Cuad Cien Soc 96 (CCS)

CUADCIEN, 01/01/97, POPULISMO, CULTURA POLÍTICA Y VIDA COTIDIANA EN ECUADOR: EL CASO DE ABADALÁ BUCARAM

Cuadernos de Ciencias Sociales

País/Country: Costa Rica

Programa Costa Rica; Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLASCO)

Autor/Author: Carlos de la Torre1

Número/Number: 96

Frecuencia/Frequency: 10 por año/10 per year


Fecha/Date: 01/01/97


Este trabajo resume brevemente las diferentes teorías sobre le populismo latinoamericano resaltando sus contribuciones y limitaciones, para luego desarrollar una nueva perspectiva e ilustrarla con el caso del líder populista ecuatoriano Abadalá Bucaram. Esta nueva aproximación al estudio del populismo parte de las experiencias de participación política que se dan con la transición de la política de notables a la política de masas, analizando cómo se han estructurado las diferentes mediaciones entre el estado y la sociedad civil: la nación, la ciudadanía y el populismo o popular. El estudio de las formas en que se ha dado la participación política y la institucionalización de las prácticas políticas permite comprender cómo coexisten diferentes culturas y tradiciones políticas que privilegian a lo popular y la nación, a la vez que no se dan procesos fuertes de formación de ciudadanía.

Populismo: concepto de controvertida y ambigua historia

El estudio del populismo latinoamericano tiene una larga y controvertida historia. Los primeros estudiosos del populismo lo entendieron como un fenómeno pasajero producto de la transición de la sociedad tradicional a la sociedad moderna. Los seguidores del líder populista son analizados como "masas marginadas disponibles" que, al no tener una estructura normativa que les permita funcionar políticamente en una sociedad moderna, son presas fáciles de la seducción demagógica de algún líder carismático (Germani, 1971). Se combina así la teoría de la anomia de Durkheim, entendida como la falta de orientaciones normativas claras cuando se dan procesos abruptos de cambio social, con una interpretación vulgar de Weber, que reduce el carisma a la capacidad de seducción del líder, olvidando que para ese autor lo crucial es que el líder carismático sea reconocido, esto es, que debe estudiarse el carisma como un proceso de creación mutua: el líder se autoproduce y es creación de sus seguidores (Eisenstadt, 1968). Pese a que esta visión ha sido cuestionada por varios analistas, todavía perdura en la imaginación colectiva. Tal vez su fuerza esté en que anuncia los prejuicios de las clases altas a la irrupción de los sectores populares en la política. Siguiendo el dictado de Le Bon de que "por el mero hecho de formar parte de una masa, el hombre desciende varios peldaños en la escala de la civilización"(Le Bon, 1983: 32-33), se teme a estas masas, sobre todo si provienen de los sectores populares, y se prescribe guiarlas por el camino correcto.

Quienes ven el populismo como un fenómeno de masas, también lo entiende como rezago de la tradición que eventualmente desaparecerá con la modernización. El problema de estas expectativas teleológicas es que la ansiada modernidad, como la reproducción de las estructuras de racionalidad occidentales, no termina de llegar. Es así que siempre estaremos en un estado de transición, tornándose lo anómalo y excepcional en lo normal. Es importante entender el populismo como parte constitutiva de nuestra modernidad. Además, en lugar de considerar que las nociones de modernidad y tradición son polos opuestos en la escala evolutiva, es importante estudiar cómo algunas tradiciones son creaciones modernas y cómo se estructura lo que a primera vista son versiones tradicionales de la modernidad (Roseberry, 1989).

El sesgo teleológico de la teoría de la modernización y su conservadurismo y elitismo al estudiar a los sectores populares como masas irracionales que se dejan seducir por el charlatán populista de turno, hizo que esta perspectiva sea cuestionada por los teóricos de la dependencia. Privilegiando el análisis estructural y los procesos de formación de clases, los dependentistas --muchos de ellos inspirados por el marxismo-- estudiaron al populismo como un fenómeno político ligada a una etapa del desarrollo de la región: la substitución de importaciones.2 Si bien compartieron la visión de los teóricos de la modernización de que el populismo es una fase en la historia de Latinoamérica, no vieron a esta fase desde una perspectiva teleológica, sino como un producto estructural de la negociación de los términos de la dependencia.

El aporte más importante de esta serie de estudios fue el análisis de los procesos de formación de clases, especialmente de la clases obrera. Desafortunadamente, en muchos casos, la clase obrera fue analizada desde un "apriorismo escencialista, consistente en creer en una realidad latente potencial de los sujetos colectivos previa a su aparición en la escena histórica", que la transforma en el sujeto revolucionario mítico (Junco, 1994: 16, énfasis en el original). En todo caso, se avanzó en el estudio de la historia de la formación de la clase obrera. El gran silencio y el problema no resuelto por los estudios desde la perspectiva dependentista fue explicar el liderazgo populista. Muchos recurrieron a las hipótesis bonapartistas, que se refieren a los momentos excepcionales en que el ejecutivo, bajo el liderazgo de un individuo, alcanza poderes dictatoriales sobre el estado y la sociedad civil, en coyunturas en que las clases dominantes están divididas y el proletariado tiene la fuerza necesaria para cuestionar la dominación burguesa, pero es demasiado débil como reemplazarla. El problema con la hipótesis bonapartista es que casi toda la historia ecuatoriana, al igual que la de otros países latinoamericanos, puede ser caracterizada por estos momentos extraordinarios, transformando una supuesta excepción en la regla.

El último intento por producir una teoría general sobre el populismo es el de Ernesto Laclau, quien lo entiendo como un tipo de discurso político que articula las interpelaciones popular-democráticas como antagónicas respecto a la ideología dominante (Laclau, 1977). Su trabajo tuvo un gran impacto renovador al abrir los estudios del populismo al análisis del discurso. La crítica más común a Laclau ha sido que sólo se concentra en las condiciones de producción de los discursos (De Ipola, 1983). Laclau, además, no diferencia el análisis del discurso político del análisis de los discursos en general, ni diferencia los diversos tipos de discursos políticos, que van desde los electorales de barricada hasta los informes de gobierno. Por lo tanto, es necesario tomar en consideración el contexto en el que se dan los discursos, analizándolos como eventos en los que las expectativas y acciones del público son tan importantes como la oratoria, gestos y rituales del orador.

Luego del intento de Laclau de articular una teoría general sobre el populismo, los estudiosos se han concentrado en el análisis de diferentes experiencias históricas. José Alvarez Junco, por ejemplo, en su libro El emperador del Paralelo. Lerroux y la demagogia populista, incorporó el análisis de la oratoria populista, los mecanismos de patronazgo y articulación del voto, y las acciones colectivas de los seguidores populistas. Otros autores, como Amparo Menéndez-Carrión, demostraron la importancia del clientelismo en la conquista del voto (Menéndez, 1986). Basándose en estos estudios de caso, se señalaron algunas características comunes a los populismos.3 Estos fenómenos se basan en un tipo particular de retórica y discurso político maniqueo que confronta antagónicamente al pueblo contra la oligarquía; articula el voto a través del clientelismo y el patronazgo; sus actos masivos fueron más importantes que la participación en instituciones liberales democráticas restringidas; los seguidores tuvieron lógicas autónomas y usaron estos movimientos para avanzar sus intereses; por último, los populismos tienen una relación ambigua con la democracia. Si bien los populismos incorporan a sectores previamente excluidos, no respetan las instituciones liberal-democráticas y son formas autoritarias de participación política.

El surgimiento de políticos como Fujimori, Menen y Collor de Mello, lleva a una nueva preocupación por los populismos, relegada a los análisis históricos.4 Andreas Schedler, por ejemplo, utiliza el concepto de populismo para estudiar estos liderazgos que representan un desencanto con la política, una forma de antipolítica (Schedler, 1996: 291-312). Otros analistas, como Carlos Vilas, los califican como "nuevos liderazgos" de la política latinoamericana. Estos se diferencias, por un lado, de los partidos políticos ideológicos. El éxito de estos caudillos electorales es explicado por este autor como el resultado de la "tensión entre una economía que margina y una política que necesita integrar" (Vilas, 1995: 32). Según Vilas, estos fenómenos se diferencias de los populismos clásicos --a los que entiende como fenómenos estructurales ligados a una fase de desarrollo de la región que generó identidades clasistas (Vilas, 1992-1993). En la actualidad, las políticas neoliberales han erosionado las identidades clasistas y han conformado "masas disponibles" que necesitan ser integradas al sistema político (Vilas, 1995: 37). Aquí reside la novedad de los caudillos electorales que, a diferencia de sus predecesores populistas, no desarrollan políticas incluyentes para los sectores populares y crean clientelas que, eso sí, les aseguran éxitos electorales.

El análisis estructuralista de Vilas demuestra las diferencias entre los populismos clásicos que desarrollaron políticas incluyentes hacia los sectores populares y los nuevos liderazgos o neopopulismos que aplican políticas neoliberales excluyentes. El problema con sus hipótesis es que no se puede reducir el populismo a las políticas estatales. Es importante analizar también los mecanismos de articulación líder-seguidores, sin recurrir a las viejas nociones de Germani, que consideraban a los sectores populares como masas anómicas disponibles, ni al clientelismo que es una práctica común a todos los partidos políticos.

En lugar de recurrir a nociones superadas por los análisis históricos sobre los populismos y de concentrarse únicamente en la enumeración de sus características, es importante partir de las experiencias contradictorias y ambiguas de la participación popular en la política y de sus institucionalización para comprender y explicar con mayor claridad a los populismos.5 No creo que sea el momento para ofrecer una nueva teoría general sobre el populismo, pero si se puede comprender y explicar este fenómeno a partir del momento de transición de la política de notables a la política de masas en los años treinta y cuarenta, prestando atención a la manera en que se constituyeron las diferentes mediaciones entre el estado y la sociedad civil.

La ciudadanía, la nación y lo popular

La política de masas en el Ecuador se origina en los años treinta y cuarenta con el velasquismo, que domina la política de ese país por cuatro décadas. José María Velasco Ibarra llega al poder cinco veces (1934-35, 1952.56, 1960.61 y 1968- 72). A diferencia de las experiencias del populismo clásico, no se daban políticas de substitución de importaciones. Pero, al igual que en otros países, el régimen oligárquico estaba en crisis. Artesanos, sectores de las clases medias, trabajadores temporales y sectores proletarios demandaban su inclusión en la política.

Las décadas de los años treinta y cuarenta se caracterizan por la crisis del cacao, primer producto con el que la economía ecuatoriana se articula al mercado mundial, y el surgimiento de otros productos de exportación como el café, los sombreros de paja toquilla, la tagua, el arroz, el petróleo y, durante la Segunda Guerra Mundial, la balsa y el caucho (De la Torre, 1993: cap. 2). Además, las principales ciudades del país, Quito y Guayaquil, vivieron fuertes procesos de urbanización que no resultaron en la proletarización masiva pese a que se dio un modesto proceso de substitución de importaciones en la industria alimentaria y textil. Estos cambios en la economía y en las relaciones sociales de producción tuvieron efectos desiguales en las distintas regiones del país que, eso sí, vivieron procesos de crisis de la autoridad gamonal. En este período se experimentó un incremento en el número de organizaciones de las clases populares y de las clases medias, llegando a establecerse dos federaciones nacionales de trabajadores.

Velasco Ibarra recogió y articuló los sentimientos de crisis de la autoridad oligárquica dándoles una interpretación política. El populismos velasquista transformó la política al llevarla de los salones de las élites a las plazas públicas. Velasco Ibarra recorrió la mayor parte del país con su mensaje de incorporación política basado en la honestidad del sufragio. Los seguidores de Velasco, por su parte, ocuparon los espacios públicos, se manifestaron a favor de su líder, intimidaron a sus opositores y, cuando creyeron que les habían robado las elecciones, se sublevaron. Velasco Ibarra no siempre respetó las instituciones democráticas. Asumió la dictadura temporalmente en varias ocasiones y abolió las Constituciones de 1935, 1946 y 1970, argumentando que limitaban la voluntad popular, que él decía representar (De la Torre, 1993).

Si bien el velasquismo expandió el electorado del 3,1% en 1933, al 16.83% en 1968, la mayoría de la población estaba excluida por los requisitos de alfabetismo para el voto. Este electorado restringido hace que Rafael Quintero cuestione la caracterización del velasquismo como un populismo (Quintero, 1980). Maiguashca y North cuestionan el análisis de las elecciones de 1933 por Quintero, pues no diferencia entre quienes votaron por Velasco y quienes por el velasquismo, como un fenómeno que trasciende lo electoral. El velasquismo fue un movimiento más amplio, que incluyó a votantes y no votantes (Maiguashca y North, 1991). Su novedad consistió en inaugurar un estilo político en el que las reuniones masivas, las acciones directas de la muchedumbre y la identificación en una retórica política moralista y maniquea fue más importante que la participación en instituciones representativas restringidas.

Estas dos formas distintas de participación política --movilizaciones masivas del pueblo y participación limitada en instituciones democrático-representantivas restringidas-- ilustran cómo las diferentes mediaciones entre el estado y la sociedad civil se ha constituido históricamente en el Ecuador. Al igual que en otros países latinoamericanos, la ciudadanía ha sido restringida y ha dado prioridad a los derechos políticos y sociales sobre los derechos civiles.6 En el Ecuador, la noción de ciudadanía no es una "fuente de identidad y de sentido de pertenencia al Estado-nación" (Menéndez-Carrión, op. cit.: 59). Por lo tanto, la nación y lo popular se han constituido en las principales mediaciones entre el estado y la sociedad civil.

Guillermo O'Donnell diferencia tres mediaciones entre el estado y la sociedad civil en latinoamérica: la nación, la ciudadanía y lo popular (O'Donnell, 1979). La nación se refiere a los lazos de solidaridad del "nosotros" frente al "ellos" que son las otras naciones (ibíd: 288). La ciudadanía --según Charles Tilly-- comprende "los derechos y obligaciones mutuas entre agentes estatales y una categoría de personas definidas exclusivamente por su pertenencia legal al Estado"(Tilly, 1994: 5). Las luchas por los derechos de ciudadanía van de la mano con la conformación del estado de derecho y la construcción y afianzamiento de instituciones liberales democráticas en la que los individuos tienen derechos y obligaciones frente al estado. La ciudadanía se basa también en "pautas culturales que tengan en su base al reconocimiento del otro como un igual. Es necesaria la constitución de actores colectivos que desarrollen identidades diferenciadas y propias, pero que ala vez reconozcan un referente común (Pachano, 1996: 68).

El populismo o la apelación a "lo popular" es simultáneamente una retórica y un estilo de movilización política. La retórica populista radicaliza el elemento emocional de los discursos políticos (Alvarez, 1987). Construye la política como la lucha moral y ética entre el pueblo y la oligarquía. Debido a su sufrimiento y bondad natural, el pueblo es la encarnación de la nación auténtica, de la bondad, de la justicia y de la moral. El pueblo lucha contra la oligarquía que representa lo inauténtico, lo extranjero, el mal, lo injusto y lo inmoral. La ambigüedad inherente a estos términos significa que la inclusión o exclusión en estas categorías varía según las experiencias. Velasco Ibarra, por ejemplo, definió estos términos en los años treinta y cuarenta como inclusión o exclusión política. Desde el CFP (Concentración de Fuerzas Populares) de Carlos Guevara Moreno, en los años cincuenta el pueblo y la oligarquía tienen también un componente social (Guerrero, 1994).

El discurso populista transforma la política en una lucha moral que no acepta los compromisos y diálogos de los procedimientos liberal-democráticos. Es por esto que los populismos tienen una relación ambigua con la democracia liberal. Si bien incorporan a sectores previamente excluidos del sistema político, el moralismo, personalismo y autoritarismo que los caracteriza, va en contra de las instituciones liberal- democráticas.

El populismo es parte de la tradición que George Mosse designó como el "nuevo estilo político" para describir movimientos que han rechazado a los gobiernos parlamentarios y las instituciones representativas en nombre de una democracia de masas en la que el pueblo gobierna directamente. La política populista se caracteriza por el personalismo y la identificación en un líder carismático fuerte.

El líder simboliza al pueblo; él expresa la "voluntad popular" --pero esta democracia significaba que en lugar de las asambleas representativas, una nueva religión secular mediaba entre el pueblo y los líderes proporcionando, a la vez, un instrumento de control social sobre las masas (Mosse, 1980: 160).

Esta religión secular o liturgia política está basada en la acción de las muchedumbres (Alvarez, 1994). Las masas ocupan directamente los espacios públicos para demandar su incorporación política. A la vez, estas muchedumbres son usadas por el líder para intimidar a sus adversarios. Los actos de masas se transforman en dramas donde el pueblo se siente como verdaderamente partícipe de la escena política. Estas identificaciones crean identidades comunes y un universo coherente.

La debilidad de los partidos políticos desde los tiempos de Velasco y la continua fragilidad e impotencia de las instituciones liberales democráticas para dar un sentido de participación y de pertenencia a la comunidad política ha contrastado con la participación simbólica a través de la política populista no parlamentaria. Es así que los velasquistas, los cefepitas y los abdalasistas han representado dramas masivos en los que se han creado y recreado identidades colectivas populistas que han dado a sus seguidores un fuerte sentido de participación política. El legado más importante del populismo desde los tiempos de Velasco ha sido el crear un estilo de movilización política y un estilo retórico que liga al estado y a la sociedad civil con mecanismos que no necesariamente corresponden con el estado de derecho y el respecto a los procedimientos liberal democráticos.

El Populismo de Abdalá Bucaram

Abdalá Bucaram es la más reciente expresión del populismo ecuatoriano. Su carrera política coincide con el último retorno de la democracia (de 1979 al presente). Fue nombrado Intendente de Policía de Guayaquil por su cuñado, el Presidente Jaime Roldós. Luego de la muerte de éste, se desafilia del partido de su tío, Assad Bucaram, Concentración de Fuerzas Populares (CFP), y funda su propio partido, el Partido Roldosista Ecuatoriano, en memoria de Jaime Roldós. En 1984, Bucaram fue electo Alcalde Guayaquil, pero tiene que huir del país. Una serie de escándalos, acusaciones de enriquecimiento ilícito y un breve encarcelamiento en Panamá por supuesto narcotráfico, no destruyeron su carrera política. En las elecciones de enero de 1988 obtiene el 17,61% de los votos, lo que le permite pasar a la segunda vuelta, en la que es derrotado por el socialdemócrata Rodrigo Borja. En las elecciones presidenciales de 1992 no logra pasar a la segunda vuelta pero obtiene el 22% de los votos. Su partido político, el PRE, se convierte en una de las mayores fuerzas políticas, obteniendo, en mayo de 1996, el 26,27% en la primera vuelta electoral y ganando la presidencia en la segunda vuelta. En esta contienda, se enfrentó al candidato Social Cristiano, Jaime Nebot, quien no sólo presento un claro proyecto neoliberal, sino también la imagen de político serio y responsable; en pocas palabras, de estadista frente a la falta de propuestas y a la "vulgaridad" de su rival Abdalá Bucaram.

Basándome en datos etnográficos recogidos durante sus campañas presidenciales de 1992 y 1996, cuando asistí a varias concentraciones abadalasistas en varias regiones del país, analizaré cómo el estilo político y la retórica de Abdalá Bucaram dan sentido y recogen elementos de la cultura política popular ecuatoriana (De la Torre, 1996). Además, es importante notar que diferencio analíticamente a los populismos como regímenes en el poder, de los populismos como movimientos políticos que buscan el poder, y a los estilos de hacer política populista que trascienden a las prácticas de determinados líderes populistas. Por lo tanto, este análisis se concentra en el abdalacismo en busca del poder y no en sus políticas de gobierno.

Estudiosos del populismo han demostrado que el discurso político es diferente del discurso científico. Puesto que el objetivo del discurso político es "impulsar la acción, son menos útiles las argumentaciones cuidadosamente trabajadas que los efectos estéticos, las imágenes impresionantes y las apelaciones emotivas."(Alvarez, 1990: 234). Por lo tanto, los discursos políticos son espectáculos halagadores: buscan entretener, divertir y, sobre todo, hacer sentir bien a los concurrentes. Abadalá es un genio de la dramaturgia. Combina su show de "loco" que canta y baila, con la emoción del concierto en que se corean tonadas conocidas. La repetición de las canciones del grupo uruguayo de baladas y música pop "Los iracundos", creó un ambiente de hermandad en las plazas; todos, o casi todos, cantaron con Abdalá. Además, todos vimos bailar a Abdalá con la candidata a la Vice-Presidencia de la República, Rosalía Arteaga.

¿Por qué el público disfrutó tanto al ver y cantar al "loco" Abadalá? ¿Cuáles son los significados del canto de Abdalá y de sus bailes con Rosalía? La respuesta de sus opositores, con su característico desprecio hacia las clases populares, es sencilla: Abdalá da al pueblo lo que a éste le gusta: circo y espectáculo. Sociológicamente, el atractivo de ir a ver cantar a un político tiene significados más profundos. El canto y baile de Abdalá reivindican la sexualidad popular que es despreciada y reprimida por "esa gente". El mismo Abdalá defendió sus cantos no sólo comparándose a Menem, que canta tangos, y a Clinton, que toca el saxofón; preguntó, también: "¿qué hombre no ha conquistado a una mujer cantando una serenata?". Y él, junto a "Los iracundos", el grupo con el que sedujo a su esposa, ahora está cautivando al pueblo ecuatoriano.

Abdalá no sólo da una serenata al pueblo para que vote por él; también invita al pueblo a que lo vea bailar con la futura Vicepresidenta, Rosalía Arteaga, que como él mismo repitió en todos sus discursos, es una "Doctora, Cientista, Periodista, Socióloga y una gran Maestra y, encima de eso, una mujer muy guapa". Entonces, Bucarám, el hombre del pueblo, está seduciendo a una guapa mujer de clase social más alta, personificada en Rosalía. En los actos públicos, ella vistió elegantemente, cuidó su maquillaje y su peinado, estuvo siempre impecable y bailó guardando la seriedad y compostura de toda una dama. Abdalá, por su parte, como personificación de los sectores populares costeños, iba de sport, casi siempre con guayabera y muchas veces con vaqueros. Al bailar con una dama representaba una fantasía sexual de los sectores populares: bailar y seducir a una mujer de clase más alta y más "fina". Esto explica la euforia con la que los borrachitos del pueblo gritaban a favor de Rosalía.

En sociedad patriarcales, los hombres construyen su masculinidad con otros hombres. Nunca están seguros de su masculinidad y su virilidad; constantemente tienen que probarla ante sí mismos, buscando, sobre todo, la aprobación y aceptación de otros hombres. "Las mujeres se transforman en un tipo de moneda que los hombres usan para mejorar su rango en la escala social de la virilidad" (Kimmel, 1994: 129). Las mujeres más apetecidas son las mujeres "finas" de clase alta y las que entran dentro de los cánones coloniales racistas de belleza, que por lo general pertenecen a la clase alta. Al bailar con la guapa Rosalía Arteaga, Bucarám no sólo representaba una fantasía popular; también demostraba su virilidad superior y, por lo tanto, su calidad de líder. Además, en lugar de referirse a sus testículos o a la calidad de su semen como en el pasado, demostró su hombría bailando con una dama.

Analizando varias novelas latinoamericanas, Doris Sommers señala que éstas, escritas por novelistas-políticos, simbólicamente conformaron la nación al unir personas de razas, clases, regiones y partidos diferentes (1990: 75). No sólo se reconciliaban personas de diferentes clases sociales, también fraternizaron la costa y la sierra, conformando una sola familia ecuatoriana. Además, se unían la razón de Rosalía y la pasión primitiva y viril de Abdalá. Dentro de los estereotipos de género latinoamericano, se dice que la mujer tiene una fuerza moral superior a la del hombre y que su rol es domesticar, controlar y encauzar la pasión incontrolada de la virilidad. Rosalía, la maestra, controlaba y educaba a Abdalá. Tanto es así que, cuando Abdalá preguntaba al público que si quería que se portara mal e insultara a sus adversarios, Rosalía movía la cabeza negativamente, sumándose a los gritos de !noooo! del público.

Al igual que otros oradores populistas, abdalá personalizó la lucha política. No importan las ideologías o las propuestas concretas, por eso quien busque ideas claras en sus programas de gobierno se llevará un chasco; lo decisivo son las figuras como personificación de diferentes clases sociales, de estilos de vida y formas de ser. Bucaram radicalizó la lógica "enemigo-amigo" que caracteriza a la cultura política ecuatoriana. Esta, como lo anota Osvaldo Hurtado, no se basa en la cultura de la tolerancia y no importa "lo que dice sino quien lo dice"(1994: 108).

Abdalá se presenta a sí mismo como una persona de origen humilde y popular, que es igual al pueblo. Por ser hijo de inmigrantes libaneses, ha sido marginado y discriminado por la gente de alta sociedad, que lo consideró un "turco nuevo rico y de malas costumbres". Abdalá es tan pueblo que usa su mismo lenguaje, viste como el pueblo con guayaberas y vaqueros, juega al fútbol, tiene el mismo gusto popular para decorar su casa y, sobre todo, disfruta de la comida popular. Abdalá no sólo se refirió a sus humildes orígenes en los mítines políticos, siempre mentada en su estrategia electoral. En la campaña de 1992 en largas cadenas de televisión, al igual que en su libro Las verdades de Abdalá, relató como, pese a su pasado plebeyo, había logrado superarse, estudiar y convertirse en abogado, en un político y en un próspero empresario.

Como Bucaram es pueblo, comparte la pureza de los humildes. En palabras de Michelet, "el pueblo es el nuevo cristo porque lleva en si dos 'tesoros': el primero, 'la virtud del sacrificio'; y el segundo, unas formas instintivas de vida que son más valiosas que todos los conocimientos sofísticos de los llamados hombres cultos"(Alvarez, 1987: 251). Es por eso que Abdalá no usa el lenguaje culto y rebuscado de los economistas y de los abogados, que los sectores populares consideran obscuro y que oculta designios inconfesables. A diferencia de Nebot, experto en el uso del lenguaje de los economistas y que cada vez que puede da cátedras de cómo arreglar científicamente al país, Bucaram recurre a las generalidades y a los lugares comunes. Da por sentado que los problemas son simples porque están a la vista de todos. La pobreza, el alto costo de la vida, la falta de vivienda, educación y salud, el sistema judicial injusto, no requieren de mayores explicaciones científicas de expertos con lenguajes extraños. Además, como todos conocen cuales son los problemas, la soluciones son simples y parten de la voluntad política del líder. Su virilidad, honestidad y compromiso con los pobres garantizarán la anhelada redención.

Abdalá es pueblo porque también ha sufrido. Se han levantado juicios en su contra y el pueblo conoce, por su experiencia diaria, el sesgo clasista de la justicia. Las leyes y las cárceles no son para los ricos. Los pobres son los que van presos; los ricos, al igual que los políticos corruptos, toman un avión y escapan de la justicia. Gracias a su carácter superior y a su gran hombría, Abdalá se ha sacrificado por los pobres y ha sido, al igual que muchos de ellos, un mártir. "Yo pagué mi conscripción política, yo me eché los exilios, carcelazos, los juicios". Es así como su pureza y dedicación a las necesidades del pueblo le han convertido en el justo "líder de los pobres". Estas dos cualidades, el haberse sacrificado y el ser parte del pueblo, pero mejor que la mayoría del pueblo pues se ha superado y progresado, transforman al hombre de origen humilde en el merecido y necesitado Presidente de todos los Ecuatorianos. "Yo tengo derecho a ser Presidente de la República", declara.

Bucaram invierte el significado de los insultos y cuestionamientos a su locura, transformando al loco incapaz de gobernar en el "loquito" Abdalá. Argumenta que los genios y las personalidades con cualidades excepcionales siempre son tachados de locos. "Ellos llaman loco a todo hombre cuya mente vuela por la libertad". Por eso Abdalá, el hombre de origen popular, debe estar loco pues, pese a los inconvenientes personales que le ha dado la lucha política y de sus sufrimientos, defiende a los pobres. Ser loco le convierte no sólo en un ser extraordinario, también lo hace un ser puro que fue martirizado al ser encarcelado en Panamá por supuesto narcotráfico. La pureza y el sufrimiento le convierten en el sujeto libertador, en el mesías que salvará al pueblo ecuatoriano. Se compara con locos de la altura de Cristo, Ghandi, Alfaro y Roldós, que fueron asesinados, y terminar esa parte de su discurso con voz melodramática: "loco le dicen a Abdalá y yo no sé si me maten". Estas palabras arrancan las carcajadas del público. Tal vez se rían de la audacia de Bucaram al compararse con estos personajes, o también gocen porque constatan el desequilibrio mental de Abdalá, pues su atractivo reside, en parte, en la locura que le hace bailar, cantar con Los Iracundos y obsesionarse con atentados contra su vida.

Siguiendo la tradición populista ecuatoriana, Abdalá usa símbolos religiosos. Velasco Ibarra, como lo demostró Agustín Cueva, transformaba sus discursos políticos en representaciones religiosas que evocaban la pasión de Cristo (1988; 150- 156). A diferencia de Velasco Ibarra, que seguía el ritual católico, parecería que Abdalá imita más bien el estilo de los Evangelistas y de los grupos protestantes que con música, cantos y con la participación del público, alaban al señor. Su figura se parece también a la de los líderes carismáticos Pentecostales que entran en trance y tienen visiones adorando a Dios. Por esto, al concluir sus actos de masas, Abdalá saltaba de la tarima y caminaba entre el público que trataba de acariciar a su líder, quien al igual que Cristo y los santos, tocaba al pueblo para curarlo y redimirlo.

Abdalá destrozó la estrategia social cristiana y su slogan de "primero la gente" con su consigna "primero los pobres", dando nombre a una experiencia muy importante en la vida cotidiana de los ecuatorianos, la distinción entre "la gente" y "los pobres". Demostró que para ser "gente" se necesita dinero, "buen" apellido, un teléfono celular, hablar inglés y, sobre todo, tener los contactos para que, en caso de emergencia, estar fuera de la ley que sólo aplica a los pobres y a quienes no tienen padrinos o contacto con los poderosos. En el Ecuador, al igual que en otros países latinoamericanos, coexisten dos maneras de interrelacionarse. Por un lado, existe un estado de derecho en el que todos son ciudadanos y están sujetos a la ley, individuos con derechos y obligaciones. Existe una tradición que cree que las "normas jurídicas son suficientes para transformar [a la] sociedad" (Hurtado, op. cit.: 107). Se legisla con la intención de resolver, como por arte de magia, todos los problemas económicos, sociales y políticos. Esta tradición legalista coexiste esquizofrénicamente con prácticas para escapar de las leyes. Como todos conocen por sus experiencias cotidianas, cuando el peso de la ley cae, lo hace sobre los pobres y desamparados. Los poderosos, además de ser individuos de un estado de derecho cuando les conviene, también son personas con una posición de autoridad reconocida en la comunidad o, en el vocabulario de Bucaram, son "gente": son el militar X, el abogado Y, o el señor de apellido W, conectados con el poder. Para estas personas, la ley no necesariamente aplica o sólo aplica en su favor; siempre pueden escapar de ella o moldearla de acuerdo a su interés.

Para los sectores populares, lo peor es no tener padrinos. "En una sociedad en que la fortuna personal está fuertemente ligada a las relaciones de patronazgo, estar desamparado o desprotegido, implica estar solo y vulnerable"(Coronil y Skursk: 291). Para el desamparado, la única opción es buscar un protector. "La distribución desigual de recursos...no le deja al individuo del grupo subordinado otra opción que la de buscar un lazo personal con alguien de un grupo dominante que pueda funcionar como su protector"(Jackman, 1994: 83). Tanto es así que algunos usan estratégicamente sus conexiones con sus patrones para llamarse "el chofer de", "el asistente de" o "la cocinera del señor o la señora k". Cuando están en aprietos con la ley, pueden recurrir a sus padrinos, a sus superiores. Estos, por su parte, utilizan el paternalismo para legitimar su dominación en la protección de sus empleados y ahijados. Bucaram ofrece ser ese protector. Invita a "los pobres" a hacer parte de su familia y a recibir el amparo del "líder de los pobres".

Bucaram utiliza brillantemente esta distinción entre ciudadanos que son individuos en el estado de derecho y personas que tienen una posición de autoridad dentro de la comunidad. Como el estado de derecho no siempre funciona, ofrece mejorarlo y, por ejemplo, obligar a los ricos a pagar impuestos, o a mejorar el sistema legal para que no castigue sólo a los pobres. Pero también promete mejorar la situación del pueblo desamparado. Constatando que no son "gente" y que, por lo tanto, están desamparados, les ofrece ser su protector.

El éxito de Bucaram en destrozar la estrategia social cristiana de "primero la gente" también se explica por su articulación discursiva del carácter comunitario y no social, esto es, de ciudadanos individuales con derechos y obligaciones, de la sociedad ecuatoriana. Como lo analiza Sánchez-Parga, en el Ecuador en lugar de darse prioridad a los derechos ciudadanos de los individuos, éstos adquieren relevancia social como miembros de asociaciones, cofradías y otras organizaciones de tipo comunitario (1991). El pertenecer a estas comunidades y no el ser ciudadanos con derechos y obligaciones, es lo que da acceso a los recursos estatales que son administrados corporativamente. El Partido Roldosista Ecuatoriano, con sus redes clientelares, ofrece la creación de una nueva organización comunitaria que, bajo el liderazgo de la familia Bucaram, permitirá a sus clientelas tener acceso a los recursos del estado. Por ejemplo, para poder participar del plan de vivienda popular "un solo toque", es necesario estar afiliado al PRE.

Bucaram siempre habla del amor: ama al pueblo, ama a los pobres, ama al Ecuador. Los únicos a quienes no ama son los oligarcas, que son excluidos del "verdadero" Ecuador, personificado en Abdalá. El maniqueismo de su discurso evidencia su autoritarismo. Como no se define claramente qué es oligarquía, este ser inmoral, encarnado ahora en sus enemigos social cristianos, puede en el futuro ser cualquiera de sus opositores o rivales. Ya que la oligarquía es "un estado el alma", pueden ser oligarcas todos los que se opongan a sus designios de cómo interpretar la voluntad popular.

Al igual que otros líderes populistas, Abdalá promete crear una familia en que las diferencias de clases, de regiones y etnias, se reconcilien bajo su protección patriarcal. La familia "se transforma en una metáfora de la unidad de la patria bajo la autoridad de quien pueda defenderla"(Skurski, 1994: 614). Abdalá será el padre de todos los pobres, él los protegerá y los amará. Es así que los sectores populares "son subordinados y subsumidos en la figura del líder"(Rowe y Schelling, 1991: 171). En la familia roldosista, el patriarca conoce los verdaderos intereses de los pobres, que no son vistos como ciudadanos con derechos y obligaciones sino como niños, criaturas que necesitan de su protección.

Conclusiones

En este artículo he analizado algunas características de la cultura política ecuatoriana. Debido a la importancia del paternalismo en la vida cotidiana, no asombra que la política se articule a través de la búsqueda de personalidades que protejan y amparen a los sectores populares que buscan el acceso a recursos, no como derechos y obligaciones de ciudadanos sino como prebendas que les otorgarán las prácticas clientelistas, de patronazgo o corporativas de los partidos políticos. Ya que coexisten en estado de derecho y la ciudadanía de los individuos, con las prerrogativas de las personas que tienen una posición de autoridad en la comunidad, se sigue buscando líderes fuertes que garanticen el acceso a los recursos estatales. La cultura política ecuatoriana no sólo combina frágiles prácticas ciudadanas con el clientelismo y el paternalismo; es, además, una cultura de la intolerancia. Los políticos usan la lógica del enemigo-amigo para descalificar a sus opositores. También tienen un gran desdén hacia los sectores populares, a los que no consideran como ciudadanos racionales con derechos y obligaciones, sino clientelas políticas. Por último, la religión sigue marcando las formas de comportamiento político. La lógica cristiana martirio-sufrimiento- redención, ligitima las acciones de los políticos que, usando simbologías y discursos religiosos, aspiran al poder no a partir de propuestas concretas, sino como personificación de la redención frente a sus rivales, vistos como la encarnación del mal.

Las características de la cultura política ecuatoriana no deben verse como rezagos de a tradición que eventualmente desaparecerá. Más bien, ésta es nuestra versión de la modernidad. En lugar de esperar que el progreso nos equipare con las prácticas políticas de los países democráticos occidentales, hay que partir de esta cultura política personalista, autoritaria, populista y paternalista para repensar cuál es el tipo de democracia ecuatoriana y cómo se puede mejorarla, cambiarla o profundizarla en sus aspectos políticos, económicos y de convivencia cotidiana.

El éxito electoral de Abdalá Bucaram se explica por la forma en la que sus representaciones en los actos de masa y su oratoria recogieron elementos de la cultura política popular. Abdalá se presento como parte del pueblo que ha sido marginado e injustamente encarcelado y perseguido por la oligarquía, pero como alguien mejor que el pueblo, pues ha estudiado, hecho fortuna y se ha superado para ahora encarnar la voluntad popular. Abdalá también uso elementos religiosos de la cultura popular para presentarse como el nuevo Cristo, el nuevo Mesías que liberará al pueblo sufrido. Por último, Abdalá presentó su virilidad como resistencia y reivindicación de la cultura popular frente a las "buenas costumbres" de los oligarcas. Pero esta reivindicación de la cultura popular machista acepta y reproduce una cultura autoritaria basada en la subordinación de las mujeres y de quienes no aceptan esa construcción machista de la masculinidad.

Los actos de masas de Abdalá, siguiendo la tradición populista que Velasco Ibarra inaugurara en los años treinta y cuarenta, dan a los sectores populares la sensación de ser partícipes en la escena política. Pero en esas escenificaciones, en la cuales se cuestiona la dominación de las oligarquías y se reivindica la cultura popular, el guión ya ha sido escrito. Los pobres, los humildes, la gente común, sienten ser partícipes mas no son actores que escriben su propio guión. Es así que lo que parece ser una crítica de la dominación oligárquica, termina aceptándola, ya que delegar el poder en un político autoritario que dice encarnar y personificar la voluntad popular.

Al contrario de las hipótesis de que los seguidores populistas son masas anómicas y desorganizadas, al asistir a las concentraciones abdalasistas, se ve todo lo contrario: mucha organización. Muchos caciques van con sus clientelas a las plazas; también asisten actores organizados, como sindicatos, asociaciones de profesionales, diferentes organizaciones de mujeres, militantes de partidos políticos, grupos campesinos y barriales; en pocas palabras, se constata la presencia de la sociedad organizada.

Es común desacreditar a los abdalasistas llamándolos clientelas manipulables o utilitaristas que se diferencias de los grupos ciudadanos deliberantes de la sociedad civil. En forma naive se asume que las ONGs, los sindicatos, los grupos indígenas, ecologistas, etc., no recurren al clientelismo y que sus actores son ciudadanos y no clientelas. Para empezar, el clientelismo es una práctica común a todas estas organizaciones y, además, el discurso de la sociedad civil es, como lo analiza César Montúfar, "un espejismo de la participación en el nuevo discurso del desarrollo"(1995). Se tienen que estudiar los mecanismos participativos de los partidos políticos, de las ONGs, de los sindicatos, etc., para ver no sólo el peso del clientelismo, sino las implicaciones de estas prácticas para la construcción de la democracia ecuatoriana.

En las concentraciones abdalasistas había una fuerte dosis de escepticismo. Abdalá no era visto como el mesías y el salvador que decía ser. Se lo veía como el mal menor frente a la oligarquía social cristiana. En un trabajo reciente sobre los trabajadores brasileros en la época de Getulio Vargas, Joel Wolfe demuestra que --a diferencia de lo que el líder y la élites populistas creían, los obreros no aceptaron las imágenes de Vargas como "el padre de los pobres". Más bien, usaron la apertura política del varguismo y su discurso a favor de los pobres para avanzar sus propios intereses clasistas (1994). Varias conversaciones con abdalasistas parecen confirmar la hipótesis de Wolfe.

En Santa Elena, provincia de Guayas, por ejemplo, un líder de las comunidades, luego de relatar los procesos de apropiación de tierra comunal por parte de terratenientes ligados a los social cristianos para, aprovechando nuevas técnicas de riego, usarlas para la exportación de productos no tradicionales, manifestó que al menos con Bucaram había la posibilidad de luchar contra esos despojos. No estaba muy ilusionado, pero sabía que la lucha estaba perdida de antemano con los social cristianos. En la Plaza de San Francisco, en Quito, sostuvimos una conversación similar con militantes socialistas. Para ellos, Bucaram abría espacios, pues la experiencia del gobierno socialcristiano de Febres Cordero les enseño las dificultades de organizar y presentar demandas populares en un régimen autoritario. Pero no guardaban mayores esperanzas con Bucaram y tenían planificado que, a lo sumo en un año, estarían en la oposición. Un cacique de Guasmo de Guayaquil, se las jugaba el todo por el todo por Abdalá. Sabía que su suerte y la de su clientela estaba arruinada con los socialcristianos, mientras que Bucaram les daba la oportunidad de acceso a recursos.

Estos ejemplos ilustran la poca irracionalidad y primitivismo de los abdalasistas. Al contrario, sabían cuales son sus intereses y éstos podían no coincidir con los de la derecha autoritaria neoliberal. Queda por verse si las expectativas de mejora social y de apertura política se darán con Bucaram. A riesgo de adelantar predicciones futurólogas, parecería que la capitalización, sinónimo de privatización de empresas estatales, y el fin a los subsidios del gas, teléfono, etc., darán los recursos necesarios para hacer "obra social". La reducción del papel social del estado será compensada por la creación de clientelas políticas que se sientan beneficiarias directas del partido político en el poder. Además, las políticas clientelistas financiadas con la venta de las empresas estatales ha dado muy buenos réditos políticos en Argentina y Perú, donde Menem y Fujimori fueron electos. ¿Nos esperarán varios años de abdalasismo?

Bibliografía

Alvarez Junco, José
1987 "Magia y ética en la retórica populista", en J. Alvarez (ed), Populismo, caudillaje y discurso demagógico, Madrid: CIS-Siglo XXI.

1990 El Emperador del Paralelo: Lerroux y la demagogia populista, Madrid: Alianza Editorial.

1994 "El populismo como problema", en J. Alvarez y R. González (eds.), El populismo en España y América, Madrid: editorial Catriel.

Coronil, Fernando y Julie Skurski
"Dismembering adn Remembering the Nation: The Semantics of Political Violence in Venezuela", Comparativ Studies in Society and History, 33 (2).

Cueva, Agustín
1988 El proceso de dominación política en el Ecuador, Quito: Editorial Planeta.

Eisenstadt, S.N. (editor)
1968 Max Weber on Charisma and Institution Building. Selected Papers, Chicago: University of Chicago Presss.

DaMatta, Roberto
1991 Carnivals, Rogues and Heroes. An Interpretation of the Brasilian Dilemma, Notre Dame: University of Notre Dame.

De Ipola, Emilio
1983 Ideología y Discurso Populista, Buenos Aires: Folios.

De la Torre, Carlos
1992 "The Ambiguous Meanings of Latin American Populism", Social Research, 52 (2).

1993 La seducción velasquista, Quito: FLACSO-Libri Mundi.

1996 Un solo toque: populismo y cultura pólítica en Ecuador, Quito: CAAP, 1996.

Germani, Gino
1971 Política y Sociedad en una Epoca de Transición, Buenos Aires: Paidós.

Guerrero, Rafael
1994 Regionalismo y democracia social en los orígenes del "CFP", Quito: CAAP Diálogos.

Hurtado, Osvaldo
1994 "Cultura política", en ILDIS, Léxico Político Ecuatoriano, Quito: ILDIS.

Jackman, Mary
1994 The Velvel Globe. Paternalism and Conflict in Gender, Class and Race Relations, Berkeley: University of California Press.

Kimmel, Michael S.
1994 "Masculinity and Homophobia. Fear, Shame and Silence in the Construction of Gender Identity", en H. Brod and M. Kaufman (eds.), Theorizing Masculinities, California: Sage Publications.

Laclau, Ernesto
1977 Politics and Ideology in Marxist Theory, Londres: Verso.

Le Bon, Gustave
1983 Psicología de las masas, Madrid: Ediciones Morata.

Maiguashca, Juán y Luisa North
1991 "Orígenes y significados del velasquismo: lucha de clases y participación política en el Ecuador, 1920-1972", en Rafael Quintero (ed.), La cuestión regional y el poder, Quito: Corporación Editora Nacional, 1991.

Menéndez-Carrión, Amparo
1986 La conquista del voto en Ecuador: de Velasco a Roldós, Quito: Corporación Financiera Nacional.

1994 "Ciudadanía", en ILDIS, Diccionario Político Ecuatoriano, Quito, ILDIS.

Montúfar, César
1995 "Desarrollo social con sociedad civil: el espejismo de la participación en el nuevo discurso del desarrollo", Ecuador Debate, nº 36.

Mosse, George
1980 "Toward a General Theroy of Fascism", en G. Mosse, Masses and Man. Nationalist and Fascist Perceptions of Reality, New York: Howard Fertig.

Murillo de Carvalho, José
1995 Desenvolvimiento de la ciudadanía en Brasil, México: F.C.E.

Nun, José
1994 "Populismo, representación y menenismo", Sociedad 5.

O'Donnell, Guillermo
1973 Modernization and Bureaucratic Authoritarianism: Studies in South American Politics, Berkeley: University of California Press.

1979 "Tensions in the Bureaucreatic-Authoritarian State and The Question of Democracy", en D. Collier (ed.), The New Authoritarianism in Latin America, Princeton: Princeton University Press.

Pachano, Simón
1996 Democracia sin sociedad, Quito: ILDIS.

Quintero, Rafael
1980 El mito del populismo en el Ecuador, Quito: FLACSO.

Roberts, Kenneth
1995 "Neoliberalism and the Transformation of Populism in Latin America. The Preuvian Case", World Politics 48.

Roseberry, William
1989 Anthropologies and Histories. Essays in Culture, History and Political Economy, New Brunswick: Rutgers University Press.

Rowe, William y Vivian Schelling
1991 Memory and Modernity. Popular Culture in Latin America, London: Verso.

Sánchez Parga, José
1991 "La sociedad contra sí misma o porqué nuestras sociedades son democráticamente ingobernables", en VV.AA., Ecuador, la democracia esquiva, Quito: ILDIS.

1995 Lo público y la ciudadanía en la construcción de la democracia, Quito: ILDIS.

Schedler, Andreas
1966 "Anti-political-establishmente Parties", Party Politics, vol. 2 nº 3.

Skurski, Julie
1994 "The Ambiguities of Authenticity in Latin America: Doña Bárbara and the Construction of National Identity", Politics Today, 15 (4).

Sommer, Doris
1990 "Irresistible Romance: the Foundational Fictions in Latin America", en H. Bhabha (ed.), Nation and Narration, New York: Routledge.

Spalding, Hobart
1977 Organized Labor in Latin America, New York: Harper and Row.

Tilly, Charles
1994 Democracy is a lake, The Working Papers Series nº 185. Center for Estudies of Social Change, New School of Social Research.

Vilas, Carlos
1992-93 "Latin American Populism: A Structural Approach", Science and Society, vol. 56 nº 4.

1995 "Entre la democracia y el neoliberalismo: los caudillos electorales de la posmodernidad", Socialismo y Participación nº 69, marzo.

Wolfe, Joel
1994 "'Father of the Poor' or 'Mother of the Rich'?: Getulio Vargas, Industrial Workers and Construction of Class, Gender and Populism in Sâo Paulo, 1930-1945", Radical History Review, nº 58.


(1)Esta investigación fue financiada por el Centro Andino de Acción Popular (CAAP) y por un Summer Faculty Research Grand de la Drew University. La investigación la realicé con Carmen Martínez; muchas de las ideas son producto de nuestras largas discusiones. Agradezco a Francisco Rhon, Director de CAAP, por su entusiasta y generoso apoyo.

(2)La bibliografía es muy amplia. Consúltese, por ejemplo, Spalding (1977: 151-207) y O'Donnell (1973).

(3)Alvarez Junco (op. cit.) y De la Torre (1992).

(4)Nun (1994) y Roberts (1995).

(5)Una primera versión de esta sección aparecerá en mi artículo "Populism and Democracy: Political Discourses and Cultures in Contemporary Ecuador", Latin American Perspectives, en prensa.

(6) Sánchez Parga (1995) y Murillo de Carvalho (1995).