Ante la inquietud que notamos en la gente, ante los contenidos alarmantes y contradictorios que transmiten los medios de información, ante la inestabilidad del tipo de cambio y de los mercados financieros, ante las devaluaciones, es natural que nos sintamos confundidos. La pregunta obligada es: ¿qué pasa en México? La respuesta tiene dos vertientes: una es el cambio de fondo que vive el país desde l983 y la otra es la sucesión de crisis económicas, cada sexenio, a partir de la década de los setenta.
Veamos lo primero, esto es, el cambio estructural, dicho en palabras llanas, la transformación en serio de la sociedad. Fue impulsada, forzada incluso, por las consecuencias negativas, económicas y políticas, de malas administraciones durante doce años, de 1971 a 1982. Nuestro sistema demostró ser inoperante, estaba agotado, precisaba abrirlo, liberalizarlo en todos sentidos. Así, desde l983 se preparan la vigencia de la vía electoral en la participación ciudadana, la independencia real de los Poderes de la Unión, la reducción del Ejecutivo a las facultades que le otorga la ley, la autonomía política y financiera de entidades federativas y municipios, las menores intervención y participación del Estado en la economía (léase desregulación y privatización, respectivamente) y el funcionamiento libre del mercado, lo cual quiere decir eliminar de controles de precios y subsidios, así como suprimir trabas para que los bienes y servicios extranjeros compitan aquí. Estos objetivos se persiguieron (y se persiguen) también por otro motivo: la tendencia mundial es hacia la liberalización, de la cual no podemos apartarnos. Lo que se trata de modificar son prácticas y actitudes de siglos: desde el México prehispánico estamos acostumbrados a un poder autoritario, encarnado en una sola persona, lo cual lleva a todos los rasgos que nos distinguen: el centralismo, el rechazo del federalismo, los crecientes controles a la actividad de los particulares y el consiguiente burocratismo, los cacicazgos (que en la provincia y en las instituciones están para defender y solapar al poder central) y, finalmente, el paternalismo: hay que dar recompensas. También la bancarrota económica dejó al gobierno sin recursos para seguir financiando a sus sostenes.
¿Nos damos cuenta de todos los intereses espurios que se crearon durante tanto tiempo? ¿Percibimos que es lógico que se resistan al cambio y pongan todas las piedras que puedan en el camino? Entran los que se oponen a la modernización, porque significa des-corrupción: no pocos funcionarios públicos federales, estatales y municipales, hombres de "negocio", dirigentes sindicales y de organizaciones campesinas y populares, además de los que se enfrentan por razones ideológicas o por ignorancia. Y hay otra fuerza, poderosa, interesada en revolver el río: el narcotráfico, que penetra y hace socios en todos los sectores. Otra causa de la intranquilidad y de la mala situación que presenciamos es la falta de preparación: ¿cuántas empresas no entendieron el mensaje de la apertura comercial al exterior y ahora pagan las consecuencias? Empresario es quien concibe una idea, organiza los elementos para alcanzarla y corre riesgo. Visto así, no abunda en nuestro medio.
El cambio estructural no puede ocurrir fácilmente ni en poco tiempo (al contrario, asombra lo logrado por México en pocos años). No hay cambio sin dolor, sin trauma, y una parte importante de este difícil tránsito es la oposición, manifestada de muchas maneras, de los que ven amenazados sus privilegios. Unos luchan por promover algo nuevo y otros hacen lo indecible para que se mantenga el estado de cosas que los beneficia. Y este combate explica, en alguna medida, los acontecimientos "políticos".
El otro elemento que juega hoy son las repetidas crisis económicas que hemos padecido. La mayoría de los mexicanos no recuerda, como experiencia vivida, que el país haya sido capaz de progresar constantemente, con estabilidad de precios, creación de empleos y mejoría del ingreso de los habitantes. Así fue desde los años treinta hasta los sesenta, esto es, durante cuatro largas décadas. Después se empiezan a cometer los errores cuyos efectos sufrimos hasta la fecha.
Veamos la historia
Bastan seis años, 1971 - 1976, para endeudar demasiado al país con el exterior, hacer crecer un déficit en las finanzas públicas, gastar en exceso e iniciar una espiral inflacionaria. Todo terminó en depreciación de la moneda. Un nuevo gobierno siguió los mismos pasos del anterior, con el agravante de que en el peor momento: apostó al petróleo, invertimos fuertemente en él y perdimos. El sexenio, otra vez, concluye con devaluación e inestabilidad. La siguiente administración tiene dos virtudes: primera, hacer esfuerzos para reconstruir lo destruido, al mismo tiempo que comenzar la reforma estructural. Segunda, sufrir sin remedio las consecuencias de lo mal hecho en el pasado, o sea que, desde el punto de vista de récords, a pesar de sus cualidades, este período es de mayor inflación y menor crecimiento que los dos anteriores. Además, ya con un sector petrolero desmedidamente grande, ocurre un nuevo descalabro por la fuerte dependencia, también heredada, del oro negro. Se concluye otra vez con crisis y fenómeno devaluatorio. El siguiente régimen, a pesar de los problemas, se inicia bajo buenos auspicios por las correcciones hechas y bases puestas por su predecesor. Sigue la línea de los cambios de fondo y hay avances notables, con un liderazgo inteligente y oportuno. Se firma el TLC, conclusión del empeño modernizador. Por vez primera en muchos años los mexicanos ven la luz y alientan expectativas favorables en todos los órdenes. De ninguna manera entraríamos al Primer Mundo, pero sí a más posibilidades para volver a combatir lacras viejísimas, como la pobreza, para incrementar el bienestar, la educación, la cultura, la eficiencia y el trabajo productivo. Sin embargo, vienen l994 y el inicio de 1995, tiempo aciago porque ocurren unos sucesos que alteran la vida cívica y otros que hacen dar pasos atrás, ¡otra vez!, en lo económico. Así es como llega al poder el régimen actual, con el descrédito de la gente. Existen factores reales de peso: excesivo endeudamiento de empresas y particulares, desempleo, inflación que carcome el ingreso, menor consumo, cierre de negocios, demanda caída, competencia de productos extranjeros, gobierno y bancos incapaces de impulsar una mejoría por escasez extrema de recursos, horizonte que se vuelve a nublar, salidas que de nueva cuenta se cierran.
En tales condiciones, el talante está hipersensible. Es natural que defectos de liderazgo, errores de acción u omisión del Poder Ejecutivo, que en los años sesenta, que fueron de bonanza, hubieran pasado inadvertidos, ahora se agranden y se vean como signos alarmantes. El estado de ánimo de los individuos, sus reacciones subjetivas, explican, no obstante que los cimientos estén sólidos, los vaivenes de los mercados: depreciaciones del peso y alzas de las tasas de interés, fenómenos graves porque siguen difiriendo la recuperación económica. Este año se han logrado cosas buenas e importantes y, sobre todo, se mantiene contra viento y marea el propósito de lograr y consolidar la estabilidad, condición sine que non para volver a crecer. La comunicación oficial ha sido deficiente. Decimos que no hay liderazgo, pero quizá lo que ocurre es que no lo percibimos porque no se manifiesta como debería de manifestarse.
Ojalá que empresas y particulares piensen en sacudirse su dependencia emocional del gobierno y concentrar su energía en identificarse. Ahora es prioritario lograr la unión del sector privado, en el sentido amplio del concepto. El bien que de ello puede resultar para la nación es enorme.