La percepción hacia principios de este último trimestre es que lo peor de la crisis financiera queda atrás, retorna la solvencia financiera del país y se toca fondo en la recesión. Prevalecen dudas e inquietudes. Tal vez la más importante es sobre lo que los economistas llaman el equilibrio nominal del sistema, es decir, el juego entre tipo de cambio, inflación y tasa de interés en un medio caracterizado por sensibilidad de la gente y expectativas adversas, el deseo de la autoridad de evitar sobrevaluaciones cambiarias y una paridad flotante con débil posición de reservas del banco central.
La nueva versión de los pactos se precipita por el nerviosismo en los mercados financieros. El sector público, en el marco de la Alianza para la Recuperación Económica, adelanta sus objetivos para el año entrante, los cuales son confirmados después en los Criterios Generales de Política Económica: crecer cuando menos 3% y reducir la inflación al 20%. El anuncio aplaca momentáneamente la presión en los mercados, pero luego enfrentan nuevos impactos sólo contenidos por dos intervenciones del banco central en el mercado cambiario, por un total de 300 millones de dólares.
La confianza en las autoridades y la credibilidad en el programa no es la misma que en otras ocasiones. En cierto sentido, enfrentamos la misma situación de enero y marzo: el gobierno anticipa un crecimiento y una inflación que exigen una tasa de interés y un tipo de cambio que lo hagan congruente. El mercado, de acuerdo con la información disponible y con sus propias expectativas, estima primero el tipo de cambio y la tasa de interés, que pueden o no ser compatibles con las del escenario oficial (gráfica 16).
Sin duda, el saneamiento macroeconómico es mayor ahora que a principios de año: las finanzas públicas se mantienen balanceadas, al igual que la cuenta corriente, la inflación ha disminuido y se tienen pocos pasivos en dólares con vencimiento a corto plazo. Es correcto afirmar que no hay nada de fondo que explique la turbulencia de octubre y noviembre. Sin embargo, el riesgo persiste, como lo evidencía el nivel de los réditos, los movimientos ascendentes de la paridad y su cotización actual. Es innegable que ello complica lo fiscal y compromete la salud financiera del sector privado. En otras palabras, los cimientos no explican la inestabilidad de los mercados, pero ésta los afecta.
Un escenario es que dicha inestabilidad sea transitoria. En este caso la paridad se aprecia, las tasas bajan y se aborta la burbuja inflacionaria. Dependiendo de los nuevos niveles se desprenden las modificaciones al pronóstico oficial. Esto es lo que vemos más posible. La principal duda es sobre el tipo de cambio: qué nivel es previsible considerando su situación actual y las perspectivas que se vislumbran para 1996. Criterios Generales de Política Económica supone un promedio de 7.7, difícil ya que en varias ocasiones recientes se ha cotizado en este rango. El que no se alcance esta marca precisa, o se presenta una desviación moderada, no modifica sustancialmente la congruencia del escenario oficial. Mientras mayor sea la cotización del dólar más presiones inflacionarias se presentan: suben las tasas de interés, nominales y reales, y una caída del salario real modera el crecimiento (cuadro 5). En cualquier caso diferente, o con una desviación significativa de la paridad, se requiere, como se hizo en marzo, una nueva definición. Debe buscarse, una vez más, la que asegure la estabilidad como requisito de la recuperación.
En la inflación y el crecimiento, otra vez, se centran la atención y las necesidades de reflexionar. Hemos de ser realistas al dimensionar nuestro potencial de crecimiento. Sigue faltando un buen diagnóstico que aclare la problemática actual y defina las acciones correspondientes. En otra parte de esta revista nos hemos referido al tema. Al comentar, en abril, la puesta en vigor del Programa de Acción para Reforzar el Acuerdo de Unidad para Superar la Emergencia Económica (PARAUSEE), dijimos: "Las reacciones siguientes al abandono de la banda de fluctuación... llevan al tipo de cambio a un nivel fuera de proporción... Esto invalida las previsiones hechas inicialmente sobre el derrotero de la economía en 1995. ... Si el tipo de cambio no se estabiliza o se aprecia, se acentuarían las expectativas de inflación y la caída del salario real, los recursos públicos serían insuficientes y la negociación salarial insostenible. Si las cosas no se dominan, el alza de precios se aceleraría y podríamos llegar a la hiperinflación, con grave riesgo de desarticulación productiva y descomposición social. Otra alternativa es el control de cambios (con o sin moratoria), pero implica cerrarse al mundo globalizado, alejarse de la orientación al mercado y del cambio estructural... Es preferible intensificar las medidas anunciadas en enero, impedir el surgimiento de faltantes fiscales y prevenir indizaciones... Es mejor pagar los costos de una vez y crear las condiciones para que haya una recuperación lo más pronta posible"1.
Nuestra opinión es la misma: sólo con una inflación controlada es posible crear el ambiente propicio para el crecimiento. No viene a cuento repetir lo que hemos afirmado sobre este tema, siempre presente en nuestras discusiones, lo cual puede constatar esta publicación. Por ahora, téngase presente una importante lección de la experiencia internacional: países que por diversas causas tienen que enfrentar el deterioro que provoca la elevada inflación, imprimen arreglos institucionales profundos que la prevengan. Dos ejemplos relevantes: Alemania, después de sufrir hiperinflación, crea un banco central autónomo que con el tiempo adquiere gran credibilidad; antes prefiere "quebrar" a los socios europeos y comprometer la Unión Europea, que permitir el repunte inflacionario en su territorio. Argentina, ante la característica endémica de su inflación, renuncia a la política monetaria y construye, para efectos prácticos, una economía dolarizada.
Lo importante no es la forma sino el fondo: la política monetaria debe aislarse del proceso político y la estabilidad económica no debe ser negociada. Los problemas hay que arreglarlos donde están y la estabilidad macroeconómica debe imponerse como la verdadera "ancla" del progreso material, social y político.
(1) Programa de Acción, Examen de la Situación Económica de México, No. 833, abril de 1995.