CUADECO, 01/01/95, PLANIFICACIÓN Y GOBIERNO

Cuadernos de Economía

Country: Colombia

Publicación del Departamento de Teoria y Politica Economica, Facultad de Ciencias Economicas, Universidad Nacional deColombia, Santafe de Bogota, Columbia Carlos Matus

No 22

Frequency: Semi-annual


Date: 01/01/95

Tomado de Carlos Matus, Adiós, señor Presidente, Editorial Pomaire, Caracas, 1987. El autor es economista de la Universidad de Chile; ha sido docente de política económica en los cursos de postgrado de la Cepal y el Ilpes y director de varias misiones de asesoría en países latinoamericanos.

La planificación general de la acción de un Gobierno es útil sólo en la medida en que se transforma en un cálculo que precede y preside la acción del mismo en el día a día. Es decir, llega a ser un proceso práctico.

Sin embargo, la más superficial observación de los procesos de Gobierno en los países latinoamericanos nos muestra, con distintos matices e intensidad, un claro distanciamiento entre los planes ofrecidos como promesas y el proceso real de discusión y toma de decisiones que guía la acción diaria de los gobernantes.

Me propongo argumentar que esta ineficacia de la planificación general facilita y estimula un estilo de gobierno dominado por la cotidianidad intrascendente y la imprevisión, donde las muestras más significativas de vitalidad se identifican con reacciones espasmódicas tardías para enfrentar los problemas que explotan ante nuestra vista. Este cálculo improvisado en la coyuntura se convierte en una alternativa superficial a la planificación formal.

Toda práctica de planificación es una combinación dosificada de cálculo previsivo que se prealimenta de una simulación constante del futuro y de cálculo reactivo que se retroalimenta de la constatación de los problemas agravados o atenuados. Pero el estilo de Gobierno dominante en nuestros países casi no deja espacio a la previsión y agota todas sus energías gestando respuestas inmediatistas a los problemas ya acumulados que muestran señales de trasponer los límites que marcan el deterioro de la adhesión popular.

Creo que es de la mayor importancia desentrañar la naturaleza de esta divergencia entre Gobierno y Planificación, porque ella, más allá de las ideologías que sustentan los distintos proyectos políticos de gobierno, genera ineficacia en la acción y un déficit de credibilidad de la población en sus dirigentes que, en última instancia, amenaza al sistema democrático. La población latinoamericana tiene cada vez menos confianza en la capacidad de los partidos políticos y los Gobiernos que de ellos nacen para solucionar o al menos aliviar los problemas. Observa con asombro que los programas electorales no constituyen un compromiso o una palabra dada para ser cumplida, constata que los planes se apartan de las promesas electorales y que la acción práctica de gobierno se distancia, a su vez, de los planes. Cada vez es más común escuchar en la voz de la calle que los partidos políticos son capaces de ganar elecciones pero incapaces de gobernar con eficacia.

La ciudadanía castiga a los Gobiernos después de un período de espera restándoles adhesión y, en última instancia, votado por la oposición en las contiendas electorales donde se decide el cambio de Gobierno. Pero ese castigo no renueva las prácticas de gobierno, los dirigentes políticos no aprenden de la historia reciente e insisten en los mismos errores. Por esta vía, el voto castigo en las elecciones presidenciales es un juicio de eficacia que no produce mayor eficacia y, en cambio, genera a la larga desaliento y desconfianza. ¿Cuánto puede durar un sistema que al final termina por garantizarnos como principal beneficio la libertad de observar en paz cómo los problemas se agravan? ¿Cuánto durará esa paz sin eficacia, justicia y empleo, pero con hambre?

En la explicación de esta divergencia, nosotros, los planificadores de profesión, tenemos casi igual cuota de responsabilidad que los dirigentes políticos y los gobernantes.

Los procesos de ganar elecciones, hacer planes de desarrollo a la manera tradicional y producir acciones durante el Gobierno responden a dinámicas de distinta naturaleza, guiadas por distintos críticos de eficacia, en contextos situacionales muy diversos y protagonizadas por actores bien diferenciados.

En la instancia electoral, los actores son distintos que en el momento del plan económico de gobierno y de la acción de gobierno. Los criterios de eficacia, las restricciones y las relaciones de fuerzas que pesan son también distintas. El clima electoral y las instituciones electorales generan motivaciones y prácticas casi opuestas a las del ambiente de Gobierno desde el Estado que rodea al cálculo del Plan Económico y la administración burocrática de los organismos públicos en el día a día.

La ciudadanía sigue un proceso paralelo, pero como espectadora. En la empatía del proceso electoral se ilusiona, premia y castiga a los partidos políticos y sus líderes, pero luego la realidad de las promesas incumplidas y la repetición de la misma abulia incapaz de dominar las fuerzas tendenciales de la rutina, hace predominar la apatía. Después de una desilusión, la ciudadanía espera la próxima venganza para ejercer su voto- castigo. ¿Estas prácticas de gobierno se originan en un problema de capacidad, de falta de voluntad o de ambas a la vez? ¿O la gobernabilidad del sistema es muy baja?

La respuesta usual a estas interrogantes apunta al hecho cierto de los intereses diversos y contrapuestos de las fuerzas sociales. Se nos dice que tales procesos de gobierno no son ineficaces para todos y que benefician a una minoría dominante. Detrás de las fallas para muchos, hay éxitos para unos pocos. Esta argumentación es cierta, pero no explica todo el problema. Las minorías dominantes pueden ser, además, ineficaces y pagar un alto costo por sus éxitos. ¿No conocemos acaso situaciones donde los mismos empresarios reclaman políticas económicas que deprimen sus mercados, trabajadores que luchan por proyectos que limitan el empleo y concentran el ingreso? ¿No es parte de la historia reciente la constatación de prácticas de gobierno que destruyen su base de sustentación política con la pasividad, la apreciación errada de las situaciones, la ineficacia burocrática, la desinformación, la incoherencia de sus acciones y la tardanza en reaccionar frente a la agudización de los problemas? ¿Es cierto que esos Gobiernos son eficientes para unos y deficientes para otros o más bien distribuyen las deficiencias de su acción cargándole la mano a las mayorías sin peso político? ¿Existe o no un problema procesal de técnicas de gobierno que afecta a los Gobiernos de las más distintas ideologías y bases de sustentación política?

La capacidad del gobernante se verifica por los resultados de su gestión en relación a la dificultad del proyecto de gobierno que acomete y el grado de gobernabilidad del sistema en que actúa. Tres variables que se entrelazan en la teoría del gobierno: capacidad de gobierno, proyecto de gobierno y gobernabilidad del sistema.

Esta obra destaca la necesidad imperiosa de crear capacidad de gobierno mediante una formación adecuada de los líderes, sobre todo del estrato político-técnico de la sociedad y crear o adoptar técnicas de gobierno y planificación adecuadas a la complejidad del sistema social gobernado.

Los líderes políticos se hacen en la práctica según las exigencias de la lucha política. Pero el estrato político-técnico de una sociedad se forma en escuelas y, a la larga, eleva las exigencias de calidad de la lucha política con el consiguiente efecto sobre la misma formación de los líderes en la práctica cotidiana. Por tal razón, podemos afirmar que la creación de equipos político-técnicos de alto nivel teórico y buena experiencia práctica estimula el ascenso del nivel y calidad de los dirigentes políticos y de la acción política práctica.

Desgraciadamente, el nivel tecnopolítico es un estrato muy poco desarrollado en América Latina. Nuestra realidad y nuestras universidades producen economistas ciegos a la política, políticos sordos a la economía y politólogos que no comprenden ni se inquietan por la incomunicación entre ambos. Por esta razón, en el proceso político de nuestros países entran directamente en contacto, pero no en comunicación, dos actores que hablan idiomas distintos y manejan teorías incompatibles: el político convencional y el técnico convencional. El resultado de tales conversaciones es obvio: el acuerdo es imposible salvo que se funde en la fe mutua. Así, un problema teórico complejo de interacción entre ambos dominios sociales se transforma en la práctica política en otro de confianza entre personas. El dirigente político tiene confianza en algunos economistas y no tiene confianza en otros, pero no entiende el problema económico.

Es como un paciente que descansa en los conocimientos de un médico y no puede juzgar por sí mismo. La confianza es la única posibilidad de entendimiento. La gravedad de la situación adquiere plena complejidad si, por su parte, el economista no entiende el problema político, bajo el supuesto no siempre verificable que domina realmente el problema de su especialidad. Naturalmente, ese diálogo no es creativo y no conduce al fondo de los problemas, al mismo tiempo que incita a políticas superficiales. La explicación económica no ilumina la explicación política, y lo mismo ocurre en el sentido inverso. Entre ambos interlocutores es imposible una apreciación profunda de la situación; sólo es posible una mera agregación de conocimientos y experiencias, sin cambio de calidad en la naturaleza de la explicación.

Nuestra principal tarea hoy es crear esa capacidad tecnopolítica a fin de elevar la eficacia del gobierno en situaciones complejas de poder compartido. Esto no se logra formando gerentes públicos como algunos creen equivocadamente, sin perjuicio de reconocer que dichos gerentes también son imprescindibles, siempre que la naciente teoría de la organización se desarrolle en proporción a las exigencias que demanda urgentemente la práctica. En todo caso, el gerente es conductor de un ámbito operacional y situacional limitado, que actúa bajo restricciones previamente establecidas de direccionalidad y con recursos asignados para cumplir su misión; su entrenamiento se refiere a resolver problemas en casos donde los objetivos superiores están previamente establecidos por la dirección política o la planificación directiva.

El tecnopolítico, en cambio, no da por supuestos los objetivos, debe crearlos y ayudar a decidirlos, ni adopta como un dato la restricción de recursos, porque está en su capacidad proponer medios para crear nuevos medios. Así, su ámbito de trabajo lo mueve hacer dialogar la política y la técnica para discutir tanto la direccionalidad (objetivos) como las directivas (operaciones y medios). Su ámbito de acción es toda la sociedad. Este enlace entre el político y el técnico es necesario para que los conocimientos de ambos actores interactúen en la explicación situacional. El tecnopolítico no requiere de las dotes carismáticas del dirigente, porque su actividad puede estar en la sombra, concentrada en la observación aguda del proceso político, económico, social y técnico. En cambio, debe poseer otras capacidades especiales que el líder no necesita cultivar imperiosamente.

El tecnopolítico debe ser un verdadero cientista social volcado hacia la acción, sin complejos para explorar directamente el futuro, capaz de comprender que la acción no espera el desarrollo de las teorías, atento para evitar las desviaciones del sociólogo que se deleita exclusivamente en el pasado, alerta para comprender que los economistas, con raras excepciones, tienden a razonar unidimensionalmente a partir de una función de producción económica donde existe un solo recurso y un solo criterio de eficacia: el económico. La escasez de poder, de conocimientos, información, liderazgo, capacidades organizativas, etcétera, no entran en las cuentas del economista. También debe estar preparado para enfrentar la planificación política, entendida como un cálculo situacional al interior de procesos creativos e inciertos, para lo cual debe evitar las desviaciones en que cae, a veces, el cientista político. La médula teórica del politólogo debería estar en el cálculo que precede y preside la acción práctica. Si éste se refugia exclusivamente en la historia de las ideas políticas, en técnicas parciales de análisis político, en el uso de lo peor de la microeconomía para alimentar una microteoría de las políticas públicas o en las concepciones cerradas, mecánicas y racionalistas de la teoría de las decisiones, elude el problema central de su ciencia y la empobrece como herramienta al servicio del hombre de acción. En realidad, ese politólogo no distingue entre procesos abiertos y cerrados, repetitivos y creativos, y por ello adopta a veces teorías y técnicas de decisión sólo pertinentes en el caso de procesos cerrados y enumerables, más típicos de algunos sistemas físico-mecánicos. En el sistema social se vive una práctica donde las posibilidades no existen, sino se crean por nosotros o por otros, y por consiguiente, no son simplemente enumerables ni se puede decidir por ellas con criterios unirracionales.

Después de señalar estas exigencias, conviene afirmar que el tecnopolítico que necesitamos no es un superhombre, ni mucho menos un tecnócrata. Si pensamos en lo que sabe o pretende saber con el tiempo el cientista de la Teoría General de Sistemas, encontramos un caso similar. No se trata de adquirir una profundidad en todos los dominios pertinentes, sino de la profundidad para comprender lo general que es común a todos ellos, para volver con esa metateoría a un ámbito de especialidad con nuevas luces, para interactuar con otros especialistas y con el político práctico. El tecnopolítico es un hombre que aspira a una metaciencia social y, mientras ella no exista, no se siente obligado a permanecer ciego y preso en las fronteras de una ciencia parcial. Simplemente es un cientista social con sentido práctico, desanimado de la esterilidad de teorizar sobre otras teorías y estimulado para teorizar sobre la realidad en que vive, obsesionado por crear métodos y técnicas al servicio del hombre de acción, irrespetuosos de la ciencia oficial, humilde ante la complejidad de los hechos, pero atento al desarrollo en la frontera de las ciencias y de las ciencias en sus fronteras particulares. Es un hombre consciente de que su práctica de producción social existe en un mundo de múltiples recursos escasos, múltiples criterios de eficacia, muchas racionalidades y diversas autorreferencias explicativas. Así llega a ser enemigo del reduccionismo a cualquier criterio único y monótono de eficacia. El desarrollo y perfeccionamiento de la planificación situacional que intenta la consideración de las complejidades mencionadas resulta así una herramienta útil para apoyar la actividad del nivel tecnopolítico.

Esta nueva capa político-técnica es requerida dramáticamente en las estructuras gubernamentales, en los partidos políticos y en las fuerzas sociales en general. El proceso de modernización hará que el planificador situacional del futuro cope una red de nudos críticos del sistema social, mientras las actuales oficinas de planificación económica, radicalmente reestructuradas, sólo serán un eslabón de una vasta red de cálculo situacional en los principales niveles del sistema social.

La argumentación precedente constituye la base primaria para sustentar las diez tesis siguientes que pretenden explicar la ineficacia general de los gobiernos en el mundo latinoamericano.

TESIS 1

Nuestros métodos de planificación son primitivos, rígidos e impotentes para servir a una dirección política que gobierna un sistema complejo, dinámico, creativo, resistente y plagado de elementos de incertidumbre.

La planificación económica normativa que fundamenta la práctica común de la planificación en América Latina es una camisa de fuerza impotente para abordar la complejidad de los procesos sociales creativos y apoyar al hombre de acción situado en una realidad indivisible y cercado por múltiples recursos escasos. No distingue la existencia de actores sociales a los que confunde con los agentes económicos, no reconoce la existencia de oponentes, asume que el sistema social es un sistema que sigue leyes y no es creador de leyes, identifica escasez de recursos con recursos económicos, opera con un criterio de eficacia dominante: la eficacia económica, se aleja de los problemas reales para analizar la realidad con la categoría del sector, se aferra al concepto poco riguroso de diagnóstico para explicar la realidad del sistema en que opera, ya que, al no distinguir oponentes, no existe para ella el yo y el otro que planifican desde distintas situaciones, hace de su preocupación central el futuro y se aparta de la coyuntura presente. Por esta vía, confunde planificación con diseño. Es una suerte de arquitectura económica cuya vista está en el mediano plazo y excluyentemente en el plano normativo del deber ser. Con esta estrechez y rigidez no puede ser de utilidad a la dirección política del Gobierno. La teoría de la planificación situacional pretende resolver este problema.

TESIS 2

Los métodos de Gobierno del Estado y de gobierno de los partidos políticos y las fuerzas sociales son igualmente primitivos e ineficaces.

La democracia se desmorona y debilita si somos ineficaces para gobernar nuestras organizaciones políticas, gremiales y empresariales, porque después reproducimos inevitablemente esa ineficacia en el Gobierno del Estado. La democracia flaquea si aceptamos como males necesarios y naturales los problemas sociales que ofenden nuestra dignidad de hombres. Nada es más mortal para la democracia que la rutina inmovilizante y el sometimiento de sus líderes a los males que nos rodean en la vida diaria. Cien años de desigualdades son cien años de problemas. El tiempo no transforma los problemas en datos de la realidad ni los convierte en norma aceptable. Los problemas que tienen cien años son problemas viejos y no realidades nuevas que debemos aceptar.

Gobernar no es administrar las cosas, es resolver problemas actuales o potenciales. La pobreza, la marginalidad social, la desigual distribución del ingreso, la concentración del poder político, la falta de participación, la congestión urbana, la degradación ecológica, los barrios miserables, la ineficacia del aparato del Estado y nuestra propia ineficacia para gobernar, no son males necesarios de la democracia. Si así fuera, no podríamos desearla, defenderla o luchar por recuperarla. Esos problemas subsisten porque no sabemos o no tenemos la voluntad de resolverlos. Y ambas cosas facilitan el proceso por el cual nuestros gobiernos se distraen en lo intrascendente.

Gobernar es cada vez un problema más complejo. Y lo es más gobernar en democracia. El líder que gobierna en la dirección del progreso social enfrenta exigencias mayores que aquel que sólo aspira en el gobierno a mantener bajo control la magnitud de los problemas. De manera que, ante objetivos menores, éste tiene además menores restricciones.

Las preguntas dramáticas son éstas: ¿estamos preparados o nos estamos preparando para gobernar con eficacia? ¿Cometeremos los mismos errores del pasado? ¿El miedo a perder la democracia nos llevará a perder nuestros objetivos?, o ¿el miedo a perder nuestros objetivos nos conducirá a perder la democracia? ¿El ideologismo de la democracia o el ideologismo de una utopía concreta opacan la estrategia y la táctica del cálculo de la acción eficaz?

Creo que los problemas del futuro requerirán equipos de gobierno excepcionales para enfrentarlos, o la democracia será imposible.

Creo que el drama más grave de nuestra época se refiere a la brecha entre nuestra capacidad para gobernar los sistemas sociales y la complejidad creciente que éstos ofrecen para ser conducidos hacia objetivos asumidos democráticamente. Esta brecha es creciente, y quizá continúe creciendo por mucho tiempo, porque nos hemos preocupado más del avance de las ciencias naturales para ganar capacidad de gobierno sobre la naturaleza y muy poco de las ciencias, técnicas y artes de la acción en el sistema social, para conquistar nuevas fronteras de eficacia en el arte de gobernar nuestros países. Los electores de hoy, y el mundo físico en general, tienen la misma complejidad que hace millones de años atrás, pero nuestros países conforman hoy sistemas sociales infinitamente más complejos. El sistema social no sólo es mucho más complejo que los sistemas naturales, sino que tienen una complejidad creciente y de distinta naturaleza. El sistema social no sólo sigue leyes, sino crea leyes. Es un sistema creativo. Pero el hombre ha concentrado su esfuerzo de investigación en el desarrollo de teorías que mejoran cada vez más su capacidad de gobernar lo más simple, la naturaleza, mientras descuida el desarrollo de su capacidad para gobernar lo más complejo, la sociedad. Para gobernar no sólo se requiere arte, sino una dosis creciente de ciencias. Pero de unas ciencias capaces de abordar los procesos creativos, donde conocer no siempre es sinónimo de encontrar leyes que rigen los procesos. Es la incapacidad creciente de gobernar el sistema social la que termina por descontrolar las relaciones del hombre con la naturaleza. No son principalmente las investigaciones sobre el ambiente ecológico las que nos permitirán su mejor manejo, sino las investigaciones sobre las ciencias y técnicas de gobierno de los sistemas sociales.

Este es el principal reto que nos plantea gobernar en democracia. Nuevamente surgen aquí interrogantes:

¿Estamos aprovechando nuestro tiempo en prepararnos mejor para conducir y participar en procesos de cambio, desde los más modestos hasta los más trascendentes? ¿Los partidos políticos progresistas de América Latina están conscientes que necesitan algo mucho más complejo que sus escuelas de cuadros para preparar las nuevas generaciones de dirigentes? ¿Hemos sido capaces de comprender que manejamos mal la economía, hacemos mal uso de los recursos de poder y de los recursos naturales, a la par que desperdiciamos tiempo y recursos ociosos, en vez de culpar al destino, al gobierno anterior, al mundo exterior, a la crisis económica internacional o a fallas en el mensaje que entregamos a los medios de comunicación social? ¿Hemos comprendido que para modernizar al Estado se necesita primero modernizar a los modernizadores? ¿Sabemos ahora, por la experiencia de nuestros fracasos, que las estructuras más primitivas e ineficientes de nuestras instituciones son sus estructuras directivas, que gobernar no sólo es un arte y que gobernar con el signo del progreso y la democracia requiere aún de una mayor dosis de ciencia y técnica?

Sin embargo, no existe en toda América Latina un centro de formación de alto nivel para los jóvenes que desean desarrollar científicamente su vocación política o político-técnica. No existe en toda América Latina un centro donde los actuales dirigentes políticos puedan recogerse a renovar sus experiencias y conocimientos. No tenemos en toda América Latina una Escuela de Ciencias y Técnicas de Gobierno. No tenemos un centro donde los venezolanos puedan reunirse con los chilenos, los peruanos, los ecuatorianos, los brasileños, abierto a todos nuestros países, para que nuestros jóvenes se formen en el dominio de las ciencias y técnicas de gobierno, fortalezcan sus valores democráticos y renueven su identidad y personalidad cultural. No existe un solo lugar donde los latinoamericanos se aproximen a los complejos problemas de gobernar procesos creativos e inciertos, al estudio de situaciones difusas sobre las cuales tenemos poca formación, a la planificación estratégica bajo incertidumbre y considerando la actividad de fuerzas oponentes, al análisis de situaciones integrales, a los problemas de seguridad y defensa para abordarlos en forma consistente con la profundización de la democracia, a conocer las relaciones exteriores, de las técnicas de negociación, de juegos y simulación humana de procesos, de la naciente teoría moderna de la organización, y muchas otras disciplinas que debe dominar el político moderno para no ser una víctima ciega de asesores tecnocráticos muchas veces deformados por ciencias parciales, quizá ya superadas, que éstos aplican desconectados de los intereses y necesidades políticas. Tampoco existe un lugar donde nuestros jóvenes políticos y técnicos creen lazos de amistad y valores comunes que posibiliten más tarde, cuando asciendan a posiciones de poder, el entendimiento y la confianza entre ellos, tan necesaria para emprender objetivos regionales e internacionales comunes para América Latina, como la integración económica, la integración cultural, la solidaridad democrática internacional y la penetración del mundo económico-financiero internacional por capitales de nuestras democracias, en vez de ser meros depositantes de recursos en el exterior y clientes de un sistema financiero opresivo y monopolizado por las grandes potencias. Pero, para hacer todo esto, con la dirección y alcance necesarios, tenemos que tecnificar la política y politizar a los técnicos. Tenemos, además, que sincerar la política y fortalecer los valores éticos. Tenemos que rescatar la política del estadista frente a la micropolítica que nos divierte con el pretexto de un rodeo necesario para alcanzar los objetivos, pero que a menudo se convierte en un desvío que nos aleja de los mismos. Tenemos que desarrollar la imaginación y la voluntad al servicio de la creación de un futuro distinto. Tenemos, a lo menos, que dar tanta importancia a la tecnología para gobernar como la que le otorgamos a la de ganar elecciones o conquistar el poder por la fuerza.

TESIS 3

La cultura política, dominada por el inmediatismo y el pragmatismo vulgar, vuelca su interés hacia los problemas intermedios del sistema político y abandona los problemas terminales del sistema social.

La gran política y la planificación se refieren a la solución de los problemas terminales del sistema social. Tales problemas son los frutos o resultados de nuestra gestión de gobierno a lo largo del tiempo. La micropolítica se refiere, en cambio, a los problemas intermedios y más inmediatos. Esta es una sana división del trabajo, siempre que los recursos que asignamos a la solución de los problemas intermedios, principalmente en nuestro tiempo, constituyan un requisito necesario para la solución de los problemas terminales. Estos problemas intermedios son agobiantes y se refieren a cuestiones políticas internas, asuntos protocolares, micronegociaciones para sostener el liderazgo y la cohesión de la fuerza política, atención del clientelismo político, administración de la rutina burocrática, acciones reactivas y defensivas propias de la microlucha política, acción política de apagaincendios y esfuerzos formales o vacíos en el logro de ciertas magnitudes económicas referidas al presupuesto, la política monetaria, el comercio exterior, etcétera, que se independizan de los problemas económicos terminales del sistema social como el crecimiento, el empleo, la distribución del ingreso, la marginalidad social, la congestión urbana, la degradación del ambiente, la ocupación irracional del espacio, etcétera.

Si la micropolítica domina sobre la gran política, los problemas intermedios pasan a constituirse en los objetivos del gobierno, mientras se acumulan y agravan los problemas terminales del sistema social. Lo que estamos presenciando en América Latina, con raras excepciones, es el dominio de la micropolítica sobre la gran política, del pragmatismo coyuntural sobre la imaginación y voluntad del estadista, de la rutina sobre la creación. Presenciamos la desarticulación de la táctica respecto a la estrategia de gobierno y esto conduce a la existencia de gobernantes gobernados por la fuerza de los hechos. El movimiento que nos arrastra nos lleva hacia un rumbo indefinido. Quienes nos conducen no conducen.

El político convencional vive atrapado, preocupado y enredado en la maraña de relaciones que se presentan a él como el mundo de su práctica de lucha, proyectos, obstáculos y éxitos. Se mueve en un mundo de inmediateces de las que él se ocupa, pero que en realidad ocupan el espacio de su conciencia sobre los grandes problemas del sistema social. Para él los grandes problemas sociales son un constante universal dentro de la cual vive la variedad tensa y creativa de su práctica cotidiana. No puede elegir entre preocuparse por los problemas terminales del sistema social y sumirse en la cotidianidad de los problemas intermedios del sistema político. El sistema elige por él. Para sobrevivir en esa lucha política agobiante, debe absorberse en la cotidianidad y postergar la reflexión sobre su gran proyecto político. De hecho está muy ocupado, sin tiempo, interrumpido constantemente por reuniones y llamadas telefónicas, esclavizado por las exigencias de sobrevivir en el duro mundo de la política. Y así descubre que la política es hacer política y no intentar resolver los problemas terminales del sistema social. Estos últimos son sólo el ambiente de su práctica, pero no el objeto de sus preocupaciones.

TESIS 4

Tenemos que reformar nuestros sistemas de planificación, modernizar nuestras técnicas de gobierno y transformar nuestra cultura política, para lograr que los programas electorales, tomados en serio, se conviertan en planes de gobierno; para que los planes de gobierno se conviertan en acción de gobierno y para que la acción de gobierno incida en los problemas nacionales, es decir, sobre los problemas terminales del sistema social. Entonces, la democracia se defenderá por sus obras.

Junto con los programas de gobierno, que son diferenciadores en lo estratégico, debemos desarrollar la capacidad de elevarnos por encima de las diferencias meramente tácticas para encontrar un espacio de consenso sobre proyectos nacionales que le den continuidad al progreso de nuestros países en el largo plazo. Ello es técnica y políticamente posible, porque la experiencia nos señala que existen problemas comunes que reclaman soluciones comunes independientes de las utopías políticas diferenciadoras a las cuales adherimos.

Esta es la gran tarea de los partidos políticos: crear generaciones de líderes capaces de articular la micropolítica con la gran política, crear institutos de investigación y formación que los apoyen en las funciones de gobierno y oposición, constituirse en guías orientadoras para la elección entre las grandes opciones estratégicas nacionales y regionales y generar una clase de gerentes públicos capaces de doblegar la maraña burocrática y moldear las organizaciones públicas a las necesidades de la acción de gobierno y la participación ciudadana.

TESIS 5

La clave del éxito de un sistema de planificación radica en la articulación de la planificación directiva con la planificación operacional. Si la planificación directiva al nivel del Presidente de la República en Consejo de Ministros no tiene vigencia, no puede tener eficacia práctica la planificación operacional a nivel de los ministerios y jefaturas de los organismos públicos. Lo contrario es igualmente cierto, aunque la falla principal en Latinoamérica es la inexistencia en unos casos y la debilidad en otros de la planificación directiva. Donde ella no existe, reina la improvisación fundada soberbiamente en la llamada experiencia política que, en más de algún caso, es simple experiencia en lidiar con problemas intermedios del sistema político e inexperiencia para tratar con los problemas terminales del sistema social. La soberbia de algunos poderosos políticos prácticos, por un lado, y la mediocridad de otros, es la principal barrera a la tecnificación del proceso de gobierno.

La planificación es una herramienta de gobierno y no un sistema de investigaciones y asesoría económica. Aún más, la planificación se confunde con el proceso de gobierno en la coyuntura situacional. Jamás habrá una verdadera y eficaz planificación en nuestros países mientras las oficinas presidenciales y los consejos de ministros funcionen de la manera asistemática, poco selectiva, desorganizada y carentes de apoyo técnico en que hoy desarrollan sus actividades.

En este sistema reinante, el Presidente de la República vive enfermo de cotidianidad, al margen del control de los hechos trascendentes, continuamente sorprendido por las circunstancias y dedicado a la solución de problemas intermedios menores.

En consecuencia, los Gobiernos no dan directivas a sus oficinas de planificación, las que se debaten entre la opción de autodefinírselas invadiendo el campo de la política superior; o permanecer relegadas al rol de centros de cálculo al servicio de acciones inmediatistas, parciales y sin rumbo definido.

TESIS 6

Un sistema directivo primitivo no puede conducir o gobernar un sistema social complejo, dinámico, incierto y resistente. El sistema social impone sus propios resultados y el gobernante es gobernado por la fuerza cotidiana de los hechos. Por ello, la primera tarea es elevar la capacidad de gobierno de los gobernantes, modernizar a los modernizadores y reformar a los reformadores. Y eso sólo pueden hacerlo ellos mismos, tomando consciencia de sus debilidades, valorizando las ciencias y técnicas de gobierno y abriéndole paso a nuevas generaciones estimuladoras de los cambios.

La dirección de los gobiernos no sólo debe ser activa, creativa y expresiva de la voluntad de resolver los problemas, sino que además debe ser eficaz, organizada, informada y anticipadora de las necesidades sociales. En síntesis, la función directiva debe emplear los medios más potentes de planificación y gerencia, a fin de que pueda cumplir con el requisito de variedad de Ashby, que nos dice sabiamente que un sistema dirigente que quiere controlar o conducir a otro debe tener más variedad que el sistema controlado o conducido. En nuestra experiencia, las múltiples fuerzas dinámicas del sistema social tienen más variedad que sus gobiernos.

TESIS 7

La planificación económica debe convertirse en planificación de la acción de gobierno. Para ello debe abandonar su concepción arquitectónica que la lleva a identificar plan con diseño e ignorar el problema político de la escasez de recursos de poder. El diseño de lo que debe ser es apenas el comienzo del problema de la planificación. El plan siempre se hace en un medio resistente o en un medio estimulante, pero nunca en un medio neutro. La resistencia o el estímulo puede ser activo o pasivo. Las fuerzas sociales usan su peso político persiguiendo objetivos parcialmente conflictivos. La rutina se convierte en plan anónimo. Las tendencias vigentes tienen a veces más fuerza que la acción del Gobierno. El azar que entra por la puerta de las variables que escapan a nuestro control carga su mano para contrariarnos o favorecernos. Los oponentes introducen la incertidumbre humana propia del cálculo interactivo. La naturaleza nos sorprende con variantes inciertas. El mundo internacional que nos rodea refuerza o contradice el signo de las variantes nacionales. La planificación no puede ser una camisa de fuerza que expresa sólo nuestra voluntad ignorando la voluntad de los otros actores sociales, la voluntad de la naturaleza o el mundo internacional que nos condiciona. La planificación no puede ser sólo normativa, tiene que ser estratégica y situacional. Tiene que articular eficacia política con eficacia económica.

TESIS 8

La planificación en un medio resistente o en situaciones de poder compartido no puede concebirse simplemente como la planificación de las acciones que ejecuta una estructura jerárquica, sino como la planificación de una estructura conflictiva que se intersecta con una estructura jerárquica.

En una estructura conflictiva, ningún actor tiene poder decisivo sobre los otros y, en consecuencia, el plan de un actor sólo puede tener éxito en la medida que vence la resistencia de los oponentes. Por consiguiente, el éxito del plan de unos exige la derrota del plan de otros. En cambio, al interior de una estructura jerárquica, la dirección superior emite directivas de planificación que son de cumplimiento imperativo para los organismos subordinados. La grave simplificación que comete la planificación normativa tradicional consiste en asumir que ella se realiza al interior de una estructura jerárquica y sobre un sistema social que sigue leyes. Por ello, algunos de esos técnicos planificadores, los más ciegos, añoran las condiciones de una planificación imperativa. Un teórico del conflicto extremo, como Clausewitz, sonreiría ante la idea de hacer obligatorio para el enemigo el plan de guerra propio. La planificación imperativa es una ilusión, sólo existen actores con mayor o menor poder, pero siempre ese poder es limitado, aun en el sistema socialista de poder más concentrado.

La planificación situacional en una estructura que es en parte conflictiva y en parte jerárquica tiene las siguientes características:

i. Comprende procesos creativos y repetitivos, cualitativos y cuantitativos. El sistema social, en parte, sigue leyes y puede ser explicado limitadamente por modelos matemáticos, pero principalmente crea leyes. Los procesos creativos sólo pueden ser abordados por medio del cálculo interactivo, al servicio del cual tenemos algunas herramientas tales como los juegos, los ensayos, las maniobras, las técnicas de negociación, el juicio de expertos y la consulta política directa. Por otra parte, el proceso social contiene aspectos de calidad y cantidad que debemos respetar en su jerarquía de significaciones. Lo que interesa en el análisis social es la precisión de las proposiciones, y dicha precisión es en parte una cuestión de rigor en el empleo de las variables lingüísticas y sólo en parte un problema de medición. Si no reconocemos el concepto de precisión como un nivel más amplio que el de medición, podemos caer fácilmente en la cuantificación de los secundario y en la indiferenciación de la calidad de las situaciones.

ii. Asume los métodos de una planificación operacional al interior de la estructura jerárquica. En la planificación operacional existen también una estrategia y una táctica, pero aquí los objetivos son dependientes de las directivas superiores y, en consecuencia, son más rígidos, la planificación es más técnica, los actores son comandos de unidades operacionales dependientes de la autoridad superior, los oponentes están circunscritos a fracciones de fuerzas en un dominio situacional limitado y los medios para realizar el plan son asignados desde arriba.

iii. En el ámbito de la estructura conflictiva, la planificación directiva requiere de una planificación estratégica y situacional. Cuando hay actores en un conflicto de planes, cada actor desarrolla estrategias para intentar vencer a su oponente y cada estrategia se apoya en la situación propia y en la situación del oponente. Así, comprendemos que la realidad que nos envuelve a ambos es distinta para cada uno de nosotros. Sin el concepto de situación es imposible una teoría de la estrategia. La planificación directiva tiene objetivos flexibles, es más política, se realiza por una dirección superior, tiene un mayor grado de libertad para elegir los oponentes y los aliados y no tiene a quién solicitarle medios o recursos, sólo puede crearlos en el proceso mismo del conflicto.

iv. Exige el desarrollo del cálculo interactivo para tratar la incertidumbre proveniente de las relaciones entre los actores sociales. Cuando los planes de los distintos actores son conflictivos, mi plan más eficaz depende del plan del otro y el plan más eficaz del otro depende de mi plan. Así surge el cálculo interactivo que nos mueve a considerar el plan como un juego entre actores sociales. Ese juego es la esencia de los procesos creativos en el sistema social, porque fuerza nuestra imaginación y creatividad al servicio del juicio estratégico.

v. Requiere de la categoría de situación para explicar la realidad, ya que los distintos actores sociales viven realidades distintas según la posición que ocupan en el sistema social. El concepto de diagnóstico elude el problema de las distintas explicaciones de los actores sociales y busca una verdad única y absoluta que oscurece el entendimiento de la realidad. El concepto de situación facilita el entendimiento del conflicto y la posibilidad del consenso. En efecto, ambos suponen conocer la explicación del oponente y del potencial aliado. Nuestra visión del mundo es una visión particular relativa a nuestra posición en el sistema social, y si tomamos conciencia de esta unidimensionalidad cada vez que nos encontremos en contradicción u oposición con otros hombres u otras fuerzas, podremos aprender a convivir con ellos. Si nuestra actitud no se aferra a lo que vemos desde nuestro propio punto de vista a nuestra propia situación y reconocemos que otros ven la realidad según la situación o el mundo en que viven y esa visión puede ser tan válida como la nuestra, aunque nos parezca indeseable, estaremos más dispuestos a conversar y comprender. Y si decidimos pelear, conoceremos mejor los motivos de nuestros oponentes.

vi. Plantea la existencia de múltiples recursos escasos y, en consecuencia, de múltiples criterios de eficacia. Es necesario asumir que cada actor social está restringido por un vector de recursos escasos que debe administrar con eficacia para alcanzar sus objetivos. Este vector de recursos escasos incluye elementos tales como poder político, recursos económicos, capacidad de producción de los recursos naturales, conocimientos e información, valores, etcétera. La producción de cualquier hecho social exige la aplicación de este vector de recursos y la eficacia de los hechos producidos revierte sobre el actor que los produce aumentando o disminuyendo las restricciones de tales recursos. Por consiguiente, no existe un criterio de eficacia absoluto, como suele presentarse la eficacia económica en la planificación normativa, sino múltiples criterios de eficacia cuya jerarquía depende de las características de la situación y de la naturaleza de los objetivos perseguidos. Así, podemos hablar de eficacia política, eficacia económica, eficacia ecológica, eficacia cogn1n la Universidad de Viena, y Profesora Asistente de Economía en la Universidad de Viena y Profesora Visitante en la Universidad de Stanford. Los autores agradecen a J. R. Hollingsworth, P. C. Schmitter, W. Streeck, Anne Mayhew y dos comentaristas anónimos. También a F. van Waarden quien mejoró sustancialmente el estilo.

El debate de los ochenta acerca de la desregulación sólo tocó marginalmente dos aspectos teóricos y prácticos esenciales del problema: las funciones y las instituciones de la desregulación. Por regla general, los economistas consideran que la regulación cumple una función sólo cuando falla el mercado, puesto que su ideal es el mercado perfectamente competitivo. Se pueden distinguir tres fallas del mercado. En términos substanciales, la falla del mercado surge cuando el proceso de mercado no lleva a una asignación eficiente. Segunda, puede haber una falla del mercado en términos sociales, cuando la asignación eficiente implica una distribución del ingreso injusta e inaceptable. A este aspecto social se dedicó, significativamente, menos espacio en el debate acerca de la regulación. Tercera, puede haber una falla del mercado en términos temporales. Las soluciones que son eficientes en el corto plazo pueden ser subóptimas en el largo plazo debido a los miopes horizontes de planeación. La regulación puede proporcionar las precondiciones necesarias para la planeación y la eficiencia a largo plazo. Hasta ahora, esta función de la regulación ha sido pobremente tratada en las discusiones teóricas y de política económica.

Además de omitir el nivel temporal de las fallas del mercado, el debate neoclásico sobre la regulación se ha restringido a las instituciones del mercado y del Estado. La regulación es siempre una regulación estatal. Esto pasa por alto que hay otras instituciones, como las asociaciones de empresas, que también participan en la coordinación o regulación de las actividades económicas. En este artículo describimos y evaluamos el desempeño de diversas instituciones de regulación. La visión económica tradicional sostiene que la regulación lleva a la rigidez: la adaptación y el cambio de las estructuras económicas, necesarias para incrementar la competencia internacional, exigen una reducción de la regulación del Estado. Contra esta posición, sostendremos que algunas instituciones reguladoras mejoran la capacidad adaptativa de las economías, en vez de disminuirla. Al evaluar las instituciones de regulación, omitiremos los criterios sociales y nos limitaremos al criterio dominante en el enfoque neoclásico: la eficiencia asignativa en condiciones de intensa competencia internacional. Nos preguntamos: ¿cuál es el significado de diversas instituciones de regulación para el cambio económico estructural? ¿Pueden facilitar también el cambio estructural e incrementar la competitividad internacional?

En este artículo sintetizamos las teorías económicas de la regulación y sostenemos que éstas no consideran adecuadamente el aspecto temporal de las fallas del mercado. Elaboramos una tipología de instituciones de regulación económicamente relevantes además de la dicotomía entre mercado y Estado. Otras instituciones aquí consideradas son la firma, la red y la agrupación corporativa. Presentamos los resultados de una comparación internacional que ilustra la diversidad de esquemas de regulación e indicamos qué instituciones son más eficientes para manejar los problemas de regulación (de sectores específicos). La eficiencia se definirá estrechamente en términos estático comparativos: el desempeño --medido por el comercio externo como indicador de la competitividad-- de una institución de regulación en comparación con el de otra. No sobra decir que el desempeño del comercio externo depende de numerosas variables tales como las barreras comerciales, los precios de los factores y los subsidios industriales. No obstante, nuestro argumento es que estas variables también son determinadas decisivamente por la regulación, tal como aquí la conceptualizamos. Por consiguiente, el impacto de la regulación sobre el desempeño económico merece especial atención.

DIMENSIÓN TEMPORAL DE LA FALLA DEL MERCADO

Las teorías normativas que apoyan la regulación toman como punto de referencia el mercado perfectamente competitivo. La regulación sólo se justifica cuando el mercado falla para proporcionar una asignación óptima. Esas fallas del mercado pueden resultar del monopolio natural, de una competencia ruinosa, de externalidades y de asimetrías de información.

Todos los enfoques normativos de la regulación son estáticos. El tiempo no recibe una consideración sistemática. Los enfoques neoclásicos tratan el futuro como cualquier otra mercancía que puede ser intercambiada en los mercados. Los individuos pueden cambiar el consumo presente por el consumo futuro a una tasa de descuento intertemporal en los mercados de futuros. Pero el intercambio supone explícitamente el carácter de mercancía de lo intercambiable y, por tanto, la reversibilidad de la transacción. Así, el enfoque de los mercados de futuros implica la intercambiabilidad del hoy y del mañana y, por tanto, no puede tratar al tiempo en una trayectoria irreversible, histórica. No obstante, una decisión que se toma el día de hoy puede producir resultados irreversibles el día de mañana. Podemos intercambiar acero de hoy por acero de mañana (más la tasa de interés por diferir el uso). Pero ¿cómo tratar con el hecho de que no aprender hoy significa no tener habilidades mañana?

Williamson [1975], quien asigna a la regulación la función de reducir los costos de transacción, considera el problema de la irreversibilidad de las decisiones cuando pone de presente la existencia de costos de quiebra [sunk costs]. Sostiene que las dos partes de un acuerdo se someten a unos costos específicos y no recuperables [Hodgson 1988, 155n]. Pero como admite la posibilidad de cálculo racional y minimización de los costos de transacción, ignora la incertidumbre (en tanto opuesta al riesgo) que es también inherente a cualquier trayectoria que requiera tiempo.

Las teorías positivas de la regulación describen y explican (pero no justifican normativamente) la regulación como una consecuencia del interés propio de la autoridad reguladora y de los actores relacionados. Los teóricos de la elección pública, por ejemplo, consideran a la regulación como un instrumento para la redistribución entre los diferentes grupos. Pero tampoco consideran la dimensión temporal.

El enfoque teórico del contrato considera que la regulación se justifica por el interés público. Para esta visión, una autoridad actúa en favor del interés público si la política adoptada corresponde a un contrato que una coalición de consumidores también llegaría a establecer con los productores en el largo plazo, pero donde ese contrato privado sería inferior a la regulación pública. Tal contrato incluye la provisión de bienes a largo plazo y obra en interés de ambas partes. Asegura una oferta estable a los consumidores y ventas estables a los productores. El enfoque incorpora explícitamente el problema del largo plazo de las decisiones económicas y de la distribución de los bienes a través del tiempo. Pero aún deja abierto el interrogante de en qué condiciones es mejor utilizar la regulación basada en la teoría del contrato que la asignación del mercado.

Así pues, puede concluirse que los enfoques neoclásico y alternativos omiten un tipo específico de falla del mercado: la irracionalidad a largo plazo de las decisiones racionales de corto plazo de quienes participan en el mercado. La regulación puede evitar la mala asignación a través del tiempo.

LA REGULACIÓN Y LA DIMENSIÓN TEMPORAL UN ENFOQUE KEYNESIANO

El tiempo como trayectoria histórica en un mundo incierto es un tema clave de la escuela austríaca. Hayek [1941] subrayó el papel del tiempo en el incremento de la probabilidad de decisiones de inversión erróneas, de falta de coordinación de las decisiones y de errores de inversión acumulativos. No obstante, consideraba que los precios pueden coordinar las decisiones intertemporales. La regulación sólo perturbaría este proceso. Una caída de la tasa de interés indicaría una mayor disposición a postergar el consumo presente por el futuro y crearía así incentivos para comprometerse en procesos de producción cada vez más indirectos [ver Garrison y Kirzner 1987]. Al criticar los supuestos implícitos de las escuelas neoclásica y austríaca relacionados con el mecanismo de precios, Keynes [1936] llegó a la conclusión exactamente opuesta, es decir, que las instituciones externas al mercado eran necesarias para la coordinación intertemporal.

Keynes mostró que las decisiones que son racionales en el corto plazo pueden llevar a resultados irracionales en el largo plazo debido a que estas decisiones son guiadas por criterios erróneos: los precios (tasas de interés a largo plazo), que dependen de cálculos de corto plazo. Keynes no negó la función de señal de los precios que tanto enfatizó Hayek, pero sostuvo que la señal era errónea. La teoría neoclásica y la escuela austríaca suponen implícitamente que las decisiones de corto plazo se basan en criterios de corto plazo y las decisiones de largo plazo en criterios de largo plazo. Keynes mostró que las decisiones de largo plazo se basan en criterios erróneos, es decir, de corto plazo. Los inversionistas privados hacen sus inversiones en capital real dependiendo de sus ingresos esperados y de la tasa de interés a largo plazo. Los rendimientos esperados durante la vida total de una inversión son, en general, estables. Estos se forman con base en la convención de que el presente es una buena guía para el futuro y el comportamiento de la mayoría un buen indicador para el comportamiento de uno mismo [Keynes 1936, 152]. Los problemas provienen de la financiación de la inversión a través del mercado de acciones (o de otros mercados financieros), donde se determina el precio de los activos a largo plazo. Los especuladores son muy activos en este mercado, y su racionalidad es una racionalidad basada en cálculos de corto plazo. Las expectativas sobre el futuro cercano determinan el precio de los activos a largo plazo. La especulación exitosa requiere corregir las estimaciones de las expectativas de otros y no las del valor real de los activos, y esto exige acciones que se anticipen a la mayoría y no que se adapten a ella.

Puesto que las inversiones privadas dependen del mercado de acciones o de otros mercados financieros para su financiación, y puesto que los inversionistas pueden escoger entre invertir en capital financiero o en capital real, los empresarios se ven forzados a actuar como especuladores cuando toman sus decisiones de inversión. Los empresarios deben guiarse por los cambios a corto plazo en los precios de los títulos, lo que dificulta planear para el largo plazo. La señal de la tasa de interés es sistemáticamente errónea para la asignación intertemporal. Las oleadas de optimismo y pesimismo que ésta desencadena --un proceso de crisis que se autoperpetúa-- son el núcleo de la teoría keynesiana. Keynes consideraba que el mercado de acciones era una institución desestabilizadora porque éste genera sistemáticamente unos criterios falsos para tomar decisiones: las expectativas acerca de las expectativas de otros, en vez de expectativas genuinas acerca de los proyectos de inversión y de las firmas. El quería separar la especulación de la inversión. Por tanto, abogaba por la creación de instituciones que generen expectativas socialmente justificadas, por ejemplo, criterios de decisión a largo plazo para formuar expectativas de largo plazo.

EL CAMBIO ESTRUCTURAL COMO DILEMA DE RACIONALIDAD TEMPORAL

Con la incertidumbre estructural acerca de la futura evolución de la demanda, existe el peligro de que las inversiones, que sólo proporcionan rendimientos en el largo plazo, no se realicen en una economía de mercado. El peligro es tanto más intenso cuanto mayor sea la incertidumbre acerca de las ventas futuras y cuanto mayores sean los costos de quiebra de un proyecto de inversión a largo plazo.

La situación puede ser representada mediante el dilema del prisionero: mientras que deben invertir para mantener la competitividad internacional a largo plazo, las firmas no harán tales inversiones porque reducen sus beneficios a corto plazo. La lógica es similar a la del problema mencionado por Keynes: la planeación a largo plazo está guiada por las posiciones competitivas de corto plazo en el mercado. Las firmas deben tener en cuenta lo que sus competidores hacen en el presente y en el corto plazo. No obstante, con la adopción de estrategias de corto plazo se inicia una trayectoria histórica, irreversible, que puede llevar a deficiencias de largo plazo.

Hay dos maneras de resolver este problema. Primera, las firmas pueden cooperar con sus competidores y crear un entorno de mercado estable que permita planear inversiones a largo plazo. La combinación de recursos en un fondo común de conocimientos, por ejemplo, puede superar las deficiencias de investigación y desarrollo (véaión del desarrollo en forma más estructural, integrando orgánicamente los problemas del ambiente y la equidad en el corazón del análisis económico. Para unos, la formación económica ortodoxa o el adiestramiento "pragmático" en técnicas de planeación impiden acceder a una visión más compleja y menos mensurable del mundo, la cual consideran "retórica". Para otros, replantear el tema sería, simplemente, hacer demasiadas concesiones a los verdes o a los izquierdistas, con la consiguiente reprobación de los verdaderos dueños del poder y, quizá, el recorte de los desmesurados privilegios que disfrutan reducidos grupos de la sociedad colombiana.

LA ENCRUCIJADA DE LA RELACIÓN ENTRE AMBIENTE Y DESARROLLO

La recurrente insistencia para precisar las relaciones entre las política económica y social, y entre éstas y la problemática ambiental, obedece a que el concepto de desarrollo sostenible, tal como se concibe a nivel internacional, implica asumir la tensión, y lograr el balance, entre los objetivos de crecimiento económico (proceso de materialización), de equidad (proceso de distribución) y de sostenibilidad física del ambiente y los recursos (proceso de gestión sobre el entorno). Este balance, parcialmente conflictivo, está condicionado a su vez por un ámbito más general, de carácter. La reversibilidad en este sentido no significa que una vez tomadas las decisiones, éstas pueden ser revertidas sino que los bienes de hoy pueden ser intercambiados por los bienes de mañana. La decisión de producir hoy una manzana es irreversible, puesto que esta manzana se pudrirá mañana. Pero la manzana fresca de hoy puede ser intercambiada en el día de mañana por una manzana fresca recién producida en el momento de tomar la decisión. Para una descripción más amplia, véase Unger [1981]. En términos más precisos, de la eficiencia marginal del capital, aquella tasa de descuento que iguala los rendimientos esperados de una inversión con su precio de oferta. Por simplicidad del argumento, nos referimos aquí a la interpretación reduccionista que Leijonhufvud [1968] hizo de Keynes. Una visión institucionalista o postkeynesiana sugeriría que incluso la inversión real es incierta. El problema, entonces, no sería tan sólo que los precios pueden ser falsos, sino que simplemente no podemos saber si son verdaderos o falsos. Sin embargo, cuando se adopta esta última interpretación, las fluctuaciones y la especulación en los mercados financieros se verían reforzadas por las fluctuaciones y la incertidumbre de la inversión real. La incertidumbre estructural designa la falta de información sobre la estructura del problema, y la incertidumbre paramétrica designa la falta de información sobre los parámetros del problema. Como plantea Picker [1992], esta distinción de Langlois [1984] es muy similar a la distinción que Knight establece entre incertidumbre y riesgo [ver Picker 1992, 72].