Fecha/Date: 01/01/97
Una vieja maldición, la colonialidad, nos condicionó a los latinoamericanos a
vernos todo el tiempo con el
ojo del dominador. Esa interesada mirada trama jirones de experiencia con la
leyenda del poder. Así oculta
o vela todo lo que del campo de experiencias no debe ser percibido o sólo a
través del tamiz de esa
veladura, para que las huellas del poder no puedan ser rastreadas. Deja ante
todo ocultas las fuentes donde
esa bestia abreva, sus más profundos caminos y sus costumbres más propias. Niega
la totalidad o la
construye a su medida. Finge los signos por los que esa visión aparece como si
toda fuera sólo un campo de
experiencias, que no requiere sino ser preguntado y entendido, ordenado como una
perspectiva de la
realidad. Inventa los enigmas, las preguntas, los códigos para descifrar los
ilusorios signos. Pero, sobre
todo, para que las señales de las regiones veladas de la realidad no logren
traspasar la veladura, atraer
nuestros ojos, subvertir nuestra mirada. Y este es su más defendido secreto, el
laberinto que debe atravesar
todo aquel que decida enfrentar al minotauro del poder.
Esa mirada es un discurso del poder acerca de la realidad. Sus categorías
centrales se producen siempre
desde una dada configuración de poder. Cuando ésta cambia, también aquellas son
transvestidas. Pueden
dar apariencia nueva a viejas regiones de la experiencia o imágenes viejas a las
nuevas regiones.
Nunca, es verdad, hemos dejado de sentir en algún rincón de la retina, que lo
que esas veladuras hacen ver
no es lo mismo que lo que hemos vivido. Pero tardamos en admitir que para
develar y liberar la experiencia
en el conocimiento, necesitamos una mirada diferente, otras categorías. En el
discurso del poder las
categorías no señalan un campo de relaciones, ni se refieren a un modo, un
momento o una dimensión de
esas relaciones. Su función es reducir la perspectiva y aislar los datos de la
experiencia.Y aún nos
resistimos a cambiarlas. Por eso la operación mental todavía inevitable es
subvertirlas. En otros términos,
somos parte del laberinto.
"Populismo" es una de aquellas categorías recibidas, que hemos llevado y traído
sobre todo desde la IIa.
Guerra Mundial hasta mediados de los 70s., entre las dos grandes crisis. Parecía
finalmente archivada en
nuestra historia política. Pero hela aquí de regreso, con un nuevo candor, esta
vez adosada a una
experiencia que, como el neoliberalismo, es exactamente opuesta a la que antes
nombraba.
No cabe aquí un recuento sistemático de los avatares conceptuales del término
durante los debates sobre la
experiencia política latinoamericana. Su bibliografía es conocida, aunque no
para de
crecer2. Pero es bueno recordar que el membrete de "populismo" fue
usado en América
Latina para experiencias tan distintas como el battllismo, el cardenismo, los
partidos apristas (APRA, AD,
MNR, MLN, Ortodoxos) y sus gobiernos, el liberalismo de Gaitán, el varguismo o
getulismo posterior al
"Estado Novo", el peronismo, el velasquismo, los gobiernos de Belaunde, Frei,
Velasco Ibarra, Juan José
Torres, Rodríguez Lara. Y la lista no es exhaustiva.
Experiencias políticas de naturaleza muy disímil, en verdad. Por lo tanto, es
legítimo preguntarse si para
todas ellas es pertinente el uso de una misma categoría y nada menos que de tan
equívoca trayectoria
conceptual. La obvia respuesta es que, precisamente por esa trayectoria, no lo
es, a menos de estar
acompañada de cuidadosos deslindes capaces de constituir con ella un genuino
campo de significaciones
donde tales experiencias, a pesar de su diversidad, muestren alguna filiación
histórica común.
Sin tales recaudos, el término "populismo" no puede ser otra cosa que una
etiqueta, ciega a la
discriminación, sin capacidad alguna de análisis, ni de explicación, inapta para
dar cuenta del carácter
específico y del sentido histórico de esas experiencias políticas. No obstante,
es precisamente así que suele
ser usado como parte de las plantillas de "lectura" eurocéntrica de la
experiencia latinoamericana. Esto es,
desde una perspectiva en la cual se asume un supuesto patrón histórico
universal, el europeo occidental,
según el que deben ser, en consecuencia, "leídas" todas las experiencias
históricas
particulares3.
De hecho, "populismo" es un término que respecto de la experiencia política
latinoamericana fue siempre
pantanoso. Y es dudoso que alguna vez deje de serlo. Sería mejor abandonarlo.
Sin embargo, tan arraigado
está entre nosotros que ya ha logrado carta de plena ciudadanía en el
vocabulario latinoamericano, sea
periodístico o académico. Por lo tanto es inevitable. Pero lo es también que
todo significado que le sea
atribuido y que de algún modo corresponda a la historicidad propia de la
experiencia latinoamericana,
implicará respecto del término toda una subversión conceptual.
ENTRE LA MAGIA SEMANTICA Y LA EXPERIENCIA
Como se sabe, originalmente "populismo" fue el término que los europeos
occidentales encontraron para
llamar al movimiento revolucionario ruso de los narodniki, que fue
emergiendo desde mediados
del s. XIX y culminó en torno de Narodnaya Volia (Voluntad del
Pueblo)4, la
clandestina organización política que desde 1879 combatió contra el zarismo
hasta ser desintegrada en
1883 por la represión zarista. Sus reverberaciones aún estuvieron activas en la
revolución de los
trabajadores rusos entre febrero y octubre de 1917, sobre todo en el liderazgo
del Partido Social-
Revolucionario, pronto perseguido, reprimido y finalmente desintegrado por la
dictadura
bolchevique5.
El movimiento narodniki sostenía la posibilidad histórica de que la
sociedad rusa no tuviera que
atravesar todas las fases de la historia capitalista de Europa Occidental para
llegar al socialismo. De sus
estudios resultaba que a diferencia de la experiencia europea, en Rusia el
Estado era el principal agente
capitalista. Y este mismo Estado, el zarista, encarnaba el oscurantismo frente a
la modernidad y el
despotismo contra la democracia, mientras la comunidad agraria era el polo
antagónico de resistencia
contra el capital y contra el despotismo. Eso ponía de manifiesto el
"desarrollo desigual" del proceso
histórico mundial y la posibilidad real de una vía rusa propia en dirección al
socialismo. En consecuencia,
la lucha contra dicho Estado estaba enderezada, en un mismo movimiento, contra
el capitalismo, contra el
despotismo político y contra el oscurantismo cultural. Los campesinos, los
obreros y la inteligencia, el
"pueblo", en ese específico sentido6, tenían un enemigo común. Su
lucha era común. Su
victoria conduciría a una sociedad justa, un orden social que podría ser
configurado en torno de la
comunidad y no de otro Estado (Venturi, op. cit.; Shanin, op. cit.).
En el mismo siglo XIX, pero algo más tarde y por lo mismo quizás siguiendo el
ejemplo ruso, el término
"populismo" fue empleado también en Estados Unidos. Allí, aunque con raíces en
la protesta de los
farmers contra los terratenientes y los banqueros desde mediados del
siglo XIX, el movimiento
denominado "populista" emergió en realidad expresando el descontento de los
sectores rurales y urbanos de
trabajadores y de las capas medias, afectados por la crisis mundial de 1870 y
culminó con la formación del
People's Party o Populist Party en 1890 (Goodwyn, 1976; Pollak, 1976). La
demanda básica de dicho
partido era la desconcentración del control del capital y del Estado.
El carácter y las propuestas de ese movimiento fueron muy distantes del de
Rusia. No hay modo, salvo
nominalista, de equiparar los intereses de los farmers con los de los
mujiks. O la
situación y las preocupaciones de la inteligencia de EEUU, hija del capitalismo
y del liberalismo, con los
de la rusa atrapada entre el despotismo zarista y la urgencia de la modernidad.
Y a pesar de que algunos
grupos minoritarios de trabajadores industriales en el People's Party estaban
vagamente influídos por el
socialismo, el grueso de los miembros del movimiento era, además de racista,
explícitamente capitalista y
liberal, mientras los narodnikis eran, explícitamente también,
anticapitalistas y socialistas.
¿Cómo el término "populista" fue desprendido totalmente de esas referencias,
para significar, virtualmente,
lo que cada quien quiera que signifique ? Por supuesto, se sabe que ya
narodnik era un nombre
que en el lenguaje corriente de la Rusia de ese tiempo también cubría una
realidad muy heterogénea (según
Shanin "desde un revolucionario terrorista hasta un filantrópico joven noble").
Y si además se cuenta con la
experiencia de Estados Unidos, no habría, pues, de qué sorprenderse con la
extrema equivocidad actual del
término "populista". Hay, sin embargo, algunas cuestiones que indican que la
explicación es, quizás, menos
simple.
De una parte, los ecos de la experiencia estadounidense no resonarán en el
debate europeo, ni
latinoamericano, sino mucho después. En realidad, el debate político de ese país
no se hizo conocido e
influyente en Europa o en América Latina sino después de la Primera Guerra
Mundial, hasta cobrar su
masiva y hegemónica influencia después de la Segunda. Por lo tanto, lo pantanoso
del término
"populismo", no podría ser sólo el resultado, ni la mera extensión, de su ya
diverso contenido conceptual
en el siglo anterior. La historia es, sin duda, diferente.
En primer término, la difusión masiva de ese término en Europa y en América
Latina, en especial antes de
la Iia. Guerra Mundial, acompañó a la del bolchevismo trás la captura del poder
en 1917. A partir de
mediados de los años 20, el bolchevismo fue codificado por el estalinismo como
"marxismo-leninismo" o
"materialismo histórico", al servicio de sus intereses de control del movimiento
socialista mundial. Dado su
carácter, el "marxismo-leninismo" estaliniano distorsionó el debate y las
propuestas de los narodnikis hasta
hacerlos irreconocibles. Tuvo éxito.
De hecho, en el debate político de todo el período siguiente en América Latina y
no sólo en el amplio
movimiento comunista estaliniano o el mundo socialista bajo su influencia, sino
en virtualmente todo el
espectro del debate político, esa fue - quizás todavía es - la versión más
difundida acerca del "populismo".
El estalinismo pudo así emplear el término como un sambenito - si no tan
condenatorio como el de
"trotskista" o el de "anarquista", ya que no correspondía como ellos a un
movimiento activo - de todos
modos derogatorio, una temida descalificación política. En la historia del
debate latinoamericano, la más
célebre de esas condenas estalinianas sobre el "populismo" es la que recayó
sobre José Carlos
Mariátegui7.
En segundo lugar, esa separación entre el concepto y su historia, comenzada por
los "marxista-leninistas",
fue desarrollada y completada después hasta convertirse en el abandono de toda
referencia histórica
determinada. Poco después de la IIa. Guerra Mundial, los teóricos de la
"modernización" como "transición"
entre la "tradición" y la "modernidad", situaron el "populismo" en relación con
su idea de "pueblo" y no ya
con la historia política de Rusia o la de Estados Unidos, sino con las
cuestiones del "atraso" de las
sociedades "tradicionales", en las que relaciones no-demicráticas de poder
estaban tramadas con relaciones
culturales "tradicionales". Un contexto en el cual lo "popular" implicaba a
gentes sujetas no tanto a la
explotación y a la pobreza, cuanto a la ignorancia y al atraso cultural y
político. Esas masas eran, por eso,
susceptibles de ser atraídas y movilizadas por los discursos que se referían
vagamente a las necesidades y
posibles demandas "populares" y a liderazgos que, además de esos discursos,
desarrollaban técnicas de
manipulación y de control de tales masas, para lograr acceso al poder político y
mantenerse en él
(Germani, 1962; Di Tella, 1973).
Desde entonces, la mayoría (la que ignora la historia y tiene corta esa memoria)
en la prensa o en la
"academia", terminó usando la palabra "populismo" simplemente en su referencia
lingüística familiar, la
palabra "pueblo" y sus parientes, en particular "plebe", "plebeyo" y "popular",
en el específico linaje latino.
Ese cambio de marco lingüístico fue, sin duda, decisivo para el destino ulterior
del concepto.
Narodnaya Volia no era en Rusia una referencia solamente a la voluntad y
a la libertad de los
dominados y explotados, sino también a las de la inteligencia antizarista,
proveniente de los rangos de la
aristocracia, en demanda de modernidad. Así también people en el Inglés
de Estados Unidos se
refiere a la ciudadanía, a la comunidad. No tiene la misma referencia social, ni
sociológica, que "pueblo" en
los idiomas románicos que comenzaron arrastrando el significado social
peyorativo de su original latino
populus, ya que sólo a partir de la Revolución Francesa y de las luchas
sociales posteriores, tales
términos se llenaron de la ambigüedad conceptual que los caracteriza hoy, entre
una identidad afirmativa,
en ocasiones hasta prestigiosa, y otra despectiva.
A partir de allí, sobre todo en América Latina, el término "populismo" no ha
dejado de estar tironeado por
varias opciones conceptuales: 1) los restos de la referencia histórica rusa, en
la distorsionada versión
estaliniana; 2) después de la Segunda Guerra Mundial se ha incorporado, aunque
más vagamente, la
referencia a la experiencia de EEUU; 3) la identidad negativa de lo popular y lo
plebeyo entre los
dominadores y sus intelectuales; 4) el inseguro reclamo de identidad positiva de
esas categorías entre las
gentes de "izquierda" de las capas medias tradicionales (de origen no-"popular")
lo mismo
"revolucionarias" que "reformistas".
En el momento actual, derrotadas mundialmente esas "izquierdas", olvidadas o
ignoradas las experiencias
rusa o gringa, la tercera de aquellas opciones parece no sólo hegemónica, sino
casi única. Dos indicaciones
podrán mostrarlo. Primero, de la palabra "populismo" se excluye cualquier
significado que no cubra: a)
todo discurso político que, con autenticidad o con malicia, se pronuncie sobre
los problemas del "pueblo" o
se dirige a él; b) al liderazgo que de ese modo y/o utilizando la nueva escena
pública levantada por los
mass-media, logre seguidores "populares" o/y sea capaz de impulsar y acaudillar
un movimiento que
canalice esos sectores y que sea de ese modo "popular" ?. Segundo, ese exclusivo
concepto sirve ahora,
bajo los neoliberales, según las necesidades políticas de cada caso, a
propósitos de confusión y/o de
descalificación análogos a los que cumplía bajo los estalinianos8.
LOS INTERESES EN JUEGO
No cuesta trabajo sacar a luz los intereses sociales que se trata de escamotear
en este juego de manos
semántico.
En efecto, reducir o concentrar toda referencia del término "populismo" al más
banal rincón de su universo
de significación, produce dos resultados básicos. En primer término, la
deshistorización del concepto: se
expulsa de la memoria y del debate sus referentes históricos. Sobre todo, se
trata de esconder o de velar la
historia del debate y de las luchas de los explotados y de los oprimidos contra
todo el capitalismo, como en
Rusia, o contra una de sus tendencias centrales, la brutal concentración del
control del poder y de los
recursos vitales, como en Estados Unidos en el siglo XIX o en América Latina
durante gran parte del siglo
XX.
En segundo término, la ahistorización del concepto: referirlo a fenómenos
históricamente indeterminados.
En tal sentido, si el "populismo" es nada más que una cadena de "discurso",
"liderazgo" y "masas", en que
los sectores "populares" - implicando gentes de las "clases bajas", toscas,
incultas - aparezcan involucrados,
entonces se trata de un fenómeno de todas las sociedades históricas de las que
tengamos noticia. Es tan
antiguo y tan nuevo como las luchas sociales y políticas. Dicho de otro modo, de
todos los tiempos y de
ninguno en particular. Es ahistórico. En breve, ese uso del término
lleva a eliminar del conocimiento
y del debate la cuestión del poder, de las relaciones de poder entre
explotadores y explotados, entre
dominantes y dominados, ya que eso implica, necesariamente, estudiar sus
determinaciones históricas: sus
fuentes, sus condicionamientos, sus patrones de formación, de cambio, de crisis
y de remoción. Por encima
de todo, así se hace inútil o, peor, impertinente, toda referencia o examen de
las relaciones específicas de
poder, de sus modos particulares, en cada momento histórico o en cada
configuración discernible, en fin de
todo régimen político y de sus relaciones de fuerzas sociales y políticas.
De ambos modos, toda referencia a intereses sociales, en particular a los
intereses que clasifican a las
gentes dentro del capitalismo actual, es excluida e ilegitimada en el debate. De
esa manera el calificativo de
"populista" puede servir en América Latina de hoy lo mismo para vestir a Perón
que a Menem, a Velasco
Alvarado que a Fujimori, o más graciosamente, a éste junto con Alan García!. Ya
antes había sido
intentado para meter en la misma bolsa a fascistas y a liberales.
Todo eso desemboca en la deslegitimación de todo interés popular - sin comillas
- como fuente, sede o
agente de la dirección política del Estado y, por cierto, de toda política
económica. Toda política dirigida
hacia los fines populares, es decir, "populista", es engañosa y a la postre un
fracaso para las propias gentes
populares. Sobre todo, la insistencia en medidas de redistribución de ingresos,
para las que se ha reservado
el nombre de "redistribucionistas". La prueba irrecusable de eso es que el
"populismo" ha terminado
siempre en situaciones de caotización económica y política, en las que el
"pueblo" es la víctima principal y
que provocan golpes militares y políticas de "shock". El "populismo" así
desplumado, no es serio,
no tiene solvencia, ni jerarquía técnica. Estos últimos son, debe reconocerse
que son, por definición,
solamente atributos de los controladores y tecnócratas del capital9.
EL "POPULISMO" Y LO "NACIONAL-POPULAR" EN AMERICA LATINA
No obstante, apenas se cambia de mirada para enfocar los movimientos, discursos
y regímenes políticos a
los que en América Latina hemos debatido con el concepto de "populismo", la
experiencia no tiene sino
analogías tangenciales y puntuales con aquella "teoría" hoy tan predominante.
Es sin duda demostrable que en todos ellos estuvieron activos, de varias maneras
y medidas, determinados
elementos y rasgos:
1.- Discurso político antioligárquico y nacionalista antimperialista.
2.- Discurso "desarrollista" y en medidas muy diversas según los casos, tímida
o efectivas medidas
prácticas en esa dirección.
3.- Organización y/o ampliación de servicios públicos estatales, sobre
todo educación, salud,
seguridad social.
4.- Estatización del control y de la gestión de recursos de producción.
5.- Resdistribución de ingresos (vía salarios y servicios públicos,
principalmente).
6.- Ampliación de las bases sociales de la ciudadanía, así como de la
ciudadanía básica (derecho de
voto).
7.- Redistribución del control de recursos de producción, en especial de la
tierra.
8.- Legislación arbitral entre capital y salario y a veces también de
protección del trabajo.
9.- Legalización e intentos de control estatal de partidos políticos y
sindicatos.
10.- Empleo de símbolos y técnicas de movilización y control de las masas
populares.
Lo que es común a todos ellos es que ya sea en el discurso, en el movimiento,
partido o régimen políticos,
juntos o por separado, está presente una cierta perspectiva antioligárquica y
antimperialista (democrática,
nacionalista y popular) en extremo contradictoria cuando tiene que tocar la
cuestión última del carácter del
poder. Por eso, tales "populismos" nacional-democráticos terminaron replegándose
en el capitalismo como
orden social y en el liberalismo o en el corporativismo o en sus muchas
combinaciones, en el orden
político.
Como quedó dicho, los modos y las medidas en que tales rasgos hicieron parte de
aquellas experiencias
políticas, fueron muy diversas. Pero esa diversidad da cuenta de la diferente
configuración social y política,
de las relaciones de fuerzas políticas entre diferentes intereses y agentes
sociales, en una dada coyuntura o
en un dado período, en regímenes políticos determinados. El "discurso", lo mismo
que el "liderazgo", no
pueden ser realmente estudiados, mucho menos explicados, sino contra el telón de
fondo de las relaciones e
intereses sociales en juego.
Eso es perceptible si se compara los discursos y liderazgos de, por ejemplo,
Velasco Ibarra y de Jorge
Eliecer Gaitán; o los de Vargas después del "Estado Novo" y el "vargo-
goularismo" posterior. O los
regímenes de Perón, de Velasco Alvarado o de Acción Democrática, del MNR antes
de 1980, del MLN.
Todos ellos son sin duda muy diferentes, no obstante lo cual tienen en común,
precisamente, ese elemento
que en el debate latinoamericano denominamos antioligárquico-antimperialista o,
en otra nomenclatura,
nacional-democrático o nacional-popular.
Según eso, no hay modo de admitir que, por ejemplo, el régimen de Paz Estensoro
de 1952 tenga el mismo
carácter que el de Paz Estensoro de 1985. No importa si la persona es la misma y
hasta el mismo,
nominalmente, su partido. Sociológica y politológicamente, son personajes de
signo contrario. Eso es aún
más patente cuando se compara el Perón anterior a 1955 con el Menem de los 90s.,
aunque el partido de
ambos siga llamándose Justicialista. Sin duda en estos casos la cuestión del
populismo se plantea en tanto
que pregunta por el proceso que lleva a una misma persona o a un mismo partido,
de un carácter histórico
social a otro contrario. O, en otros conocidos términos, de un drama a una farsa
(Nun, 1995).
POPULISMO Y EUROCENTRISMO
¿Por qué se impuso el nombre de "populismo" a esas experiencias políticas
nacional-democráticas o
nacional-populares de América Latina ?
Sugiero que aquí se encuentra uno de los más típicos rastros de una lectura
eurocentrista de América Latina
y su indagación abre algunas de las cuestiones más complejas y controversiales
del debate
latinoamericano, en especial sobre la clasificación social, la nacionalización
de la sociedad y del estado, la
ciudadanía. Aquí, sin embargo, no sería pertinente ir muy lejos, en ese debate.
Apenas para comenzar a
despejar el terreno, es necesario indagar por las analogías entre, de un lado,
el "populismo" (léase las
experiencias nacional-democráticas o nacional-populares) de América Latina y,
del otro, el de Rusia y el de
EEUU.
Sin duda, no fue una mera coincidencia que los narodniki lograran acuñar
el concepto de
"desarrollo desigual" y algunos de los socialistas latinoamericanos el de
"heterogeneidad histórico-
estructural", para dar cuenta de la especificidad de sus respectivas
experiencias históricas. Ambos llegaron
a entender que toda lectura eurocéntrica de tales experiencias no podía ser sino
malconducente. La idea de
revolución, por eso mismo, en cada una de tales configuraciones de poder, no
podía ser la misma que se
preconizaba en Europa Occidental. Y toda práctica revolucionaria que intentara
avanzar por ese mismo
camino eurocéntrico, terminaría pronto, como en efecto terminó, en un callejón
sin salida. Ambos,
narodnikis rusos y socialistas latinoamericanos, cada cual a su modo y en
su propio tiempo,
trataban de realizar, desde una perspectiva no-eurocéntrica, una crítica
revolucionaria de su realidad social,
como punto de partida de una trayectoria eficaz de la revolución socialista.
Según lo anterior, el movimiento político latinoamericano equiparable al de los
narodnikis rusos,
no era, ni es, el "populismo" (nacional-popular), sino las tendencias
socialistas que se enfrentaban a las
propuestas socialistas eurocéntricas y en especial a las versiones
eurocéntristas de la herencia de Marx, el
"marxismo-leninismo" o "materialismo histórico", codificado bajo el estalinismo.
Esas tendencias eran
minoritarias en América Latina, en el período del "populismo" (nacional-
popular). Y como sus equivalentes
rusos, fueron derrotadas, en gran medida, por los eurocentristas
latinoamericanos10. Todo
eso indica que sólo desde la óptica distorsionada y distorsionadora del
"materialismo histórico" o
"marxismo-leninismo: estaliniano, el populismo ruso podría ser identificable con
el "populismo" en
América Latina.
La relación es por completo diferente si se trata del populismo del siglo XIX en
EEUU. Pues los
"populistas" (nacional-democrático-populares) de América Latina del siglo XX,
perseguían en buena
cuenta las mismas grandes metas que sus homólogos del Norte de casi un siglo
atrás: la desconcentración
del control del Estado, de los recursos de producción, de la riqueza y de los
ingresos, sin salirse de los
marcos del orden social capitalista, ni del orden político liberal. Su único
problema era su perspectiva
eurocentrista: no podían percibir la heterogeneidad histórico-estructural dentro
de su propia sociedad y
entre ésta y la de Estados Unidos.
En Estados Unidos de fines del siglo XIX, la economía estaba organizada por el
capital, la sociedad era
nacional, el Estado era nacional y, dentro de los límites de una sociedad de
clases, era una expresión de la
ciudadanía. La colonialidad del poder no estaba ausente. Pero afectaba a
poblaciones que eran, de una
parte, muy minoritarias: "negra" e "india" (ésta última, víctima de un
sistemático genocidio, en ese
momento estaba casi extinta y puesta fuera del sistema). De otra parte, los
"negros" estaban sometidos a
relaciones salariales de explotación.
En esa configuración, las coaliciones populistas juntaban intereses sociales
característicos del capital:
asalariados urbanos y rurales, farmers y capas medias profesionales y
grupos burgueses.
Buscaban obligar a los grupos burgueses dominantes a aceptar sus demandas por
medio de presiones
políticas, no por revoluciones. No consiguieron mucho en ese momento. Pero sus
huellas pueden ser
rastreadas después entre los "progresivistas" de comienzos del siglo XX y sobre
todo durante la política del
New Deal después de la crisis comenzada en 1929, hasta el Progresive
Party de Henry Wallace
después de la IIa. Guerra Mundial.
En cambio en la América Latina, todavía hasta fines de los años 60 del siglo XX,
el capitalismo no incluía
únicamente relaciones salariales de explotación, sino todas las demás
históricamente conocidas, exceptuada
la esclavitud. La sociedad no era homogéneamente burguesa. La colonialidad era
aún el eje central de
articulación del poder y afectaba a una vasta mayoría de la población formada,
precisamente, por "negros",
"indios" y "mestizos". La nacionalización de la sociedad y del estado eran
procesos apenas iniciados. Y en
tanto implicaban la democratización de cada uno de tales ámbitos, los
controladores del poder los resistían
apelando a todos los medios.
El Estado era una imposición de los dominantes y de sus ciudadanos, que eran una
minoría, pero no de la
ciudadanía de la mayoría. Por si no bastara, en el control excluyente del
Estado, de los recursos, de las
riquezas, estaban asociados grupos de burguesía monopólica internacional, sobre
todo de Estados Unidos,
con terratenientes señoriales y grupos de burguesía local agro-minera-
financiera, de estilo señorial.
Lejos, pero bien lejos, de la imagen acuñada en el distorsionante espejo del
eurocentrismo, en la América
Latina de esos tiempos era como si estuviesen ocurriendo al mismo tiempo,
combinadas en el mismo
movimiento histórico, en el mismo escenario y con los mismos actores, las luchas
europeas contra el
"antiguo orden" (1780s-1850s), las del orden liberal de los Estados Unidos de
fines del siglo XIX, los
conflictos anticapitalistas de las clases trabajadoras en Europa entre 1871 y
1939 y, en fin, las luchas
antimperialistas y socialistas del "Tercer Mundo" de la segunda mitad del siglo
XX.
Para una mirada eurocentrista, esa historia era, es, imposible. La "dualidad
histórica" fue, por eso, la ficticia
solución común a positivistas-evolucionistas, funcionalistas, funcional-
estructuralistas y materialistas-
históricos o marxistas-leninistas. Solitariamente, desde 1928, José Carlos
Mariátegui había conseguido
vislumbrar lo que en el lenguaje de los 60s. sería nombrado como la
heterogeneidad histórico-estructural de
la sociedad en América Latina. Pero él y sus hallazgos, fueron condenados por el
estalinismo en 1929 y
enterrados apenas un año después11.
El "populismo" latinoamericano, era necesariamente un fenómeno hecho de
contradicciones insanables. Por
eso, si ya como movimiento tenía un discurso incongruente, como régimen político
no podía practicar una
política coherente, ni siquiera en el corto plazo. Sus proyectos no podían ser
realizados sino por medios
revolucionarios y las masas presionaban en esa perspectiva. Pero las direcciones
burguesas o de capas
medias profesionales procuraban evitar todo riesgo de revolución popular.
No hay nada sorprendente, en consecuencia, que finalmente esos regímenes
políticos "populistas" de
América Latina fueran impotentes para lograr y consolidar sus reformas y sus
metas y fueran, sin
excepción, víctimas de sangrientos y represivos golpes militares, todos ellos
apoyados (Brasil) y aún
dirigidos (Guatemala) por Estados Unidos. El único caso exitoso fue el de Puerto
Rico. Pero la explicación
paradójica de tal éxito es la condición colonial del país: las reformas fueron
hechas con apoyo político,
financiero y técnico de Estados Unidos y ninguna fuerza armada existía en la
isla, con capacidad o interés
de oponerse a las reformas que lideraba el Partido Popular Democrático, un
partido populista, "como su
nombre lo indica", de inspiración norteamericana, pero con parentescos con el
aprismo latinoamericano.
De todos modos, con sus contradicciones sociales, con sus conflictos políticos y
su estravismo
eurocéntrico, tales "populismos" nacional-democrático-populares, en América
Latina buscaron, y en algo
consiguieron, desatar una profunda reconfiguración de las relaciones de poder,
en dirección de la
democratización y de la nacionalización de la sociedad y del Estado.
Todo proceso que llevara exitosamente a la formación de un movimiento y mucho
más a un régimen
"populista" (nacional-popular-democrático), implicaba una masiva participación
"popular", con demandas
propias y liderazgos propios, algunos muy radicales. Por eso, aunque su
beneficiario principal fuese la
nueva burguesía urbana, tales procesos abrieron, aun cuando no fuera sino de
modo relativo y en medida
limitada, un mejoramiento en las condiciones de vida de las capas medias y de
los explotados y oprimidos
en la colonialidad del poder.
Así fueron conquistadas, de un lado, la ampliación del acceso a la ciudadanía
política por la
universalización del voto, la legalización de organizaciones políticas y
sindicales, las reformas en el Estado,
reales aunque erráticas. Y por el otro lado, la ampliación de las bases sociales
de la ciudadanía, por la
redistribución de ingresos, la virtual universalización de la educación pública,
la ampliación de los
servicios públicos de salud, de seguridad social, las políticas de vivienda y de
servicios urbanos. Muchos de
esos regímenes pusieron bajo control estatal alguna parte del capital, aunque
todos resistieron tocar el
capital financiero. En algunos pocos casos, tuvieron que admitir, apoyar
inclusive, la redistribución de la
tierra para sembrar y para poblar.
Por cierto, son muchas y graves las cuestiones que se abren en este debate. Ya
han sido señaladas las más
inmediatas: la cuestión de la colonialidad del poder y de su des-colonización;
la cuestión de la
democratización y de la nacionalización y des-nacionalización de la sociedad y
del estado; la cuestión de
las estructuras de autoridad y de ciudadanía. Ese debate no puede ser proseguido
aquí. Pero todo lo anterior
permite, en cambio, apuntar que dada esa historia política, en América Latina la
crítica del populismo
implica, ha implicado siempre, la crítica de los límites de lo nacional-popular
en las luchas por la
democratización y la nacionalización de estas sociedades. Y por eso, esa crítica
sólo tiene lugar legítimo en
el contexto de un debate sobre la redistribución del control del poder en la
sociedad.
En el debate político actual, sin embargo, la versión hegemónica del "populismo"
cubre casi
exclusivamente una hilacha del antiguo concepto, sea en su original versión
euro-americana o en su
versión latinoamericana. Apunta solamente a una relación entre líderes políticos
y "masas populares" en la
cual sobresale: a) un discurso dirigido a seducir a tales sectores "populares";
b) el uso de técnicas de
manipulación y de control de tales "masas"; c) ahora sobre todo a través de los
"medios" - como dice la
jerga periodística - y de la escena pública de la "sociedad del espectáculo",
para todos esos fines; d) "masas
populares" seducidas que siguen a esos liderazgos ?. Es desde y en esa
perspectiva que en Europa se llama
"populista" a Berlusconi como a Menem o a Fujimori en América Latina.
POR SUS HECHOS LOS CONOCEREIS
El problema es que, como ya quedó señalado, ese uso reduccionista del término,
deja fuera exactamente
aquello que debe ser estudiado y debatido: los intereses sociales en juego, las
relaciones de fuerzas políticas
entre tales intereses. De otro modo carecería totalmente de sentido llamar
"populistas" a regímenes o
liderazgos políticos neoliberales que tratan de destruir sistemáticamente todo
aquello que fue conseguido
por las luchas populares y bajo regímenes nacional-populares:
Incluso opera una tendencia, cuyo caso ejemplar es el fujimorismo en el Perú, a
imponer una forma de
control político autoritario, vertical y arbitrario, con el terrorismo estatal y
el espionaje como instrumentos
de gobierno, e instituciones que simulan las del liberalismo democrático.
Desde esta perspectiva, llamar "populistas" a los gobiernos que hacen exacta y
sistemáticamente lo
contrario de lo que fue abierto y parcialmente caminado por el "populismo"
nacional-popular
latinoamericano, es traficar con un grueso contrabando intelectual. Por eso,
todo aquel que quiera proseguir
llamando "populismo" a lo que hacen hoy los políticos y los regímenes
neoliberales en América Latina,
haría bien en trazar el necesario deslinde con la experiencia "nacional-popular"
de nuestra historia.
LAS NUEVAS MASAS Y EL NEOLIBERALISMO
En este enredo hay una cuestión que aquí sólo es pertinente dejar señalada.
Desde el estallido de la crisis
mundial a mediados de los 70s., las masas explotadas y oprimidas y las capas
medias radicalizadas han sido
derrotadas políticamente en todo el mundo. Y sus patrones de clasificación
social, de identificación y de
agrupamiento, entraron en crisis y están ahora en un avanzado curso de
desintegración. Lo que va
emergiendo en el lugar de tales patrones es incipiente, tiene aún poca
visibilidad y no son aún perceptibles
con claridad los nuevos intereses sociales, su diferenciación y su organización,
su discurso y su identidad
social.
Como resultado, las masas han sido empujadas a la frustración y al desencanto
con sus previas opciones, se
alejaron de las promesas no cumplidas y de los discursos y organizaciones que
levantaron esas promesas.
Principalmente, de las llamadas "izquierdas". Pero no mucho menos de los
"populistas" y de los
"modernizadores" del período anterior. De algún modo, como se puede ver en la
conducta actual de muchos
de los que antes eran convencidos "cuadros" del estalinismo, mucha gente parece
sentir que ha sido víctima
de una estafa política y emocional. En especial, aquellos cuya cuestión central
era, sin duda, el poder, no la
destrucción de las bases de la explotación, de la opresión, de la
discriminación, en fin, de todo poder.
Tal crisis de las relaciones sociales materiales e intersubjetivas, de las
identidades e intereses sociales, ha
dejado a una parte muy amplia y creciente de la población, en todas partes, por
el momento casi sin
capacidad de producir discursos sociales propios o de evaluar y tamizar los que
provienen de sus
dominadores. En esas condiciones, con las masas políticamente desmanteladas y
socialmente
desintegradas, para los dominadores no ha sido muy difícil combinar los efectos
de las "guerras sucias" con
el discurso de la nueva "modernización". Y gracias al control de la tecnología
de comunicación, desplegar
una nueva escena pública en que lo político es ejercido como espectáculo,
inclusive como escándalo
(Collor, Menem, Fujimori), para permitir mejor la manipulación y el control de
las masas. Con sus "guerras
sucias" (Chile, Argentina, Bolivia, Perú, América Central) reprimieron toda
resistencia popular, bloquearon
y/o desintegraron sus organizaciones políticas y sindicales e impusieron las
políticas del darwinismo social
que se conoce como neoliberalismo.
Puede ser algo sorprendente que nada menos que esa nueva relación pública de los
agentes del capital con
esas nuevas masas populares, sea lo que los intelectuales del poder cubren con
el membrete de
"populismo". Apenas un poco más, quizás, es el éxito que han logrado llevando
inclusive a los críticos del
neoliberalismo a ceder a esa misma tentación. No debe haber, en cambio, de qué
sorprenderse mucho, si en
aquellas condiciones las masas explotadas y oprimidas de América Latina aparecen
confundidas y sin
capacidad de resistencia. O, peor aún, si en la escena pública de los mass-media
parecieran incluso, como
en el Perú del fujimorismo, apoyar, precisamente, la más violenta ofensiva que
el capital lleva a cabo
contra ellas desde los tiempos de la colonización.
Raras veces en la historia los dominadores habrán logrado tener el sabor de una
tan completa y tan
profunda victoria. Cómo no entender, entonces, que quieran proclamar el fin de
toda Historia !. Pero el
tiempo del éxtasis no será duradero, ni siquiera en el Perú.
EL FUJIMORISMO: LA IMPOTENCIA DEL EXITO
Si se considera el hecho demostrable de que lo que caracteriza la política del
gobierno de Fujimori es la
combinación de extremo neoliberalismo y de autoritarismo, con todo lo que allí
está implicado contra los
procesos de democratización y nacionalización, principalmente, no deja de ser
intrigante el uso del
calificativo de "populista" para semejante fenómeno. ¿En qué se apoya?, ¿de
dónde viene?.
El emparejamiento del neoliberalismo con autoritarismo ya no es nueva en América
Latina, después de
Pinochet y del último Paz Estensoro. Su eficacia tampoco. Lo que parece inusual
e inesperado, y que por lo
mismo parece asombrar o por lo menos intrigar a los comentaristas, es que
semejante combinación sea
"popular", según dicen casi todos en el exterior y también casi toda la "opinión
pública" que se destila en
los "medios" peruanos.
Según eso, una política dirigida sin ambages, de una parte, a una virtual re-
colonización del control de los
recursos de producción, naturales y financieros en particular; a la exclusión
sistemática del grueso de los
trabajadores de todo acceso a estándares de vida siquiera básicamente
satisfactorios; al estancamiento y
subdesarrollo tecnológico de la producción industrial local; al desempleo
masivo; al control y reajuste del
aparato educativo estrictamente para adecuarlo a esas finalidades; al
desmantelamiento de los servicios
públicos de educación, de salud, de seguridad social; a la relegitimación de la
desigualdad social. Y de otra
parte, dirigida al desmantelamiento de las instituciones y de las normas de la
democracia liberal o a una
política de casi explícito simulacro de ellas, en especial de la ciudadanía; a
la imposición de estructuras
reales de autoridad verticales y autoritarias, de corte asiático. Todo eso
tendría el apoyo de las capas
dominadas de la población peruana, esto es, de sus víctimas, nada menos !.
Sin duda es obligado preguntarse si es real esa extraña situación, o si se trata
de una escena montada con
todo el aparato de comunicación de los agentes, mandantes y beneficiarios de ese
gobierno, o si hay que
andarse con más cuidado en este laberinto. Eso haremos.
Sospecho que el uso del membrete de "populista" aplicado al gobierno de
Fujimori, se deriva de los
intentos más cómodos de explicarse esa extraña presunta situación. Para algunos,
siguiendo el nuevo uso
euroamericano del término para experiencias como las de Berlusconi, podría ser
"populista" el discurso de
Fujimori, así como su dominio de la escena pública, por y sobre la base de los
medios de comunicación.
Otros, inclusive, llegan al extremo de llamar "populismo", sin sonrojarse, al
uso mañoso de los recursos
estatales para manipular la "opinión pública" en momentos electorales ?. Hasta
he oído sostener, en un
debate universitario de Lima, que puesto que algunos de sus ministros no tienen
piel "blanca", hay que
admitir que Fujimori practica una política "popular". Así, la experiencia
peruana en curso, aparece como
una peculiar amalgama entre neoliberalismo, autoritarismo y populismo !
¿QUE CLASE DE REGIMEN Y REGIMEN DE QUE CLASE?
He procurado, en otra parte
Prefiero también ahorrarles el recuento de la abultada información sobre el
empobrecimiento de la masa
mayor de la población, sobre el estancamiento de la producción industrial y en
general de la producción
interna, sobre el desempleo consiguiente, sobre el aumento de la deuda externa y
de su servicio, sobre los
graves déficits de la balanza comercial, y sobre todo de la balanza de cuenta
corriente, así como, de otro
lado, de la imponente corrupción pública y de sus consecuencias. ?
Lo que me parece, en cambio, más significativo es el comienzo del proceso de
crisis de este régimen,
porque es allí donde aparece con más claridad su patrón de constitución, los
componentes de su
configuración y el desenvolvimiento de las relaciones entre ellos, así como las
posibles perspectivas
previsibles.
¿EL FUJIMORISMO EN LA ENCRUCIJADA?
Desde hace poco más de un año, al regimen fujimorista le están apareciendo
malignos lunares, algunos de
los cuales amenazan convertirse en "tatuajes de Kaposi" (para usar la exacta
imagen del poeta
Montalbetti). El rostro actual del fujimorismo es más repelente. Pero sobre todo
es más inquietante. Se
hacen rápidamente visibles indicios claros de que en el régimen se acumulan y se
combinan conflictos cuya
gravedad alcanzaría incluso, si no llegan a ser controlados, para ponerlo en
riesgo de desintegración.
Los intereses y los actores de tales conflictos no se oponen entre sí desde
trincheras separadas y distintas
todo el tiempo. Por el contrario, están atrapados en la misma urdimbre, porque
hasta aquí todos ellos
existen gracias a su recíproca dependencia. Esto implica, sin duda, que sean
menos claras las perspectivas
del desarrollo y del desenlace de tales pugnas. Pero así mismo, que el desenlace
pudiera requerir,
finalmente, circunstancias drásticas, si no necesariamente violentas. El
fujimorismo parecería, pues, estar
pisando una encrucijada.
El actual escenario del fujimorismo se parece mucho a un circo de tres pistas.
Una consiste en el peculiar
machihembrado entre neoliberalismo y narcotráfico que atraviesa a todas las
instituciones claves del
régimen: sus aparatos de represión, de administración y de control político
(éste último se organiza en torno
del Servicio Nacional de Inteligencia (SIN), pero a estas alturas - y en
particular después de los incidentes
que han seguido a la denuncia del narcotraficante "Vaticano" sobre Vladimiro
Montesinos - sería injusto
separar su Ministerio Público, su Congreso y en buena medida inclusive sus
Tribunales de Justicia, del
conjunto de instituciones que forman el aparato fujimorista de control político
sobre la población.
La segunda, entretejida con la primera, es la disputa por la permanencia de los
actuales actores en los
principales puestos de control del estado, lo que implica también al carácter
mismo del régimen, aunque no
necesariamente de todos y cada uno de sus rasgos constitutivos, en particular de
la necesidad del dominio
total de un poder tecnocrático por sobre todo aquello que exprese de algún modo
la voluntad de la
ciudadanía y las demandas y las necesidades de la mayoría de la población. La
reciente decisión del
"congreso", de "interpretar" la "constitución" para establecer (con cuatro años
de anticipación!) que
Fujimori puede ser reelecto por segunda vez el ano 2000, saca bruscamente a luz
una fuerte disputa en este
circo.
La tercera, obviamente tramada sobre todo a la anterior, puede ser finalmente la
pista central y decisiva. Se
trata de las perspectivas futuras de la versión fujimorista del neoliberalismo
económico, esta manera
extrema y feroz de la guerra global desatada contra los trabajadores, contra los
discriminados y contra todos
los pobres en general. Esto es, se trata del futuro de la negociación de los
intereses sociales de las capas
medias técnico-profesionales empobrecidas y de los trabajadores empleados y
desempleados,
principalmente. En el caso de estos últimos, también se trata de la negociación
de sus intereses político-
culturales, ya que en su gran mayoría tienen aún demandas insatisfechas de
identidad y de ciudadanía,
dentro de la colonialidad del poder. Por todo eso y en esa misma medida, se
trata de los límites de la
negociación de lo nacional y de lo global en el capitalismo de este país.
No se podría entender la situación inmediata del fujimorismo y del Perú, mucho
menos las perspectivas que
pueden ser abiertas en adelante, sin indagar estas cuestiones.
NEOLIBERALISMO Y NARCOCRACIA
Durante el último año casi no pasa día en que no se denuncie en los medios de
comunicación masiva, la
participación de, sobre todo, oficiales de todos los rangos de las fuerzas
armadas y policiales en el
narcotráfico. No son pocos los militares y policías que ante la presión pública,
o por rivalidades entre
mafias, han debido ser enjuiciados y encarcelados, aunque los principales siguen
aún muy bien protegidos.
Hace poco se comprobó, inclusive, que naves de la Armada y de la Fuerza Aérea
(incluyendo el propio
avión presidencial) transportan droga desde hace varios anos. También otras
instituciones, aduanas,
juzgados, etc., aparecen atravesadas por las redes del narcotráfico. Pero nada
de eso parecía hasta ahora
hacer mella alguna en la semblanza del fujimorismo. Sin embargo, también aquí
saltó la liebre: el "hombre
fuerte" del SIN, el ex-capitán Vladimiro Montesinos, ha sido acusado por uno de
los capos del tráfico de
cocaína, Demetrio Chávez Penaherrera, alias Vaticano, de haber recibido 50 mil
dólares por cada vuelo de
las avionetas que transportaban pasta básica de cocaína, a comienzos de esta
década, como pago por
comunicar con anticipación las operaciones antidrogas que la presión de EEUU
obliga a hacer al estado
peruano.
Montesinos ya era abogado de narcotraficantes cuando se hizo asesor de Fujimori
durante las elecciones
nacionales de 1990. Tenía entre sus antecedentes haber sido acusado, enjuiciado
y sacado del Ejército por
vender secretos de la política militar del velasquismo a los norteamericanos y
de tener vinculaciones con la
CIA. A pesar de todo eso(o quizás exactamente por eso), asumió el control del
SIN desde los inicios de este
régimen. Su presunta asociación continuada con el narcotráfico ha sido, desde
entonces, un asunto que ha
circulado profusamente tanto en la prensa local como en el exterior (Miami
Herald y BBC de Londres, por
ejemplo). Según alguna prensa (La República, 4/9/96), ya en 1994, una asociada a
Vaticano, Zoila Velasco
Tapiana, había hecho la misma denuncia que el propio Vaticano acaba de hacer.
Los rumores y las
denuncias de prensa nunca merecieron hasta ahora otra cosa que rápidos
desmentidos. Alguna vez, el
propio Fujimori dijo que puesto que Montesinos aún gozaba de la confianza de la
CIA, era infundada
cualquier sospecha de su vinculación con el narcotráfico. Pero el impacto de la
reciente acusación de
"Vaticano", en plena audiencia judicial, ha resultado esta vez tan fuerte para
el fujimorismo, que algunos de
los más altos funcionarios del Estado, se han sentido en la necesidad de (¿o han
sido forzados a?) hacer
una cerrada defensa pública de Montesinos. Algunos de ellos, como el Jefe del
Comando Conjunto de las
Fuerzas Armadas del Perú, legalmente impedidos de hacer públicas sus posiciones
políticas, lo mismo que
el Jefe de la Policía, y la mismísima Fiscal de la Nación, en cuyo caso el
impedimento legal es aún más
evidente, que no se arredró ante el escándalo de defender pública y oficialmente
al acusado, apriori de toda
investigación. Y en la siguiente audiencia judicial, el Fiscal y los Jueces
rechazan la necesaria
investigación, apelando, precisamente, a un desmentido del propio SIN!. Por su
lado, los miembros de la
obsecuente mayoría del llamado Congreso, saltan con la figura de que esas
acusaciones al "hombre fuerte"
del SIN revelarían una conspiración en marcha contra el gobierno.
Si falta hiciera, tales afanes de los voceros políticos del régimen y de los
jefes de sus principales aparatos,
hacen patente para todos el lugar decisivo que Montesinos ocupa en la estructura
del fujimorismo. Es desde
hace rato, sin embargo, que la información de la prensa peruana muestra que este
personaje ocupa un poder
tan grande y tan extendido, que le permite hacer nombrar a sus amigos en los más
altos mandos de las
fuerzas armadas y policiales y en los puestos claves en la Administración
Pública, entre otros nada menos
que los Vice-Ministros del Interior, de Justicia, de Defensa, el Superintendente
de Aduanas. De hecho, es
sindicado como una de las tres cabezas de la hidra, junto con el General Nicolás
de Bari Hermosa, que a
pesar de haber cumplido con creces su tiempo de retiro se mantiene como Jefe del
Comando Conjunto de
las Fuerzas Armadas, y, por supuesto, con Fujimori, formalmente la cabeza
principal.
Si se considera que todos sus principales actores operan desde el comienzo mismo
de este régimen, no es
arbitrario sospechar que ese machihembrado entre neoliberalismo y narcotráfico
es constitutivo del
fujimorato. Pero es en el último ano, sobre todo, que se ha hecho tan abultado,
que todo intento de negarlo
o de defenderlo termina por hacerlo más ominoso. Eso sugiere, primero, que en
especial desde el Golpe de
Estado del 5 de abril de 1992, los tentáculos del narcotráfico se habrían
extendido y desarrollado tanto en
la estructura del fujimorismo, que sus movimientos ya no pueden pasar
inadvertidos. Pero el que la
respectiva información provenga ahora no solamente de la investigación y de la
prensa independientes, sino
que gane espacio cada vez mayor incluso en la prensa oficialista, vinculada a
diversos sectores del
fujimorismo y siempre reacia a destapar asuntos que pudieran molestar al
gobierno, indica que,
probablemente, algo más grave se pudre en Dinamarca (mejor Dimanarca, opina un
joven amigo mío y
tiene razón).
¿QUE SE PUDRE EN DIMANARCA?
No hay nada sorprendente en la asociación entre neoliberalismo y narcotráfico.
Este es uno de los negocios
característicos de la acumulación financiera que domina el actual orden global
del capital y a cuyo servicio
se ha impuesto el neoliberalismo a escala mundial. De hecho es uno de sus
rubros centrales. Mueve un
estimado de 600 mil millones de dólares anuales y tecnología de punta, sobre
todo para su red de trasporte
y de comunicación. Usa, fomenta y pervierte la vasta crisis cultural y
psicosocial de una población que ha
sido canalizada hacia la necesidad y el mercado de las drogas, sobre todo en los
Estados Unidos. Es ese
contexto, la política de los EEUU no es precisamente un modelo de coherencia, ni
de transparencia. Como
en cada asunto, sirve pragmáticamente los intereses de la hegemonía del capital
y del estado de ese país en
el actual bloque imperialista. Difunde un discurso empapado de moral y de
legalidad y se opone a la
legalización de las drogas. Pero sus organismos de control y de represión
mundial, la CIA en primer
término, nunca han dejado de estar vinculados al control del negocio, en Centro
América, en México, en
Colombia o en Perú. Durante la guerra de los "contras" en Nicaragua, la CIA no
logró evitar que esa
conexión fuera revelada para siempre. Sobre eso hay una larga literatura. La más
reciente es la publicación
del San José Mercury News, California ("Dark Alliance", Agosto 18, 1996).
Tampoco debe ser, pues, sorprendente que las mafias del narcotráfico se hayan
convertido, junto con los
organismos de control y de represión llamados de "inteligencia" (CIA, SIN, etc.)
en una densa y oscura
malla de poder oculto o semioculto, y por eso mismo más eficaz y letal, operando
trás la fachada de, o
entretejidos con, los gobiernos del tipo fujimórico, no tan sólo agente del más
extremo neoliberalismo, sino
también arbitrario, dictatorial, sin contrapesos institucionales. Con esos
hechos en cuenta, aunque tentador
por lo fácil y simple, es ineficaz todo intento de explicar el conflicto
desatado en torno de Montesinos-
Vaticano, por las presiones de EEUU o de los supuestos esfuerzos de
"moralización" del régimen. Ambos
factores existen. Pero es claro que tienen sentido sólo como parte de una
distinta tramoya. ¿Cuál?
Si se examina el contexto conjunto y su movimiento reciente, quizás no hay que
ir muy lejos por la
respuesta. La primera indicación seria de que estaban en juego importantes
cuestiones de conflicto en el
fujimorismo, surgió con la publicación de la carta de Michel Camdessus (la carta
está fechada en
Washington, el 20/II/96 y se publicó en La República, 3/III/96) al Ministro de
Economía Jorge Camet,
reclamando menos gastos fiscales, más ajustes para obtener más ingresos fiscales
y llegar a arreglos
inmediatos con el Club de París. La carta fue publicada en medio de rumores de
pugna entre los
"populistas" y los fondomonetaristas en el Gabinete Córdoba. Allí se originó una
secuela de cambios
reveladores en el personal y en las políticas del gobierno. Fue obligado a salir
del gobierno Santiago
Fujimori, el "hermanísimo", otro de los "hombres fuertes" del gobierno en la
sombra que, aunque sin cargo
formal y, por tanto sin responsabilidad legal, ejercía de broker de una de las
camarillas palaciegas que
incluía a otros parientes y a los tecnócratas más allegados a Fujimori y ejercía
el control de una parte de la
administración pública. Cayó el Gabinete Córdoba Blanco, formado precisamente
por algunos de aquellos
tecnoburócratas próximos a Fujimori, a quienes se suponía buscando, aunque
tímidamente, sonreir a los
ambiguos "opositores" parlamentarios en vez de insultarlos como era lo habitual,
para ganarlos a respaldar
un neoliberalismo que haría algunas concesiones y podría ser visto como algo
menos darwinista.
Las consecuencias caminaron a prisa. El Ministro Camet quedó con las manos
libres para aceptar en el
Club de París servicios a la deuda internacional peruana que hipotecan, por un
largo futuro, virtualmente
todos los ingresos públicos del país, sin lograr concesiones que permitieran
aumentar dichos ingresos y
dejando como único recurso despellejar aún más a la población, ajuste trás
ajuste. Fueron recortados los
gastos y las inversiones públicas. Se "enfrió" más, es decir, se ahondó el
receso que fuera impuesto el 95.
Contra los reiterados anuncios del Gabinete Córdoba, fue rechazado enérgicamente
todo aumento de los
salarios congelados desde 1990, exactamente cuando la tasa de inflación tendía a
subir.
Esos cambios delataban, por lo tanto, un reajuste de las relaciones de fuerza en
las entrañas del régimen y, a
diferencia de los cambios previos de personal en la tecnocracia de gobierno, con
vencedores y vencidos.
Los vencedores eran una alianza de camarillas, vinculadas cada cual por sus
propias razones e intereses, al
tipo de neoliberalismo preconizado por el FMI, radical adversario de todo tufo
de "populismo" en la
política económica. A la cabeza de esas camarillas vencedoras se ubicaba a:
La camarilla vencida, estaba formada, de un lado, por los parientes y
tecnócratas próximos de Fujimori y
agrupados en la fundación APENKAI, que canaliza la "ayuda humanitaria" japonesa
al Perú y que estuvo
en el origen del pleito entre Fujimori y su esposa, quien fue la primera en
denunciar la corrupción fiscal del
gobierno de su esposo. Su cabeza era Santiago Fujimori. Del otro lado, por los
tecnoburócratas
sospechados de propensiones "populistas", es decir, dispuestos a negociar con la
burguesía industrial local,
con los exportadores, con los pequeños y medianos empresarios, con los
agricultores y a hacer algunas
concesiones en "gastos sociales" y salarios a los trabajadores. Se dice que su
figura más visible es el ex-
ministro de Agricultura Vásquez Villanueva.
Dónde se ubicaba y cuál papel jugaba el propio Fujimori en esa contienda ?. No
obstante haber impuesto su
re-elección para un nuevo período, no podía estar tranquilo con las lecciones de
México y de Argentina aún
escritas en la pizarra, con un déficit de la cuenta corriente de la balanza de
pagos internacional cercano al
8% del PIB, presionado por los empresarios industriales, a uno de cuyos
dirigentes gremiales había llevado
a la 1a. Vice-Presidencia de la República, habiendo tenido que recesar, por
presiones del FMI, la economía
que comenzaba a crecer (13% en 1994) precisamente porque habían sido hechos
gastos públicos
numerosos para la campana electoral, especialmente en obras de construcción. Con
un descontento popular
extendido, al cual la confusión y la ausencia total de cualquier discurso
alternativo impedía aún estallar,
pero que ya era perceptible en las encuestas.
Fujimori estaba atrapado en un zapato chino: no podía, ni probablemente quería,
desprenderse del FMI y de
los extremos de su propio neoliberalismo; pero, al mismo tiempo, las sirenas
mexicanas, sobre todo, debían
predisponerlo a no cerrar sus orejas a la parte "populista" de sus asociados.
Después de todo, el
neoliberalismo o cualquier otro modelo no le sirven sino en cuanto le permita el
poder y su manejo. La
propia estructura de esa trampa, pero en especial la correlación de fuerzas
entre las camarillas hasta ese
momento, le requería y le permitía un cierto papel arbitral entre ellas. Después
de todo, cada camarilla
existía en ese momento en dependencia de cada una de las otras. Pero un reajuste
de fuerzas tan favorable a
las camarillas vencedoras, sobre todo cuando esa victoria había sido más o menos
claramente percibida en
la prensa y en buena parte de la población, reducía ese poder arbitral. La
asociación entre Montesinos y la
cúpula dominante en las fuerzas armadas y policiales, en lo interno, y el FMI,
en lo externo, habían sido
claramente los factores decisivos en el desbalance. Es improbable que Fujimori
deglutiera en calma ese
resultado. Su primer acto fue nombrar a los Ministros salientes como sus
asesores con oficinas en el palacio
de gobierno.
Un año antes, pocos meses después de la re-elección de Fujimori, con una mayoría
oficialmente amplia,
Jaime Yoshiyama era el candidato del gobierno a la Alcaldía de Lima, "con todo
el apoyo" de Fujimori,
según su lema de campana. Pero fue derrotado por el candidato opositor, Alberto
Andrade. Las elecciones
municipales en Lima tienen siempre impacto nacional. Esta vez, nada menos que el
"Delfín" había sido
derrotado. Dada la importancia política del hecho, Fujimori lo enfrentó
nombrando a Yoshiyama, al día
siguiente de las elecciones, Ministro de la Presidencia.
Esa derrota electoral, por una parte reiteraba el hecho de que el fujimorismo no
ha logrado ganar, desde
1992, ni una sola elección razonablemente limpia. Es decir, en que las leyes
electorales fueran cumplidas.
Pero, sobre todo, puso de relieve algo más importante. Al combinarse con los
extremos efectos del
darwinismo social del fujimorismo, más graves después de seis anos, se
convirtió en el punto inicial de una
tendencia de gradual, pero continua, baja de popularidad de Fujimori.
Esa tendencia no ha hecho sino afianzarse hasta hoy. Es el precio político de
recesar la economía, ampliar
el desempleo, continuar por sexto ano consecutivo la congelación de salarios,
vender baratos los bienes
públicos en condiciones monopólicas, originando alzas de precios y baja de la
calidad de los servicios
públicos, como en la luz, el agua y los teléfonos, cobrar impuestos sin
producir servicios, ni bienes, sólo
para pagar servicios de una deuda externa que no deja de crecer, y, no obstante
todo eso, admitir alzas en la
tasa inflacionaria.
Desde la perspectiva de la mayoría de la población, todo eso es obvio. Y aunque
para ella no esté a la vista
ninguna opción alternativa, el resultado es la continua, aunque no drástica,
baja de popularidad de Fujimori
y el abierto, explícito, rechazo a la política económica y a la acción de sus
responsables, en particular el
Ministro de Economía. Y eso, para un régimen que para mostrar su legitimidad
siempre apeló más a las
encuestas de popularidad que a las elecciones, pronto se convirtió en un muy
incómodo problema. Para
colmo, la tasa de inflación no será este ano inferior a 12%, lo que en las
condiciones de congelación de
salarios y de la capacidad adquisitiva de las masas por sexto ano consecutivo
demuestra, si aún es
necesario, a quién sirve la política económica neoliberal en el Perú. Encima, la
fracción rebelde de Sendero
Luminoso da señales de renovada actividad. Es decir, los pilares de la antigua
popularidad de Fujimori se
están debilitando.
En ese contexto y mientras la prensa se llenaba de denuncias sobre las redes
narcotraficantes en las fuerzas
armadas peruanas y en los incidentes de las audiencias judiciales sobre algunos
de sus miembros, Fujimori
comenzó, con poco ruido, a tomar algunas medidas sin duda no del gusto de los
"duros" del neoliberalismo.
Entre las principales, restableció la importación de automóviles usados; anunció
la formación de una zona
comercial exenta de tributos en el extremo norte del país; aceptó hacer
concesiones tributarias a las
empresas industriales con problemas de liquidez; comenzó a presionar sobre
algunos sectores de empresas
para moderar sus alzas de precios; anunció posibles medidas para ayudar a las
empresas industriales en
quiebra técnica (oficialmente unas 400), ya que al rededor de un 40% del sector
está paralizado y el resto
opera con sólo una porción menor de su capacidad instalada. Anunció la formación
del "Banco de los
Pobres", para abaratar los créditos a la pequeña empresa y una nueva legislación
sobre los bancos. Ninguna
de tales medidas es suficiente para alterar los ejes de la política económica
dictada por el FMI. Por ejemplo,
la importación de autos usados, sirve para sacar del Japón esa chatarra y dar
ganancias a los comerciantes
chilenos y peruanos del sur. Pero, de todos modos, parecen orientados a tentar
el piso para algunas
flexiones más serias hacia los industriales y hacia las capas medias.
Paralelamente, Fujimori maniobró para cambiar el liderazgo de su obsecuente
mayoría en el "congreso",
hasta entonces firmemente ocupada por gente "fujimorista", pero reclutada entre
la clientela del "delfín"
Yoshiyama, desde bastante antes. Para eso, reunió a sus "parlamentarios" en el
"pentagonito", como se
conoce la sede del Comando del Ejército y allí dio las necesarias instrucciones.
Pero ese gesto hacía
también público, no tanto que ese era su local político, sino que también estaba
ganando espacio propio
dentro de las ffaa. Además reclutó nuevos adeptos parlamentarios entre la muy
peculiar "oposición"
existente. Conseguidos esos fines, sorprendió a extraños y sin duda a ciertos
propios, ya que algunos de
ellos hicieron público su desacuerdo, haciendo aprobar en el "congreso" una
"interpretación" de la
"constitución", según la cual podrá ser candidato a una nueva re-elección el ano
2000. Ergo, todos los otros
aspirantes al trono de Fujimori, el "delfín" Yoshiyama en primer lugar, se
encontraban bruscamente en la
calle. Todo parece indicar que allí ardió Troya. Las cabezas y miembros de las
camarillas antes vencedoras
habrían puesto el grito en el cielo, tan alto que los ecos de supuestos agrios
enfrentamientos verbales entre
Fujimori y Montesinos surcan las olas de rumores en las calles de Lima.
Yoshiyama, ahora ex-Delfín,
acaba de renunciar al influyente cargo de Ministro de la Presidencia. Todavía
veremos otros cambios, esta
vez quizás en las fuerzas armadas.
Una complicada situación entró en proceso. De una parte, las tensiones y
negociaciones por los límites del
neoliberalismo y del "populismo" en la economía. De otra, las relaciones de
fuerzas entre las camarillas,
cuyas cuotas de poder están, por supuesto, ligadas a la política económica y a
las prebendas del poder que
incluyen el uso de las instituciones del estado para negocios de todo tipo como
el tráfico de drogas. La re-
elección es crucial para cada uno de esos ámbitos del poder. Cualquier desenlace
tendrá que implicar,
necesariamente, reacomodos fuertes entre las fracciones de las fuerzas armadas y
sus articulaciones con los
servicios de "inteligencia"; en la tecnoburocracia política emergida con el
fujimorismo; reacomodos de las
fracciones burguesas en el tren de la política económica. Y, a no dudarlo,
decisiones importantes en el
Departamento de Estado y la CIA de los EEUU, así como de la banca internacional
y de sus agentes como
el FMI. Ya se ve que no son pocos, ni chicos, los actores de este escenario, ni
tan simples sus salidas.
No están aún en ese escenario los actores que representen los dramas de los
trabajadores, de los pobres, de
los discriminados. Están emergiendo, pero muy lenta y confusamente todavía. El
descontento popular es
virtualmente generalizado. Pero está rodeado de una gran confusión, en ausencia
de cualquier alternativa
que fuera claramente confiable por las masas, frustradas antes por todas las
previas y ahora por la que aún
domina. No han logrado todavía modos nuevos de diferenciar y de organizar sus
nuevos intereses sociales.
La historia puede tener, sin embargo, más de una sorpresa.
POSTSCRIPTUM
El 17 de diciembre de 1996, un comando del MRTA logró invadir y ocupar la
residencia del
Embajador de Japón en Lima y tomar como rehenes certa de 500 personas. Cumplido
ya casi un mes, ha
disminuido el número de rehenes a 74, pero la ocupación continúa en medio de
tartajosas negociaciones
entre el "fujimorismo" y el comando del MRTA. El acontecimiento iluminó
bruscamente el escenario
fujimorista ante todos los ojos del mundo.
Es temprano para el balance. Una observación es, con todo, pertinente. A la
magnificada luz de este
escenario, el mundo ha podiod ver, de una parte, los catastróficos del
neoliberalismo sobre la gran mayoría
de la población peruana: la extema y creciente pobreza, la desocupación en
expansión, la parálisis de la
producción. De la otroa, que no son suficientemente eficaces los simulacros
para tapar el carácter
constitutivo del régimen, el despotismo: la prensa mundial pudo sentir en carne
propia las limitaciones a la
libertad de expresión y de prensa. Pudo espectar, directamente, los escándalos
del Parlamento, del Tribunal
Constitucional y de la Fiscalía de la Nación. Sus cables en el exterior
pudieron dar cuenta, desmintiendo la
información oficial local, como las "grandes potencias" negociaban entre sí el
problema de la Embajada de
Japón y sus rambos eran traidos a Lima. Esto es, de la mayor dependencia del
Estado peruano.
No necesariamente debe desprenderse de lo anterior que el "fujimorismo" será
llevado a la culminación de
su crisis iniciada desde poco más de un año antes. Estaban en desarrollo los
conflictos de interés en el
seno del régimen; la popularidad de Fujimori caía en picada; los trabajadores
volvían a las calles en
demanda de empleo, salarios y libertades; el descontento de la burguesía
industrial era abierto y serio. La
economía estaba estancada, crecía el déficit de la balanza comercial y de la
balanza de cuenta corriente
internacional. Y no obstante, la inflación era de dos dígitos. Ahora están
comenzando a moverse los
problemas derivados de la ocupación de la Embajada de Japón y las cobranzas de
culpas y de cuentas
dentro del gobierno. Sin embargo, el debate político de los problemas de la
sociedad, que estaba
recomenzando, ha sido bruscamente clausurado por un acuerdo entre el gobierno y
la opaca oposición. El
país está bajo "estado de emergencia", lo que le permite al gobierno reprimir y
bloquear los movimientos de
masas.
En adelante, el "fujimorismo" buscará endurecer su represivo control político
del país. Y si no se
constituye una nueva dirección política entre las masas populares (sin
comillas), puede lograr imponer su
permanencia por varios años más. La dispersión social y política de los
trabajadores hace lento el proceso
de formación de una nueva dirección política. Y la conversión de las capas
medias al discurso
bancomundialista sobre la pobreza, cuando no al centralbankismo neoliberal (la
palabra es de Edwar
Luttwak, 1996) hace opaca, esteril y casi inocua su posición al "fujimorismo".
Pero américa Latina no ha
dejado de ser una caja de sorpresas. Los recientes actos del MRTA son una
muestra.
BIBLIOGRAFIA
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Touraine, Alain
Venturi, Franco
(1)Sociólogo peruano. Autor de innumerables libros y
artículos.
(2)Ver, por ejemplo, la que se consigna en Turaine (1988),
Coniff (1982), Ionescu y Gellner (1969), Quijano y Weffort
(1973), Quintero (1980) y Dornbusch y Edwards (1992).
(3) Acerca del eurocentrismo de la racionalidad
dominante, hay un debate en curso. Algunas de mis
propuestas se encuentran en Quijano (1991, 1992 y 1993).
(4)Véase acerca de estas cuestiones, Venturi (1981), Berlin
(1979), Shanin (1983), así como la influyente novela de
Chernyshevsky (1863, traducción al inglés de 1989, con el
título What is to be done?).
(5)En la famosa crónica de John Reed "10 días que
conmovieron al mundo", en la notable escena posterior a la
captura por los bolcheviques, junto a Lenin aparece María
Spiridinova, "la mujer más amada y poderosa de Rusia",
jefe del Partido Socialista Revolucionario, influido por
las ideas populistas y el más numeroso en el movimiento
revolucionario ruso de 1917. En la alianza con los
bolcheviques, este partido había logrado que se admita la
obshina como eje de un nuevo orden político
descentralizado y democrático. Pero la dictadura
bolchevique tomó el control del poder y rompió pronto con
esa alianza, reconcentró todo el poder político en el
Estado y, bajo el control del Partido Comunista, persiguió
y reprimió a los socialistas revolucionarios hasta lograr
su desintegración.
(6)No hay que elvidar que esa inteligencia --la palabra y
el concepto tienen exactamente ese origen-- rusa procedía
en buena parte de la aristocracia. La palabra
narodni no se refería, por lo tanto, a lo mismo que
pueblo en el Latín y su descendencia.
(7) Respecto de J.C. Maríategui, después de la condena de
sus propuestas en la Primera Conferencia de los Comunistas
Latinoamericanos (Buenos Aires, junio de 1929), el
estalinismo fue más lejos e identificó la herencia
mariateguista como "populismo". V.M. Miroshevsky publicó:
"El populismo en el Perú" en Istorik Marksist (1941), poco
después traducido en el órgano del PC cubano
Dialéctica, con el título de "Papel de Mariátegui
en la historia del pensamiento social Latinoamericano"
(1942).
(8)Sobre todo en la prensa diaria actual que defiende el
neoliberalismo, "populismo" es un sambenito comodín.
Sirve, de un lado, para mentar todo aquello que
contradiga, se oponga u obstaculice la aplanadora del
capital contra los explotados y del capital financiero
internacional contra el capital y el estado nacionales.
De otro lado, para alentar contra las tentaciones
nacional-democrático-populares de los políticos,
ridiculizando discursos o conductas que apelan al pueblo.
(9)Ver, por ejemplo, Dornbusch y Edward "Macroeconomía del
Populismo en América Latina" y la compilación con el mismo
título (1991). En la mayoría de los estudios de caso allí
reunidos, se trata exclusivamente de analizar la
información económica, pero no sobre los intereses en
juego, las relaciones políticas de fuerzas entre ellos,
los conflictos y sus vencedores y vencidos.
(10) En este sentido, está pendiente aún el debate del
"marxismo-leninisno" acerca del "populismo" y las
propuestas marateguianas. Morishevsky y sus
mandantes sabían, exactamente, a que apuntaban.
(11) Mariátegui formuló ese descubrimiento, por primera vez, en
"Esquema de la
evolución económica", el primero de sus 7 Ensayos de Interpretación de la
Realidad Peruana
(1928). Una discusión de esa cuestión en mi Introducción a la edición de
ese texto en Biblioteca
Ayacucho, Caracas, 1979 (reproducido como un pequeño libro por Mosca Azul, Lima
1981 y Era, México
1982). Ver también mi Prólogo a Mariátegui (1990).
, mostrar
que:
En consecuencia, puedo evitar insistir aquí en esas zonas del debate. Creo
también que son
suficientemente conocidas y debatidas las circunstancias y las tendencias,
internas e internacionales, que
han marcado el contexto dentro del cual se origina y se desarrolla el
fujimorismo: hiperinflación,
devastación continuada de la economía desde mediados de los 70, desintegración
de los procesos de
clasificación y de agrupamiento social, desprestigio final del estalinismo y de
su "materialismo histórico" o
"marxismo-leninismo", abandono de todo discurso revolucionario por los frente
electorales de izquierda y
su desprestigio y desintegración final, al mismo tiempo que del "campo
socialista", entre las de mayor
relieve.
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