Introducción
Son muchas las voces que hoy se levantan contra la industrialización, la modernización, el progreso y el desarrollo. Las críticas provienen de diversos lugares geográficos y conciernen distintos aspectos del legado que los esfuerzos por copiar el modelo de las economías occidentales ha dejado en América Latina, Asia y Africa. Algunos de los cuestionamientos retoman temas elaborados en Occidente durante el siglo XIX, como la destrucción de relaciones sociales tradicionales, del medio ambiente, la desaparición de la vida sencilla, la degradación urbana, y el repliegue de la agricultura, en tanto otros conciernen problemas propios de las experiencias recientes de modernización como la exclusión social, el uso iracional de la energía, el endeudamiento externo y otros (Haubert, 1991).
En Europa del Este la evaluación negativa del proceso industrializador va asociada a la adopción de un modelo basado en la industria pesada, en la manufactura de bienes capital y de maquinarias, que no pudo amoldarse a las novedosas técnicas flexibles de producción vigente en los ochenta restando, además, importancia a la provisión de los bienes de consumo requeridos por los hogares (Bauman,1992). Este modelo de desarrollo imperó en la Unión Soviética aun después de la Segunda Guerra Mundial cuando no era ya tan indispensable, debido a que se mostraba compatible con el régimen de economía central y planificada ensayado en esa región del mundo. Los intentos por experimentar con nuevos esquemas productivos fueron tímidos y tardíos, y ello determinó que no tuvieran el éxito deseado (Hirschman,1992).
En América Latina, el desengaño con la industrialización vino por un camino opuesto. Aquí se concluyó que el fracaso del desarrollo se vinculó esencialmente con el excesivo peso de la producción de bienes de consumo, por sobre la producción de bienes de capital y con la falta de una tecnología propia. La industrialización se vio como un proceso incompleto, fragmentado y trunco, y ello produjo la convicción de que la intervención estatal era necesaria para salir del atraso. También se expresaron ( y se expresan) críticas de corte ecologista que llevaron a plantear la tesis del desarrollo sustentable, en tanto crece la convicción de que, en gran parte, el fracaso del desarrollo está relacionado con la insistencia, reiterativa en el llamado Tercer Mundo, en emprender el proceso industrializador con miras a alcanzar los mismos patrones de consumo y modos de vida que prevalecen en el mundo avanzado. Frank (1991) ha argumentado que, el ocaso de las teorías del desarrollo y la dependencia, debieron mucho también a un factor político como lo fue la subida de Pinochet al poder en Chile, y a un factor económico como lo fueron las crisis capitalistas de 1973-75 y 1979-82, que acabaron con la pretensión de formular modelos socioeconómicos desvinculados (delinked) del proceso de globalización. El vacío que dejó la partida de la teoría general del desarrollo, dice Frank, fue llenado por una visión local del desarrollo a cargo de organizaciones no gubernamentales y movimientos sociales, denominada basismo.
El desencanto con la industrialización y el desarrollo, ha generado tres respuestas fundamentales. Una llama a suprimir el concepto de subdesarrollo del lenguaje de las ciencias sociales. Lo que se propone con esto es abandonar el esquema centro/periferia con el cual se ha comprendido el desempeño económico de nuestros países, y sustituirlo con la tesis de la universalidad de las leyes económicas las cuales responden a los mismos estímulos y fuerzas, permitiendo de ese modo que los éxitos obtenidos en el hemisferio norte puedan ser replicados, en buena medida, en otras partes del mundo (Gómez, sf). Bastaría con dejar actuar al mercado dentro de un contexto de estabilidad macroeconómica, para alcanzar el crecimiento. Esta posición frente a la modernización toma mucho de la doctrina difusionista que tan importante papel jugó en la formación de la sociología norteamericana del desarrollo. Luego de cuarenta años de experimentar con caminos relativamente autónomos, se ha regresado al planteamiento según el cual para avanzar, es necesario copiar los sistemas políticos, institucionales, valorativos, fiscales, empresariales y productivos prevalecientes en el mundo avanzado. También se propone con clara vocación difusionista importar capital y tecnología extranjera como medios para asegurar el crecimiento (Liddle, 1992). La segunda, es la generación de teorías parciales o sectoriales del desarrollo que permitirían avanzar hacia niveles mayores de calidad de vida, mediante políticas mejor ajustadas a las condiciones y posibilidades reales de América Latina. La versión más radical de esta posición es que, el desarrollo no tiene otro significado que lo que puede proponerse como tal para una región o comunidad particulares (Hettne ,1990). La tercera respuesta más propia de Africa, de la India y de algunas naciones Islámicas, ha sido el rechazo radical al modelo Occidental de desarrollo para el cual se busca un modelo endógeno compatible con la cultura y tradiciones de cada país. Esta postura difiere marcadamente de la primera, pues estima que ni las ideas, ni las instituciones, ni los valores de Occidente tienen algo que ofrecer al desarrollo de lo que hasta hace poco se llamó el Tercer Mundo. Se sostiene, por el contrario, que es la asimilación de dichas instituciones a los países no Occidentales lo que ha ocasionado su ruina socioeconómica ( Wiarda,1983).
En este ensayo nos proponemos examinar los orígenes, el proceso de consolidación y de crisis de la teoría general del desarrollo. Se examinan sus bases en la sociología norteamericana del desarrollo, su cristalización relativa en el modelo desarrollista y las mutaciones que ha sufrido como consecuencia del abandono de la sustitución de importaciones, en favor de una estrategia de apertura económica. Creemos que el examen de estos procesos permite extraer elementos que apuntan hacia la necesidad de producir un pensamiento sociológico metateórico de largo alcance sobre nuestras sociedades capaz de trascender simultáneamente las limitaciones relativas al discurso sobre el subdesarrollo y al acentuado empirismo que caracteriza buena parte de las ciencias sociales latinoamericanas en la actualidad.
1. La sociología del desarrollo
La década de los años sesenta vio nacer la sociología del desarrollo. Esta rama del conocimiento se expandió con rapidez en los Estados Unidos de Norte América donde, tomando mucho del pensamiento de los clásicos, produjo un complejo cuerpo de teorías, análisis y prescripciones, las cuales consiguieron un buen nivel de aceptación en los países subdesarrollados, en especial entre sus élites dirigentes.
Las obras de Weber y Parsons, despuntan en la formación de esta sociología del desarrollo, que fue exportada a las naciones atrasadas para garantizar que los cambios internos en sus economías no afectaran mayormente los intereses de los países de alto desarrollo industrial (Adams et al., 1965). Por este motivo, dichas teorizaciones no tuvieron mucho eco entre los científicos sociales críticos de la América Latina, quienes como lo apuntara Costa Pinto (1963) sostenían que la sociología de este Continente debía independizarse teóricamente de aquella producida en Norteamérica en razón de los divergentes tipos de problemas que cada una debía abordar y los intereses que una y otra estaban llamadas a defender.
Entre los rasgos más representativos de la sociología del desarrollo, tenemos la amplia utilización que hizo de los tipos ideales weberianos, para la construcción de modelos puros de sociedades avanzadas y de sociedades atrasadas permitiendo, entonces, establecer las diferencias entre ambas. A partir de allí se diseñaron estrategias para cerrar la brecha existente, lo cual se lograría formulando etapas intermedias que realizadas en forma progresiva permitirían a las naciones pobres salir de su odioso predicamento.
Uno de los primeros modelos de etapas de desarrollo fue expuesto por el historiador económico Rostow (1960), cuyos conceptos alimentaron la corriente sociológica que conocemos como la Teoría de la Brecha (Gap Theory). La obra de Rostow ocupó un lugar muy relevante dentro del pensamiento modernizador, durante la última parte de los años cincuenta y durante los sesenta. Su modelo constaba de cinco etapas a través de las cuales pasaban todas las sociedades en su camino hacia el desarrollo. Según esta concepción, era posible identificar cualquier sociedad en cualquier periodo histórico como un tipo de aquellos presentados en el modelo, a saber:
Si algo dio unidad a la sociología norte americana del desarrollo, fue su carácter marcadamente difusionista. El concepto de difusionismo acuñado por Linton (1950) designaba el proceso según el cual el avance material y cultural sería producto del encuentro, pacífico o bélico, entre diversos pueblos. El atraso habría de vencerse mediante la difusión de valores (tradiciones, modelos económicos y fórmulas políticas), capitales, tecnologías y conocimientos, que combinados de manera eficiente promoverían el crecimiento y la riqueza.
La difusión de comportamientos favorables al progreso fue uno de los temas superlativos de la vertiente sociológica de la teoría del desarrollo. Sus obras están llenas de este dogma inquebrantable según el cual, el tradicionalismo de los países de escaso desarrollo económico, se erigía como una formidable barrera contra el desarrollo. De tal forma, los patrones familiares de América Latina, ciertos patrones migratorios de los jornaleros en los países africanos, el primitivo nivel de necesidades sentidas entre los pobladores del sudeste asiático, el ausentismo de los obreros ugandeses y el conservatismo que es fácil reconocer entre los pequeños productores y propietarios de muchas partes del llamado Tercer Mundo (incluyendo el rechazo de la innovación tecnológica), fueron presentados como elementos tendentes a perpetuar el atraso.
El hombre del subdesarrollo o hombre de la transición fue visto, además, como uno en quien confluían varios factores socioeconómicos que frenaban la aparición de un sistema de expectativas crecientes. Lerner (1958) sostuvo, por ejemplo, que éstos son individuos expuestos a experiencias migratorias muy adversas, especialmente de un medio rural a un medio urbano que, al no ofrecer las gratificaciones esperadas de vivienda e ingreso, y lanzar a los hombres a barrios favelados, producen un carácter social signado por la tristeza, el malestar general y sobre todo sistema de orientaciones dual ( entre lo tradicional y lo moderno), que puede provocar el síndrome de la anomia. Bajo esta óptica, la vida marginada en la ciudad produce la sensación de que algo falta en la vida, de que el nuevo mundo que se vive produce un vacío que se reconoce y desea llenar.
Oscar Lewis (1961) completó esta visión al apuntar, que el mencionado sentido del desarraigo, al cual enmarca dentro de su concepto de la cultura de la pobreza, no es intrínseco a ciertas razas o etnias, sino que tiene su origen en la servidumbre de los pueblos colonizados, en la destribalización, y en otros procesos que destruyen la estructura social de los pueblos. Lewis estudió la pobreza y el atraso como una cultura que se transmite generacionalmente, la cual cumple una función positiva al conferir a sus portadores recompensas sin las cuales difícilmente podrían sobrevivir. Otras de sus características son el espíritu gregario, el autoritarismo, la poca participación y muy especialmente una orientación hacia el inmediatismo y la falta de planificación para el futuro. Lewis señala que los individuos pueden ser desesperadamente pobres sin ser portadores de la cultura de la pobreza. También que el primer paso para reducir la pobreza consiste en borrar sus manifestaciones culturales, lo cual se lograría promoviendo la decidida participación de quienes sufren esta condición, en organizaciones populares de niveles local y nacional ( partidos, sindicatos, cooperativas, otras) que les otorgue un sentido de clase, de poder y de liderazgo, pertinente a la promoción de sus intereses.
En todo caso, lo que estaba planteado era la necesidad de transformar los patrones culturales del atraso para hacerlos coincidir con aquellos que las variables de Parsons ( 1951), identificaban como funcionales al progreso económico. En general se planteaba que, los valores asociados al tradicionalismo debían suprimirse para dar paso al universalismo, la especificidad de roles, y la orientación hacia al logro que, apoyadas en un nivel adecuado de ayuda económica externa, resultarían en un salto al desarrollo (Hoselitz,1960).
Heilbroner (1963) expuso a este respecto, que los sistemas tradicionales requerían para modernizarse de:
...una profunda transformación social... una metamorfosis general de los hábitos, una violenta reorientación de los valores relativos al tiempo, el status, el dinero y el trabajo; un destejer y volver a tejer la trama de la existencia cotidiana misma (Heilbroner, 1963, 66).Por su parte, Boeke (Elkan,1953 o 1956) sostuvo que, el escaso poder de irradiación de los sectores modernos en las economías atrasadas y el fracaso de la teoría económica en ellos, residía en que las técnicas modernas de explotación no pueden generalizarse cuando los valores básicos y las actitudes de las poblaciones indígenas, son incompatibles con el tipo de conducta requerida para introducir y sostener los sistemas productivos típicos de las economías avanzadas. El argumento central de quienes pensaron como Boeke fue que, para desarrollarse, las naciones debían contar con poblaciones emprendedoras, orientadas al logro y motivadas por el deseo de satisfacer necesidades ilimitadas (MacLelland, 1961).
Hoselitz (1960) señaló que era falsa la suposición de que los modelos económicos de Occidente- que fueron percibidos como teorías generales y universales del crecimiento-, funcionarían adecuadamente en todos los países. Esta posición asumía una cierta uniformidad en los patrones de conducta económica de todos los pueblos, que según Hoselitz no existía, o aparecía de manera irregular y poco frecuente. Lo que estaba en juego, en su criterio, no era modificar las relaciones entre los diversos factores que intervienen en la dinámica económica, sino modificar ciertos patrones de relación social o hasta la estructura social completa, que muchas veces atentaban contra el crecimiento. La teoría del sistema social de Parsons proveía, según Hoselitz, la herramienta conceptual que permitía acercarse a los dilemas de la acción social referida al ámbito económico. Primero, invitaba a analizar las sociedades subdesarrolladas en términos de las relaciones funcionales entre subsistemas como el económico y el cultural. Luego, ofrecía un modelo de cinco pares de patrones culturales (pattern variables) en cuyos polos podían ubicarse las características más resaltantes de las orientaciones de la acción social en diversos tipos de sociedad; en este caso, las desarrolladas y las subdesarrolladas. Según Hoselitz, en el subdesarrollo las recompensas se obtienen sobre líneas de estatus y parentesco y no como producto del sistema educativo y del logro personal . También sostiene que en el subdesarrollo, las actividades relativas a la producción son típicamente difusas en oposición a específicas. Por último menciona que la orientación colectivista asociada al subdesarrollo, no es del todo dañina pues, nada se logra si la acción social no se vierte de alguna forma ( generalmente mediante legislación y principios éticos) al plano comunal. El individualismo extremo, dice, conlleva con frecuencia a modos de apropiación de los bienes que son totalmente incompatibles con el bienestar general, como lo atestigua el caso de muchas élites asiáticas y latinoamericanas que despliegan una forma abusiva de apropiación de los bienes y del monopolio del poder que entraban más que facilitan el crecimiento económico.
El citado credo del obstáculo cultural para el desarrollo, halló muchas formas de expresión en años posteriores. En su bestseller El Mono Desnudo, Morris (1968) se refiere a los pueblos primitivos en tales términos que es fácil reconocer en ellos la forma como entendió Occidente la situación de los grupos humanos anclados en el tradicionalismo:
Los primeros antropólogos marcharon a los más apartados e inverosímiles rincones del mundo, a fin de descubrir la verdad fundamental sobre nuestra naturaleza, y se dedicaron al estudio de remotas culturas estancadas, atípicas y tan poco fructíferas que están casi extinguidas... El trabajo realizado por estos investigadores fue, desde luego, sumamente interesante, y sirvió para mostrarnos lo que puede ocurrir cuando un grupo de monos desnudos se ve metido en un callejón sin salida. Reveló hasta que punto pueden extraviarse nuestras reglas normales de comportamiento sin llegar a un completo derrumbamiento social. Pero no nos dijo nada sobre el comportamiento típico de los monos desnudos típicos. Esto solo puede lograrse estudiando las normas comunes de comportamiento seguidas por todos los miembros corrientes y no fracasados de las culturas importantes: muestras primordiales que, en su conjunto, representan la inmensa mayoría... Contra esto, el antropólogo de la vieja escuela habría argumentado que su grupos tribales, tecnológicamente simples, están más cerca del meollo del asunto que los miembros de las civilizaciones avanzadas. Yo sostengo que esto no es verdad. Los sencillos grupos tribales que viven en la actualidad no son primitivos, sino que están embrutecidos. Las verdaderas tribus primitivas hace miles de años que dejaron de existir. El mono desnudo es, esencialmente una especie exploradora, y toda sociedad que no haya avanzado ha fallado en cierto modo, se ha "extraviado". Algo ha ocurrido que le ha impedido avanzar, algo que va en contra de la tendencia natural de la especie a explorar e investigar el mundo que le rodea. Las características que los primeros antropólogos estudiaron en estas tribus pueden ser muy bien los mismos rasgos que impidieron el progreso de los grupos afectados. Por consiguiente, es peligroso emplear esta información como base de cualquier estudio general de nuestro comportamiento como especie (Morris, 1968, 16-17).
Los científicos sociales estadounidenses no necesitaron ver hacia otras naciones, para contrastar los valores afines al progreso resumidos en la doctrina moral de Franklin (Brinton,1961), con tipos ideales de tradicionalismo. Así, Kluckhohn y Leighton (1946) estudiaron la cultura de los indios Navajo y anotaron que a diferencia de la vocación por el orden, la moderación, la perseverancia , el trabajo organizado y productivo, y la actitud emprendedora que caracteriza al hombre blanco, los Navajo temen quebrantar el orden natural, al cual tienen como mucho más poderoso que las fuerzas humanas. El Navajo no construirá cauces para frenar una inundación; si el agua erosiona la tierra simplemente se moverá a un territorio vecino. Tampoco dará por terminada una tarea: siempre dejará un hoyo en la cesta; una ranura en el tejido; un rasgo faltante en el dibujo. Finalmente, el Navajo desconfía de la riqueza excesiva y se inquieta frente a situaciones novedosas a las cuales responde con fatalismo y resignación.
Puesto lo anterior en el contexto de la teoría sociológica Parsoniana: en el atraso el sistema social y el sistema de la cultura, no son adaptables al cambio económico y la modernización, por lo que hay que importar desde el exterior de los sistemas, aquellos valores propulsores de y compatibles con, el crecimiento económico (Hoselitz, 1957; Parsons, 1951; Parsons, 1974).
Berstein (1973) resume la sociología del desarrollo en cuatro axiomas fundamentales :
Las ideas de la sociología del desarrollo tuvieron distintos niveles de aceptación en América Latina. Desde los desarrollistas quienes adaptan estas teorías, hasta los dependentistas quienes plantearon que el atraso o el subdesarrollo, como vino a ser llamado éste una vez que las Naciones Unidas lo etiquetara de esa forma, se debía en realidad a una relación de cambio desigual entre el centro y la periferia, en un sistema de división internacional del trabajo.
Triunfa la tesis desarrollista, pues sus postulados son compatibles con el proceso de crecimiento industrial incipiente y permiten, además, llegar a los consensos necesarios presentando proyectos de modernización que parecían ofrecer algo para todos los sectores económicos y sociales de la región. Efectivamente, lo más importante desde el punto de vista sociológico del desarrollismo fue la capacidad que mostró para sellar pactos entre los diversos sectores sociales, y para garantizar una relativa paz social. El estudio de estos pactos y su dinámica constituye un valioso aporte del dependentismo a la sociología. El método empleado para acercarse a la estructura social y su dinámica podrían, incluso, ayudar a explicar porque hoy existen tantas dificultades para consolidar pactos o proyectos nacionales en la sociedades Latinoamericanas.
La estrategia económica central del desarrollismo fue la sustitución de importaciones. Esta sustitución permitió romper, hasta cierto punto, la dependencia en la exportación de productos primarios no elaborados a cambio de la importación de productos manufacturados. Aunque en América Latina existían núcleos industriales que gozaban de cierta protección natural, el grueso de las ramas productivas estaban vedadas, en tanto se mantuviese la clásica división internacional de la producción. En estas condiciones la única manera de promover el desarrollo de una industria propia era desplazando poco a poco las manufacturas importadas (Purroy, 1986).
Un conjunto de factores determinó el desaceleramiento del crecimiento bajo la modalidad sustitutiva. El primero de ellos fue el deterioro de los términos de intercambio que limitó la adquisición de equipos industriales y bienes intermedios en el exterior. Otro factor negativo fue la imposición de un patrón de consumo ajustado al de los países avanzados que requirió mucho capital y tecnología avanzada, lo cual frenó el proceso de acumulación. Igualmente importantes en este frustrado proceso acumulativo fueron las fugas de capitales y el predominio de empresas transnacionales poco amigas de la reinversión en muchas ramas industriales. La protección estatal que requirió la sustitución desembocó, además, en deformaciones oligopólicas y un sistema productivo poco eficiente y poco competitivo. El proceso sustitutivo muestra una tendencia a desacelerar el crecimiento hacia los años sesenta en algunos países, hacia los años setenta en otros, y culmina con la explosión de la crisis de la deuda externa, cuyo primer capítulo fue la moratoria mexicana de 1982.
Existe consenso en torno de la idea de que durante varias décadas política sustitutiva contribuyó de manera exitosa a promover el desarrollo en América Latina: dinamizó la industria y creó empleos en el sector moderno, promovió el crecimiento económico, y a su vez permitió una relativa paz social y política en el Continente. En efecto, cuando la fase de sustitución de importaciones comenzó a perder su impulso fueron cayendo, una a una, las democracias Latinoamericanas. A finales de los setenta solo quedaban cinco países regidos por gobiernos democráticos en América Latina.
Las dos próximas secciones del trabajo exploran en más detalle los pro y los contra de las políticas de industrialización hacia adentro y de las políticas de apertura que han venido a reemplazarlas. Esperamos mostrar con este balance, que las políticas económicas puestas en práctica en Latinoamérica desde los ochenta, lejos de resolver los problemas de la región, los han agravado, siendo necesario entonces formular una estrategia de modernización alternativa ajustada a la realidad del Continente.
2.El caso contra el desarrollo
El primer argumento de peso contra las estrategias diseñadas y puestas en práctica para alcanzar el desarrollo, es que ninguna nación subdesarrollada ha logrado salir de su odioso predicamento. En efecto, las políticas desarrollistas o dependentistas que se han ensayado en América Latina, en Africa y en Asia no han desembocado en países donde encontremos: a) una mayoría de la población perteneciente a la clase media, b) un sistema democrático institucional bien desarrollado y c) un sistema económico capaz de producir para satisfacer las necesidades básicas internas más un exceso para la exportación. Algunas mejoras se consiguieron en esas zonas como lo anotamos en la sección anterior, pero en general no se produjeron los resultados esperados del desarrollo (Rock,1992).
El segundo argumento que puede emplearse a los fines de enjuiciar el desarrollo es que éste no logró evitar, incluso provocó, la exclusión social de grandes sectores de la población. En efecto, desde el comienzo la aplicación de medidas destinadas a alcanzar el desarrollo, crearon una masa poblacional que quedó al margen de los procesos de modernización. La teoría de la marginalidad, fue precisamente, un intento por dar cuenta de este fenómeno, apoyándose para ello en el análisis de las contradicciones de la dinámica del crecimiento urbano vs. la dinámica tecnológica e industrial, que no alcanzaba seguirle los pasos (DESAL,1969). La informalidad es el otro gran mecanismo de marginación ( esta vez del ámbito laboral formal) que produjo la doctrina del desarrollo. En un hecho cierto que los planes modernizadores ensayados en nuestros países nunca lograron integrar sino porciones pequeñas de la fuerza de trabajo en empleos modernos y bien remunerados.
Tampoco hubo provecho sólido y duradero para los habitantes de las zonas rurales, que también quedaron al margen de la modernización y el bienestar. Es de notar que el problema agrario se ha agravado antes que resolverse. En México es bien conocida la reacción campesina ante la falta de tierras y oportunidades de participación sociopolítica, que ha dado pie al Zapatismo y otros movimientos políticos armados. En Brasil, por otra parte, el 1% de los propietarios agrarios o latifundistas posee el 44% de toda la tierra disponible en ese país. También tenemos que mientras existen 4.800.000 familias sin tierra, Brasil posee 180 millones de hectáreas ociosas. Casos como este muestran el fracaso de la reforma agraria y la democratización de la tierra, que fue la principal promesa de los políticos para con los trabajadores rurales durante el auge del dogma del desarrollo (De Souza,1996).
El tercer factor que puede citarse como índice del fracaso del desarrollismo, es la enorme deuda externa que contrajeron los países subdesarrollados para salir del atraso. La deuda de nuestros países es, sin lugar a dudas, uno de los legados más conspicuos de varias décadas de políticas de modernización; un legado que alcanza los 306.256 millones de dólares en Sudamérica para 1993. Un porcentaje muy elevado de los presupuestos nacionales deben emplearse para pagar estos compromisos (De Venanzi,1996a), frenando cualquier posibilidad de emprender nuevas inversiones que resulten necesarias. En México, por ejemplo, el servicio anual de la deuda externa es superior al presupuesto educativo global de ese país (PNUD,1991).
Mires (1995) ha señalado que ya no es posible continuar hablando del desarrollo sin anotar las adversas consecuencias que los planes destinados a alcanzarlo, dejaron en los países que formaron el llamado Tercer Mundo:
Hoy, los países llamados "subdesarrollados" han pagado todos los costos para alcanzar el desarrollo, pero no han recibido ninguno de sus beneficios. Esta no es una afirmación gratuita. Lo reconocía el propio presidente del Banco Mundial Robert McNamara. Solo esta razón bastaría para cuestionar no solo la legitimidad científica, sino también la moral de las "ciencias del desarrollo" (Mires,1995, 157).El Tercer Mundo era el mundo que había que ocupar; el territorio en disputa entre dos gigantes; el reservorio natural donde se hacían experimentos nucleares, ideológicos y tecnológicos; donde se ponían en práctica planes de desarrollo; la fuente de donde se extraían los recursos naturales; el basurero donde se depositaban las chatarras militares e industriales; el sueño revolucionario de las izquierdas y no en último término, el centro de la destrucción ecológica. ( Mires, 1995, 155).
Mires es igualmente crítico con respecto a la vía socialista para conquistar el desarrollo:
...el experimento de la vía socialista de desarrollo en la mayoría de los países en que fue aplicado y que se entendían como parte del Tercer Mundo, ha sido simplemente catastrófico, y esto, no sólo desde el punto de vista de los derechos humanos, que fueron violados sin misericordia, sino también desde una perspectiva económica y sobre todo ecológica. Las hambrunas en Etiopía y Mozambique, Camboya y Vietnam, tienen que ver en parte con el pasado colonial, pero también en parte con el experimento socialista de desarrollo. (Mires,1995, 156).3. Las limitaciones del modelo de apertura
Se ha repetido hasta el cansancio la tesis del fracaso de la sustitución de importaciones, del estado empresario e interventor, de los subsidios indiscriminados, y del desarrollo mismo. Como alternativa a este fracaso, se ha propuesto y adoptado un nuevo modelo económico que descansa sobre dos grandes estrategias que son el ajuste estructural y la apertura económica. ¿Pero cual es el balance de estas nuevas estrategias y como comparan con los logros alcanzados por el agotado dogma del desarrollo?
Sostenemos que la evaluación que puede hacerse de estos ajustes es, desde el punto de vista social, bastante negativa. Entre los daños más graves que se han generado está, el crecimiento desmedido de la pobreza y el avance de la exclusión social. A modo de ejemplo, en Venezuela la pobreza crítica alcanzó en 1995 al 76 % de los hogares, con un 47 % de pobreza extrema.
La CEPAL sostiene, que la pobreza ha crecido en todo el continente como producto de la aplicación de políticas de ajuste estructural que, no obstante, considera necesarias:
Después de casi una década de estancamiento económico y rezago social, la mayoría de los países de América Latina y el Caribe han procurado con ahínco estabilizar y reestructurar sus economías, y han logrado detener la inflación galopante, liberalizar los mercados, reducir la protección excesiva y redefinir los roles del sector público y del privado, reconociendo el papel fundamental de este último en la producción.
Tales reformas, sin embargo, han tenido su costo, y lo que es más grave aún, en la mayoría de los casos éste no se ha compartido equitativamente. El éxito de las reformas dista de estar asegurado, ( como lo demuestra, sin ir más allá, la crisis mexicana de 1994-1995) y la propia democracia puede ponerse en peligro porque muchos de los avances se ha logrado a expensas de la población más pobre ( Ramos,1995, 14).Según la Cepal el crecimiento, allí donde se ha producido, se ha logrado con mucha desigualdad: de ahí su tesis del crecimiento con equidad que comentaremos más adelante en este trabajo.
El PNUD (Kliksberg,1993; Zumbado,1993) se ha manifestado en este mismo sentido al establecer que el porcentaje de población en pobreza en los países latinoamericanos oscila entre el 35% y el 80%. Igualmente anotan que (a, el consumo por habitante cayó en la década del 80 en casi todos los países de la región; (b La pobreza afecta a sectores crecientes, incluyendo a los trabajadores industriales y (c se observa un creciente deterioro de la situación de amplios sectores de la clase media.
La pobreza afectaba en 1980 aproximadamente al 38% de los latinoamericanos. Casi 4 de cada 10 habitantes de la región estaban por debajo de la línea de la pobreza, a inicios de los 80. En la última Conferencia Regional de los países de América Latina sobre la pobreza, que se llevó a cabo en Quito,( septiembre 1990) el Proyecto regional ONU de superación de la pobreza, estimó que había en situación de pobreza 270 millones de latinoamericanos, lo que quiere decir, cerca del 62 % de la población.
Por otra parte la calidad de la pobreza se ha degradado. Entre los pobres el sector que más ha crecido es el de los pobres extremos, las familias que aunque destinaran todos sus ingresos exclusivamente a comprar alimentos, igual..., no alcanzan a comprar el mínimo de proteínas y calorías necesarias para vivir. Los pobres extremos o indigentes son ahora casi la mitad de todos los pobres ( Kliksberg,1993 ).
El PNUD plantea que deben hacerse grandes esfuerzos para que el ingreso de los pobres crezca a un ritmo mayor que el ingreso medio de las naciones subdesarrolladas. Ello se debe a que en América latina y el caribe, los ingresos y las oportunidades relativas al empleo, la educación y la salud están muy mal repartidos.
También los actuales dependentistas apuntan hacia el crecimiento de la pobreza en los países sometidos al proceso de globalización o mundialización. Sinha (1995), anota como las tendencias económicas asociadas a la apertura reducen el ingreso real de vastos sectores de la población latinoamericana, en especial bajo las condiciones adversas que impone el endeudamiento externo. Asimismo registra los problemas sociales que crean las políticas de privatización y reducción del gasto público impuestas por organismos como el banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Esto ha llevado, entre otros efectos, a un aumento en la deserción escolar y al regreso de epidemias asociadas a condiciones de pobreza extrema como el cólera.
Otras críticas colocan el énfasis en el tema del aumento de la pobreza y la creciente desigualdad que se aprecia en el nivel de vida y la condición económica entre los países desarrollados y el resto del mundo. Estas desigualdades se manifiestan también al interior de los países avanzados donde la polarización de la riqueza marcha a paso acelerado (Tortosa,1993; Mauroy,1995).
El acuerdo entre investigadores y consultores en cuanto al crecimiento de la pobreza en América Latina es unánime, y también lo es la visión causal que se tiene de dicho fenómeno. Algunas de las causas son recientes como la aplicación ortodoxa de políticas de ajustes económicos, la búsqueda del equilibrio fiscal mediante el aumento de tributos regresivos, la eliminación de ciertos subsidios y el cuestionamiento a la legitimidad del gasto social. Otras causas son recurrentes como la tradicional desigualdad en la distribución de la riqueza y el ingreso, la ineficiencia de las instituciones a cargo del área social y la falta de compromiso político con el bienestar de las mayorías. Donde surgen discrepancias es en la visión que se tiene, de la necesidad de los ajustes económicos y de la forma específica que asumen. También en el carácter de la pobreza que sería coyuntural para los defensores de la liberalización, y estructural y crónica para sus adversarios ( De Venanzi, 1996 b y c).
4. Hasta aquí se recogió
Otro aspecto que debe considerarse al evaluar las consecuencias de la puesta en práctica del modelo de apertura, es que la estructura productiva de los países deudores permanece, en lo esencial, incólume. Es decir que estos países continúan exportando materias primas, alimentos y otros productos de escaso valor agregado y contenido tecnológico. Los cambios concretos más radicales se han dado en la reestructuración del estado y la privatización, en tanto que poco se ha logrado en relación al objetivo de convertir las economías latinoamericanas en fuertes exportadoras de productos no convencionales. Dicha reestructuración consiste en una nueva orientación de la intervención estatal que se dirige hacia definiciones macroeconómicas y opciones que responden, principal aunque no exclusivamente, a los intereses de las empresas transnacionales y el sector financiero. Otros cambios notorios son la reducción del gasto social y la estrategia de reducción de funcionarios públicos. Al mismo tiempo y causado en buena parte por estas tendencias, se genera un proceso de exclusión social que amenaza la estabilidad democrática de los países Latinoamericanos.
Pero lo más grave es que, no obstante la cacareada tesis de la necesidad de la apertura, la productividad y la calidad, los países en desarrollo importan cada vez más bienes. En efecto, en los años 90, los países en desarrollo han importado más de lo que exportan a los países desarrollados. En otras palabras tienen un gran déficit comercial con dichos países, estimado para 1995 en $ 153.000 millones.
Puede argumentarse, que la apertura comercial ha sido beneficiosa para un reducido numero de empresas latinoamericanas cuya fortaleza económica y financiera o ventajas comparativas peculiares, han podido sacar provecho de ella. Aun en estos casos, la apertura resulta cuestionable pues para volverse competitivas, las empresas latinoamericanas recurren a la aplicación de técnicas de utilización intensiva e integrada de mano de obra ( círculos de calidad, calidad total y otros) que tienden a provocar desempleo, desmejoramiento en las condiciones de contratación laboral, aumento de los riesgos en seguridad industrial y debilitamiento sindical (Gutiérrez, 1989; Mertens, 1990; Vilas,1996).
La política económica del ajuste estructural busca simplemente crear las condiciones que permitan a los países deudores cumplir con sus compromisos financieros externos. El proceso también puede entenderse como uno puesto en marcha para resolver los problemas financieros y de productividad que afectan a los países desarrollados y como una respuesta frente al reto que la entrada de Japón en el panorama comercial ha significado para las economías de los países Occidentales. Por su parte, el discurso anti estado resulta muy favorable para el proceso de globalización que requiere de países democráticos con estados ( y gobiernos) débiles que no entorpezcan el proceso la expansión comercial mediante la aplicación desigual de políticas comerciales y de flujos de capital ( cuyo vehículo lo constituye los procesos de privatización).
Es por ello que dicha política, que no está destinada a resolver los problemas de fondo de los países pobres y mucho menos a promover su bienestar, traerá - como de hecho ya se observa en el caso de países como Argentina, México y Venezuela-, la necesidad de imponer ajustes continuos de diversa magnitud, los cuales seguirán deteriorando la condición socioeconómica de grandes capas de la población. Esta visión pesimista de la nueva orientación hacia el mercado y la apertura comienza es compartida, incluso, por algunos autores que ven con simpatía muchas de las políticas económicas que convergen en el proceso globalizador. Sorensen ( 1991) menciona, por ejemplo, que muchos estados en el Tercer Mundo carecen de fuerza ( política y técnica) , convicción e interés por promover el desarrollo y el crecimiento. Los dirigentes están más interesados en satisfacer sus propios intereses y los de los sectores poderosos que les apoyan, que en emprender cambios sostenidos para avanzar social y económicamente. Por otro lado, el autor señala las dificultades que tienen y seguirán teniendo muchos países pobres para insertarse de manera adecuada en una economía global que reparte funciones de manera muy desigual. El argumento central de Sorensen es que el éxito de la economía no depende solo de la adopción formal de un modelo apropiado sobre el que existiría un amplio un consenso ( modelo basado en una estrategia de apertura, de mercado, de captación de capitales extranjeros y de intervención puntual y estratégica del estado) , sino también de barreras estructurales de naturaleza política y económica bastante difíciles de vencer.
En un tono más crítico, Sinha (1995) sostiene que no existen bases económicas sólidas que justifiquen la puesta en práctica de políticas neoclásicas en los países en vías de desarrollo. Argumenta que la base sobre la que se asienta esta estrategia es preponderantemente de naturaleza ideológica, logrando exitosamente imponer modelos, que desplazan los costos de la crisis económica mundial, de los países ricos a los países pobres.
5.Las mutaciones de la teoría del desarrollo
En la actualidad son pocos los autores que examinan la situación de los países pobres, bajo lo auspicios del desarrollo. Los estudios correspondientes han perdido el alto nivel de abstracción y alcance que desplegaron cuando se postuló una teoría general del desarrollo, y adoptado, en vez, un interés por examinar los procesos de modernización y apertura en relación con la constitución y lógica accional de los grupos y movimientos involucrados y/o afectados por ellos. Actualmente, los temas predilectos de análisis en las ciencias sociales y políticas son el crecimiento económico, la democracia y la democratización, la dominación ( vista bajo la forma de exclusión social) , la relación entre la lógica estatal y las prácticas populares o sectoriales y, la determinación del imaginario y las representaciones que tienen los individuos y los grupos en relación con el presente y el futuro de la sociedad. A un nivel menor de abstracción, se aprecia un gran interés, manifestado en abundante literatura, en describir y cuantificar la población que vive en pobreza ( De Venanzi, 1996, c).
Aún así, persiste un gran esfuerzo por repensar o reformular la teoría del desarrollo, traducido en un abanico de teorías modificadas o heterodoxas del desarrollo, el cual tiene su origen tanto en el fracaso de la óptica tradicional de la modernización, como en los graves problemas sociales que viene generando la aplicación de políticas de ajuste estructural y apertura económica. En efecto, la emergencia de propuestas como la transformación productiva con equidad, la sustentabilidad o el desarrollo social se debe tanto a los pobres resultados obtenidos en la llamada década perdida, como a las dislocaciones estructurales producidas en áreas como el ahorro interno, la inserción asimétrica de América Latina en la economía internacional y la vulnerabilidad tecnológica del continente (ILPES,1992).
Algunos autores como Mires han considerado este esfuerzo con mucha ironía:
Antes de que en los países subdesarrollados hubieran sido aplicados programas de desarrollo, las catástrofes sociales y naturales eran mucho menores. El hambre por ejemplo, es consustancial a la modernidad y al desarrollo. Es por esa razón que los desarrollistas se esfuerzan por inventar ¨formas alternativas¨ de desarrollo. Ecodesarrollo; etnodesarrollo; desarrollo con rostro humano; desarrollo a escala humana, etc. Tantos son los términos compuestos del desarrollo que es imposible evitar la impresión de que, de lo que se trata es de salvar al concepto de desarrollo sea como sea. ( Mires, 1995, 159).No obstante, esta visión crítica de los esfuerzos realizados por proveer de una nueva fundamentación a la doctrina del desarrollo, merecen un análisis más detenido del que le brinda Mires, pues las ideas y propuestas contenidas en ellas son de interés para evaluar la posibilidad de adelantar una reformulación del pensamiento latinoamericano sobre su propia realidad.
5.1. Desarrollo Humano
El concepto de Desarrollo Humano, propuesto por el PNUD (1991), tiene como fundamento propulsar un desarrollo participativo y democrático, dentro del cual los individuos tengan acceso al ingreso y al empleo. También a la salud, a la educación, y a un medio ambiente limpio y seguro.
En el plano económico, el desarrollo humano propone como modelo el de los nuevos países industrializados del este asiático, cuyo crecimiento se llevó a cabo con la expansión del empleo, la iniciativa privada y los mecanismos de mercado.
En el plano social se propone optimizar el gasto público para un buen desempeño de las políticas sociales y una reasignación de los gastos específicamente sociales. Entre las políticas sociales más importantes destacan aquellas relativas al empleo óptimo de los recursos humanos e infraestructurales del sistema educativo, especialmente su componente primario.También cuenta el subsidio a alimentos básicos, el perfeccionamiento de un sistema de salud universal y gratuito, y la instalación y mejora de sistemas de distribución de agua potable y demás servicios sanitarios. Los indicadores sociales más sensibles para el desarrollo humano son la esperanza de vida, la tasa de alfabetización de adultos y la mortalidad infantil.
En el plano político, debe crearse una situación en la que los individuos puedan disfrutar de libertades humanas y políticas, y tener garantizada su participación en los procesos de toma de decisiones que afectan su calidad de vida. Se parte del principio de que las mencionadas oportunidades no pueden cristalizar si los individuos carecen de libertad "para elegir lo que quieren ser y cómo desean vivir". La democratización económica y política debe alcanzarse otorgando parcelas crecientes de poder a los grupos más débiles contrarrestando en el proceso la mayor fuerza de los grupos de poder. También se clama por la libertad de prensa y por la necesidad de invocar acuerdos comunes para proteger servicios sociales básicos como la atención médica primaria. Los derechos políticos entendidos en un sentido amplio, juegan un papel central en la propuesta doctrinaria del desarrollo humano (El Indice de Libertad Humana se compone de 40 elementos), pero tiene poco peso en los análisis concretos del PNUD.
Los recursos financieros para el desarrollo humano, provendrían de los presupuestos internos de los países, pero también de la ayuda internacional y de una respuesta favorable de los países ricos con respecto a la deuda externa de los países pobres.
Se observa que los objetivos del desarrollo humano son tan ambiciosos como aquellos propuestos en las teorías clásicas del desarrollo , y por lo tanto forman una lista de buenas intenciones cuyo cumplimiento deberá asegurarse mediante acuerdos y pactos nacionales que, a nuestro juicio, tropiezan con barreras formidables para consolidarse efectivamente bajo sistemas económicos regidos por la competencia abierta, la propensión al individualismo y la segmentación social. Estas tendencias lejos de promover la solidaridad y el entendimiento, producen excesivas dislocaciones y conflictos entre los diversos sectores sociales y dentro de ellos mismos (De Venanzi,1996c). Particularmente difícil resultará revertir la fuerza e influencia de los grupos de poder, que lejos de debilitarse han concentrado mayor riqueza dentro de un sistema que combina libertades económicas con una política tributaria de carácter regresivo. La relativa falta de análisis sobre el componente político del Desarrollo Humano, afecta las posibilidades de actuar con eficacia en los campos de la educación, la salud y el ingreso.
5.2. Desarrollo social
El desarrollo social o desarrollo centrado en la gente consiste, en lo esencial, de una fuerte reacción frente a la teoría económica del ¨goteo¨ o ¨derrame¨ (Mohan,1993). Sus adherentes, entre los cuales se cuentan algunos funcionarios de organismos multilaterales, reconocen que no existe una relación directa entre crecimiento y bienestar social y se han planteado buscar vías alternas y/o paralelas al crecimiento económico para mejorar la calidad de vida de los pobres. Este viraje obedece al hecho de que la simple transferencia de capitales hacia los países en vías de desarrollo destinados a montar grandes proyectos tecnológicos y económicos ha desembocado con frecuencia en el fortalecimiento de las capas más ricas de la población, que siempre están mejor ubicadas para sacar provecho de los planes puestos en marcha para promover el desarrollo. Aun quienes sostienen la primacía del crecimiento económico como la clave para ir hacia el desarrollo, aprecian ahora la importancia de contar con mecanismos efectivos para la redistribución de la riqueza y de un sistema político que garantice la participación democrática (Nawab,1995).
Estos inconvenientes han determinado que buena parte de los investigadores y las agencias vinculados a la promoción de desarrollo, comiencen a identificar a la gente como el punto central de sus empeños planificadores. En efecto, el desenvolvimiento adecuado de planes en áreas como la educación, la salud, la nutrición, el empleo y otras requieren de conocimientos sociológicos y antropológicos para incorporarlos a las tareas de planificación social.
Las áreas más recientes del desarrollo son relativamente desconocidas. El conocimiento de las características económicas , sociales y culturales de los pequeños agricultores, de los pueblos tribales menos aventajados o de los pobladores de asentamientos urbanos sigue siendo rudimentario en numerosos países, a pesar de los impresionantes avances realizados en la pasada década. El diseño de técnicas administrativas e institucionales apropiadas para proyectos dirigidos a estos grupos se encuentra en una fase aún más inicial, y ofrece dificultades específicas, con mayor razón aún puesto que la administración como disciplina ha sido formulada y aplicada en forma predominante en el marco de los países industrializados y en instituciones de tipo industrial en los países en desarrollo (Baum y Tolbert, 1984).
Hemos sostenido a este respecto, que la los fines de dar respuesta a estos retos ha surgido una nueva especialización que llamamos sociología de la pobreza (De Venanzi,1996b,c), la cual evidentemente proporciona información muy valiosa sobre las condiciones de vida de las grandes mayorías, aunque su marcado carácter descriptivo y economicista le impide captar el fenómeno de la pobreza como un proceso en movimiento y con ello, proponer estrategias de fondo destinadas a contrarrestarla con más efectividad.
El argumento central del desarrollo social es que hay que crear las condiciones para generar ingresos mediante el trabajo y proveer a los pobres de servicios sociales que aumenten su capacidad para responder positivamente a nuevas oportunidades (Banco Mundial,1990). Sin embargo, la práctica se ha reducido a medidas de compensación social de efecto discreto, muy inadecuadas para enfrentar una pobreza que lejos de ser coyuntural, se vuelve manifiestamente crónica. Estas políticas sociales de compensación no siempre implican la participación comunitaria ni ciudadana, con lo cual omiten un elemento central de la propuesta del desarrollo social. En Venezuela, por ejemplo, los programas que integran el Plan de Enfrentamiento a la Pobreza (PEP) no están diseñados para un alto nivel de participación. Por otro lado, en México, Bolivia y otros países latinoamericanos, se han ensayado programas donde la participación de la comunidad juega un papel más central (Graham,1992; Ward,1993).
A su vez, ha ganado terreno la tesis de que los gobiernos del Tercer mundo, simplemente no están preparados (a veces ni siquiera verdaderamente y genuinamente interesados) en promover el desarrollo. Mohan (1993) señala que las experiencias de desarrollo emprendidas por los gobiernos de los países subdesarrollados apuntan a fallas endémicas de administración, que cada vez ponen más en ¨tela de juicio el fundamento mismo del enfoque burocrático del desarrollo¨. Dice, que impulsar un desarrollo participativo no es la tarea para la cual fueron crearon las burocracias del Tercer Mundo. En estas zonas, las élites dirigentes se habrían preocupado más por mantenerse a toda costa en el poder ignorando y despreciando en el proceso, las experiencias y las perspectivas de la población que vive en pobreza.
La citada óptica introduce, como puede adivinarse, el tema de la importancia de las organizaciones no gubernamentales y su papel en la promoción del desarrollo social. La ventaja de estas organizaciones es apreciada por los organismos multilaterales y los promotores sociales mismos.
Las ONG´s tienen una singular comprensión de las instituciones locales y del entorno sociocultural y por lo tanto pueden hacer un valiosos aporte al diseño del proyecto. Suelen tener mejor acceso que la mayoría de los organismos gubernamentales y compañías consultoras comerciales a la población interesada por el proyecto, debido a su familiarización con la misma y la red de miembros, corresponsales y seguidores a nivel del distrito o de la población...Las ONG´s también suelen ser pioneras del desarrollo, mediante la realización de proyectos pilotos que pueden ser replicados después. Su trabajo es de bajos costos: están financiadas en gran parte por donativos y tienen un personal integrado por voluntarios. De cualquier manera, no son organizaciones con fines de lucro. También es frecuente que las ONG´s tengan un Know-how profesional especial que no se encuentra fácilmente en empresas comerciales (World Bank,1987). Sin embargo, la acción de las ONG´s como herramienta fundamental para el desarrollo está por ser evaluada. Dicha evaluación encuentra obstáculos formidables en virtud del papel central que juegan estas organizaciones en el discurso antiestado y en el nuevo credo de la participación ciudadana. Asimismo, la evaluación de estas organizaciones es usualmente realizada, por agencias nacionales e internacionales que defienden las mismas perspectivas e intereses lo cual les garantiza una imagen idealizada en el seno de la sociedad. Habría que establecer, ante todo, cual es el verdadero potencial de las ONG´s para promover un desarrollo social no adaptativo y de cierta proyección nacional. Lehmann (1990) señala que el papel de las ONG´s ( 80.000 en Brasil, 1.400 en Santiago de Chile) clave en el nuevo enfoque del desarrollo desde abajo, esta fuertemente influido ( y muchas financiado) desde afuera, lo cual limita los cursos de acción que éstas puedan emprender. Por su parte, Clark (1995) sostiene que existe la necesidad de establecer diferencias entre diversos tipos de ONG´s y su poder de gestión, en tanto Mohan (1993) apunta a la necesidad de estudiar la relación costo-beneficio implícita en ellas y su fuerte dependencia del financiamiento estatal.
5.3. Desarrollo sustentable
El final de los sesenta ve surgir una preocupación manifiesta por los problemas del medio ambiente; especialmente por aquellos relacionados con la destrucción de recursos naturales y el aumento de la contaminación, a cuenta del crecimiento económico. En los países avanzados se estudia la opción de frenar el crecimiento económico y con el los altos niveles de vida prevalecientes en la región, con miras a alcanzar ciertas metas ambientales. Se esperaba con ello reducir el calentamiento de la tierra y sus secuelas, contribuir con la limpieza del aire y conservar las fuentes de agua.
Así pues, el desarrollo sustentable aspira lograr un determinado nivel de crecimiento económico, tanto en los países desarrollados como en las naciones pobres, que considere las necesidades y requerimientos de bienestar de futuras generaciones. Ello implica, además, compromisos ecológicos y de preservación del medio ambiente, el respeto a las culturas autóctonas, así como estrategias racionales de endeudamiento y de control demográfico (Bartelmus,1990). El centro de la sustentabilidad radica en la definición de diversas formas de capital (humano, natural, geográfico, institucional, financiero, cultural) entre las cuales debe existir equilibrio, de modo que la tasa de uso resultante de cada una de esas formas no exceda su propia tasa de reproducción. Se argumenta que, no es necesaria una alta tasa de acumulación de la riqueza ( aunque es un factor relevante) para mejorar la calidad de vida, lo que importa es el uso que se haga de la riqueza disponible para permitirle a los ciudadanos el completo despliegue de sus potencialidades. El PNUD sostiene que los países pobres no deben imitar la pautas de producción y consumo de los países avanzados, pues tal imitación agotaría los recursos naturales necesarios para la sustentabilidad. También que los estilos de vida de los países ricos deberán cambiar apuntando a un uso racional de la energía y otros recursos y adoptar un patrón de explotación de dichos recursos que se pueda repetir. La implicación más importante de la sustentabilidad es que las pautas actuales de desarrollo, con sus grandes desigualdades sociales y su propensión al uso irracional de recursos no deben mantenerse inalteradas para generaciones futuras. El desarrollo sostenible pasa por originar una llamada ¨ética mundial¨ que tome como principio la creación de un orden internacional más equitativo, que mire de frente los requerimientos de toda la humanidad.
Es de observar que, el mayor obstáculo a la sustentabilidad en el mundo del atraso son los gobiernos mismos. Los sectores oficiales son poco amigos de emprender la defensa del medio ambiente si ello disminuye las posibilidades de instalar complejos tecnológicos que produzcan bienes y empleos. Esta posición la mantuvieron dichos sectores en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Medio Ambiente celebrada en Estocolmo en 1972, donde se sostuvo que frenar el desarrollo en aras de proteger el ambiente era una prioridad exclusiva de los países ricos.
Beckerman (1992) ha señalado, no obstante, que una óptica de desarrollo planteada en estos términos es inviable. Considera que todo proceso de desarrollo conlleva un cierto nivel de daño ambiental que puede ser revertido hasta cierto punto una vez que la creación de riqueza alcance el nivel adecuado. Argumenta que el concepto de sustentabilidad en el subdesarrollo, debe asumir un sentido diferente al que posee en los países avanzados. Desarrollo sustentable en la pobreza implica, a su juicio, emprender planes para surtir de agua potable a la población mundial ( lo cual reduciría el gran número de muertes por enfermedades gastrointestinales estimadas en unas cinco millones por año), para extender la red de sanitación y para combatir la degradación urbana.
Empero, la creación de una consciencia ambientalista resulta, a nuestro juicio, importante en virtud de que la aplicación ortodoxa del principio de las ventajas comparativas, viene causando en muchos países de América Latina daños ambientales de gran magnitud, como los implicados en la explotación petrolera a gran escala, la explotación intensiva de los bosques de las minas y de la fauna terrestre como la marina. En Venezuela, por ejemplo, las inversiones extranjeras se vienen concentrando en la explotación petrolera y minera, que representa una amenaza para la conservación del ambiente. La situación venezolana es grave puesto que no existe en el país una distribución racional de la población, los patrones de consumo no están adaptados a la capacidad de producción de la agricultura, no se defiende el ambiente de la sobreexplotación del oro, ni hay sistema para el tratamiento adecuado de los desechos oránicos y tóxicos (CESAP,1996).
5.4. Ajuste con rostro humano
Encontramos aquí el planteamiento más elaborado y discutido entre aquellos que ofrecen una nueva noción de desarrollo para América Latina. Entre los aspectos de la propuesta destaca el intento de subsumir los cambios requeridos por la estrategia de apertura y globalización, dentro de una vigorosa política pública que garantice el crecimiento con equidad. El estado asume un nuevo papel (ILPES,1992) que resultará de una revisión de su gestión para aumentar su impacto positivo sobre la eficiencia y eficacia del sistema económico. Se trata de un estado más complejo, fortalecido y eficiente, pero no necesariamente de mayor tamaño.
La tesis cuestiona la afianzada teoría sobre la necesidad de crecer primero y distribuir después asociada a Kuznets. Cepal sostiene (Ramos,1995) que este efecto de goteo suele ser muy lento y no siempre culmina en la equidad. Tampoco patrocina CEPAL la estrategia de sacrificar el crecimiento ( o parte de él) en aras de una mejor distribución de sus productos. El problema aquí es que el efecto regresivo que suele crearse alcanza tal magnitud, que no hay política social capaz de compensarlos. En todo caso, el estado debe participar activamente para dar dirección a los procesos de cambio que reorientan al aparato productivo ´hacia afuera¨.
El crecimiento con equidad exige no sólo una economía de mercado, sino también una vigorosa acción pública para aprovechar al máximo las posibilidades de complementación en pos de ambos objetivos ( Ramos, 1995,14).
El enfoque integrado de la CEPAL apunta a un crecimiento, que se alcanza mediante una estrategia de complemetariedad. Se sostiene que es posible crecer y mejorar la equidad en forma simultánea y no secuencial. En otras palabras ver la equidad no como el resultado indirecto del crecimiento, sino como una precondición para lograr un crecimiento basado en la introducción de mejoras técnicas. Para lograrlo habría que aplicar una política integrada tendente a articular en ¨la política económica tanto el objetivo de equidad como el crecimiento¨, y asegurar ¨que la política social otorgue prioridad no sólo a la equidad sino a la eficiencia¨. De acuerdo con esto, sería preferible, por ejemplo, evitar el desempleo a través de una política macroeconómica y de crecimiento, que repartir subsidios o bonos para los desempleados.
Las principales áreas de complemetariedad propuestas por la CEPAL son:
La CEPAL se muestra optimista en cuanto la posibilidad de promover el crecimiento con equidad o el desarrollo, en América Latina. La aspiración de fondo de sus funcionarios, que no siempre es explícita, consiste en copiar las estrategias que llevaron al crecimiento económico y social a algunas de los tigres asiáticos; estrategias que como lo hemos dicho antes, no son enteramente replicables en otras partes el mundo. El entusiasmo por el crecimiento con equidad resalta en la siguiente cita tomada de Ramos:
En síntesis, el crecimiento con equidad no sólo es deseable desde el punto de vista ético, sino también posible desde el punto de vista técnico. Para superar la pobreza es preciso generar buenos empleos permanentes, de productividad alta y creciente; es decir, se necesita una política que apunte a modernizar la empresa y a elevar su productividad y la de su entorno. La CEPAL considera que, para lograr estos objetivos, no bastan las medidas de liberalización y desregulación que constituyen la esencia de la propuesta tradicional, como si los mercados fuesen perfectos. Más bien aboga, de acuerdo a la tradición neoestructuralista, por instrumentos más activos que permitan superar los obstáculos críticos en los mercados claves... estando el grado de activismo condicionado por la capacidad real del estado de actuar, y de hacerlo en forma eficiente ( Ramos,1995, 24.)Las dudas en cuanto a la viabilidad del nuevo enfoque de la CEPAL conciernen, en lo esencial, a la capacidad real del estado para acometer las diversas funciones que éste le asigna. El modelo de Transformación equitativa con equidad supone un estado dotado de legitimidad y dinamismo suficiente como para adelantar las funciones de complemetariedad entre el mercado, los recursos humanos, la innovación tecnológica y otros. Al comentar este imperativo, Calderón dice:
El ciclo histórico estatal que dominó los escenarios económico, político y cultural en la gran mayoría de América Latina en este siglo se está agotando. No hay capacidad para que el estado pueda reproducir su participación en la economía, la sociedad y la política como lo hizo a lo largo de este siglo (Calderón, 1992, 144)Calderón identifica esta impotencia del estado como una de las claves explicativas de un posible panorama de caos que reinará en América Latina en un futuro cercano.
La característica fundamental el escenario de caos significa una desagregación extrema de conflictos y una descomposición de los actores políticos y sociales. Un rasgo fundamental no es el proceso de reforma del estado, sino un proceso de descomposición estatal, donde los distintos aparatos y segmentos e instituciones públicas estatales y política del estado se fraccionan y el estado no tiene capacidad de generar legitimidad ni sobre sí mismo ni sobre el conjunto de la economía o de la sociedad; el sistema de partidos e instituciones también está fraccionado, no hay comunicación entre ellos, ni entre ellos y el sistema estatal. Paralelamente hay un proceso de segmentación acelerada del conjunto de la sociedad, donde la destrucción, la violencia, la descomposición social, la dualización tiene esa característica de alto componente de la vida social y política ( Calderón, 1992, 145).
Se debe admitir que, la declinación de los modelos tradicionales de desarrollo fundamentados en el ¨goteo¨, no gozan hoy de mucha popularidad en el plano intelectual. Pero entre los administradores y funcionarios, sigue en boga la idea más establecida de que hay que crecer primero, para distribuir después. Esto es especialmente cierto entre las élites dirigentes que mantienen muchos compromisos algunos de los cuales no admiten ni el mediano ni el largo plazo. En este sentido resulta más provechoso políticamente, invertir en grandes fábricas e infraestructuras y otros proyectos altamente visibles, que invertir directamente en la población de modo que ella misma se transforme progresivamente en agente activo del desarrollo.
La revisión de las teorías modificadas del desarrollo, revela la permanencia de aspiraciones y metas presentes en Latinoamérica desde los años sesenta y setenta. Con respecto a la calidad de vida, se busca alcanzar indicadores adecuados en materia de educación, salud, nutrición, sanitación y empleo. A estas aspiraciones se unen otras como la redistribución de la riqueza, la libertad de elegir , el respeto a los derechos humanos, el establecimiento de modelos fiscales progresivos y la preservación del medio ambiente.
Tal como han sido formuladas, estas aspiraciones corren el riesgo de transformarse en un simple inventario de deseos cuya realización podría verse frustrada en razón de que no se han especificado estrategias viables para realizarlas. La deficiencia más notoria en este sentido es, la falta de una visión política de lo se requiere para conquistar estas sentidas necesidades de la población. Algunas teorías modificadas, en especial la propuesta por CEPAL, requieren para su buen funcionamiento de un estado con capacidad de tomar decisiones estratégicas y en condiciones de emplearse a fondo en complejas tareas de planificación, que en la actualidad no existe. La propuesta del desarrollo social de crear condiciones para que la gente genere ingresos mediante el trabajo productivo es una antigua meta que dice poco sobre el conjunto de dimensiones que deberán modificarse para hacer esto posible, especialmente en países donde un alto porcentaje de la población ha vivido tradicionalmente de la economía informal. Otras teorías como la del desarrollo humano y sustentable requieren para cristalizar, de la democratización económica y del poder , y aun de acuerdos mundiales que de alguna forma comprometan a los países avanzados a renunciar a ciertas ventajas y prebendas en aras del bienestar de todas las naciones. Las dificultades inherentes a esta posibilidad se aprecian con facilidad en la renuencia de los países avanzados a resolver el problema de la deuda externa de los países pobres, cuestión que de por sí sola mina las posibilidades del desarrollo sustentable.
Conclusiones
La teoría general del desarrollo se encuentra en bancarrota. También lo están sus herramientas predilectas como la planificación y la intervención convergente del estado en la sociedad. En su lugar predomina el credo liberal que ha resucitado muchos de los preceptos del difusionismo como la necesidad de adaptar y/o copiar modelos económicos, políticos y tecnológicos de los países avanzados, como única forma de promover el crecimiento.
No obstante, el modelo liberal ha demostrado su inadecuación y su fracaso, es decir; no ha desatado una dinámica capaz de producir la modernización integral, sino que simplemente ofrece la vía más directa y expedita para la obtención de préstamos internacionales por parte de los estados de los países pobres. En el mundo avanzado, estas políticas también vienen generando problemas sociopolíticos de grandes dimensiones.
La respuesta más visible a esta critica situación ha sido el surgimiento de una serie de teorías modificadas del desarrollo, que en el fondo persiguen los mismos objetivos que la teoría general, pero presentados esta vez de manera sectorial. A la larga lista de aspiraciones latinoamericanas se han sumado elementos nuevos como la defensa del medio ambiente, la participación ciudadana y la sustentabilidad, que aunados a la percepción del fracaso del desarrollismo, generan una actitud equívoca y ambigua con respecto al modelo modernizador clásico de Occidente, que ya no aparece como representación de la utopía.
La idea del desarrollo no tiene, entonces, mucho sentido en el contexto actual. Lo que está planteado es construir un sentido de modernidad propio para América Latina, cuyos fundamentos no aparecen todavía. En efecto, a pesar de los llamados a repensar nuestra cultura, nuestros principios y nuestros valores, muy comunes entre sociólogos y antropólogos, es poco lo que se ha avanzado en la tarea de definir con precisión los rasgos que debe tener un proceso de modernización autónomo ( Racelis,1993).
Sorj (1990) señala a este respecto, la necesidad que existe de proponer nuevas áreas temáticas de estudio para las ciencias sociales en América Latina. Estas áreas están contenidas en dos amplias dimensiones que son la sociohistórica y la sociopolítica.
La vertiente histórica debe, ante todo, ocuparse de estudiar que repercusiones tiene el pasado de cada nación en la consolidación de su propio proyecto de modernización. El planteamiento es que ningún país ha logrado desarrollarse copiando modelos foráneos. En un argumento similar García Canclini (1990) sostiene que la norma ha sido desconocer, incluso ignorar, el pasado y los orígenes de nuestros países y que podemos hacer con ellos. Esto habría respondido al énfasis acordado (como legado de la sociología del desarrollo), por las vanguardias intelectuales al ascenso de la modernización, para la cual las tradiciones eran simplemente un estorbo.
La vertiente sociopolítica debe, por su lado, estudiar como se manifiestan los principios de organización societal, cuando se cruzan diversos valores, culturas y tradiciones. Sorj sostiene que debemos ir más allá de la idealización de la democratización y los movimientos sociales para entender el reverso de estos procesos. Cual es, por ejemplo, el límite entre las nuevas formas de manifestación de la ciudadanía (en gran medida basadas en la inobservancia de las leyes y de los reglamentos públicos) y cuales las posibilidades de gobernabilidad. Que significación tienen conceptos como clase social, mercado, dominación, diferenciación social, racionalidad, en nuestros países. El autor llama a analizar, además, los aspectos atípicos de la modernidad y a establecer su potencial para la emergencia de un dinamismo social positivo, o para crear caos y anomia. Sorj es pesimista: estima que nuestras sociedades están minadas por formas destructivas de sociabilidad, por un individualismo ajeno a la noción de contrato social, por estructuras paralelas de poder y por la degeneración del estado y su aparato burocrático. Se pregunta como se reproduce la sociedad en estas condiciones y que tendencias se producirán como resultado a mediano y largo plazo, al tiempo que teme que el caos resultante sirva de plataforma para una naciente política ultraconservadora.
García Canclini y Mires son menos pesimistas que Sorj. El primero concluye de su análisis de la articulación entre tradición, modernidad y posmodernidad, que las formas de organización social tan peculiares que se encuentran en las ¨culturas híbridas¨ no deben verse necesariamente como manifestaciones de fragmentación o segmentación social ( apunta que los antropólogos tienen más problemas para entrar en la modernidad que los grupos sociales que estudian), sino como formas naturales de apropiación de la modernidad por las culturas autóctonas. El segundo argumenta que las manifestaciones de fragmentación son solo una idealización (en negativo) de la sociología de la modernización, cuando en realidad responden a un naciente orden dentro de un caos más aparente que real.
Un tercer esfuerzo que deben realizar las ciencias sociales en América Latina es aquel destinado a revisar y aclarar los conceptos y categorías que emplea para referirse a nuestra realidad. La corriente neoliberal, como lo hemos visto, prefiere renunciar al uso de términos como subdesarrollo, porque en su criterio desafían la universalidad de las leyes económicas. No obstante, la globalización no suprime la existencia de centros de poder que toman las decisiones cruciales e imponen las normas del juego.
Para culminar es preciso señalar, que la discusión relativa la realidad Latinoamericana y los caminos que deben seguirse para superar las indeseables condiciones socioeconómicas que sufren grandes capas de su población, se ve permeada por los términos de la reflexión que sobre modernización se adelanta hoy en los países avanzados. Existe, entonces, la necesidad de determinar hasta que punto la asimilación de los fundamentos teórico-epistemológicos del pensamiento posmoderno, constituye una ventaja para producir el necesario pensamiento de largo alcance sobre América Latina, o si por el contrario impone una barrera a la comprensión integral de problemas que serían propios y específicos de nuestra región.
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