Esta necedad de aparentar, resultado de una moral de Tartufo (no
importa lo que se es siempre y cuando los demás no se percaten de
ello), ha llevado a México a la concepción de una estrategia de
doble moral, es decir, a que una cosa sea lo que se hace y otra lo
que se dice.
El problema no radica tanto en entablar una especie de juicio
ético por la conducta del instituto central, sino en evaluar una
realidad indicativa de que, en materia financiera, los mexicanos
somos rehenes de la buena voluntad o del mejor humor de quienes
fungen como autoridades.
El problema radica en los mecanismos empleados para buscar las
causales de distorsión que justifiquen la permanente intromisión de
ese Instituto en las variables financieras nacionales sin que se
les acuse de estar manipuladas.
Resulta alarmante saber que para tasas de interés, índices de
inflación y accionarios y otros datos de la economía, cualquier
pretexto, por irrelevante que sea, se utiliza de manera
indiscriminada, en un sentido u otro.
Si bien es cierto que los asesinatos políticos, convertidos
ahora en permanente conducta, condicionan la orientación de quienes
deciden las inversiones públicas y privadas en México, también lo
es que la calidad de simples reactivos que el Banxico les asigna es
un mecanismo pedestre orientado a controlar la opinión pública en
general, que en sus aseveraciones pretende ignorar los mecanismos
de evaluación de los conocedores y el pragmatismo -resultado de la
experiencia-, con el que siempre han operado quienes participan en
el juego internacional de los dineros.
Cuando en la introducción del informe se dice que ``eventos
políticos y delictivos generaron un ambiente de gran
incertidumbre'',1 situación que ``afectó negativamente la evolución
de los mercados financieros y, particularmente, la del
cambiario'',2 se obvian las circunstancias de que tanto los
infortunados asesinatos como el explosivo movimiento chiapaneco se
presentaron en tiempos previos a la brutal e internacionalmente
inesperada caída del precio del nuevo peso mexicano.
En muchas de las gráficas que el Banco de México ofreció a los
medios de comunicación en diversas fechas se dibuja lo que a su
entender significó una clara correlación, de causa-efecto, de los
movimientos en los inexistentes mercados mexicanos.
La verdadera causa de la incertidumbre entre los inversionistas
se encuentra en el caudal de inexactitudes con que se presentan las
cifras oficiales y las permanentes confusiones en que las
autoridades monetarias hacen incurrir a la sociedad al utilizar
indiscriminadamente denominaciones, nomenclaturas, movimientos y
saldos, esperando que en la confusión nunca nazca la luz de la
explicación y la realidad.
El crecimiento de los precios de 7.1% el banco central lo imputa
a ``la consolidación de la apertura comercial de la economía, que
ha roto situaciones monopólicas y ha dado una mayor flexibilidad a
la oferta de bienes y servicios para responder con rapidez ante
aumentos de la demanda interna sin provocar variaciones de
precios''.3 Esta elegante forma de señalar el problema en que
incurrió México: depender de la oferta del extranjero como única
alternativa para seguir manteniendo controlados los salarios, dado
que los precios y las calidades de los productos nacionales dejaban
mucho que desear.
Haber colocado el control inflacionario en la producción foránea
trajo como consecuencia una baja en la demanda de la oferta
nacional que obligó a los fabricantes a distribuir en menos
productos sus costos fijos, incrementar los precios, contraer
costos variables de la manera fácil, mediante los despidos de
personal, y caer en un círculo que los economistas oficiales, en un
desplante de declaraciones oportunas y graciosas, se atrevieron a
calificar de ``virtuoso''.
Para controlar los precios de los bienes importados, en el mismo
documento4 mencionan su estrategia de manipuleo de las cifras de
inflación, la que indujeron mediante ``la aplicación de una
política monetaria orientada a disminuir la inflación'',
posteriormente tratan de hacer intrascendente la devaluación del 19
de diciembre de 1994, al afirmar que ésta ``afectó levemente el
crecimiento de los precios... sin recurrir a lo que se denomina
represión de la inflación''.5
De hecho aquí se encuentran los argumentos que el gobierno de
Ernesto Zedillo, de voz propia y mediante las declaraciones de sus
secretarios, ha empleado para afirmar que gracias al Tratado de
Libre Comercio el efecto tequila no tuvo la severidad que le era
propia.
Se devalúa por la apertura que controla artificialmente la
demanda nacional, conduciendo a la sobreimportación de bienes de
consumo final disfrazados por la estadística oficial: la inflación
no se resiente en la economía nacional debido a la misma apertura.
Como se aprecia, son dos explicaciones opuestas para la misma
causa. Parece que el Banco de México ha llegado a sublimar tanto el
conocimiento de sus becarios, que se ha concebido una nueva teoría
económica.
Es alarmante ver cómo se manipula la distorsión generalizada de
los mercados que causó la importación como mecanismo de control de
precios y entender que para lograr suaves ajustes en todo lo
referido a la economía, lo que prevalece es, sin lugar a duda, la
presencia de la mano visible del gobierno en los precios de las
divisas.
Pero, lo más importante de la presentación y el contenido del
informe es, sin duda, que se encontró la justificación necesaria
para no evidenciar la verdadera causa del problema monetario.
Cualquier asunto es adecuado con tal de que el análisis no ponga
atención a la realidad del juego, a que el modelo se basó en la
atracción de capitales, de cualquier naturaleza y a cualquier
precio, para hacer frente a los indispensables consumos de bienes
externos.
Al agotarse las estrategias de captación indiscriminada y al no
lograrse que el flujo de divisas se convirtiera en inversión
permanente, pensamiento mágico de los estrategas, los verdaderos
mercados se dieron cuenta de que el problema de México era la
inestabilidad creciente debido a que el desempleo aumentaba de modo
progresivo; el ingreso no correspondía a la realidad estadística de
la distribución del PIB, y las divisas se habían empleado
fundamentalmente para adquirir bienes de consumo, disfrazados como
intermedios o de capital.
Si se examina la composición de la balanza comercial, se aprecia
que, según las mismas estadísticas que ofrece el instituto central,
buena parte de la llamada importación de bienes de capitales
consistió de medios de transporte para consumo final, o de
refacciones con los mismos propósitos; luego es una estratagema de
nomenclatura más que un cambio estructural de la economía mexicana.
Así, la afirmación de que la reversión de los flujos de capital
al país fue ``consecuencia de los diversos acontecimientos
políticos y delictivos [que crearon] condiciones de profunda
inestabilidad en los mercados financieros'',6 no es sino una manera
de aprovechar, por coincidencia, los asuntos delictivos, políticos
o no, a fin de señalarlos como los verdaderos responsables del
cambio experimentado en diciembre.
De igual manera, no es de sorprender que la política para
manipular las tasas de interés también se base en el empleo de los
sucesos sangrientos y de la ausencia de estabilidad política, para
justificar sus alzas y bajas, ya que la necedad de mantener la
inflación en un dígito y de crear la ilusión del superávit
presupuestario, llevó a bajar los rendimientos a niveles del 9%,
sin importar Chiapas, asesinatos o narcotráfico, suponiendo de
manera ignorante que los flujos de capitales eran inelásticos a los
rendimientos y altamente elásticos al magnetismo personal del
presidente Salinas y de su carismático equipo.
Podemos apreciar cómo la coincidencia es también la
justificación que permite negar la permanente intervención de la
banca central mexicana en los mercados, ya que los precios del
dinero en los mercados secundarios, siempre diferente a la ofrecida
por el gobierno, no era el jalón de los primarios, sino más bien la
inversa y ésta siempre ha sido la tónica.
El Banco de México define la tasa primaria en la colocación de
los instrumentos públicos de deuda y regula la oferta del dinero
con su política de descuento o redescuento del papel de los
intermediarios.
Son varias las hipótesis que pueden inferirse de los manejos del
Banxico; las más importantes son las siguientes:
Las reservas internacionales que se manejaron durante el sexenio
del presidente Salinas consistieron fundamentalmente de recursos
crediticios provenientes de la colocación directa de papel en los
mercados internacionales, por medio de los agentes del gobierno,
como Nafinsa y el Bancomext. Lo anterior se complementó con una
estrategia de manipulación de las variables (inflación, interés y
paridad) para atraer divisas, garantizar la convertibilidad a
paridad conocida, por medio de los mecanismos de cobertura y
tesobonos y rendimientos superiores a los de los mercados de
origen.
Las expectativas del gobierno fueron siempre que el capital de
los inversionistas buscadores de rendimientos y seguridad en plazos
menores a un año paulatinamente se convirtiera en permanente; para
ello se establecieron las condiciones legales para abrir al capital
extranjero mayores porciones de propiedad en empresas nacionales,
incorporándolas en operaciones bursátiles en el país y el
extranjero.
Los funcionarios públicos, el presidente Salinas incluido, nunca
tuvieron en su proyecto la formación de capital productivo y sí se
concibió la sustitución de producción por comercialización en lo
general, y producción altamente especializada en los campos de
cemento, cerveza, metalmecánica, acero y otras ramas de la economía
mexicana, en las que la complementariedad de costos de mano de obra
y menor vigilancia ecológica así lo permitían (de ahí tantos
nacimientos de anencefálicos en las zonas maquiladoras de la
frontera).
Los factores que influyeron en la depresión del modelo
coincidieron con los delitos de siempre (y que, como resultado de
la apertura mexicana, ahora son del dominio público), pero sin
lugar a dudas no fueron los causantes directos de ello.
Lo que preocupó a los analistas fue la falta de consistencia en
la instrumentación del modelo y la falta de realismo en su
concepción. La teoría funciona bien en los libros siempre que
explique lo que ya pasó, pero su duplicación, aun en los mismos
países en los que se presentó, tiende a definir lo que nunca
sucederá. Es indispensable entender que la economía es la medida de
la conducta humana, nunca su causa.
* Miembro del personal académico del IIEc - UNAM.
1 Banco de México, Informe anual 1994, p. 1.
2 Ibidem., p. 1.
3 Ibid., pp. 2 y 3.
4 Ibid., p. 3.
5 Ibid., p. 3.
6 Ibid., p. 3.