MOMECO, 05/01/95, EL CRACK MEXICANO Y EL EFECTO TEQUILA

Momento Económico

País/Country: México

Instituto de Investigaciones Economicas, Ciudad Universitaria, México

Autor/Author: Américo Saldivar Valdes*

Número/Number: 79

Frecuencia/Frequency: Bi-mensual/Bi-monthly


Fecha/Date: 05/01/95

Los diez días que estremecieron a México

1. Después de la toma de posesión del presidente Zedillo el 1 de diciembre de 1994 y de las felicitaciones y salutaciones de rigor, había que abocarse a los grandes problemas políticos y a la crisis de gobernabilidad, heredados por el régimen de Carlos Salinas de Gortari. Se pensaba que los aspectos económicos incluidos en la agenda del nuevo gobierno podían esperar hasta el nuevo año. Incluso con una mayoría priísta que mostraba un optimismo vergonzante y una rapidez inusitada, la C mara de Diputados había aprobado por 286 votos (de 500 probables) la Ley de Ingresos para el ejercicio fiscal de 1995.

Todo parecía marchar sobre ruedas. Sin embargo, la Bolsa de Valores cada día sufría una caída tras otra. En su conjunto el panorama económico nacional era el siguiente: el desempleo abierto y oculto no habían disminuido; la deuda externa del país tampoco se reducía y el déficit en la balanza comercial era abismal. Las carteras vencidas de cientos de miles de pequeños propietarios y empresarios mostraban una fuerte crisis de liquidez; las dos terceras partes de las inversiones eran de cartera o especulativas... Como nunca antes, había una gran distancia entre el discurso triunfalista oficial y la realidad económica. Así ocurrió particularmente en el último informe de gobierno de Salinas de Gortari. La paradoja es que no se nos había asegurado que el modelo de ajuste y de apertura neoliberal -con su agregado autóctono de liberalismo social- había sido un éxito y que podría ser paradigm tico, ``para exportación'' a la mayoría de los países latinoamericanos, en desarrollo, subdesarrollados o de despegue tardío.

En efecto, las decisiones importantes en materia económica se habían postergado por razones electorales. El nuevo gabinete económico así lo entendió y una de sus primeras medidas fuertes fue convocar a una apresurada reunión del mismo, que encabezó Jaime Serra Puche, flamante Secretario de Hacienda y uno de los pocos repetidores del anterior gabinete de Salinas. En esa oportunidad se llamó a los integrantes del Pacto para la Estabilidad, el Bienestar y el Crecimiento (pacto de corte corporativo) para informarles las nuevas coordenadas de la política económica y salarial que regiría en 1995.

2. Esa fue la señal para que la paridad del peso frente al dólar se destapara, subiendo hasta 6 nuevos pesos por dólar en la zona fronteriza. En sólo tres días la devaluación fue superior a la del periodo 1988-1993, al pasar de 3.50 a 6.00 nuevos pesos por dólar; es decir, alcanzó un índice de devaluación promedio del orden de 70%. En marzo el cambio llegó a 8 pesos por dólar, por lo que se decidió aplicar un nuevo plan de choque por medio del denominado Acuerdo de Unidad para la Superación de la Emergencia Económica (AUSEE).

El pánico cundió en las casas de bolsa, entre los inversionistas y ahorradores nacionales y extranjeros. Los errores y imprevisión en el manejo de las finanzas del país eran inadmisibles e increíbles. Serra Puche atribuyó al conflicto en Chiapas y a la violencia política poselectoral la crisis inminente o que se avecinaba. En cambio, el FMI consideró acertada la medida y los gobiernos de Estados Unidos, Canadá y Japón decidieron ir al salvamento de las finanzas y del gobierno de México. Como socios del TLC, Canadá y Estados Unidos consiguieron formar un fondo de contingencia inmediato de 18 000 millones de dólares. Pocas semanas después esta suma se incrementaría y hasta duplicaría.

Al iniciarse la famosa ``cuesta de enero'' en 1995 quedó de manifiesto la gran incapacidad de las finanzas mexicanas para frenar la caída abrupta del peso y evitar la salida masiva de capitales. También se desató una desenfrenada reetiquetación de los precios de las mercancías y lo que se había ganado con tanto esfuerzo en varios años pareció que se perdería en un mes de presiones inflacionarias y de incremento desmesurado de las tasas de interés (costo del dinero prestado). Sube el precio de la gasolina y las tarifas de electricidad, teléfonos y transporte. Para entonces se sabía que el déficit en cuenta corriente superaba ya los 25 000 millones de dólares, que las reservas internacionales se habían reducido de 18 000 millones de dólares en noviembre de 1994 a menos de 6 000 millones a mediados de enero de 1995.

También los recursos que ingresaron por la venta de empresas propiedad de la nación, el anterior grupo gobernante los había devorado en menos de tres años. Se trataba de más de 26 000 millones de dólares que con tanto esfuerzo el país había acumulado en propiedad y patrimonio de la nación durante más de medio siglo. Esos recursos se canalizaron (y se esfumaron) al llamado Fondo de Contingencia, que se empleó para amortizar deuda y financiar los gastos de las obras del Pronasol (Programa Nacional de Solidaridad, para los más pobres), o sea de las campañas políticas del PRI y demás corruptelas afines de la élite política de los ``nuevos juniors'' que encabezaba Salinas de Gortari.

De tal suerte, al inicio del año el remanente del Fondo apenas si totalizaba 500 millones de dólares.

Tal era el sentimiento de fracaso del modelo neoliberal salinista que el 3 de enero el presidente Zedillo convocó a una reunión urgente de los firmantes del viejo Pacto para renovarlo y sustituirlo. En su lugar, a sólo 13 días del anterior, se signó el Programa de Emergencia Económica (PEE). Con este nuevo acuerdo se planteó erradicar el lastre que significó el tipo de cambio sobrevaluado, que los efectos de la devaluación fuesen transitorios y retomar las metas de crecimiento y empleo, e incluso la inflación de un dígito. Entonces se dijo que la economía contaba con bases sólidas para la recuperación y que la crisis tendría un car cter pasajero. En la residencia oficial de Los Pinos el Presidente se reunió con los líderes de los sectores empresarial, obrero y campesino, reiter ndoles la necesidad de un nuevo ajuste y que se mantuviera la contención de precios y salarios. En otras palabras, no se permitirían más aumentos que el de 7% aprobado antes del estallido de la crisis.

A mediados de enero la situación se tornó tan difícil que el propio presidente Clinton intervino públicamente prometiendo prestar mayor y pronta ayuda financiera a México y a su colega Zedillo. A su vez, la Comisión Europea presentó propuestas al Parlamento Europeo con el fin de reforzar vínculos económicos y comerciales para apoyar al país. Lo mismo se hizo en Japón. Clinton informó a Zedillo de sus gestiones de auxilio financiero, ofreciéndole una ayuda total hasta por 51 000 millones de dólares.

Pronto se supo que dicha ayuda estaba fuertemente condicionada y que implicaba comprometer por varios años la renta petrolera. Otros temas se habían discutido en la agenda, como la emigración (bracerismo), el capítulo de Chiapas y su pronta solución, mayores facilidades a las inversiones y respecto al medio ambiente...

Las dificultades económicas se generalizaron y se tradujeron en desempleo, inflación, elevación de la tasa de interés (el 20 de febrero de ese año superó 50% anual) y crisis de pagos por carteras vencidas. Finalmente, ese día se negoció en Washington el préstamo por 20 000 millones de dólares que el presidente Clinton había prometido un mes antes, con lo cual pudo reducirse la presión sobre el peso.

3. Por su parte, la mayoría de los países latinoamericanos sufrió también los efectos de la abrupta devaluación y del crack financiero mexicano. A esta situación de crisis, que se extendía como reguero de pólvora por las casas de bolsa y los mercados financieros del continente y fuera de él (que alcanzó incluso a Canad , cuya moneda sufrió la primera caída frente al dólar estadounidense en los últimos ocho años), eufemísticamente se le denominó efecto tequila. En esta tesitura de riesgo y elevada incertidumbre se encontraban, sobre todo, Centroamérica, Argentina, Venezuela, Perú y Brasil. Incluso el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales de Londres culpó a México por las repercusiones negativas que resentiría América Latina, al dificultar las perspectivas de colocación de nuevas emisiones de deuda en los mercados emergentes. El efecto tequila de arrastre se hizo sentir en lugares tan lejanos como Seúl, Taipei y Hong Kong.

De acuerdo con representantes del Banco Mundial, la crisis mexicana influía negativamente en las posibilidades de crecimiento de la economía latinoamericana, además de implicar una mayor escasez de recursos extranjeros de financiamiento de corto y largo plazo para esas economías.

Así, a diferencia del socialismo real que tardó más de una década en desmoronarse, el liberalismo social, o neoliberalismo económico a secas, ocupó menos del diez días en colapsarse y mostrar su inviabilidad. La analogía podría resultar hasta graciosa y risible de no ser por las tremendas consecuencias y dificultades sociales que ello trajo consigo. La crisis de la moneda arrastraba consigo no sólo los grandes desequilibrios estructurales y la desigualdad social mantenida durante décadas y sus efectos colaterales en el orden político- institucional y moral de la sociedad, fue también la amarga evidencia del agotamiento y virtual colapso del modelo de ajuste neoliberal que se creyó hegemónico y triunfante.

Los diez mandamientos del neoliberalismo mexicano

4. Lo que podríamos irónicamente llamar los ``diez pecados capitales'' del neoliberalismo mexicano de la década, particularmente del último sexenio, se refiere a las promesas incumplidas de este modelo que se creyó hegemónico e imprescindible para sacar al país de su crisis de crecimiento y desigualdad social.

A la propuesta neoliberal se le pueden enderezar múltiples críticas y objeciones desde la oposición de izquierda e, incluso, desde la derecha conservadora, es decir, desde las posiciones que hacen hincapié en lo deseable más que en lo posible. Creemos, en cambio, que una crítica más correcta y objetiva es la que se realiza tomando como punto de partida los propios postulados (teóricos y técnicos), premisas y promesas del modelo de crecimiento económico y de desarrollo político neoliberal.

El dec logo de las promesas incumplidas del liberalismo mexicano podría subdividirse, a grandes rasgos, en el campo económico y el campo político, destacando cinco por cada uno:

En lo económico:

1) crecimiento económico sostenido y modernización;

2) restructuración industrial;

3) incremento de las exportaciones manufactureras;

4) creación mayor de empleos (que en la economía informal);

5) recuperación de los salarios.

En lo político y social:

1) desmantelamiento del corporativismo;

2) reforma política y del Estado integral;

3) avance de la democracia liberal;

4) federalismo y descentralización estatal;

5) vigencia plena del Estado de derecho.

Claro que a lo anterior podrían agreg rsele otros temas aledaños o subsidiarios, como la promesa de pluralismo político, la democracia electoral mediante la liquidación del partido de Estado, etcétera.

En suma, la consigna de progreso y modernidad concluyó en un rotundo fracaso para el país en su conjunto. El modelo económico adoptado resultó ser más pauperizante que los anteriores. En efecto, la cifra de niveles de pobreza aumentó de 58% de la población nacional en 1977 a 66% en 1992. El 65% de los trabajadores perciben el salario mínimo y se prevé que este año pierdan 60% de su poder de compra. La inflación esperada para 1995 ser superior a 40% y podría llegar a 50 por ciento.

¨Política industrial?

5. La política industrial es una de las grandes ausentes ya que la política proteccionista de años anteriores no se sustituyó con otra de fomento de las actividades industriales.

Se nos dijo que el modelo sustitutivo de importaciones se modificaría para impulsar uno orientado a las exportaciones. Empero, no se formuló ninguna política industrial acorde con tales deseos, que se dirigiese a incentivar tanto el mercado externo como el interno o ``nacional''. Como se sabe, la política industrial se refiere al conjunto de normas que organizan el funcionamiento de la estructura industrial de un país. Es una administración macroeconómica que utiliza todas las palancas institucionales y de mercado para lograr o alcanzar dicha estrategia. Es decir, se trata de un desarrollo autorregulado de las exportaciones que sean competitivas dentro de una economía de mercado, pero que incluyan el incremento de la producción para el consumo interno.

Por el contrario, poco se modificaron las estructuras de las exportaciones durante la última década. De acuerdo con una autora, en orden de aportación en términos monetarios, si se exceptúa el petróleo, sólo siete productos representaron 60% del total de las exportaciones en 1994, es decir, 16 000 millones de dólares. De ellos, tres provinieron de la industria automotriz y de partes y un número igual de la maquiladora, como son aparatos eléctricos y electrónicos.1

Otro cuello de botella y causa de vulnerabilidad fue subordinar la inversión y el crecimiento al capital y el ahorro externos. Conforme a un análisis de la revista Expansión, de 1989 a finales de 1994 México captó 59 000 millones de dólares, suma 145% superior a la meta gubernamental para el sexenio. Sin embargo, los hechos conflictivos de 1994 produjeron la fuga de 23 500 millones de dólares. Es decir, en sólo un año salió 40% de la inversión extranjera captada en seis años. Por su parte, la inversión for nea en la Bolsa Mexicana de Valores aportaba sólo 14.2% en 1989; en 1993 y 1994 el capital orientado al mercado burs til ascendió a 68 y 70 por ciento, respectivamente. Sólo 15% fue inversión productiva; el resto se ocupó en la especulación. Esa estrategia basada en el ahorro externo, rentista y especulativo, y sobre todo la ausencia de políticas de promoción del ahorro interno, resultó equivocada.

El AUSEE

6. El nuevo Programa de Emergencia Económica, al no atender estos desequilibrios, resulta demasiado rígido y poco convincente. Nos preguntamos: ¨seguiremos tomando la misma medicina amarga de la última década? ``La teoría que avala las medidas puede ser consistente, pero eso no la hace necesariamente útil para la situación actual.'' Inflación esperada de 42%; reducción o recesión del PIB en -2%; restricción del crédito; incremento de la deuda y del IVA... Frente a ello sólo 10% de aumento de emergencia a los salarios mínimos. Con este programa difícilmente se podr n sentar las bases para un nuevo crecimiento, menos aún para otro tipo de crecimiento, como el que proponemos con equidad social y sustentabilidad. Más aún, a fines de marzo el panorama era: desaceleración del crecimiento; devaluación; altas tasas de interés; inflación y desempleo; y ausencia de una estrategia de largo plazo y de ajuste gradual.

Antes de esbozar algunas propuestas, debemos preguntarnos ¨qué tan distanciado o diferente es el plan económico del gobierno actual con el del anterior? Creemos que éste es, en lo fundamental, la continuidad del anterior...

Debemos atrevernos a elaborar y sugerir nuevas concepciones sobre el futuro económico y político del país. Pero dentro de las premisas del actual modelo hegemónico aún es posible y deseable luchar por las siguientes medidas:

Distribución y redistribución del ingreso (por ejemplo, con nuevos aumentos de emergencia y la reformulación del salario mínimo).

Ordenación de la planta productiva para la reformulación orientarla en mayor medida a satisfacer los mercados locales y la demanda interna.

Creación de empleos productivos.

Renegociación y restructuración de montos y plazos de la deuda, pero sin recurrir a la moratoria. (El pago y el servicio de la deuda son incompatibles con los objetivos de crecimiento y distribución del ingreso...)

Estimular el ahorro interno. Los préstamos y nuevos flujos de capital se destinan a pagar, no a crecer.

Crecimiento sustentable.

Pseudorracionalidad...

7. Se violaron muchos de los supuestos de la propia teoría neocl sica:

de utilitarismo neocl sico

de independencia de las preferencias individuales

de la equidad intergeneracional

de igualdad de oportunidades y de competencia

de libertad de elección

del altruismo (el bienestar de los demás forma parte de la utilidad individual)

el de la asignación óptima de recursos escasos

el de las expectativas racionales...

Este último fue el peor de todos, pues se trocó en ``expectativas especulativas''. Todo ello sencillamente porque el sistema de mercado no puede garantizar esto. Habría que discutir la teoría de ``juego de suma cero'', lo que uno gana el otro lo pierde; o el óptimo paretiano (insesgado) que explica que primero, no hay forma más eficiente de hacer las cosas, y segundo, que es compatible con el sentido de la justicia distributiva. Si bien no se puede mejorar a nadie sin afectar por lo menos a una persona, cualquiera que sea el sentido de nuestra justicia distributiva.

Además, se nos vendió una mercancía mostr ndonos sólo una cara de la moneda: la del libre mercado. Faltó la otra, la del liberalismo cl sico, donde el individuo goza de libertad individual para defenderse no sólo de los ``excesos'' del mercado, sino también del propio Estado, y para ello se necesita un buen grado de democracia política formal y liberal. Esta última se nos escamoteó o se nos dio a cuentagotas desde la óptica de una estatalidad presidencialista, autoritaria y centralista.

En fin, se violentaron muchos de los principios del liberalismo clásico. Fue una especie de economía del Cow boy (Kenneth Boulding) basada en la paradoja del lejano oeste: ausencia de fronteras -y de principios éticos- para el desarrollo del sistema.

Strictu sensu tampoco funcionaron el principio de la soberanía del consumidor ni el sistema de democracia del mercado, cuando se afirma que ``un consumidor, un voto'', donde la gente expresa sus preferencias pero de acuerdo a su poder adquisitivo. Este principio se troca en ``un peso, un voto'', donde se destacan las diferencias en el comportamiento entre el consumidor individualista y el del ciudadano (en tanto miembro de un grupo social).

En el liberalismo se da un rechazo explícito a cualquier tipo de intervención estatal, de la política, para definir las variables económicas... El llamado modelo salinista o NLM-CSG, hizo exactamente lo contrario, pero de la manera más perniciosa y perversa posible; es decir, el análisis económico se suplió por los criterios políticos, lo cual es, amén de un error metodológico, una estupidez política. Fueron criterios políticos-electorales los que impidieron los ajustes en 1993-1994 para modificar la paridad cambiaria, corregir el déficit en cuenta corriente e impedir el agotamiento de las reservas y la fuga de capitales. El Banco de México, no obstante su autonomía, no hizo nada al respecto.

A su vez, la racionalidad económica fue violentada por la élite tecnocrática en el poder que prometió lealtad y fidelidad a la ``mano invisible'' del mercado. Así, el modelo les reventó tanto por el lado de las variables macro y microeconómicas, como por el de la política económica voluntarista y de dispendio. Se suplantó la economía por la política de la peor forma posible.

En honor a la verdad, el manejo de la política económica tuvo tres momentos exitosos:

1) reducir la inflación a un dígito;

2) avanzar en la legalidad y normatividad ambiental, y

3) manejo genial (no mitos geniales) de la imagen y del modelo en los medios de comunicación masiva.

La política económica tiene valor en sí misma, pero de acuerdo con una ética antropocéntrica. Lo que confiere valor a las cosas es su relación con el ser humano, con su bienestar y su calidad de vida... Por ello, si se juzga por sus desastrosos resultados en términos de la distribución de la riqueza, la noción de liberalismo social fue una tomadura de pelo de mal gusto.

En fin, en menos de tres meses se pasó del boom, al crack y de éste al shock. Desde entonces las medidas económicas han dado palos de ciego. Continúan varios problemas aún no resueltos del modelo neoliberal, como son: modernizar el campo y la industria; elevar la productividad, que sigue siendo baja, aunque sí han aumentado la intensidad y la jornada laboral, el ahorro interno. Es difícil acumular si salen anualmente 12 000 millones de dólares para pago del servicio y la amortización de la deuda externa.

Por ello, al proponer políticas económicas alternativas, el estado actual de la economía aparece como una restricción o punto de partida insoslayables para cualquier formulación y análisis de transición hacia un nuevo modelo integral de desarrollo sustentable. Lo primero es lograr el cambio de un país autoritario a uno democr tico.

De cualquier modo, según nuestra hipótesis y conforme al actual modelo, las tasas positivas de crecimiento se alcanzar n sólo a finales de 1997 y cuando se cumplan de manera integral las siguientes premisas b sicas:

reanimación del gasto público y privado;

venta de paraestatales no estratégicas ni prioritarias;

flujo de inversión for nea al sector productivo;

incremento del ahorro interno y la inversión;

reducción significativa de las tasas de interés al capital;

atención de la crisis agropecuaria;

incremento de las expectativas racionales del empresario;

reorientación de la demanda y el consumo.

Sobre todo, lo último requiere de una nueva estructura mental y del cambio de actitudes cortoplacistas, de ganancias f ciles y especulativas. Nos est ocurriendo lo que a España: alto consumo no soportado por el aparato productivo, economía de servicios, paraíso fiscal y de lavado de dinero.

Además, las salidas frente al neoliberalismo deben implicar un fuerte liderazgo político comprometido con inequívocas decisiones democr ticas. Es decir, después de más de una década de intentos fallidos, hoy no se puede hablar de modernización económica sin incluir la necesaria y urgente ``modernización'' del Estado y de la política.


* Profesor - investigador de la División de Estudios de Posgrado de la Facultad de Economía, UNAM.

1 María de la Luz Arriaga L., TLC, precarización y desempleo, El Cotidiano, año 11, enero - febrero de 1995, p. 14.