CUADECO, 07/01/95, LA ACEPTACIÓN DE LA TEORÍA MARGINALISTA: SUS RAÍCES EN LA IDEOLOGÍA MODERNA

Cuadernos de Economía

Country: Colombia

Publicación del Departamento de Teoria y Politica Economica, Facultad de Ciencias Economicas, Universidad Nacional de Colombia, Santafe de Bogota, Columbia

Author: Claudia Leal

No 23

Frequency: Semi-annual


Date: 07/01/95

Este artículo es una adaptación del tercer capítulo de la tesis de grado titulada "Sobre la revolución marginalista, la ideología moderna en un agitado final de siglo", escrita a finales de 1992 para optar por el título de economista en la Universidad de los Andes.

Lo económico como categoría mayor representa la cumbre del individualismo y, como tal, tiende a ser supremo en nuestro universo.
Louis Dumont, Homo æqualis

INTRODUCCIÓN

Las últimas décadas del siglo pasado fueron bastante agitadas para la historia de la teoría económica. En Inglaterra, centro del universo económico, la teoría clásica cumplía cien años de dominio y ya se le veían sus achaques, aunque éstos no predecían su muerte. Recibía numerosas críticas, muchas inspiradas en el clima romántico de aquellos días. Se culpaba a la economía política de ser inhumana, fría y calculadora, pero la joven ciencia hacía caso omiso de las habladurías y las tildaba de sentimentalistas y carentes de fundamento. También se criticaba su tendencia a elaborar análisis cada vez más abstractos, a imitación de las ciencias naturales y exactas, reflejada en el predominio de la teoría ricardiana, cuyo método hace énfasis en la consistencia lógica de la teoría y la separa de su contenido histórico, sociológico y moral.

Entretanto, Alemania recorría el camino opuesto. Allí, la economía política inglesa siempre fue cuestionada porque, siendo presentada como una verdad, no explicaba la realidad de la región alemana: un grupo de Estados independientes económicamente atrasados. Hacia mediados de siglo se estaba configurando claramente una propuesta nueva que tomó cuerpo en la escuela histórica alemana y que predominó en la región por muchos años. El principal punto de acuerdo entre quienes conformaron esta escuela fue la aceptación de que no es posible hacer una teoría económica universalmente válida porque la realidad social varía con el tiempo y de un lugar a otro. Así, consideraron que el método inductivo era el más apropiado para el análisis económico.

Durante la segunda mitad del siglo pasado, Karl Marx, exiliado en Londres, lanzaba otro fuerte ataque al sistema clásico, que pasó a la historia gracias a la publicación en 1867 del primer volumen de El Capital. El objetivo de Marx era criticar la visión del mundo reflejada en la economía política clásica, no el de discutir los postulados de uno u otro economista. Pretendía, además, que su teoría fuera el fundamento de un movimiento de cambio social. Puesto que su trabajo apuntaba en una dirección distinta a la del esquema clásico, su poderosa crítica pasó de largo sin hacer mella en la corriente principal de la economía.

El mundo de la economía teórica era variado y se encontraba disgregado. Quienes se dedicaban a la economía tenían diversas ocupaciones --eran periodistas, funcionarios de Estado, hombres de negocios-- y carecían de cohesión. Además, el estudio de la economía política se circunscribía a otras ramas del saber y, como ya se dijo, muchos disidentes se oponían al consenso de los clásicos. Así pues, durante los años en que la teoría marginalista intentaba ganar aceptación, el futuro de la ciencia económica era confuso. Éste fue el contexto en que se produjo el `descubrimiento múltiple' de mayor resonancia en la historia de la economía, el que dio origen a la `revolución marginalista'.

A comienzos de los años setenta, Jevons en Manchester, Menger en Viena y Walras en Lausanne publicaron, sin haber tenido ningún contacto entre sí, sendos libros que coincidían en una nueva concepción del problema central de esta disciplina.1 No obstante, estas obras tuvieron poco éxito y la nueva teoría tuvo que abrirse paso lentamente entre las sólidas estructuras de la teoría clásica y, en el caso alemán, del historicismo.

El triunfo del marginalismo se evidenció casi 20 años después, en 1890, con la publicación de los Principios de economía de Alfred Marshall en Cambridge. Sin discutir la concepción de Marx y tras un debate sobre el método en Alemania, la teoría marginalista se erigió como sucesora de la teoría clásica. Es posible que esa victoria haya obedecido a la falta de competidores o a la desventaja en que se hallaban. Pero esto sólo explicaría parcialmente su predominio, pues se necesita mucho más para que una teoría penetre el núcleo de una disciplina científica.

LA IDEOLOGÍA MODERNA

La sección anterior recorrió de prisa el camino de la teoría económica. Pero los aspectos `económicos' no se encuentran aislados, ni en el mundo de los hechos ni en el de las ideas; también se entrelazan con otras disciplinas y son un reflejo de nuestra representación global de la realidad. Conviene, pues, ampliar la perspectiva a fin de complementar la explicación de la victoria marginalista.

Para identificar los factores extraeconómicos que influyeron en la aceptación de la teoría marginalista debemos establecer su relación con la ideología moderna. Los valores de la sociedad moderna impregnan el concepto de ciencia y determinan su objeto de estudio; por tal razón, la aceptación de la teoría marginalista puede explicarse por su esfuerzo de introducir métodos científicos y derivar planteamientos compatibles con la ideología moderna. Situar la teoría marginalista dentro de la ideología global sirve, pues, para entender el proceso de conformación del pensamiento económico más allá del caso particular que se examina. La economía como ciencia nació con la modernidad, y su `afinación científica', de la que el marginalismo es una pieza estratégica, forma parte de esa modernidad y de sus valores.

Pero, ¿qué se entiende aquí por ideología? Son corrientes las definiciones que la sitúan en el límite de la ciencia, como un residuo del conocimiento objetivo y verdadero. El concepto de ideología que aquí se utiliza es contrario al uso corriente. Si se la entiende como "el conjunto de ideas y valores comunes en una sociedad" [Dumont 1982, 18], lo que no excluye la contradicción o el conflicto, la ideología no está separada de las ciencias, una y otras se superponen. Esto hace posible seguir el desarrollo de una ciencia a partir de la ideología. La primera tarea es entonces identificar los rasgos distintivos de la ideología moderna.

Homo æqualis, de Louis Dumont, es un libro muy útil para este propósito, pues al ocuparse de "la relación de lo económico, como categoría, con la ideología [moderna], su lugar en ésta" [1972, 28], hizo con la ideología moderna lo que aquí se pretende hacer con la teoría económica: encontrar un referente externo, un `punto de apoyo', pues "por lo general, se tiene la impresión de que el hombre moderno, encerrado en sí mismo y quizás engañado por su sentimiento de superioridad, tiene cierta dificultad para captar sus propios problemas" [1972, 21]. Antes de escribir Homo æqualis, Dumont publicó Homo hierarchicus, un estudio antropológico de la sociedad de castas de la India, y usó este tipo de sociedad tradicional para develar los rasgos distintivos de la sociedad moderna. Según él, en la historia de la humanidad han existido múltiples formas de sociedades tradicionales, de las que la India es sólo un ejemplo, pero sólo ha habido una sociedad moderna, la actual. Reconoce que hay diferencias nacionales dentro de la sociedad moderna, del mismo modo en que la sociedad tradicional ha tomado distintas formas, pero asegura que hay ciertas características propias a cada uno de estos tipos.

Para Dumont, la ruptura entre un tipo de sociedad y otro está signada por una revolución en los valores, e identifica dos cualidades distintivas --relacionadas entre sí-- para cada tipo. La primera aparece en los títulos de sus obras: en la sociedad tradicional, los hombres están sometidos a la jerarquía (homo hierarchicus), mientras que la sociedad moderna se caracteriza por la igualdad (homo æqualis). El significado de esta diferencia conduce al segundo rasgo distintivo, de mayor importancia para el tratamiento que se dará al marginalismo. El sometimiento de cada hombre a la jerarquía en la sociedad tradicional obedece a la primacía del orden social, a la importancia de la armonía de la totalidad, donde cada elemento debe mantener su lugar dentro del conjunto. Esto es lo que Dumont llama `holismo', en contraposición con el individualismo de la sociedad moderna. En ésta se "valora en primer lugar al ser humano individual: a nuestros ojos cada hombre es una encarnación de la humanidad entera, y como tal es igual a cualquier otro hombre, y libre" [1972, 14]. Las necesidades de la sociedad pasan a ser subordinadas y el individualismo se erige como valor supremo.2

Dumont muestra que ese cambio de valores, donde el individualismo pasa a ocupar el primer lugar, tiene implicaciones de particular importancia, pues lleva al surgimiento de lo económico como categoría aislada. El individualismo moderno cambia la actitud tradicional de dar mayor importancia a las relaciones entre los hombres para privilegiar las relaciones entre hombres y cosas. La tierra era la forma de riqueza más importante en las sociedades tradicionales, pues entrañaba relaciones de poder, relaciones entre hombres. Así, lo económico y lo político eran inseparables. En la sociedad moderna, la riqueza aparece como fin en sí misma, los bienes muebles adquieren plena autonomía y llegan a constituirse en la forma superior de riqueza, permitiendo la diferenciación entre lo económico y lo político. Este punto se tratará más adelante cuando se examine el nacimiento de la categoría económica como dominio autónomo.

El segundo rasgo esencial de la ideología moderna, que Dumont menciona sin analizarlo en detalle, es la fe en la razón. La modernidad la convirtió en una diosa. La razón se instauró en el siglo XVIII, con un papel bien definido aunque ambicioso: guiar a los hombres en su paso por el mundo, ayudarlos a entenderlo para actuar en él y sobre él. Como morada inherente de la razón, las ciencias servirían, al surgir del mundo de la vida y vertir sus frutos en torno suyo, a ese propósito orientador.

Bajo su imperio, la razón separó el mundo en dominios aislados. La economía es producto de esa división, de la separación del mundo de la vida en ámbitos diferenciables, cada uno regido por sus propias reglas. La razón dividió la realidad para adentrarse en lugares cada vez más recónditos, para extender su reinado a todos los rincones donde puede llegar la mente humana. Pero el costo de dividir y encasillar la realidad ha sido la pérdida de su sentido global. De allí que sólo reflexionando sobre los valores de la ideología moderna es posible reencontrar el sentido global de la cultura. En este contexto debe entenderse el surgimiento de lo económico.

EL SURGIMIENTO DE LA CATEGORÍA ECONÓMICA

`Lo económico' no se presenta en la realidad como algo diferenciado, nosotros decidimos qué es lo económico entre la maraña de hechos y relaciones sociales. Dice Dumont:

Lo económico como tal no existe, es una construcción [...] y si la disciplina particular que lo construye no puede decirnos cómo lo hace, si no puede darnos la esencia de lo económico, entonces nos es preciso encontrarlo en la relación entre el pensamiento económico y la ideología global, es decir en el lugar de lo económico en la configuración ideológica general [1982, 36].

Afirmación bastante pertinente ante la primacía de lo económico en la ideología moderna. En la primera parte de su libro, titulada "La Génesis", Dumont analiza el surgimiento de la categoría económica en relación con la ideología moderna, mediante un tipo de lectura que le permite encontrar los aspectos globalizadores, las representaciones colectivas, en los rasgos comunes.

Para que la ciencia económica surgiera como categoría aislada era necesario un objeto de estudio, y explicarlo como un sistema independiente. Los asuntos económicos se estudiaron mucho antes del siglo XVIII pero siempre en forma subordinada a la política, a la moral o a ambas. En Grecia (Aristóteles) y en la Edad Media (Santo Tomás de Aquino) primó el punto de vista moral: justificación de la esclavitud en el primer caso, la naturaleza del precio justo y la condena a la usura en el segundo. Los temas económicos se hicieron más importantes en la era mercantilista, pero con un énfasis eminentemente político: se trataron cuestiones parciales, en particular del comercio internacional, para dar recomendaciones de política económica. Los autores mercantilistas mantuvieron la subordinación de lo económico a lo político y no elaboraron un sistema interrelacionado a partir de los fenómenos económicos que estudiaron. En el proceso de especialización de la razón, los aspectos económicos debían desligarse de la moral y de la política para adquirir un status propio y autónomo.

Los primeros en estructurar un discurso económico completo y con coherencia interna fueron los fisiócratas, pero combinaron este elemento innovador moderno con una visión social tradicional. La configuración de un sistema económico se logró mediante "la proyección sobre el plano económico de la concepción general del universo como un todo ordenado" [Dumont 1982, 54]. Quesnay situó su análisis económico dentro de una visión social y política tradicional o, si se quiere, holista. El papel central de la tierra en su teoría refleja ese fuerte ingrediente tradicional. "La tierra es la única fuente de riqueza (real), y los propietarios de Quesnay tienen a su cargo, al mismo tiempo, funciones políticas" [Dumont 1982, 55], con el monarca --representante de la ley de la naturaleza-- como primer propietario. El orden, idealizado en el Tableau, sólo puede alcanzarse si los hombres actúan de acuerdo con la ley natural. Quesnay parte de la coherencia global del mundo y no de los agentes individuales, como hará Adam Smith.

No obstante, Quesnay y los demás fisiócratas separan por primera vez la producción de la circulación y así pueden introducir la noción de producto neto, de riqueza creada (en la producción) y no de riqueza estática que debe repartirse en el intercambio (circulación), como creían los mercantilistas. La separación de la categoría económica debía estar acompañada necesariamente del abandono de esa idea mercantilista que en una transacción una parte gana y otra pierde, pues no podía haber un dominio autónomo cuyo funcionamiento condujera a conflictos entre los hombres, ya que en ese caso tendría que continuar supeditado a la política. Aquí nos acercamos a una cuestión crucial para Smith y los marginalistas: las prescripciones liberales de sus teorías, que en el laisser faire, laisser passer de los fisiócratas tienen su más conocido antecedente.

Con los fisiócratas no hubo un rompimiento completo entre lo político y lo económico, ya que "no se podía aceptar la ruptura entre economía y política que en nombre de la liberación de la primera prescribía el statu quo e incluso el poder absoluto para la segunda" [Dumont 1982, 64].

Así, para Dumont "resulta cómodo, y no excesivamente arbitrario, tomar la publicación de Adam Smith, Investigación sobre la naturaleza y causa de la riqueza de las naciones [1776], como acta de nacimiento de la categoría económica" [1982, 45]. Pues a pesar de que este libro tiene poco de original y podría haber articulado las ideas en mejor forma, Smith fue el primero en reunir las condiciones necesarias para el surgimiento de la nueva disciplina. La influencia de Locke y Mandeville fue decisiva: el primero facilitó el rompimiento con la política y el segundo con la moral.

En los Dos tratados de gobierno de Locke hay una emancipación de la política, pese a que la categoría económica apenas está naciendo. Esta categoría se centra en la noción de propiedad, eje de su visión de la sociedad. La propiedad es una noción semieconómica y su significado es muy amplio, `la vida, la libertad y los bienes' de una persona: si su cuerpo y esfuerzo le pertenecen, también los bienes que se procura con ellos (con el trabajo). "Fundar la propiedad en el trabajo del individuo y no ya en sus necesidades es típicamente moderno" [Dumont 1982, 76] puesto que las necesidades reflejan un principio social de las sociedades tradicionales. Locke construye su sistema político y de justicia a partir de la propiedad, es decir, sobre la base de individuos a los que considera iguales. "En cuanto a los hombres, no hay diferencia inherente entre ellos, no hay jerarquía: todos son libres e iguales a los ojos de dios" [Dumont 1982, 73]. Lo económico se torna jerárquicamente superior a lo político. La subordinación como principio social es remplazada por la obligación moral entendida como interiorización de los valores sociales, lo que constituye un paso hacia el individualismo.

Mandeville da un paso más allá en el campo moral. Los sujetos ya no tienen necesidad de interiorizar el orden social en forma de reglas morales de modo que cada quien define su conducta indirectamente por referencia a la sociedad entera, y Smith integra su teoría en tal forma que "en el sistema económico cada sujeto define su conducta con referencia únicamente a su interés propio, y la sociedad no es ya más que el mecanismo --o la `mano invisible'-- por el que los intereses se armonizan" [Dumont 1982, 102]. Justifica así la conducta egoísta. Y el paso de la moral tradicional a la ética utilitaria libera a la conducta individual de las limitaciones que le imponía el todo social.

En la Fábula de las abejas: vicios privados, beneficios públicos, Mandeville reduce todos los motivos de la acción humana al egoísmo, y lo identifica con el vicio, base de la prosperidad.3 Smith, que quizá conoció a Mandeville a través de Hutcheson, sólo le da la razón en lo que respecta a la economía. En la Teoría de los sentimientos morales, Smith plantea que lo económico tiene su propia normatividad, es decir, que no está simplemente separado de lo moral sino que posee un carácter moral particular. El egoísmo, impregnado de todas las connotaciones negativas, reaparece en el ámbito económico como motor del bienestar general.

Mandeville antepone el individuo a la sociedad, parte del elemento y no del todo. Explica el origen del carácter social del hombre por el esfuerzo para satisfacer sus necesidades materiales. Las relaciones entre hombres y cosas pasan así al primer plano, por encima de las relaciones entre hombres. El principal legado de Mandeville a los economistas es su filosofía individualista y su idea de que las discordias aparentes conducen al bien público.

Smith elaboró una teoría económica de un sistema interrelacionado, gobernado por sus propias normas y separado de la política y de la moral. Su sistema no compartía la visión holista de los fisiócratas sino que partía del individuo egoísta cuya acción económica se orienta al bien. Esta idea de la armonía de intereses es la que justifica su doctrina liberal. Como los franceses, estudió el origen de la riqueza o del valor, pero no lo encontró en la naturaleza sino en el hombre, en el individuo que trabaja.

Dumont subraya la perspectiva sustancialista que impregna el surgimiento de lo económico, es decir, "la tendencia a acentuar un agente o un elemento único como entidad autosuficiente que suministra la razón o el núcleo vital del dominio como un todo" [1982, 132]. En este punto surge el problema del método. En la modernidad, la razón es una diosa, pero no una razón cualquiera sino una razón especializada que intenta extender sus tentáculos lo más lejos posible. La perspectiva sustancialista que Dumont enfatiza es justamente parte del proceso en que se pierde la visión global de un amplio sistema de relaciones ilimitadas, pues la realidad se divide en compartimientos y luego se escoge un elemento de cada uno de ellos para que explique la totalidad que representa. Compartimientos que a su vez serán subdivididos en varias unidades y éstas en otras más específicas, donde cada división cobra vida propia y aislada de las demás. Eso mismo hizo Smith: ideó un sistema económico independiente y quiso reconstruirlo a partir del menor número de elementos básicos. El individuo, cuya conducta económica resulta en un bienestar general expresado en el crecimiento económico, y el hombre que con su trabajo crea valor conforman dos aspectos de un elemento ordenador primario único.

Esta perspectiva sustancialista es más intensa en el caso de la teoría marginalista, que lleva a sus últimas consecuencias la noción del hombre como ente económico. El homo economicus de los marginalistas es la base del rigor y la perfección de su teoría, motivación última de la tentación marginalista. El método basado en esta perspectiva permite que esta teoría reúna en forma clara y evidente los dos rasgos cardinales de la ideología moderna: el individualismo y la especialización de la razón.

INDIVIDUALISMO COMPLETO. HOMO ECONOMICUS: PUNTO DE PARTIDA. CONSUMO INDIVIDUAL: PUNTO DE LLEGADA

En el proceso que dio origen a la ciencia económica como disciplina autónoma, Smith contribuyó a liberarla de implicaciones morales dando un status ético propio a la conducta económica del hombre y basándolo en el utilitarismo. Con este antecedente, situado en el núcleo del pensamiento económico, el paso que dieron los marginalistas fue más fácil de aceptar que si hubieran partido de la nada.

Se sabía y se sabe que la sicología es un tema complejo, donde intervienen muchos elementos, motivaciones y sentimientos. Los economistas nunca han pretendido abarcar la totalidad del comportamiento y la sicología humanas, sólo han aislado los aspectos que consideran pertinentes para su objeto de estudio; aunque cada teoría económica asume una concepción de la sicología humana y esta concepción determina sus postulados y sus alcances;4 lo que es más explícito en la teoría marginalista que en otras: su aparato analítico descansa en un supuesto psicológico fundamental: en unas circunstancias dadas, los individuos buscan su interés propio usando su razón para tomar decisiones.

Ese comportamiento racional individual no significa que cada ser humano piense y decida qué hacer basado en su conocimiento previo de la situación. Si así fuese, cualquier decisión sería racional y resultaría problemático generalizar y teorizar, por la incertidumbre acerca de los resultados. Para evitar malentendidos debe precisarse el significado de dicho supuesto: en la esfera económica el individuo actúa ante todo como consumidor y, en tanto ser racional, busca maximizar su utilidad. Este principio se puede extender a otras formas de actuación económica: como productores, los individuos buscan maximizar sus ganancias. Para que esta conducta racional sea posible, los individuos deben tener perfecto conocimiento de la situación, de lo contrario su decisión será errónea y no maximizará la felicidad, medida en términos de utilidad.

Ese sencillo principio sirvió para construir un aparato teórico con una importante característica: da certeza sobre lo que va a suceder y, por tanto, tiene capacidad predictiva, uno de los logros que más se encomia de la ciencia moderna.

La teoría clásica también era individualista, pero en un sentido muy diferente. El tratamiento que Smith da al individuo tiene su origen en las discusiones morales de Locke, Hobbes, Hume y Hutcheson. Smith liberó el comportamiento del individuo en la esfera económica de las prescripciones de la moral tradicional: le permitió actuar a su antojo afirmando que el mercado se encarga, por obra del mecanismo conocido como la `mano invisible', de conjugar las actuaciones egoístas de los hombres para que den el mejor resultado en términos sociales: el crecimiento económico, que se asociaba y aún se asocia con el bienestar general. El crecimiento daba cuenta de la armonía del sistema y permitía abogar por el liberalismo. Los marginalistas, por el contrario, no se ocuparon del problema moral. Éste había sido superado de una vez y para siempre. Su ocuparon de buscar un principio que diera validez universal a su teoría y lo encontraron en el individuo `racional'.

Hay otro cambio notable con respecto a la visión de Smith, cuyo enfoque individualista se refiere básicamente al capitalista, mientras que para los marginalistas el individuo es un consumidor cualquiera. Diferencia que tiene dos implicaciones. La primera es que los individuos marginalistas no tienen clase social: para la nueva teoría todos los individuos son iguales pues todos son consumidores racionales. Así, se eliminó el problema del conflicto social siempre latente en la teoría clásica, sobre todo en David Ricardo, en quien se basó Marx.

La segunda consiste en que el individualismo centrado en la acción del capitalista refleja la visión productivista de la teoría clásica. El productivismo también se revela en el sentido social que domina esta visión de la economía, como argumenta Lawrence Birken [1988]. El énfasis en el crecimiento lleva a concebir la producción como fin último de la actividad económica. Tanto es así que los clásicos juzgaban el consumo según sus efectos sobre la totalidad de la economía: lo dividían en consumo productivo y consumo improductivo.

Birken sostiene que el gran cambio que provocaron los marginalistas fue haber puesto fin a ese énfasis en la producción, lo que logran profundizando el individualismo, liberando a los individuos de sus `responsabilidades' con el todo social. La armonía y la benevolencia del sistema dejaron de juzgarse en términos de la maximización del producto social para medirse en términos de la maximización de la utilidad individual. El punto de partida del marginalismo es nítidamente individualista --el homo economicus-- pero, si se quiere, sólo es una cuestión de intensidad; el principio clásico ya era individualista, aunque no su punto de llegada. La armonía se evaluaba en términos sociales: una torta cada vez más grande. Con el cambio de enfoque, la armonía, que pasó a denominarse `asignación óptima de recursos', se justificó con base en las valoraciones personales.

Volviendo a Birken, el fin del productivismo se evidencia en el abandono de la distinción entre consumos productivo e improductivo, pues en un mundo donde el consumo es el fin último de la actividad económica esa distinción carece de sentido. El consumo no se trata ya a nivel social sino a nivel individual. El cambio es esencial: el consumo, que antes se juzgaba por sus efectos sociales, comenzó a tener a su disposición toda la economía y la pregunta cambió: cómo puede el sistema dotar al individuo. Al separarse de su remanente social, el consumo dejó de lado toda implicación moral y se fundó únicamente en el deseo.

El énfasis teórico en los gustos individuales fue posible gracias al concepto de utilidad marginal [Birken 1988, 256]. La utilidad se puede tratar socialmente si se parte de la idea de un hombre `normal': la comida es útil, luego tiene valor porque los hombres la necesitan para vivir. El concepto de utilidad marginal produjo una nueva teoría y acentuó el individualismo: en el margen --como dice la famosa paradoja-- el diamante puede ser más valioso que el agua.

LA ESPECIALIZACIÓN DE LA RAZÓN

Se mencionó que un pilar de la ideología moderna es su fe en la razón, la certeza de que el hombre puede orientarse en el mundo con su ayuda y que, a fin de orientar al hombre, la razón compartimentó la realidad para abarcarla más fácilmente. Un paso en ese proceso fue el surgimiento de la categoría económica como objeto de estudio independiente, luego se delimitó el campo de la ciencia económica y, más tarde, con la propuesta marginalista, se afinó su método. Dado que éste era un proceso deseable y necesario para la mentalidad del hombre moderno, la teoría marginalista tuvo un gran punto a su favor para ser aceptada.

El método deductivo de los marginalistas, que permite construir con gran consistencia lógica un cuerpo teórico basado en unos pocos supuestos sencillos, tiene sus orígenes en la ciencia moderna en general y en el desarrollo de la economía en particular. El tipo de conocimiento predominante a mediados del siglo XIX reflejaba los valores de la ideología moderna. El marginalismo se guió por esos valores y ése es el secreto de su triunfo.

A continuación se describen las relaciones del marginalismo con el mundo científico y con la evolución del método en la economía para dar cuerpo a lo que llamamos especialización de la razón.

¿A QUÉ `COMUNIDAD CIENTÍFICA' PERTENECIERON LOS MARGINALISTAS?

En los años sesenta del siglo pasado, los practicantes de la economía la consideraban una disciplina científica: tenía un campo de acción, es decir, una serie de problemas económicos, y una forma particular de tratarlos que se recogía en los textos de economía y se divulgaba, al menos, en las cátedras de economía de las principales universidades europeas. Sin embargo, los practicantes de esta disciplina no conformaban una comunidad científica tal como la define Kuhn: un grupo de estudiosos cuyos temas de investigación no son asequibles a los no profesionales, y cuyos avances se divulgan rápidamente y se discuten dentro de la comunidad [Kuhn 1975].

Los asuntos económicos eran tratados por diversos personajes entre quienes figuraban hombres de negocios y periodistas, un grupo heterogéneo donde los economistas --personas formadas en la disciplina y dedicadas a ella-- eran la inmensa minoría. ¿Por qué este hecho es importante para el problema que nos ocupa? Por dos razones. La primera ya se mencionó: la falta de cohesión dificultó la divulgación de las ideas marginalistas y limitó la recepción de nuevos planteamientos teóricos que aparentemente nada tenían que ver con los problemas prácticos que interesaban a esa seudocomunidad económica. La segunda es importante en relación con el problema del método. La idea de comunidad científica de aquella época no era la misma de hoy: un amplio grupo de economistas con revistas propias y redes de comunicación y, en fin, con límites territoriales bien definidos. La comunidad científica a la que pertenecieron Jevons, Walras, Menger y también Marshall incluía otras disciplinas y estaba dominada por las ciencias naturales. Ninguno de ellos se formó para ser economista, todos se entrenaron y trabajaron en un contexto interdisciplinario en el que la relación con otras áreas del conocimiento a veces podía ser más importante que los problemas económicos.

El caso de Inglaterra, uno de los que cuenta con mayor documentación, es muy ilustrativo. En la segunda mitad del siglo XIX el pensamiento económico recibió una fuerte influencia de los desarrollos en las ciencias de la vida y de la creciente secularización de las doctrinas éticas, es decir, de cambios que ocurrían dentro de la comunidad científica entendida en un sentido amplio. La élite intelectual de la floreciente época victoriana era más o menos pequeña e interrelacionada. Quienes trabajaban en economía política consideraban su disciplina --como aún sucede-- como la más científica de las ciencias sociales y morales. Muchas de las que hoy consideramos ciencias no habían alcanzado ese status. La comunidad académica estaba al tanto de lo que sucedía en los distintos campos del conocimiento, por oposición al mundo académico actual excesivamente compartimentado. Así, Charles Darwin y Alfred R. Wallace, que en la década de los años cincuenta plantearon simultáneamente la teoría de la selección natural como explicación de la evolución, reconocieron que el Ensayo sobre población de Malthus les abrió el camino para formular su teoría.5

En la época victoriana el concepto de evolución se asimilaba a la idea de progreso, lastre que aún cargamos; por ello, la teoría darwiniana se amoldaba muy bien a la visión optimista del proceso de desarrollo humano entonces predominante.6 De otra parte, el materialismo que impregna El origen de las especies [1859] se oponía al anglicanismo en el que muchos académicos habían crecido y al que estaban atados por los términos de sus becas universitarias, así lo estuviesen revaluando. Además de su relación con la teoría malthusiana, en el campo económico había una fuerte razón para aceptar la teoría de Darwin:7 los problemas políticos y sociales causados por el avance industrial estaban generando críticas al sesgo pro laisser faire de la economía política, y la teoría de Darwin podía servir para justificar `científicamente' el supuesto de que el libre desarrollo de las fuerzas naturales (o del mercado) lleva al bienestar de la forma de vida más avanzada: el hombre. Además, Darwin también era útil para apoyar la metodología hipotético-deductiva que cada día tomaba más fuerza en la economía.

El ejemplo de la teoría de la evolución es pertinente porque estaba en el centro de la discusión científica de ese momento. Pero aquí el argumento desborda el caso específico de la biología. La teoría económica era atacada fuertemente por su abstracción y aridez, y por el peso excesivo que daba a la coherencia lógica, en gran medida herencia viva de Ricardo. Pero los pocos economistas que participaban en el movimiento intelectual y académico más amplio tenían una visión diferente de su disciplina. Su problema, como bien percibía Jevons, era avanzar por el sendero del rigor científico y del perfeccionamiento metodológico, como sugería el estado de las ciencias naturales.

Así pues, el desarrollo del método deductivo, proceso en el que los marginalistas tienen gran protagonismo, no es propio de la disciplina económica sino del conocimiento científico en general. Los mismos practicantes de la economía en ese momento la consideraban una hermanita menor de las ciencias naturales y exactas. Para crecer y robustecerse, tenía que alimentarse como sus hermanas mayores: eso hicieron los marginalistas con su riguroso método deductivo.

El camino que siguieron los marginalistas, iluminado por la existencia de una comunidad científica pequeña e interrelacionada, ayudó a que la economía formara `toldo aparte' dentro de esa comunidad, hoy inmensa y desmembrada. Esa gran familia científica empujaba a sus hijos para que hicieran su propia vida: llevaba el germen de su destrucción.

EL MÉTODO DEDUCTIVO DE RICARDO FRENTE AL INDUCTIVO DE MALTHUS

Además de la presión de la comunidad científica, los marginalistas recibían la influencia de los desarrollos metodológicos de su disciplina. El camino para que optaran por el método lógico deductivo fue allanado por David Ricardo, cuyo método analítico se impuso sobre el sociológico de Malthus. El papel de Ricardo en la historia del pensamiento económico ha sido muy controvertido. Aceptó los principios básicos de la economía política planteados por Adam Smith; en términos muy escuetos se puede decir que revisó La riqueza de las naciones y trabajó sobre sus puntos débiles. Por ello hay quienes consideran que su lugar en la historia de las ideas económicas no es importante y que las discusiones sobre su obra son estériles.

Sin embargo, la importancia de Ricardo es considerable. Además de participar en debates de coyuntura y de hacer aportes teóricos, entre los que sobresalen sus teorías del valor y de la renta, fundó una técnica de análisis propia de la economía, separándola de sus elementos históricos, sociológicos y morales [Deane 1978]. La técnica consiste en formular leyes generales de la vida económica y derivar de ellas una teoría que se contrasta con la realidad. Su tratamiento lógico de los fenómenos económicos facilitó formularlos en términos matemáticos.

En su metodología, Ricardo se opuso a su contemporáneo Malthus (1766-1834) quien defendió su método histórico inductivo sobre el abstracto deductivo de Ricardo. Estos pensadores fueron amigos y discutieron ampliamente sus teorías. Malthus pasó a la historia por su Ensayo sobre el principio de población cuya primera versión se publicó anónimamente en 1798 con un éxito inmediato. La segunda versión, ya firmada, apareció cinco años después. El debate entre ellos se centró en aspectos teóricos, sobre todo en la teoría del valor y la posibilidad de que aparecieran crisis de sobreproducción o una demanda insuficiente. Ricardo hizo malabares para defender la teoría del valor trabajo que enunció Smith aunque luego la abandonó, también fue partidario de la Ley de Say. Su disputa con Malthus no se limitó a aspectos de sus teorías sino que invadió el campo del método. La argumentación ordenada y lógica de Ricardo fue decisiva para que la pugna se resolviera a su favor. Fue él quien ocupó, entonces, un lugar principal en la historia de la disciplina naciente al lado del fundador.

Su influencia no puede pasarse por alto. Ricardo contribuyó a alejar la economía del mundo real, es decir, a desplazar el problema central de las teorías económicas a su consistencia lógica y a dejar en segundo lugar su verificación empírica. De otra parte, la técnica ricardiana permitió que la economía se desarrollara independientemente de otras ciencias sociales. Así, "desde Ricardo, la corriente principal en economía ha buscado la consistencia lógica, el perfeccionamiento de las herramientas matemáticas y se ha limitado a los problemas que pueden ser resueltos en esos términos" [Deane 1989, 91].

En su libro Ideología y método en economía, Homa Katouzian apoya esta visión de la influencia de Ricardo sobre la evolución del método en economía. Según Katouzian, el método se desplazó de un enfoque parcial, concreto y casualmente empírico a otro general, abstracto y deductivo, y considera que la participación de Ricardo fue importante para el desarrollo del método puramente especulativo. Ricardo "fue el fundador de la teoría económica pura como ejemplo de lógica pura casi autónoma" [Katouzian 1982].

Los marginalistas se opusieron a la teoría ricardiana del costo de producción pero fueron fieles a su método. Establecieron unas premisas y dotaron a la ciencia económica de herramientas analíticas precisas para, a partir de allí, edificar la teoría. El marginalismo encarna la tentación moderna: su método asegura el logro de sus metas, pero a costa de restringir el compartimiento de la realidad que ha escogido; avanza mucho, por un sendero muy delimitado, no a campo abierto.

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1 En 1871 se editó en Inglaterra la Teoría de economía política de William S. Jevons; el mismo año, en Austria, Carl Menger publicó su libro Principios de economía; y tres años más tarde el francés León Walras publicó la primera parte del libro que lleva por título Elementos de economía pura, cuya segunda parte apareció en 1877.

2 Sin embargo, "la ideología no tiene el poder de transformar la sociedad más que dentro de ciertos límites"; así, en el paso de una sociedad a otra quedan rezagos de la primera: de la jerarquía queda la estratificación social y de la esclavitud, el racismo [Dumont 1982, 23].

3 Con este argumento: "una colmena, espejo de la sociedad humana, vive en la corrupción y la prosperidad. Experimenta cierta nostalgia por la virtud e implora por recuperarla. Cuando se accede al ruego, tiene lugar una extraordinaria transformación: con el vicio desaparece la prosperidad, remplazada por la inactividad, la pobreza y el tedio" [Mandeville, 90].

4 Para el caso de la teoría keynesiana, véase Winslow.

5 "In October 1838... I happened to read for amusement Malthus on Population, and being well prepared to appreciate the struggle for existence which everywhere goes on from long continued observation of the habits of animals and plants, it at once struck me that under these circumstances favourable variations would tend to be preserved and unfavourable ones to be destroyed. The result of this would be the formation of new species" [Gould 1977].

6 Darwin utilizó el término `descendencia con modificación' y no el de evolución que popularizó más adelante. Además, según él mismo, no se puede hablar de organismos superiores o inferiores sino de organismos más adaptados a las condiciones de un medio específico.

7 Darwin afirmó que "ésta es la doctrina de Malthus aplicada a todo el reino vegetal y animal", citado por Deane