidades y a centros metropolitanos. k) Sobre la ruina de las aldeas con sus bonanzas que se desinflan han quedado junto a centenares de gentes pauperizadas, algunas familias o grupos enriquecidos que forman una "neo-oligarquía", la cual tarde o temprano se incrustará con todos sus valores en la vida local, regional y nacional (24).
Esto es lo que se conoce como bonanza tabacalera, cauchera, quinera o añilera o, en los tiempos modernos, como bonanza "marimbera" y bonanza coquera. Por ejemplo, en Ambalema, capital del tabaco en Colombia en la segunda mitad del siglo XIX, tras los empresarios llegaron las damiselas a darle colorido y erotismo a los prostíbulos, que absorbían gran parte de los beneficios nominales de los trabajadores 25. Los pueblos convertidos en las capitales de las bonanzas se ensanchaban. Nuevos edificios marcaban la fastuosidad, junto al rancherío de paja y de bahareque, mientras por las calles polvorientas se anunciaban los nuevos gustos y modas con que se iba a las fiestas y a los centros de reunión popular. En la Ceja, frontera del caucho,
"De día y de noche se escuchaban por doquier flautas, tiples y guitarras interpretando bambucos y pasillos; los bailaderos y las cantinas permanecían siempre llenos y nunca cerraban sus puertas. Los caucheros llegaban de la manigua -que allí debía parecer lejana y nebulosa, hija de febril imaginación- entregaban la resina, recibían su pago, cancelaban sus deudas y con el excedente anclaban en las cantinas. Allí dormían y comían y solo salían a la calle para pelear a revolver, puñal o barbera. Y peleaban a la antioqueña: cogían un "raboegallo" de cada punta y en sangriento acto de crueldad se propinaban machetazos hasta que uno de los contendientes -y muchas veces juntos- caían sin vida" (26).
A estos cuadros repetidos del mundo social que diseñaba la economía de extracción o de exportación, se unían otros fenómenos en los poblados. Los personajes de la localidad eran desplazados de los centros de las ceremonias aldeanas y los nuevos señores afiliaban su riqueza a un nuevo poder, el poder local, vinculado al poder territorial y al poder nacional. Con el dinero venía el bullicio, el licor, el vicio y las nuevas costumbres, contra todo lo cual se afinaban las prédicas repetidas de los curas, que habían visto cómo se esfumaba su aldea, entre una modernidad pagana que ellos se negaban a aceptar y que más bien combatían, al denunciar los centros de lenocinio, la corrupción y el abandono de Dios. En fin, los curas eran los únicos voceros de la moral pública perdida entre el silencio, los confesionarios y la algarabía de estos polos de desarrollo, que el capitalismo industrial inducía a la vida vacua en alejados rincones del trópico. Al final, estas economías de ciclo corto habían introducido profundas grietas en el comportamiento social de las gentes de los poblados que vivían la bonanza.
Pero un día en Amsterdam, Hamburgo, Londres o Nueva York, se daban cuenta de que el tabaco ambalemuno o el caucho amazónico podía producirse en otra región o que sencillamente la producción superaba la demanda. Tal vez la razón de las deliberaciones tenía que ver con la alteración de las calidades de los productos exportados. O con los avances de la química que lograba sintetizar algunos de estos productos. Entonces se decidía bajar los precios o acudir a otros mercados. Esta decisión sonaba como un taco de dinamita capaz de derrumbar aquel edificio de sueños y colores levantado a orillas del río Magdalena, en las selvas del Putumayo, en el Beni boliviano o en cualquier región ardiente suramericana.
El pueblo de Ambalema, como capital del tabaco, quedó reducido a su tierra caliente, reproduciendo su soledad un día violentada. El polvo de los caminos ya no se levantaba sobre el horizonte anunciando caravanas de viajeros y traficantes, ni el río Magdalena se tragaba el humo de los champanes cargados de frutos, viajeros y esperanzas. La crisis de la quina y el caucho dejó "en un estado de ruina y de desolación" al pueblo de La Uribe (27). El cura Párroco añoraba, 60 años después, la ocasión perdida con el auge de la quina. Cuando llegaron los empresarios de este producto "la región iba colonizándose rápidamente para los colonos" y el pueblo creció con rapidez, pues se habían hecho grandes fundaciones por las compañías Lorenzana y Montoya y Herrera y Uribe. Pero luego de la muerte de los fundadores faltó organización, pues con la riqueza se amistó el libertinaje y nacieron "no pocos hijos e hijas: el primogénito fue el despilfarro, y siguieron los demás nada mejores; una niña fue la última que se llamó la 'ruina'" (28). El cura creía que la culpa de toda la crisis radicaba en la inoperancia de los colonos y no en las condiciones del mercado, que habían llevado la bonanza quinera hasta estas "inmensas llanuras", y luego se la habían tragado las aguas de una tempestad de ilusiones o los laboratorios de química de una universidad extraña del mundo desarrollado.
Desde hace más de 100 años Ambalema arrastra el recuerdo de sus ferias, aunque su tabaco aún se fuma y se masca por generaciones que desconocen su historia. Esta misma pobreza se evapora junto al sol del Caribe, que tuesta sus rayos entre los habitantes de Ciénaga, la capital del banano, y que también vivió su feria de ilusiones (29). El mismo olvido que tejen las lianas sobre la selva de Manaos o del Vaupés, y otros lugares, escenarios florecientes del caucho. Y en La Uribe, cada mañana se traza una cruz sobre la guerra interminable que no cesa.
Aún faltan en América Latina todas las historias de estas bonanzas. Los enriquecimientos rápidos y sobre todo el auge y la decadencia de pueblos perdidos en el trópico, y que nadie recuerda hoy porque ni siquiera han sido habilitados para el turismo. La creencia de que toda esa parafernalia que estructura el ciclo corto forma parte de sociedades idas es mentira. El fracaso de un desarrollo sustentado sobre ciclos de larga duración y sobre proyectos de industrialización, parece haber dejado a millares de gentes al borde del camino para que retornen a la selva húmeda, a las vegas fértiles y a las yungas en busca de productos que demanda el nuevo orden mundial.
Estos cuadros deformantes de la realidad, propios del siglo XIX y ajenos a la conciencia de quienes aún no aprenden de la historia, tienen su eco en el siglo XX con el "boom" de la marihuana y de la coca . Uno y otro producto se inscriben en los contextos básicos que otrora, en el pasado, definieron el desarrollo de otros productos tropicales. Estos mismos efectos parece que comienzan a vivirse en nuevas regiones de Colombia con el cultivo de la amapola (30).
Cultivable en climas templados de las cordilleras andinas, la amapola atrae a miles de campesinos a pueblos y aldeas del Tolima, Huila y Cauca seducidos por mejores salarios. Tras ellos están llegando otras gentes que se acomodan en cuartos aislados y en calles estrechas, reproduciendo los viejos fenómenos sociales de otros tiempos. En menos de seis meses la población de Gaitania (Tolima) se ha visto crecer en un 30%. "Los obreros de la amapola son, en su mayoría, campesinos y colonos desengañados del Caquetá y los Llanos Orientales" , regiones donde antes floreció la coca. Las gentes de la región y sus autoridades denuncian fenómenos nuevos para ellos, pero presentes en todos estos boom desde el siglo pasado: alteraciones de los salarios, cambios ecológicos y deformaciones sociales y políticas. "La gente teme que comience a correr como potro desbocado la violencia, porque donde hay plata mal habida, hay sangre" (31). El Consejo Nacional de Estupefacientes ha calculado en 20.000 el número de hectáreas de amapola cultivadas en territorio colombiano, advirtiendo que en la expansión del producto incide la estructura salarial, que reconoce 3 dólares diarios (1.800 pesos) para un jornalero, en la zona de Río Negro, municipio de Iquira (Huila), mientras que los cultivadores de amapola "pagan aproximadamente 14 dólares (8.500 pesos)" diarios (32).
La amapola no sólo afecta a las sociedades campesinas, sino a las comunidades indígenas. La policía del departamento del Cauca denunció que por encima de los 1.800 metros existen 1.058 hectáreas de amapola, a pesar de haberse fumigado 1.250 entre febrero y abril de 1993. Aunque el 14 de mayo de 1992, 40 cabildos indígenas habían firmado con las autoridades un acuerdo para destruir los sembrados de amapola, los cultivos no habían desaparecido. Un diputado indígena aseguró que "...los nativos erradicaron un alto porcentaje de los cultivos, pero que ahora reanudaron la siembra de amapola en la mayor parte de los resguardos indígenas del departamento" . La razón que aducen los indígenas para estas siembras es la insatisfacción de "todas las necesidades básicas", además de que "en muchas de las 37 veredas no hay carreteras para sacar los productos" . Lo cierto del caso es que la amapola, como la coca, fundó su propia bonanza, pues tras ella "proliferaron los bailes y bazares" que dejaban miles de pesos de ganancias y a los indígenas motos en lugar de caballos, cadenas de oro en lugar de chaquiras y chaquetas de cuero en lugar de ruanas que tejían a mano las mujeres paeces . Esta bonanza de la llamada "flor bendita", ha dejado de ser un bolero que inunda de nostalgias, para amenazar con instalarse en 7,3 millones de hectáreas (33).
Tras el negocio llega la DEA con su portafolio de estrategias presionando nuevas guerras y analizando todas las semillas y tecnologías del cultivo que deberán ahogarse en más sangre y más fungicidas sobre los Andes. Una vez que el rumor de la alta pureza de la heroína colombiana irrumpa en los Estados Unidos, los miembros de sus agencias "enfrentarán uno de los desafíos más grandes hasta hoy" (34), escriben en sus informes los agentes americanos, constituidos en actores de alto riesgo dentro del conflicto colombiano. "De hecho el papel que desempeña la agencia norteamericana contra los estupefacientes (DEA) es comparable al de la CIA en el mundo entero, y al FBI en el territorio estadounidense" (35).
A todas estas denuncias que reproducen los autores de crónicas de prensa, como fenómenos propios del nuevo producto que censuran, se mezclan razones que calibran no sólo la aparición de una nueva economía, sino las raíces que fundamentan estas decisiones que, en últimas, propicia el mercado. Así, mientras una hectárea de café deja en dos años dos millones de pesos , "una de amapola deja seis millones en cuatro meses", es decir, 36 millones en dos años (54.000 dólares). En otras palabras, 18 veces más que el café (36) que, por lo demás, ha logrado los precios más bajos del mercado internacional.
De esta forma, las economías de ciclo corto han ido entremezclando su inestabilidad con las economías de ciclo largo, en un juego de equilibrios y desequilibrios que han marcado la vida de los grandes y pequeños empresarios, de los financistas y de los asalariados, siempre atentos a acudir allí donde el mercado anuncia mejores salarios, rentas y beneficios. Son estos rasgos de las economías dependientes los que las hacen a veces ininteligibles para los que sólo miran el mundo desde su propio costado. Entonces la moral es un buen camino para aplastarlo todo.
La coca y el "boom" de las aldeas amazónicas y andinas.
En estos tiempos cercanos al milenio, el turno le corresponde nuevamente a la selva, la misma que en otra época recibió a aventureros y empresarios que buscaban caucho, quina o añil. La diferencia de la coca y la marihuana con aquellas economías de corto "boom", propias del siglo XIX, radica en la naturaleza que determina la demanda y en el origen de quienes controlan su producción y transformación. Al ser elevados a la categoría de productos de demanda "ilegal", por parte de los países consumidores, se ofreció la oportunidad de revestir todo el proceso económico, desde su cultivo hasta su consumo, de un manto de clandestinidad y de criminalidad. Con ésto se extendió la tarjeta de presentación social que la ligó a submundos, a poblaciones que tenían más para ganar que para perder, en operaciones que ofrecen en apariencia apreciables ventajas económicas . Los protagonistas de estas actividades fueron nuevos actores sociales y económicos, ansiosos de no dejar perder su oportunidad y de superar la marginalidad y exclusión a que les sometían las clases dominantes convencionales (37).
Por lo demás, lo que hemos señalado para las economías de ciclo corto del siglo XIX, parece repetirse en las pequeñas aldeas de la selva amazónica y en aquellos lugares que vuelcan su vida hacia el nuevo negocio. Este llega como cualquier profeta anunciando el fin de las miserias y el comienzo del reino de todos los gustos y vanidades que el mundo, en todas sus formas, ha negado hasta entonces:
"En poblados en donde antes no pasaba nada y el tiempo parecía no discurrir, de pronto aparecieron mujeres a la última moda, ruidosas discotecas, costosos vehículos, lujosas fincas y un movimiento notarial de propiedad sin precedentes. El cura o el político ocasional empezaron a perder su liderazgo frente a humildes nativos, que después de haber abandonado silenciosamente el pueblo, retornaron con nuevos modales, repartiendo ostentosamente amistad y favores. Y con ellos llegarían sus amigos, para multiplicar aquel inicial impacto, despertando ambiciones represadas o dormidas en jóvenes que poco esperaban de la vida" (38).
Todo esto ocurría en Urabá y en Medellín y sus alrededores, cuando llegó la coca, a finales de los setenta, ofreciendo posibilidades de convertir a marginados en intermediarios de un negocio lleno de dólares y de futuro. Esto mismo ocurría en la costa atlántica, desde la Guajira hasta Urabá, cuando la marihuana irrigó de dólares las calles de las grandes ciudades y de los pequeños poblados del Caribe.
Pero si esto ocurría en pueblos y barriadas en donde se reclutaban transportadores y traficantes, es decir el sector encargado de comunicar los dos extremos de la cadena, productores y consumidores, ¿qué ocurría allí donde se producía? Esto nos parece importante, ya que remite al conocimiento de las condiciones económicas y sociales que incidieron sobre la decisión de una sociedad local, de vincularse a la producción de la materia prima que llegaba ofreciendo mejores ingresos.
En una zona de indígenas. Es ilustrativo el caso del Vaupés. Una región apartada del oriente de Colombia, en donde la coca era usada por los nativos para sus ritos (39). En 1978, comenzaron a aparecer hombres blancos y "cabucos" interesados en comprar sus cosechas. Al intervenir su producción, los indígenas se vieron precisados a ampliar la frontera cultivada, a fin de satisfacer la demanda generada por los nuevos compradores. Los empresarios de la coca atrajeron a otras gentes que llegaron a comprar las tierras de los indios. Con este asalto a su propiedad territorial, los nativos, envueltos en este remolino de demanda creciente de la coca, terminaron por convertirse en peones en sus territorios tradicionales.
La adquisición de tierras y la demanda de la hoja de coca vino acompañada de nuevas técnicas para su cultivo, que significaron la mejora de los suelos, la selección de las semillas y el uso de herbicidas. Con esta nueva estructura de propiedad y de cultivo, se inició en el Vaupés una fase expansiva de la producción de coca, que se extendió entre 1978-1983. Al ascenso le siguió una caída de la producción en 1984, y una leve recuperación en 1986. Sobre una base 100, en 1978, el precio de la arroba de coca pasó a 375 en 1982, para bajar a 31 en 1984 y volver a 188 en 1986. Es posible que la caída de 1984 esté ligada a la operación desatada por el gobierno de Betancur contra los traficantes de cocaína y que condujo a la operación que desmanteló los campamentos y plantaciones de Yarí (Caquetá), Orocué (Meta) y Amorúa en jurisdicción de Santa Rosalía, en el Vichada (40). Indudablemente que la caída de los precios internacionales también fue un factor importante en esta coyuntura de crisis, que afectó a otros poblados de la selva .
Estos ocho años de "boom" o de bonanza coquera en el Vaupés, no sólo convirtieron a los indígenas en peones en lugar de propietarios, sino que otros terminaron como recolectores en lugar de cosecheros. Con estos cambios en la estructura laboral se afectaron las estructuras de la organización comunitaria. Los nuevos colonos y gentes de conducta dudosa, atraídos por el dinero pusieron en marcha el acoso y la presión sexual, abriendo las puertas a la prostitución de las mujeres indígenas. En un ambiente de descomposición de la comunidad, los indígenas se volvieron consumidores de lanchas, licores y armas de fuego. Por primera vez, en siglos de marginalidad, una planta ritual como la coca, les otorgaba como por hechizo los excedentes suficientes para consumir bienes provenientes del mundo de los blancos.
Todo este cuadro de cambios conduciría a una crisis de alimentos en el Vaupés entre 1983 y 1984. Para cerrar el paisaje de cambios y traumas, este mundo que se tejía en el silencio, de repente se vio rodeado de un universo bullicioso, en donde los patrones de conducta se vieron alterados por el ir y venir de gentes de rostro forastero entre callejuelas y prostíbulos. La embriaguez y los homicidios eran parte de esa nueva vida que terminó por corromper a las autoridades y por hacer que las guerrillas se erigieran en las reguladoras de la moral y de las buenas costumbres.
Entre tanto, otros sectores de la economía colombiana vivían y disfrutaban los efectos reflejos de una expansión de la coca en un pequeño rincón de la selva colombiana. Los vuelos de aviación se incrementaron, no sólo por el aumento de pasajeros que iban y venían, sino porque a un lugar tan alejado y aislado del centro del país, era necesario transportar los alimentos, la gasolina y los productos químicos que servían de insumo al proceso de producción y transformación de la coca, tales como la acetona, el éter, la soda liviana, el permanganato y el ácido sulfúrico, venidos de laboratorios de Europa y EEUU (41).
Pero en esta bonanza de hombres, vicio y dinero, no sólo acumulaban los empresarios de la coca, sino los sanos empresarios del transporte aéreo, los sistemas financieros, los contrabandistas, los empresarios de alimentos y las empresas multinacionales de la química. El capital del combatido alcaloide ha sido capaz de irrigar de exuberantes ganancias toda la piel y las venas de la economía colombiana y de la economía mundial. Este mercado, en sus círculos mágicos de oferta y demanda, ha envuelto a los más puros defensores de la sana empresa y de la doble moral.
La crisis de esta zona no provino, como en el siglo XIX, de una mera decisión en el extranjero. O tal vez sí, si no desdeñamos el rol de los EEUU y el carácter "narcotizante" de nuestra diplomacia. El gobierno colombiano, dispuesto siempre a dar palos de ciego, decidió iniciar una campaña militar contra grupos guerrilleros que compartían los beneficios de la coca en la zona (42). Pero el ejército no actuaba contra el vicio sino contra la subversión política. La presión militar hacía peligrosa la explotación de la coca en la zona. La selva era como el mundo de Ciro Alegría, ancho y ajeno. El "boom" podía desplazarse a otro rincón amazónico, en donde redistribuir millones de dólares, arrancados de las calles de las ciudades norteamericanas. Con ellos, otros colonos e indígenas podrían atender las demandas centenariamente insatisfechas, al menos por unos años, pues luego volvían a sumirse en el abandono y aislamiento propios de la naturaleza del estado colombiano.
En una zona de colonos. El impacto de la coca en economías marginales lo representa también el Bajo Caguán (43). Esta región fue objeto de inmigración desde antes de 1965 y, como todo sistema de colonización espontánea en Colombia, se realizó por gentes que sobrevivieron a todos los conflictos armados de los años precedentes o que fueron lanzadas por el desempleo hacia una frontera ilusa para forjar un futuro .
Sin posibilidad de acceder a los mercados nacionales, estas zonas de colonización generan sus propios circuitos comerciales, en los que los puntos de concentración urbana más próximos a los asentamientos dispersos se convierten en abastecedores temporales de bienes y artículos complementarios para la alimentación y el trabajo. Estos pequeños poblados actúan como núcleos civilizadores y representan el punto de contacto con el Estado, con el progreso y con la "civilización" .
La coca ingresó a esta zona de colonización en 1976 y generó un proceso similar al del Vaupés, con la diferencia de que los actores fueron colonos y no indígenas. El impacto no se hizo esperar. De 1.345 personas dispersas en un área de 350.000 hectáreas , se pasó a 30.000 habitantes en 1981 y a 50.000 en 1985 (44). Un crecimiento que superaba cualquier predicción en el curso de una década. En lugar de las 260 hectáreas disponibles por cada individuo en 1965, se pasó a 7 por persona 20 años después. El millar de personas que entre 1965 y 1975 luchaba por sobrevivir, se transformó, por milagro de la coca, en 50.000 aventureros que vivían a la expectativa de mejorar sus condiciones de vida. Un colono recuerda que con la coca
"...comenzó el problema de la montaña (la selva), pues comenzaron a tumbar por todas partes y también comenzó a llegar gente de distintos rincones del país, a buscar refugio en estas selvas para hacer sus cultivos y se oía el decir de las gentes que esto sí servía para el pobre..." (45).
¿Cuáles fueron las razones que hicieron cambiar la economía de la región, haciendo posible una atracción masiva de población? La economía de subsistencia es una forma de marginalidad, mucho más si ella se encuentra alejada de los centros de comercio y sin una ágil infraestructura de comunicaciones . La población de colonos cultivaba yuca, maíz y plátano, bases de la alimentación campesina en Colombia, la cual tradicionalmente se ha combinado con una ganadería familiar de porcinos y bovinos. A este tipo de agricultura se unió el cultivo de la caña de azúcar y el cacao, que había tenido su auge antes de la bonanza de la coca . Eran pequeños granjeros, a cuya economía familiar unían algún medio de transporte animal o acudían al transporte fluvial.
Sin embargo, era muy difícil comercializar los excedentes dejados por las cosechas debido a los altos costos de transporte. Con ello, la región se convertía en una economía de autosubsistencia y autoconsumo, con pocas posibilidades dinamizadoras hacia el exterior. Con la coca arribó el capital, tan necesario para transformar cualquier empresa. Llegaba el dinamismo, el impulso, el take-off. Pero con el dinero llegó un flujo notable de "aventureros, colonos, comerciantes, vendedores ambulantes y jornaleros", para formar una población flotante que podía ascender "a un 30% o 40% de la población total de la zona" (46). Los colonos encontraron rentable cultivar la hoja cuyos rendimientos eran mejores que los del maíz, la yuca y los plátanos. Un colono que había llegado a la región a comienzos de los años 60, dejó explícito este fenómeno cuando contó que
"...estas tierras aquí no compensan el gasto con la producción que uno siembra, porque si se siembra maíz o arroz, vale más la siembra y la cogida que lo que le van a dar por ello. Entonces, por instinto de conservación la gente sembró coca" (47).
La razón de este viraje es comprensible. Un predio producía, por ejemplo, 10 cargas de maíz al año, que dejaban un ingreso bruto de 12.000 pesos colombianos. Ese mismo predio podía producir 100 arrobas de coca, que representaban para el dueño un ingreso bruto de 350.000 pesos al año. ¿No es tentador entonces cambiar un cultivo por otro cuando las ganancias son 30 veces más? Pero no termina aquí el razonamiento elemental de un campesino envuelto en este remolino de ingresos nunca imaginados. Por ejemplo, la yuca era más rentable que el maíz. Un predio producía 150 cargas de yuca, que dejaban un ingreso bruto de 75.000 pesos colombianos. Es decir, seis veces más que el maíz, pero cuatro veces menos que la coca (48). ¿Por qué no sustituir entonces yuca y maíz por coca? Si como sostenía un colono, la gente se sentía rica "con platica y no se acordaba de plátanos, yuca, arroz, ni de marranitos, ni de los perros de cacería" , entonces ¿por qué sorprendernos de la expansión de este cultivo? (49).
Estas consideraciones hechas por los campesinos de la región nos dejan ver además, a la luz de la realidad, que todos los beneficios aparentes no iban a engrosar sus arcas. Es indudable que el costo de la vida subió en la región como consecuencia del aumento de la demanda de alimentos básicos. Pero las ventajas de la coca como producto alterno no radicaban sólo en los beneficios finales. Al permitir unos ingresos mayores, la población de colonos podía sentir que múltiples demandas eran satisfechas. Así ellas fueran superfluas e improductivas.
Este fenómeno poco considerado en los procesos de acumulación, es muy importante para sociedades y personas que ante un abismo histórico de demandas insatisfechas aspiran, ante el incremento súbito de sus ingresos, en primer lugar, cubrir con los excedentes todas las necesidades que la vida les fue negando. Esta es una de las razones por las cuales los productores, y aún quienes se dedican al comercio y contrabando de la coca, invierten un alto porcentaje de sus rentas en lujos y excesos que generan el desprecio de sociedades, grupos y clases acomodadas, porque entre ellos la brecha entre la oferta y la demanda cotidiana ha sido históricamente más equilibrada.
Cuando los excedentes no son constantes, sino breves y efímeros, los portadores de esta nueva riqueza quedan al final sin un capital acumulado o representado apenas en una serie de bienes muebles e inmuebles. Sólo la disponibilidad de dinero abundante y permanente le permite a estos nuevos grupos, conocidos como "clases emergentes", superar el mundo de los gustos que tanto promociona la sociedad capitalista. En economías de "booms" cortos, es decir, que ni siquiera cubren una generación, es muy difícil cerrar estas brechas que el mercado, las clases y la concentración de rentas crea entre gentes de bajos ingresos.
Es esta demanda insatisfecha la que deforma las decisiones de estas clases pobres y campesinas, poniendo en funcionamiento un consumo de bienes y servicios superfluos, incluidos aquí la prostitución, los juegos, los licores y la adquisición de bienes que apenas constituyen los fundamentos de los equipajes normales de una familia en una sociedad de consumo. Se pudo observar que,
"En la etapa más álgida de la bonanza de la coca se calculaban para Cartagena del Chairá, centro urbano literalmente inundado de bares, discotecas y establecimientos similares, a donde acudían colonos y jornaleros de lugares distantes, una población de aproximadamente 400 prostitutas, en un poblado que para la época, no registraba más de 500 casas" 50).
Esta feria de vanidades repite lo que hemos observado para otros poblados del siglo XIX y principios del XX, vinculados al tabaco, la quina, el añil y el caucho. El fenómeno se calca con las bonanzas de la marihuana y de la coca, en ciclos deformantes y traumatizantes de la realidad social, como respuesta lógica al impacto que tiene el capital sobre zonas marginales del mundo, en donde aparecen productos que repentinamente ingresan a las esferas del buen gusto y el consumo de las sociedades desarrolladas. Estas nuevas clases, en conclusión, son víctimas del "efecto demostración" de cuanto ofrecen nuestras burguesías.
Pero a la expansión de los años posteriores a 1975, siguió igualmente una época de crisis. Esta tuvo lugar hacia 1982, en esta zona del Caguán, como consecuencia de las operaciones militares desatadas por razones políticas de lucha contra el narcotráfico y la guerrilla, que llevaron a la dispersión y traslado del cultivo de la hoja a otras regiones de Colombia. La sobreproducción de coca y posiblemente la reducción del precio al por mayor de la cocaína en Estados Unidos (51), completaron los rasgos de esta coyuntura de crisis, que también recorría los poblados del Vaupés y del Guaviare. Un testigo, actor en este teatro del desengaño, nos pinta el modo como la caída de los precios de la pasta comenzó a desdibujar todo este castillo de ilusiones, tal como estaba ocurriendo en otros poblados de la región amazónica. Su relato es elocuente y triste mientras nos devuelve la película de lo que se vivía en la selva:
"Bueno, empezó el llorido de la gente, pues cuando antes una persona se compraba media vaca, ahora se compra media libra de "boge"; los que tomaban tanto trago, ahora venden dulces en la calle;... los que compraban remesas por toneladas ahora la llevan en un morral; los que hablaban de millonadas, ahora hablan de centavos... los que rompían los billetes en las cantinas borrachos, hoy se lamentan de la plata que rompían" (52).
Como en el Vaupés, muchos indígenas de esta región del Caguán fueron víctimas de la bonanza. El efecto de descomposición de la cultura indígena provino del enriquecimiento de algunos nativos que ingresaron al consumo suntuario, incluidas lanchas con "motores fuera de borda, lo que les daba un altísimo status" y les sacaba de su comunidad. Pero pasada la bonanza "los motores se deterioran por falta de uso, pues sus dueños no tienen con qué comprar combustible para moverlos" (53).
Esta inversión del mundo de la riqueza y del poder pasajero, confirma cómo la introducción de capital sin planificación deforma los centros productivos y genera escenarios de violencia y de descomposición de patrones culturales. A toda esta economía ficticia se une la transferencia de un alto porcentaje de los excedentes a otras zonas de Colombia y del mundo, sin dejar posibilidades de despegue y de construcción de infraestructura para estas aisladas regiones del trópico, que han visto esfumarse otra oportunidad de articulación de sus espacios al Estado Nacional y a los proyectos de bienestar de la humanidad.
Digamos como conclusión, que todos sabemos algo sobre el impacto global de la coca en el mercado mundial. Desconocemos, sin embargo, el impacto en las economías perdidas de la selva amazónica, en donde comunidades abandonadas por el mundo y por el Estado colombiano luchan apenas por sobrevivir. La coca ha supuesto la articulación de estas zonas a una economía mundial clandestina. Sin embargo, debido tanto a las depresiones cíclicas del producto, como a la presión internacional que lo combate, los colonos han querido sustituir la coca por productos tradicionales de consumo familiar. ¿Pero, será posible hacerlo sin mercados que ofrezcan una alternativa real de ganancias dignas, que permitan la incorporación de miles de familias dentro de niveles de ingresos cercanos a los de otras clases menos necesitadas?
Como consecuencia de los acuerdos de paz y cese al fuego, pactado entre el gobierno colombinao y la guerrilla (54), en el Caguán se intentó negociar una sustitución de la coca, para evitar que el Estado encubriera acciones militares en contra de la guerrilla. Pero los mismos colonos reconocieron que debían cultivar y vender alguna coca para obtener recursos económicos que les permitieran mantener vigentes los acuerdos de sustitución agrícola. Así, la coca terminó convertida en una verdadera economía de retaguardia y en el recurso financiero que el estado colombiano no está en condiciones de satisfacer. La carencia de créditos es sustituida hábilmente por los campesinos con cultivos de coca, en dimensiones que cubran apenas lo suficiente para atender las necesidades básicas de circulante monetario. "Estamos sembrando maíz", dijo un colono y líder comunitario del pueblo de Remolino, en las selvas del Caquetá, con quien se debatía el fenómeno de la extinción del cultivo de la coca, para luego agregar:
"...tengo un vecino que tumbó 24 hectáreas; es cierto que tiene unas maticas de coca pero invirtió ese dinero en tumbar 24 hectáreas y las sembró de maíz, pasto, plátano y yuca; y si el colono aprovecha estos dineros para ésto... la economía subterránea se convierte en una producción de artículos de primera necesidad" (55).
He aquí una alternativa real para quienes escriben sobre la urgencia de sustituir el cultivo, sin ofrecer soluciones concretas a los campensinos de los Andes. De ahí que asistencias económicas de 65 millones de dólares prometidos por EEUU para suplantar el cultivo parecen ser más un sueño americano. ¿Si la coca proporciona a los campesinos de la Amazonía peruana unos 200 dólares semanales, entonces semejantes dádivas podrán ofrecer una alternativa real? (56). Esta ayuda apenas serviría para atender el ingreso de una semana de los campesinos del Alto Huallaga. Si gran parte de esa ayuda se convierte en armamentos y municiones, entonces tenemos razones para no ser optimistas sobre la política de sustitución de cultivos.
Campesinos del poblado de Santo Domingo, en el Caquetá (Colombia), afirmaron en un día de julio de 1985, que había disposición de la comunidad para acabar con la coca siempre y cuando hubiera reivindaciones para la región. Y acto seguido precisaron:
"Se le ha dicho a la gente sobre la siembra de pastos, del maíz, de la yuca, el plátano;... aquí la gente ya está pensando en acabar con el cultivo de la coca como medio de renta que tenían anteriormente..., es decisión de las masas mismas; pero se quiere algo sumamente importante, que es la ayuda del gobierno, de todas las instituciones que puedan prestar la ayuda, para facilitar el medio de que se pueda cambiar la forma de producción y la forma de renta para los colonos. Aquí podría acabarse la coca sin necesidad de que venga el ejército a sacarla y sin necesidad de que haya fumigación aérea..." (57).
Si bien es cierto que la coca llegó un día al Caguán y mostró sus ventajas, la crisis dejó al menos una alternativa complementaria de ingresos a una sociedad marginal. El ciclo corto no sólo dejó la soledad, y la incertidumbre como en otras regiones, sino lo que hemos llamado una economía de retaguardia, capaz de evitar el hundimiento de esta frontera entre el simple autoabastecimiento y el auto-consumo.
Los actores de la violencia
Se supone, sobre todo en Europa, los Estados Unidos y ciertos sectores de América Latina y de Colombia, que toda nuestra violencia proviene del llamado "narcotráfico" (58). Pero no debemos olvidar que las economías exportadoras como el caucho, la quina, el añil e incluso el café y el banano, tan importantes en la construcción y formación de nuestra economía y sociedad, no han sido ajenas a estas expresiones de fuerza y de poder criminales. Razones de orden cultural, como las que han hecho que la coca sea un producto agrario más para las economías indígenas de Bolivia y Perú, introducen un nivel diferenciador con Colombia, en donde la coca fue marginada de la economía nacional, debido a los rápidos procesos de mestización y a la escasa importancia que tuvo la población indígena en el país después de 1810.
La imposibilidad de clandestinizar la coca en Bolivia y Perú constituye de hecho otro elemento diferenciador con el caso colombiano. Es decir que la violencia que ha generado esta bonanza de la cocaína, tiene que ver con las otras formas de violencia vigentes en Colombia, formas que se entrecruzan con el llamado narcotráfico. ¿Por qué esta guerra cruenta en Colombia y no en otras naciones de los Andes? En la guerra colombiana actúan el ejército, los guerrilleros, los paramilitares, las autodefensas y los sicarios. Todos ellos han creado una red de interacciones tan conflictivas, que han puesto en evidencia la debilidad del Estado colombiano y la necesidad de generar un clima de consenso y tolerancia, mediante nuevos pactos políticos que incluyan a todos los grupos enfrascados en esta guerra sucia (59).
Entonces, debemos señalar que el narcotráfico arrastra consigo componentes de violencia, pero que no es el único generador de la misma. Lo que ocurre es que la fuerza de su riqueza y poder ha encontrado un clima contaminado en donde practicar su propia justicia, para entrar en el juego de otras fuerzas económicas que en el pasado han actuado del mismo modo. El sustrato de violencia del mundo informal de nuestra economía y sociedad, contribuyó a dimensionar la capacidad criminal de este sector. De igual modo, los viejos actores del conflicto, ante las perspectivas de un nuevo horizonte de violencia, acomodaron sus tácticas y estrategias a la lógica del enfrentamiento armado.
Colombia vive, especialmente desde 1948, una de las mayores sangrías de América Latina y del mundo . Iniciada como una guerra "revanchista" del Estado colombiano contra organizaciones campesinas (60), y por extensión contra los partidos de oposición al gobierno, tuvo como consecuencia el que más de un cuarto de millón de personas inocentes fueron víctimas, entre 1948 y 1964, del odio de un Estado que utilizó todos los métodos al alcance de sus aparatos represivos, para llevar a la práctica el principio de exterminio sistemático "a sangre y fuego", como lo sentenció, el senador Montalvo, un connotado político colombiano . Como negativo patrimonio político de la matanza, nos ha quedado el desorden social y mental que padecemos ; una iglesia que se divide y que acude a las armas para restaurar la fe de Cristo ; más de dos millones de personas emigradas ; ciudades hinchadas de barriadas , habitadas por el resentimiento, en donde reposan retazos de familias que huyeron del terror (61). En el horizonte, la frontera agraria se abrió como un telón de esperanza, de tal modo que entre 1960 y 1980 fueron colonizadas 3,4 millones de hectáreas por 1,1 millón de personas, que nunca vieron arribar al Estado con ninguno de sus servicios básicos (62).
Entre 1950 y 1987 la frontera agraria colombiana pasó de 19 a 34 millones de hectáreas, lo que corresponde a un crecimiento del 2,1% anual, mientras que el Brasil se expandió al 1.6% y Chile al 0.1% (63). La estructura agropecuaria colombiana cambió, en un proceso que ha involucrado a millones de gentes que giran de un lado a otro del territorio, abierto casi siempre bajo el signo de la frustración y de una pertinaz violencia. Todos estos cuadros personales, familiares y colectivos de la ciudad y el campo colombianos, han cobrado la atención de políticos, artistas, escritores, músicos y poetas que, al sentirse inmersos en la realidad colombiana y latinoamericana, han tenido que asumir esta vergüenza que eufemísticamente llamamos "La Violencia" en Colombia (64).
Pero además, la ultraderecha, encontró sus posibilidades de actuar en esta guerra sin cuartel, cuando la izquierda parecía alcanzar el punto culminante de su popularidad. Después de 1978 se fortaleció e hizo de los paramilitares y de las auto-defensas campesinas las fuerzas de choque en el campo y en la ciudad (65). Fue en este contexto y en medio de un conflicto armado de muchos años, en donde se enquistaron los empresarios de la coca, para contribuir con su guerra a la pacificación de Colombia. En este escenario, tanto la izquierda, como el Estado y la derecha han aspirado a construir la paz en Colombia, negando a sus contrarios. El poder del "narcotráfico" terció a favor de la fuerza pública y de la ultraderecha económica y ha ido evolucionando hasta encontrar puntos de acuerdo con los mismos grupos informales de la guerrilla. Lo más dramático es que este escenario lo aprovechan otras fuerzas policivas del mundo como la DEA, para planear su propia guerra y sus propias estrategias, presionando al Estado colombiano y a sus fuerzas de seguridad, con el fin de que actuén sin consideración contra lo que ellos y los Estados Unidos consideran una guerra prioritaria contra sus enemigos en Colombia. Un periodista español, al comentar lo que había ocurrido con la última gran operación de la DEA en el mundo, en la que cayeron italianos, colombianos, españoles y otros, decía: "La mayor redada de droga del siglo tiene la rara particularidad de que no ha caído ni un solo norteamericano, a pesar de haberse desmantelado una red que distribuía, al parecer, dos tercios de toda la cocaína consumida en Estados Unidos" (66).
Conclusiones
Hemos querido llamar la atención sobre la importancia histórica de la coca en la formación de espacios económicos en América Latina. Hasta 1975 la coca estuvo ligada esencialmente a mercados internos. Los aspectos generales analizados sobre el impacto del mercado de la cocaína en localidades del Amazonas y de los Andes, no implican que la economía en su conjunto no hubiera derivado una serie de beneficios, conforme lo han demostrado los economistas encargados de analizar el fenómeno. Las simples inversiones en construcción, en finanzas, en ganadería, en cultivos de coca, así como en transportes y servicios, han generado un alto volumen de empleo. Se ha dicho que un 3% de la fuerza laboral colombiana, unos 250.000 empleos, dependerían de esta economía negra . Pero el negocio de la cocaína es sólo un componente de la economía ilegal que opera paralelamente en Colombia, contribuyendo a la generación de divisas y al desarrollo nacional (67).
No es entonces acentuando las guerras como la sociedad colombiana podrá resolver sus problemas internos de crecimiento y desarrollo. Es contradictorio combatir la lógica violenta de un sistema, con la irracionalidad cruda generada en la simple moral. Toda pretensión de monopolizar creencias e ideologías conduce a la intolerancia y a cruzadas sangrientas por parte de quienes creen tener el patrimonio de la verdad.
Debemos comprender que la coca no sólo expresa una vinculación teórica con las economías de ciclo corto, que han sido tradicionales en la historia de América Latina. Ellas no han dejado únicamente soledad para que se reproduzca en el trópico el analfabetismo, la insalubridad y otros factores de atraso. Las condiciones sociales y políticas le han imprimido al desarrollo de estos productos ambientes de paz y de violencia, que difieren en una y otra región, y en uno y otro tiempo. El caucho se extrajo sobre formas de esclavitud y servidumbre y el tabaco sobre la expropiación de pequeños tenedores.
La coca, como producto factible de ser transformado en cocaína, no genera miseria ni violencia por el sólo hecho de moverse en los circuitos ilegales en que se mueve. Si fuera así, otros países productores de coca reproducirían los cuadros de terror de Colombia. Si en Perú y Bolivia la coca puede respaldarse sobre la fuerza histórica de su producción y consumo, en Colombia la coca se respalda esencialmente sobre la fuerza histórica de una violencia endémica. El contexto preexistente es el que ha conducido a que el carácter clandestino de la coca se haya convertido, al mismo tiempo, en causa y efecto de nuevos niveles de violencia. No olvidemos además que cuando la ganancia del capital es del 300% "no hay crimen que lo arredre, aunque corra el riesgo de que lo ahorquen" (68).
Igualmente debemos comprender que los efectos deformantes sobre la sociedad no pueden explicarse por la legalidad o ilegalidad de cultivar, extraer y transformar un producto. Todos los productos de ciclo corto nos han dejado miseria y a grupos exportadores enriquecidos, capaces de invertir en sectores dinámicos de la sociedad latinoamericana. Algunos cultivadores de marihuana terminaron transfiriendo sus ganancias al cultivo del café y otros convirtieron sus fincas de marihuana en fincas cafeteras (69). El guano invirtió en el azúcar, la quina en armas para las guerras civiles y la coca en ganadería, en construcción, en finanzas, y también en armas, tanto para su sostenimiento, como para su legalización y defensa. En la actualidad 3 millones de hectáreas (30 mil kilómetros cuadrados de la tierra apta para la ganadería, se encuentra en manos de los comerciantes de la cocaína (70).
Es cierto que, como contrapartida, tales productos arruinaron aquellas regiones en donde floreció su explotación y su transformación. Incluso crearon profundas alteraciones ecológicas. El procesamiento de la coca contribuye a la contaminación de los ríos pero, contradictoriamente, como en el Vaupés, permitió que los cazadores de pieles de animales salvajes dejaran el oficio, para trabajar en actividades más rentables y que ciertas especies salvajes tuvieran un respiro frente a los buscadores de pieles. Pero hay que preguntarse sobre el impacto de esas grandes unidades en las estructuras agrarias tradicionales, sobre todo desde el punto de vista de las condiciones de vida de los trabajadores y las relaciones de los neo-hacendados con las aldeas y municipios en donde se ubican.
Entonces, lo que se encuentra en el trasfondo de las precedentes reflexiones, es la necesidad de estudiar el carácter de nuestro capitalismo dependiente y la naturaleza de nuestras economías dispuestas siempre a satisfacer demandas externas. Un capitalismo periférico que se nutre simplemente de los espejismos del mercado exterior. Esta actitud cultural fruto del colonialismo, nos coloca frente a la aventura de participar de todo tipo de ventajas comparativas, sin reparar en los efectos sobre el ordenamiento social.
Tal vez los pasos más difíciles ocurren con la política de reconocimiento del narcotráfico como una fuerza no tanto política, sino económica. También es posible que un día nuestros vecinos del norte invadan un país de los Andes, con el apoyo de Occidente, y decidan controlar la coca creando enclaves, como hicieron con las repúblicas bananeras. Entonces legalizarán la coca, la mejorarán y la industrializarán a gran escala, para venderle las patentes a España, a Francia, a Italia y a Inglaterra. En el Cuzco ya no se tomarán infusiones de coca elaboradas primitivamente y nuestros indígenas dejarán de mascarla diariamente, mientras evaden su hambre y raquitismo. Será importada desde territorios extraños, en sofisticados envases de todo género y con etiquetas de pronunciación confusa.
Así la coca se habrá convertido en un producto de importación en América Latina, los llamados narcotraficantes reconvertidos en contrabandistas o en sanos representantes de multinacionales, y los cultivadores convertidos en peones, vigilados por un Estado que defenderá la legitimidad de un producto que explota el capital extranjero, para beneficio de nuestro desarrollo.
La actual fase de producción y comercialización será entonces otro capítulo más de debate sobre los ciclos de exportación de productos tropicales en América Latina y abundarán los sofisticados análisis sobre lo que los economistas llaman la pérdida de oportunidad. Entonces volveremos a leer que: "Una sola organización, norteamericana, dueña de 54 corporaciones, transporta 38 millones de dólares por venta de hachis, de Pakistán a Tailandia, anualmente" (71).
Notas
1. Alvaro Camacho: "Narcotráfico: Economía, política y Sociedad en Colombia", 1992, mimeo, en donde hace un análisis de la más reciente y más notable bibliografía sobre el tema.
2. Fernando Sarmiento y Ciro Krauthausen: "Bibliografía. Sobre el mercado ilegal de la cocaína" en Análisis Político Nº 12, IEPRI, Universidad Nacional, Bogotá, 1-4/1991, pp. 96-100. De los 188 títulos, 134 fueron publicados entre 1986 y 1990, mientras que en la década del 70 sólo se publicaron 11 títulos. Entre 1990 y 1993 la bibliografía sigue creciendo geométricamente.
3. Leonardo Rojas Rodríguez: Narcotráfico: incorporación económica y exclusión social, 1978-1986, Universidad de los Andes, tesis para optar la licenciatura en Ciencia Política, Bogotá, 1989.
4. Mariana Quintero T.: "Drogadicción: replanteamiento y formulación de una propuesta alternativa" en Texto y Contexto Nº 9, Universidad de los Andes, Bogotá, 1986, pp. 51-67.
5. Alfredo Molano: Selva Adentro: una historia oral de la colonización del Guaviare, Bogotá, 1987; J. Jaramillo, L. Mora y F. Cubides: Colonización, Coca y Guerrilla, Bogotá, 1986.
6. Carlos G. Arrieta et al.: Narcotráfico en Colombia: dimensiones políticas, económicas, jurídicas e internacionales, Universidad de los Andes, Bogotá, 1990; Juan G. Tokatlian y Bruce M. Bagley (comps.): Economía y Política del Narcotráfico, Universidad de los Andes, Bogotá, 1990; Hernando José Gómez: "El tamaño del narcotráfico y su impacto económico" en Economía Colombiana, Bogotá, 2/1990, pp. 9-17; Mauricio Reina Echeverry: "La economía del Narcotráfico en la subregión andina" en El narcotráfico en la Región Andina, ONU-UNDCP, 1992.
7. Históricamente el contrabando, la delincuencia común y la corrupción dentro del Estado han sido los espacios en donde se han afiliado millones de marginados, con el aval ladino de los señores de cuello blanco. Sobre la dimensión social de la droga, cf. Alvaro Camacho: Droga y Sociedad en Colombia: El poder y el estigma, CEREC, Bogotá, 1988.
8. Virgilio Barco: En Defensa de la Democracia: La lucha contra el narcotráfico y el terrorismo, Bogotá, 1990 contiene las penosas ideas presidenciales, que apenas sirvieron para incrementar la violencia en Colombia durante su administración (1986-90).
9. El País, Madrid, 18/12/89.
10. Carlos G. Arrieta et al.: cit.
11. Camilo Chaparro: "¿Hacia el camino del medio?" en El Tiempo Bogotá, 4/10/93, p. 3A.
12. José A. Quiroga: Coca/Cocaína: una visión boliviana, La Paz, 1990.
13. Sobre estas cuestiones, v. Mario Arango y Jorge Child: Narcotráfico: imperio de la cocaína, Bogotá, 1987; Craig Van Dyke y Robert Byck: "Cocain" en Spektrum der Wissenschaft, 5/1992; Jorge Bejarano: "Nuevos conceptos sobre el cocaísmo en Colombia" en América Indígena Vol XIII, Nº 1, México, 1953, pp. 15-46; Plutarco Naranjo: "El cocaísmo entre los aborígenes de Sud América" en América Indígena Vol. XXXIV, Nº. 3, México, 1974, pp. 605-628; y C. Gary Lobb: "El uso dela coca como manifestación de cultura indígena en las montañas occidentales de sudamérica" en América Indígena Vol. XXXIV, Nº 4, México, 1974, pp.919-938; Remedios de la Peña Begué: "El uso de la coca en la América, según la legislación colonial y republicana" en Revista Española de Antropología Americana vol. 6, Madrid, 1971. La voz Aymara KoKa significa árbol o arbusto. En quechua la voz se convirtió en "kuka". Ver Diccionario Quechua: Cuzco-Collao, Lima, 1976.
14. Peter Bakewell: Mineros de la montaña roja, Madrid, 1989; Luis Miguel Glave T.: "La hoja de coca y el mercado interno colonial: la producción de los trajines" en J.V. Murra (ed.): Visita de los valles de Songo en los Yunka de coca de La Paz, Madrid, 1991, pp. 583-608; Ruggiero Romano: "Una encomienda coquera en los yungas de La Paz (1560-1566)" en Revista Latinoamericana de Historia Económica y Social Nº 1, Lima, 1983, pp. 57-88.
15. Steve Stern: Los pueblos indígenas del Perú y el desafío de la conquista española - Huamanga hasta 1640, Alianza América, Madrid 1986, p.72; Carlos Contreras: Mineros y Campesinos en los Andes, Instituto de Estudios Peruanos, Lima, 1988 p. 41.
16. René Bascopé Aspiazu, La veta blanca. Coca y cocaína en Bolivia, La Paz, 1982. Algunos colegas bolivianos no comparten este punto de vista. Lo que sí es evidente es la expansión del cultivo de la coca luego de 1975. Según José A. Quiroga: Coca/cocaina, una visión boliviana, Aipe-Procom-cedla-cid, La Paz, 1990, p. 20, en el Chapare "entre 1976 y 1982 la producción de coca se incrementó en un 1.100% ". Sobre otros aspectos de la política boliviana relacionados con el desarrollo de la cocaína cf. C. Amorin y S. Blixen: "La narco-DEA y la narco-CIA" en America-Cambio 16, Madrid, 8/2/92), pp.12-14.
17. Basilia La Fuente: Coca y cocaína, una visión distinta, La Paz, 1986, pp. 52-3; Róger Cortez H.: "Coca y cocaleros en Bolivia" en Hermes Tovar Pinzón (ed.): La coca y las economias de exportación en América Latina, Universidad Hispanoamericana Santa María de la Rábida, 1993, pp.125-162.
18. José Antonio Quiroga: Coca/cocaína..., cit., pp. 44-45.
19. Charles W. Bergquist: Coffee and Conflict in Colombia, 1886-1900, Duke University Press, Durham, N.C., 1978; J.P. Deler y Y. Saint-Geours (comps.): Estados y naciones en los Andes: Hacia una historia comparativa: Bolivia - Colombia - Ecuador - Perú, Instituto de Estudios Peruanos / Instituto de Estudios Andinos, Lima, 1986, 2 vs.; Heraclio Bonilla (comp.): Los Andes en la encrucijada: Indios, Comunidades y Estado en el siglo XIX, Flacso, Quito, 1991; Roberto Cortés Conde: The first Stages of Modernization in Sapanish America, Harper & Row, Nueva York, 1974.
20. Sobre las comunicaciones, v. Hernán Horna: Transport Modernization and Entrepreneurship in Nineteenth Century Colombia: Cisneros and Friends, Studia Historica Upsaliensia 172, Uppsala, 1992; Theodore E. Nichols: Tres puertos de Colombia: Estudio sobre el desarrollo de Cartagena, Santa Marta y Barranquilla, Banco Popular, Bogotá, 1973. Sobre la economía de los primeros años del siglo XIX, cf. Heraclio Bonilla: Un siglo a la deriva, ensayos sobre el Perú, Bolivia y la guerra, Lima, 1980; Antonio Mitre: Los patriarcas de la Plata, Estructura socioeconómica de la minería Boliviana en el siglo XIX, Lima, 1981; T. Halperin Donghi: Reforma y disolución de los imperios ibéricos, 1750-1850, Madrid, 1985; José A. Ocampo y Santiago Montenegro: Crisis mundial, protección e industrialización: Ensayos de historia económica colombiana, Cerec, Bogotá, 1984. V. también José Antonio Ocampo: Colombia y la economía mundial, 1830-1910, Bogotá, 1984. La actual crisis cafetera parece estar mostrándonos el fin de un ciclo de larga duración y el comienzo de nuevas alternativas para la economía colombiana, en donde la amapola, y su derivado la heroína, alternará como un nuevo producto de exportación. Otros países encaramados sobre el banano tambien comienzan a vivir el fin de una tendencia secular.
21. Luis F. Sierra: El tabaco en la economía colombiana del siglo XIX, Bogotá, 1971; Jesús A. Bejarano y Orlando Pulido: Notas sobre la Historia de Ambalema, Ibagué, 1982, pp. 103-176. W. M. Mathew: "Perú and the British Guano Market, 1840-1870" en The Economic History Review, Vol. XXIII, Nº 1, Welwyn Garden City, England, 4/1990, pp. 112-128; Heraclio Bonilla: "Dimensión internacional de la guerra del pacífico" en Un siglo a la deriva: Ensayos sobre el Perú, Bolivia y la Guerra, Instituto de Estudios Peruanos, Lima, 1980, pp.153-176.
22. Sobre las brutalidades de la Casa Arana y el clima de violencia que caracterizó la explotación del caucho puede leerse Vicente Olarte Camacho: Las crueldades de los peruanos en el Putumayo y en el Caquetá, Bogotá, 1932; El libro rojo del Putumayo: Relación histórica de los crímenes y atrocidades cometidos por los peruanos contra los indios y colonos colombianos del Putumayo, Cali, 1932; Camilo Domínguez y Augusto Gómez: La Economía extractiva en la Amazonía Colombiana, 1850- 1930, Bogotá 1990; Roberto Pineda Camacho: La casa Arana (1902- 1932): Un enfoque etno-histórico del proceso extractivo del caucho en el Amazonas colombiano, Tesis presentada para optar el Tituto de Maestría en Historia, Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, 1993.
23. Félix Artunduaga Bermeo: Historia del Caquetá, Florencia, 1984, p. 67, "...tribus enteras desaparecieron, otras en doliente nomadismo habían tenido que huir adentrándose a la selva. Los muertos se calculan en cien mil indígenas". En 1903 se denunció el asesinato de 25 indios en la Chorrera. Después de haber entregado la goma a uno de los subadministradores de la Casa Arana se dio "... órden de que cada indio fuera envuelto en un saco empapado en petróleo, al cual se prendió fuego inmediatamente" (El libro rojo del Putumayo, cit., p. 81). Una vez más el capitalismo en América Latina mostraba su carácter sangriento, pues gracias a esta violencia pudo acumular recursos para el bienestar de múltiples empresarios criollos y extranjeros, y contribuir al bienestar de la sociedad industrial en expansión.
24. El concepto de neo-oligarquía fue sugerido oportunamente por Alvaro Camacho.
25. Anif: Marihuana, legalización o represión, Bogotá, 1979; Mylene Sauloy: op. cit. pp. 533-536; Alvaro Camacho G.: "El significado económico de la marihuana" en Droga..., pp. 99-110. Un poco más al sur y unos años después, con el "boom" del caucho, el pueblo de La Ceja (actual municipio de Acevedo, Huila) se convirtió en un centro de descomposición, que en nada se asemejaba a una aldea con proyectos de desarrollo. El poblado era "Un burdel de vicios, una zahurda de foragidos... un infierno...de gentes inicuas y perversas" , afirmaba, un tanto escandalizado, un testigo de la bonanza cauchera (citado en Félix Artuinduaga, cit. pp. 62-3). De Acevedo partían los contingentes de caucheros en busca de las gomas que permitirían la práctica de esta vida de lisonjas.
26. F. Artunduaga, cit. p. 63.
27. Camilo Domínguez y Augusto Gómez: La economía extractiva en la amazonía colombiana 1850-1930, Bogotá, 1990, p. 52.
28. A.H.N. (Bogotá) Mingobierno (República sección 4a), 1918, tomo 807 ff. 160r. a 164r.
29. Judith White: La United Fruit en Colombia: Historia de una ignominia, Editorial Presencia, Bogotá, 1978; Gabriel Fonnegra: Bananeras testimonio vivo de una epopeya, Ediciones Tercer Mundo, Bogotá, 1980.
30. Hernando Ruiz H.: "Implicaciones sociales y económicas de la producción de la Marihuana en Colombia" en Anif: Marihuana..., cit., pp. 107-228. "La Flor Maldita" en Semana, Bogotá, 10/9/91, pp. 22-27, en donde se destacan las zonas de cultivo, las operaciones policiales en 1991 contra la flor y las posibles relaciones entre los traficantes de coca y la guerrilla con el mercado de la heroína en Colombia y el mundo; Alfredo Molano y Constanza Ramírez: "Amapola en Bosque de Niebla" en Eco-lógica Nº 11/12, Bogotá, 5-8/1992, pp.4-13; José R. Navia: "El regreso de la flor maldita" en El Tiempo, Bogotá, 26/9/93, pp.1B y 7B.
31. Jorge González: "Amapola: Jaque al Café..." en El Tiempo, 2/2/92, p. 3B. Hay que llamar la atención sobre el hecho de que estas zonas del Tolima han sido focos de conflictos armados continuos desde 1950.
32. El Tiempo, 19/4/92, pp. 13A. El cambio del dólar corresponde a esta fecha.
33. José R. Navia: "El regreso..", cit. Los 7,3 millones de hectáreas hacen el 6,5% de "la superficie total del país".
34. Edgar Torres: "La DEA y la heroína en Colombia" en El Tiempo, 18/10/92, p. 3A; UNDCP: Consulta técnica sobre el cultivo ilícito de la amapola, Bogotá, 5/1993.
35. Alvaro Camacho: Droga..., cit., p.25.
36. Es indudable que hay que tener en cuenta el incremento de los salarios, que pasaron de 2.000 pesos diarios a 8.000 (de 3 a 6 dólares diarios) y otros gastos en insumos y "seguridad", para poder calcular los verdaderos niveles de rentabilidad que de todas maneras deben ser muy superiores a los del café. Los datos son de Jorge González: "Amapola:...", cit. p. 3B. V. también Luis Alberto Lopera: "¿Adiós al pacto cafetero?" en El Tiempo, 2/2/92, p. 6C, donde resalta los esfuerzos hechos por Colombia para salvar el pacto y su consiguiente frustración.
37. Mario Arango J.: Impacto del narcotráfico en Antioquia, Medellín, 1988. Esta obra es interesante porque estudia una pequeña muestra de 20 "empresarios" de la cocaína, mostrando sus orígenes, expectativas y actitudes. Alvaro Camacho: "Cinco Tesis sobre narcotráfico y violencia en Colombia" en Revista Foro Nº 15, Bogotá, 9/1991, pp. 69-71; Mylene Sauloy: "Historia...", pp.547-9, denominó el proceso de acumulación y de redistribución social que hicieron estos personajes recientemente enriquecidos como "el ascenso de los vulgares". Ellos cumplían una función que los dueños del Estado nunca hicieron, el cual se preocupó por condenarlos desenfundando el arma de la moral, arma que cae sobre su propio cuello como espada de Damocles.
38. Mario Arango J.: op.cit., p. 98.
39. Francois Correa R.: "Coca y cocaína en Amazonía colombiana" en Texto y Contexto º 9, Universidad de los Andes, Bogotá, 1986, pp. 91-111.
40. El Tiempo, 12/3/84, p. 1; El Colombiano, Medellín, 15/5/84, p. 12A.
41. En casi todas las operaciones contra centros productores de cocaína, la policía retiene este tipo de insumos. Por ejemplo, en una operación que destruyó 2 millones de plantas de coca en el Putumayo, la policía informó que hasta principios de agosto de 1985 había interceptado 6.075 galones de acetona (cf. El Tiempo, 10/8/85, p.3A). También puede verse Policía Antinarcóticos una década de esfuerzo, Bogotá, 1991). Esta publicación afirma que entre 1984 y 1990 se decomisaron 5.638.171 galones de insumos químicos, aunque no especifica el tipo.
42. Clara Elvira Ospina: "FARC y ELN un ngocio de narcos" en El Tiempo, 3/10/93, p. 23A.
43. J. Jaramillo, L. Mora y F. Cubides: Colonización, coca y guerrilla, Bogotá, 1986. Jorge Renel Pulecio Yate: Aspectos socio-económicos de la actual colonización del Caquetá (monografía de Grado para optar el título de Economista, Universidad Nacional, Bogotá, 1981); José Jairo González Arias y Roberto Ramírez Montenegro: "De la Colonización a la violencia en el Caquetá" en Quinto Congreso de historia de Colombia..., cit., pp.209-225. V. también las interesantes discusiones sobre la fundación del pueblo Colono (Meta) en 1971, presentadas por el Hernando Camargo: "Colono: Fundación de un Poblado en la Selva Amazónica" en Revista U.N. Nº 10, Bogotá, 4/1972, pp. 139-170.
44. J. Jaramillo et al.: op. cit., pp. 114 y 124.
45. Citado en ibid., p. 110.
46. Ibid., p. 74.
47. Citado en ibid., p. 111.
48. Ibid., p. 116, cuadro 1. Los ingresos netos, descontados los costos de producción, eran para un hectárea-año de maíz, yuca, plátano y coca de 8.500, 71.500, 43.975 y 249.100, respectivamente.
49. Razones similares han motivado a la población boliviana, que entre 1976 y 1986 se desplazó hacia el Chapare. El presidente Jaime Paz Zamora sostenía que "una hectárea de coca rendía en 1987 6.400 dólares a un campesino de la región del Chapare, mientras que la hectárea de café dejaba 1500 dólares, la de plátanos 600 y la de maíz, 300" (El Mundo, Santa Cruz, 14/11/89, p. 1), citado en Eliana Castedo Franco y H.C.F. Mansilla: Proyecto: Volkswagen-Stiftung II/65 155, Informe período 1/11/89 - 31/1/90, Berlín. Tambien un indígena de Jambaló en el Cauca colombiano manifesto con respecto a la decisión de cultivar amapola en vez de papa: "Si siembro papa me toca esperar seis meses para cosechar, conseguir bestias (caballos) y echarme seis o siete horas de trocha hasta Jambaló para vender a mil pesos la arroba. Los "compramancha" (comerciantes del látex) a veces van hasta la casa de uno y hasta le dan plata por adelantado" en José R. Navia: "El regreso...", cit., p. 1B.
50. J. Jaramillo et al.: op. cit., p. 78, n. 54.
51. Hernando José Gómez: "Economía ilegal en Colombia: tamaño, evolución, características e impacto económico" en Economía y Política..., cit., p. 65, sostiene que "La información de precios al por mayor en Colombia no es publicada por ninguna entidad en forma sistemática. No obstante, parece ser que el precio cayó dramáticamente, por lo menos un 50%, entre 1982 y 1983 debido a que el incremento de las exportaciones desde Colombia saturó el mercado".
52. Citado en J. Jaramillo: op. cit., p. 117; A. Molano: op. cit., p. 99. "Las chagras se abandonaron, el pueblo empezó a quedarse solo", cuando llegó la crisis a Calamar (Vichada).
53. F. Artunduaga B.: op. cit., p. 185.
54. Comisión de Superación de la Violencia: Pacificar la paz: Lo que no se ha negociado en los acuerdos de paz, IEPRI - CINEP - Comisión Andina de Juristas seccional Colombia, Bogotá, 1992.
55. Citado en J. Jaramillo et al.: op. cit., p. 121.
56. El País, Madrid, 14/1/90.
57. Citado en J. Jaramillo et al.: op. cit., p. 121.
58. Charles Bergquist: "Introduction: Colombian violence in Historical Perpestive" en Ch. Bergquist, R. Peñaranda y Gonzalo Sánchez: Violence in Colombia: The Contemporary Crisis in Historical Perspective, Wilmington, Delaware, 1992. Entre 1990- 1993 sólo un 5,12% de los delitos estuvieron ligados a estupecientes y el 95% a otras formas de delincuencia. No hay que olvidar que en 1993 se asesinan 88 personas cada día (Cambio 16, Bogotá, 22/11/93, pp. 30-41.
59. Comisión de Superación de la Violencia: op. cit.
60. Colombia: Violencia y Democracia, Universidad Nacional, Bogotá 1988; H. Tovar Pinzón: El movimiento campesino en Colombia, Bogotá 1975. Aún no existe un estudio riguroso sobre la criminalidad en Colombia, que dé cuenta, especialmente, de todos los muertos desde 1948. Los desacuerdos se originan en las mismas fuentes oficiales. Sobre ésto cf. Rodrigo Losada Lora y Eduardo Vélez Bustillo, con la colaboración de Teresa Tono: Muertes Violentas en Colombia, 1979-1986, Instituto Ser de Investigación, Bogotá 1988; sobre la violencia anterior a 1948, cf. Javier Guerrero: Los años del olvido: Boyacá y los orígenes de la Violencia, Tercer Mundo Editores - IEPRI, Bogotá 1991. Gloria Gaitán: Colombia: la lucha por la tierra en la década del treinta, génesis de la organización sindical campesina, Bogotá, 1976.
61. Paul Oquist: Violencia, conflicto y política en Colombia, Bogotá, 1978; G. Sánchez et al.: Once ensayos sobre la Violencia, Bogotá, 1985; Carlos Miguel Ortiz S.: Estado y Subversión en Colombia: la violencia en el Quindío años 50, Bogotá, 1985; Reinaldo Barbosa Estepa: Guadalupe y sus centauros: Memorias de la Insurrección Llanera, Cerec - IEPRI, Bogotá, 1992. Gonzalo Canal Ramírez: Estampas y testimonios de Violencia, Bogotá, 1966. Christhopher Abel: Política, Iglesia y Partidos en Colombia, Bogotá, 1987; Germán Guzmán Campos: Camilo: presencia y destino, Bogotá, 1967. Ramiro Cardona G. (ed.): Las migraciones internas, Bogotá, s/f. Sobre procesos más recientes, cf. Gabriel Murillo y Marta Herrera: Violence and Migration in Colombia, Georgetown University, Washington D.C., 1991. Ascofame: Urbanización y Marginalidad, Bogotá, 1968. Urbano Campo: Urbanización y Violencia en el Valle, Bogotá 1980.
62. Myriam Jimeno S.: "Los procesos de colonización: siglo XX" en Nueva Historia de Colombia, Bogotá, 1989, tomo III, p. 389.
63. Jesús A. Bejarano: "El todo y las partes: a propósito de los vínculos entre historia nacional e historia regional" en Contra el caos de la desmemoriación, Instituto Colombiano de Cultura , Bogotá, 1990, p. 206.
64. Gonzalo Sánchez y D. Meertens: Bandoleros gamonales y campesinos: el caso de la violencia en Colombia, Bogotá, 1983; James Henderson: Cuando Colombia se desangró: un estudio de la violencia en metrópoli y provincia, Bogotá, 1984; Comisión de Estudios sobre la Violencia: Colombia: Violencia y Democracia, Universidad Nacional de Colombia - Colciencias, Bogotá, 1988.
65. Carlos Medina G.: Auto-defensas, paramilitares y narcotráfico en Colombia: origen, desarrollo y consolidación. El caso de "Puerto Boyacá", Bogotá, 1990.
66. Juan Tomás Salas: "La Gran redada" en Cambio 16 América, 12/10/92, p.3.
67. S. Kalmanovitz: "La economía del narcotráfico en Colombia" en Economía Colombiana, Bogotá, 1990, p. 21. Roberto Junguito Bonnet y Carlos Caballero Argáez: "La otra economía" en Coyuntura Económica Nº 4, vol. VIII, Bogotá, 12/1978, pp. 103-139.
68. Citado en Karl Marx: El capital, Siglo XXI, México, 1975, vol. 3, p. 951, n. 250.
69. Anif: Marihuana..., p. 140.
70. El Tiempo, 31/1/93, p. 8 A. Esta extensión constituye un tercio de las tierras aptas para la ganadería en Colombia.
71. Paulina Gómez: "El imperio subterráneo: donde el crimen y el gobierno se abrazan" en Texto y Contexto..., pp. 157-8.