CUADECO, 01/01/94, TOLERANCIA Y DESARROLLO

Cuadernos de Economía

Country: Colombia

Publicación del Departamento de Teoria y Politica Economica, Facultad de Ciencias Economicas, Universidad Nacional de Colombia, Santafe de Bogota, Columbia

Author: Jorge Iván Bula

No 20

Frequency: Semi-annual


Date: 01/01/94

Vicedecano Académico de la Facultad de Ciencias Económicas, Universidad Nacional de Colombia

Este artículo es una versión revisada del capítulo IV del libro Violence, démocratie et dévelopment dans le Tiers-Monde, L'Harmattan, París 1990. Traducción de Angela Montoya; versión final de Jorge Iván Bula.

En este trabajo se examinan los factores que impiden consolidar verdaderos proyectos de sociedad en los países en desarrollo, donde es difícil articular en forma adecuada la tolerancia y el desarrollo. Diversos factores han obstaculizado la construcción de sociedades que satisfagan las necesidades y deseos de los agentes sociales y económicos a partir de decisiones tomadas por consenso.

La identificación -así sea parcial y no siempre rigurosa- de estos factores debe permitirnos establecer las condiciones indispensables para definir un estilo de desarrollo alternativo en nuestros países. Esta tarea es aún más importante en un contexto donde la visión de la "modernización" que hoy predomina ha impuesto el crecimiento como única vía posible y donde se resta legitimidad a toda formulación alternativa.

Así, el intento de dilucidar estas condiciones no carece de riesgos. Primero que todo, debe decirse que este artículo no propone un estilo de desarrollo aplicable a todo los países. Esto desborda el talento de los individuos, pues sólo la sociedad civil de cada uno de ellos, la capacidad de invención de sus miembros en conjunto, puede desempeñar esta tarea y nadie la puede sustituir; no existen recetas de aplicación universal. Tampoco formula principios generales y abstractos para crear un mundo ideal y quimérico, armonioso y perfecto; utopía irrealizable. Permítasenos este pleonasmo porque no renunciamos a una perspectiva utópica, a una utopía posible y concreta, como la denomina M. Maffesoli,1 que a partir de lo real esboza alternativas para inventar el mundo futuro. Pensamos, con Alex Nove, que "no tiene sentido imaginar una sociedad sin contradicciones, una especie de última edad de oro de la libertad, de armonía y de prosperidad universales. La tecnología cambia rápidamente, las necesidades evolucionan. Es posible incluso que la eliminación de algunas tensiones cree nuevos conflictos."2

La acción de diferentes elementos sociales, la mezcla de intereses, individuales y colectivos, y las distintas lecturas que hacen los actores llevan a una realidad compleja y siempre conflictiva. La tensión y el conflicto son inherentes a la vida en sociedad; de hecho, son el origen de los mecanismos de integración y de los ordenamientos mediante los cuales las sociedades resuelven sus conflictos y crean espacios de consenso.3 Es necesario entender las relaciones entre conflicto y consenso para instituir la condiciones de tolerancia que permitan resolver los desafíos fundamentales que enfrentamos a todos los niveles.

También se toma distancia frente a ciertas perspectivas reduccionistas o economicistas, quizá ya en desuso, que sostienen que las contradicciones del sistema económico hoy predominante -el capitalismo mundial- conducen ineluctablemente a su destrucción y, por tanto, a la desaparición de la última sociedad con antagonismos de clases y de todos los actuales conflictos de la humanidad, de los cuales el capitalismo sería culpable. Pero también nos apartamos de quienes promueven lo que Julien Freund llama "la utopía contemporánea".4 Estos sólo tienen en mente un camino posible para realizar su proyecto de utopía, al que mitifican y sacralizan,5 y llegan a formularlo (o imponerlo, cuando se busca concretarlo históricamente) como la redención de todos los países.

Puesto que la realidad social es compleja y múltiples las posibilidades de desarrollo, sin que necesariamente sean excluyentes entre sí, es natural que los procesos sociales sean contradictorios y que debamos elegir entre las opciones fundamentales. Es preciso, entonces, rechazar las posiciones que, consciente o inconscientemente, desearían congelar la historia pretendiendo que la humanidad encontró un modelo de sociedad capaz de armonizar los intereses de todos, ese que algunos todavía llaman "el mundo libre". Veremos precisamente cómo este tipo de lecturas y sus prácticas correspondientes han estado en la base de una intolerancia execrable.

Nuestro objetivo, entonces, es establecer las condiciones sociales, culturales y políticas -sin perder de vista los factores éticos, sociales y culturales- que favorecen el desarrollo socioeconómico a todos los niveles (local, nacional, regional e internacional) como un resultado de la confrontación de valores y de la diversidad de prácticas culturales propios de toda estructura social compleja.

SOCIEDAD CIVIL Y CONCIENCIA COLECTIVA DE LAS CLASES SUBALTERNAS

En el proceso de constitución de Estados nacionales compatibles con el desarrollo de las relaciones sociales mercantiles propio de los países del Tercer Mundo se ha conformado una sociedad civil heterogénea profundamente separada de la sociedad política. La sociedad civil está dividida aquí en dos segmentos: uno ligado al sector mercantil, donde predomina la sumisión real del trabajo al capital; el otro, a los sectores donde predomina una sumisión formal o al menos indirecta.6 Una nueva estructura de clases subsume a una vieja estructura jerárquica. Las clases dominantes o algunas de sus fracciones constituyen la nueva sociedad política o, más precisamente, los aparatos de la sociedad política, bien sean los "evolucionados" de algunos países africanos como Zaire,7 la elite de una etnia mayoritaria como en Sri Lanka,8 o una oligarquía financiera e industrial como en Colombia. Estas clases o fracciones no sólo adoptan modelos de acumulación excluyentes, puesto que los frutos del crecimiento no benefician más que a un escaso sector de la población, sino que las estructuras políticas que construyen son también excluyentes, puesto que las fuerzas y capas sociales subalternas no tienen las mismas posibilidades de representación o, simplemente, no se sienten representadas por las fuerzas y las instituciones que conforman la sociedad política.

"Estas formas de sumisión formal o indirecta al capital tienen efectos importantes sobre la conciencia social. Generalmente promueven formas de conciencia enraizadas en las sociedades precapitalistas, pero renovadas o incluso recreadas en sus contenidos y que son más visibles que la estructura real de clases".9

Se trata, primero, de la imbricación de los diferentes sistemas de necesidades. Los sistemas ligados a la satisfacción de necesidades urgentes e inmediatas de tipo irreductible10 como las que surgen por demanda popular- son sustituidos, subordinados o articulados, según el ambiente, a otros sistemas. Así sucede, por ejemplo, con las necesidades que se expresan en reivindicaciones asociadas al mejoramiento progresivo de las condiciones de trabajo en el sector moderno de la economía.

Por otra parte, se trata también de la transformación de las relaciones con la materialidad, el espacio y el tiempo. Las distintas formas de subsistencia que persisten, o que desarrolla o estimula este tipo de desarrollo capitalista, colocan a los individuos en condiciones diferentes. Así, en el sector informal se encontrará una gama que va desde individuos que trabajan en las condiciones artesanales más elementales -con herramientas de trabajo totalmente divisibles- hasta individuos que trabajan en el sector formal de la economía -con equipos de gran dimensión e indivisibles- pasando por los que laboran en talleres intermedios, donde hay una relativa división del trabajo y se dispone de herramientas de tipo cada vez más colectivo.

De la misma manera, las lecturas de las relaciones espaciales que hacen los actores son tan variadas como los entornos espaciales que produce el desarrollo atrofiado del capitalismo (tugurios, barrios semiurbanos, barrios populares y obreros, zonas rurales olvidadas). Algunos mantienen una relación concreta con el espacio, se identifican con éste y eso les da seguridad, mientras que otros establecen una relación abstracta y tienen la capacidad para dominar situaciones espaciales diversas.

Con relación al tiempo, hay quienes reproducen una actitud precavida y perciben el futuro como una reproducción del presente, mientras que otros han desarrollado una capacidad de previsión que implica un futuro abstracto. Algunos se sitúan en el medio, lo que es característico de las situaciones de transición.

Esas diferentes situaciones influyen en la formación de la conciencia social, de una conciencia colectiva que permitiría, en términos de Goldmann, elevar la conciencia real de los actores hacia una conciencia posible, entendida como aquella que "permite deconstruir el presente para liberar la imaginación prospectiva y entrever un futuro que podría ser muy diferente del presente",11 lo que en otros términos podría denominarse una identidad de clase.12 Así, por ejemplo, un sistema de necesidades crecientes donde la gente tiene una actitud de previsión, combinada con la relación con herramientas colectivas, es más favorable para el desarrollo del movimiento sindical. En efecto, favorece las prácticas colectivas mediante las cuales los obreros piensan lograr sus reivindicaciones, más que cuando se empeñan en una lucha individual. Esto los lleva a desarrollar, según la expresión de Durkheim, una solidaridad orgánica.13 Por el contrario, los que son presionados por un sistema de necesidades irreductibles y por la fuerza de las cosas sólo buscan ser precavidos y tienen una relación con herramientas divisibles, los subproletarios o una buena parte del sector informal, tienden cada vez más a dar respuestas aleatorias y a buscar soluciones individuales. Finalmente, los lazos étnicos, raciales o familiares crean solidaridades de orden mecánico, "extrañas a la similitud de clase".14

Esta heterogeneidad y diferenciación de las clases subalternas se inscriben en la lógica del capital internacional que, por la fragmentación del mercado de trabajo a escala mundial, bloquea el surgimiento de una identidad colectiva en la clase obrera.15 Hay otros obstáculos que impiden el desarrollo de una identidad y una conciencia colectivas en dichos sectores sociales. La supresión de los derechos sociales y políticos, las formas de represión correlativas y, en fin, el anticomunismo difundido por los medios de comunicación durante el período de la guerra fría se cuentan entre los principales. Otros mecanismos, de los que disponen algunos grupos de la sociedad civil con base en argumentos religiosos, éticos o nacionales, intervienen también e influyen en las representaciones colectivas de las clases subalternas, frenando así su organización asociativa.16

Estos condicionamientos obstaculizan la formación de una identidad de clase, impidiendo que las clases subalternas hagan uso social de la producción, de la cultura, de la política, pero otros aspectos de la realidad actúan en sentido contrario. Así como la herramienta colectiva permite que los obreros fijen una memoria colectiva, las relaciones concretas con el espacio pueden activar esa memoria y llevar a acciones comunes para la defensa de un territorio dado. Este el caso de innumerables luchas campesinas e indígenas, e incluso urbanas, principalmente en los tugurios (en América Latina, por ejemplo) cuando la intervención del Estado lleva a desalojar por la fuerza a los ocupantes. En este caso, la que surge es casi una lectura de clase.

La raza o la etnia también pueden generar una conciencia política y social de identidad de clase, como en el caso de los trabajadores negros de Africa del Sur o de los tamules de origen indio en Sri Lanka, donde la condición de trabajador se vive igualmente como exclusión racial o étnica. La religión también puede entrar en juego, como en muchos países de América Latina o en Filipinas, cuando algunos sectores de las clases subalternas expuestos diariamente a la necesidad de triunfar sobre la muerte, por estar sometidos a regímenes autoritarios o a clases dominantes intransigentes, elaboran una ética de referente religiosa mediatizada por una lectura de clase.17

El problema es, entonces, cómo satisfacer esos diversos sistemas de necesidades, que se articulan unos a otros dentro de sociedades altamente heterogéneas, dentro de un marco de tolerancia que, dentro de ciertos límites y con base en un esquema de prioridades, permita satisfacer en lo fundamental esta diversidad de necesidades. Y el desafío es constituir un marco democrático para resolver el problema: "la democracia descansa, en efecto, en una concepción del desarrollo (una forma de concebir un sistema de necesidades) y al mismo tiempo es el medio para alcanzarlo".18 En el Tercer Mundo a menudo es muy difícil distinguir los grupos predominantes en la sociedad civil de los que dominan la sociedad política, pues sus vínculos son muy estrechos. Hay muchos ejemplos, el de las corporaciones de comerciantes e industriales y de las instancias estatales que desembocan en un Estado corporativo; el de algunas sociedades religiosas y los poderes políticos, si no en la letra al menos en los hechos, y el del establishment militar y los propietarios rurales. Si en los países con una economía de mercado desarrollada reinan el Príncipe y el Mercader, lo que caracteriza la organización colectiva de las sociedades del Tercer Mundo es la autocracia.

Por lo tanto, es esencial que en los países en desarrollo se abran los márgenes de participación de la sociedad civil. Es interesante constatar que, en su búsqueda de espacios de participación, las clases subalternas de estos países han hecho surgir nuevas formas de expresión, lo que algunos denominan "Nuevos Movimientos Sociales". De aquí que, como subraya I. Sachs, sea importante reabrir el debate sobre las relaciones entre el Estado y el mercado, "planteando el problema de las nuevas formas de cooperación entre la sociedad civil, el Estado y el mercado, es decir renovando enteramente la reflexión institucional sobre las formas de desarrollo y codesarrollo, el papel de la participación real de las poblaciones interesadas, el papel del desarrollo local con respecto a una estrategia global, etcétera".19 Las clases subalternas siempre han sido excluidas de este debate.

INTOLERANCIA Y MODELOS SOCIALES ALTERNATIVOS

Después de la Segunda Guerra Mundial, se produjo una serie de revoluciones y de guerras de liberación en los países del Tercer Mundo que buscaban romper los lazos coloniales con las metrópolis respectivas y tomar las riendas del Estado y del desarrollo del país. La dirección de estos movimientos varió de acuerdo con las fuerzas sociales que los dirigieron. M. Beaud sintetiza las tendencias resultantes en conexión con las transformaciones internas y las relaciones con el mercado mundial:20

En general, hubo una correspondenci

a biunívoca entre las transformaciones internas y las relaciones con el mercado; no obstante, según la coyuntura nacional o internacional se hicieron posibles diversas combinaciones. Las opciones no dependieron siempre de la voluntad de los actores que dirigieron los procesos, pues limitaciones objetivas de tipo estructural determinaron que se adoptara una u otra. En este artículo sólo examinamos el caso de los países que han intentado separarse de la lógica del sistema dominante, para mostrar así algunos de los obstáculos que impiden la constitución de márgenes de tolerancia en los proyectos de sociedad alternativos. El objetivo de esos proyectos, por lo menos a nivel de los principios, es establecer una sociedad cuyo orden económico, social y político sea más justo y participativo. El documento busca identificar los factores de intolerancia exógenos y endógenos que dificultaron la cristalización de esos propósitos. Los proyectos de los movimientos de liberación nacional aparecieron principalmente en países de tamaño pequeño o mediano.21> Por su dependencia de las metrópolis, estos países no contaban con el sector productor de medios de producción necesario para construir la base material de su proyecto social. La creación de un excedente económico dependía entonces de la obtención de divisas para comprarlos en el mercado internacional. En otras palabras, las condiciones de una acumulación ampliada de capital (que permiten crear un fondo de inversiones mínimo) dependen del excedente entre exportaciones, usualmente productos básicos, e importaciones de bienes de capital, es decir, de que haya un saldo comercial positivo. Con el desarrollo del mercado financiero internacional, surge otro factor de acumulación, los préstamos internacionales. Así, la balanza de pagos (que comprende la balanza comercial) pasa a constituirse en su fondo de inversión.22 Todo esto da lugar a una gran dependencia del mercado internacional (mercado financiero, de capitales y de bienes). Esta dependencia establece una nueva forma de servidumbre, la del modelo de industrialización. En efecto, la importación de bienes de producción depende en gran medida de la técnica y de los productos generados en Estados Unidos, Europa Occidental o Japón,23> lo cual tiene un efecto doble. Primero, la incorporación de tecnología implica, dado que no es neutra, un principio de organización del trabajo y unas relaciones de producción similares a las que predominan en el sistema capitalista, aunque se pretenda cambiarlas.24 Segundo, la tecnología entraña cierto mimetismo, no sólo porque ésta materializa un modelo de industrialización sino porque con la tecnología se induce un modo de vida, y se tiende a imitarlos. Ese modo de vida, asociado al carácter de la herramienta de trabajo y a los bienes que se producen: herramientas de trabajo colectivas e indivisibles para producir bienes cuya apropiación es cada vez más individual, entra en contradicción con los objetivos de movilización colectiva de los nuevos proyectos sociales.

Si las limitaciones objetivas están ligadas a la lógica misma del sistema capitalista mundial, hay otras que reflejan la acción intencional de algunos de sus actores colectivos, como los Estados que ejercen la hegemonía. En efecto, la respuesta a casi todas las revoluciones de la segunda mitad del siglo veinte que buscaron apartarse de la lógica dominante para construir otro tipo de sociedad, llámense democracias "populares" o "revoluciones socialistas", fue la agresión directa (Bahía Cochinos, Vietnam) o indirecta (bloqueo económico y financiero; apoyo a fuerzas contrarrevolucionarias, como en Nicaragua, u opuestas al nuevo régimen, como en Angola; promoción de golpes de Estado, como en Chile).

Esas acciones fueron inspiradas principalmente por los Estados Unidos y seguidas de muy cerca por algunos de sus aliados, los países hegemónicos de Europa Occidental: "Todo pueblo, toda comunidad nacional que, una vez adquirida la independencia política busca consolidarla edificando una economía autocentrada que escape a la ley de los grupos industriales y financieros y del mercado mundial, se encuentra expuesta a las amenazas, a las represalias, es decir, a los ataques del imperialismo".25

Este tipo de acciones repetidas constituye hoy en día el primero y tal vez uno de los principales factores de intolerancia a nivel global, el de las relaciones entre Estados. Estas atentan contra un elemento primordial para las sociedades que inician una transición, es decir, la consolidación de la base material que permitiría desarrollar un nuevo modelo social. Primero, por los efectos del bloqueo sobre el excedente requerido para la producción ampliada de la economía, pero también porque desvían los escasos recursos existentes, para asegurar la defensa y hacer frente a la agresión.

Por esta razón, y dada la correlación de fuerzas internacionales posterior a la Segunda Guerra Mundial, varios países del Tercer Mundo empeñados en la vía socialista se vieron obligados a pedir ayuda y protección a la Urss. Una consecuencia fue que esos procesos de transformación social quedaran marcados inevitablemente por el sello del modelo soviético, uno de cuyos rasgos era el estatismo a ultranza.26 Este esquema inspiró los modelos de desarrollo y de organización política que se diseñaban en los países del Tercer Mundo. Así, era muy difícil considerar todas las características y potencialidades propias de los países de los tres continentes. Sin embargo, sin la ayuda material, el apoyo político y la asistencia militar de los países socialistas, las naciones del Tercer Mundo que escogieron el autodesarrollo no habrían sobrevivido mucho tiempo.

Los factores endógenos también contribuyeron a crear estructuras intolerantes. En efecto, la forma en que cada régimen interiorizó los rasgos fundamentales del modelo socialista -el que querían construir las corrientes progresistas del siglo diecinueve- fue diferente entre un país y otro. En cuanto a las políticas concretas, se realizaron inmensos esfuerzos para romper algunos vínculos con el sistema mundial del capitalismo contemporáneo27 -nacionalizaciones, control del crédito, reorientación del comercio exterior- y para satisfacer las necesidades de la población más desfavorecida: obras públicas, subsidio a los productos básicos, reformas agrarias y urbanas. En muchos casos, como en el de las cooperativas agrícolas vietnamitas, el paso a una nueva racionalidad en la relación con la naturaleza se dio sin destruir la cultura.28

Pero este modelo, inspirado en el sueño productivista de Occidente que considera a la fábrica como base de sus relaciones sociales, también tiene riesgos por cuanto "los seres humanos no importarían más que como fuerza de trabajo. Las demás necesidades se vuelven entonces secundarias o totalmente despreciables".29 No es extraño entonces que las necesidades de la sociedad civil se subordinaran a las prioridades de la producción y del mercado socialista. La defensa del modelo y ante todo de la utopía de una sociedad sin clases, la conciencia de obrar en nombre del proletariado, la convicción de poseer la verdad y la capacidad para establecer la satisfacción óptima de las necesidades en tanto que Estado proletario, todo esto sirvió como arma ideológica, llevando a veces a enmascarar las contradicciones y, en nombre de la liberación, a convertirlo instrumento de represión en algunos casos.30 Hubo incluso mitificaciones y sacralizaciones del proletariado, del pueblo y de la revolución.

También hubo países donde una vez conquistado el poder ciertos dirigentes, igualmente mitificados, gobernaron de manera autocrática en nombre del pueblo, lo que llevó al culto de la personalidad. Pues como señala Maffesoli: "El revolucionario profesional, el apparatchik, tomando el lugar del gran inquisidor actúa por el bienestar del Hombre, lo que le permite aplastar al hombre particular, totalmente aislado en una masa anónima".31 El caso extremo más conocido en el Tercer Mundo, que lleva al paroxismo todas las características negativas, es el del régimen de Pol Pot en Camboya.

La obligación de generar un excedente, ligada usualmente a una serie de tareas necesarias para reconstruir el país, reactivar la producción, enfrentar simultáneamente las amenazas internas y externas, desarrollar los sistemas sociales de educación y de salud, industrializar, aumentar la producción agrícola, todo esto exigió la construcción de Estados fuertes y a menudo llevó a imponer pesados sacrificios a los trabajadores agrícolas e industriales.32 Ese proceso no estuvo exento de intolerancia.

Con la institucionalización de los poderes revolucionarios y el ejercicio de las responsabilidades estatales, los proyectos de transformación social se convirtieron frecuentemente y en diverso grado en una estructura jerárquica. Esta dio lugar a una nueva forma de control y de apropiación de los usos sociales de la producción, de la cultura y del poder, se abrogó la dominación de la sociedad civil y reprodujo la dicotomía entre dirigentes y dirigidos. De ahí la dificultad de aceptar los cambios y las reivindicaciones que provienen de la base, la cual nos lleva al problema de la tolerancia: cómo combinar los logros de los cambios estructurales con los intereses a largo plazo de las clases populares y la satisfacción de las necesidades materiales y culturales percibidas y expresadas conscientemente por los diversos grupos sociales. Problema que examinamos en la siguiente sección.

MÁRGENES DE TOLERANCIA EXTERNA E INTERNA

Toda sociedad debe satisfacer cierto número de necesidades (materiales, culturales y sociales) individuales y colectivas. En sociedades tan asimétricas como las del Tercer Mundo, este problema es aún más complejo. Como vimos, están conformadas por grupos sociales muy heterogéneos y es muy difícil armonizar sus necesidades, no sólo por su diversidad sino también porque algunas de ellas se contraponen. Además, se encuentran en un estado de imposibilidad técnica (bajo nivel de desarrollo de las fuerzas productivas) para enfrentar las diferentes demandas.

El problema radica entonces en saber cuáles necesidades hay que satisfacer y en qué orden de prioridad. Qué criterios deben guiar la decisión y la jerarquización, y en qué forma. Esta pregunta liga los dos aspectos del problema que hemos planteado, a saber, cómo organizar las sociedades para que todos los grupos sociales puedan expresar sus demandas y participar en la determinación de los medios para satisfacerlas. En otras palabras, cómo establecer estructuras sociales que admitan grados de tolerancia suficientes para confrontar los distintos puntos de vista y responder a las diversas necesidades, de modo que los frutos del desarrollo social sean accesibles al mayor número de individuos y de grupos sociales.

Abordemos antes el primer aspecto, la definición y la selección de las necesidades. ¿De qué necesidades hablamos? Además de las necesidades fundamentales de supervivencia y de las necesidades materiales, económicas propiamente dichas, también deben tenerse en cuenta aquellas que surgen en otras esferas de la vida humana y que, por tanto, son un producto histórico, pues a cada sociedad corresponde un sistema de necesidades. No obstante, cabe preguntar si las necesidades que se expresan en una sociedad dada son verdaderamente reales. A esta pregunta, A. Heller responde diciendo que la necesidades reales son todas aquellas que siente el hombre, de las que es consciente y puede formular para verlas satisfechas. Y como no se pueden establecer diferencias entre necesidades con base en su realidad, todas las necesidades deberían ser reconocidas.33

Según Heller, dados los límites que se imponen a toda sociedad y especialmente a los más pobres, para satisfacer todas las necesidades se requeriría, entonces, un orden de prioridades que permita satisfacerlas poco a poco. Y para organizar ese sistema de prioridades se necesita una estructura que permita y fomente el debate democrático y el logro del consenso.34 Sin embargo, también cabe preguntar si se deben satisfacer todas las necesidades y hasta qué punto son compatibles. Heller propone, de nuevo, una respuesta: "todas las necesidades deben ser reconocidas y satisfechas, a excepción de aquellas cuya satisfacción hace del hombre un simple medio".35 Esto significa que no puede satisfacerse la necesidad de explotar a otros seres humanos puesto que su satisfacción es incompatible con la necesidad de no ser explotados que sienten los individuos.

Debe subrayarse que la autora considera que todas las necesidades que un individuo formula son necesidades conscientes y que éstas son las únicas que tienen un carácter real. Así, el ser humano debe formular explícitamente sus necesidades económicas, culturales, políticas y sociales, de modo que su formulación sobrepase a las que hoy prevalecen en las sociedades dominantes, las del homo oeconomicus, para constituirse en un "hombre rico en necesidades", cuyo ideal supremo sería satisfacer las necesidades de los demás hombres.36

Pasemos ahora a la segunda parte de la pregunta: cómo satisfacerlas. ¿Cómo organizarse, teniendo en cuenta las limitaciones que impone el estado de las fuerzas productivas en su sentido más amplio,37 para responder a ese sistema de necesidades? En lo que respecta a las necesidades materiales, ofrece A. Nove una primera respuesta: "las preferencias de los consumidores y las necesidades de los usuarios deben predominar cuando se decide qué producir; las preferencias de la mano de obra deben jugar un papel importante cuando se trata de determinar cómo producir, sin perder de vista el imperativo de economizar recursos y las limitaciones de la tecnología disponible".38

Esta proposición puede extrapolarse a otras esferas de la actividad humana donde, una vez identificadas y formuladas conscientemente y democráticamente las necesidades correspondientes, las instancias responsables de satisfacerlas pueden tomar decisiones de carácter operativo (por ejemplo en el campo de la educación). Así, lo que en las sociedades asimétricas constituye una apropiación privada del uso social de la producción, del aparato productivo, de la cultura, del poder (para una clase o un número reducido de clases) se convertiría en una apropiación colectiva. Se trata, entonces, de crear espacios que permitan "participar, en igualdad de condiciones, en la determinación del funcionamiento, de los objetivos y de los medios que se ponen a disposición de cada institución productiva, económica, científica o social; cada una de ellas podrá determinar así qué parte de la producción dedica al usufructo directo, en qué proporción y en qué forma".39

Un espacio semejante depende del ejercicio de una democracia de gestión, donde se articule la gestión de las relaciones sociales que organizan la vida cotidiana con la coordinación y las orientaciones de la vida social.40 Esto implica establecer un sistema cuyo principio rector consistiría en que las decisiones que pueden tomarse a nivel local se adopten a nivel local, las que sólo pueden tomarse a nivel nacional se adopten en este nivel y lo mismo ocurra en los niveles internacional, regional y subregional. Este sistema articularía las decisiones locales mediante la participación directa (democracia directa) y las de niveles superiores mediante esquemas de representación (democracia representativa).41

De modo que en nuestros países es imprescindible modificar las relaciones entre la sociedad civil y las instancias del poder. En efecto, aunque en el imaginario de las sociedades y de los movimientos que buscan formas de organización social alternativas, el Estado -y, por tanto, la dicotomía entre dirigentes y dirigidos- tendería a desvanecerse con el advenimiento de las nuevas estructuras, hipótesis que las experiencias históricas no prueban hasta ahora, hay que admitir que las estructuras estatales son todavía una parte de la realidad. Este artículo parte de este hecho, pero cuestiona el contenido de la relación entre Estado y sociedad civil.

Por otra parte, en un sistema cada vez más global, el problema de satisfacer las necesidades no puede limitarse a un solo país. A la dicotomía capital-trabajo del sistema capitalista y a la de gobernantes-gobernados que se mantiene aun en los países que surgieron por los movimientos de liberación, hay que añadir la dicotomía desarrollo-subdesarrollo, asociada a la acumulación de capital a escala mundial, fuente de intolerancias económicas, pero también políticas y culturales.

En nombre de la democracia y del mundo "libre", por intervención directa o mediante fuerzas internas interpuestas, se derrocaron regímenes progresistas o revolucionarios elegidos en forma democrática (como en Chile en l973) para instaurar dictaduras. Las invasiones norteamericanas, que usualmente llevaron a implantar regímenes fuertes en los países latinoamericanos son una elocuente ilustración de esta forma de intolerancia. Pero no sólo hacia América Latina sino también hacia el Medio Oriente, Africa y Asia.

La deuda del Tercer Mundo constituye la forma más reciente de la intolerancia económica del sistema internacional y sus efectos son muy particulares. Los programas de ajuste, impuestos a los países endeudados para "enderezar" sus economías, han venido acompañados de conflictos y de represalias indiscutibles. "La violencia silenciosa de la deuda ha llevado a que en 1989 'el estado del Tercer Mundo' sea un estado de guerra".42

El Nuevo Orden Económico Internacional, promovido por los burgueses radicales de antaño, debe ser reanimado hoy en día; no como condición para una mejor inserción en la lógica del sistema mundial, sino para que los países del Tercer Mundo pongan en marcha un estilo de desarrollo autocentrado.43 Es necesario establecer un nuevo tipo de relaciones entre los países del Norte y los del Sur. No sólo en el orden económico, sino también en el político y militar, en las comunicaciones internacionales, en el sistema monetario internacional y en muchos otros campos.

Esto concierne particularmente al Sur. La ausencia de relaciones de solidaridad entre los países del Tercer Mundo, debida a su contradictorio papel en la jerarquización del sistema internacional, debe abrir espacio a otro tipo de relaciones. A pesar de su heterogeneidad, estos países comparten un mismo destino.

En suma, para transformar las relaciones entre los diferentes niveles de la organización social del sistema actual, se debe crear lo que F. Debuyst llama una "esfera de desarrollo",44 y que E. Díaz define como un "nuevo paradigma", que dé prioridad a los valores, al crecimiento cualitativo antes que al cuantitativo, no a los valores de la sociedad de consumo, sino a los de la calidad de vida y del medio ambiente, a la satisfacción de todas las necesidades reales fundamentales, libertad, cultura, ecología, etcétera.45

Es evidente que la apertura de márgenes de tolerancia en todos los niveles, tanto entre Estados como en el seno de cada nación, no es un problema que dependa tan solo de la buena voluntad. Numerosos intereses económicos y políticos se oponen a la apertura de espacios sociales en distintos niveles. Por tanto, sólo "a través de un proceso contradictorio y conflictivo se avanzará hacia una sociedad equitativa y solidaria".46

Las fuerzas de la sociedad civil son las que tienen la responsabilidad de actuar para abrir o crear los espacios que les permitirán intervenir en la vida política y social. En ese proceso, los nuevos movimientos sociales tienen un papel muy importante, "los actores" del 'nuevo paradigma' serán ante todo los nuevos movimientos sociales, en su sentido más estricto".47

En la medida en que logren conformarse como movimientos alternativos (en el Norte y en el Sur) las posibilidades de construir nuevas relaciones entre la sociedad civil, el Estado y el mercado, al principio surgirán a nivel local, donde es más fácil intervenir en la gestión de la vida cotidiana. Después se remontarán a nivel regional y nacional, democratizando las instituciones y creando redes de poder para tomar decisiones colectiva y controlar su cumplimiento. Este proceso permitiría generar los espacios donde todas las necesidades, todas las demandas (lingüísticas, étnicas, religiosas, políticas, sociales, culturales, económicas) pueden ser reconocidas.

F. Debuyst ilustra el papel que pueden jugar estos movimientos cuando se conviertan en alternativas:48

La parte superior del diagrama ilustra el papel que puede jugar un movimiento alternativo, como base para la formación de redes asociativas y como mecanismo de presión para constituirlas. Contribuye, así, a la creación de una esfera de desarrollo y al ejercicio de una democracia de gestión. La parte inferior presenta al movimiento alternativo como reflejo de las expresiones críticas o innovadoras de la sociedad. Estas contrarrestan el peligro de institucionalizar la democracia de gestión y pueden llevar a cabo una crítica permanente, ejerciendo el control sobre las instancias de la democracia de gestión y presionando por el reconocimiento de la diversidad de necesidades, especialmente de las que surgen por la evolución de las sociedades.

Una vez establecida esta esfera, el diálogo entre las diferentes culturas será más real y enriquecedor, las relaciones entre las naciones y entre el Norte y el Sur se constituirán con la participación efectiva de las sociedades civiles de las diferentes formaciones sociales. Como afirma S. Amin: "Los movimientos 'interclasistas' en favor de un 'nuevo modelo de desarrollo'... pueden plantear (potencialmente) de nuevo el tema de la alianza popular en el Norte y en el Sur, puesto que cuestionan el contenido mismo del desarrollo en los planos nacional y mundial".49

También se transformaría el carácter de tantos organismos internacionales carentes de poder de sanción. Con las nuevas relaciones entre el Estado y la sociedad civil, ésta al fin tendría acceso a las instancias que regulan las relaciones internacionales. La infraestructura internacional que permitiría crear los espacios de diálogo ya existe. No obstante, generalmente es inaccesible para las sociedades civiles de las naciones allí representadas. Por tanto, es posible concebir en forma realista un derecho internacional a la intervención de las fuerzas de la sociedad civil, al diálogo y a la expresión del punto de vista de las clases subalternas, a condición de que en la toma de decisiones políticas a ese nivel se elimine el privilegio que el derecho a veto hoy otorga a ciertas potencias.

En el nuevo contexto internacional, ahora que ha cesado el enfrentamiento Este-Oeste, el problema fundamental de los próximos años será la oposición Norte-Sur. Ya han surgido voces de alarma. Las reorganización de Europa (occidental y oriental) y las nuevas políticas comerciales de Japón y los Estados Unidos tienden a agravar la dependencia y el aislamiento de numerosos países del Tercer Mundo. Ya ha disminuido la ayuda internacional a los países subdesarrollados, un nuevo obstáculo a la construcción de una esfera de desarrollo autocentrado. Corresponde a las fuerzas de la sociedad civil del Norte (de Europa, en particular) dar al proyecto de la Nueva Europa una dimensión distinta de la que quieren imponerle el Príncipe y el Mercader, puesto sólo "a partir de esta esfera de desarrollo pueden construirse verdaderas condiciones de paz y de seguridad en el Norte y en el Sur. Sólo poniéndolo en práctica, el Ciudadano puede convertirse en el actor central de la democratización económica y social, reconquistando el espacio social frente a la lógica del Príncipe y del Mercader".50

Sin embargo, las sociedades civiles del Sur también deben desarrollar los mecanismos de solidaridad que les permitan constituirse en una verdadera fuerza de negociación en la escena internacional. Y esto sólo será posible en la medida en que puedan desarrollarse alternativas de poder popular en el Tercer Mundo. Los procesos de mundialización de la economía en estos últimos decenios condujeron a lo que S. Amin llama la "recompra" ["recompradorisation"] de las burguesías de los países del capitalismo periférico.51 En efecto, los lazos entre los capitales locales y el capital internacional creados por los mecanismos de subcontratación, los joint-venture o los proyectos llave en mano han desprovisto a estas clases sociales de toda perspectiva nacional.

El proceso ha alcanzado tal punto que, como señala Lipietz,52 las burguesías están interesadas en que las clases populares de sus propios países paguen una deuda que nunca contrataron. Estas últimas tienen la responsabilidad de construir la esfera de desarrollo en el Sur. Y ésta será más realizable si se establecen relaciones de codesarrollo entre las esferas de desarrollo del Norte y del Sur, de modo que las primeras apoyen la aparición de un desarrollo autocentrado desprovisto de toda pretensión universalista: "Antes de soñar en una verdadera universalidad, conviene cuestionar la barbarie de nuestra civilización [occidental] y su intolerancia ante las demás".53

La creación de un Nuevo Orden Democrático Internacional y de nuevas alternativas sociales -de nuevas socialidades, parafraseando a M. Beaud- sólo puede lograrse reviviendo las tradiciones seculares de la vida colectiva, la generosidad y la solidaridad de los poblados africanos, de las sociedades de Asia, de los pueblos de América Latina, superando el marco restrictivo del pensamiento judeocristiano, para reencontrarnos con el Islam, el budismo, los catolicismos y los protestantismos del Tercer Mundo, y otras formas de pensamiento y de moral.54

Los principios que hemos expuesto constituyen un ideario que sirva de guía en las acciones tendientes a la formación de un Nuevo Orden Democrático Internacional y de proyectos de sociedad alternativos. Sin embargo, somos conscientes de que no podrán labrarse un camino sin una interacción conflictiva con los defensores de intereses antagónicos, que puede llevar incluso al surgimiento de diferentes formas de violencia. Ya señalamos que la puesta en práctica de proyectos alternativos históricamente ha suscitado reacciones de los países hegemónicos encaminadas a bloquear toda tentativa que ponga en duda las relaciones de dominación vigentes. Además, el proceso de "recompra" del que habla S. Amin advierte claramente que las fuerzas renovadoras de las sociedades del Tercer Mundo enfrentarán todo el rigor de las reacciones de las fuerzas conservadoras, mediante burguesías interpuestas. Estas últimas tratarán de impedir que los movimientos alternativos se conviertan en alternativas de poder que promuevan la formación de una esfera de desarrollo basada en otra lógica económica. Por esta razón insistimos en que la creación de esta "esfera" depende de que los movimientos sociales de los países del Tercer Mundo, junto con las fuerzas alternativas de los países del Norte favorables a este proyecto, se conviertan en portadores del mismo. No se trata entonces de ilusiones generosas, sino de la convicción de que hay otras vías, enmarcadas por la satisfacción de las necesidades más que por la de maximización de los beneficios.

En este artículo se ha bosquejado un cuadro normativo de las perspectivas necesarias para promover un estilo de desarrollo basado en la tolerancia, en la confrontación y conjugación de los valores éticos y de las prácticas culturales propias de estructuras sociales complejas. Pero no podemos ignorar que, en vista de las fuerzas sociales que actúan en las diferentes sociedades y en el sistema mundial, la confrontación puede tomar dimensiones que lleven incluso a la coerción física para resolver los conflictos. Así pues, sin renunciar a una visión utópica, nos hemos visto obligados a no olvidar las presiones reales, pero tampoco las potencialidades existentes. En esto consiste la utopía concreta.


(1)Maffesoli, M. Logique de la domination, PUF, París 1976, 47.

(2) Nove, A. Le socialisme sans Marx. L'économie du socialisme réalisable, Economica, París 1983, 251.

(3) Maffesoli, M. Essais sur la violence banale et fondatrice, Librairie des Méridiens, París 1984, 112 y 113.

(4) Freund, J. Utopie et violence, Edition Marcel Rivière, París 1978.

(5) Beaud, M. Le socialisme à l'épreuve de l'histoire, Le Seuil, París 1982, 286.

(6) Por sumisión real del trabajo al capital se entiende el proceso de trabajo realizado bajo condiciones estrictamente capitalistas, mientras que en la sumisión formal éste adopta "la forma general de todo proceso capitalista de producción" [Marx], donde lo único que cambia con relación a las formas de producción precedentes es la forma de coerción con que se obtiene el plustrabajo, en particular a través de las formas monetarias.

(7) Nativos que recibieron una educación superior de tipo occidental.

(8) Donde la etnia cingalesa ejerce un predominio sobre la tamul.

(9) Houtart F. "L'Industrialisation du Tiers-Monde et ses effets sur la structure et la conscience de classe des travailleurs", Nouvelles Rationalités Africaines, v. 1, n. 2, junio de 1986, 355-356.

(10) Con el término "irreductible" se designa un sistema de necesidades que el individuo estima como suficiente y necesario para su supervivencia, así como el nivel mínimo necesario.

(11) Remy J. et al. Produire ou reproduire. Une sociologie de la vie quotidienne, v. I, Ediciones Vie Ouvrière, Bruselas 1978, 329.

(12) Definimos la identidad de clase o la conciencia de clase con base en la proposición de F. Houtart [op. cit., 18], como las representaciones colectivas de la relación social de producción dominante que, combinadas con la identificación afectiva a la clase, forman los modelos culturales que lleva a proyectos y prácticas de "clase para sí".

(13) Alexander J. C. Durkheim Sociology: Cultural Studies, Cambridge University Press, Cambridge 1988, 2 y 66.

(14) Houtart F., op. cit., 20.

(15) Maelli A. "L'impact politique et social des firmes transnationales", Sociologie et Sociétés, v. XL, n. 2, 1984, 25.

(16) Houtart F., op. cit., 20.

(17) Houtart F., op. cit., 21.

(18) Debuyst F. "Projets alternatifs, démocratie et développement", Debuyst F. y Watelet J. M. eds., Projets alternatifs et démocratie, Ciaco, Louvain- la-Neuve 1987, 47.

(19) Sachs I. "Un autre développement: le développement intégré", Verwilghen, M. De la crise au codéveloppement. En quête d'une nouvelle coopération au développement, Ciaco-Presses Universitaires de Louvain, Louvain-la-Neuve 1986, 114.

(20) Beaud M., op. cit., 234.

(21) Se puede exceptuar a China puesto que su revolución no fue un movimiento anticolonialista en sentido estricto.

(22) Ver Botero A. "Algunos aspectos de la transición al socialismo en economías pequeñas y abiertas: el caso de Nicaragua", Lecturas de Economía 19, enero-abril, Medellín 1986, 103; Ver también Sachs I., op. cit., y Nove A., op. cit., 241.

(23) La misma Urss experimentó esta restricción en un buen número de sectores; ver Nove A., op. cit., 236.

(24)Palloix C. Travail et production, Maspero, París 1978, 73 y Amin S. L'Eurocentrisme. Critique d'une idéologie, Anthropos-Economica, París 1988, 231.

(25) Beaud M., op. cit., 231.

(26) Ver la obra ya citada de Beaud y la conclusión de Amin S., Impérialisme et sous-développement en Afrique, Anthropos-Economica, París l988. La calificación de estatismo proviene de que es "una organización global de la economía, de la sociedad, de las relaciones sociales, en la que el Estado es a la vez columna vertebral y sistema nervioso", Beaud M., op. cit., 309.

(27) Goldfrank W. L. "The World System of Capitalim: Past and Present", Immanuel Wallerstein ed. Political Economy of the World System Annual Series, v. 2., Sage, Londres 1979, 237-309.

(28) Houtart F. y Lemercinier G. Sociologie d'une commune vietnamienne, CRSR, Louvain-la-Neuve 1981.

(29) Feher F. "La dictature sur les besoins", Heller A. y Feher F., Marxisme et démocratie. Au-delà du socialisme réel, Maspero, París 1981, 95.

(30) Beaud M., op. cit., 288.

(31) Maffesoli M., Essais sur la violence..., op. cit., 110.

(32) Beaud M., op. cit., 240.

(33) Heller A. "Les 'vrais' et les 'faux' besoins", Heller y Feher, op. cit., 245-246.

(34) Ibíd.

(35) Ibíd.

(36) Heller A., op. cit., 269.

(37) Las fuerzas productivas no se reducen a fuerzas técnicas; también comprenden el desarrollo institucional y cultural de una sociedad (educación, capacitación, etcétera).

(38) Nove A., op. cit., 235.

(39) Heller A. "Le passé, le présent et le futur de la démocratie", Heller A. y Feher F., op. cit., 235.

(40) Debuyst F., op. cit., 68.

(41) Ibíd, 69-70.

(42) Georges S., "La dette du Tiers-Monde, un état de guerre", L'Etat du Tiers-Monde, La Découverte, París 1989, 33.

(43) Que no debe confundirse con autárquico o cerrado.

(44) Debuyst F., op. cit., 44 y ss.

(45) Díaz E. "Socialismo democrático: instituciones políticas y movimientos sociales", Sociedad civil o Estado ¿reflujo o retorno de la sociedad civil?, Fundación Friedrich Ebert, Documentos y Estudios 61, Salamanca 1988, 59.

(46) Beaud M., op. cit., 295.

(47) Díaz E., op. cit., 58.

(48) Debuyst F., op. cit., 69.

(49) Amin S. Imperialisme et sous-développement..., op. cit., 571.

(50) Peemans J-P. "Rapport de synthèse", Verwilghen M., op. cit., 216.

(51) Amin S. "L'eurocentrisme...", op. cit., 146 y ss.

(52) Lipietz A. Choisir l'Audace? Une alternative pour le XXIème siècle, La Découverte, París 1989, 123.

(53) Latouche S. L'occidentalisation du monde, La Découverte, París 1989, 138.

(54) Beaud M., op. cit., 242.