CUADECO, 07/01/97, EL IMPERIO DE LA ECONOMÍA

Cuadernos de Economía

País/Country: Colombia

Publicación del Departamento de Teoría y Política Económica, Facultad de Ciencias Económicas, Universidad Nacional de Colombia, Santafe de Bogotá, Colombia

Autor/Author: Félix Ovejero Lucas*

Número/Number: 27

Frecuencia/Frequency: Semi-annual

Fecha/Date: 07/01/97

Resumen

 Félix Ovejero L. "El imperio de la economía", Cuadernos de Economía, v. XVI, n. 27, Bogotá, 1977.

En este artículo, se comenta el uso del instrumental microeconómico en campos que antes era coto exclusivo de las demás ciencias sociales. Se detiene especialmente en la Teoría de la familia de Becker, quien ha sido acusado de ser el principal responsable del `imperialismo económico', es decir, de aplicar la óptica del individuo calculador y egoísta --el homo oeconomicus-- al estudio de procesos sociales que se solían explicar mediante la historia o las instituciones. A pesar de sus fuertes críticas al trabajo de Becker, el autor considera que su trabajo es meritorio en tanto contribuye a mostrar, en forma pasiva, el exceso de `paja' que se oculta detrás de las trivialidades o de la oscuridad --que no es profundidad sino vacuidad-- de cierta literatura social.

 Abstract

 Félix Ovejero L. "The empire of economics", Cuadernos de Economía, v. XVI, n. 27, Bogotá, 1977.

 This article comments on the use of microeconomic instruments in fields that once were the exclusive preserve of the other social sciences, and its consequences for current theoretical activities. It looks particularly at the Theory of the Family by Becker, who has been accused of being the person most responsible for `economic imperialism', that is, for applying the view of the calculating and selfish individual --homo economicus-- to the study of social processes that had usually been explained by means of history or institutions. In spite of strong criticisms of Becker, the author considers his work to be meritorious insofar as it contributes to showing, in a passive form, the excessive `padding' that is hidden behind the trivialities or the darkness --which is not profundity but rather vacuity-- of certain social literature.


Hay ocasiones en las que la concesión del Premio Nobel de Economía no invita a la polémica. Unas veces, las menos, porque se trata de un trabajo sobre cuya calidad y relevancia existe un acuerdo generalizado. Otras, no se discute porque el premio se concede a una investigación que no tiene excesivas pretensiones teóricas, en un ámbito sin diferencias importantes o con escasas implicaciones prácticas. El Nobel concedido a Gary Becker hace un par de años no correspondía a ninguno de los casos mencionados. Por una parte, el ámbito de aplicación de sus conjeturas abarca el conjunto de las ciencias sociales, hasta el punto de haber sido considerado el principal responsable de lo que se ha llamado `imperialismo de la economía' es decir, de la aspiración a explicar problemas que tradicionalmente ocuparon a otras disciplinas sociales con el instrumental de la microeconomía. Por otra parte, las teorías de Becker son cualquier cosa menos timoratas. Procesos sociales que no se creían mediados por intereses y que habitualmente se explicaban apelando a la historia o a las instituciones han sido abordados con la dura prosa del individuo calculador y egoísta, del homo oeconomicus. Individuos maximizadores de utilidad, con preferencias estables en el tiempo y que se coordinan en mercados más o menos explícitos, son el punto de partida de hipótesis originales con las que Becker busca dar cuenta de la división del trabajo en los hogares, la demanda de hijos, la monogamia y la poligamia en el mercado matrimonial, el divorcio, el altruismo y la evolución de la familia [Becker 1988]. Nadie dudará cabalmente de la ambición de una teoría con tales aspiraciones.

La concesión del Nobel no hizo más que consolidar un quehacer que arranca de finales de los setenta. Desde entonces, buena parte de los científicos sociales tradicionales han visto cómo sus áreas de investigación son ocupadas por modelos y teorías de procedencia económica. De la madurez del programa es testimonio ejemplar el que sea el inspirador del libro que parece consolidarse como el manual de teoría social de los noventa, Foundations of Social Theory de Jules Coleman [1990],1exquisita y morosa demostración de cómo los asuntos de la ciencia política y la sociología se pueden reescribir como problemas de elección racional.2 Derechos, autoridad, normas, poder, cambio social, son allí sistemáticamente analizados bajo un prisma compartido: individuos que, al perseguir sus intereses en escenarios desigualmente competitivos, dan lugar a la conformación de diversos procesos o instituciones que, unas veces directamente y otras porque mitigan los efectos indeseados de las interacciones, siempre o casi siempre desembocan en resultados eficientes que a todos convienen.

LA UNIDAD DE LA CIENCIA SOCIAL3

Desde esa perspectiva, las fronteras entre las ciencias sociales quedan rotas. Esta circunstancia no es nueva en la historia reciente de las ciencias sociales. En los años sesenta, el materialismo histórico --según reflexiones metodológicas que alcanzaron sus mejores argumentos en Italia-- estaba llamado a constituirse en esa ciencia social integradora que abordaba una realidad materialmente unitaria. En aquellos días era frecuente la crítica a la legitimidad de las abstracciones constitutivas de la ciencia social, a las disecciones que partían de destacar la existencia de propiedades sociales, económicas o políticas susceptibles de ser descritas mediante leyes. Cuando iban más allá de la inútil trivialidad de que "en la realidad todo está relacionado con todo", en esas críticas se podían reconocer alientos hegelianos que pretendían una insensata ciencia del todo, que reproducía lo real en su absoluta densidad, y alientos historicistas, más cuerdos, que destacaban la necesidad de enlazar las distintas dimensiones en el estudio de lo particular, en la historia. Pero si el problema no es nuevo, sí lo es su fundamento.

La moderna unidad de la ciencia arranca, por así decir, desde arriba, desde el reconocimiento de que no hay asuntos particulares de una ciencia u otra sino distintas perspectivas que cuartean lo real, que construyen su propia ontología desde una abstracción constitutiva compartida: "unidades de decisión que interactúan racionalmente desencadenando procesos sociales (inflaciones, revoluciones, etcétera)". De modo que compartirían un mismo quehacer el microeconomista, el politólogo interesado en los problemas de elección colectiva o cierta sociología que analiza las clases sociales con la teoría del equilibrio económico o, más en general, con supuestos de individualismo metodológico. Su cercanía sería mayor que la que podría guardar, respectivamente, con economistas neorricardianos, politólogos sistémicos o sociólogos funcionalistas. En el fondo, y en forma pasiva, se está reconociendo algo que, interesadamente, bastantes saben y callan: las viejas clasificaciones carecerían de otro fundamento distinto al de la rutina administrativa o los repartos territoriales, que han llevado a revestir con dignidad de ciencia simples trifulcas presupuestales. Pocas dudas hay de la cordura de esta implicación de la disolución de las fronteras, por demás no siempre asumida consecuentemente por sus protagonistas.

La reacción entre los científicos sociales afectados era previsible. Los más veteranos acusaron a los invasores de participar de la arrogancia ignorante característica del colono hacia la naturaleza de lugar al que llega, de pasar por encima de dos siglos de investigación social, y reprocharon a los conversos más jóvenes su apremiante fascinación, provinciana y acomplejada, propia del colonizado, ante los fastos formales que acompañaron la invasión. Con la sabiduría que otorga el haber visto mutaciones intelectuales de todos los colores y el conocimiento de la importancia de las etiquetas, empezaron a hablar del `imperialismo del homo oeconomicus' para referirse a un proceso que los economistas, con la astucia de quien convive con el marketing, denominaron `nueva frontera de la economía'. Como es habitual, en esa reacción se confunden la reacción gremial, las justas dosis de empecinamiento que acompañan a la honrada defensa de las tesis propias, las buenas razones que invitan a no desatender el trabajo acumulado en nombre de lo que se entiende como una moda más y, también, ciertas suspicacias acerca de la voluntad política e ideológica de la operación. Seguramente hay algo de todo ello. En todo caso, La teoría de la familia de Becker es un buen ejemplo para ilustrarlo y, de paso, aquilatar algunos de los riesgos y vigores de la operación. La propia audacia de sus tesis, no pocas veces iluminadoras, siempre sugestivas, y la importancia de sus implicaciones acerca de cómo ordenar la vida social y, muy en especial, la relación entre los sexos son razones adicionales para recordar algunos de los argumentos de Becker.

LA FAMILIA DE BECKER

En la descripción de Becker, el matrimonio aparece como una institución económica constituida por personas que cohabitan y que intentan maximizar la utilidad, el grado de satisfacción de sus deseos. Para ello, se dividen el trabajo de modo que cada uno se especializa en aquellas tareas en las que su productividad es más elevada. Hay aquí cierto problema de inconsecuencia que Becker no ignora. Aunque esta caracterización suele ser como el paradigma del individualismo metodológico, del intento de explicar los procesos sociales como resultado de la interacción entre agentes decisorios, hay razones para dudar de que sea realmente respetuosa con ese procedimiento explicativo. La descripción anterior parece considerar la familia como una comunidad de intereses bajo el supuesto de unos objetivos acríticamente compartidos.

Ese supuesto se recoge atribuyendo a la unidad familiar una función de utilidad única (vale decir que --los valores de- - las funciones de utilidad, pieza central de la artillería pesada del `imperialismo de los economistas', pocas veces se especifican: en rigor y con generosidad, no pasan de ser esquemas de funciones). Con ello, se ignora que la familia es un escenario de interacción o, más exactamente, se omite cualquier referencia a los conflictos de interés entre los distintos miembros de la unidad familiar, conflictos que se deberían reflejar en la existencia de distintas `funciones' de utilidad. Para resolver el problema, Becker asume una fundamentación original del altruismo --al que entiende como "la dependencia positiva directa de la función de utilidad de una persona del bienestar de otra"-- que le permite presentar los intereses (la función de utilidad) del "jefe de la familia" como la función de utilidad familiar. Dicha fundamentación toma cuerpo en el teorema del niño egoísta, que lleva a decir que incluso los egoístas se abstendrán de realizar acciones que disminuyan la renta familiar por cuanto la disminución del ingreso colectivo reduciría la renta que les transfiere el miembro altruista --el jefe-- de la familia. La solución es, sin duda, elegante e ingeniosa. Otra cosa es que también sea plausible o interesante, que sirva para explicar algo nuevo o que simplemente se trate de un expediente para mantener o preservar lo verdaderamente importante: la función de utilidad compartida. Esa es la presunción fuerte y la que tiene problemas, quizá no descriptivos: la ausencia de conflicto en el seno de la familia muy bien podría ser el simple reconocimiento de que estamos en una sociedad patriarcal, el reflejo del poder desigual de los diferentes miembros en la toma de decisiones. Pero, si ese es el caso, más que altruismo encontramos un individuo que decide por todos, es decir, un dictador (arrowiano). La teoría puede así presentar a la institución familiar como `maximizadora de utilidad'. Es posible que esa sea la ingrata realidad actual, pero lo que es más discutible es que sea lícito describirla como un ejemplo de `maximización de la utilidad familiar'.

Otro supuesto discutible de la teoría de Becker es su fundamentación de las ventajas comparativas y las eficiencias que, presuntamente, se obtienen con la especialización de los distintos miembros de la familia: las mujeres en el trabajo doméstico y los hombres en el mercado laboral. Para Becker, esa división peculiar es el resultado de la combinación de factores innatos y de factores adquiridos, de circunstancias biológicas y de circunstancias socioculturales. Naturalmente, eso no pasa de ser una trivialidad si no se indican las prioridades o se realiza alguna especificación. Becker lo sabe y por eso pone el acento... en la biología: "las diferencias biológicas en las ventajas comparativas entre los sexos explican no sólo por qué las familias están conformadas por ambos sexos sino también por qué las mujeres normalmente dedican su tiempo a criar hijos y a otras actividades domésticas, mientras que los hombres lo dedican a actividades de mercado". En suma, las mujeres son más productivas y más eficientes en el trabajo doméstico debido precisamente a razones de sexo, a que son mujeres. Es interesante destacar que en otro pasaje, Becker afirma, negro sobre blanco, que "las diferencias de eficiencia no están determinadas por diferencias biológicas", es decir, una tesis exactamente opuesta a la anterior. No es descabellado pensar que estas imprecisiones tienen que ver con dos necesidades que son reglas del juego --y fuentes de problemas-- de buena parte del enfoque al que adhiere el Tratado de la familia, el `proyecto imperial': el supuesto de que la realidad es eficiente y la disposición a ignorar todo lo que no cabe es una descripción que empieza y acaba con elecciones racionales, que omite la explicación de los escenarios en donde se producen las elecciones. En este caso, ese supuesto se traduce, respectivamente, en la atribución de una función de utilidad familiar única y en la conveniencia de empezar la explicación por la biología, "antes de los condicionamientos sociales": la única determinación institucional parece ser la naturaleza, después todo es elección.

No debe extrañar, pues, que surjan dudas ante esa descripción del comportamiento familiar como proceso optimizador o, más llanamente, racional, al menos mientras se realice en los términos descritos. Existen aquí dificultades más generales relacionadas con los modales de muchos de los ejercicios del `imperialismo de los economistas' y que ayudan a entender la irritación de los `imperializados', así como las acusaciones de `legitimador del orden social' que con frecuencia se dirigen al gremio de los economistas, no siempre con buenas razones. Esas reacciones apuntan, sin embargo, a problemas reales de ciertos abusos de los procedimientos (micro)económicos que se manifiestan en un estilo de argumentación viciado. La expresión más patente de esos abusos se manifiesta en esas `explicaciones' que abordan la realidad suponiendo que es eficiente, que es el resultado --que se explica como la consecuencia-- de un comportamiento optimizador, y que terminan defendiendo, como el mismo Becker [1976], "que no importa que los agentes no se comporten como la teoría dice que se comportan, que lo relevante es que sus predicciones se correspondan con la realidad". La última parte, la entrecomillada, aunque es discutible, no carece de cierta justificación, pero, desde luego, la que pueda tener desaparece cuando la explicación empieza por suponer la "eficiencia de la situación dada": no hay predicción cuando se sabe lo que sucederá. La calibración, que se descarta por arriba invocando argumentos epistemológicos --la irrealidad de los supuestos-- carece de cualquier mérito por abajo --en los hechos-- cuando la (re)construcción explicativa parte de lo que existe: no hay predicción del status quo. Las teorías que son construidas suponiendo como punto de partida que `la realidad es eficiente' se presentan como prueba de la `eficiencia de la realidad'.

Cuando se procede de ese modo, como si se buscara `la racionalidad oculta de lo real', es difícil sustraerse a la sensación de que se intenta decir que `lo que es, es lo que debe ser', de que nos encontramos con una versión remozada de `la mano divina' de todas las teologías que en el mundo han sido. En nuestro caso, el hecho de tomar como punto de partida que la situación patriarcal "es eficiente" y reescribirla como resultado de elecciones racionales y "óptimas" puede llevar a algunos a pensar que nos encontramos con algo más y peor que mala ciencia, que explicaciones pobres. Y lo cierto es que, tan pronto se indaga por la empiria, surgen dudas acerca de que se esté descuidando lo fundamental. Es muy posible que para el condenado, en sus condiciones de elección, lo más racional sea mover la cabeza y confiar en un corte limpio por parte del verdugo. Pero a pocos les satisfaría una explicación que ignore cómo ha llegado al patíbulo y alguno podría preguntar por qué no estudiar no sólo la racionalidad en las reglas sino también la racionalidad de las reglas.4

En el caso de la "teoría de la familia" de Becker, a veces se tiene la sensación de que al hablar de las "elecciones racionales" de las mujeres se escamotean con prosa beatífica unas circunstancias sexistas, circunstancias que son realmente decisivas a la hora de entender lo que sucede, y que la elección del instrumento óptico de la microeconomía no se justifica sólo desde una vocación explicativa. Por supuesto, Becker no es un autor rudimentario. Una buena muestra de lucidez analítica es su formulación de una función de producción doméstica que reconoce analíticamente que la producción de bienes domésticos exige combinar bienes del mercado, horas de trabajo en el hogar y capacitación técnica. De ese modo se invita a revisar la idea tradicional de costo de los servicios consumidos, que ignoraba la existencia de `otro' trabajo no retribuido; se establece un marco analítico para abordar la distribución de bienes y el tiempo de trabajo en el seno de la familia; y, también se indica un procedimiento para valorar el tiempo dedicado a la producción doméstica, a saber, por su costo de oportunidad, es decir, por lo que se deja de ganar en el mercado al dedicarse a esa actividades.

Ese resultado, y no es el único, basta para sacar provecho de la lectura del Tratado y, de paso, mostrar la fecundidad empírica y ética del enfoque macroeconómico. En otros lugares y otros aspectos de su trabajo sobre la familia, no siempre evita explicaciones como las mencionadas. Explicaciones que no parecen ser más que tautologías barrocas que nos dicen que los individuos hacen lo que pueden y que, cuando añaden urgentes y prematuras `eficiencias' y `optimizaciones', dan la impresión de querer decirnos algo más profundo y mentiroso: que, después de todo, vivimos en el mejor de los mundos posibles.

IMPERIALISTAS DESPUÉS DE TODO

Dicho lo anterior, toca precisar su alcance exacto, entre otras razones para no alentar numantinismos más gremialistas que heroicos. Calificar de `imperialista' al proceder de los economistas es impertinente e injusto. Al fin y al cabo, la forma de proceder de la buena ciencia consiste en extender una teoría a diferentes sistemas reales. Por fortuna, Newton tenía propósito imperial y la dinámica clásica (y la gravitación) unificó la física terrestre, la cinemática y la astronomía. Para que una extensión sea cabal, se requiere, en términos muy generales,5 que estén claro el punto de partida --la teoría--y el de llegada --que el sistema real se pueda abordar con la teoría. Se requiere que la teoría que se va a extender disponga de una anatomía clara y distinta, que sus conceptos estén definidos y que sus funciones y relaciones sean especificables; y que los territorios que se exploran sean susceptibles de ser descritos con la nueva cartografía de un modo interesante. La primera exigencia veta conjeturas u ocurrencias más o menos afortunadas, como el psicoanálisis. El segundo requisito impide explicar al evolución de las sociedades o de los continentes con la teoría que explica la evolución de las especies, con la teoría de la selección natural: no hay genes, no se sabe qué se selecciona o qué filtro funciona en esos escenarios. Las condiciones citadas son requisitos del buen hacer imperial. Desafortunadamente, en el caso de `las nuevas fronteras de la economía', suele haber dificultades de uno y otro tono en el punto de partida y en el de llegada. Las primeras tienen que ver con los problemas de la teoría económica misma. Con un ejemplo nada irrelevante: un concepto tan nuclear, manoseado y maltratado como el de `utilidad' participa de una ilusión de (falsa) precisión.6 Las segundas se calibran en cada escenario, al examinar la eficacia de la teoría para encarar un nuevo sistema real. En caso de la "economía de la familia" no parece que, más allá del uso metafórico, la descripción `imperial' resulte iluminadora, que ayude a mejorar nuestro conocimiento en forma significativa, aunque quizá sirva para otras cosas.7

No hay razones para que los científicos sociales sientan temor ante el proyecto imperial. Hay que precisar el sentido exacto de la maniobra y reconocer su pertinencia y su alcance. No se trata de reinventar la `ciencia social única' integradora que muestre la unidad de lo social; ni tampoco la reducción a una ciencia más básica, como sucede con la explicación física del enlace químico o con la explicación bioquímica de los procesos neurológicos. Aunque se parece en algún grado a este segundo proceder: al menos así lo sintieron los no economistas que percibieron que sus conceptos (clases, cooperación, normas) eran redefinidos a partir de otros más básicos (preferencias, curvas de contrato) procedentes de la (micro)economía. Pero las cosas no eran estrictamente de ese modo. En rigor, lo que se ha producido es la reconstrucción de un esqueleto más básico, constituido por un conjunto de herramientas teóricas que encontraron en la economía un uso anterior. Si se percibió como `disolución' de la economía fue, sencillamente, porque se aplicaron antes en la economía. Resultaba casi natural que los ejemplos --los modelos, para ser más precisos-- que utilizaba la nueva teoría para mostrar su vigor fueran los de la economía. Nada más. La prioridad era temporal, no lógica. Desde una perspectiva epistemológica, lo que se estaba produciendo no era diferente de lo que hacían las ciencias naturales: las leyes de la herencia encuentran un primer modelo en los guisantes de Mendel y después en las moscas o en los humanos. La teoría es la misma, no más básica; no hay reducción a las `leyes de los guisantes' y, en el camino, se explica con una única teoría la evolución o la herencia de las especies animales y vegetales (pero no, por ejemplo, la evolución o la herencia cultural). La operación exige la clarificación de los conceptos y, en ese sentido, la labor crítica de autores de frontera, como el propio Becker, resulta meritoria en tanto contribuye a mostrar, así sea en forma pasiva, el exceso de `paja', para utilizar el léxico escolar, que se oculta detrás de las trivialidades o de la oscuridad --que no es profundidad sino vacuidad-- de cierta literatura social. Eso no es mucho, pero es importante y no debe preocupar; como no debe preocupar, cuando hay buenas razones, el abandono de un instrumental intelectual que ya no sirve. Por lo menos, no a quienes interesa el designio final de la teoría social: el viejo empeño, a veces olvidado, de entender lo que sucede.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

AAVV. 1991. El trabajo doméstico y la reproducción social, Instituto de la Mujer, Madrid.

Becker, G. 1976. The Economic Approach to Human Behaviour, Chicago Univesity Presss, Chicago, 1976.

Becker, G. 1988. Tratado sobre la familia, Alianza Universidad, Madrid.

Carrasco, C. 1991. El trabajo doméstico. Un análisis económico, Ministerio de Trabajo, Madrid.

Coleman, J. 1990. Foundations of Social Theory, The Belknap Press of Harvard University Press, Cambridge, Mass., 1990.

Domenech, T. 1991. "Introducción" a Elster, J. Juicios Salomónicos, Paidós, Barcelona, 1991.

Ovejero, F. 1989. Intereses de todos, acciones de cada uno, Siglo XXI, Madrid.

Ovejero, F. 1993. "Teoría, juegos, método", Revista Internacional de Sociología 5.

Ovejero, F. 1992. "La economía como ciencia, el mercado como moral", Cuadernos de Economía 20, Barcelona.

Ovejero, F. 1994a. La quimera fértil, Icaria, Barcelona.

Ovejero, F. 1994b. Mercado, ética y economía, Icaria/Fuhem, Barcelona.

Sen, Amartya. 1991. "Utility", Economics and Philosophy 7, 278.


(*)Economista y Profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en la Universidad de Barcelona. Fue invitado como Profesor Asistente a la Universidad de los Andes; por cortesía del Cider, el 26 de agosto dictó una conferencia sobre Ética, Mercado y Economía en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional. Este artículo se publica con autorización del autor.

(1)Coleman es otro brillante miembro --en versión sociológica-- de la Escuela de Chicago, como el propio Becker. En la Universidad de Chicago tiene su sede el Center for Ethics, Rationality and Society, uno de los centros neurálgicos de reflexión en torno a la aplicación de los instrumentos de la teoría de la Rational Choice a los temas sociales, tanto en el plano explicativo como en el normativo. Vale decir que esa aplicación se realiza en una atmósfera profundamente crítica, de la cual es muestra la presencia de Jon Elster, uno de los autores que con mayor finura ha demostrado las limitaciones del programa.

(2)Para una exposición informada, sintética y de sensata confianza crítica, ver Domenech [1991].

(3)La reciente concesión del Premio Nobel de Economía a tres autores (Nash, Harsanyi, Selten) que han desarrollado la teoría matemática de juegos se puede interpretar como una consolidación de la acción `imperial' de los economistas. En el sentir de muchos sociólogos, dicha teoría constituye la fuerza de desembarco de los economistas, el núcleo `duro', la parte alta de la pirámide a la que se pretendería subordinar el conjunto de la ciencia social. Esa afirmación tiene tan poco sentido como decir que se busca subordinar la sociología a la estadística cuando se hace una regresión. En rigor, lo que proporciona la teoría de juegos es una simple herramienta matemática --como el álgebra, la topología o el cálculo diferencial-- que está al servicio de cualquiera y que, por tanto, no se compromete con nadie. Por eso mismo no tienen sentido los entusiasmos ni los temores, porque no supone ninguna renovación teórica en las ciencias sociales, salvo la clarificación conceptual que impone a cualquier campo en donde se quiera aplicar, clarificación previa que muestre la posibilidad de hacer uso del instrumento formal. Ver Ovejero [1993].

(4)En principio no existe ninguna dificultad para que los `enfoques económicos' capten situaciones en las que un actor social no le quede por hacer nada distinto de lo que hace. Costos de información, situaciones de información imperfecta (dentro de las reglas o sobre las reglas) o incompleta o rutinizaciones son algunos de los expedientes que se usan para tratar ese tipo de situaciones. No obstante, todos ellos son un punto de partida para la explicación, parámetros. Son lo que explica pero lo que se ignora a la hora de explicar. Tomarlos como parámetros es apostar por teorías poco informativas. Ver Ovejero [1994a, segunda parte].

(5)Para los detalles y temas afines, ver Ovejero [1992; 1994b, Introducción].

(6)Hasta el punto de que uno de los más inteligentes cultivadores de la economía del bienestar, Amartya Sen [1991, 278], reconoce resignadamente que carece de "significado oficial en economía".

(7)En otras palabras, cabe pensar que desde otras perspectivas de la teoría económica estos temas pueden abordarse con mejor fortuna, ver Carrasco [1991] y AAVV [1991]. Para una revisión general de los distintos enfoques económicos, ver Ovejero [1989, cap. 7].