En el largo proceso de mundialización hay un elemento que es necesario recalcar: desde el punto de vista cultural siempre ha estado presente la doble dimensión del universalismo y el particularismo, aunque en dosis cambiantes a medida que cambiaban las coyunturas. El universalismo ha tenido la función de legitimar la unidad del sistema mundial mientras que el particularismo tiene que ver con la organización de la fuerza de trabajo y la estructuración del sistema mismo.
"Las ideologías", decía recientemente Rodrigo Borja (1997), "están tan vivas como siempre en la gobernación de los pueblos. Han muerto -o deben morir- los dogmas políticos, los fundamentalismos y las verdades paradigmáticas con pretensiones de eternidad. Pero las ideologías están vivas y son las diversas maneras de entender la libertad, la justicia, los alcances de la democracia, la forma de organización estatal, las relaciones entre la libertad y la autoridad y todos los demás elementos de la vida social".
Estas ideologías u opciones políticas, representadas o no en los diferentes parlamentos, tienen, sin duda alguna, raíces locales en el ámbito del Estado en el que se presentan y no pueden entenderse sin hacer referencia a la sociedad civil de la que nacen o sobre la que pretenden incidir. Las variadas correlaciones de fuerzas entre esos actores ideológicos, políticos y sociales tienen efectos distintos en campos heterogéneos que van desde los derechos humanos y económicos a las políticas sociales. Las más de las veces, esos efectos quedan circunscritos al ámbito local de Estado en cuestión, como locales eran sus causas. Otras veces, en cambio, las transformaciones producidas en una sociedad acaban afectando a muchas otras o incluso a la totalidad de las mismas, es decir, al sistema mundial.
Un ejemplo, a estas alturas ya tópico, fue la caída del muro de Berlín o, si se prefiere, el colapso del Partido Comunista de la Unión Soviética y ulterior colapso y desmembración de la misma URSS. De complejos y dispares orígenes, es innegable que los hechos acaecidos entre 1989 y 1991 produjeron un cambio igualmente innegable en el sistema mundial. Para lo que aquí nos ocupa, está claro que la simbólica caída del muro causó, en un primer momento, una evidente perplejidad en la izquierda mundial. Fue el momento de "El fin de la historia": siguiendo los pasos de Hegel y su visión de la Historia como confrontación de ideas, el fin del comunismo suponía el triunfo innegable del liberalismo y, con él, el fin de toda confrontación importante, es decir, de la Historia misma.
Con independencia de que hoy todavía más de una quinta parte de la humanidad vive en un país con régimen comunista (y si se dice que la China continental no es comunista piénsese que tal vez eso es dar la razón a los comunistas que explican el fracaso de la URSS precisamente porque no era comunista) y, por tanto, prescindiendo de que la base empírica de aquel "fin de la historia" dejaba mucho que desear, el hecho es que parece observarse, en la actualidad, una perplejidad parecida en la derecha una vez producida la retirada de los que fueron paladines del neoliberalismo, Reagan y Thatcher.
Ambas perplejidades, la de la derecha y la de la izquierda, tienen, en mi opinión, una raíz común que, a su vez, también lo es del colapso de la URSS. Me refiero al proceso de globalización del que hablaré de inmediato. Esta nueva perplejidad puede ser fácilmente ejemplificada por Ethan B. Kapstein, director de estudios del Consejo de Relaciones Exteriores de Nueva York, centro del que Winston Lord, que fue su presidente, dijo en 1978 que "gobernaba secretamente al mundo", pero que, en cualquier caso, es un centro nada desdeñable para conocer las posiciones oficiosas de la administración estadounidense en particular a través de la revista Foreign Affairs. Otro buen ejemplo es el de George Soros, conocido financiero húngaro-estadounidense, el hombre que con más éxito ha explotado las oportunidades ofrecidas por los mercados financieros contemporáneos, que fue capaz de sacar a la libra esterlina del sistema monetario europeo y que hoy dirige la Fundación Sociedad Abierta que dedicó en sus diez primeros años a luchar contra el comunismo de la Europa del Este y hoy emplea para avisar de la amenaza del neoliberalismo a la estabilidad mundial. Los ejemplos podrían seguir y se podría citar al "killer capitalism" (capitalismo asesino) con que abría la revista Newsweek el año pasado o a William Pfaff, columnista estadounidense, que en diversos medios ha hablado de las tendencias totalitarias del capitalismo salvaje.
En este contexto, los intentos de establecer el "choque de las civilizaciones" por parte de Huntington que, por cierto, sitúa a América Latina y a España en "civilizaciones" diferentes, distintas y distantes, adquieren todo su significado profundo: se trataría, según esta interpretación, de una tentativa de superar las perplejidades, recomponer la "misión" de los Estados Unidos, dar sentido a esta segunda hegemonía y, en general, legitimar las relaciones de poder en el conjunto del sistema mundial (Ver Huntington, 1997). En esa línea se sitúan los diferentes "culturalismos" unidimensionales y exclusivistas hoy un tanto de moda (Amin, 1996; Tortosa, 1997a) aunque también algunas "promociones" de la democracia como sustituto del crecimiento económico y de la satisfacción de las necesidades básicas de los más desfavorecidos (Ver Londregan, 1996; Sunkel, 1996; Taylor, 1997) sobre todo ahora, cuando ya algunos reconocen que la democracia ya no implica mayor equidad sino más privatizaciones, desmantelamiento y desigualdad (Ramonet, 1997).
Las perplejidades de Kapstein son evidentes (Kapstein, 1996). "La economía global", nos dice "está dejando como secuela millones de trabajadores descontentos. El cambio tecnológico y el aumento de la competencia internacional alteran los mercados de trabajo en los principales países industrializados. Al mismo tiempo, hay presiones que limitan la capacidad de los gobiernos para responder con nuevos gastos. Precisamente cuando los trabajadores más necesitan de la protección del Estado frente a la economía mundial, él los abandona". Y añade: "El fracaso del capitalismo global moderno en el reparto de la riqueza plantea un problema no sólo a los políticos, sino también a la 'ciencia' económica" y, para los que piensan que la globalización es algo tan 'natural' como el objeto de la 'ciencia' económica, advierte que "la integración económica internacional no es un hecho incontrolable, sino que se ha intensificado como resultado de una serie de decisiones políticas tomadas por las principales potencias industriales en los últimos 45 años. Es hora de reconocer que esas decisiones, aunque hayan beneficiado la economía mundial en su conjunto, han comenzado a tener consecuencias negativas". En esto, Kapstein se acerca a las posiciones de Reich, que fuera Secretario de Trabajo en los Estados Unidos: en algunos contextos, el trabajo ya no es una forma de huir de la pobreza. Desde los Estados Unidos a Rusia, se puede tener trabajo y, sin embargo, seguir siendo pobre.
George Soros, por su parte (Soros, 1997), amén de discutir el carácter 'científico' que puedan tener las Ciencias Económicas y contraponerlo al carácter ideológico que adquieren cuando se usan para legitimar lo que el llama el "capitalismo del laissez faire", presenta a este último como el gran enemigo actual de la sociedad abierta popperiana, en particular en la medida en que amenaza a la estabilidad económica, la justicia social y la paz en las relaciones internacionales.
Quiero con todo esto decir que la opción opuesta a la indicada al principio también puede tener sentido. A saber: no solo es legítimo preguntarse por las raíces locales (estatales) de las políticas sociales y, por tanto, plantearse un balance del nivel logrado a dicha escala en el terreno de los derechos económicos y sociales y su eventual impacto sobre el sistema mundial sino que, a veces, puede resultar interesante plantearse el problema en la dirección opuesta. Se trataría, en efecto, de ver hasta qué punto hay factores individuales a escala mundial que pueden afectar a las políticas de los diferentes gobiernos y a los planteamientos observables en las diversas sociedades civiles locales sin por ello restar responsabilidad a las élites locales. Me refiero, una vez más, al asunto de la globalización o mundialización.
GLOBALIZACION Y MUNDIALIZACION
Conviene recordar, antes que nada, que la palabra globalización o mundialización cubre por lo menos dos realidades diferentes aunque relacionadas (Tortosa, 1992; Waters, 1995; Tortosa 1996b). Por un lado, cuando se usa una de esas palabras se suele estar haciendo referencia al hecho de que el sistema que se origina en la Europa del "largo" siglo XVI ha seguido su imparable marcha de expansión e inclusión de nuevas zonas hasta ocupar en la actualidad el mundo entero sin que sea fácil encontrar sociedades totalmente al margen del mismo: de una forma u otra, todos los grupos humanos participan de los efectos económicos, culturales, políticos y hasta militares de la extensión de un sistema que hoy ya se puede llamar realmente mundial (Tortosa, 1997b).
En este largo proceso de mundialización, hay un elemento que me interesa recalcar: desde el punto de vista cultural siempre ha estado presente la doble dimensión del universalismo y el particularismo, aunque en dosis cambiantes a medida que cambiaban las coyunturas. El universalismo ha tenido la función de legitimar la unidad del sistema mundial mientras que el particularismo tiene que ver con la organización de la fuerza de trabajo y la estructuración del sistema mismo (Wallerstein, 1989, 1995 y 1997).
Hay, por otro lado, un significado más restringido de la palabra globalización cuando se la utiliza para designar la emergencia de un sector financiero que transciende las fronteras estatales y que no tiene institución política que lo contenga (Miller, 1995). Se trata de ese flujo monetario de inversión directa, inversión en Bolsa, divisas, bonos que se ha acelerado en los últimos años y que llega a cifras de movimiento diario superiores al billón de dólares con una relación decreciente entre el volumen total diario y las reservas de los bancos centrales y que, según algunos cálculos, guarda una relación de 50 a 1 con respecto a la economía real, lo que ha motivado las frecuentes denuncias de "burbuja especulativa" por parte de alguien tan poco sospechoso como Alan Greenspan, de la Reserva Federal de los Estados Unidos.
Aunque ambos sentidos guardan entre si una innegable relación, podemos distinguirlos a efectos del presente trabajo y llamar mundialización a la expansión del sistema hasta ocupar todo el mundo y globalización al aumento en cantidad e importancia de la economía financiera. Ambas realidades tienen efectos diferentes sobre el funcionamiento de los Estados (Tortosa, 1996c) acentuando la necesidad de autoafirmación y, al mismo tiempo, disminuyendo las posibilidades de actuación sobre el conjunto e incluso mermando la soberanía misma. Pero, para lo que aquí nos interesa, estos procesos, el de mundialización y el de globalización, tienen una característica que los diferencia de forma sustancial. Por su parte, la mundialización (la expansión del sistema) ha sido constante aunque se haya acelerado en momentos en que eran necesarios nuevos mercados (proveedores, compradores, productores) para solucionar las crisis cíclicas que han aquejado a ese sistema desde sus comienzos (Amin, 1997). Pero, por otra, la globalización, la emergencia y preponderancia de los mercados financieros, es un proceso discontinuo: a escala mundial, y con todas las excepciones que se quieran, globalización y librecambismo suceden (y preceden) de forma cíclica a períodos localistas y proteccionistas (Helleiner, 1994).
Si la pregunta es sobre el poder, la cuestión sobre la hegemonía en el sistema mundial aparece reflejada de forma diferente desde ambas perspectivas. Desde el punto de vista de la mundialización, la hegemonía discutida (la capacidad de imponer los propios intereses al resto de países con un mínimo de uso de la fuerza) suele ocupar tiempos relativamente reducidos, siendo la norma la rivalidad entre superpotencias, y las sucesivas "guerras mundiales" el instrumento habitual de intentar resolverlas. Portugal (o tal vez España) inauguraron la lista de potencias hegemónicas, seguidas por la Provincias Unidas (Holanda), Inglaterra y hoy los Estados Unidos. Si se acepta esta perspectiva, parece que nos encontramos en un momento de decadencia de la hegemonía de los Estados Unidos y un incremento de las rivalidades entre superpotencias hoy arropadas por bloques comerciales que siguen el modelo iniciado por la Unión Europea. Volveré a ese asunto y, sobre todo, a la posibilidad (y, en mi opinión, más que posibilidad) de recuperación de le hegemonía por parte de los Estados Unidos. De momento, baste recordar que el proceso de mundialización lleva a sucesivas hegemonías en el seno del sistema mundial.
Desde el punto de vista de la globalización, en cambio (y la cita inicial de Kapstein ya lo reconocía), ésta es efecto de las actuaciones de los países centrales: ni es un hecho "natural", ni es ajeno a los intereses de las grandes potencias que, en determinadas coyunturas del ciclo económico (en particular en las fases descendentes o fases B de los llamados ciclos Kondratiev), utilizan la globalización en general y la globalización de los mercados financieros en particular para mejorar sus posiciones en la jerarquía mundial y obtener mayores beneficios del sistema (Helleiner, 1994). Si esto fuera así, globalización, en el sentido que aquí le estoy dando, sería algo semejante a lo que, en el pasado, se llamó "imperialismo" y basta recordar algunos pasajes del Manifiesto Comunista de Marx y Engels para ver que, efectivamente, la globalización ha sido un fenómeno recurrente.
LAS IDEOLOGIAS
No pretendo reducir la heterogeneidad de propuestas políticas a las dos etiquetas que dan título a mi artículo, a saber, neoliberalismo y socialdemocracia. Ya desde sus comienzos, las clasificaciones y agrupaciones de ideologías han sido harto problemáticas y lo que unos incluían, otros se encargaban de rechazar y excluir. Pero voy a centrarme en esas dos visiones políticas en la medida en que tienen, construidas idealmente, efectos previsibles bien diferentes en las políticas sociales y, en concreto, en la inclusión o no de determinados derechos económicos en la agenda política y, probablemente, en su satisfacción efectiva (Ver Phelan y otros, 1996).
Comencemos por la palabra liberal. Con ella se denota a una de las tres ideologías que aparecen en Europa con el sistema capitalista. El liberalismo, junto al conservadurismo y al socialismo, intenta responder a la novedad del cambio y proponer un programa frente a él (Wallerstein, 1995 y 1997). En su caso, se trata de "liberar" a las fuerzas productivas de las relaciones de producción que las encorsetan e impiden el crecimiento y la acumulación de capital. Los liberales, a diferencia de los conservadores, están por el cambio y así lo reconocen Marx y Engels en el "Manifiesto" cuando ensalzan el carácter revolucionario de la burguesía. Como las otras dos ideologías, el liberalismo es inicialmente antiestatal. Sin embargo, la evolución de las fuerzas por ellos mismos liberadas va a producir cambios importantes en todas las ideologías. De hecho, y tras el trauma de la II Guerra Mundial, todas acaban volviéndose estatalistas en Europa y, en el caso de los liberales, dando paso al Estado de Bienestar, es decir, al post-liberalismo (Castel, 1995) puesto en práctica, precisamente, por liberales aunque fuera invención socialista/socialdemócrata. Finalmente, con el advenimiento de la globalización y la crisis económica (fase B de un ciclo Kondratiev) el post-liberalismo deja paso, a su vez, al neoliberalismo (Amin, 1997), o, si se prefiere, al "malestar del Estado" (Tortosa, 1996 d).
El neoliberalismo se presenta, antes que nada, como una política asociada con los nombres de Reagan y Thatcher. Desde la perspectiva de los países ricos, el neoliberalismo también ha recibido el nombre de "pensamiento único", indicando con ello los principios que guían determinadas prácticas de los gobiernos y que se dan como incontrovertibles, de ahí lo de "único". Los que usaron el vocablo por primera vez dicen que el "pensamiento único" tiene como axioma básico el de la primacía de lo económico sobre lo político. Así, los Bancos centrales no deben estar a merced de la política, sino que deben tomar sus decisiones con total independencia del poder político. Lo que es lo mismo, los Bancos centrales deben estar al margen del control democrático: todo el poder para los economistas no elegidos. El resto es igualmente conocido: menos Estado, más mercado; el mercado corrige las disfunciones del capitalismo; la competencia estimula y moderniza; el libre comercio es el factor clave del crecimiento económico; el sector público es una rémora que hay que privatizar; la globalización de los mercados ha de moderar las reivindicaciones sindicales y abaratar los costos salariales; la moneda fuerte es un factor de estabilización; y así sucesivamente (Ramonet, 1995 y 1997).
Desde América Latina, los provinciales jesuitas han producido un documento de trabajo que define al neoliberalismo como "una concepción radical del capitalismo que tiende a absolutizar el mercado hasta convertirlo en el medio, el método y el fin de todo comportamiento humano inteligente y racional" (Camacho, 1997: 177). Esos principios llevan a "los diez mandamientos económicos del neoliberalismo" de los que hablaba monseñor Ruiz Navas (1997), a saber: disminuirás los gastos del Estado; aplastarás la inflación; disminuirás el salario mínimo; privatizarás las empresas; establecerás la flexibilidad; disminuirás las indemnizaciones por desocupación (en el caso de que existan); abrirás los mercados; y suprimirás los monopolios públicos.
Los resultados de la aplicación de estos principios eran esperables y son conocidos: crecimiento de la desigualdad en los Estados Unidos de Reagan y en el Reino Unido de Thatcher y aumento de la desigualdad entre el Norte y el Sur y, por consiguiente y en mayor medida, dentro de los países del Sur en general y de América Latina en particular (Baer y Maloney, 1997). El neoliberalismo cuenta y no sólo como retórica. Una fuente tan poco sospechosa de antiliberalismo como es la revista británica "The Economist" se preguntaba por la desigualdad en el mundo y se respondía sin darle más vueltas: "Una buena parte de la respuesta reside en las políticas liberales adoptadas en muchos lugares del mundo en los últimos 15 años" (The Economist, 5 de noviembre, 1994, p. 13). Así de claro y con independencia de qué se piense sobre la globalización. Pero es que si tomamos los países en los que el neoliberalismo se ha aplicado con más ardor (el Reino Unido de la hoy Lady Thatcher primero y después los Estados Unidos de Ronald Reagan con menos entusiasmo real aunque con la misma retórica) se llega a conclusiones semejantes (Martínez Román, 1996).
En los Estados Unidos, para empezar, la Oficina del Censo proporciona datos que hablan a las claras del aumento de la desigualdad entre los estadounidenses: de 1968 a 1994, el porcentaje de la renta total a disposición del 20% más rico habría aumentado de un 40% a casi un 47, al tiempo que el porcentaje de renta del restante 80% de la población habría disminuido correlativamente. Harper's (agosto, 1996) informaba que la parte de la renta nacional del 5% más rico había pasado del 16% en 1974 al 21% en 1994 mientras que el 20% más pobre había disminuido un punto hasta llegar al 3% (Ver Halimi, 1997).
Atribuir esta situación sólo al neoliberalismo reaganista es, a todas luces, excesivo. Sin embargo, es difícil negar que las políticas fiscales han jugado un papel claro y directo en esta dirección. Como se ha llegado a decir, la política fiscal de Reagan, con o sin curva de Laffer, era la antitesis del bandido generoso ya que quitaba el dinero a los pobres para dárselo a los ricos.
En el Reino Unido, por su parte, se sabe por datos de su Instituto de Estudios Fiscales que la desigualdad se ha incrementado en los últimos 15 años, como resultado de las políticas fiscales thatcheristas combinadas también aquí con otros factores. Las cifras son claras: entre 1985 y 1995, las personas situadas en los niveles de renta más baja perdieron en media tres libras esterlinas a la semana mientras que los más ricos aumentaban sus ingresos en 31 libras semanales. Paralelamente, la pobreza también habría aumentado: con datos de su Encuesta de Presupuestos Familiares y llamando pobres a los que tienen ingresos por debajo de la mitad de la renta media, había un 9 por ciento de pobres en 1979 y un 25 por ciento en 1992. Si se quiere comparar, en el mismo período aproximadamente, con el mismo tipo de dato y el mismo cálculo, España habría pasado de un 19 por ciento a un 16 por ciento, según las sucesivas Encuestas de Presupuestos Familiares que publica el Instituto Nacional de Estadística, español en este caso (Martín-Guzmán, 1996).
Hay, pues, como se ve, diferencias entre un Estado y otro según sean las políticas dominantes en cada uno de ellos. Coeteris paribus, parece que las políticas neoliberales tienen un peso particular a la hora de producir incrementos de la desigualdad, cosa, por otro lado, que no tendría que llevar a sorpresa ya que las políticas neoliberales no tienen como prioridad la de la lucha contra las desigualdades, la pobreza o el desempleo sino que se ocupan, con particular énfasis, en el terreno del crecimiento, la inflación, el déficit público y demás magnitudes macroeconómicas, esperando que los problemas de bienestar social y de derechos económicos se solucionen, en un segundo tiempo, como efecto de las mejoras macroeconómicas y monetarias (Ver Colclough, 1996).
Los datos, a un nivel más amplio, son que aunque 15 países, en su mayoría asiáticos, han mejorado en lo que a crecimiento económico se refiere, 85 países están hoy peor de lo que estaban hace 15 años. El "Informe sobre el Desarrollo Humano 1996" del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo pretende establecer que la desigualdad entre países no ha hecho sino aumentar, cosa que, nos dice, es todavía más clara si la unidad de comparación no es el Estado sino las personas. En efecto, la riqueza de los 358 "millardarios" del mundo es mayor que la suma de las rentas del 45% más pobre de la población mundial y, añade el citado Informe, si en 1960 la riqueza del 20% más rico era 30 veces mayor que la del 20% más pobre, hoy es 61 veces mayor. El "Informe" de 1997 refleja la misma tendencia: el pasado año, por primera vez desde 1990, se ha producido un descenso en el índice de desarrollo humano de 30 países mientras el foso entre la quintila más pobre y la más rica del mundo se ha incrementado ya que era de 30 a 1 en 1960 y es de 78 a 1 en 1994.
Como se ve, o por sus efectos o por su lógica interna puede decirse que el neoliberalismo lleva a una no-política social cuyos efectos tendrían que ser fácilmente reconocibles. En efecto, esta mezcla de "individualismo negativo" y debilitamiento, probablemente buscado, del Estado es hoy día, como ha indicado Castel, el nudo de la cuestión social que podría volver a hacer cierto que "no hay cohesión social sin protección social" (Castel, 1995: 461-474) o que plantearía nuevas y más duras formas de desorganización social o incluso de descomposición social (Klitgaard y Fedderke, 1995; Galtung, 1996; Sunkel, 1996).
Por otra parte, las políticas neoliberales se presentan una vez se ha culpabilizado a la víctima: la causa de la pobreza es, por un lado, que los pobres no quieren dejar de serlo y, por otro, que la intervención del Estado les ayuda a seguir siéndolo (Tortosa, 1993: cap. 3). En esto hay una notable coherencia ya que, con una sencilla sustitución de palabras, no sólo tenemos la descripción de los factores de empobrecimiento dentro de una sociedad sino también los que separan a países ricos de países pobres: la causa de su pobreza sería, entonces, que las élites de los países pobres (corruptas, ineficientes, autoritarias etc), no quieren que sus países dejen de ser pobres, razón por la que la ayuda al desarrollo debe ser "reconceptualizada" si no suprimida (George y Sabelli, 1994; Taylor, 1997), tema en el que la base empírica producida dentro del Banco Mundial comienza a ser considerable y llega hasta la investigación de Craig Burnside y David Dollar, aún no publicada, que muestra que la ayuda exterior no ha producido ningún cambio significativo en las economías de los países del sur (Blunstein, 1997; Boone, 1996).
La socialdemocracia, por su parte, es un intento de efectuar un compromiso entre las exigencias de crecimiento y libertad del liberalismo y las de igualdad y seguridad del comunismo. Si el neoliberalismo es, intrínsecamente, universalista, es decir, si en su versión neoclásica, pretende que sus recetas son válidas para cualquier parte del mundo con independencia de las condiciones locales en las que se aplican, la socialdemocracia, en cambio, es especialmente particularista en el sentido que reconoce las diferencias de situaciones y, por tanto, la necesaria diferenciación de las políticas que requiera cada una de dichas situaciones. Expuesto de forma más periodística, es uno de "los mandamientos del subdesarrollo" con que Fabián Corral B. (1997) respondía al texto de Ruiz Navas citado hace un momento. "Así como el neoliberalismo... tiene mandamientos, la cultura del atraso los tiene también" y entre ellos está: "- Somos el centro del mundo.- Lo que ocurre en el universo no interesa. Importan las domésticas pasiones, las percepciones locales de la economía y de la historia. No importa si nos colonizan los empresarios vecinos por atrasados, o si llegamos tarde a la modernidad. Importan las estatuas de sal y las nostalgias de los sesentas. Importan las palabras, los hechos son irrelevantes. Estos son mandamientos de la 'ideología' tercermundista". En palabras de Rodrigo Borja y en el artículo periodístico citado, "el modelo económico que se aplica aquí y en otros países de América Latina lleva al 'antidesarrollo' porque condena a muerte a las medianas y pequeñas empresas, lanza oleadas de desocupados a la calle, incrementa el llamado sector informal de la economía y margina del mercado, de la producción y del ingreso a masas cada vez mayores de nuestra población".
Puede observarse con facilidad que la socialdemocracia tiene también sus problemas, tanto en el Norte como en el Sur, hasta el punto que se ha planteado la posibilidad de un réquiem por dicha ideología (Singer, 1997). El motivo podría ser muy simple: siendo un programa básicamente "estatalista" (el Estado del bienestar, la economía mixta, los impuestos progresivos directos, la gestión triangular entre gobiernos, sindicatos y patronales, etc) ha tenido dificultades mayores para adaptarse tanto a la mundialización como, sobre todo, a la globalización (Tortosa, 1990) por más que algunas medidas como el impuesto Tobin para los flujos financieros tengan el inconfundible tono socialdemócrata. En cualquier hipótesis, la crisis del modelo está fuera de discusión y la literatura reciente da ejemplos abundantes de ello (como Hicks y otros, 1995; Olson, 1995; Pontusson, 1995; Pierson, 1996. Ver, para América Latina, Hirschman, 1996).
DEL PASADO DE UNA ILUSION AL FUTURO DE UNA ILUSION
Sobre el comunismo se ha escrito "El pasado de una ilusión". Tal vez parezca fuera de lugar preguntarse por su futuro. De todos modos, Perry Anderson plantea algunas hipótesis interesantes sobre ese futuro o, en su caso, sobre cómo se verá el pasado comunista en el futuro. En primer lugar, piensa que el comunismo se podrá ver de la misma forma que ahora vemos el experimento de los jesuitas en las reducciones del Paraguay, es decir, como algo bienintencionado, de diferente nivel de violencia sin duda, pero fuera de lugar y que ya pasó sin que pueda volver. El comunismo también podría verse como ahora vemos el resultado de la primera revolución contra el derecho divino de la monarquía en la Inglaterra de mitad del XVII, es decir, como algo que acabó triunfando después de muerto, pero que apareció con Cromwell demasiado pronto, cuando los tiempos no estaban "maduros", y tuvo que esperar más de un siglo para ver su triunfo real. Pero el comunismo también podrá verse como algo que tuvo un auge y caída semejante al de su adversario tradicional, el liberalismo histórico (Anderson, 1992: 367-372). Es posible que esta última hipótesis sea la más acertada y fecunda (Wallerstein, 1995) y a ella volveré en un momento.
Llegado aquí, lo que a mi me puede interesar al respecto no es preguntarme por cuál de esas ideologías tenga razón ni, mucho menos, discutir sus principios desde otras ópticas o preferencias. Son, como he confesado en otras ocasiones (Tortosa, 1992), dos tareas que me parecen estériles para lo que es mi trabajo, por más que las encuentro respetables e inevitables en lo que podríamos llamar la "lucha política". Lo que quisiera preguntarme, en cambio, es qué futuro tienen estas dos ideologías, el neoliberalismo y la socialdemocracia, desde la perspectiva del sistema mundial, no desde la correlación de fuerzas que pueda producirse en una de sus zonas o regiones o en un país determinado. Si esa fuera mi opción, indagaría sobre la sociedad civil, sobre las respuestas democráticas a la globalización y a la mundialización o sobre las evaluaciones que, en su caso, las urnas ya han hecho de unas y otras propuestas que, por cierto, y para la Unión Europea reciente, no son tan claras y evidentes como se pretende (Dionne, 1997; Barratt Brown y Coates, 1996; Ver artículo sobre España en el Financial Times, 11 de junio, 1997 y el análisis de Larry Elliot sobre el "euro" en The Guardian Weekly, 8 de Junio, 1997). Desde la perspectiva del sistema mundial, varias son las posibilidades que se me ocurren.
La primera se derivaría de la misma idea de mundialización: el sistema que comenzó hace 500 ha ido solucionando sus crisis internas mediante sucesivas expansiones e incorporaciones de nuevas zonas y, de momento, lo que está sucediendo es que las inversiones están dejando el sureste asiático que habría tocado techo y se orientan hacia América Latina, con México, Chile y Brasil entre los primeros en recibir este flujo financiero. Si esta tendencia se mantiene (y yo creo que incluso se va a acentuar) no serían de descartar trabajos inmediatos explicando el "modelo latinoamericano" y ya veremos qué sustituye en los mismos lo que el confucianismo o los "valores asiáticos" han sido para el sureste asiático y la ética protestante fue para el espíritu del capitalismo weberiano.
Esos auges tienen, si, raíces locales en su cultura, ideología, religión o sociedad, pero solo se entienden si se ven en el conjunto de un sistema mundial en el que los capitales se mueven, según su propia lógica, en busca de la rentabilidad y en el que la expansión es la tónica. Lo que aquí me interesa recalcar es que tal vez estaríamos acercándonos al momento en que dichas incorporaciones ya no pueden producirse ya que todo el mundo ha sido incorporado y el sistema es realmente mundial (Tortosa, 1994). El liberalismo desaparecería con el sistema con el que apareció y junto al compromiso que supuso la socialdemocracia. De todos modos, el fin del sistema ha sido anunciado con tanta frecuencia que es lícito mantener un cierto escepticismo sobre tal eventualidad que es incrementado por la actual revolución de las comunicaciones simbolizada por internet, aunque alguna vez podrá suceder que cuando se grita "que viene el lobo", el lobo llegue realmente. Además, hay otras posibilidades menos catastróficas y más inmediatas (Hopkins y Wallerstein, 1996; Wallerstein, 1997).
La primera es que el neoliberalismo vaya a ser, efectivamente, la ideología dominante en un próximo futuro y que sustituya a la que, realmente, ha sido la ideología de la modernidad, a saber, el racionalismo (Greenfeld, 1996; Tortosa, 1996a). Es una posibilidad a no descartar y su probabilidad relativamente alta se basa en la capacidad que tiene de presentarse con gran coherencia interna y capacidad de seducción. El neoliberalismo se expone con convicción, se defiende con pasión, se predica "con ocasión y sin ella" y tiene base institucional como para llevar adelante una labor que casi de podría llamar misionera. Lo de la base institucional es definitivo: tiene detrás institutos de investigación importantes como el Cato Institute, fondos para publicar, apoyo de medios de comunicación y relaciones personales e institucionales bien conocidas. El Dios Mercado, tiene, pues, buenas perspectivas de futuro frente al Dios Leviatán. Pero hay más.
El segundo escenario es que a la etapa de globalización que ahora estamos concluyendo le siga, como ya pasó con la etapa de globalización anterior, un período proteccionista. El retorno del proteccionismo es algo que no hay que descartar así como así, sobre todo teniendo en cuenta que nunca se fue del todo, digan lo que digan los ricos de los países ricos cuando dan recetas a los pobres. Las instituciones como la Organización Mundial del Comercio (WTO) pueden desaparecer o incluso no llegar a cumplir con sus objetivos iniciales. No es un escenario que a mi me apetezca ya que puede ir acompañado de guerras "keynesianas", pero el que a mi me guste o no me guste no parece que vaya a influir demasiado en que la cosa se produzca o no.
Desde esta perspectiva, malas noticias para el universalismo neoliberal y buenas noticias para el particularismo socialdemócrata: podría darse que las noticias sobre la muerte de la socialdemocracia hubiesen sido, como las de la muerte de Mark Twain, un tanto exageradas. Incluso no sería de descartar una de las hipótesis de Perry Anderson, el retorno del comunismo particularista, el de "el socialismo en un sólo país" por más que no se observe ninguna indicación importante en tal dirección ni, mucho menos, en la de un comunismo universalista del tipo preconizado en su momento por Trotski ("la revolución a escala mundial") frente al particularismo de Bujarin y Lenin.
La tercera posibilidad es, creo, más curiosa. Dicen que el ascenso de un país a la hegemonía del sistema mundial suele ir acompañado por un énfasis en las ideas universalistas, verdades que son válidas para cualquier parte del mundo, que es lo que pretendía, sin ir más lejos, la sociología americana de los años 50 que yo estudié en Italia. En cambio, durante las decadencias imperiales se suelen acentuar los aspectos particularistas. Si esto fuera así, el neoliberalismo, sobre todo el reaganista, no habría dio sino una supernova, una gran explosión que anuncia la desaparición de la estrella. Mientras se recompone la hegemonía, el particularismo podría triunfar: los valores asiáticos, la ética confuciana, el modelo económico de Akamatsu Kaname, pero también el modelo "europeo" (mucho más tras la victoria de Blair en el Reino Unido y de Jospin en Francia) o la vía china serían indicios de este particularismo post- imperial bien poco propicio para el neoliberalismo. El caso sería particularmente visible en América Latina si, como creo, acabara sustituyendo al sureste asiático como zona de alto crecimiento, es decir, de alta acumulación de capital cuyo "modelo" habría que elaborar.
Pero que nadie se llame a engaño. Los Estados Unidos pueden recuperar su liderazgo indiscutido y pueden hacerlo mediante el dominio que tienen de las nuevas tecnologías militares. Hay multitud de indicadores que apuntan en tal dirección. El neoliberalismo, entonces, podría ser su nuevo universalismo, la legitimación de su globalización y la nueva religión que, como los antecesores sería predicada para los demás mientras los predicadores se dedican a lo suyo, a sus intereses y a sus amigos. Sería el gran triunfo del neoliberalismo.
Hoy, en plena inestabilidad, hay, como he dicho, factores que parecen llevar en tal dirección frente a otros que van en la contraria pero, insisto, nadie nos dice que no puedan ponerse todos a trabajar en el mismo sentido. Más bien, hay argumentos a favor de tal eventualidad. Yo creo que esta hipótesis no sería buena para la mayoría del planeta o para el "interés general", pero todavía no puedo demostrarlo por más verosímil que me lo parezca viendo lo sucedido en los Estados Unidos o el Reino Unido y trasladándolo a la escala global comparable a la de los años 30. El tiempo dirá, en su caso, si tengo razón: si se verifica tal hipótesis y si es tan mala. Mientras, haré todo lo posible porque los hechos me quiten la razón si es que la tuviera. De hecho, y dado que el sistema se encuentra muy alejado de su equilibrio y una vez hemos perdido el conocimiento de las pretendidas "leyes de la historia", pequeñas acciones locales pueden tener, ahora más que nunca, resultados inmensos para el conjunto del sistema mundial. Ahora la responsabilidad es toda nuestra. De cada uno.
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**Catedrático de la Universidad de La Paz de Alicante-España.