El 50 por ciento de los habitantes de las ciudades venezolanas, alrededor de 1.200.000 familias, vive en barrios pobres urbanos... La población de los barrios podría Ilegar a 65 por ciento de la población urbana. Allí habitará más de las dos terceras partes de la fuerza de trabajo del país. En palabras sencillas, el problema es y será urbano y es ya un grave problema de Estado.
Cilento ( 1996: 151 )
El espacio liso y el espacio estriado, -el espacio nómada y el espacio sedentario,- el espacio en el que se desarrolla la máquina de guerra y el espacio instaurado por el aparato de Estado, no son de la misma naturaleza. Unas veces podemos señalar una oposición simple entre los dos tipos de espacios. Otras debemos indicar una diferencia mucho más compleja que hace, que los términos sucesivos de las oposiciones consideradas no coincidan exactamente. Otras, por último, debemos recordar que los dos espacios sólo existen de hecho gracias a las combinaciones entre ambos: el espacio liso no deja de ser traducido, trasvasado a un espacio estriado; y el espacio estriado es constantemente restituido, devuelto a un espacio liso..
Deleuze y Guattari (1994: 483, 484)
Por tanto, no sólo el mar, el desierto, la estepa y el aire, son el lugar de una confrontación entre lo liso y lo estriado, también lo es la propia tierra, según que exista una agricultura en espacio-urbe. Es más: ¿no habrá que decir lo mismo de la urbe? Contrariamente al mar, la urbe es el espacio estriado por excelencia; pero así como el mar es el espacio liso que se deja fundamentalmente estriar, la urbe sería la fuerza de estriaje que volvería a producir, a abrir por todas partes espacio liso, en la tierra y en los demás elementos -fuera de ella, pero también en ella-. Espacios lisos surgen de la ciudad que ya no son únicamente los de la organización mundial, sino los de una respuesta que combina lo liso y lo agujereado, y que se vuelve contra la ciudad: inmensos suburbios cambiantes, provisionales, de nómadas y de trogloditas, residuos de metal y de tejido, patchwork, que ya ni siquiera son afectados por los estriajes de la moneda, del trabajo o de la vivienda. Una miseria explosiva, la ciudad segrega, y que correspondería a la formula matemática de Thom: "un alisado retroactivo". ¿Fuerza condensada, potencialidad de una respuesta?
Ibid: 489, 490
1. La ciudad y el barrio de ranchos
Nuestras ciudades se hicieron -se pensaron- estriadas, más que en otras latitudes; sobre todo si las comparamos con las de los países capitalistas centrales. Las primeras ciudades de Latinoamérica nacieron con la trama del damero como guía de forma de su trazado. Fue el modelo que impuso el aparato de estado vertical del Imperio español a sus nuevas posesiones, a sus colonias. Una trama conformada por líneas verticales y horizontales sirvió de guía para ir edificando las ciudades de la Región. Sin embargo, sus habitantes devenían vecinos no ciudadanos. El crecimiento, lento a través de los años, siguió el mismo esquema, la misma dirección. La ciudad colonial siempre fue estriada, nació estriada. Cuanto más regular su entrecruzamiento, más denso fue el estriaje, más homogéneo. Los espacios lisos rodeaban la ciudad no la penetraban, eran mantenidos al margen, por principio. Eran los dos modelos de aparato de Estado: el aparato vertical del Imperio, el aparato isomorfo de la ciudad.
Desde el siglo XIX, en la época republicana, en casi todos los países de la Región latinoamericana, la ciudad se abre a otras posibilidades, siempre estriadas por supuesto. Poco a poco continuó el crecimiento de las urbes del subcontinente. Ya para mediados del siglo pasado las capas sociales ilustradas copiaron los modelos urbanos desarrollados en las metrópolis más avanzadas. De alguna forma, fueron nuevos estratos que se superpusieron a las ciudades coloniales. AI aparato isomorfo de la ciudad se le añadieron nuevas direcciones. La ciudad ya no era el simple damero, se hizo radial, en algunos casos, creció en otros sentidos y con nuevas intensidades. En esta época el devenir ciudadano se hizo lentamente.
El siglo XX, sin embargo, trae otros retos. La ciudad crece, se expande. AI lado del espacio estriado aparece uno nuevo: el liso, el espacio nómada en contraste con el espacio sedentario el instaurado por el aparato del Estado. Se hace presente el espacio liso, donde se desarrolla la máquina de guerra (Deleuze y Guattari 1994:483). El espacio liso poblado por las multiplicidades no métricas, acentradas, direccionales que cambian de naturaleza al dividirse. En fin, nace y aparece el barrio de ranchos. El habitante del barrio a pesar de estar en la ciudad no se convierte, no deviene ciudadano, deviene lo que ha dado por Ilamar marginal. Marginal, en apariencia, al proceso social, económico y cultural de la ciudad que lo recibe, que lo alberga en su seno sin saber que hacer con él.
En las concentraciones urbanas de Latinoamérica la forma principal de asentamientos residenciales corresponde a los desarrollos no controlados o 'barrios de ranchos'; es decir, a asentamientos de desarrollo progresivo -tanto en el tiempo como en el espacio-, construidos a partir de invasiones de terrenos que no pertenecen a sus residentes y sin un plan, o más específicamente sin un proyecto, que cubra los requerimientos a satisfacer por toda urbanización producida regularmente en la misma ciudad y época. Es el crecimiento de espacios lisos al lado y dentro de los espacios estriados. Es la aparición de nuevos pobladores que abandonan el campo, el medio rural, buscando mejores condiciones de vida en las ciudades. Son migrantes, más bien nuevos nómadas. Nuevos nómadas que no se mueven. "Son nómadas a fuerza de no moverse, de no migrar, de mantenerse en un espacio liso que se niegan a abandonar, y que sólo abandonan para conquistar y morir. Viaje in situ, ese es el nombre de todas las intensidades, incluso sí se desarrollan también en extensión" (ibid: 490). Son nómadas organizados en sociedades primitivas donde no existe la penuria ni mucho menos tienen necesidad del factor trabajo, ni tampoco donde se constituyen reservas. Los ciudadanos, los habitantes de la urbe, perciben a estos nómadas como una nueva y constante reproducción de la máquina de guerra. Por ello les temen, los segregan, los niegan.
Como lo señala Villanueva, "a diferencia de los slums característicos de las ciudades industriales del siglo XIX en los países desarrollados, donde las precarias condiciones de infraestructura sanitaria y la inexistencia de servicios comunales se fueron superando desde finales de ese siglo y para el siguiente, mediante leyes, regulaciones y, sobre todo, por el mejoramiento general de las condiciones socioeconómicas; los barrios del siglo XX en las ciudades de África, Asia y América Latina tienden a permanecer y a incrementarse, en condiciones subnormales de urbanización y de vida urbana" (1995: 46). Son los campamentos de los nómadas modernos: los pobres, los Ilamados marginados. Los barrios de ranchos en la Región latinoamericana son los puntos del trayecto de la población que se mueve buscando mejores condiciones de vida y maneras de superar sus condiciones socioeconómicas. Vienen de todos lados, son viajeros aun en el barrio por su manera de espacialización, por la manera de estar en el espacio, de relacionarse con el espacio.
Los esfuerzos de los aparatos de estado por afrontar esta situación han sido importantes, en algunos casos, y tímidos en otros. Se necesitaba construir más ciudad, más espacio estriado para sustituir este espacio liso. Las distintas batallas contra los barrios de ranchos han sido manifestaciones de estos esfuerzos. No obstante, el espacio liso crece cada día más. Las condiciones socioeconómicas de sus pobladores, la pobreza y la marginación son un factor importante de este constante proceso. En ciudades como Lima, México, Río de Janeiro o Caracas la situación es muy similar. No cesan de crecer las barriadas por todos lados, sin control alguno, con su aspecto de provisionalidad, de campamento nómada, de máquina de guerra. Espacio liso que se ocupa sin contar. En fin, de rizoma que se extiende sin control alguno alrededor de las ciudades o creando agujeros dentro de las ciudades de la Región. Barriadas en las cuales el Estado, la estructura arborizante, la máquina de captura, le es difícil ejercer apropiación y control. No puede hacerlo, está fuera de su control. Son Estados, en muchos casos, débiles y dependientes de un poder mayor en cuanto a su control y soberanía.
II. El barrio de ranchos venezolano
Si consideramos un caso particular, el caso venezolano, la dimensión de esta realidad se puede ilustrar de la siguiente manera: refiriéndonos de nuevo al trabajo de Villanueva (1995: 66), en el conjunto de las 128 ciudades principales del país, el promedio de la población residenciada en barrios de ranchos o desarrollos no controlados, para 1993, supera el 61 % de la población total de esas ciudades. En Caracas esta cifra es más baja, sólo el 40 % de la población habita en estas zonas. Si esta estructura de tipo de zona residencial se proyecta para toda la población urbana, equivalente al 84% de la población total, en la actualidad un poco más de la mitad de la población venezolana reside en desarrollos urbanos no controlados o barrios de ranchos. Más de 10 millones de personas en casi dos millones de viviendas, ocupando 140.000 hectáreas en el territorio nacional. Esta magnitud permite afirmar que estos espacios 'urbanos' constituyen parte sustantiva de las ciudades venezolanas y forma principal y característica de la ocupación del espacio territorial, a partir de la modernización inducida por el desarrollo petrolero del país.
Más allá de la ilusión que confía en la provisionalidad de estos asentamientos precarios, basándose en las expectativas de mejoramiento socioeconómico que permitiría a toda la población urbana acceder a algún submercado de la vivienda dentro de los esquemas de los espacios estriados, y más allá de la promoción pública de viviendas, los barrios de ranchos se han mantenido a lo largo del proceso de crecimiento de las ciudades venezolanas. Han sido la manera particular de hacer ciudad. Una ciudad de la periferia del capitalismo. Ciudad que en sus mismos espacios estriados no se ha sabido cómo construirla, con tramas incompletas y servicios en extremo defectuosos. Sin embargo, nuestro interés particular en este ensayo es el barrio de ranchos.
En este sentido, la acción directa del Estado sobre los barrios de ranchos ha tenido que ser, hasta ahora, de tolerancia, incluyendo la dotación poco estructurada de infraestructuras y servicios, de materiales de construcción y de créditos individuales a lo largo de los años, además de tímidas políticas de consolidación; es decir, de estriaje. AI Estado venezolano le ha sido difícil reconstruir espacios estriados a partir de los espacios lisos generados por los barrios de ranchos en las ciudades del país. No ha sabido cómo hacerlo. En muchas ocasiones se ha negado esta realidad, a tal punto de no considerar estas zonas -en muchos casos muy grandes como en Maracaibo- como parte de la estructura urbana.
Basta sólo mencionar que hasta hace pocos años, las oficinas municipales de planeamiento urbano no representaban las áreas de los barrios de ranchos en los planos oficiales. Las áreas de barrios eran tratadas como los espacios de seguridad: una mancha blanca en el plano. Es curioso, así se representan también los espacios que ocupa otra máquina de guerra: las fuerzas armadas. Esfuerzos de los pobladores de los barrios por hacer notar su existencia, así como el trabaja de opinión generado por algunos investigadores, entre ellos Bolívar (1995), Villanueva y Baldó (1994 y 1995), Bolívar y Baldó (1996), por el reconocimiento de estas zonas en las ciudades venezolanas, han intentado que la situación algo cambie en el mundo oficial. Ahora se empieza a pensar más en serio en cómo integrar el barrio de ranchos a la estructura urbana, por lo menos en el discurso, muy poco en la práctica. Se intentan desarrollar planes, estudios y prácticas de demostración de lo viable de una acción integradora (cf. Martín y Virtuoso 1994).
Sin embargo, como han señalado algunos autores, entre ellos Villanueva (1995), una de las causas de este fenómeno es que lo urbano en nuestros países, en el concepto contemporáneo del término, se impuso como modelo exógeno creando zonas de influencia capaces de asegurar su mantenimiento. Lo urbano no provino de la especialización espacial del desarrollo circundante, como sucedió con las ciudades de los países capitalistas centrales. El Estado moderno venezolano no nació, por tanto, como consecuencia del desarrollo capitalista propio de la Nación, sino más bien como la importación de un modelo de otras latitudes. Una modernización al revés.
III. Y el barrio de ranchos, ¿cómo es?
Pero, a fin de cuentas ¿cómo es el barrio de ranchos? ¿por qué decimos que es un espacio liso en lugar de un espacio estriado? Lo primero que salta a la vista de un observador de estas zonas es la ausencia total de homogeneidad. Una mirada de un barrio de ranchos nos da la idea de un collage irregular, de un patchwork. Como señalan, Deleuze y Guattari, la homogeneidad no es la característica fundamental del espacio liso, sino, por el contrario el resultado final del espacio estriado, o la forma límite de un espacio estriado por todas partes, en todas las direcciones (Deleuze y Guattari 1994: 496). En una primera aproximación, se puede afirmar que estas áreas son espacios lisos. El barrio de ranchos al no ser en absoluto homogéneo es un espacio amorfo, informal. Como hace todo nómada, el habitante del barrio ajusta su casa al espacio de afuera, al espacio liso abierto. En el espacio que su cuerpo se mueve. El barrio se va tejiendo como el ganchillo: trazando un espacio abierto en todas las direcciones, prolongable en todos los sentidos. Produce en la ciudad, al lado del, o en el espacio estriado, parches sin forma ni sentido alguno. Una vista aérea de estas zonas confirmaría esta apreciación.
AI barrio de ranchos se le puede aplicar, también, la siguiente consideración de los autores citados, cuando ellos se refieren al modelo marítimo dicen: "el espacio liso está ocupado por acontecimientos o necesidades, mucho más que por cosas formadas o percibidas. Es un espacio de afectos más que de propiedades. Es una percepción háptica más bien que óptica. Mientras que en el estriado las formas organizan una materia, en el liso los materiales señalan fuerzas o le sirven de síntomas. Es un espacio intensivo más que extensivo, de distancias y no de medidas. Spatíum intenso en lugar de Extensio. Cuerpo sin órganos en lugar de organismo y de organización" (lbid: 487). En efecto, lo que acontece en el barrio de ranchos no tiene, en principio, formalidad alguna. Excelentes descripciones han sido hechas sobre la dimensión cultural del barrio de rancho en la región latinoamericana, entre otros ver el trabajo de Pedrazzini y Sánchez (1992) o los trabajos compilados por Bolívar y Baldó (1996), en ocasión del primer Encuentro Internacional por la Rehabilitación de los Barrios del Tercer Mundo, celebrado en Caracas en 1992.
Se habita, entonces, un espacio con intensidad y lo que allí sucede no tiene nada que ver -o muy poco, en el mejor de los casos- con lo que sucede en el espacio estriado cercano, con la trama o estructura urbana. No hay ley ni orden establecido por autoridad alguna, por lo menos del formal. Lo dimensional no se ha instaurado, prevalece lo direccional. El espacio de cada quien es el necesario para la subsistencia. El barrio de ranchos se ha ido construyendo sin un plan. Su espacio es el espacio que se distribuye en un espacio abierto, no delimitado, no fraccionado, según Ias frecuencia y la Iongitud de los trayectos de ocupación. Se habita transitoriamente, a pesar de que esta provisionalidad pueda durar toda la vida y al final de ella no se pueda ni salir del barrio por incapacidad de realizar el esfuerzo o simplemente porque no se tendría la posibilidad de regresar.
Desde el barrio de ranchos la ciudad se percibe como el espacio del orden, donde existe la ley, donde se trabaja. Se percibe como un espacio extraño al propio barrio, tanto en lo físico como en lo espiritual. Lo que se ha dado por Ilamar la cultura del barrio a veces dialoga con la ciudad, pero otras veces la confronta o en el mayor de los casos se mimetiza y se confunde con el clima cultural urbano. Es difícil Ilamar a estos espacios de los barrios de ranchos ciudad. Es una manera distinta de habitar la ciudad. No responden a ninguna de las definiciones conocidas por las ciencias de lo urbano. Pero en el fondo es una manera de hacer ciudad dentro del capitalismo territorializado en los países periféricos.
Pero a fin de cuentas, lo que se desprende es que el Estado no está presente en el barrio, no lo penetra. No lo puede hacer mientras no imponga su orden, su trama, su ley , en fin su espacio estriado. Hasta ahora la ciudad Ilega apenas al borde. A veces la ciudad rodea al barrio, pero casi siempre es lo contrario, es el barrio que rodea la ciudad. La acción del Estado es externa, más bien periférica. Sus acciones son erráticas no sabe muchas veces que hacer con estas zonas. Por ahora sólo han sido inventariados -para el caso del Área Metropolitana de Caracas, cf. Viilanueva y Baldó, 1995.
En el pasado, por ejemplo, se hizo la guerra al rancho y se erradicaron amplias zonas para sustituirlas por ciudad. AI cabo de un tiempo, no obstante, volvieron a aparecer los barrios de ranchos con más intensidad y, por sus dimensiones actuales, con muy pocas posibilidades de ser erradicados. Ahora son tantos los barrios que el Estado se ha visto forzado a reconocer su existencia y a comenzar a pensar en una política diferente para ellos. En el ínterin, en el mejor de los casos, se limitó a maquillarlos o a ignorarlos, como ya señalamos. Pero ahora este reconocimiento no puede ser fácil. Son muchas las condiciones que necesitan ser Ilenadas para cumplir con la transformación de estos espacios lisos en espacios estriados. De hecho es un esfuerzo de muy largo plazo y aliento, si es que se decide emprender en algún momento.
IV.- La habilitación del barrio de rancho: ¿sueño o realidad?
La habilitación de los barrios de ranchos pasaría por su incorporación a la trama urbana existente. Sería necesario, por lo tanto, acceder a ellos con vías que prolonguen la trama de la ciudad dentro del barrio. Se necesitaría, además, regularizar la tenencia y la propiedad de la tierra que ocupan. Ya algunos autores se han ocupado de las implicaciones, significado y dimensiones económicas y sociales de este aspecto, entre otros Pérez Perdomo y Nikken (1979) y Hernández, T. et al. (1989). Como ellos señalan ahí hay una situación compleja que se debería resolver. Pero ello en absoluto es fácil.
Por otro lado, los gastos que han hecho los habitantes de los barrios de ranchos deberían de alguna manera ser reconocidos. No hacerlo sería percibido como una estafa: de alguna manera se estimuló su aparición porque convenía a quien dirigía el aparato del Estado. Durante largos años los constructores de barrios de ranchos, sus habitantes, gastaron sus dineros en sus viviendas, estimulados por la posibilidad de alcanzar un mejor nivel de vida. Por supuesto, reconocer estos gastos tiene un costo y alguien tiene que pagarlo. Se necesitaría, además, reubicar aquellos pobladores que por razones geológicas o de otro tipo deban salir de las zonas que ocupan. Esto implicaría construir viviendas de sustitución para ubicarlos en el mismo sitio. Habría que construir, también, redes de servicios conectadas a las ya existentes en las ciudades. Se necesitaría Ilevar agua potable a cada casa, también la electricidad, el teléfono, el gas, las cloacas. Todo ello sería, entre otras condiciones, lo que habría que hacer para convertir estos espacios lisos en espacios estriados; es decir, en ciudad formal, estriada.
Sin embargo, volvamos a citar de nuevo a Deleuze y Guattari: "el espacio liso siempre dispone de una potencia de desterritorialización superior al estriado" (ibid: 488); es decir, se debería tomar en cuenta que existen dos movimientos no simétricos, uno que estría lo liso, otro que vuelve a producir lo liso a partir de lo estriado. En este sentido, el esfuerzo de convertir al barrio de rancho en ciudad no es sino la expresión de una preocupación y de un temor frente a la máquina de guerra del nómada que nos rodea.
Durante años el Estado ha ignorado este espacio liso que rodea y permea las ciudades. Como dijimos, cuando el aparato de Estado se ha ocupado del barrio de ranchos o lo destruye para hacer ciudad -espacio estriado-, o lo maquilla para aparentar que lo quiere asimilar. Los movimientos de opinión tanto de pobladores de estos espacios como de aquellos estudiosos de este tema han propugnado nuevos enfoques, por supuesto todos desde la misma óptica del aparato de Estado. Los más atrevidos -los que Ilamaremos los técnicos Villanueva y Baldó como sus representantes- insisten en estriar el barrio como lo hemos descrito. Quieren hacerlo parte de la ciudad, de cierta manera reconocerlos para transformarlos en parte de la estructura urbana. Y, aparentemente según ellos, ello es posible y viable. Por su lado, los investigadores más tradicionales -Bolívar, entre los más representativos- pugnan por el reconocimiento y por la valoración de la vida de estos nómadas modernos. Esta posición defiende los valores que allí se han generado y a través de su estudio y difusión postulan una transformación e integración paulatina a la trama urbana y que a la larga sus pobladores serán aceptados por los ciudadanos, por los habitantes de la ciudad. Devendrán ellos también ciudadanos.
Ambas posiciones, junto con la de la guerra al rancho, son expresión de la misma preocupación y voluntad. Todas tienen una debilidad en común: insisten que se puede hacer ciudad al margen de los procesos de producción y de acumulación de riqueza de las sociedades que los albergan. Piensan y postulan que al integrar el barrio a la ciudad se resuelven los problemas que les dieron origen. En fin, no se dan cuenta que los barrios de ranchos son campamentos de nómadas que existen de esa forma porque son generados por las relaciones sociales existentes las cuales segregan a aquellos habitantes que no contribuyen al 'progreso' social establecido como valor.
V.- Reflexión final
En el supuesto de que desaparecieran estas formas 'urbanas' -los barrios de ranchos- siempre tendríamos a los nómadas modernos -los pobres- frente a nuestras puertas, construyendo y habitando a su manera nuevos espacios lisos, con multiplicidades no métricas remitiendo a una geometría menor, puramente operatoria y cualitativa. Y como señalan Deleuze y Guattarí, esa ciencia menor no cesaría de enriquecer a la ciencia mayor, comunicándole su intuición. Como ejercicio de imaginación, no dejaría de ser sino un sueño el que desaparecieran los nómadas en nuestras ciudades. El espacio liso necesita del espacio estriado y viceversa. Las líneas de fugas que ahí se generan pueden permitir nuevos e importantes cambios o, en el peor de los casos conducir al caos. Pero recordemos los planteamientos de Kuhn (1983) sobre las estructuras científicas: los cambios de paradigmas no vienen sino de la periferia. Quizás del barrio de ranchos pueda nacer un concepto distinto de ocupación del espacio urbano, del espacio estriado.
Para finalizar estas líneas, terminaremos citando de nuevo a Deleuze y Guattari: "incluso la ciudad más estriada segrega espacios lisos: habitar la ciudad en nómada, o en troglodita. A veces bastan movimientos, de velocidad o de lentitud, para rehacer un espacio liso. Evidentemente, los espacios lisos no son liberadores de por sí. Pero en ellos la lucha cambia, se desplaza, y la vida reconstruye sus desafíos, afronta nuevos obstáculos, inventa nuevos aspectos, modifica los adversarios. Nunca hay que pensar que para salvarnos basta con un espacio liso" (1994: 506).
Estas líneas reflejan, entonces, de manera parcial, un punto de vista diferente sobre el barrio de ranchos en nuestras ciudades. No propugnamos ningún tratamiento especial de esta realidad espacial. Pero lo que sí no estamos dispuestos es a tomar el tema a la ligera y como una preocupación a la moda de una disciplina que como a la arquitectura se le reduce más el espacio de pertinencia social y ve en esta área, la de los barrios de ranchos, una manera de vitalizar lo que está ya acabado. Ni los barrios de ranchos necesitan proyectos, tampoco necesitan ser deificados, ni mucho menos necesitan ser destruidos.
Si los pobres viven en Ja ciudad se convertirán irremediablemente en sedentarios o se mantendrán marginados. No pueden seguir siendo nómadas. A la larga terminan aceptando al Estado y a su sede, la ciudad. No hay otra manera, no se conoce, lo demás son sueños. Los nómadas modernos tal vez cambiarán, como en el pasado lo hicieron otros, la faz de nuestras sociedades, pero entre los problemas que nos ocupan no deberían estar precisamente el efecto de la pobreza, sino más bien la .búsqueda y corrección de sus causas.
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