Coordinador del Programa de Ciencias Sociales, Colciencias
Desde su aparición, la prospectiva ha manifestado un doble carácter: uno, acercamiento innovador a lo social que de algún modo refleja los cambios de perspectiva sobre el conocimiento científico construidos a lo largo del siglo; dos, producto -quizá no el más elaborado- de la industria cultural no muy remotamente emparentado con Og Mandino. Hay casos extremos que representan con claridad cada tendencia: Harry Linstone y su revista, que están en la punta de la investigación mundial sobre cambio tecnológico; I. Mitroff y S. Elzer que, con la prospectiva, han introducido innovaciones en sus respectivos campos de interés. En contraste: decenas de productores de best sellers que persisten en vender una imagen de oráculos que pueden predecir a ciencia cierta cómo va a ser el futuro. Además, existen muchísimas mezclas entre aproximación seria e industria cultural que dificultan cualquier debate sobre la prospectiva.
Debe admitirse -sin que esto demerite a los pioneros de la prospectiva en Colombia- que en nuestro país sentó sus reales una versión muy desmejorada de la prospectiva-industria cultural. Desmejorada, pues a su falta de visión, de conceptos profundos y de preocupaciones de largo aliento, se ha sumado una total carencia de talento literario y ni siquiera ha producido un buen best seller.
Así, no pude dejar de ver con simpatía la crítica a la prospectiva colombiana que Víctor M. Gómez hizo desde las ciencias sociales; una crítica que hacía mucha falta. En su trabajo [Gómez 1990], identifica y demuestra juiciosamente la existencia de algunos "pecados mortales" en la prospectiva colombiana: su trivialidad, su incapacidad para realizar investigaciones empíricas, su poca relevancia intelectual. Pero, a la vez, su texto me dejó las siguientes impresiones: a. Su crítica refleja, en cierta medida, un estudio insuficiente de la literatura nacional e internacional acerca de la prospectiva; b. Al deshacerse del agua sucia, también arroja el niño; c. En su tono muestra una agresividad que a veces resulta gratuita y, lo que es peor aún, francamente selectiva. La injusticia es tanto mayor cuanto que, con múltiples limitaciones, en Colombia hay muchas personas tratando de hacer un trabajo serio. Sea como fuere, le cabe el gran mérito de haber iniciado un debate absolutamente necesario.
Como también redacté un esbozo de la situación de la prospectiva en Colombia [Gutiérrez 1990], aquí sólo trataré algunos puntos que, en mi opinión, son los más débiles en su argumentación.
1. Busca un marco teórico coherente, única garantía, para él, de "seriedad": "la fundamentación científica de los estudios... depende enteramente de las opciones teóricas y metodológicas de cada especialista" (p. 40). A todo lo largo del texto, vuelve obsesivamente sobre este punto, que es curioso escuchar en un momento en que los grandes edificios teóricos de las ciencias sociales están en franca crisis, minados tanto por sus propios problemas como por el poder explicativo y la flexibilidad de las "teorías de alcance medio". En realidad, el talmudismo de los marcos teóricos es una especialidad colombiana, cuya raíz es la creencia en una posición correcta que serviría de rasero para juzgar a las demás. Así, habría una relación uno a uno entre posición correcta, metodología sólida y resultados válidos. Pero ésta es una ficción que, en su momento, hizo mucho daño. ¿Tiene algún sentido pedirle a alguien que precise si su análisis es "estructuralista, funcionalista, marxista, etc.?" (p. 13) ¿Para qué recomendarle a un transeúnte despistado que se meta a un edificio que se está cayendo a pedazos? No creo pregonar una novedad al decir que nuestro imaginario actual sobre cómo se construye y crea conocimiento es muy distinto. Las ciencias sociales de los noventa están condenadas a convivir con la incertidumbre, incluso sobre el fundamento de su propio discurso [Sarmiento 1991].1 En este contexto, el eclecticismo, comprendido a la Diderot, es una alternativa más sólida que las ortodoxias. En todo caso, hay múltiples opciones posibles o, para usar las palabras siempre frescas de Poincaré, "no hay geometrías más o menos correctas, sino geometrías más o menos útiles".
Si Gómez quería subrayar la necesidad de una formación teórica para hacer prospectiva, entonces tiene toda la razón. En nuestra aún muy incipiente prospectiva se nota a leguas esta carencia. Pero la falta de marco teórico es una pista falsa, que sólo conduce a buscar seguridades en un mundo donde éstas se derrumban estruendosamente.
2. Quiere refugiarse para siempre en el tibio líquido amniótico de las disciplinas. El deseo de mantener fuertes cordones umbilicales con las disciplinas es otra obsesión del texto de Gómez y sus conclusión es que una de las razones para que la prospectiva colombiana no haya despegado es la falta de "fundamentos disciplinarios específicos" (p. 44). Opina que virtualmente el único producto aceptable es el Programa de Prospectiva Macroeconómica, cuya "'cientificidad' está basada en la especificidad del conocimiento disciplinario" (p. 42). Pues bien: en estricto, no existe tal "prospectiva económica". La economía, la política o la sicología construyen sus propios aparatos predictivos, con mayor o menor éxito; la prospectiva surgió, precisamente, por los problemas de esos aparatos predictivos. Todo lo que de interesante y serio tiene que decir la prospectiva está relacionado con: a. La existencia de relaciones distantes y heterogéneas en el mundo social; b. La no linealidad de las tendencias que podemos identificar. La política influye sobre la economía, ésta sobre la cultura, la cultura sobre las relaciones internacionales, y así ad infinitum. En la vida social, no se encuentran hechos económicos "puros", tampoco hechos políticos "puros"; esas particiones son construcciones nuestras. Se trata, para utilizar la expresión de María Clara Echeverría, de muy fructíferas "puertas de entrada" a la realidad, pero no las únicas.
Hoy existe una serie de desarrollos que atraviesan transversalmente muchas disciplinas. La teoría del caos es un ejemplo evidente. El totalitarismo disciplinario como "garantía de seriedad" y única alternativa a la industria cultural es una huída hacia atrás.
3. El texto deja la nítida impresión de que su autor defiende una versión ochocentista de la racionalidad. El "eclecticismo" lo sobresalta; le interesa el conocimiento "profundo". En su opinión, "la prospectiva no es sino una herramienta... al servicio de teorías específicas" (p. 43). Se escandaliza por encontrar acercamientos diferentes, que incluyen la imaginación y la intuición, a determinados problemas. Todo esto me parece una tormenta en un vaso de agua; una tormenta ingenua, además. No puede perderse de vista que la prospectiva también está pensada para los tomadores de decisiones, lo que implica: a. Una "razón de transformación" (diferente de la "razón de interpretación", como señalaba Lévi-Strauss al referirse a Sartre); b. El uso de imágenes y metáforas para legitimar y poner en marcha cambios y decisiones.
Por otra parte, creo que debe defenderse a brazo partido la posibilidad de soñar e imaginar, precisamente como una importante herramienta de las ciencias sociales. Los sueños y las pesadillas, utopías y distopías respectivamente, desde hace siglos han jugado y, previsiblemente, seguirán jugando un papel de primera línea en nuestra cultura. A medio camino entre la teoría y la literatura (¿es necesario mencionar a Tomás Moro?), han sido artefactos de pensamiento extremadamente poderosos y ricos, en las dos acepciones de la palabra. Además, han sido un espacio para expresar intereses profundos que de otra manera podrían continuar sumergidos, para anticipar exigencias y necesidades en un mundo donde el presente se entrecruza y a veces choca con las posibilidades de construir futuro. "Bebo para la sed venidera", decía en su Pantagruel ese espléndido soñador (y bebedor) que era Rabelais.
Es obvio que gentes vacuas y banales sólo podrán pergeñar sueños vacuos y banales. Pero ese ya es otro problema.
4. En su búsqueda de certidumbres, Gómez hace de pontífice de la seriedad académica: un sacerdocio extremadamente importante en un país en que han hecho carrera el desgreño teórico y metodológico y el ensayismo de mala ley. "No hables de lo que no sabes", es la prédica constante y sana. Pero Gómez, ¡ay!, no la aplica. Entre los diversos deslices que se permite, voy a escoger dos que creo representativos.
a. Gómez afirma erróneamente que la prospectiva es un "método" y, en consecuencia, la emprende a bastonazos contra los "metodólogos". En la prospectiva mundial, hay dos grandes vertientes: la francesa, donde la prospectiva es ante todo una "actitud" [Godet 1985], y la norteamericana, que la concibe como un "campo de estudios" (future studies). Pensarla como un método lleva a trivializar el debate. Aún peor me parece afirmar que el problema en Colombia ha sido el exceso de manejo metodológico en contraste con los vacíos teóricos. Por poco que se conozcan las técnicas y herramientas básicas de uso regular en la prospectiva, debe concluirse que en nuestro país ha habido mucho chamboneo y carencia de destrezas elementales. Necesitamos mucha más metodología, más y mejores metodólogos, un instrumental más refinado. El miedo al "metodologicismo" (p. 46) refleja un antagonismo insostenible entre capacidad de discurso y conocimiento técnico (una vieja y dañina ficción de las ciencias sociales colombianas).
b. Y, claro está, ello termina pagando su costo. El texto contiene numerosos errores -o, por lo menos, inexactitudes- de carácter técnico, que no me parecen nada insignificantes. Un ejemplo entre tantos: la prueba Delfi (junto con sus análogas, previsiblemente llamada délficas) es una encuesta, realizada a expertos en un tema determinado, para identificar tendencias futuras. La idea es que después de varias rondas (usualmente tres) los expertos llegan a consensos que representan "futuros probables". Confieso que los dos grandes supuestos de la prueba Delfi (los expertos predicen mejor que el lego; los acuerdos son más confiables que las divergencias) no me dan buena espina. Pero lo interesante no es esto. Lo interesante es que en Estados Unidos, por ejemplo, se ha desatado una polémica riquísima acerca del poder predictivo de la opinión experta. Los críticos de Delfi se han preocupado por hacer investigaciones empíricas para demostrar la inconsistencia de esos supuestos. El debate ha generado múltiples e interesantes líneas de indagación, técnicas nuevas, etcétera. Gómez ha seguido otro camino, esterilizante según creo: la crítica, sin un conocimiento minucioso de la materia. "Otro elemento que debe analizarse es el criterio de evaluación o "ponderación" de las respuestas. ¿Se privilegia la opinión mayoritaria? ¿El criterio de validez es el promedio de respuestas? ¿Qué sucede con la minoría o con posiciones contrarias, aunque sean de mayor calidad que las del promedio?... Puede correrse el riesgo de reducir la validez epistemológica del conocimiento a la respuesta promedio..." (p. 25). En la frase anterior hay dos desenfoques: 1. En Delfi, los consensos se agrupan alrededor de la mediana, no de la media (o promedio), porque es una medida de centralidad que los datos extremos distorsionan mucho menos cuando la muestra es pequeña; 2. Por ser una prueba en varias rondas, produce un diálogo entre opiniones mayoritarias y minoritarias. Que esto resuelva o no algunos problemas detectados en la prueba Delfi es harina de otro costal (pienso que no); pero criticar sin conocer a fondo la materia simplemente no permite avanzar. Y nos quedamos hablando de la "validez epistemológica del conocimiento", signifique esto lo que sea.
Insisto: Gómez ha iniciado el debate, y muchos de sus aportes son interesantes y válidos. Su demostración de la trivialidad e inconsistencia de muchos trabajos es devastadora. Su irritación frente a la especulación fofa es sincera y legítima. Su énfasis en que buena parte de los prospectivistas no han asumido, o simplemente han querido escamotear, la dimensión política de hablar acerca de futuros posibles y deseables es de importancia crucial. Su denuncia de quienes quieren esconderse tras una burda patina de "objetividad" -ofreciendo, un poco a la manera de los vendedores de específicos, un producto que lo soluciona todo- no puede ser más sana. Me parece particularmente atractiva su conclusión central: la necesidad de integrar prospectiva y academia; pero el tono descalificador de otros actores que no provienen de la academia no puede ser visto con simpatía. En todo caso, si bien su texto tiene problemas, inicia (¡ojalá!) una dinámica que contribuirá al proceso de formación de una comunidad de prospectivistas capaces de producir trabajos serios y de cualificar la toma de decisiones.
BIBLIOGRAFÍA
Balandier, Georges. El desorden - la teoría del caos y las ciencias sociales, Gedisa, Barcelona 1989.
Godet, M. Prospective et Planification Strategique, Gran Prix, París 1985.
Gómez, Víctor M. "Síntesis analítica de estudios prospectivos en Colombia", Cuadernos de Economía 16, 1990.
Gutiérrez, Francisco. Perspectivas y prospectiva de la prospectiva en Colombia, policopiado, 1992.
Sarmiento A., Libardo. "Programa de prospectiva y tendencias sociales", Autores varios, Ciencias y tecnología para una sociedad abierta, Colciencias-Dnp, sin fecha.
(1) Sarmiento apoya su argumentación en Balandier [1989].