CUADECO, 01/01/97, LA `INCOHERENCIA EPISTEMOLÓGICA' DE LAS CIENCIAS DE LA GESTIÓN

Cuadernos de Economía

Country: Colombia

Publicación del Departamento de Teoria y Politica Economica, Facultad de Ciencias Economicas, Universidad Nacional de Colombia, Santafe de Bogota, Columbia

Author: Jean Louis Le Moigne

No 26

Frequency: Semi-annual


Date: 01/01/97

Profesor en la Universidad de Aix-Marseille III, Director del Grupo de Investigación sobre Adaptación, Sistémica y Complejidad Económica (Grasce).

Tomado de Revue Française de Gestion 96, número especial dedicado a la repercusión de la gestión en las demás ciencias, diciembre 1993. Traducido con autorización del autor por Ricardo Romero, Profesor de la Universidad Nacional de Colombia, y Alberto Supelano. Se agradecen los comentarios de César Calvo, Director del Departamento de Teoría y Política Económica.

La pregunta por los aportes de las ciencias de la gestión a la epistemología parece fuera de lugar. Todos saben que la epistemología contemporánea puede contribuir a la notoriedad académica de una disciplina cuya cientificidad está en duda: ¿"parroquial, plebeya, aplicada, por supuesto; pero científica?" preguntan invocando argumentos teóricos y ejemplos empíricos que a menudo parecen convincentes.

Algunos defensores de la disciplina prefieren retroceder prudentemente y presentarla como una técnica o un arte; prudencia nociva puesto que no admite que la gestión sea objeto de la ciencia y, por tanto, merecedora de atención epistemológica. Si no merece su atención, ¿qué le podría aportar a la epistemología? Otros, más numerosos, proponen una salida más audaz: la ciencia de la gestión es "una disciplina donde convergen otras disciplinas". ¿Su cientificidad es, en ese caso, la de sus componentes? El problema es, entonces, su norma de composición. Unos piensan que se trata de una ponderación baricéntrica y afirman que en su composición participan disciplinas que gozan de un estatus científico de `alto nivel', validado por las academias de ciencias hace más de un siglo. Aun hoy, uno de los defensores de la `gestión científica' insiste, sin sonreír, en la necesidad epistemológica de incluir la balística, arquetipo de las ciencias duras, entre los tres o cuatro ingredientes que conforman la disciplina. Otros piensan que el estatus científico de una disciplina de convergencia es el de su componente más débil e insisten en que las disciplinas con poca reputación positiva, como la sicología, la psicosociología y la mayor parte de las ciencias morales y políticas no forman parte de la disciplina, y sólo se refieren a su exposición. "Antes de enseñarla, aderécela con una pizca de ciencias humanas."

Bien sea que se las considere artes, técnicas o disciplinas de convergencia, las ciencias de la gestión no gustan ni se sienten atraídas por la epistemología; ésta, a su vez, no se interesa por esas disciplinas subalternas.

¿LAS CIENCIAS DE LA GESTIÓN, CIENCIAS POSITIVAS POR DEFINICIÓN?

La impotencia de esas estrategias defensivas para dar legitimidad epistemológica a las ciencias de la gestión en las academias y las universidades es, desde entonces, el pretexto para elaborar estrategias más desafiantes, cuando se reúnen las condiciones socioculturales para la constitución de clanes e incluso de gremios (en Francia, ese corporativismo naciente es de tipo medieval, más preocupado por diferenciarse que por dejar huellas en su entorno). Desde La estructura de las revoluciones científicas de Thomas Kuhn [1962], se sabe que la sociología puede cumplir más fácilmente los criterios de `cientificidad normal' que la epistemología: una disciplina científica autónoma es reconocida como tal cuando la enseñan grupos sociales cuyos comportamientos académicos se consideran `normales'. La astrología, la alquimia o la frenología fueron por mucho tiempo disciplinas científicas socialmente aceptadas antes de que se evidenciaran las falacias epistemológicas que les servían de fundamento. Ese diagnóstico fue benéfico pues condujo a la invención de nuevas disciplinas, epistemológicamente mejor fundamentadas: astronomía, química, psicología cognitiva.

La estrategia ofensiva de los partidarios de las ciencias de la gestión es satisfactoria en muchos países: se constituyen corporaciones, se negocian hábiles alianzas con otros grupos de presión científicos o económicos (escuelas de comercio, escuelas de ingenieros, institutos de formación continua), se crean redes nacionales e internacionales de conferencias y de revistas que se autodenominan científicas, y programas de enseñanza que indican la realidad positiva de la disciplina: la disponibilidad de enunciados enseñables en ciencias de la gestión, ¿no comprueba la existencia de unas ciencias de la gestión capaces de producir esos enunciados? Si se interroga a los miembros de esas corporaciones por la legitimidad epistemológica de su disciplina, y se ven desbordados por sus actividades --lo que suele ocurrir-- con frecuencia responderán que ese tipo de especulación es estéril; si se busca definirla a cualquier precio, lo mejor es caracterizarla por la actividad de los miembros de la corporación: las ciencias de la gestión son lo que hacen (y enseñan) sus profesores. Esta proposición autorreferencial tiene un doble mérito: para el que responde, cierra la discusión y puede dedicarse a sus negocios; para el que pregunta, abre la posibilidad de una reflexión apasionante sobre el método de boot-straping o razonamiento recursivo.

Aceptemos este punto de partida: sean plebeyas o aplicadas, aunque no más que otras (de "la lista de casi 200 ciencias" que en 1978 reseñaba escrupulosamente el Grand Robert, suplemento incluido, ignorando las ciencias de la gestión tanto como la ciencia informática, ¿cuántas podían pretenderse fundamentales y de alto linaje científico?), las ciencias de la gestión no son disciplinas parroquiales. Son autónomas, tan legítimas a priori como la balística, la geografía o la teratología. Y, aceptando que este hecho es un dato observado y por tanto `positivo', preguntemos cuál es la naturaleza de sus fundamentos epistemológicos. Pregunta que el lector no calificará de incoherente, así se espera, aunque piense in petto que la respuesta se conoce hace tiempo y que no es útil repetirla.

Respuesta `normal', en efecto: como otras disciplinas científicas dignas de ese nombre, las ciencias de la gestión encuentran o deberían encontrar en la epistemología positivista el fundamento para producir, sin temores, sus enunciados enseñables. Concedamos a los puristas una gran pluralidad: después de que Auguste Comte publicara, a partir de 1830, su Cours de philosophie positive, los positivismos se han escindido en múltiples variantes tanto europeas (Wiener Kreis) como anglosajonas.

Y todas se refieren a "esta manera uniforme de razonar aplicable a todos los temas sobre los que se puede ejercer el espíritu humano" anunciada por Comte [1830, L11], quien precisaba:

Me limitaré a declarar que empleo la palabra filosofía en la acepción que le daban los antiguos, particularmente Aristóteles, el sistema general de concepciones humanas; y, al añadir la palabra `positiva', declaro que esta manera especial de filosofar consiste en considerar que las teorías... tienen por objeto la coordinación de los hechos observados [1830, L].

Desde entonces, se han criticado en repetidas ocasiones las variantes de la filosofía positiva (materialista, realista, dualista, analítica, lógica, empirista) sin jamás cuestionar seriamente, al menos en Europa, el proyecto metodológico e ideológico de Comte:1 las pocas hipótesis fuertes que le sirven de base han impregnado tanto a la cultura occidental que por mucho tiempo fueron consideradas como causas eficientes de los "extraordinarios éxitos de la ciencia que fomenta la técnica".

¿LAS HIPÓTESIS POSITIVISTAS BÁSICAS NO SON ACCIDENTALES?

Entre 1830 y 1940, hubo pocos contestatarios y, además, fueron ignorados por los científicos y los epistemólogos: en 1983, el padre de los Bourbaki, el ilustre matemático Jean Dieudonné, hacía una pregunta significativa: "¿Por qué hombres como Ilya Prigogine y yo mismo nunca advertimos la asombrosa riqueza del pensamiento de Paul Valéry, y por qué durante muchos años, hasta una edad muy avanzada, sólo lo vimos como un excelente escritor, y nada más?" [Fonctions de l'espirit, J. Robinson-Valéry ed., Hermann, París, 1983, 275]. ¿Por qué nuestros académicos de las ciencias no conocieron el pensamiento de G. Bachelard (quien publicó el Nouvel esprit scientifique en 1934), ni el de Ch. Peirce, fundador americano de la semiología quien en 1878-1879 publicó en francés La lógica de la ciencia? ¿Cómo es posible que también ignoren a W. Dilthey, el padre de las `ciencias del espíritu' (fallecido en 1911), a A. Bodganov, el padre de `las ciencias de la organización' (fallecido en 1925), a M. Blondel, el padre de una `ciencia de la acción' (1893), a H. Bergson y a tantos otros investigadores que señalaron los límites de los positivismos y proponían construcciones alternativas que fundamentaban el conocimiento científico, construcciones que nos satisface redescubrir para liberarnos de esa petrificación de la inteligencia a que nos condujeron los positivismos?

¿Es necesario recordar estas hipótesis fuertes, herederas del dualismo cartesiano y de la filosofía natural de Newton? Algunas exposiciones breves [Martinet 1990b; Le Gallou 1992, 323-341] se limitan a recordar los títulos de ese credo del catecismo positivista que aún constituye, a finales del siglo XX, el paradigma de la `normalidad científica' (en el sentido en que Kuhn definía la `ciencia normal'): la hipótesis ontológica (la realidad es, la naturaleza es); la hipótesis determinista (lo real obedece a leyes invariantes); la hipótesis reduccionista (lo real es reductible a una composición de elementos simples); la hipótesis de naturalidad de la lógica deductiva (¿cuál científico puede citar de memoria los tres axiomas restrictivos formulados por Aristóteles para legitimar el derecho a la deducción?); hipótesis que en forma metodológica a menudo se expresaron en los principios hipotético- deductivo y de mínima acción.

Este recuento puede ser breve puesto que, sea cual sea la disciplina científica involucrada, se presume que el investigador conoce, si no las ha hecho suyas, estas hipótesis básicas, estas creencias comunes, este credo que autoriza "esta manera uniforme de razonar aplicable a todos los temas sobre los que se puede ejercer el espíritu humano", una forma de razonar cuya utilización certifica la cientificidad positiva de los enunciados así producidos. El investigador, incluso en ciencias de la gestión, se ocupa entonces de garantizar la seriedad de su disciplina velando porque se utilice escrupulosamente el método científico analítico- positivo que él mismo procura utilizar.

¿LAS CIENCIAS DE LA GESTIÓN SABEN PRODUCIR ENUNCIADOS `POSITIVAMENTE' VÁLIDOS?

En esta primera etapa del diagnóstico suele aparecer una primera incoherencia. Si los métodos de observación, teorización y validación que utilizan los investigadores en ciencias de la gestión para garantizar la cientificidad de sus enunciados son reconocidos como métodos positivamente científicos, lo son siempre dentro de otra disciplina: la aritmética para la contabilidad y las finanzas, la estadística para la interpretación de las observaciones, el álgebra y el cálculo diferencial para la teoría de la producción, la estática y la cinemática para la teoría de la regulación. Cuando surge una teoría novedosa --en física matemática, sobre todo-- son siempre los investigadores en ciencias de la gestión los que corren a aplicarla, a usarla con fines de observación y de teorización en su disciplina: teorías de conjuntos fluidos, de catástrofes elementales, de fractales, de bifurcaciones y de dinámica de sistemas no lineales, teoría de la percolación, de redes neurales o la que sea... Se puede anticipar, sin riesgo de equivocarse, que en algunas revistas de ciencias de la gestión aparecerán artículos sobre las aplicaciones de esa nueva teoría, ya establecida en una disciplina exterior a la que se reconoce un carácter `normal y positivo'. Sin embargo, es raro encontrar (excepto en finanzas, aunque se considera que las ciencias contables y financieras son especializaciones de ciencias económicas más que de ciencias de la gestión) teorías elaboradas con ayuda de esos instrumentos que satisfagan los cánones de validación positivistas; aunque puede mencionarse una teoría propia de las ciencias de la gestión que satisface los cánones del principio hipotético-deductivo. Pero la teoría de la contingencia organizacional de Lawrence y Lorsch, que se usa como ejemplo para ilustrar la seriedad y la creatividad científica de las ciencias de la gestión, no respeta en absoluto los cánones de la objetividad positivista: ¡la teoría fue validada hace 25 años con una muestra de seis empresas norteamericanas!

La incoherencia epistemológica se refiere a que la validación científica de una teoría en ciencias de la gestión se basa en la reputación del investigador que la publica (reputación adquirida en otra disciplina) o en la reputación del método que se usa para elaborar la teoría (reputación lograda en otra disciplina). Esos criterios pueden ser tranquilizadores, pero epistemológicamente son incompatibles con los que proponen los epistemólogos positivistas `normales' (y que, por tanto, son socio-culturalmente aceptados). Existe, entonces, una mistificación, involuntaria, pero nociva para el futuro de la disciplina.

LA HISTORIA DE LA FRENOLOGÍA, OTRA CIENCIA POSITIVA

Me gusta citar la historia de una gran ciencia positiva --que se enseñó por casi un siglo en muchas universidades-- que no tenía ningún fundamento epistemológico serio y que, cuando la `superchería' se hizo evidente, fue degradada brutalmente a la categoría vergonzosa de pseudociencia (un eufemismo elegante para la charlatanería): la frenología, que surgió a principios del siglo XIX con la pretensión de elaborar enunciados científicos enseñables sobre las correspondencias presuntamente invariantes entre las protuberancias del cráneo y el comportamiento moral. Ya en 1808, cuando oyó hablar de la frenología, Hegel alzó los hombros para señalar la vacuidad de ese proyecto científico. Por suerte, para la frenología (no para la ciencia), Comte --el papa del positivismo-- se entusiasmó desde el comienzo con esta `nueva ciencia' y animó al gran Broussais --médico de París, muy conocido en esa época-- para que fundara la sociedad frenológica de París que se inauguró en 1831, poco después de la muerte de F. Gall (quien reinaba entonces como fundador de la disciplina).

La disciplina desapareció a finales del siglo XIX (aunque se mantuvo largo tiempo en Estados Unidos), víctima paradójica de una observación `positiva': ¿acaso el líquido cefalorraquídeo no se interponía entre la caja craneal y las circunvoluciones cerebrales? Puesto que el comportamiento moral del sujeto se atribuía a estas últimas, no se podía continuar deduciéndolo de las formas de las protuberancias del cráneo. Hoy sonreímos de tamaña ingenuidad epistemológica, olvidando que muchos frenólogos expertos afirmaron ante los tribunales la presunta culpabilidad de acusados inocentes y que, así, fueron condenados cruelmente por una ciencia positiva. ¿No vale la pena recordar la historia de la frenología, tan elogiada por Comte, a los investigadores contemporáneos en ciencias de la gestión (y de otras ciencias novedosas que no han validado epistemológicamente los enunciados que enseñan)? ¿A riesgo de que su disciplina se convierta en una pseudociencia y, lo que es más grave, que contribuya a condenar inocentes? 2

LA INSOSTENIBLE LEVEDAD DE LAS CIENCIAS DE LA GESTIÓN, DISCIPLINA POSITIVA

A quienes me acusen de dramatizar la levedad epistemológica de las ciencias de la gestión, puedo recordarles algunos incidentes comentados por la crónica francesa en estos últimos años. Por ejemplo, el proceso al director general del Centro Nacional de Transfusiones Sanguíneas, CNTS, en 1992-1993: 3 los debates mostraron que este dirigente fue minuciosamente educado en la gestión de organizaciones complejas en un instituto de muy alto nivel, creado por la República Francesa con el diciente nombre de Instituto Auguste Comte para las Ciencias de la Acción, en las instalaciones de la Escuela Politécnica de la calle Descartes de París. Los maestros más prestigiosos de ciencias de la gestión (en los años 1977-1981) pertenecían a este instituto y nuestro dirigente fue uno de los estudiantes más brillantes. Los métodos de gestión de inventarios que se enseñaban eran, se nos asegura, ejemplares. Y los defensores del director alegaron que, como responsable de la empresa, había aplicado correctamente las reglas del arte de dirigir que le habían enseñado. Los comentaristas respondieron inmediatamente: el director "es, sin duda, un buen administrador, pero fue un mal médico". ¿Se habría pensado que su comportamiento era satisfactorio si hubiese hecho estudios en el Politécnico, en la HEC o en Ciencias Políticas en vez de asistir a una facultad de medicina? Si su comportamiento fue culpable, ¿fue por falta de competencia en medicina y no en gestión? Habría sido deseable que los profesores de ciencias de la gestión que lo educaron (y que aún educan a otros) protestaran y dijeran que este antiguo estudiante del ex-Instituto de Ciencias de la Acción no aprendió bien sus lecciones y que certificaran que la disciplina no se limita a la responsabilidad civil de los administradores en la contratación de un buen seguro contra `daños a terceros'. Sería deseable, pero en la legitimación `positivista' de los enunciados de ciencias de la gestión que ellos enseñan no se encuentran argumentos que los inciten a ello: los profesores de ciencias de la gestión están en la posición de los profesores de frenología que Broussais educó siguiendo los consejos de Comte: no tienen por qué enseñar métodos que aumenten el valor de los inventarios en el balance.

Este fue, sin duda, el mismo a priori positivista que incitó a otro administrador, también ilustre, a embarcar a su empresa en la trapisonda del `avión renifleur' hace unos quince años.4

Es cierto que todo el mundo puede equivocarse, ¡pero un error reconocido como tal, habitualmente no es `ejemplar'! La presión intelectual que el positivismo ejerce en la cultura es tan grande, que este ilustre administrador --culpable de un comportamiento científico parlanchín pero `positivamente aceptable' y responsable de derrochar miles de millones de francos-- fue luego nombrado presidente del Club de Investigación Industrial del Centro Nacional de Investigación Científica, CNRS, dando a los investigadores y a los empresarios una triste imagen `ejemplar' del comportamiento aceptable de un administrador... una alegoría de las ciencias de la gestión positiva.

La incoherencia epistemológica de las ciencias de la gestión, en tanto disciplinas positivistas, también se manifiesta en ejemplos a contrario: en los años setenta, los investigadores en ciencias de la gestión enseñaron un enunciado cuya cientificidad positiva no había sido validada pero que les parecía `natural': "para la empresa no hay más riqueza que el hombre". Hasta el día en que a un gerente se le ocurrió liquidar una empresa floreciente y reputada por el dinamismo de su personal -- el cual participaba activamente en su gestión-- por el precio de los muebles, ignorando cruelmente la amargura de unos colaboradores que supieron (el caso fue y sigue siendo raro) diseñar y gestionar colectivamente una estrategia internacional que la llevó a ejercer el liderazgo en el mercado: esos infortunados colaboradores creían en los profesores ingenuos que les enseñaban: "no hay más riqueza que el hombre". Enunciado que, por supuesto, ninguna epistemología positiva justifica. Para eliminar esta `incoherencia', el gerente prestigioso consagrará parte importante de su tiempo a supervisar la enseñanza de la gestión y, claro, desde 1988, ¡este tipo de enunciado `no positivamente científico' dejó de enseñarse en Francia! Hermosa victoria de la ciencia, cabría pensar, aunque también cabe preguntar, ¿cuál es la legitimidad de esa ciencia que quiere que se ignore --o se niegue-- `que no hay más riqueza que el hombre'?

El lector puede pensar que me alejé del análisis epistemológico que esperaba: sin embargo, ¿no debo demostrarle, que para que la epistemología "sea formalizante también debe ser empírica", según la frase de Simon [1990, 127-128], y que esta reflexión sobre la eventual incoherencia epistemológica de la disciplina, por especulativa que parezca, puede aclarar la experiencia práctica que busca transformar en ciencia si no en conciencia?

`QUIEN PUEDE LO MÁS PUEDE LO MENOS'; EL ESTATUTO EPISTEMOLÓGICO DE LAS DISCIPLINAS TOTALIZANTES

Retornando a la discusión del estatus epistemológico de las ciencias de la gestión, propongo analizar el de aquellas disciplinas cercanas que más de un científico, irritado por la ligereza epistemológica de su disciplina y para garantizar su seriedad académica, propone superarla pasando de una ciencia aplicada a una ciencia fundamental, de una tecnología o un arte a una disciplina científica. La historia de las ciencias en el siglo XX revela al menos tres tentativas de este tipo cuya fundamentación epistemológica puede resumirse brevemente: si el estatus científico de una de ellas es más sólido que el de las ciencias de la gestión académicas de hoy en día, no bastaría cambiar la etiqueta: "lo que importa es el envase".

1. La praxeología --o mejor, la gestiología (como proponía denominarla en 1970 uno de sus exégetas más conocidos, J. J. Ostrowski [1973])--5 busca convertirse en "la ciencia de la acción eficiente", según las palabras de uno de sus teóricos contemporáneos más eminentes, T. Kotarbinski [1965]. Basta recordar que esa disciplina surgió en un núcleo de científicos positivistas triunfantes: su nombre fue acuñado por L. Bourdeau en 1882, fue retomado por A. Espinasse en 1890, asociándolo a la tecnología, y cincuenta años después, por L. von Mises, quien hizo de su "teoría de la acción humana un tratado de economía". La praxeología pretende ser deliberadamente positivista, lo que supone algunos axiomas muy fuertes, en particular el de la existencia y la inmanencia de un criterio único de eficiencia (una de las variantes del principio de mínima acción o de parsimonia universal): la ciencia de la acción eficiente, individual o colectiva, busca identificar los medios que aseguran la realización económica de ese fin único e invariante. El abandono, parcial o local de ese axioma, destruye el estatus epistemológico de la disciplina y, por tanto, el estatus científico de los enunciados correspondientes. Se sabe desde entonces que "la praxeología, en tanto disciplina científica, está lejos de haber adquirido carta de ciudadanía en nuestro sistema de conocimientos, y mucho menos en la enseñanza", como constató, con cierta dosis de amargura, G. Langrod quien en 1972 escribió el prefacio de la impresionante síntesis bibliográfica sobre la praxeología de J. J. Ostrowski.

2. La ciencia de la práctica o ciencia de la acción, tal como la formuló Maurice Blondel [1893], sólo debería mencionarse de pasada en vista de su escasa audiencia académica desde hace un siglo. Sin embargo, lo que me lleva a recordar esta obra ignorada por los tratados de ciencias de la gestión no es el efecto publicitario del centenario,6 sino la creencia de que la importancia y la originalidad epistemológicas de la argumentación de Blondel merecen un reconocimiento. Escribiendo y meditando en el contexto intelectual de un positivismo casi aplastante, Blondel plantea las bases epistemológicas de una ciencia de la acción sin hacer ninguna concesión esencial a ese positivismo "inconsecuente en sus principios" [1893, 481], puesto que "no se trata de dar una solución posible a un problema, sino de realizar un proyecto deseable" [477]. Concepción pertinente para una ciencia de la acción que "busca un compromiso entre el conocer, el querer y el hacer" y que "contribuye a lograrlo o a hacerlo posible" [467]. En esta concepción, la acción se define como "el doble movimiento [...] que integra la causa final con la causa eficiente" [468]. "Por eso mismo está determinada [...] por esa doble relación entre el conocimiento y la acción" [1893, 469].

También debe mostrarse lo incompleto del pensamiento epistemológico de Blondel en `la acción' (que contrasta con la excepcional riqueza epistemológica de la obra de P. Valéry, su contemporáneo, quien en sus Cahiers propone argumentos semejantes en muchos aspectos; aunque sólo se publicaron hace unos veinte años); pero, para diagnosticar mejor las debilidades epistemológicas de una ciencia de la gestión que se proclama y se reconoce como `ciencia positiva', ¿no es importante entender el carácter circunstancial de ese positivismo? Imaginemos por un instante qué habría hecho en 1978-1980 el Instituto Auguste Comte para las ciencias de la acción, fundado a un alto costo por la República francesa, si sus fundadores lo hubieran llamado Instituto Maurice Blondel para las ciencias de la acción? Esto habría sido legítimo por dos razones:

a. Blondel creó explícitamente la ciencia de la acción ("la conclusión de una ciencia de la acción no debe ser: `He aquí lo que debe pensarse, creerse, o hacerse'; ¿cuál es, entonces? Actuar, por supuesto. Todo esta ahí, todo esta ahí") [1893, 476].

b. Comte, por el contrario, da tan poco fundamento a una ciencia de la acción (disciplina cuyo objeto no podría ser aprehendido positivamente, a diferencia, por ejemplo, de la frenología) que no le asigna ningún lugar en su cuadro sinóptico de las ciencias, el cual aún determina la estructura de la Academia de Ciencias. ¿Al no contar ni siquiera con una silla en el panteón de las disciplinas científicas positivas, el padrinazgo simbólico de Comte no sería incongruente para las ciencias de la acción (y, a fortiori, para las ciencias de la gestión)?

Imaginemos a esos profesores, investigadores y administradores tan prometedores leyendo a Blondel en 1978: "Una ciencia de la práctica debería formular normas de conducta [...] y enseñar lo que debemos hacer. Una verdadera ciencia [...] no se hace a un precio tan bajo, y la acción es demasiado compleja para guiarse en esa forma" [1893, 474]. Quizá habrían adoptado, con gran pragmatismo, su definición de los modelos de gestión y previsión (que por una laxitud epistemológica inadmisible aún llaman `control de gestión' sin advertir el pleonasmo): "la poca claridad interior que prepara, acompaña y sigue a la acción es suficiente para guiar y animar el inmenso organismo, así como el timón de proa orienta el curso de la nave" [1893, 469].

La ciencia de la acción que introdujo Blondel hace un siglo, ¿no permite conceptualizar una ciencia de la gestión cuyo estatuto epistemológico esté mejor fundamentado que el que ofrecen los `discursos sobre el espíritu positivo' en los que persistimos por `falta de algo mejor' y para buscar seguridad? Existía al menos una alternativa (o más, como se verá, desde Peirce a Dewey o de Valéry a Bachelard, para citar únicamente textos anteriores a 1950). Su existencia y su calidad evidencian el carácter circunstancial de las epistemologías positivistas que pretenden servir de fundamento a una disciplina científica de la gestión.

3. La cibernética o `ciencia de la comunicación y del control en los sistemas naturales y artificiales' es, por supuesto, el tercer gran intento de reformulación epistemológica de las ciencias de la gestión que observamos en la historia de las ciencias contemporáneas.

Aunque algunos autores creían que la cibernética (bautizada en 1948 por su fundador, el matemático N. Wiener) era una versión modernizada de la praxeología (su principal `difusor' en Francia, L. Couffignal, la definió, muy mal por cierto, como "el arte de la acción eficiente"), debemos subrayar el carácter epistemológicamente `revolucionario' de esta nueva ciencia. En Europa se prestó poca atención a la controversia desatada por el manifiesto epistemológico, realmente original, escrito por N. Wiener, A. Rosenblueth, un neurólogo, y J. Bigelow, un ingeniero electrónico, en 1943.7 Al restablecer el concepto de teleología en el núcleo de los métodos de investigación científica, Wiener prestó un inmenso servicio, pero infringió deliberadamente la epistemología positivista dominante. Su aura prestigiosa de matemático prodigio y el hecho de publicar ese manifiesto en plena guerra mundial (¡asegurando que su concepción de la teleología no se oponía a la del determinismo!) retrasaron la toma de conciencia de la provocación. Pero, desde 1950, la institución epistemológica reaccionó firmemente contra esas "graves confusiones", 8 señalando el peligro de esa sustitución subrepticia de una de las "hipótesis básicas" para las ciencias positivas en su conjunto. Puesto que la cibernética no avanzó tan rápidamente como la praxeología en las academias occidentales, y puesto que su desarrollo autónomo parecía relativamente estancado (entre 1943 y 1956 casi no se citan `nuevos' enunciados después de los que propusieron N. Wiener y R. Ashby), la institución no se preocupó, menos aún cuando los matemáticos que supervisaban los avances en las aplicaciones de la cibernética a las prácticas industriales vía la automatización, la teoría del control y la informática, vigilaban para que no se pronunciara la palabra, casi satánica, `teleología': el `vector de control' se convirtió en una causa eficiente clásica dentro de una ecuación de estado que daba cuenta de un determinismo situado localmente para resistir las perturbaciones aleatorias locales que obedecen sabiamente a leyes de probabilidad conocidas. Cuando Couffignal exigió, en 1961, al epistemólogo francés G. Canguilhem (sucesor de Bachelard en La Sorbona) que publicara en Études philosophiques (Año 16, No. 2), una traducción francesa de "Comportamiento, intención y teleología", nadie señaló la incoherencia epistemológica de ese manifiesto: había otras urgencias. J. Piaget fue el primero en preguntarse por "la epistemología de la cibernética" (a la que considera como una rama de la biología) y pide a S. Papert que escriba un artículo en su célebre enciclopedia Pléiade [Piaget 1967]. Él percibe las debilidades de esa argumentación (en el contexto cultural de la época, ese ejercicio era muy difícil), e intenta atenuarlas con un complemento que Papert titula "Comentarios sobre la finalidad", afirmando que: "No podemos más que lamentar la juventud de la cibernética" [841]. Diez años después, el epistemólogo M. Bunge [1977, 29-37] reconocía la imposibilidad del estatus científico de la cibernética (y de las teorías afines: información, comunicación, sistemas, organización) puesto que los cánones de la cientificidad eran los del positivismo, por actualizados y `popperianos' que fueran. Hay que resignarse, concluía, a no aceptar estas disciplinas como ciencias: es mejor que ocupen un lugar en la filosofía, más acogedora o menos exigente que la ciencia positiva dominante en esa época.

¿SI LAS CIENCIAS DE LA GESTIÓN FUESEN PSEUDOCIENCIAS, DEBERÍAN ENSEÑARSE?

Si esta `reducción' de la cibernética, simbólicamente degradada del estatus de disciplina científica positiva al de disciplina filosófica (o artística, si se toma a L. Couffignal al pie de la letra), también fuese aceptada por las ciencias de la gestión, ¡éstas no tendrían razón para apoyarse en la cibernética pues antes no se habían apoyado en la praxeología! El compromiso táctico que consistía en no divulgar las conclusiones de M. Bunge (y no leer bien el artículo anterior de S. Papert) fue útil para que la disciplina sobreviviera académicamente en la oscuridad donde maduran las `ciencias jóvenes'. Pero no es posible permanecer eternamente joven. ¿No ha llegado la hora de que la cibernética y las ciencias de la gestión salgan del puerto y enfrenten la tormenta? Antes de asumir ese riesgo, aceptemos que nuestra investigación sobre las disciplinas que pueden englobar a las ciencias de la gestión y darles legitimidad epistemológica nos lleva a una conclusión sombría: hay cierta inconsistencia epistemológica cuando se sostiene que las ciencias de la gestión, la gestiología, la praxeología, la ciencia de la acción y la cibernética son disciplinas científicas positivas, `como las demás'. Y el riesgo de que estas disciplinas se hundan en una charlatanería similar a la de la frenología (o de la grafología) es, entonces, bastante real. La alusión a la grafología es una molesta presunción suplementaria de charlatanería potencial: ¿no es extraña la culpable indulgencia de los profesores de ciencias de la gestión con la grafología? Muchos de ellos consideraban científicamente razonable el uso `complementario' de esta inepta pseudodisciplina que postula la existencia positiva de una correspondencia estable entre la forma de la escritura y el comportamiento moral del sujeto, y que afirma haber establecido las leyes científicas de esa correspondencia. Si las ciencias de la gestión son científicas, ¿acaso sus maestros no deberían indignarse públicamente contra esos parloteos que revelan un dramático oscurantismo, como lo hacen los astrónomos cuando fustigan a la astrología, los matemáticos cuando fustigan a la numerología o los dermatólogos cuando fustigan a la quiromancia?

LA INCOHERENCIA EPISTEMOLÓGICA COMO INSTRUMENTO DE INVESTIGACIÓN

"¡Y sin embargo, gira!" Por incoherente que parezca su aspiración a un estatuto epistemológico de disciplina científica, la ciencia de la gestión exhibe buena parte de los comportamientos típicos de una ciencia normal: puede producir programas de enseñanza y justificar la financiación de programas de investigación científica en la mayor parte del planeta. Su dominio se divide y subdivide continuamente en subdisciplinas, escuelas, capillas y clanes diversos. Se precia de la vanidad de sus mandarines, cuya situación social es, en algunos países anglosajones, al menos tan honorable como la de los mandarines de otras disciplinas tradicionales y persigue, tan perversamente como las otras ciencias, a los marginales y a los disidentes. Pese a su juventud, puede jactarse de un número impresionante de revistas científicas y magazines profesionales, de múltiples federaciones, de sabias sociedades especializadas más o menos rivales, nacionales e internacionales, y las bibliotecas científicas le concedieron, desde hace algún tiempo, un lugar no despreciable en sus fondos documentales. Cuenta incluso con un premio Nobel, puesto que H. Simon (Nobel 1978) fue durante 15 años (de 1949 a 1964) vicedecano y profesor activo en un instituto superior de enseñanza de gestión industrial (el GSIA de la Carnegie Mellon University, que entonces rivalizaba con Harvard Business School); Francia tardó en apropiarse las tesis desarrolladas hace 50 años por Simon y la escuela de la CMU, pero esto obedece al efecto local del `síndrome NIH' (Not Invented Here) en un país que presume que sus élites, en gestión y otras disciplinas, se educan en la calle Descartes de París (quince años después del Nobel, más de la mitad de los estudios en francés que se refieren a la obra de Simon son declaraciones de intenciones que indican lecturas superficiales y breves, lecturas de segunda mano o peticiones de principios poco científicas).

La `incoherencia epistemológica' se convierte, entonces, en un instrumento original para diagnosticar la cientificidad. El semiólogo K. Burke lo percibió hace mucho tiempo; Charles Roig lo señaló en su bello estudio "Símbolo y sociedad" (P. Lang, Berna, 1977); Barel le daría poder, transformándola en una `estrategia paradójica' de investigación epistemológica, después de descubrirla en asocio con Roig en Grenoble a finales de los años sesenta [Barel 1989, 315] y desarrollarla con su lectura de G. Bateson [1984]. Si la epistemología que fundamenta aparentemente a las ciencias de la gestión parece `incoherente' ("que no es conveniente o no conviene a la situación [...] científica de la disciplina") y, no obstante, la disciplina exhibe la vitalidad suficiente para que las comunidades científicas no la consideren charlatanería, cabe preguntar cuál es el origen de esa falta de confianza: ¿la disciplina no es compatible con la epistemología que usa como referencia, o el referente epistemológico no es compatible con la disciplina? El rigor intelectual tanto como el pragmatismo nos animan a seguir el consejo de Barel y replantear la pertinencia del referente epistemológico con cuyo rasero nuestras sociedades intentan evaluar la cientificidad de la disciplina (y, más generalmente, la de muchas `ciencias nuevas'). 9

"EL HECHO NUEVO Y DE CONSECUENCIAS INCALCULABLES PARA EL FUTURO"

Jean Piaget, uno de los más grandes epistemólogos de este siglo, invitaba en 1967 a hacer este replanteamiento:

El hecho nuevo, y de consecuencias incalculables para el futuro, es que la reflexión epistemológica ocurre en el interior mismo de las ciencias, no porque un creador científico genial [...] se dedique a construir una filosofía, sino porque [...] para determinar su valor epistemológico, es necesario someter los conceptos, métodos o principios utilizados hasta ese momento a una crítica retrospectiva. En ese caso, la crítica epistemológica deja de ser una simple reflexión sobre la ciencia: se transforma, entonces, en instrumento de progreso científico en tanto organización interna de los fundamentos y, sobre todo, en tanto que es elaborada por quienes utilizaron esos fundamentos [1967, 51].

En vez de partir de las hipótesis básicas a priori de los positivismos ("que se imponen aun paradójicamente a numerosos espíritus a pesar de los desmentidos mordaces que los avances de las ciencias han infligido a la doctrina" [Piaget 1967, 43]), para evaluar la cientificidad de los enunciados producidos por las ciencias de la gestión (y aceptar in petto su gran debilidad), podemos partir de los consejos pragmáticos de Blondel (y de muchos otros, antes y después de él, desde da Vinci o Vico hasta Simon y Morin): "Del pensamiento a la práctica y de la práctica al pensamiento, la ciencia debe conformar un círculo porque es parte de la vida. Por eso mismo está determinada [...] por esa doble relación entre el conocimiento y la acción" [Blondel 1893, 469]. "Las leyes de la vida deben encontrarse en la vida misma" [1893, 472], agregaba, invitándonos a buscar en las prácticas de la gestión "ese doble movimiento que integra la causa final con la causa eficiente" [1893, 468], asumiendo sin remordimientos "la necesidad de involucrar a los contradictores".

Aceptemos que hasta hoy las ciencias de la gestión institucionales poco se han dedicado a este ejercicio endógeno de crítica epistemológica instrumental. Aunque un observador atento podría observar en las prácticas cotidianas de los profesores de las escuelas de gestión (o de las escuelas de ingenieros y de arquitectos) una especie de protesta invisible (ese `invisible social' que señaló Barel): ¿debemos seguir enseñando esos enunciados que hoy apenas tienen sentido? ¿Vale la pena transmitir las recetas de gestión que fracasaron en el pasado? ¿el taylorismo o el fayolismo son, de un modo u otro, formas de gestión que nuestros estudiantes, que han visto Tiempos modernos de Chaplin, pueden considerar científicas? En Francia poco se menciona el pánico de los profesores de Harvard al descubrir que educaron demasiado bien a esos jóvenes y brillantes golden boys que desestabilizaron tan gravemente a la economía americana: ¿no jugaban, acaso, a ser aprendices de brujos?10

PARADIGMAS ALTERNATIVOS ENGENDRAN EPISTEMOLOGÍAS COHERENTES

Esta inconformidad soterrada se manifestaba con prudencia, por una razón sociocultural que Simon destacó en 1978 al concluir su discurso Nobel: mientras no se le oponga al menos una teoría científica alternativa, la más perversa de las doctrinas continuará en el poder siempre que haya alcanzado esa posición (y los positivismos alcanzaron el poder científico desde hace más de un siglo, al menos en Occidente):

En política existe un proverbio: `no se puede derrotar algo con nada'. No se puede combatir una disposición o un candidato limitándose a subrayar sus defectos o su inconveniencia. Este principio también se aplica a las teorías científicas: si una de ellas está bien instalada, sobrevivirá a todos los embates de las observaciones empíricas que la refutan, hasta que se establezca una teoría alternativa compatible con las observaciones que la remplace [Simon 1979, 509].

Si esa inconformidad hubiese rebasado a las ciencias de la gestión institucionalizadas, habría sido fácilmente perceptible en las interfaces; particularmente en Francia y en las culturas francófonas, donde en los últimos años se comenzaron a escuchar públicamente propuestas tales como la de que "es mejor preguntar cuál es el sentido de lo que se hace, que continuar haciendo (y enseñando) cosas que no tienen sentido".

En el área de las prácticas de gestión hay administradores experimentados como Serieyx [1993], Kervern [1993] y, sobre todo, desde el punto de vista epistemológico que nos interesa, Genelot [1992], que predican con el ejemplo y producen nuevos discursos epistemológicos a partir de su propia experiencia, la que relacionan con las profundas transformaciones socioculturales que experimentan, desde hace algunos años, las sociedades y civilizaciones de la Terre-Patrie [Morin y Kern 1993].

Eso también sucede en muchas disciplinas con las que deben cohabitar las ciencias de la gestión: la mayor parte de las ciencias del hombre y de la sociedad, las ciencias de la ingeniería y las ciencias de la vida, en las que han aparecido, desde hace medio siglo, numerosas `ciencias nuevas' que, a semejanza de las ciencias de la gestión, se definen por su proyecto de conocimiento y no por un objeto de conocimiento (esencial e independiente del observador): las ciencias de la comunicación y del control fueron las primeras en institucionalizarse (la cibernética), seguidas rápidamente por las ciencias de la información, de la computación, de la decisión, de la educación, de la cognición, de la organización, de la concepción... y de tantas otras... "ciencias de los sistemas, ciencias de lo artificial", como diría Simon (quien publicó, con ese título, su primer manifiesto epistemológico en 1969,11 completando así, sin saberlo, la enciclopedia epistemológica de Piaget publicada en 1967). "Ciencias de la complejidad" diría Morin, quien valorará el alto linaje científico del que surgieron estas `ciencias nuevas' y recordará la incoherencia epistemológica que, en su tiempo, se atribuyó a los Principes d'une science nouvelle de Vico, 12 el padre de `la teoría del verum factum' ("la verdad está en el hacer mismo") fallecido en 1743. Las `ciencias nuevas' contemporáneas son hijas de la Scienza Nuova y la incoherencia epistemológica que se les atribuye ¡es circunstancial! Ya en 1934, en Le nouvel esprit scientifique (PUF), Bachelard anunció "una epistemología no cartesiana" (título del último capítulo) que las obras fundadoras de Piaget, Simon y Morin desarrollarán y enriquecerán con la reflexión sobre sus prácticas científicas personales en el campo de las ciencias del hombre y de la sociedad, de las ciencias de la vida, y de las ciencias de la ingeniería. En 1977, en su análisis de la teoría general de sistemas del biólogo von Bertalanffy, Morin observaba que ésta "nunca exploró la teoría general del sistema; omitió profundizar su propio fundamento, reflexionar sobre el concepto de sistema" [1977, 101]. Este diagnóstico de incompletud e incoherencia epistemológicas lo llevará a predicar con el ejemplo y a legar esa obra monumental (la que le exigió en los años setenta un heroísmo intelectual que aún no valoramos en su justa medida) que constituyen los cuatro tomos de La méthode. Y al mostrarnos que ese ejercicio hacía posible que la ciencia de los sistemas se convirtiera en ciencia de la complejidad (al tiempo que Simon hacía, por vías diferentes, una demostración análoga que convierte a las ciencias de la computación y de la decisión en ciencias de la ingeniería), nos animaba colectivamente a hacer ese mismo ejercicio en el campo de otras ciencias nuevas.

LAS CIENCIAS DE LA GESTIÓN CONTRIBUYEN A CONSTRUIR EPISTEMOLOGÍAS CONSTRUCTIVISTAS

Por haber `jugado el juego' de las ciencias de la gestión, con Martinet [1990a] y otros colegas, creo que puedo dar testimonio de la factibilidad de esa producción epistemológica endógena: como dijo Piaget, `el nuevo hecho' es la capacidad de nuestras disciplinas para que `la reflexión epistemológica' se haga desde dentro, es decir, desde sus propias prácticas de producción de enunciados enseñables. Cuando se reflexiona sobre esas prácticas, se pueden formular algunas hipótesis básicas socioculturalmente aceptables (y, en mi opinión, cada vez más aceptadas) que constituyen uno o varios paradigmas epistemológicos `alternativos', al menos tan legítimos como los paradigmas positivistas exógenos, sean cartesianos, comtianos, carnapianos o popperianos, que se presentan como los únicos admisibles. Retomando las conclusiones de la Enciclopedia de Piaget [1967, 1236-1248], los incluyo en la categoría de los constructivismos para destacar su rica historia, desde los dialécticos pre y postsocráticos a los nominalistas medievales, de Da Vinci a Vico y a Valéry. Es importante que esas mismas hipótesis básicas se hayan formulado al explorar otras `disciplinas nuevas', en general `cercanas' a las ciencias de la gestión (ciencias de la decisión, de la computación, de la información, de la cognición, de la educación y, por supuesto, ciencias de los sistemas).13 Sin embargo, para nuestros propósitos debe reconocerse el papel que la reflexión crítica sobre la enseñanza y la investigación en ciencias de la gestión tuvo en esas formulaciones; esta reflexión no habría existido en una disciplina encerrada en su propio corporativismo,14 que ignora la impresionante revolución paradigmática en la investigación y la enseñanza científicas contemporáneas. Pero, simétricamente, esta capacidad de renovación epistemológica de la que somos testigos (y quizá actores) a finales del siglo XX, ¿no habría sido más vivificante y estimulante si los profesores e investigadores en ciencias de la gestión, al cuestionar el sentido de su actividad, hubiesen contribuido a esta compleja empresa paradigmática, muy bien expuesta por Morin en el último capítulo del cuarto tomo de La méthode, "El pensamiento subyacente (paradigmatología)"?

Bienvenida sea, entonces, la aparente incoherencia epistemológica de las ciencias de la gestión: ésta permite, mediante el juego de la `estrategia paradójica' (Barel) o de `la lógica paradójica de la gestión estratégica' (Martinet), hacer una modificación provechosa: lo incoherencia no estaba en la disciplina sino en los positivismos a los que tomaba como referentes. Cuando se vieron exigidas, las ciencias de la gestión, en vez de resignarse al estatus científico de la tecnología [Le Moigne 1993], o peor aún, al de la frenología, revelaron su capacidad autoorganizadora para elaborar "un pensamiento que cuestiona sus propias construcciones" según la fórmula de Martinet [1993, 70]. Al construir nuevos discursos epistemológicos que fueran compatibles, por lo menos con sus prácticas metodológicas más comunes [Avenier 1992], contribuyeron en forma decisiva a la gran renovación paradigmática contemporánea que hoy se evidencia en la reconstrucción de las epistemologías constructivistas. Un discurso del método será siempre un discurso de circunstancias, como dijo Bachelard [1934, 139].

No es sorprendente que la disciplina se haya reconstruido a sí misma haciendo esa contribución. ¿Quién cuestiona la validez de la bella fórmula del biólogo T. Dobzhanski: "Cambiando lo que conoce del mundo, el hombre cambia el mundo que conoce. Cambiando el mundo en que vive, el hombre se cambia a sí mismo" [1961, 391]? Lo que se puede decir del hombre, ¿no puede decirse también de las disciplinas que construyó? ¿Es necesario, entonces, prever los posibles cambios en las ciencias de la gestión? Para alentar la meditación epistemológica y las prácticas pedagógicas del lector, propongo una hipótesis plausible: cuando los positivismos dejen de dominar las instituciones científicas, en unos pocos años, las ciencias de la gestión actuales se convertirán en ciencias de la ingeniería de las organizaciones sociales. 15 Si a este pronóstico lo convertimos en un programa de investigación, quizá podamos comprobar empíricamente la validez de la proposición de Blondel: "La previsión es una aptitud, la preparación es una obligación".

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

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(1)En Estados Unidos, `positivista' es a veces un insulto. En sus memorias, Simon lamenta ser `acusado' de positivismo "como si eso fuese una felonía o un pecado venial [...] Esto proviene de la tendencia general a usar la palabra `positivista' en forma peyorativa sin una idea clara de lo que creen los positivistas" [1991, 270]. Puesto que sus agresores usan esa palabra como un insulto más que como un argumento, Simon se divierte y acepta el desafío declarándose `positivista' para acentuar las diferencias. Pero se puede comprobar que no toma nada del positivismo, ni la ideología, ni la metodología. Se reclama empirista en el sentido casi absoluto de la palabra, y eso le permite responder a un argumento positivista colocándose en su terreno. Simon explicó este punto en la Revue internationale de systémique [1992, volumen 6, 602-609]. De otra parte, en sus memorias [1991, 147] señaló los tres problemas que encontró en la enseñanza de las ciencias de la gestión: la fascinación por las técnicas matemáticas, la falta de atención a la observación empírica del comportamiento y, sobre todo, el predominio cultural del paradigma neoclásico desarrollado por la economía positiva en detrimento de los paradigmas basados en el `comportamiento'.

(2)Cabe preguntar si era tan urgente reeditar la Historie de la phrénologie de G. Lantéri-L. publicada en 1970 y aún disponible en las buenas bibliotecas. La comprensible simpatía del biógrafo de Gall por su héroe y por su obra, que expone muy bien como historiador, a veces lo lleva a ser indulgente con la tesis de la superioridad moral del comportamiento de los individuos en función de la morfología de su corteza cerebral, tesis que condujo a "ciertas técnicas para la selección profesional". ¿La frenología es "mejor que sus exageraciones", como afirma en su conclusión?

(3)Referencia al escándalo suscitado por el uso de sangre contaminada con VIH en las transfusiones a los hemofílicos, del que se responsabilizó a su director, el Dr. Gambetta [N. del T.].

(4)Se refiere al fraude en la negociación de unos aviones que supuestamente podían detectar (renifler significa oler) el petróleo en sus rutinas de vuelo [N. del T.].

(5)G. Langrod, quien escribe el prefacio recuerda la historia de este concepto y subraya los riesgos de una pérdida de `autonomía epistemológica' en cada una de las disciplinas que lo constituyen [Ostrowski 1973, IV].

(6)Kristo Ivanov de la Universidad de Umea, Suecia, en un estudio publicado en inglés [1991], ofrece una lección: cita en francés una página de l'action de Blondel que evidencia su rica cultura epistemológica.

(7)Con A. Demailly, examinamos la historia de sus traducciones y las controversias que suscitó en "Actualidad de la teleología", Revue internationale de systemique 1, 4.

(8)Los principales artículos de esa controversia fueron recopilados en Buckly [1968, 221-242].

(9)Expuse este argumento en Le Moigne [1987, 295-318; 1989, 251- 271].

(10)Esta toma de conciencia llevó a constituir, en 1989, la Society for the Advancement of Socio-Economics por iniciativa de A. Etzioni, entonces profesor de Harvard.

(11)Título de la traducción francesa de Sciences of the Artificial (edición original de 1969 y revisada en 1981), publicada en Dunod, 1991, traducción de J. L. Le Moigne.

(12)La edición de otra traducción está anunciada en libros de bolsillo (Idées, Gallimard, 1993).

(13)Esos estudios están reunidos en un Cahier du Grasce, CNRS y Universidad de Aix-Marseille III: "Contribution aux épistémologies constructivistes", 1993, en espera de una edición clásica.

(14)¿Puedo convocar, una vez más, a mis colegas franceses que enseñan ciencias de la gestión, para que resistan las tentaciones del `corporativismo de los profesores de ciencias de la gestión'? Así se privarán de algunas satisfacciones egoístas en la eterna `feria de la vanidades' académicas (la sacrosanta `defensa de los privilegios'), ¿pero no contribuirán a una mejor comprensión colectiva de las sociedades a las que pretendemos servir?

(15)O en "ciencias del genio organizacional", como digo en Le Moigne [1984].