1. Después de la toma de posesión del presidente Zedillo el 1 de diciembre de
1994 y de las felicitaciones y salutaciones de rigor, había que abocarse a los
grandes problemas políticos y a la crisis de gobernabilidad, heredados por el
régimen de Carlos Salinas de Gortari. Se pensaba que los aspectos económicos
incluidos en la agenda del nuevo gobierno podían esperar hasta el nuevo año.
Incluso con una mayoría priísta que mostraba un optimismo vergonzante y una
rapidez inusitada, la C mara de Diputados había aprobado por 286 votos (de 500
probables) la Ley de Ingresos para el ejercicio fiscal de 1995.
Todo parecía marchar sobre ruedas. Sin embargo, la Bolsa de Valores cada día
sufría una caída tras otra. En su conjunto el panorama económico nacional era el
siguiente: el desempleo abierto y oculto no habían disminuido; la deuda externa
del país tampoco se reducía y el déficit en la balanza comercial era abismal.
Las carteras vencidas de cientos de miles de pequeños propietarios y empresarios
mostraban una fuerte crisis de liquidez; las dos terceras partes de las
inversiones eran de cartera o especulativas... Como nunca antes, había una gran
distancia entre el discurso triunfalista oficial y la realidad económica. Así
ocurrió particularmente en el último informe de gobierno de Salinas de Gortari.
La paradoja es que no se nos había asegurado que el modelo de ajuste y de
apertura neoliberal -con su agregado autóctono de liberalismo social- había sido
un éxito y que podría ser paradigm tico, ``para exportación'' a la mayoría de
los países latinoamericanos, en desarrollo, subdesarrollados o de despegue
tardío.
En efecto, las decisiones importantes en materia económica se habían
postergado por razones electorales. El nuevo gabinete económico así lo entendió
y una de sus primeras medidas fuertes fue convocar a una apresurada reunión del
mismo, que encabezó Jaime Serra Puche, flamante Secretario de Hacienda y uno de
los pocos repetidores del anterior gabinete de Salinas. En esa oportunidad se
llamó a los integrantes del Pacto para la Estabilidad, el Bienestar y el
Crecimiento (pacto de corte corporativo) para informarles las nuevas coordenadas
de la política económica y salarial que regiría en 1995.
2. Esa fue la señal para que la paridad del peso frente al dólar se
destapara, subiendo hasta 6 nuevos pesos por dólar en la zona fronteriza. En
sólo tres días la devaluación fue superior a la del periodo 1988-1993, al pasar
de 3.50 a 6.00 nuevos pesos por dólar; es decir, alcanzó un índice de
devaluación promedio del orden de 70%. En marzo el cambio llegó a 8 pesos por
dólar, por lo que se decidió aplicar un nuevo plan de choque por medio del
denominado Acuerdo de Unidad para la Superación de la Emergencia Económica
(AUSEE).
El pánico cundió en las casas de bolsa, entre los inversionistas y
ahorradores nacionales y extranjeros. Los errores y imprevisión en el manejo de
las finanzas del país eran inadmisibles e increíbles. Serra Puche atribuyó al
conflicto en Chiapas y a la violencia política poselectoral la crisis inminente
o que se avecinaba. En cambio, el FMI consideró acertada la medida y los
gobiernos de Estados Unidos, Canadá y Japón decidieron ir al salvamento de las
finanzas y del gobierno de México. Como socios del TLC, Canadá y Estados Unidos
consiguieron formar un fondo de contingencia inmediato de 18 000 millones de
dólares. Pocas semanas después esta suma se incrementaría y hasta duplicaría.
Al iniciarse la famosa ``cuesta de enero'' en 1995 quedó de manifiesto la
gran incapacidad de las finanzas mexicanas para frenar la caída abrupta del peso
y evitar la salida masiva de capitales. También se desató una desenfrenada
reetiquetación de los precios de las mercancías y lo que se había ganado con
tanto esfuerzo en varios años pareció que se perdería en un mes de presiones
inflacionarias y de incremento desmesurado de las tasas de interés (costo del
dinero prestado). Sube el precio de la gasolina y las tarifas de electricidad,
teléfonos y transporte. Para entonces se sabía que el déficit en cuenta
corriente superaba ya los 25 000 millones de dólares, que las reservas
internacionales se habían reducido de 18 000 millones de dólares en noviembre de
1994 a menos de 6 000 millones a mediados de enero de 1995.
También los recursos que ingresaron por la venta de empresas propiedad de la
nación, el anterior grupo gobernante los había devorado en menos de tres años.
Se trataba de más de 26 000 millones de dólares que con tanto esfuerzo el país
había acumulado en propiedad y patrimonio de la nación durante más de medio
siglo. Esos recursos se canalizaron (y se esfumaron) al llamado Fondo de
Contingencia, que se empleó para amortizar deuda y financiar los gastos de las
obras del Pronasol (Programa Nacional de Solidaridad, para los más pobres), o
sea de las campañas políticas del PRI y demás corruptelas afines de la élite
política de los ``nuevos juniors'' que encabezaba Salinas de Gortari.
De tal suerte, al inicio del año el remanente del Fondo apenas si totalizaba
500 millones de dólares.
Tal era el sentimiento de fracaso del modelo neoliberal salinista que el 3 de
enero el presidente Zedillo convocó a una reunión urgente de los firmantes del
viejo Pacto para renovarlo y sustituirlo. En su lugar, a sólo 13 días del
anterior, se signó el Programa de Emergencia Económica (PEE). Con este nuevo
acuerdo se planteó erradicar el lastre que significó el tipo de cambio
sobrevaluado, que los efectos de la devaluación fuesen transitorios y retomar
las metas de crecimiento y empleo, e incluso la inflación de un dígito. Entonces
se dijo que la economía contaba con bases sólidas para la recuperación y que la
crisis tendría un car cter pasajero. En la residencia oficial de Los Pinos el
Presidente se reunió con los líderes de los sectores empresarial, obrero y
campesino, reiter ndoles la necesidad de un nuevo ajuste y que se mantuviera la
contención de precios y salarios. En otras palabras, no se permitirían más
aumentos que el de 7% aprobado antes del estallido de la crisis.
A mediados de enero la situación se tornó tan difícil que el propio
presidente Clinton intervino públicamente prometiendo prestar mayor y pronta
ayuda financiera a México y a su colega Zedillo. A su vez, la Comisión Europea
presentó propuestas al Parlamento Europeo con el fin de reforzar vínculos
económicos y comerciales para apoyar al país. Lo mismo se hizo en Japón. Clinton
informó a Zedillo de sus gestiones de auxilio financiero, ofreciéndole una ayuda
total hasta por 51 000 millones de dólares.
Pronto se supo que dicha ayuda estaba fuertemente condicionada y que
implicaba comprometer por varios años la renta petrolera. Otros temas se habían
discutido en la agenda, como la emigración (bracerismo), el capítulo de Chiapas
y su pronta solución, mayores facilidades a las inversiones y respecto al medio
ambiente...
Las dificultades económicas se generalizaron y se tradujeron en desempleo,
inflación, elevación de la tasa de interés (el 20 de febrero de ese año superó
50% anual) y crisis de pagos por carteras vencidas. Finalmente, ese día se
negoció en Washington el préstamo por 20 000 millones de dólares que el
presidente Clinton había prometido un mes antes, con lo cual pudo reducirse la
presión sobre el peso.
3. Por su parte, la mayoría de los países latinoamericanos sufrió también los
efectos de la abrupta devaluación y del crack financiero mexicano. A esta
situación de crisis, que se extendía como reguero de pólvora por las casas de
bolsa y los mercados financieros del continente y fuera de él (que alcanzó
incluso a Canad , cuya moneda sufrió la primera caída frente al dólar
estadounidense en los últimos ocho años), eufemísticamente se le denominó efecto
tequila. En esta tesitura de riesgo y elevada incertidumbre se encontraban,
sobre todo, Centroamérica, Argentina, Venezuela, Perú y Brasil. Incluso el
Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales de Londres culpó a México por
las repercusiones negativas que resentiría América Latina, al dificultar las
perspectivas de colocación de nuevas emisiones de deuda en los mercados
emergentes. El efecto tequila de arrastre se hizo sentir en lugares tan lejanos
como Seúl, Taipei y Hong Kong.
De acuerdo con representantes del Banco Mundial, la crisis mexicana influía
negativamente en las posibilidades de crecimiento de la economía
latinoamericana, además de implicar una mayor escasez de recursos extranjeros de
financiamiento de corto y largo plazo para esas economías.
Así, a diferencia del socialismo real que tardó más de una década en
desmoronarse, el liberalismo social, o neoliberalismo económico a secas, ocupó
menos del diez días en colapsarse y mostrar su inviabilidad. La analogía podría
resultar hasta graciosa y risible de no ser por las tremendas consecuencias y
dificultades sociales que ello trajo consigo. La crisis de la moneda arrastraba
consigo no sólo los grandes desequilibrios estructurales y la desigualdad social
mantenida durante décadas y sus efectos colaterales en el orden político-
institucional y moral de la sociedad, fue también la amarga evidencia del
agotamiento y virtual colapso del modelo de ajuste neoliberal que se creyó
hegemónico y triunfante.
Los diez mandamientos del neoliberalismo mexicano
4. Lo que podríamos irónicamente llamar los ``diez pecados capitales'' del
neoliberalismo mexicano de la década, particularmente del último sexenio, se
refiere a las promesas incumplidas de este modelo que se creyó hegemónico e
imprescindible para sacar al país de su crisis de crecimiento y desigualdad
social.
A la propuesta neoliberal se le pueden enderezar múltiples críticas y
objeciones desde la oposición de izquierda e, incluso, desde la derecha
conservadora, es decir, desde las posiciones que hacen hincapié en lo deseable
más que en lo posible. Creemos, en cambio, que una crítica más correcta y
objetiva es la que se realiza tomando como punto de partida los propios
postulados (teóricos y técnicos), premisas y promesas del modelo de crecimiento
económico y de desarrollo político neoliberal.
El dec logo de las promesas incumplidas del liberalismo mexicano podría
subdividirse, a grandes rasgos, en el campo económico y el campo político,
destacando cinco por cada uno:
En lo económico:
1) crecimiento económico sostenido y modernización;
2) restructuración industrial;
3) incremento de las exportaciones manufactureras;
4) creación mayor de empleos (que en la economía informal);
5) recuperación de los salarios.
En lo político y social:
1) desmantelamiento del corporativismo;
2) reforma política y del Estado integral;
3) avance de la democracia liberal;
4) federalismo y descentralización estatal;
5) vigencia plena del Estado de derecho.
Claro que a lo anterior podrían agreg rsele otros temas aledaños o
subsidiarios, como la promesa de pluralismo político, la democracia electoral
mediante la liquidación del partido de Estado, etcétera.
En suma, la consigna de progreso y modernidad concluyó en un rotundo fracaso
para el país en su conjunto. El modelo económico adoptado resultó ser más
pauperizante que los anteriores. En efecto, la cifra de niveles de pobreza
aumentó de 58% de la población nacional en 1977 a 66% en 1992. El 65% de los
trabajadores perciben el salario mínimo y se prevé que este año pierdan 60% de
su poder de compra. La inflación esperada para 1995 ser superior a 40% y podría
llegar a 50 por ciento.
¨Política industrial?
5. La política industrial es una de las grandes ausentes ya que la política
proteccionista de años anteriores no se sustituyó con otra de fomento de las
actividades industriales.
Se nos dijo que el modelo sustitutivo de importaciones se modificaría para
impulsar uno orientado a las exportaciones. Empero, no se formuló ninguna
política industrial acorde con tales deseos, que se dirigiese a incentivar tanto
el mercado externo como el interno o ``nacional''. Como se sabe, la política
industrial se refiere al conjunto de normas que organizan el funcionamiento de
la estructura industrial de un país. Es una administración macroeconómica que
utiliza todas las palancas institucionales y de mercado para lograr o alcanzar
dicha estrategia. Es decir, se trata de un desarrollo autorregulado de las
exportaciones que sean competitivas dentro de una economía de mercado, pero que
incluyan el incremento de la producción para el consumo interno.
Por el contrario, poco se modificaron las estructuras de las exportaciones
durante la última década. De acuerdo con una autora, en orden de aportación en
términos monetarios, si se exceptúa el petróleo, sólo siete productos
representaron 60% del total de las exportaciones en 1994, es decir, 16 000
millones de dólares. De ellos, tres provinieron de la industria automotriz y de
partes y un número igual de la maquiladora, como son aparatos eléctricos y
electrónicos.1
Otro cuello de botella y causa de vulnerabilidad fue subordinar la inversión
y el crecimiento al capital y el ahorro externos. Conforme a un análisis de la
revista Expansión, de 1989 a finales de 1994 México captó 59 000 millones de
dólares, suma 145% superior a la meta gubernamental para el sexenio. Sin
embargo, los hechos conflictivos de 1994 produjeron la fuga de 23 500 millones
de dólares. Es decir, en sólo un año salió 40% de la inversión extranjera
captada en seis años. Por su parte, la inversión for nea en la Bolsa Mexicana de
Valores aportaba sólo 14.2% en 1989; en 1993 y 1994 el capital orientado al
mercado burs til ascendió a 68 y 70 por ciento, respectivamente. Sólo 15% fue
inversión productiva; el resto se ocupó en la especulación. Esa estrategia
basada en el ahorro externo, rentista y especulativo, y sobre todo la ausencia
de políticas de promoción del ahorro interno, resultó equivocada.
El AUSEE
6. El nuevo Programa de Emergencia Económica, al no atender estos
desequilibrios, resulta demasiado rígido y poco convincente. Nos preguntamos:
¨seguiremos tomando la misma medicina amarga de la última década? ``La teoría
que avala las medidas puede ser consistente, pero eso no la hace necesariamente
útil para la situación actual.'' Inflación esperada de 42%; reducción o recesión
del PIB en -2%; restricción del crédito; incremento de la deuda y del IVA...
Frente a ello sólo 10% de aumento de emergencia a los salarios mínimos. Con este
programa difícilmente se podr n sentar las bases para un nuevo crecimiento,
menos aún para otro tipo de crecimiento, como el que proponemos con equidad
social y sustentabilidad. Más aún, a fines de marzo el panorama era:
desaceleración del crecimiento; devaluación; altas tasas de interés; inflación y
desempleo; y ausencia de una estrategia de largo plazo y de ajuste gradual.
Antes de esbozar algunas propuestas, debemos preguntarnos ¨qué tan
distanciado o diferente es el plan económico del gobierno actual con el del
anterior? Creemos que éste es, en lo fundamental, la continuidad del anterior...
Debemos atrevernos a elaborar y sugerir nuevas concepciones sobre el futuro
económico y político del país. Pero dentro de las premisas del actual modelo
hegemónico aún es posible y deseable luchar por las siguientes medidas:
Distribución y redistribución del ingreso (por ejemplo, con nuevos aumentos
de emergencia y la reformulación del salario mínimo).
Ordenación de la planta productiva para la reformulación orientarla en mayor
medida a satisfacer los mercados locales y la demanda interna.
Creación de empleos productivos.
Renegociación y restructuración de montos y plazos de la deuda, pero sin
recurrir a la moratoria. (El pago y el servicio de la deuda son incompatibles
con los objetivos de crecimiento y distribución del ingreso...)
Estimular el ahorro interno. Los préstamos y nuevos flujos de capital se
destinan a pagar, no a crecer.
Crecimiento sustentable.
Pseudorracionalidad...
7. Se violaron muchos de los supuestos de la propia teoría neocl sica:
de utilitarismo neocl sico
de independencia de las preferencias individuales
de la equidad intergeneracional
de igualdad de oportunidades y de competencia
de libertad de elección
del altruismo (el bienestar de los demás forma parte de la utilidad
individual)
el de la asignación óptima de recursos escasos
el de las expectativas racionales...
Este último fue el peor de todos, pues se trocó en ``expectativas
especulativas''. Todo ello sencillamente porque el sistema de mercado no puede
garantizar esto. Habría que discutir la teoría de ``juego de suma cero'', lo que
uno gana el otro lo pierde; o el óptimo paretiano (insesgado) que explica que
primero, no hay forma más eficiente de hacer las cosas, y segundo, que es
compatible con el sentido de la justicia distributiva. Si bien no se puede
mejorar a nadie sin afectar por lo menos a una persona, cualquiera que sea el
sentido de nuestra justicia distributiva.
Además, se nos vendió una mercancía mostr ndonos sólo una cara de la moneda:
la del libre mercado. Faltó la otra, la del liberalismo cl sico, donde el
individuo goza de libertad individual para defenderse no sólo de los ``excesos''
del mercado, sino también del propio Estado, y para ello se necesita un buen
grado de democracia política formal y liberal. Esta última se nos escamoteó o se
nos dio a cuentagotas desde la óptica de una estatalidad presidencialista,
autoritaria y centralista.
En fin, se violentaron muchos de los principios del liberalismo clásico. Fue
una especie de economía del Cow boy (Kenneth Boulding) basada en la paradoja del
lejano oeste: ausencia de fronteras -y de principios éticos- para el desarrollo
del sistema.
Strictu sensu tampoco funcionaron el principio de la soberanía del consumidor
ni el sistema de democracia del mercado, cuando se afirma que ``un consumidor,
un voto'', donde la gente expresa sus preferencias pero de acuerdo a su poder
adquisitivo. Este principio se troca en ``un peso, un voto'', donde se destacan
las diferencias en el comportamiento entre el consumidor individualista y el del
ciudadano (en tanto miembro de un grupo social).
En el liberalismo se da un rechazo explícito a cualquier tipo de intervención
estatal, de la política, para definir las variables económicas... El llamado
modelo salinista o NLM-CSG, hizo exactamente lo contrario, pero de la manera más
perniciosa y perversa posible; es decir, el análisis económico se suplió por los
criterios políticos, lo cual es, amén de un error metodológico, una estupidez
política. Fueron criterios políticos-electorales los que impidieron los ajustes
en 1993-1994 para modificar la paridad cambiaria, corregir el déficit en cuenta
corriente e impedir el agotamiento de las reservas y la fuga de capitales. El
Banco de México, no obstante su autonomía, no hizo nada al respecto.
A su vez, la racionalidad económica fue violentada por la élite tecnocrática
en el poder que prometió lealtad y fidelidad a la ``mano invisible'' del
mercado. Así, el modelo les reventó tanto por el lado de las variables macro y
microeconómicas, como por el de la política económica voluntarista y de
dispendio. Se suplantó la economía por la política de la peor forma posible.
En honor a la verdad, el manejo de la política económica tuvo tres momentos
exitosos:
1) reducir la inflación a un dígito;
2) avanzar en la legalidad y normatividad ambiental, y
3) manejo genial (no mitos geniales) de la imagen y del modelo en los medios
de comunicación masiva.
La política económica tiene valor en sí misma, pero de acuerdo con una ética
antropocéntrica. Lo que confiere valor a las cosas es su relación con el ser
humano, con su bienestar y su calidad de vida... Por ello, si se juzga por sus
desastrosos resultados en términos de la distribución de la riqueza, la noción
de liberalismo social fue una tomadura de pelo de mal gusto.
En fin, en menos de tres meses se pasó del boom, al crack y de éste al shock.
Desde entonces las medidas económicas han dado palos de ciego. Continúan varios
problemas aún no resueltos del modelo neoliberal, como son: modernizar el campo
y la industria; elevar la productividad, que sigue siendo baja, aunque sí han
aumentado la intensidad y la jornada laboral, el ahorro interno. Es difícil
acumular si salen anualmente 12 000 millones de dólares para pago del servicio y
la amortización de la deuda externa.
Por ello, al proponer políticas económicas alternativas, el estado actual de
la economía aparece como una restricción o punto de partida insoslayables para
cualquier formulación y análisis de transición hacia un nuevo modelo integral de
desarrollo sustentable. Lo primero es lograr el cambio de un país autoritario a
uno democr tico.
De cualquier modo, según nuestra hipótesis y conforme al actual modelo, las
tasas positivas de crecimiento se alcanzar n sólo a finales de 1997 y cuando se
cumplan de manera integral las siguientes premisas b sicas:
reanimación del gasto público y privado;
venta de paraestatales no estratégicas ni prioritarias;
flujo de inversión for nea al sector productivo;
incremento del ahorro interno y la inversión;
reducción significativa de las tasas de interés al capital;
atención de la crisis agropecuaria;
incremento de las expectativas racionales del empresario;
reorientación de la demanda y el consumo.
Sobre todo, lo último requiere de una nueva estructura mental y del cambio de
actitudes cortoplacistas, de ganancias f ciles y especulativas. Nos est
ocurriendo lo que a España: alto consumo no soportado por el aparato productivo,
economía de servicios, paraíso fiscal y de lavado de dinero.
Además, las salidas frente al neoliberalismo deben implicar un fuerte
liderazgo político comprometido con inequívocas decisiones democr ticas. Es
decir, después de más de una década de intentos fallidos, hoy no se puede hablar
de modernización económica sin incluir la necesaria y urgente ``modernización''
del Estado y de la política.
* Profesor - investigador de la División de Estudios de Posgrado de la
Facultad de Economía, UNAM.
1 María de la Luz Arriaga L., TLC, precarización y desempleo, El Cotidiano,
año 11, enero - febrero de 1995, p. 14.