La planificación general de la acción de un Gobierno es útil
sólo en la medida en que se transforma en un cálculo que precede
y preside la acción del mismo en el día a día. Es decir, llega a
ser un proceso práctico.
Sin embargo, la más superficial observación de los procesos de
Gobierno en los países latinoamericanos nos muestra, con
distintos matices e intensidad, un claro distanciamiento entre
los planes ofrecidos como promesas y el proceso real de discusión
y toma de decisiones que guía la acción diaria de los
gobernantes.
Me propongo argumentar que esta ineficacia de la planificación
general facilita y estimula un estilo de gobierno dominado por la
cotidianidad intrascendente y la imprevisión, donde las muestras
más significativas de vitalidad se identifican con reacciones
espasmódicas tardías para enfrentar los problemas que explotan
ante nuestra vista. Este cálculo improvisado en la coyuntura se
convierte en una alternativa superficial a la planificación
formal.
Toda práctica de planificación es una combinación dosificada
de cálculo previsivo que se prealimenta de una
simulación constante del futuro y de cálculo reactivo que
se retroalimenta de la constatación de los problemas
agravados o atenuados. Pero el estilo de Gobierno dominante en
nuestros países casi no deja espacio a la previsión y agota todas
sus energías gestando respuestas inmediatistas a los problemas ya
acumulados que muestran señales de trasponer los límites que
marcan el deterioro de la adhesión popular.
Creo que es de la mayor importancia desentrañar la naturaleza
de esta divergencia entre Gobierno y Planificación, porque ella,
más allá de las ideologías que sustentan los distintos proyectos
políticos de gobierno, genera ineficacia en la acción y un
déficit de credibilidad de la población en sus dirigentes que, en
última instancia, amenaza al sistema democrático. La población
latinoamericana tiene cada vez menos confianza en la capacidad de
los partidos políticos y los Gobiernos que de ellos nacen para
solucionar o al menos aliviar los problemas. Observa con asombro
que los programas electorales no constituyen un compromiso o una
palabra dada para ser cumplida, constata que los planes se
apartan de las promesas electorales y que la acción práctica de
gobierno se distancia, a su vez, de los planes. Cada vez es más
común escuchar en la voz de la calle que los partidos políticos
son capaces de ganar elecciones pero incapaces de gobernar con
eficacia.
La ciudadanía castiga a los Gobiernos después de un período de
espera restándoles adhesión y, en última instancia, votado por la
oposición en las contiendas electorales donde se decide el cambio
de Gobierno. Pero ese castigo no renueva las prácticas de
gobierno, los dirigentes políticos no aprenden de la historia
reciente e insisten en los mismos errores. Por esta vía, el voto
castigo en las elecciones presidenciales es un juicio de eficacia
que no produce mayor eficacia y, en cambio, genera a la larga
desaliento y desconfianza. ¿Cuánto puede durar un sistema que al
final termina por garantizarnos como principal beneficio la
libertad de observar en paz cómo los problemas se agravan?
¿Cuánto durará esa paz sin eficacia, justicia y empleo, pero con
hambre?
En la explicación de esta divergencia, nosotros, los
planificadores de profesión, tenemos casi igual cuota de
responsabilidad que los dirigentes políticos y los gobernantes.
Los procesos de ganar elecciones, hacer planes de desarrollo a
la manera tradicional y producir acciones durante el Gobierno
responden a dinámicas de distinta naturaleza, guiadas por
distintos críticos de eficacia, en contextos situacionales muy
diversos y protagonizadas por actores bien diferenciados.
En la instancia electoral, los actores son distintos que en el
momento del plan económico de gobierno y de la acción de
gobierno. Los criterios de eficacia, las restricciones y las
relaciones de fuerzas que pesan son también distintas. El clima
electoral y las instituciones electorales generan motivaciones y
prácticas casi opuestas a las del ambiente de Gobierno desde el
Estado que rodea al cálculo del Plan Económico y la
administración burocrática de los organismos públicos en el día a
día.
La ciudadanía sigue un proceso paralelo, pero como
espectadora. En la empatía del proceso electoral se ilusiona,
premia y castiga a los partidos políticos y sus líderes, pero
luego la realidad de las promesas incumplidas y la repetición de
la misma abulia incapaz de dominar las fuerzas tendenciales de la
rutina, hace predominar la apatía. Después de una desilusión, la
ciudadanía espera la próxima venganza para ejercer su voto-
castigo. ¿Estas prácticas de gobierno se originan en un problema
de capacidad, de falta de voluntad o de ambas a la vez? ¿O la
gobernabilidad del sistema es muy baja?
La respuesta usual a estas interrogantes apunta al hecho
cierto de los intereses diversos y contrapuestos de las fuerzas
sociales. Se nos dice que tales procesos de gobierno no son
ineficaces para todos y que benefician a una minoría dominante.
Detrás de las fallas para muchos, hay éxitos para unos pocos.
Esta argumentación es cierta, pero no explica todo el problema.
Las minorías dominantes pueden ser, además, ineficaces y pagar un
alto costo por sus éxitos. ¿No conocemos acaso situaciones donde
los mismos empresarios reclaman políticas económicas que deprimen
sus mercados, trabajadores que luchan por proyectos que limitan
el empleo y concentran el ingreso? ¿No es parte de la historia
reciente la constatación de prácticas de gobierno que destruyen
su base de sustentación política con la pasividad, la apreciación
errada de las situaciones, la ineficacia burocrática, la
desinformación, la incoherencia de sus acciones y la tardanza en
reaccionar frente a la agudización de los problemas? ¿Es cierto
que esos Gobiernos son eficientes para unos y deficientes para
otros o más bien distribuyen las deficiencias de su acción
cargándole la mano a las mayorías sin peso político? ¿Existe o no
un problema procesal de técnicas de gobierno que afecta a los
Gobiernos de las más distintas ideologías y bases de sustentación
política?
La capacidad del gobernante se verifica por los
resultados de su gestión en relación a la dificultad del
proyecto de gobierno que acomete y el grado de
gobernabilidad del sistema en que actúa. Tres variables
que se entrelazan en la teoría del gobierno: capacidad de
gobierno, proyecto de gobierno y gobernabilidad del sistema.
Esta obra destaca la necesidad imperiosa de crear
capacidad de gobierno mediante una formación adecuada de los
líderes, sobre todo del estrato político-técnico de la sociedad y
crear o adoptar técnicas de gobierno y planificación adecuadas a
la complejidad del sistema social gobernado.
Los líderes políticos se hacen en la práctica según las
exigencias de la lucha política. Pero el estrato político-técnico
de una sociedad se forma en escuelas y, a la larga, eleva
las exigencias de calidad de la lucha política con el
consiguiente efecto sobre la misma formación de los líderes en la
práctica cotidiana. Por tal razón, podemos afirmar que la
creación de equipos político-técnicos de alto nivel teórico y
buena experiencia práctica estimula el ascenso del nivel y
calidad de los dirigentes políticos y de la acción política
práctica.
Desgraciadamente, el nivel tecnopolítico es un estrato
muy poco desarrollado en América Latina. Nuestra realidad y
nuestras universidades producen economistas ciegos a la política,
políticos sordos a la economía y politólogos que no comprenden ni
se inquietan por la incomunicación entre ambos. Por esta razón,
en el proceso político de nuestros países entran directamente en
contacto, pero no en comunicación, dos actores que hablan idiomas
distintos y manejan teorías incompatibles: el político
convencional y el técnico convencional. El resultado
de tales conversaciones es obvio: el acuerdo es imposible salvo
que se funde en la fe mutua. Así, un problema teórico complejo de
interacción entre ambos dominios sociales se transforma en la
práctica política en otro de confianza entre personas. El
dirigente político tiene confianza en algunos economistas
y no tiene confianza en otros, pero no entiende el problema
económico.
Es como un paciente que descansa en los conocimientos de un
médico y no puede juzgar por sí mismo. La confianza es la única
posibilidad de entendimiento. La gravedad de la situación
adquiere plena complejidad si, por su parte, el economista no
entiende el problema político, bajo el supuesto no siempre
verificable que domina realmente el problema de su especialidad.
Naturalmente, ese diálogo no es creativo y no conduce al fondo de
los problemas, al mismo tiempo que incita a políticas
superficiales. La explicación económica no ilumina la explicación
política, y lo mismo ocurre en el sentido inverso. Entre ambos
interlocutores es imposible una apreciación profunda de la
situación; sólo es posible una mera agregación de conocimientos y
experiencias, sin cambio de calidad en la naturaleza de la
explicación.
Nuestra principal tarea hoy es crear esa capacidad
tecnopolítica a fin de elevar la eficacia del gobierno en
situaciones complejas de poder compartido. Esto no se logra
formando gerentes públicos como algunos creen
equivocadamente, sin perjuicio de reconocer que dichos gerentes
también son imprescindibles, siempre que la naciente teoría de la
organización se desarrolle en proporción a las exigencias que
demanda urgentemente la práctica. En todo caso, el gerente es
conductor de un ámbito operacional y situacional limitado, que
actúa bajo restricciones previamente establecidas de
direccionalidad y con recursos asignados para cumplir
su misión; su entrenamiento se refiere a resolver problemas en
casos donde los objetivos superiores están previamente
establecidos por la dirección política o la planificación
directiva.
El tecnopolítico, en cambio, no da por supuestos los
objetivos, debe crearlos y ayudar a decidirlos, ni adopta como un
dato la restricción de recursos, porque está en su capacidad
proponer medios para crear nuevos medios. Así, su ámbito
de trabajo lo mueve hacer dialogar la política y la técnica para
discutir tanto la direccionalidad (objetivos) como las directivas
(operaciones y medios). Su ámbito de acción es toda la sociedad.
Este enlace entre el político y el técnico es necesario
para que los conocimientos de ambos actores interactúen en la
explicación situacional. El tecnopolítico no requiere de las
dotes carismáticas del dirigente, porque su actividad puede estar
en la sombra, concentrada en la observación aguda del proceso
político, económico, social y técnico. En cambio, debe poseer
otras capacidades especiales que el líder no necesita cultivar
imperiosamente.
El tecnopolítico debe ser un verdadero cientista social
volcado hacia la acción, sin complejos para explorar directamente
el futuro, capaz de comprender que la acción no espera el
desarrollo de las teorías, atento para evitar las desviaciones
del sociólogo que se deleita exclusivamente en el pasado, alerta
para comprender que los economistas, con raras excepciones,
tienden a razonar unidimensionalmente a partir de una función de
producción económica donde existe un solo recurso y un solo
criterio de eficacia: el económico. La escasez de poder, de
conocimientos, información, liderazgo, capacidades organizativas,
etcétera, no entran en las cuentas del economista. También debe
estar preparado para enfrentar la planificación política,
entendida como un cálculo situacional al interior de procesos
creativos e inciertos, para lo cual debe evitar las desviaciones
en que cae, a veces, el cientista político. La médula teórica del
politólogo debería estar en el cálculo que precede y preside la
acción práctica. Si éste se refugia exclusivamente en la historia
de las ideas políticas, en técnicas parciales de análisis
político, en el uso de lo peor de la microeconomía para alimentar
una microteoría de las políticas públicas o en las concepciones
cerradas, mecánicas y racionalistas de la teoría de las
decisiones, elude el problema central de su ciencia y la
empobrece como herramienta al servicio del hombre de acción. En
realidad, ese politólogo no distingue entre procesos abiertos
y cerrados, repetitivos y creativos, y por ello adopta a
veces teorías y técnicas de decisión sólo pertinentes en el caso
de procesos cerrados y enumerables, más típicos de algunos
sistemas físico-mecánicos. En el sistema social se vive una
práctica donde las posibilidades no existen, sino se crean
por nosotros o por otros, y por consiguiente, no son simplemente
enumerables ni se puede decidir por ellas con criterios
unirracionales.
Después de señalar estas exigencias, conviene afirmar que el
tecnopolítico que necesitamos no es un superhombre, ni mucho
menos un tecnócrata. Si pensamos en lo que sabe o pretende saber
con el tiempo el cientista de la Teoría General de Sistemas,
encontramos un caso similar. No se trata de adquirir una
profundidad en todos los dominios pertinentes, sino de la
profundidad para comprender lo general que es común a
todos ellos, para volver con esa metateoría a un ámbito de
especialidad con nuevas luces, para interactuar con otros
especialistas y con el político práctico. El tecnopolítico es un
hombre que aspira a una metaciencia social y, mientras ella no
exista, no se siente obligado a permanecer ciego y preso en las
fronteras de una ciencia parcial. Simplemente es un cientista
social con sentido práctico, desanimado de la esterilidad de
teorizar sobre otras teorías y estimulado para teorizar sobre la
realidad en que vive, obsesionado por crear métodos y técnicas al
servicio del hombre de acción, irrespetuosos de la ciencia
oficial, humilde ante la complejidad de los hechos, pero atento
al desarrollo en la frontera de las ciencias y de las ciencias en
sus fronteras particulares. Es un hombre consciente de que su
práctica de producción social existe en un mundo de múltiples
recursos escasos, múltiples criterios de eficacia, muchas
racionalidades y diversas autorreferencias explicativas. Así
llega a ser enemigo del reduccionismo a cualquier criterio único
y monótono de eficacia. El desarrollo y perfeccionamiento de la
planificación situacional que intenta la consideración de las
complejidades mencionadas resulta así una herramienta útil para
apoyar la actividad del nivel tecnopolítico.
Esta nueva capa político-técnica es requerida dramáticamente en
las estructuras gubernamentales, en los partidos políticos y en
las fuerzas sociales en general. El proceso de modernización hará
que el planificador situacional del futuro cope una red de nudos
críticos del sistema social, mientras las actuales oficinas de
planificación económica, radicalmente reestructuradas, sólo serán
un eslabón de una vasta red de cálculo situacional en los
principales niveles del sistema social.
La argumentación precedente constituye la base primaria para
sustentar las diez tesis siguientes que pretenden explicar la
ineficacia general de los gobiernos en el mundo latinoamericano.
TESIS 1
Nuestros métodos de planificación son primitivos, rígidos e
impotentes para servir a una dirección política que gobierna un
sistema complejo, dinámico, creativo, resistente y plagado de
elementos de incertidumbre.
La planificación económica normativa que fundamenta la práctica
común de la planificación en América Latina es una camisa de
fuerza impotente para abordar la complejidad de los procesos
sociales creativos y apoyar al hombre de acción situado en una
realidad indivisible y cercado por múltiples recursos escasos. No
distingue la existencia de actores sociales a los que confunde
con los agentes económicos, no reconoce la existencia de
oponentes, asume que el sistema social es un sistema que sigue
leyes y no es creador de leyes, identifica escasez de recursos
con recursos económicos, opera con un criterio de eficacia
dominante: la eficacia económica, se aleja de los problemas
reales para analizar la realidad con la categoría del sector, se
aferra al concepto poco riguroso de diagnóstico para
explicar la realidad del sistema en que opera, ya que, al no
distinguir oponentes, no existe para ella el yo y el
otro que planifican desde distintas situaciones, hace de su
preocupación central el futuro y se aparta de la coyuntura
presente. Por esta vía, confunde planificación con
diseño. Es una suerte de arquitectura económica cuya vista
está en el mediano plazo y excluyentemente en el plano normativo
del deber ser. Con esta estrechez y rigidez no puede ser
de utilidad a la dirección política del Gobierno. La teoría de la
planificación situacional pretende resolver este problema.
TESIS 2
Los métodos de Gobierno del Estado y de gobierno
de los partidos políticos y las fuerzas sociales son igualmente
primitivos e ineficaces.
La democracia se desmorona y debilita si somos ineficaces para
gobernar nuestras organizaciones políticas, gremiales y
empresariales, porque después reproducimos inevitablemente esa
ineficacia en el Gobierno del Estado. La democracia flaquea si
aceptamos como males necesarios y naturales los problemas
sociales que ofenden nuestra dignidad de hombres. Nada es más
mortal para la democracia que la rutina inmovilizante y el
sometimiento de sus líderes a los males que nos rodean en la vida
diaria. Cien años de desigualdades son cien años de problemas. El
tiempo no transforma los problemas en datos de la realidad ni los
convierte en norma aceptable. Los problemas que tienen cien años
son problemas viejos y no realidades nuevas que debemos aceptar.
Gobernar no es administrar las cosas, es resolver
problemas actuales o potenciales. La pobreza, la marginalidad
social, la desigual distribución del ingreso, la concentración
del poder político, la falta de participación, la congestión
urbana, la degradación ecológica, los barrios miserables, la
ineficacia del aparato del Estado y nuestra propia ineficacia
para gobernar, no son males necesarios de la democracia.
Si así fuera, no podríamos desearla, defenderla o luchar por
recuperarla. Esos problemas subsisten porque no sabemos o no
tenemos la voluntad de resolverlos. Y ambas cosas facilitan
el proceso por el cual nuestros gobiernos se distraen en
lo intrascendente.
Gobernar es cada vez un problema más complejo. Y lo es más
gobernar en democracia. El líder que gobierna en la dirección del
progreso social enfrenta exigencias mayores que aquel que sólo
aspira en el gobierno a mantener bajo control la magnitud de los
problemas. De manera que, ante objetivos menores, éste tiene
además menores restricciones.
Las preguntas dramáticas son éstas: ¿estamos preparados o nos
estamos preparando para gobernar con eficacia? ¿Cometeremos los
mismos errores del pasado? ¿El miedo a perder la democracia nos
llevará a perder nuestros objetivos?, o ¿el miedo a perder
nuestros objetivos nos conducirá a perder la democracia? ¿El
ideologismo de la democracia o el ideologismo de una utopía
concreta opacan la estrategia y la táctica del cálculo de la
acción eficaz?
Creo que los problemas del futuro requerirán equipos de
gobierno excepcionales para enfrentarlos, o la democracia será
imposible.
Creo que el drama más grave de nuestra época se refiere a la
brecha entre nuestra capacidad para gobernar los sistemas
sociales y la complejidad creciente que éstos ofrecen para ser
conducidos hacia objetivos asumidos democráticamente. Esta brecha
es creciente, y quizá continúe creciendo por mucho tiempo, porque
nos hemos preocupado más del avance de las ciencias naturales
para ganar capacidad de gobierno sobre la naturaleza y muy poco
de las ciencias, técnicas y artes de la acción en el sistema
social, para conquistar nuevas fronteras de eficacia en el arte
de gobernar nuestros países. Los electores de hoy, y el mundo
físico en general, tienen la misma complejidad que hace millones
de años atrás, pero nuestros países conforman hoy sistemas
sociales infinitamente más complejos. El sistema social no sólo
es mucho más complejo que los sistemas naturales, sino que tienen
una complejidad creciente y de distinta naturaleza.
El sistema social no sólo sigue leyes, sino crea leyes. Es un
sistema creativo. Pero el hombre ha concentrado su
esfuerzo de investigación en el desarrollo de teorías que mejoran
cada vez más su capacidad de gobernar lo más simple, la
naturaleza, mientras descuida el desarrollo de su capacidad para
gobernar lo más complejo, la sociedad. Para gobernar no sólo se
requiere arte, sino una dosis creciente de ciencias. Pero de unas
ciencias capaces de abordar los procesos creativos, donde
conocer no siempre es sinónimo de encontrar leyes que
rigen los procesos. Es la incapacidad creciente de gobernar el
sistema social la que termina por descontrolar las relaciones del
hombre con la naturaleza. No son principalmente las
investigaciones sobre el ambiente ecológico las que nos
permitirán su mejor manejo, sino las investigaciones sobre las
ciencias y técnicas de gobierno de los sistemas sociales.
Este es el principal reto que nos plantea gobernar en
democracia. Nuevamente surgen aquí interrogantes:
¿Estamos aprovechando nuestro tiempo en prepararnos mejor para
conducir y participar en procesos de cambio, desde los más
modestos hasta los más trascendentes? ¿Los partidos políticos
progresistas de América Latina están conscientes que necesitan
algo mucho más complejo que sus escuelas de cuadros para preparar
las nuevas generaciones de dirigentes? ¿Hemos sido capaces de
comprender que manejamos mal la economía, hacemos mal uso de los
recursos de poder y de los recursos naturales, a la par que
desperdiciamos tiempo y recursos ociosos, en vez de culpar al
destino, al gobierno anterior, al mundo exterior, a la crisis
económica internacional o a fallas en el mensaje que entregamos a
los medios de comunicación social? ¿Hemos comprendido que para
modernizar al Estado se necesita primero modernizar a los
modernizadores? ¿Sabemos ahora, por la experiencia de nuestros
fracasos, que las estructuras más primitivas e ineficientes de
nuestras instituciones son sus estructuras directivas, que
gobernar no sólo es un arte y que gobernar con el signo del
progreso y la democracia requiere aún de una mayor dosis de
ciencia y técnica?
Sin embargo, no existe en toda América Latina un centro de
formación de alto nivel para los jóvenes que desean desarrollar
científicamente su vocación política o político-técnica. No
existe en toda América Latina un centro donde los actuales
dirigentes políticos puedan recogerse a renovar sus experiencias
y conocimientos. No tenemos en toda América Latina una Escuela
de Ciencias y Técnicas de Gobierno. No tenemos un centro
donde los venezolanos puedan reunirse con los chilenos, los
peruanos, los ecuatorianos, los brasileños, abierto a todos
nuestros países, para que nuestros jóvenes se formen en el
dominio de las ciencias y técnicas de gobierno, fortalezcan sus
valores democráticos y renueven su identidad y personalidad
cultural. No existe un solo lugar donde los latinoamericanos se
aproximen a los complejos problemas de gobernar procesos
creativos e inciertos, al estudio de situaciones difusas sobre
las cuales tenemos poca formación, a la planificación estratégica
bajo incertidumbre y considerando la actividad de fuerzas
oponentes, al análisis de situaciones integrales, a los problemas
de seguridad y defensa para abordarlos en forma consistente con
la profundización de la democracia, a conocer las relaciones
exteriores, de las técnicas de negociación, de juegos y
simulación humana de procesos, de la naciente teoría moderna de
la organización, y muchas otras disciplinas que debe dominar el
político moderno para no ser una víctima ciega de asesores
tecnocráticos muchas veces deformados por ciencias parciales,
quizá ya superadas, que éstos aplican desconectados de los
intereses y necesidades políticas. Tampoco existe un lugar donde
nuestros jóvenes políticos y técnicos creen lazos de amistad y
valores comunes que posibiliten más tarde, cuando asciendan a
posiciones de poder, el entendimiento y la confianza entre ellos,
tan necesaria para emprender objetivos regionales e
internacionales comunes para América Latina, como la integración
económica, la integración cultural, la solidaridad democrática
internacional y la penetración del mundo económico-financiero
internacional por capitales de nuestras democracias, en vez de
ser meros depositantes de recursos en el exterior y clientes de
un sistema financiero opresivo y monopolizado por las grandes
potencias. Pero, para hacer todo esto, con la dirección y alcance
necesarios, tenemos que tecnificar la política y politizar a los
técnicos. Tenemos, además, que sincerar la política y fortalecer
los valores éticos. Tenemos que rescatar la política del
estadista frente a la micropolítica que nos divierte con el
pretexto de un rodeo necesario para alcanzar los
objetivos, pero que a menudo se convierte en un desvío que
nos aleja de los mismos. Tenemos que desarrollar la imaginación y
la voluntad al servicio de la creación de un futuro distinto.
Tenemos, a lo menos, que dar tanta importancia a la tecnología
para gobernar como la que le otorgamos a la de ganar elecciones o
conquistar el poder por la fuerza.
TESIS 3
La cultura política, dominada por el inmediatismo y el
pragmatismo vulgar, vuelca su interés hacia los problemas
intermedios del sistema político y abandona los problemas
terminales del sistema social.
La gran política y la planificación se refieren a la solución
de los problemas terminales del sistema social. Tales
problemas son los frutos o resultados de nuestra gestión de
gobierno a lo largo del tiempo. La micropolítica se refiere, en
cambio, a los problemas intermedios y más inmediatos. Esta
es una sana división del trabajo, siempre que los recursos que
asignamos a la solución de los problemas intermedios,
principalmente en nuestro tiempo, constituyan un requisito
necesario para la solución de los problemas terminales. Estos
problemas intermedios son agobiantes y se refieren a cuestiones
políticas internas, asuntos protocolares, micronegociaciones para
sostener el liderazgo y la cohesión de la fuerza política,
atención del clientelismo político, administración de la rutina
burocrática, acciones reactivas y defensivas propias de la
microlucha política, acción política de apagaincendios y
esfuerzos formales o vacíos en el logro de ciertas magnitudes
económicas referidas al presupuesto, la política monetaria, el
comercio exterior, etcétera, que se independizan de los problemas
económicos terminales del sistema social como el crecimiento, el
empleo, la distribución del ingreso, la marginalidad social, la
congestión urbana, la degradación del ambiente, la ocupación
irracional del espacio, etcétera.
Si la micropolítica domina sobre la gran política, los
problemas intermedios pasan a constituirse en los objetivos del
gobierno, mientras se acumulan y agravan los problemas terminales
del sistema social. Lo que estamos presenciando en América
Latina, con raras excepciones, es el dominio de la
micropolítica sobre la gran política, del pragmatismo
coyuntural sobre la imaginación y voluntad del estadista, de la
rutina sobre la creación. Presenciamos la desarticulación de la
táctica respecto a la estrategia de gobierno y esto conduce a la
existencia de gobernantes gobernados por la fuerza de los
hechos. El movimiento que nos arrastra nos lleva hacia un
rumbo indefinido. Quienes nos conducen no conducen.
El político convencional vive atrapado, preocupado y enredado
en la maraña de relaciones que se presentan a él como el mundo de
su práctica de lucha, proyectos, obstáculos y éxitos. Se mueve en
un mundo de inmediateces de las que él se ocupa, pero que en
realidad ocupan el espacio de su conciencia sobre los grandes
problemas del sistema social. Para él los grandes problemas
sociales son un constante universal dentro de la cual vive la
variedad tensa y creativa de su práctica cotidiana. No puede
elegir entre preocuparse por los problemas terminales del sistema
social y sumirse en la cotidianidad de los problemas intermedios
del sistema político. El sistema elige por él. Para sobrevivir en
esa lucha política agobiante, debe absorberse en la cotidianidad
y postergar la reflexión sobre su gran proyecto político. De
hecho está muy ocupado, sin tiempo, interrumpido constantemente
por reuniones y llamadas telefónicas, esclavizado por las
exigencias de sobrevivir en el duro mundo de la política. Y así
descubre que la política es hacer política y no intentar resolver
los problemas terminales del sistema social. Estos últimos son
sólo el ambiente de su práctica, pero no el objeto de sus
preocupaciones.
TESIS 4
Tenemos que reformar nuestros sistemas de planificación,
modernizar nuestras técnicas de gobierno y transformar nuestra
cultura política, para lograr que los programas electorales,
tomados en serio, se conviertan en planes de gobierno; para
que los planes de gobierno se conviertan en acción de
gobierno y para que la acción de gobierno incida en los problemas
nacionales, es decir, sobre los problemas terminales del sistema
social. Entonces, la democracia se defenderá por sus obras.
Junto con los programas de gobierno, que son
diferenciadores en lo estratégico, debemos desarrollar la
capacidad de elevarnos por encima de las diferencias meramente
tácticas para encontrar un espacio de consenso sobre proyectos
nacionales que le den continuidad al progreso de nuestros
países en el largo plazo. Ello es técnica y políticamente
posible, porque la experiencia nos señala que existen problemas
comunes que reclaman soluciones comunes independientes de las
utopías políticas diferenciadoras a las cuales adherimos.
Esta es la gran tarea de los partidos políticos: crear
generaciones de líderes capaces de articular la micropolítica con
la gran política, crear institutos de investigación y formación
que los apoyen en las funciones de gobierno y oposición,
constituirse en guías orientadoras para la elección entre las
grandes opciones estratégicas nacionales y regionales y generar
una clase de gerentes públicos capaces de doblegar la maraña
burocrática y moldear las organizaciones públicas a las
necesidades de la acción de gobierno y la participación
ciudadana.
TESIS 5
La clave del éxito de un sistema de planificación radica en la
articulación de la planificación directiva con la planificación
operacional. Si la planificación directiva al nivel del
Presidente de la República en Consejo de Ministros no tiene
vigencia, no puede tener eficacia práctica la planificación
operacional a nivel de los ministerios y jefaturas de los
organismos públicos. Lo contrario es igualmente cierto, aunque la
falla principal en Latinoamérica es la inexistencia en unos casos
y la debilidad en otros de la planificación directiva. Donde ella
no existe, reina la improvisación fundada soberbiamente en la
llamada experiencia política que, en más de algún caso, es
simple experiencia en lidiar con problemas intermedios del
sistema político e inexperiencia para tratar con los problemas
terminales del sistema social. La soberbia de algunos poderosos
políticos prácticos, por un lado, y la mediocridad de otros, es
la principal barrera a la tecnificación del proceso de gobierno.
La planificación es una herramienta de gobierno y no un
sistema de investigaciones y asesoría económica. Aún más, la
planificación se confunde con el proceso de gobierno en la
coyuntura situacional. Jamás habrá una verdadera y eficaz
planificación en nuestros países mientras las oficinas
presidenciales y los consejos de ministros funcionen de la manera
asistemática, poco selectiva, desorganizada y carentes de apoyo
técnico en que hoy desarrollan sus actividades.
En este sistema reinante, el Presidente de la República vive
enfermo de cotidianidad, al margen del control de los hechos
trascendentes, continuamente sorprendido por las circunstancias y
dedicado a la solución de problemas intermedios menores.
En consecuencia, los Gobiernos no dan directivas a sus
oficinas de planificación, las que se debaten entre la opción de
autodefinírselas invadiendo el campo de la política superior; o
permanecer relegadas al rol de centros de cálculo al servicio de
acciones inmediatistas, parciales y sin rumbo definido.
TESIS 6
Un sistema directivo primitivo no puede conducir o gobernar un
sistema social complejo, dinámico, incierto y resistente. El
sistema social impone sus propios resultados y el gobernante es
gobernado por la fuerza cotidiana de los hechos. Por ello, la
primera tarea es elevar la capacidad de gobierno de los
gobernantes, modernizar a los modernizadores y reformar a los
reformadores. Y eso sólo pueden hacerlo ellos mismos, tomando
consciencia de sus debilidades, valorizando las ciencias y
técnicas de gobierno y abriéndole paso a nuevas generaciones
estimuladoras de los cambios.
La dirección de los gobiernos no sólo debe ser activa,
creativa y expresiva de la voluntad de resolver los problemas,
sino que además debe ser eficaz, organizada, informada y
anticipadora de las necesidades sociales. En síntesis, la función
directiva debe emplear los medios más potentes de planificación y
gerencia, a fin de que pueda cumplir con el requisito de
variedad de Ashby, que nos dice sabiamente que un sistema
dirigente que quiere controlar o conducir a otro debe tener más
variedad que el sistema controlado o conducido. En nuestra
experiencia, las múltiples fuerzas dinámicas del sistema social
tienen más variedad que sus gobiernos.
TESIS 7
La planificación económica debe convertirse en
planificación de la acción de gobierno. Para ello debe
abandonar su concepción arquitectónica que la lleva a identificar
plan con diseño e ignorar el problema político de la
escasez de recursos de poder. El diseño de lo que debe ser
es apenas el comienzo del problema de la planificación. El plan
siempre se hace en un medio resistente o en un medio estimulante,
pero nunca en un medio neutro. La resistencia o el estímulo puede
ser activo o pasivo. Las fuerzas sociales usan su peso político
persiguiendo objetivos parcialmente conflictivos. La rutina se
convierte en plan anónimo. Las tendencias vigentes tienen a veces
más fuerza que la acción del Gobierno. El azar que entra por la
puerta de las variables que escapan a nuestro control carga su
mano para contrariarnos o favorecernos. Los oponentes introducen
la incertidumbre humana propia del cálculo interactivo. La
naturaleza nos sorprende con variantes inciertas. El
mundo internacional que nos rodea refuerza o contradice el signo
de las variantes nacionales. La planificación no puede ser
una camisa de fuerza que expresa sólo nuestra voluntad
ignorando la voluntad de los otros actores sociales, la
voluntad de la naturaleza o el mundo internacional que nos
condiciona. La planificación no puede ser sólo normativa,
tiene que ser estratégica y situacional. Tiene que
articular eficacia política con eficacia económica.
TESIS 8
La planificación en un medio resistente o en situaciones de
poder compartido no puede concebirse simplemente como la
planificación de las acciones que ejecuta una estructura
jerárquica, sino como la planificación de una estructura
conflictiva que se intersecta con una estructura
jerárquica.
En una estructura conflictiva, ningún actor tiene poder
decisivo sobre los otros y, en consecuencia, el plan de un actor
sólo puede tener éxito en la medida que vence la resistencia de
los oponentes. Por consiguiente, el éxito del plan de unos exige
la derrota del plan de otros. En cambio, al interior de una
estructura jerárquica, la dirección superior emite directivas de
planificación que son de cumplimiento imperativo para los
organismos subordinados. La grave simplificación que comete la
planificación normativa tradicional consiste en asumir que ella
se realiza al interior de una estructura jerárquica y sobre un
sistema social que sigue leyes. Por ello, algunos de esos
técnicos planificadores, los más ciegos, añoran las condiciones
de una planificación imperativa. Un teórico del conflicto
extremo, como Clausewitz, sonreiría ante la idea de hacer
obligatorio para el enemigo el plan de guerra propio. La
planificación imperativa es una ilusión, sólo existen actores con
mayor o menor poder, pero siempre ese poder es limitado, aun en
el sistema socialista de poder más concentrado.
La planificación situacional en una estructura que es en parte
conflictiva y en parte jerárquica tiene las siguientes
características:
i. Comprende procesos creativos y repetitivos, cualitativos y
cuantitativos. El sistema social, en parte, sigue leyes y
puede ser explicado limitadamente por modelos matemáticos, pero
principalmente crea leyes. Los procesos creativos sólo pueden ser
abordados por medio del cálculo interactivo, al servicio del cual
tenemos algunas herramientas tales como los juegos, los ensayos,
las maniobras, las técnicas de negociación, el juicio de expertos
y la consulta política directa. Por otra parte, el proceso social
contiene aspectos de calidad y cantidad que debemos respetar en
su jerarquía de significaciones. Lo que interesa en el análisis
social es la precisión de las proposiciones, y dicha precisión es
en parte una cuestión de rigor en el empleo de las variables
lingüísticas y sólo en parte un problema de medición. Si no
reconocemos el concepto de precisión como un nivel más amplio que
el de medición, podemos caer fácilmente en la cuantificación de
los secundario y en la indiferenciación de la calidad de las
situaciones.
ii. Asume los métodos de una planificación operacional al
interior de la estructura jerárquica. En la planificación
operacional existen también una estrategia y una táctica,
pero aquí los objetivos son dependientes de las directivas
superiores y, en consecuencia, son más rígidos, la planificación
es más técnica, los actores son comandos de unidades
operacionales dependientes de la autoridad superior, los
oponentes están circunscritos a fracciones de fuerzas en un
dominio situacional limitado y los medios para realizar el plan
son asignados desde arriba.
iii. En el ámbito de la estructura conflictiva, la planificación
directiva requiere de una planificación estratégica y
situacional. Cuando hay actores en un conflicto de planes, cada
actor desarrolla estrategias para intentar vencer a su oponente y
cada estrategia se apoya en la situación propia y en la situación
del oponente. Así, comprendemos que la realidad que nos envuelve
a ambos es distinta para cada uno de nosotros. Sin el concepto de
situación es imposible una teoría de la estrategia. La
planificación directiva tiene objetivos flexibles, es más
política, se realiza por una dirección superior, tiene un mayor
grado de libertad para elegir los oponentes y los aliados y no
tiene a quién solicitarle medios o recursos, sólo puede crearlos
en el proceso mismo del conflicto.
iv. Exige el desarrollo del cálculo interactivo para tratar la
incertidumbre proveniente de las relaciones entre los actores
sociales. Cuando los planes de los distintos actores son
conflictivos, mi plan más eficaz depende del plan del otro y el
plan más eficaz del otro depende de mi plan. Así surge el cálculo
interactivo que nos mueve a considerar el plan como un juego
entre actores sociales. Ese juego es la esencia de los procesos
creativos en el sistema social, porque fuerza nuestra imaginación
y creatividad al servicio del juicio estratégico.
v. Requiere de la categoría de situación para explicar la
realidad, ya que los distintos actores sociales viven realidades
distintas según la posición que ocupan en el sistema social. El
concepto de diagnóstico elude el problema de las distintas
explicaciones de los actores sociales y busca una verdad única y
absoluta que oscurece el entendimiento de la realidad. El
concepto de situación facilita el entendimiento del conflicto y
la posibilidad del consenso. En efecto, ambos suponen conocer la
explicación del oponente y del potencial aliado. Nuestra visión
del mundo es una visión particular relativa a nuestra posición en
el sistema social, y si tomamos conciencia de esta
unidimensionalidad cada vez que nos encontremos en contradicción
u oposición con otros hombres u otras fuerzas, podremos aprender
a convivir con ellos. Si nuestra actitud no se aferra a lo que
vemos desde nuestro propio punto de vista a nuestra propia
situación y reconocemos que otros ven la realidad según la
situación o el mundo en que viven y esa visión puede ser tan
válida como la nuestra, aunque nos parezca indeseable, estaremos
más dispuestos a conversar y comprender. Y si decidimos pelear,
conoceremos mejor los motivos de nuestros oponentes.
vi. Plantea la existencia de múltiples recursos escasos y, en
consecuencia, de múltiples criterios de eficacia. Es necesario
asumir que cada actor social está restringido por un vector de
recursos escasos que debe administrar con eficacia para alcanzar
sus objetivos. Este vector de recursos escasos incluye elementos
tales como poder político, recursos económicos, capacidad de
producción de los recursos naturales, conocimientos e
información, valores, etcétera. La producción de cualquier hecho
social exige la aplicación de este vector de recursos y la
eficacia de los hechos producidos revierte sobre el actor que los
produce aumentando o disminuyendo las restricciones de tales
recursos. Por consiguiente, no existe un criterio de eficacia
absoluto, como suele presentarse la eficacia económica en la
planificación normativa, sino múltiples criterios de eficacia
cuya jerarquía depende de las características de la situación y
de la naturaleza de los objetivos perseguidos. Así, podemos
hablar de eficacia política, eficacia económica, eficacia
ecológica, eficacia cogn1n la Universidad de Viena, y Profesora
Asistente de Economía en la Universidad de Viena y Profesora
Visitante en la Universidad de Stanford. Los autores agradecen a
J. R. Hollingsworth, P. C. Schmitter, W. Streeck, Anne Mayhew y
dos comentaristas anónimos.
También a F. van Waarden quien mejoró sustancialmente el estilo.
El debate de los ochenta acerca de la desregulación sólo tocó
marginalmente dos aspectos teóricos y prácticos esenciales del
problema: las funciones y las instituciones de la desregulación.
Por regla general, los economistas consideran que la regulación
cumple una función sólo cuando falla el mercado, puesto que su
ideal es el mercado perfectamente competitivo. Se pueden
distinguir tres fallas del mercado. En términos substanciales, la
falla del mercado surge cuando el proceso de mercado no lleva a
una asignación eficiente. Segunda, puede haber una falla del
mercado en términos sociales, cuando la asignación eficiente
implica una distribución del ingreso injusta e inaceptable. A
este aspecto social se dedicó, significativamente, menos espacio
en el debate acerca de la regulación. Tercera, puede haber una
falla del mercado en términos temporales. Las soluciones que son
eficientes en el corto plazo pueden ser subóptimas en el largo
plazo debido a los miopes horizontes de planeación. La regulación
puede proporcionar las precondiciones necesarias para la
planeación y la eficiencia a largo plazo. Hasta ahora, esta
función de la regulación ha sido pobremente tratada en las
discusiones teóricas y de política económica.
Además de omitir el nivel temporal de las fallas del mercado, el
debate neoclásico sobre la regulación se ha restringido a las
instituciones del mercado y del Estado. La regulación es siempre
una regulación estatal. Esto pasa por alto que hay otras
instituciones, como las asociaciones de empresas, que también
participan en la coordinación o regulación de las actividades
económicas. En este artículo describimos y evaluamos el desempeño
de diversas instituciones de regulación. La visión económica
tradicional sostiene que la regulación lleva a la rigidez: la
adaptación y el cambio de las estructuras económicas, necesarias
para incrementar la competencia internacional, exigen una
reducción de la regulación del Estado. Contra esta posición,
sostendremos que algunas instituciones reguladoras mejoran la
capacidad adaptativa de las economías, en vez de disminuirla. Al
evaluar las instituciones de regulación, omitiremos los criterios
sociales y nos limitaremos al criterio dominante en el enfoque
neoclásico: la eficiencia asignativa en condiciones de intensa
competencia internacional. Nos preguntamos: ¿cuál es el
significado de diversas instituciones de regulación para el
cambio económico estructural? ¿Pueden facilitar también el cambio
estructural e incrementar la competitividad internacional?
En este artículo sintetizamos las teorías económicas de la
regulación y sostenemos que éstas no consideran adecuadamente el
aspecto temporal de las fallas del mercado. Elaboramos una
tipología de instituciones de regulación económicamente
relevantes además de la dicotomía entre mercado y Estado. Otras
instituciones aquí consideradas son la firma, la red y la
agrupación corporativa. Presentamos los resultados de una
comparación internacional que ilustra la diversidad de esquemas
de regulación e indicamos qué instituciones son más eficientes
para manejar los problemas de regulación (de sectores
específicos). La eficiencia se definirá estrechamente en términos
estático comparativos: el desempeño --medido por el comercio
externo como indicador de la competitividad-- de una institución
de regulación en comparación con el de otra. No sobra decir que
el desempeño del comercio externo depende de numerosas variables
tales como las barreras comerciales, los precios de los factores
y los subsidios industriales. No obstante, nuestro argumento es
que estas variables también son determinadas decisivamente por la
regulación, tal como aquí la conceptualizamos. Por consiguiente,
el impacto de la regulación sobre el desempeño económico merece
especial atención.
DIMENSIÓN TEMPORAL DE LA FALLA DEL MERCADO
Las teorías normativas que apoyan la regulación toman como punto
de referencia el mercado perfectamente competitivo. La regulación
sólo se justifica cuando el mercado falla para proporcionar una
asignación óptima. Esas fallas del mercado pueden resultar del
monopolio natural, de una competencia ruinosa, de externalidades
y de asimetrías de información.
Todos los enfoques normativos de la regulación son estáticos. El
tiempo no recibe una consideración sistemática. Los enfoques
neoclásicos tratan el futuro como cualquier otra mercancía que
puede ser intercambiada en los mercados. Los individuos pueden
cambiar el consumo presente por el consumo futuro a una tasa de
descuento intertemporal en los mercados de futuros. Pero el
intercambio supone explícitamente el carácter de mercancía de lo
intercambiable y, por tanto, la reversibilidad de la
transacción. Así, el enfoque de los mercados de futuros implica
la intercambiabilidad del hoy y del mañana y, por tanto, no puede
tratar al tiempo en una trayectoria irreversible, histórica. No
obstante, una decisión que se toma el día de hoy puede producir
resultados irreversibles el día de mañana. Podemos intercambiar
acero de hoy por acero de mañana (más la tasa de interés por
diferir el uso). Pero ¿cómo tratar con el hecho de que no
aprender hoy significa no tener habilidades mañana?
Williamson [1975], quien asigna a la regulación la función de
reducir los costos de transacción, considera el problema de la
irreversibilidad de las decisiones cuando pone de presente la
existencia de costos de quiebra [sunk costs]. Sostiene que las
dos partes de un acuerdo se someten a unos costos específicos y
no recuperables [Hodgson 1988, 155n]. Pero como admite la
posibilidad de cálculo racional y minimización de los costos de
transacción, ignora la incertidumbre (en tanto opuesta al riesgo)
que es también inherente a cualquier trayectoria que requiera
tiempo.
Las teorías positivas de la regulación describen y explican (pero
no justifican normativamente) la regulación como una consecuencia
del interés propio de la autoridad reguladora y de los actores
relacionados. Los teóricos de la elección pública, por ejemplo,
consideran a la regulación como un instrumento para la
redistribución entre los diferentes grupos. Pero tampoco
consideran la dimensión temporal.
El enfoque teórico del contrato considera que la regulación se
justifica por el interés público. Para esta visión, una autoridad
actúa en favor del interés público si la política adoptada
corresponde a un contrato que una coalición de consumidores
también llegaría a establecer con los productores en el largo
plazo, pero donde ese contrato privado sería inferior a la
regulación pública. Tal contrato incluye la provisión de bienes a
largo plazo y obra en interés de ambas partes. Asegura una oferta
estable a los consumidores y ventas estables a los productores.
El enfoque incorpora explícitamente el problema del largo plazo
de las decisiones económicas y de la distribución de los bienes a
través del tiempo. Pero aún deja abierto el interrogante de en
qué condiciones es mejor utilizar la regulación basada en la
teoría del contrato que la asignación del mercado.
Así pues, puede concluirse que los enfoques neoclásico y
alternativos omiten un tipo específico de falla del mercado: la
irracionalidad a largo plazo de las decisiones racionales de
corto plazo de quienes participan en el mercado. La regulación
puede evitar la mala asignación a través del tiempo.
LA REGULACIÓN Y LA DIMENSIÓN TEMPORAL
UN ENFOQUE KEYNESIANO
El tiempo como trayectoria histórica en un mundo incierto es un
tema clave de la escuela austríaca. Hayek [1941] subrayó el papel
del tiempo en el incremento de la probabilidad de decisiones de
inversión erróneas, de falta de coordinación de las decisiones y
de errores de inversión acumulativos. No obstante, consideraba
que los precios pueden coordinar las decisiones intertemporales.
La regulación sólo perturbaría este proceso. Una caída de la tasa
de interés indicaría una mayor disposición a postergar el consumo
presente por el futuro y crearía así incentivos para
comprometerse en procesos de producción cada vez más indirectos
[ver Garrison y Kirzner 1987]. Al criticar los supuestos
implícitos de las escuelas neoclásica y austríaca relacionados
con el mecanismo de precios, Keynes [1936] llegó a la conclusión
exactamente opuesta, es decir, que las instituciones externas al
mercado eran necesarias para la coordinación intertemporal.
Keynes mostró que las decisiones que son racionales en el corto
plazo pueden llevar a resultados irracionales en el largo plazo
debido a que estas decisiones son guiadas por criterios erróneos:
los precios (tasas de interés a largo plazo), que dependen de
cálculos de corto plazo. Keynes no negó la función de señal de
los precios que tanto enfatizó Hayek, pero sostuvo que la señal
era errónea. La teoría neoclásica y la escuela austríaca suponen
implícitamente que las decisiones de corto plazo se basan en
criterios de corto plazo y las decisiones de largo plazo en
criterios de largo plazo. Keynes mostró que las decisiones de
largo plazo se basan en criterios erróneos, es decir, de corto
plazo. Los inversionistas privados hacen sus inversiones en
capital real dependiendo de sus ingresos esperados y de la tasa
de interés a largo plazo. Los rendimientos esperados durante la
vida total de una inversión son, en general, estables. Estos se
forman con base en la convención de que el presente es una buena
guía para el futuro y el comportamiento de la mayoría un buen
indicador para el comportamiento de uno mismo [Keynes 1936, 152].
Los problemas provienen de la financiación de la inversión a
través del mercado de acciones (o de otros mercados financieros),
donde se determina el precio de los activos a largo plazo. Los
especuladores son muy activos en este mercado, y su racionalidad
es una racionalidad basada en cálculos de corto plazo. Las
expectativas sobre el futuro cercano determinan el precio de los
activos a largo plazo. La especulación exitosa requiere corregir
las estimaciones de las expectativas de otros y no las del valor
real de los activos, y esto exige acciones que se anticipen a la
mayoría y no que se adapten a ella.
Puesto que las inversiones privadas dependen del mercado de
acciones o de otros mercados financieros para su financiación, y
puesto que los inversionistas pueden escoger entre invertir en
capital financiero o en capital real, los empresarios se ven
forzados a actuar como especuladores cuando toman sus decisiones
de inversión. Los empresarios deben guiarse por los cambios a
corto plazo en los precios de los títulos, lo que dificulta
planear para el largo plazo. La señal de la tasa de interés es
sistemáticamente errónea para la asignación intertemporal. Las
oleadas de optimismo y pesimismo que ésta desencadena --un
proceso de crisis que se autoperpetúa-- son el núcleo de la
teoría keynesiana. Keynes consideraba que el mercado de acciones
era una institución desestabilizadora porque éste genera
sistemáticamente unos criterios falsos para tomar decisiones: las
expectativas acerca de las expectativas de otros, en vez de
expectativas genuinas acerca de los proyectos de inversión y de
las firmas. El quería separar la especulación de la inversión.
Por tanto, abogaba por la creación de instituciones que generen
expectativas socialmente justificadas, por ejemplo, criterios de
decisión a largo plazo para formuar expectativas de largo plazo.
EL CAMBIO ESTRUCTURAL COMO DILEMA DE RACIONALIDAD TEMPORAL
Con la incertidumbre estructural acerca de la futura evolución de
la demanda, existe el peligro de que las inversiones, que sólo
proporcionan rendimientos en el largo plazo, no se realicen en
una economía de mercado. El peligro es tanto más intenso cuanto
mayor sea la incertidumbre acerca de las ventas futuras y cuanto
mayores sean los costos de quiebra de un proyecto de inversión a
largo plazo.
La situación puede ser representada mediante el dilema del
prisionero: mientras que deben invertir para mantener la
competitividad internacional a largo plazo, las firmas no harán
tales inversiones porque reducen sus beneficios a corto plazo. La
lógica es similar a la del problema mencionado por Keynes: la
planeación a largo plazo está guiada por las posiciones
competitivas de corto plazo en el mercado. Las firmas deben tener
en cuenta lo que sus competidores hacen en el presente y en el
corto plazo. No obstante, con la adopción de estrategias de corto
plazo se inicia una trayectoria histórica, irreversible, que
puede llevar a deficiencias de largo plazo.
Hay dos maneras de resolver este problema. Primera, las firmas
pueden cooperar con sus competidores y crear un entorno de
mercado estable que permita planear inversiones a largo plazo. La
combinación de recursos en un fondo común de conocimientos, por
ejemplo, puede superar las deficiencias de investigación y
desarrollo (véaión del desarrollo en forma más estructural,
integrando orgánicamente los problemas del ambiente y la equidad
en el corazón del análisis económico. Para unos, la formación
económica ortodoxa o el adiestramiento "pragmático" en técnicas
de planeación impiden acceder a una visión más compleja y menos
mensurable del mundo, la cual consideran "retórica". Para otros,
replantear el tema sería, simplemente, hacer demasiadas
concesiones a los verdes o a los izquierdistas, con la
consiguiente reprobación de los verdaderos dueños del poder y,
quizá, el recorte de los desmesurados privilegios que disfrutan
reducidos grupos de la sociedad colombiana.
LA ENCRUCIJADA DE LA RELACIÓN ENTRE AMBIENTE Y DESARROLLO
La recurrente insistencia para precisar las relaciones entre las
política económica y social, y entre éstas y la problemática
ambiental, obedece a que el concepto de desarrollo sostenible,
tal como se concibe a nivel internacional, implica asumir la
tensión, y lograr el balance, entre los objetivos de crecimiento
económico (proceso de materialización), de equidad (proceso de
distribución) y de sostenibilidad física del ambiente y los
recursos (proceso de gestión sobre el entorno). Este balance,
parcialmente conflictivo, está condicionado a su vez por un
ámbito más general, de carácter.
La reversibilidad en este sentido no significa que una vez tomadas las
decisiones, éstas pueden ser revertidas sino que los bienes de hoy pueden ser
intercambiados por los bienes de mañana. La decisión de producir hoy una
manzana es irreversible, puesto que esta manzana se pudrirá mañana. Pero la
manzana fresca de hoy puede ser intercambiada en el día de mañana por una
manzana fresca recién producida en el momento de tomar la decisión.
Para una descripción más amplia, véase Unger [1981].
En términos más precisos, de la eficiencia marginal del capital, aquella tasa
de descuento que iguala los rendimientos esperados de una inversión con su
precio de oferta.
Por simplicidad del argumento, nos referimos aquí a la interpretación
reduccionista que Leijonhufvud [1968] hizo de Keynes. Una visión
institucionalista o postkeynesiana sugeriría que incluso la inversión real es
incierta. El problema, entonces, no sería tan sólo que los precios pueden ser
falsos, sino que simplemente no podemos saber si son verdaderos o falsos. Sin
embargo, cuando se adopta esta última interpretación, las fluctuaciones y la
especulación en los mercados financieros se verían reforzadas por las
fluctuaciones y la incertidumbre de la inversión real.
La incertidumbre estructural designa la falta de información sobre la
estructura del problema, y la incertidumbre paramétrica designa la falta de
información sobre los parámetros del problema. Como plantea Picker [1992],
esta distinción de Langlois [1984] es muy similar a la distinción que Knight
establece entre incertidumbre y riesgo [ver Picker 1992, 72].