Cuad Cien Soc 97 (CCS)

CUADCIEN, 02/01/97, GLOBALIZACION, MILITARES Y ENSEÑANZA DE LOS DERECHOS HUMANOS*

Cuadernos de Ciencias Sociales

País/Country: Costa Rica

Programa Costa Rica; Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLASCO)

Autor/Author: Dr. Rodolfo Cerdas **

Número/Number: 97

Frecuencia/Frequency: 10 por año/10 per year


Fecha/Date: 02/01/97


I

El proceso generalizado de globalización ha coincidido con otro más específico de democratización política, el cual sigue su propia dinámica y su específica lógica interna, aunque algunos hayan querido establecer, erróneamente, un signo igual entre el establecimiento de mercados libres y la reaparición de regímenes democráticos. No es este, sin embargo, el objeto de este trabajo. Aquí se trata, más bien, de abordar algunos de los problemas referentes a la educación y formación en valores democráticos y derechos humanos de los integrantes de las Fuerzas Armadas en América Latina, en las nuevas circunstancias políticas y sociales de la transición democrática. Se considera que, en lo fundamental, tales circunstancias han sido y son favorables para un esfuerzo especial en este campo; aunque debe reconocerse, también, que ello no se da libre de contradicciones, contratendencias y dificultades.

Hasta el momento actual, no parece existir cuestionamiento alguno acerca de la idea de que la comunidad internacional debe llevar adelante toda clase de esfuerzos e iniciativas para fortalecer y desarrollar las instituciones y procedimientos electorales, a fin de garantizar que las elecciones sean libres, competitivas y limpias; o de que es necesario modernizar el funcionamiento de los Tribunales judiciales, para mejorar sustancialmente la administración de justicia. Otro tanto puede decirse de los sistemas de protección de los derechos humanos y su fortalecimiento, con la creación en la mayoría de los países latinoamericanos de la figura del Defensor de los habitantes o Procurador de los Derechos Humanos.

Sin embargo, el asunto no aparece tan claro cuando se trata de abordar la cuestión con los militares. Como muy bien lo ha señalado Augusto Varas, " los proyectos de democratización que están siendo llevados adelante en la región son particularmente deficitarios en la esfera de la política militar. Las democracias en América Latina no han percibido claramente la importancia de la inserción de las Fuerzas Armadas en el proceso democrático y, de este modo, no han podido identificar este tema en sus proyectos de reforma del régimen político. El problema, al permanecer sin resolución, amenaza a las instituciones democráticas ya sea por las formas de acomodación que refuerzan la autonomía militar o por la posibilidad de nuevas intervenciones en la esfera política.

La investigación teórica y empírica de las relaciones entre las Fuerzas Armadas, la sociedad y el Estado se han convertido en una cuestión crucial para la democracia en la región."1

Respecto a los militares, debe reconocerse que tiende a predominar, más que una lectura cuidadosa y prudente de su situación real, de sus constricciones y evoluciones psico-sociales e institucionales, otra que parece atribuirles una naturaleza fija, incapaz de ser variada o modificada de modo alguno. Semejante enfoque tiende a expresar, en el fondo, la existencia de una multiplicidad de preconceptos respecto a los uniformados, unas veces basados en amargas experiencias pasadas; otras, en hechos imaginarios o distorsionados, o en generalizaciones infundadas. Pero, cualquiera que sea la causa y motivación de semejante actitud, tal enfoque tiene dos consecuencias negativas bastante claras:

a) Tiende, finalmente, a hacer más difícil el diagnóstico sobre la nueva situación nacional e internacional y obstaculiza una exacta valoración de su real incidencia sobre los militares y sus instituciones. Sin un diagnóstico correcto de tales cambios mundiales y regionales, no será posible establecer estrategias de desarrollo democrático y evitar presiones peligrosas para la soberanía nacional, la seguridad del Estado y la estabilidad del sistema político.2

b) Hace casi imposible habilitar a nuestras sociedades para dar el paso audaz -y a juicio del autor indispensable- de abordar de una manera coherente y clara, con relación a los uniformados, ciertas tareas fundamentales sin las cuales la consolidación democrática no podrá completarse a satisfacción.

Estas tareas básicas, que indispensablemente deben ser abordadas por los nuevos gobiernos democráticos en la región, tendrían que incluir por lo menos a las siguientes:

a) Liquidar política, social y doctrinariamente los resabios de la vieja doctrina de la seguridad nacional y sus consecuencias negativas antidemocráticas.

b) Contribuir activamente junto con los propios militares a reelaborar, con seriedad y responsabilidad institucionales, los elementos clave de su nueva doctrina militar democrática.

c) Resolver de una manera constitucional y respetuosa de la integridad institucional de las Fuerzas Armadas, los problemas de su inserción equilibrada en el nuevo orden constitucional democrático; y, muy particularmente, las cuestiones referentes a sus relaciones con los otros poderes del Estado y su ubicación más adecuada y estable en el presupuesto de la nación.

d) Contribuir, mediante un acuerdo nacional explícito y legítimo, a la definición clara de las competencias y límites de las funciones y prerrogativas de los Ejércitos; a su condición no deliberante y apolítica, en el nuevo orden constitucional surgido con el advenimiento de la democracia; y a garantizar explícitamente la subordinación de la fuerza armada al poder civil constituido democrática y legítimamente, por medio de elecciones limpias y competitivas.

Con la definición político-jurídica de un cuadro institucional semejante, cobra sentido -y se hace posible- abordar la importante y delicada tarea de contribuir a la formación de los oficiales y reclutas en los valores democráticos y el respeto a los derechos humanos, sin menoscabar ni la unidad o cohesión de la institución armada, ni los principios de jerarquía, unidad de mando, disciplina, obediencia y lealtad.

No es posible alcanzar una verdadera consolidación democrática en América Latina, mientras no se logre una reconversión institucional, educativa y psicológica de las Fuerzas Armadas de cada país, en concordancia con las reglas y condiciones que impone la vigencia de un sistema democrático. El mero regreso a los cuarteles de los uniformados es totalmente insuficiente; en realidad, eso no es sino un simple anuncio del largo camino que queda por recorrer.

La adaptación a las nuevas reglas del juego institucional y político democráticos, implica ciertamente para las instituciones militares reconocer varios elementos esenciales que se derivan de la nueva situación mundial, a saber:

a) El haberse producido, hasta época reciente y en algunos casos con importantes supervivencias, un indebido desbordamiento institucional de parte de los Ejércitos, que finalmente ha resultado cada vez más incompatible con la existencia y funcionamiento de las instituciones representativas.

b) El haber ocupado las instituciones castrenses, durante largos años, determinados espacios sociales e institucionales que por su propia naturaleza correspondían a entidades civiles; y sin cuya restitución a estos, no es posible alcanzar una sólida integración social-territorial de la nación, ni una clara definición de espacios para las distintas entidades institucionales que conforman la república.

c) El hecho de que, para la consolidación del régimen democrático, los militares como individuos y la institución armada como fruto y expresión de un tipo determinado de cultura institucional, requieren una adaptación a las nuevas exigencias de la democracia representativa y a los cambios estratégicos operados a nivel nacional, regional y mundial. Esta evolución, a su vez, presenta algunos caracteres principales: debe ser paulatina pero constante; voluntaria pero orgánica; interiorizada, conciente y autolimitada en los límites constitucionales y legales de su nuevo papel, pero sobre todo debe ser real y operante en la vida cotidiana del Estado y la sociedad. Muy en particular, debe serlo sobre todo en lo que se refiere a la admisión por parte de los uniformados de su condición apolítica y no deliberante, y debidamente subordinada al poder civil democrático.

d) La existencia de una vinculación indisoluble entre la modernización, tecnificación y adaptación de las Fuerzas Armadas a las nuevas condiciones de la globalización y los nuevos retos a la paz y la seguridad, de un lado; y, de otro, la fundamentación ético-política democrática de su nueva doctrina militar y la formación de sus oficiales y soldados en los principios de la democracia representativa y el respeto a los derechos humanos y al derecho internacional humanitario.

No es de extrañar, por ello, que cuando en la sesión plenaria del 9 de junio de 1995, la Asamblea General de la OEA adoptó una resolución de apoyo a la labor del Instituto Interamericano de Derechos Humanos

(IIDH)3, hizo referencia especial a dos hechos relevantes:

a) El primero, que en el Plan de Acción de la Cumbre de las Américas de diciembre de 1994, los mandatarios de las democracias del continente valoraron los avances considerables hechos en el hemisferio en cuanto al desarrollo de conceptos y normas de derechos humanos, aunque reconocieron que aun subsistían importantes vacíos que debían llenarse a plenitud.

b) El segundo, que "la misma Cumbre propició la capacitación en derechos humanos de los agentes encargados de vigilar el cumplimiento de la ley y de las fuerzas de seguridad", como un factor esencial en el proceso de consolidación democrática y como fuerza moral en la nueva política de colaboración interamericana.

Fue por ello que la Asamblea General decidió, unánimente, reconocer ampliamente el esfuerzo realizado por el IIDH a nivel hermisférico, pero muy especialmente "su labor en materia de educación y capacitación en el campo de los derechos humanos con todos los sectores de la población, incluyendo los jueces y los administradores de justicia, los funcionarios públicos y, en particular, los agentes encargados de vigilar el cumplimiento de la ley."

En otras palabras, es evidente que los esfuerzos que se realicen en materia de enseñanza y promoción de los derechos humanos entre las fuerzas armadas de la región, no sólo se insertan en los mandatos presidenciales de la Cumbre hemisférica y las preocupaciones de la Organización de Estados Americanos, sino que responden a urgentes necesidades políticas continentales y mundiales, que deben ser satisfechas a la mayor brevedad posible, para poder cumplir, en esta área específica, con las tareas más urgentes, importantes y decisivas que se realizan a nivel continental, para consolidar la democracia al interior de nuestros países, contribuir activamente, y en todas partes -Bosnia, Somalia, Haití- al mantenimiento y establecimiento de la paz y convertir a América en el continente no sólo de la paz y la seguridad, sino de la democracia y la libertad.

II

Sin embargo, debemos reconocer que hay todavía mucho trecho que recorrer. Y no precisamente por un rumbo rectilíneo y sin obstáculos. Todo lo contrario: es una empinada ruta de muchos recodos, con precipicios que simbolizan muy bien los peligros que de todas partes nos acechan: a la izquierda y a la derecha; atrás y, aunque un poco menos, también hacia adelante.

A la derecha, por la reticencia de algunos sectores civiles y militares de entender a cabalidad los cambios que se han operado a nivel mundial, con el final de la guerra fría, el empuje de la democracia a nivel global (y sobre todo en el continente), y las nuevas y complicadas relaciones de poder militar, económico, comercial, tecnológico y político que se desarrollan con fuerza en todo el planeta, en el mencionado proceso de globalización.

Estos sectores continúan anclados a una forma de pensar que no da cuenta de tales cambios; que sigue operando con antiguas y rígidas categorías conceptuales que no se corresponden con las nuevas demandas de nuestras sociedades y regiones; y que finalmente, por su falta de porosidad a las demandas y nuevas condiciones que surgen en su entorno, terminan autoencerrados en una especie de autismo político, que cree que lo mejor es aislar la institución militar y apartarla de ese mundo real que se desarrolla y cambia vertiginosamente sin su participación.

Tal enfoque limitante de su potencialidad estratégica, termina paralizando y arrinconando en un segundo plano a las Fuerzas Armadas, paradójicamente, en nombre de su preservación, sin permitirles ni autotransformarse en un sentido democrático y moderno, ni incorporarse activamente como institución a las tareas de desarrollo y construcción del sistema democrático representativo. El efecto final a que tiende esta manera de abordar el problema, no es otro que convertir a la fuerza armada en un obstaculizador peso muerto para la transformación democrática, que no puede ni superarse, ni eliminarse, ni tampoco ser incorporado a los esfuerzos colectivos por construir la democracia.

Este enfoque, pues, al intentar hacer caso omiso del dilema planteado en este fin de siglo, de "transformarse y avanzar con la vanguardia; o languidecer e ir a remolque, renegando del desarrollo imparable de la historia contemporánea", termina haciendo que sus seguidores y defensores marchen a la zaga de los acontecimientos; y esto no por sus mejores deseos, que son en no pocos casos los de preservar intacta la Institución, sino por las objetivas consecuencias prácticas de su actitud, que no puede detener la dinámica imparable de los cambios. Estos, en su propia lógica, dejan al lado del camino a quien no es capaz de responder con agilidad a los nuevos retos que ellos conllevan.

A la extrema izquierda, y opuesta a esta primera actitud, se ubicarían los sectores que, malinterpretando los datos y significados reales de los cambios operados a nivel mundial y local, han creído llegado el momento de promover lisa y llanamente la desaparición de los ejércitos. Creyendo que la conocida ecuación de cañones y mantequilla es tan simple como su mero enunciado, están convencidos de que la abolición de las Fuerzas Armadas por decreto sería, en primer término, una consecuencia ineludible de la nueva situación internacional; en segundo lugar, una racionalización de las mejores necesidades de la sociedad; y, en tercer término, una fuente inmediata de recursos financieros para utilizar libremente en el desarrollo económico.4

Estos sectores, en el fondo, entienden la creación y existencia del Ejército como simple resultado de una especie de libre decisión política subjetiva de un grupo de individuos, susceptible de ser variada a voluntad. No comprenden, porque no ven ni perciben ninguna constricción objetiva proveniente del contexto socio-político e histórico que subyace y explica la aparición y vigencia de las Fuerzas Armadas en un país determinado, que la existencia de las Fuerzas Armadas no es resultado de un capricho u ocurrencia de nadie, sino que es un fenómeno socio-político e institucional que se inserta en un universo complejo y multicausal, que tiene que ver con el origen mismo del Estado y la Nación. Lo cual, en algunos casos, se remonta al proceso, naturaleza y características mismas de la conquista y la colonia en América.

Más allá de estas posiciones a la izquierda y a la derecha de la ruta de cambios respecto a las fuerzas armadas, nos encontramos con los peligros de un pasado peligrosamente presente aun hoy. Los peligros nos acosan también desde atrás, pues allí nos encontramos con una vasta región donde yacen experiencias antiguas y recientes de toda índole: en muchísmos casos lacerantes y dolorosas; en otros de alto valor histórico, pues allí también se hunden las raíces profundas del surgimiento y fundación de nuestras repúblicas.

Esta visión que se detiene sobre todo en el pasado, hace que el enfoque sea inevitablemente selectivo y centre su atención en una estela de conductas militares, que para los defensores a ultranza de los ejércitos son siempre gloriosas y fundantes de la nacionalidad y el Estado; y para los críticos de las fuerzas armadas, son siempre antidemocráticas, de desapariciones forzadas y de violaciones a los derechos humanos, etc.

Sin embargo hoy, con el tránsito a la democracia, el peligro de ambos enfoques, asidos férreamente a esas experiencias que se juzgan totalmente positivas o totalmente negativas, pareciera manifestarse en su irrealidad e insosnibilidad, en el primer caso; y en su insuficiencia e impotencia en el segundo.

En efecto: por lo que hace al primero, que sólo encuentra realizaciones históricas positivas y cierra los ojos ante el cúmulo de fallas y aspectos negativos de la acción castrense en América Latina, se ha convertido en un criterio tan insostenible e insatisfactorio que cada vez más, al interior de los Ejércitos, tiene menos adherentes y sostenedores. Son cada vez más los militares que sienten que no puede taparse el sol con un dedo o eliminar una realidad de tan fácil comprobación histórica con una simple negación verbal; y más bien participan del criterio de que el futuro de su institución sólo puede ser sólidamente construido, en las nuevas condiciones de la globalización, con un equilibrado y verdadero ajuste de cuentas con ese pasado que, sin caer en inmolaciones inútiles, sí sirva para reconsiderar la ruta seguida hasta ahora y les faculte para retomar un nuevo rumbo, que les permita ser la fuerza armada de una nación y un Estado democráticos.

El otro enfoque, que mira con horror e indignación las violaciones a la democracia y a los derechos humanos que plagan, sobre todo, el pasado reciente, arriesga el mantenernos vueltos hacia el pasado exclusivamente, lo que nos puede convertir, como le ocurrió a la bíblica mujer de Lot, en modernas estatuas de sal mirando para siempre hacia un ayer por lo demás irrecuperable; y del cual no se podrán extraer, en esas condiciones, iniciativas políticas e institucionales realistas, positivas y útiles para avanzar mejor y con menos errores, en el presente y en el futuro, en la construcción de un Estado de Derecho, donde el respeto a los derechos humanos y los valores democráticos sea la norma y no la excepción.

No se trata, desde luego, de ignorar la realidad de ese pasado tormentoso, violento y difícil. Este está ahí y no puede borrarse a voluntad, como no parece posible hacerlo tampoco con la existencia, el peso y las funciones de los Ejércitos. Quizá, incluso, por tratarse del pasado y no poderse cambiar, éste pareciera más inconmovible y omnipresente. Y es preciso, además, reconocerlo como hecho histórico incontestable y ajustar cuentas con él, tanto para exorcisar a la institución y a las nuevas promociones de tal herencia que no se acepta en el nuevo régimen de democracia representativa, como para que tal cúmulo de violaciones no se repita nunca más.

Pero si ese pasado no es ubicado en una adecuada perspectiva de futuro; si no se le sitúa en la necesidad de superarlo y cumplir con la tarea de avanzar en la consolidación democrática; o en la búsqueda del camino adecuado para lograr una inserción digna y positiva de la Nación en el mundo globalizado de hoy, donde todos -organizaciones internacionales y privadas, individuos y Estados- miran, opinan, influyen e incluso facilitan la aplicación de la condicionalidad cruzada; si no es así, entonces el anclarse en el pasado podría convertirse en freno; en peligrosa fuente de estancamiento; o en obstáculo insalvable para el reencuentro, en perspectiva democrática, de la Nación y sus instituciones.

Y es que todas nuestras naciones están urgidas hoy -como en los momentos más difíciles de nuestra historia- de unidad, democracia y respeto a los derechos humanos, para hacer fructíferos los esfuerzos que llevan a cabo nuestros pueblos -contra viento y marea- para desarrollarse libres, fecundos, soberanos y con sus propias dimensiones culturales.

Al fin y al cabo es innegable que, hoy por hoy, los valores fundamentales que caracterizan la raíz más profunda de nuestras naciones, están sometidos no sólo a las fuertes presiones que surgen de los acelerados procesos de globalización que nos ha tocado vivir y afrontar, sino a profundos y diversos tipos de cambios: regionales y nacionales,unos; científicos, culturales y tecnológicos, otros. Pero que en su proceso de transformación están marcando ya los nuevos perfiles de nuestras nacionalidades, para ese siglo XXI que parece haber comenzado en 1989, con la caída de la Unión Soviética y el llamado mundo socialista; con el fin de la Guerra Fría y con la gran revolución en las comunicaciones y la cibernética.

Finalmente, hay peligro también en la manera de ir hacia adelante, aunque aquí el riesgo pareciera menos grave. En este caso, el problema consistiría en una estrategia de desarrollo democrático que no capte bien que la tarea política es doble:

a) De una parte, la sustantiva, constituida por la redefinición orgánica y conforme a las disposiciones constitucionales de las relaciones entre los poderes civiles y militares, según el principio de la subordinación de la espada a la ley y a la Constitución. Este, con todo, es el punto de partida fundamental, y más que un hecho es el resultado de un complejo, multidimensional, simultáneo y contradictorio proceso de transición democrática, sin lo cual todo lo demás pareciera perder significado y objeto.

b) De otra, la adjetiva, aunque no menos importante y necesaria, que es la nueva formación y educación en derechos humanos y valores democráticos de los cuadros militares, concebidas no como una enseñanza informativa para generar un conocimiento adicional y paralelo a la formación del militar moderno, sino como un elemento consustancial y práctico de su accionar cotidiano, en la paz y en el conflicto.

Sería un grave error creer que de lo que se trata es de recibir una simple preparación sobre los derechos humanos como si estos, de un lado, y la doctrina y formación militar, de otro, fueran dos compartimientos estancos y aislados, donde al final sólo se rinde un examen escolar del tipo: "los derechos humanos son..."; y luego se sigue actuando exactamente igual que antes.

O, lo que sería aun un error peor, asumir el criterio de que estamos frente a una moda a la que es necesario atender, pero que más pronto que tarde dichosamente terminará pasando; como si no estuviéramos lidiando nada menos que con el nuevo y único fundamento moral y político que verdaderamente legitima y justifica la actuación de las Fuerzas Armadas en defensa de la soberanía nacional, de la integridad territorial y de la paz y la seguridad de nuestros pueblos soberanos.

Conviene detenerse por un momento en esta dimensión del problema de la formación militar en derechos humanos y valores democráticos.

Algunos sectores, especialmente entre elementos castrenses autoconsiderados como duros, han tendido a pensar que, en las circunstancias contemporáneas, no es mucho lo que puede hacerse, pues habría que evadirse del mundo real para poder alcanzar el sitio idílico donde, únicamente, tendrían real aplicación doctrinas tan hermosas pero ajenas al accionar verdadero de la sociedad, la vida y el mundo contemporáneos, tan imbuidos de inseguridad, violencia y manipulación.

Pues no. Se trata exactamente de lo contrario. Es a la realidad contemporánea, a ese mundo de tensiones, fracturas, extravíos y encuentros, con todas sus nuevas características nacionales e internacionales, peligros y oportunidades, adonde se requiere ir. Pero ya no con el justificado y explicable desconcierto de nuestros pueblos en los primeros años de la Independencia hispanoamericana; o como naciones atrasadas que descubren, entre sorprendidos y extasiados, la democracia, la libertad y el respeto a los derechos humanos en otras latitudes del mundo occidental. Sino, más bien, como creadores de una nueva historia, nutrida de urgentes reencuentros nacionales, de equilibrados desarrollos hemisféricos, de amplia colaboración global y, sobre todo, contando con la fuerza moral incuestionable que le da no sólo a quienes llevan uniforme, pero a ellos muy especialmente, el saber que se lucha y se vive por la causa de la libertad; del respeto al ser humano y sus derechos básicos; de la democracia y de la perpetuación digna, en el concierto internacional, de la propia nación.

III

No se trata, pues, de adoptar una actitud recalcitrante y negativa que ubique los derechos humanos en el perimido contexto de la violenta lucha ideológica y política de la pasada guerra fría. Tampoco se quiere verla como un reexamen, a lo Sísifo, de un pasado que, sin poder ser cambiado, vuelve una y otra vez, impidiendo con su retorno alguna salida real; y ahondando, hasta el paroxismo, el desgarramiento y el dolor padecidos por las tragedias del pasado, que bajo ningún concepto podemos simplemente echar en el olvido aunque sí tratar de superar una vez por todas.

En cuanto a las pretensiones maximalistas de los que quieren la desaparición pura y simple de las Fuerzas Armadas, la realidad ha puesto en evidencia que el hombre y la sociedad son mucho más complejos que lo que han creído los que así han planteado la abolición inmediata de los Ejércitos. Al fin y al cabo, la existencia y función de las instituciones militares responden a realidades históricas, socio- políticas y culturales objetivas, de las que no se puede prescindir a voluntad.

Los cambios que se han operado con el fin de la guerra fría y la globalización, efectivamente pusieron a muchos a buscar e inventar nuevas funciones para justificar la existencia de los Ejércitos, como si éstos fueran una especie de parodia de la obra de Luigi Pirandello "Cinco personajes en busca de autor". Y como si las nuevas responsabilidades surgidas con el fin de siglo y directamente ligadas a las nuevas amenazas a la seguridad ciudadana y del Estado que podemos identificar contemporáneamente, no fueran una consecuencia natural de las misiones fundamentales y clásicas de los Ejércitos y estrictamente enmarcadas en ellas.

Lo interesante es que esta aparente respuesta a cuestiones como: "¿para qué sirven los ejércitos de países pobres y en desarrollo después del fin de la guerra fría, la experiencia de la guerra del Golfo y la invasión a Panamá?" (para mencionar alguna de las muchas frases que se han dicho), no resolvió sino que más bien profundizó una explicable pero finalmente infundada crisis de identidad en muchos de los integrantes de las Fuerzas Armadas.

Estas, por su parte, siguen teniendo a mi juicio como misión fundamental, la defensa de la soberanía nacional, de la integridad territorial y la seguridad de la nación, más aquellas otras funciones vinculadas con formas de servicio social y nacional directamente ligadas a la población; aunque, debemos subrayarlo explícitamente, no en el espíritu ni con los fines, hoy sin sentido, de las tareas cívico-militares de la contrainsurgencia.

Por el contrario, tales funciones esenciales aparecen ahora claramente ubicadas en un contexto nacional e internacional que hace ineludible la existencia, por razones de legitimidad, conveniencia y eficacia, de tres elementos constituyentes fundamentales:

a) Un moderno Estado de Derecho, que busca la paz y no la guerra; y que contribuye junto con los otros miembros democráticos de la comunidad internacional a garantizar e incluso imponer esa paz, cuando tal circunstancia se hace de interés para la seguridad mundial.

b) Un sistema político democrático, que permite la integración al Estado nacional de todos los estratos sociales y todos los titulares de la ciudadanía, en un claro concepto y esfuerzo de desarrollo y construcción de la nación; y, por último,

c) Un orden jurídico y social, que se inspira en y es estrictamente respetuoso y garante de los derechos humanos fundamentales.

Por ello mismo no es posible abordar una tarea tan sustantiva con un criterio cosmetológico, tan empobrecedor como inútil, que sólo busque disimular los defectos y encubrir las fealdades. La democracia y el mundo moderno caminan en medio de la luz enceguecedora de la libre información, del examen inmediato y simultáneo de la conducta de líderes, gobiernos, instituciones y empresas. Y no es posible eludir ni las denuncias, ni la crítica, ni el examen de la propia conducta, si no es contraponiendo a la tergiversación la corrección justa; a la desinformación la información verídica; en una palabra, a la mentira la verdad.

Por ello, la tareas de educación de los oficiales y soldados en materia de derechos humanos, son mucho más que una información sobre el tema, que corre paralela pero separada de su formación integral y práctica como militares profesionales.

La formación en derechos humanos y en los principios del derecho internacional humanitario es, más bien, un elemento central y consustancial de la nueva doctrina militar de las democracias occidentales; y constituye, en última instancia, la base ético-jurídica y doctrinaria para la formación del nuevo tipo de soldado que la postguerra fría requiere con urgencia; que la globalización impone como carta de legitimidad internacional; y que el éxito de las misiones concretas, dentro y fuera del país, hace impostergable.

¿Cómo llevar a feliz término una operación de mantenimiento de la paz si, más allá de las cuestiones técnicas y militares, no se entiende el alcance que en materia de derechos humanos tiene ese despliegue militar? Detengámonos un minuto en esta cuestión a modo de ejemplo, habida cuenta de la importancia y amplia participación que han venido teniendo y tienen en la actualidad nuestros ejércitos en esas operaciones de mantenimiento de la paz.

Pues bien. Cumplida la etapa de despliegue ¿qué es lo que nuestros oficiales se encuentran? Una población civil; fracciones armadas que luchan entre sí por motivaciones distintas, en medio de restos o porciones de instituciones estatales con serias dificultades de operación; y de mujeres, niños, etnias, religiones, etc. que de alguna manera buscan en nuestros soldados su respeto, seguridad y libertad.

Cabría preguntarse: ¿cómo podría merecer fe y respeto entre la población civil que busca ser respetada y que queremos proteger, un destacamento militar que no sea portador de los valores que precisamente tiene como tarea garantizar? ¿Con qué autoridad moral se puede defender e imponer el respeto a los derechos humanos, si en el país de origen estos se violan y en el propio Ejército se desconocen y no se educa en ellos a su oficialidad y tropa? ¿Es o no cierto que, desde un primer momento, los oficiales en operaciones de mantenimiento o imposición de la paz tienen que tratar y resolver cuestiones referidas a minorías, etnias, refugiados, torturas y, en general, violaciones a los derechos humanos de la población? ¿Participan, en tales casos, en la reorganización del Estado y sus instituciones fundamentales? Y si lo hacen ¿cuáles son los criterios de organización, funcionamiento y competencia de tales órganos? ¿Cómo podrían hacerlo propia y adecuadamente, si los derechos humanos continuaran siendo considerados mera dispersión ideológica, moda transitoria, fuente de venganza o simple disimulo cosmetológico, y no elemento ético-jurídico y motivacional del nuevo oficial y soldado que demanda el mundo contemporáneo? ¿Cómo coordinar, colaborar y llevar a buen término operaciones militares conjuntas entre distintos países, dando interpretación cabal de los límites y facultades que otorgan, por ejemplo, las reglas de empeñamiento en una operación internacional determinada, entre militares que, de un lado, tienen la fuerza y motivación moral del respeto a los derechos humanos, saben de ellos por la educación recibida y la práctica cotidiana en su propio país, y entienden por ello los límites de su aplicación en acciones de esta naturaleza; y, de otro lado, militares que los irrespetan en su país, no creen en ellos, no los entienden y desde luego no saben cómo aplicarlos en situaciones límite?

En una palabra: la educación en derechos humanos y la formación militar moderna, con la nueva doctrina que emerge del tránsito a la democracia y el final de la guerra fría, son elementos indisolubles que no sólo permiten la modernización y reconversión de los Ejércitos, sino el mejor cumplimiento de su papel; los capacita para el desarrollo de labores conjuntas con otras Fuerzas Armadas; promueve y cimenta más sólidamente una mejor cooperación a nivel internacional; y determina, en fin, el reforzamiento de las tareas de consolidación democrática y del desarrollo integral, en paz y libertad, de todo el hemisferio.

Al fin y al cabo, un régimen autócratico podría incluso respetar las leyes de la guerra, sin dejar de ser autócrata, tiránico y violador de los derechos humanos; pero difícilmente podría respetar cabalmente el derecho de los derechos humanos, porque estos son consustanciales con la democracia.

Se trata, entonces, de tomar la iniciativa por parte de los propios Ejércitos y Academias Militares para integrar a sus proyectos de formación en Academias y Escuelas la enseñanza de los derechos humanos y los valores democráticos, y no dejarla librada a la marcha de los acontecimientos y a la buena intención de oficiales y soldados. Debe comprenderse que tal educación es parte de la modernización de la doctrina militar, y es uno de los requisitos fundamentales para poner a ésta en concordancia práctica con las nuevas condiciones internacionales y nacionales en que los Ejércitos deben actuar y existir; y con los retos que la globalización presenta a todas nuestras naciones como un todo.

La cooperación internacional en el campo de la seguridad hemisférica, ciertamente pasa por la elevación del nivel técnico y profesional de los militares para el desempeño de sus funciones básicas, que no hay que andar inventando e improvisando porque están especificadas en las Constituciones mismas de nuestros Estados y en la realidad socio-política de nuestras naciones. Pero exige también, de manera esencial, la formación doctrinaria y práctica de nuestros militares en derechos humanos, como parte consustancial de la nueva doctrina militar moderna y como estadio nuevo y superior de su profesionalización.

Y esto tanto por razones prácticas de credibilidad y confianza de la sociedad nacional y de la comunidad internacional, y de las altas expectativas en la eficacia y corrección en el desempeño de sus labores; como también por razones de motivación y fundamento ético-político de las propias unidades militares, en su accionar contra adversarios de diverso tipo, en sus vínculos con el resto de la sociedad y en sus relaciones institucionales con las otras entidades que integran al Estado nacional y al sistema político global.

Esos adversarios que comprometen la paz internacional; violan los derechos humanos; irrespetan a las minorías; cometen genocidios y se erigen en amenaza para la seguridad de nuestros Estados y naciones, es de esperar que no se diferencien de nuestros soldados solamente por el tipo de uniforme que usen, el color de su bandera o la clase de armas que porten, sino por algo más radical y profundo.

La verdadera diferencia deberá estar en la actitud vital de convicción y respeto de nuestros oficiales y soldados ante el ser humano y sus derechos fundamentales, ante la democracia y ante la libertad. Porque ese será, quizás, no sólo en el corto sino en el largo plazo, el factor decisivo para garantizar una verdadera victoria, no tanto de las armas, como de la libertad y la justicia.

LA GLOBALIZACION, AMERICA LATINA Y RUSIA

1) Concepto de globalización.

Entendemos como globalización, el acelerado proceso de cambio que, a nivel mundial, se ha venido desarrollando en todos los ámbitos del quehacer humano, pero muy particularmente en lo referente a lo militar, lo económico, el comercio, las finanzas, la información, la ciencia, la tecnología, el arte y la cultura. Este cambio ha conectado por primera vez, de manera prácticamente inmediata, a todos los regiones del planeta entre sí y proyectado de igual forma los efectos del acontecer en esos diversos campos a lo largo y ancho de toda la geografía planetaria.

Sin embargo, este proceso no tiene un carácter unívoco e igual. Sus formas de expresión, así como su significado, se ven matizados por una serie de condicionamientos que colocan, en una nueva dimensión, las diferenciaciones sociales y culturales al interior de cada sociedad y entre las sociedades mismas.

Es así, que podemos señalar algunas de las características relevantes de este fenómeno propio de finales del siglo XX, que nos permitirán comprender mejor su significado en los sistemas políticos y sociales de la América Latina y en el nuevo sistema de relaciones internacionales, surgido después del fin de la guerra fría y la desaparición de la Unión Soviética.

2) Características de la globalización.

a) La primera característica que podemos señalar es, precisamente, su carácter de planetaria. Esto significa que en la época contemporánea los fenómenos que tienen lugar en un sitio del planeta, no reducen su significación a la estrecha geografía donde se han producido, sino que se proyectan inconteniblemente al resto del orbe, con consecuencias inesperadas y, a veces, superiores a las que era racionalmente posible atribuirles en el espacio puramente nacional donde se produjeron. Así, por ejemplo, los acontecimientos en Chiapas -más allá de las simpatías y sentimientos de justicia que puedan acompañar el fenómeno-, representan relativamente poco en cuanto a su significado poblacional, social, económico y político en el México de hoy. Sin embargo, por el momento en que se produjeron -esto es: la fecha de entrada en vigencia del Tratado de Libre Comercio (TLC)-, recibieron una atención sobredimensionada que no guardó correspondencia con su limitados alcances reales. Así, la gran arma del llamado Comandante Marcos no ha sido la AK-47, sino su habilidad en intrigar e interesar a la prensa internacional. Igualmente, lo que sucede en Haití y Rwanda, perdidos en el Caribe y en Africa, resultan con efectos en París y New York.

Si el comercio mundial unió al mundo, hoy los medios de comunicación vía satélite, el desarrollo de la computación y las comunicaciones globales hacen del planeta uno sólo de alcance prácticamente simultáneo. Quedar al margen de esta interconexión global es quedar fuera del curso normal de la historia y marginarse de las corrientes más fuertes del desarrollo científico, tecnológico y cultural de la civilización.

b) La segunda característica está representada por su condición de ser universal. Se trata de un fenómeno nuevo que abarca todas las esferas del quehacer humano: el comercio, las finanzas y la economía; el transporte, la ciencia y la tecnología; la salud, la informática y las telecomunicaciones; la economía, la política, la salud, la astronomía y la música, etc.

c) La siguiente característica es su condición de asimétrica. No obstante su condición de planetaria y universal, la globalización no tiene la misma significación según sea que lo que sucede, esté ocurriendo en cualquiera de los países que forman el Grupo de los 7; o en Rusia. O que más bien se esté produciendo en Tanzania, Nicaragua o Madagascar. Los filtros sociales y nacionales, en relación directa con la potencialidad económica, financiera, militar, cultural y tecnológica de cada sociedad, juegan aquí un papel para determinar los alcances y significados reales y concretos de cada fenómeno globalizador.

d) Esto guarda relación directa con el hecho de que la globalización se presenta, así, necesariamente diferenciada. Sus costos y efectos se distribuyen de manera diferente en las distintas zonas del planeta. Los descubrimientos e innovaciones no tienen así igual manifestación según se trate de países desarrollados o subdesarrollados; según se esté en la élite social, política y cultural dirigente de la nación, o en uno de sus estratos marginados o subalternos, etc. Hay, inevitablemente, una diferenciación que no puede ignorarse, aunque haya también una interconexión comunicante que no deja de operar e influir en todas partes

e) Asimismo, la globalización se nos presenta como desigual. Esto quiere decir que el poder e influencia de la globalización y sus mecanismos, en lo militar, lo económico, lo tecnológico y lo político, etc., se distribuyen desigualmente, en atención al nivel de desarrollo económico y poderío militar y cultural de cada participante en el proceso. Será, de este modo, distinto según se trate de Estados Unidos o Japón, de Cuba o Panamá; de Brasil y Argentina o de Nicaragua y Mozambique.

f) A las anteriores características debe agregarse aquella que expresa el hecho de que la globalización, tanto en su origen como en las diversas manifestaciones de su desarrollo y culminación, resulta ciertamente ser impredecible. Se ignoran, se puede decir que c ción nos aparece como devastadora. Se trata de un fenómeno socio-histórico que ha sacudido desde sus raíces los mecanismos de estructuración social y política prevalecientes a lo largo de todo el siglo XX. La modernización económica y el cambio social que la ha acompañado, tienden a separar a los pueblos de su identidad local tradicional; y debilitan, en general, al Estado como elemento de identidad común. Se quiebran así todos o casi todos los tradicionales referentes políticos, morales y sociales (tales como el Estado, la soberanía, las fronteras, el orden, la clase, las ideologías y los paradigmas de racionalización, así como las nociones discriminatorias entre amigo y enemigo, etc). La crisis de un lugar es rápidamente asimilada en otro sitio y hasta el delito y la enfermedad se internacionalizan y se globalizan, como lo demuestra el narcotráfico, el lavado de dólares y el SIDA.

i) Es natural que, en estas condiciones, otra de las características de la globalización sea el que es instintivamente regresiva. La pérdida que la acompaña de los referentes sociales tradicionales, a los que estaba habituado el ciudadano y las colectividades, hace a los pueblos retroceder, casi por instinto, a los referentes integrativos más primarios: la religión, la etnia, el neonacionalismo, ya sea éste de carácter religioso, cultural o étnico; y, en última instancia, a la fuerza, como mecanismos cohesionador y estructurador de un orden que se percibe en decadencia.

3) El contexto socio-político de la globalización.

Si bien la globalización como fenómeno histórico de alcance mundial tiene su propia dinámica, se produce en un contexto socio-político que facilita su desarrollo y, dialécticamente, es resultado de las profundas transformaciones científicas y tecnológicas que han hecho posible tanto la globalización como los cambios políticos y sociales de las dos últimas décadas. Estos cambios pueden verse separadamente, según sus alcances se refieran a un ámbito de alcance mundial o a uno regional.

Conviene, por ello, analizar tales cambios más detalladamente.

a) Los cambios mundiales: Entre estos destacan, obviamente, los siguientes:

En primer término, debemos señalar el fin de la guerra fría. No es necesario extenderse en este extremo, aunque sí es bueno recordar que este acontecimiento histórico-mundial no se produjo como resultado de la desaparición de la Unión Soviética, sino más bien como un complicado proceso de cambio en las relaciones internacionales y en la naturaleza del régimen político y social de la antigua URSS, a partir de la perestroika y la glasnost. Esto, por sí mismo, abrió un amplio espacio para una redefinición de las relaciones internacionales y la solución pacífica de los conflictos, lo que permitió superar los reflejos condicionados y los estereotipos de la etapa anterior. Y colocó sobre nuevas bases los enfoques sobre política exterior y relaciones políticas y estratégicas internacionales, superando las confrontaciones tradicionales y abriendo oportunidades a la colaboración y la flexibilidad en el tratamiento de los problemas.

En segundo lugar, está la disolución de la Unión Soviética, que marcó un acontecimiento sin precedentes en la historia mundial, tanto por la calidad, significación mundial y peso específico -en lo económico, cultural y militar- de la entidad que desaparecía, como por la velocidad e irreversibilidad del fenómeno en sí mismo. Más allá de las razones políticas, psicológicas y financieras concretas de lo ocurrido, se trató de un hecho de significación profunda en todo el planeta, que cambió radicalmente no sólo las percepciones políticas de cada quien, sino también las certezas y los referentes internacionales de los Estados y ciudadanos de todo el orbe.

Esto trajo, a su vez, otro cambio sustantivo de enorme importancia en la política mundial, que fue el fin de la bipolaridad. Al parecer, lo que seguía era un nuevo mundo, con una hegemonía bien definida, la de los Estados Unidos; o, a lo sumo, una hegemonía compartida con bloques, que permitirían rápidamente establecer un soñado nuevo orden internacional, bajo la égida del capitalismo, la paz y la democracia burguesa. Con todo, el fenómeno resultó ser mucho más complejo, dinámico y contradictorio, no sólo para quienes, como la URSS, abandonaban el escenario, sino para quienes se quedaban en él. Lo que siguió fue una especie de nuevo desorden internacional, que no termina de encontrar su nuevo punto de equilibrio y que requiere, para lograrlo, una nueva redefinición de alianzas, formas de colaboración, competencias y poderes a nivel mundial. De hecho, pues, se transitó de un mundo bipolar, de agudas contradicciones ideológicas propias de la guerra fría, a una recomposición múltiple de nuevos centros de poder político, comercial y económico, y a una relativa unipolaridad militar.

En este sentido, se produce un nuevo fenómeno, ya en desarrollo con anterioridad, consistente en la formación de bloques más bien de carácter político, comercial y económico, aunque no claramente aun militar. Hacen así su aparición, o se consolidan en las nuevas condiciones internacionales, la Unión Europea (UE), el Tratado de Libre Comercio de la América del Norte (TLC o NAFTA), o los organismos que buscan expresar la Comunidad de Naciones del Sudeste Asiático que integran la Cuenca del Pacífico, etc.

En abierta contradicción con esta tendencia, que podríamos considerar como principal, se encuentra el renacimiento de diversas formas de nacionalismos y fundamentalismos, muy ligados a cuestiones de tipo étnico y religioso, que han empezado a marcar el desarrollo de los fenómenos políticos internacionales en la actualidad. Sus versiones no pueden verse ubicadas únicamente en el mundo musulmán, sino que abarcan múltiples expresiones, entre las que ciertas versiones del indigenismo, el terrorismo y el sectarismo religioso no son de escasa significación. Lo interesante es que su presencia se da en el Canadá y los Estados Unidos; en Guatemala y Sri Lanka; en España y en el Sahara; en Yugoeslavia y Rusia; en China y la India, etc.

b) Los cambios regionales: Entre aquellos cambios que se han producido en la América Latina, incluyendo en primer término a la América Central, son de destacar los siguientes:

-Transición de la guerra a la paz. Esta transición marca la vida política de naciones que tuvieron que sufrir el desgaste y los costos de un enfrentamiento militar interno, como El Salvador, Nicaragua, Perú, en cierto modo Panamá, Argentina y Uruguay. La firma de acuerdos o el cambio de políticas estatales, permitieron el tránsito de una situación de guerra interna y violación de los derechos humanos, a otra de pacificación y de establecimiento de nuevas reglas democráticas del juego político. Esto, a su vez, permitió afrontar otras dimensiones de la problemática política.

-Transición a la democracia. Se presentan así las condiciones para afrontar las tareas de transición política de los regímenes autoritarios, de sustentación militar, a otros de carácter democrático. Teóricamente, se buscaba que la transición se orientara a la construcción de un sistema democrático representativo; pero la realidad mostró ser mucho más compleja y difícil, sobre todo por la ausencia de instituciones fuertes y bien consolidadas y dadas las difíciles condiciones socio-económicas en que hubo de darse el proceso, lo que ha originado, en algunos casos, la aparición de un sistema democrático pero de carácter delegativo.

-Transición a un nuevo modelo económico. Como si las tareas de la transición política no fueran suficientemente complejas en sí mismas, debieron combinarse con otro proceso de cambio profundo, referido al modelo económico imperante. Este, que había buscado el desarrollo hacia adentro, mediante la sustitución de importaciones, resultó limitado e inoperante, lo que obligó a cambiar la orientación y buscar, más bien, un modelo de desarrollo hacia afuera, de carácter neoexportador, más inclinado hacia el libre mercado, y mucho menos al mercado regulado e intervenido por la acción del Estado.

Fueron estos objetivos los que, junto con el problema de la deuda externa, su servicio y la inestabilidad inherente a procesos inflacionarios incontrolados, los que alimentaron, desde afuera, la adopción de los llamados Programas de Reajuste Estructural. Estos se convirtieron rápidamente en el eje de las políticas económicas de la región, pues fueron requisito indispensable para tener acceso a los empréstitos y facilidades brindadas por el sistema financiero internacional y los organismos correspondientes (Bando Mundial, BID, FMI, etc.)

-Transición a un nuevo modelo de Estado. Esto implicó una modificación sustantial del modelo de Estado imperante en la región. Se pasó así del Estado benefactor e intervencionista, muy en correspondencia con las orientaciones ideológicas populistas, socialdemócratas y desarrollistas, a un nuevo modelo de Estado facilitador y coordinador, que debía no sólo restringir las áreas de su servicio y función, sino desprenderse de importantes ramas de actividad, mediante acelerados programas de privatización. Se dió así inicio a diversos programas de Reforma del Estado, en la búsqueda de incrementar la eficiencia, la mejor utilización de los recursos escasos y ampliar el espacio para el desarrollo de la iniciativa privada y la inversión extranjera.

c) Efectos en el corto plazo:

Los cambios introducidos en los esquemas económicos y productivos de la región, han empezado a manifestar efectos positivos, aunque más sensibles en el mediano y largo plazo. Así, aunque para 1994, la CEPAL5 tuvo a bien señalar la existencia de nuevos indicios que mostraban la consolidación de un patrón de desempeño económico más dinámico en América Latina y el Caribe, el logro no está en absoluto consolidado. La tasa de crecimiento del PIB regional pasó de un promedio de 3.2% anual en el trienio 1991-1993 a 3.7% en 1994, incremento sólo igualado una vez en los últimos 14 años. El ingreso por habitante aumentó 1.9%. La inflación media, sin incluir al Brasil, descendió a 16%, la menor en varios decenios. Además, los países de América Latina y el Caribe siguieron atrayendo grandes volúmenes de capital extranjero, que en 1994 se acercaron a 57.000 millones de dólares y permitieron financiar el creciente déficit de cuenta corriente.

En 1995 los indicadores señalan que la inflación regional cayó a su más bajo nivel desde 1970 y que los ingresos por exportaciones rondaron un crecimiento del 20%. Sin embargo, en general, el crecimiento del PIB descendió del 4.5% al 0.5%. En términos del ingreso per capita éste tuvo una caída del 2%, que borró el incremento del 2% que se había logrado en 1994. El déficit de cuenta corriente de la región bajó de US$50 mil millones a US$35 mil millones al recortarse el crecimiento de las importaciones.

El alivio del peso de la deuda externa que trajo a la región el Plan Brady y los programas de privatización, sin embargo, parecen haberse agotado y hacen previsible para varios países el tener que enfrentar el peso del servicio de la deuda externa en los próximos años.

Si bien los cambios ya operados difícilmente podrían revertirse, el progreso hacia la plena realización del modelo buscado parece tender a disminuir sus ritmo y profundidad, por el incremento de las diversas resistencias que aparecen en su camino. Si bien el descenso en la inflación que la internacionalización ha visto desarrollarse, es una tendencia positiva, no se trata de algo consolidado ni mucho menos irreversible. Después del efecto tequila en México y el clima de poca confianza financiera, la estabilidad en los precios supone tasas de interés muy altas, que minan la inversión productiva y la disciplina fiscal.

En todo caso, sin perspectivas de éxito claras y definidas a mediano y largo plazo, en el corto plazo las consecuencias de los nuevos programas que se implementan en el contexto de la globalización y la internacionalización de nuestros mercados, sí resultan bastante evidentes, aunque no necesariamente permanentes ni necesariamente universales. Destacan, para efectos de este análisis, las siguientes:

-Aumento del desempleo. Diversos factores presentes en la economía regional, como los procesos de ajuste, la presencia de capitales volátiles, el aumento sostenido de la PEA y la lentitud en la creación de empleo en el sector privado, propiciaron el incremento del empleo informal y la elevación del desempleo abierto. En 1995 la tasa de desempleo aumentó en Argentina (18.6%), México (6.6%) y Costa Rica (4.3%). Chile y Brasil lograron un crecimiento económico con disminución de la tasa de desempleo. Según la OIT 84 de cada 100 nuevos puestos corresponden al sector informal, que ocupa el 57% de los ocupados en la región.

-Disminución de los salarios reales. Aunque la inflación cayó del 73% en 1994 al 18% en 1995, los salarios reales dejaron de crecer y se contrajo el salario industrial. Excepciones en la contracción de los salarios reales fueron: Brasil (2.9%), Chile (2.7%) y Colombia (1.6%). En el resto de los países las cifras fueron negativas, como en México (-13.3%), Bolivia y Uruguay (-4.5%), Perú (-3.1%), Argentina (- 2.6%) y Venezuela (-1.0%). La contracción de los salarios reales en el conjunto de la región fue de -2.4%. (Panorama Laboral pára América Latina y el Caribe, elaborado por la OIT. La Nación, 15 de abril de 1996).

-Aumento índices de pobreza. La implementación del modelo neoliberal ha sido realizado a través de una serie de políticas (como las de liberalización del comercio y tipos de cambio; de reforma fiscal y política antiinflacionaria; de reforma del mercado, tanto de mano de obra como de capitales; de inversión extranjera, etc.), que resultan no ser neutrales en cuanto a sus efectos sobre la pobreza y la distribución del ingreso. Mientras que algunos de los cambios políticos han tenido efectos positivos, otros han sido negativos. No es posible asumir que tales políticas no repercutirán en la equidad o que el efecto será necesariamente positivo. Debe tenerse muy presente que el contexto en que tales políticas se aplican, es uno donde la pobreza es muy alta y la distribución del ingreso muy desigual, lo que hace a la América Latina muy vulnerable a cualquier deterioro de la equidad, cualquiera sea la metodología finalmente empleada.6

Así en Chile, el país más exitoso en la realización de las reformas económicas, los resultados macroeconómicos son impresionantes: el crecimiento del Producto Interno Bruto fue de 8.3%, el más alto de la región; la inflación calló al 8.2%, la más baja en los últimos 35 años; sus exportaciones ascendieron 38% y hasta en el ámbito fiscal se ha anunciado un excedente equivalente al 2.6% del PIB, superior aun al 1.7% en 1994, al 1.9% en 1993, al 2.2% en 1992 y al 1.6% en 1991. Esta caída en el gasto del gobierno no se produjo como resultado de una disminución en gastos sociales sino por el crecimiento del PIB. El gasto social más bien ha tendido a crecer por la iniciativa gubernamental y política, llegando a representar el 70% -equivalente a unos US$8 mil millones, muy superior al 63.3% en 1994 y al 60.6% en 1990. Sin embargo, en lo referente a distribución del ingreso, según el reporte de 1995 del Banco Mundial, Chile es considerado como uno de los países con el nivel más desigual en la distribución del ingreso en América Latina. La distribución del ingreso fue colocada en un rango igual al de Sud Africa y muy lejos de los Tigres asiáticos con los que Chile acostumbra compararse. Según dicho reporte -objetado por razones metodológicas por el gobierno chileno del Presidente Frei-, el 20% de los sectores más pobres reciben el 3.3% del ingreso nacional, mientras que el 20% del más rico recibe el 60.4%. Esto coloca a Chile, comparativamente, por debajo de países como México (4.1% y 55.9%) y Venezuela (4.8% y 49.5%); y de países del sudeste asiático como Tailandia (6.1% y 50.7%) y Malasia (4.6% y 53.7%). El otro país que, con la puesta en marcha del llamado Plan Real del gobierno de Fernando Henrique Cardoso, ha podido empezar a superar la situación de estancamiento que la crisis política del gobierno de Collor no permitió afrontar consistentemente con anterioridad, es Brasil. Sin embargo, en este campo de la distribución de la riqueza la situación resulta peor que en Chile: según el estudio citado, corroborado por los realizados por el Instituto de Estudios Económicos del Ministerio de Economía (IPEA) y del Grupo de Estudios Económicos (DIEESE) que han señalado el efecto positivo en sentido contrario que se ha logrado con el control de la inflación y la introducción del Plan Real (que habría elevado en un 18.2% al 10% más bajo durante 1995, mientras que considerado ya no el 10% sino el 25% más bajo de la población, éste habría incrementado su ingreso en un 6.9%), en Brasil la relación es de 2.1% y 67.5%.

-Disminución de la inversión pública: Con el objeto de reducir los déficits fiscales, una de las fuentes principales para que se generen presiones inflacionarias, que no sólo elevan las tasas de interés sino que distraen los recursos privados de la inversión productiva, la tendencia se ha orientado a reducir los márgenes de inversión pública. Esto se ha traducido no sólo en el abandono de proyectos empresariales a cargo del Estado, sino también de áreas de inversión directamente ligadas con los servicios públicos. Las consecuencias de ello no se han hecho esperar, generando no sólo descontento popular, sino efectos secundarios inevitables.

-Deterioro de la calidad de los servicios públicos. Al problema tradicional de insuficiencia de los servicios públicos ya prestados por el Estado, se ha venido a sumar un notable deterioro en la calidad de los que se prestan. La contracción en la inversión pública ha impedido no sólo el desarrollo tecnológico y administrativo de los que se prestan, sino también su simple mantenimiento. Así, a la insuficiencia de la cobertura se suma el deterioro del servicio actual. Y sin perspectiva de modificación por la aguda limitación en la política de inversiones públicas.

-Incremento en el costo de los servicios. Simultáneamente, las necesidades de mantener el equilibrio fiscal no sólo en el gobierno central sino también en las entidades públicas que brindan servicios a la comunidad, se ha procedido dentro de los programas de ajuste estructural a incrementar el monto de las tarifas para adecuarlas a su verdadero valor. En consecuencia, la población se ve así colocada en la difícil situación de ver paralizada la cobertura del servicio de un lado; deteriorada su calidad, de otro; y, encima de todo, ante un incremento notable, y a sus ojos injustificado, del costo de los mismos.

-Disminución del gasto en programas sociales. Con la excepción de Chile, donde el elevado ingreso del gobierno -incremento de los precios del cobre- y el alto crecimiento del PIB sí lo han permitido, en el resto de la región la tendencia al equilibrio fiscal ha seguido la ruta del recorte en el gasto destinado a resolver los problemas sociales de la comunidad. Esto ha llegado a extremos tales, que han obligado a los organismos financieros internacionales a cambiar su política y exigir la consideración, por parte de los gobiernos, de los costos sociales de los programas de ajuste. Sin embargo, los resultados no han sido muy visibles a la fecha; haciendo que las tensiones sociales continúen acumulándose peligrosamente en las bases mismas de la estructura social.

-Cambio en las relaciones económicas exteriores. Según las cifras suministradas recientemente por el BID y el IRELA7, sugieren que los Estados Unidos se ha convertido en el país inversor dominante en América Latina, con Europa ocupando ahora un lejano segundo lugar. Inversionistas nortamericanos hicieron inversiones por USA$34 mil millones en el período 1990-1994, comparado con sólo USA$10 mil millones de los europeos. A fines de los 80s., Europa invirtió más que los Estados Unidos en la región. Se espera que, dada la competencia en mercado emergentes clave, la estrategia de la Unión Europea hacia la región, trata de recuperar el terreno perdido.

Por su parte, Japón y otros países asiáticos, han buscado fortalecer sus vínculos directos con América Latina, reafirmando un sentido de identidad común entre ambas emergentes regiones, así como reflejando un no oculto y creciente deseo de no descansar en la intermediación norteamericana para sus relaciones. Así lo demuestran las iniciativas diplomáticas y económicas de varios países asiáticos en América Latina, entre las que destacan las visitas a la región de Yoshimiro Sakamoto, Viceministro japonés de Comercio Internacional y comercio; de Mahathir Mohamad, Primer Ministro de Malasia; de Amnuay Virawan, Viceprimer Ministro de Tailandia; y de varios otros altos oficiales gubernamentales de China y Corea del Sur. Más recientemente, el Presidente del Brasil, Fernando Henrique Cardoso, visitó al Japón, en una gira que busca fortalecer las relaciones económicas bilaterales, debilitadas en los años 80s. por la inestabilidad política y financiera del país, así como por la atracción ejercida por México y su posible inserción en NAFTA.8

Hoy Japón es el cuarto mercado más grande de exportación para Brasil, alcanzando un 6% ($2.5 mil millones) del total de las exportaciones. Es también la quinta fuente más grande importaciones, que ascienden a un 5.6% del total ($1.98 mil millones). Las inversiones en Brasil totalizan en la actualidad $4.06 mil millones. Aunque América Latina es relativamente poco importante para Japón en términos de su comercio global, con la excepción de Brasil y Chile (con quien tiene un déficit substancial entre 216 mil millones de yens de importaciones, contra un monto de 93.6 mil millones de exportaciones); y que en términos de inversión extranjera directa en manufacturas y servicios, su participación en modesta, en relación a la de Estados Unidos, Euroopa y el resto de Asia, la inversión japonesa en América Latina ha venido creciendo rapidamente en los últimos años, casi doblando la suma invertida de USA$2.73 mil millones a USA$5.23 mil millones entre los años fiscales 1992 y 1994. Panamá es el recipiente individual más grande en la región, por un monto de USA$21.8 mil millones, en la inversión acumulada del Japón entre 1991 y 1994, seguida por las islas Caymán (9.3 mil millones) y Brasil (8.85 mil millones). México está de sexto (2.8 mil millones); mientras que Chile y Perú (con quien Japón tiene un déficit comercial de USA$13.7 mil millones) recibieron una suma modesta en el mencionado cuatrienio, por su orden, de USA$118 millones y USA4102 millones. Este renovado interés de Tokio en la región, hace predecible e inmediato un cambio en la orientación de las facilidades de financiación japonesas a través de la OECF (Overseas Economic Coooperation Fund), que en 1995 sólo destinó a Centro y Sur América, como un todo, el 5% de los préstamos otorgados por esa entidad, contra un 80% que estuvieron dirigidos a Asia, un 9.2% al Africa y un 5.3% al Medio Oriente. Ya esta tendencia se ha manifestado en las políticas de asistencia de la ODA (Official Development Assistance), en las cuales Japón contribuyó con un 17.6% del total de ayuda proveniente de la ODA recibida por América Latina en 1993, comparado con el 17.7% de los Estados Unidos y el 13.7% de Alemania, que junto con Japón constituyen los principales tres donadores del Fondo.

d) Efectos en el ciudadano. Tanto los procesos de globalización, como aquellos de ajuste estructural y reforma del Estado, han tendido a encontrar diversas manifestaciones entre los individuos que integran las comunidades nacionales, los cuales se ven golpeados por acontecimientos que no comprenden a cabalidad, que les resultan inexorables y sin control, y que son percibidos como determinantes para el futuro de sus vidas. Entre estos factores, destacan algunos que por su significación en el comportamiento social, y muy particularmente político, merecen ser mencionados especialmente. Son los siguientes:

- Hay un sentimiento oscuro y no racionalizado de temor. No se sabe qué es lo que le va a llegar a cada quien de tanto cambio. Los ciudadanos se preguntan constantemente: ¿Adónde va el mundo? ¿Qué va a pasar? Esto hace que ante la incertidumbre y el temor que le acompaña, la opción sea la de considerar la seguridad como un valor supremo. Hacen así su aparición, con gran éxito y despliegue, todo tipo de religiones y sectas, antiguas y modernas, a las que se pide el consuelo de la seguridad. Pero también aparecen los reclamos por un autoritatismo que, en las varias versiones que se ofrece, se justifica en la necesidad de recuperar una seguridad perdida, aunque el precio pueda ser la pérdida de libertad y de la reponsabilidad personal. Otros mecanismos encuentran también su razón de ser en este temor e inseguridad del cambiante mundo de hoy. Entre ellos destaca el recurso de la evasión, que obvia la responsabilidad de la elección y agudiza la búsqueda del alcohol, la droga e incluso la violencia, como medios útiles para evadir una realidad insoportable.

-Desarrollo de un sentimiento de desconfianza e incredulidad. Como el individuo en unos casos no conoce; o porque en otros conoce y sabe que lo que sucede no es factible para él controlarlo o dominarlo, su actitud es la de quien desconfía y no cree en nada ni en nadie. La incredulidad racionalizada pasa a ser cada vez más generalizada y, en materia política, tiende a debilitar la participación organizada de la población. Sin embargo, paradójicamente, este mismo ciudadano que no cree en nada de lo existente y declara su escepticismo fundado en la experiencia y en el acontecer diario, pasa fácilmente al otro extremo del espectro: cae en agudos momentos de credulidad y fe mística, ajenos a cualquier proceso racional. Así, se cree en los más extraños y absurdos milagros, en salvadores que matan (bastaría pensar en las sectas que han operado bajo iluminados como Koresh, Jones o en los campos suizos) y en los más ilusos planes y promesas redentoras, económicas, sociales, financieras y políticas. Hacen así su aparición día a día, nuevos mesías religiosos y recién llegados políticos, todos con sus milagrosos planes para alcanzar la salvación. Los jóvenes, ayudados por una maquinaria poderosa de publicidad, no se quedan atrás de los adultos y asumen el culto a los nuevos ídolos.

-El conocimiento se hace obsoleto y el individuo se siente desubicado. Como un resultadod directo de la velocidad de los cambios que han ocurrido en la ciencia, la técnica y la vida cotidiana del individuo, rápidamente el mercado laboral nos pone ante la disyuntiva de reconocer que lo que se sabía, luego de años de aprendizaje, esfuerzo y práctica, ya no sirve más. La obsolescencia del conocimiento no sólo se da con relación al pasado, sino al presente, que implacablemente exige la renovación para no perecer o quedar al margen del proceso productivo real. Esto hace que, en medio de la lucha por sobrevivir en esas precarias condiciones en que debe desarrollarse, el individuo medio tienda a aferrarse a aquello ya conocido y que más o menos permanece: la familia, la etnia, el poder local, la religión, la nación, etc.

-La inestabilidad pasa a ser una constante. Hay una correspondencia directa entre la percepción psicológica del individuo y la realidad social que lo circunda. Todo cambia a su alrededor y aceleradamente. Nada perdura; todo se destruye, modifica o se sustituye. Esto hace que se busque la estabilización personal por medio de muy diversos mecanismos, pero sobre todo por el desarrollo de intensos afanes de riqueza personal y búsqueda de prestigio social. Esto, sin embargo, debe ser de manera rápida y fulminante, porque no hay mucho tiempo. Esto facilita que no importe ni el precio ni el cómo. De ahí, una de las fuentes más facilitadoras de la corrupción y el negociado de las drogas.

-Se produce una agudización del individualismo y del aislamiento. En estas condiciones, esta consecuencia no es inesperada. Todo lo contrario. En ese contexto social de incertidumbre, búsqueda de la seguridad a toda costa y por medio de cualquier mecanismo, no hay tiempo ni espacio para el nosotros. Primero está el yo; y luego el sálvese quien pueda. Desaparece así cada vez más el nosotros. Esto se traduce en una seria dificultad de llevar adelante la movilización política con objetivos sociales. Más bien se tiende a convertir la acción política en un espectáculo electoral de cada cuatro años. Se agudiza la división entre campaña electoral y reivindación social. Aquella sirve, a lo sumo, como mera protesta, pero no como canal adecuado y viable para la inserción de las demandas sociales coherentes de la población. El lema de cada votante pasa a ser, con el consecuente debilitamiento del sistema: "Voto por el menos malo". El argumento de que"no hay otra salida" y "son los mismos pero no se puede hacer nada", se generaliza y contribuye a llenar el ambiente, con su fatalismo, de impotencia y frustración.

-Se emprende la búsqueda de nuevas solidaridades. Como los problemas sociales continúan y las reivindicaciones están a la orden del día con la gravedad de la situación socio-económica, se produce un intento de reactivación de los mecanismos de lucha social. Sin embargo, estos adquieren la particularidad de surgir pero por bolsones aislados: aquí pensionados; allá, maestros o indígenas. Más allá, desocupados o pobladores sin servicios. En otro lado, médicos, empleados públicos, o metalúrgicos, etc. Es notable, en estas condiciones, la ausencia de vasos comunicantes entre los diverdsos movimientos sociales, que permitan formar, si no un movimiento político reivindicativo popular, al menos una o varias corrientes poderosas de reivindicación social.

4) Efectos ideológicos y políticos en América Latina.

Este conjunto de elementos ha tenido importantes efectos en la región, desde el punto de vista político e ideológico. Veamos algunos de ellos.

a) Adopción de políticas públicas impopulares.

En primer término, la globalización y los requerimientos de reforma económica y estatal para poder insertarse de un modo positivo en el mercado mundial, han tenido que consagrar en la práctica una serie de políticas públicas altamente impopulares. La adopción forzada de Programas de Reajuste Estructural, con el consecuente cambio de modelo económico; la lucha contra el déficit fiscal y la inflación, con su énfasis en la disminución del empleo público y el abandono de programas sociales; así como los procesos de reforma del Estado, el cierre o fusión de ramas de la administración pública, y las privatizaciones, con el correspondiente despido de empleados, genera no sólo frustración y angustia en la población, sino una contradicción política entre la retórica electoral, de corte populista y demagógico, y la restrictiva práctica gubernamental. Este evidente contraste entre lo que se ofreció y se hizo por los grupos gobernantes, termina debilitando la credibilidad de la clase política dirigente en su conjunto. Y como si esto fuera poco por sí mismo, la frustración se ve agudizada al sumársele el agotamiento del modelo de spoil system imperante hasta ahora, dadas las limitaciones financieras y fiscales, tan utilizado para satisfacer las demandas de sus clientelas electorales. Parece, así, haberse llegado al fin del Estado como objeto del botín político, aunque esto más que por virtud de los políticos, por necesidad.

b) Erosión de la política partidaria.

Esta situación, como se ha dicho, ha conducido en América Latina a una seria erosión de la credibilidad ciudadana en los políticos, los partidos y las instituciones donde estos llevan adelante sus actividades. El mencionado divorcio entre las promesas de campaña y las acciones de gobierno, resultan palpables y evidentes. Incluso, son objeto de la burla constante de la población. En uno de los muros de Buenos Aires se leía un graffitti que decía lo siguiente: "Campañas electorales: Basta de realidades; queremos promesas."

Sin embargo, el problema no sólo se refiere al equipo que circunstancialmente ocupa el gobierno. La irresponsabilidad de la oposición resulta también notoria. De hecho, tiende a criticar lo que inevitablemente hará al llegar a ser gobierno. Las promesas populistas no se sostienen y obligan, luego de gestos e intentos vanos -en el mejor de los casos-, a adoptar precisamente aquellas políticas que se rechazaban rotundamente en la oposición. Venezuela hoy, ejemplifica lo que estoy señalando, pues ahí se proclamó un rechazo a cualquier reestructuración económica y finalmente se ha terminado aceptando las rectificaciones exigidas por el Fondo Monetario Internacional para brindar su apoyo a la crítica economía venezolana.

Políticamente, la situación que se presenta en la realidad, no pasa a de ser una u otra forma de simulación de posiciones políticas contrarias. En la realidad, lo que opera es el más claro y evidente oportunismo de los grupos dirigentes; el cual en la mayoría de los casos expresa, a su vez, un alto grado de desconcierto e incapacidad de diagnosticar y responder a las necesidades nacionales con una imaginación creadora. Bajo el pretexto del supuesto fin de las ideologías, al que volveremos luego, se cae en el más elemental practicismo, que se traduce en una política restringida única y exclusivamente al corto plazo.

Otro fenómeno importante, es la separación que se tiende a producir entre tecnocracia y políticos. En esta división resultan ganando los ministros (de corte tecnocrático) que generan confianza al inversionista y auguran una mejor estabilidad económica y financiera (piénsese en Domingo Cavallo, por ejemplo); y perdiendo los parlamentarios (políticos), sobre los cuales recaen todas las desconfianzas. Surgen así los zares de la economía, que rigen desde los Bancos Centrales y los Ministerios de Hacienda; y quienes negocian y resuelven los problemas más agudos de la nación en conciliábulos relativamente secretos -los Programas de Ajuste y las cartas de intención con el FMI sólo se conocen después de firmadas-, cuyo resultado es simplemente ratificado por el Parlamento sin posibilidad alguna de modificación. Obviamente, con ello resulta debilitado el Parlamento, una de las instituciones centrales de la democracia liberal: éste no conoce ni de los acuerdos con los grupos armados insurrectos, ni de los planes económicos más importantes en que se embarca la nación.

Es así que en medio de una incredulidad generalizada, hacen su aparición salvadores políticos que afirman en campaña ser portadores de auténticos planes salvadores. Estos usualmente se centran en importantes medidas de shock económico que, una de dos: si se frustran, por la capacidad de los diversos grupos sociales de oponer resistencias, originan una caída vertical de popularidad inmediata del recién electo. Y si tienen éxito, hacen al Presidente arremeter de inmediato contra instituciones de control y balance democrático (como el Parlamento, las Cortes Constitucionales, etc.),

que son presentadas como obstáculos para alcanzar una mayor eficiencia gubernamental. Se desarrolla así un nuevo cesarismo o bonapartismo político que hace que la transición sea no tanto a una democracia representativa como a una de tipo delegativo9, que sólo tiene de común con aquella, sobre todo, la realización periódica de elecciones.

c) Crisis de los Partidos Políticos.

Esto nos conduce, directamente, a una de las particularidades más generales de la política latinoamericana, que se suma a fenómenos que también están presentes en otras regiones del mundo, mostrando cómo hay una clara tendencia a la universalización de cierto tipo de acontecimientos. Me refiero a la crisis de los partidos políticos, agudizada después del inicio de las transiciones a la democracia en la región.

Varios rasgos caracterizan este proceso, que paso a analizar brevemente10.

En primer término, nos encontramos con un evidente retraso de las cúpulas partidarias, respecto a las nuevas condiciones concretas que se han venido desarrollando en todo el mundo. Corresponsables, en la mayoría de los casos, de la aguda crisis de la década del 80, en particular el acelerado e improductivo proceso de endeudamiento externo, se han mostrado incapaces por sí mismas de producir diagnósticos precisos y soluciones viables propias, que no sean mera aceptación de recomendaciones foráneas, usualmente hechas desde perspectivas fiscalistas y monetaristas. Es así, como ha hecho su aparición uno de los elementos caracterizadores de la actual crisis de los partidos políticos, sus organizaciones y dirigencias: la desactualización. Las cúpulas y dirigencias desconocen a profundidad la realidad contemporánea, nacional e internacional; se mueven en un esquema sobresimplificado y generalmente erróneo de los cambios operados en la época contemporánea. La tendencia es hacia un practicismo carente de principios y, a lo sumo, con simple preocupación electoral. Por ello mismo terminan moviéndose en estereotipos económicos y grandes vacíos político-ideológicos, que les impiden concebir y conducir proyectos nacionales alternativos a aquellos propuestos por los organismos financieros internacionales.

Incapaces de interpretar sus propias orientaciones ideológicas y políticas a la luz de los nuevos acontecimientos que tienen lugar en el planeta, las dirigencias partidarias se ven colocadas ante un proceso adicional, que marca profundamente su accionar político y constituye el siguiente elemento de la caracterización de su crisis: la desideologización. Es así como, al desideologizarse en nombre de un pragmatismo realista, las cúpulas partidarias tratan inútilmente de disimular su desactualización y oportunismo carente de principios. No han podido, tampoco, valorar adecuadamente el triunfo de la democracia, que no es lo mismo que el del capitalismo salvaje, puro y duro, del siglo XIX, ni el alcance, en cuanto diseño social y tarea pendiente, de la discusión con el neoliberalismo economicista y la necesaria reelaboración de una propuesta que le devuelva a la economía, explícitamente, su dimensión política.

Esta desideologización oportunista tiene una dimensión internacional, referida al tema de la crisis de las ideologías nacidas a partir de la segunda mitad del siglo pasado; pero tiene también otra interna, nacida de la desactualización, mediocridad y aventurerismo político de las dirigencias. Estas no parecen requerir de sí mismas ningún nivel ideológico, cultural o político, sino tan sólo la destreza en el manejo electorerista de los mecanismos intrapartidarios. El divorcio entre dirigentes electorales, que abundan, y dirigentes ideológico-políticos, que escasean, se hace notorio, diferenciando a las dirigencias actuales de las anteriores que inspiraron al partido, y que tenían, a diferencia de aquellas, una unión entre el liderazgo político, el electoral y el ideológico, ya fuera éste liberal, socialdemócrata, conservador, populista o democristiano.

Este divorcio tiene múltiples consecuencias políticas, una de las cuales es la de permitir en la práctica la figura del tránsfuga político, que sin renunciar al partido, o rompiendo con él, gobierna con esquemas económicos y orientaciones no sólo ajenos a sus promesas de campaña, sino en clara contradicción con los postulados programáticos originales de su organización.

Como el condicionamiento internacional se une a tareas de reforma que son relativamente comunes en todas partes, se crean las condiciones para la emergencia de consensos entre gobierno y oposición, convencidos ambos de que sólo existe una única ruta de política económica que seguir. Saben que quien esté en el gobierno se verá obligado, prácticamente, a hacer lo mismo. Las diferencias de programas se dan en los énfasis, el orden de las medidas o el modo de su aplicación; pero no en los contenidos. Lo cual conduce directamente a que cúpulas, dirigencias y partidos terminen, finalmente, pareciéndose tanto unos a otros, que se hace inevitable la aparición del otro elemento caracterizador de la crisis: el mimetismo político.

En el fondo, pues, hay una indiferenciación entre las formaciones partidarias nominalmente antagónicas, pues en el fondo resultan siendo lo mismo. La disputa, en muchos casos, no versa más sobre el fondo de la gestión gubernamental, que se define sustancialmente en negociaciones externas, sino sobre quién puede cumplimentarlas mejor.

En este contexto, las aspiraciones de la población tienden a quedar por fuera del debate político, no tanto porque objetivamente no pueden asumirse, sino porque implicarían un esfuerzo de conducción política que las mediocres cúpulas partidarias se muestran incapaces de tomar. Más concentradas en sus intereses inmediatos, incluyendo los privilegios que acompañan al ejercicio del poder, los partidos y cúpulas resultan perdiendo, salvo para efectos electorales, toda porosidad social. Literalmente devienen autistas. Surge así el siguiente elemento caracterizador de la crisis: la falta de porosidad social y el autismo político de las dirigencias. Este hecho origina una profundización de la fractura existente entre dirigencias, partidos y realidad social, que aparecen así desarticulados en direcciones no sólo distintas, sino frecuentemente contrapuestas. Las campañas electorales se tornan más y más en un problema de técnica publicitaria. La comunicación de ideas con la ciudadanía se interrumpe de manera permanente. A lo más que se llega es a la elaboración de slogans del tipo atrapatodo, en clara correspondencia con la nueva naturaleza que han tendido a adquirir los partidos políticos. Hay incomunicación. Todo lo cual agudiza en la ciudadanía su pérdida de credibilidad en partidos, cúpulas, instituciones, etc., combinándose con frecuencia con escándalos políticos de corrupción administrativa, que conducen rápidamente a un grave proceso de desencanto democrático.

Hay otros elementos más que caracterizan la crisis actual de los partidos políticos y sus cúpulas en la mayor parte de los países de la región. Me limito a enumerarlos brevemente: desarrollo de un internismo partidario, que traslada el eje de la preocupación política al control del propio partido y a la derrota de los adversarios de la propia formación política. Se agudiza, en un extremo, ya no sólo la separación entre cúpulas y ciudadanía, sino el divorcio entre gobierno y partido, entre el candidato y el electo, entre las promesas de campaña y los programas de gobierno, etc. En el otro extremo, la acción política práctica es la de buscar la aniquilación del co-partidario opositor; con lo que el internismo deviene, con harta frecuencia, en canibalismo electoral, que ya en campaña se hace extensivo sin solución de continuidad al rival del partido contrario. Esto hace que, al fin de cuentas, todos resulten contribuyendo, de un modo u otro y a todo lo largo del proceso, a deslegitimar a la clase política dirigente en su conjunto.

A esto se suma, además, el oportunismo institucional que supedita las instituciones del Estado a los intereses partidarios y personales de los integrantes de la cúpula. Esto coloca a gobiernos y cúpulas en el plano inclinado de la impunidad para evitar las sanciones a sus abusos, con lo cual la sociedad toda empieza a moverse en un ambiente en que la corrupción ya no es un fenómeno aislado, sino una constante de la vida pública nacional.

Es así como surge el otro elemento de la crisis, que es precisamente el fenómeno de la corrupción. Esta es tan grave en toda la región, que ha tenido que ser incluida como tema de agenda en la reunión de la OEA en su última reunión en Caracas, para tratar de establecerla como una causal de extradición. Debe recordarse, en este sentido, que un buen número de presidentes y vicepresidentes en América Latina se han visto envueltos en graves casos de corrupción y acusaciones, con nefastas consecuencias para sus mandatos políticos. Entre ellos deben incluirse los nombres de Fernando Collor de Melo en Brasil, Jaime Lusinchi y Carlos Andrés Pérez en Venezuela; Jaime Paz Zamora en Bolivia; y Alan García en el Perú. Ernesto Samper ve tambalearse su gobierno en Colombia y el Vicepresidente de Ecuador, Alberto Dahik se encuentra refugiado como asilado político en Costa Rica, acusado de malversación de fondos públicos y corrupción administrativa. La reputación de Carlos Salinas de Gortari se desplomó, costándole su candidatura a la OMC, y el encarcelamiento de su hermano Raúl, con cargos de corrupción, vínculos con el narcotráfico y hasta asesinato.

No es de extrañar, entonces, que toda esta pérdida de credibilidad ciudadana en partidos, cúpulas e instituciones tienda a traducirse en fenómenos políticos nuevos, aunque con claros antecedentes en la historia de la región. Es así como la crisis de los partidos parece estar abriendo el espacio en algunos países latinoamericanos, para la aparición de diversas formas de movimentismo político que psicológica, más que teóricamente, sería la alternativa a la crisis de las formaciones partidarias tradicionales. Favorece esta alternativa la aparición de tránsfugas políticos y recién llegados, entre los que cabría mencionar por más conocidos a figuras como Rafael Caldera de Venezuela, Sixto Durán-Ballén en Ecuador, Andrés Pastrana y Alvaro Gómez en Colombia, Jorge Serrano Elías en Guatemala, Ernesto Pérez Balladares en Panamá, Alberto Fujimori en Perú, etc.

Debe precisarse, sin embargo, que el desencanto democrático que acompaña al desprestigio de partidos y cúpulas, no se refiere a una pérdida de valor de la democracia en sí misma. Según muestran todas las encuestas que hemos realizado, el cansancio de la población se ubica en relación directa con el funcionamiento actual de partidos, cúpulas, dirigencias e instituciones públicas. Se quiere la democracia y la vida política: pero no tal y como éstas se da en la actualidad. Más suscintamente dicho, hay una crisis dentro de la democracia. No es una crisis de la democracia, en la cual la mayor parte de la población declara firmemente querer vivir.

6) Tareas pendientes de la consolidación democrática.

Todo esto nos conduce directamente a enunciar, al menos brevemente, las tareas actuales que deben llevarse a cabo en América Latina, para la construcción y consolidación de la democracia en toda la región:

a) En primer término, es necesario consolidar los esfuerzos que se han venido desarrollando para la organización y realización de elecciones periódicas, competitivas y limpias. Es este un factor que no puede ni subestimarse ni sobredimensionarse en su real significado. Es una condición necesaria para la consolidación democrática en la región, aunque no es en absoluto una condición suficiente, como parecen haberlo querido entender ciertas corrientes liberales.

b) En segundo lugar, es decisivo abordar los problemas del desarrollo institucional en toda la región. Deben superarse las notorias limitaciones que una herencia negativa nos ha dejado en este campo. No es posible construir una sociedad democrática moderna, con instituciones civiles fuertes y operantes, si tareas esenciales de la integración social-territorial del Estado continúan siendo cumplidas exclusivamente por las fuerzas armadas de la región; las cuales las asumieron ante el abandono tradicional que de ellas se había hecho, por élites sólo interesadas en facilitar todo lo relacionado con su conexión con el mercado mundial.

c) En tercer término, una de las tareas pendientes más importantes, por su papel político y social, es la realización de una auténtica reforma de la administración de justicia. El desarrollo de un poder judicial realmente independiente, permitirá crear un verdadero Estado de Derecho, donde la división de poder y los contrapesos institucionales garanticen la libertad y la democracia; y donde la impunidad no sea la moneda corriente que corroe el sistema social y político permanentemente.

d) Un cuarto elemento está constituido por la necesidad de lograr un verdadero fortalecimiento de los sistemas de opinión pública y los medios de comunicación. El control cruzado de la ciudadanía y una prensa libre e independiente, en sus diversas orientaciones ideológicas y políticas, aparece como un factor clave para contrapesar los poderes públicos, frenar los abusos, sentar responsabilidades y educar políticamente a la población.

e) Dado el papel tradicional que los militares han jugado en la vida política de la región, es preciso avanzar en la redefinición democrática de las relaciones civiles y militares. La retirada de estos a los cuarteles ha sido un paso importante, que requiere sin embargo el completarse de varios modos: desde el establecimiento de una nueva doctrina de seguridad de la nación y el ciudadano, que liquide los resabios de la vieja y antidemocrática doctrina de la seguridad nacional; hasta la adopción de políticas congruentes tanto en la formación doctrinaria y profesional del nuevo militar, como en el desarrollo de las instituciones civiles que asuman las funciones hoy llevadas a cabo por las Fuerzas Armadas.

f) Finalmente, como culminación y elemento concomitante de todos estos procesos, está la formación de una cultura política democrática, sustitutiva de la vieja cultura política autoritaria que, aun hoy, permea profundamente el pensamiento y la psicología de la región. Es esa una argamasa esencial sin la cual la consolidación del nuevo edificio democrático que se construye, no puede ser definitivamente alcanzada.

7) Perspectiva de las relaciones Rusia/América Latina.

Es en este contexto de globalización, transición y consolidación democrática en que se desenvuelve la América Latina, que debemos redefinir las relaciones de la región con Rusia y la Comunidad de Estados Independientes.

Es evidente que, en una situación de agudas tensiones y dificultades de reforma interna, tanto de Rusia como de América Latina, las perspectivas del comercio y las relaciones económicas internacionales tienden a centrarse en aquellas que puedan brindar un resultado más inmediato y directo.

Políticamente, interesan también las relaciones que contribuyan a fortalecer la democracia y la estabilidad social, y que presenten las mejores posibilidades de brindar consistencia y continuidad. Si hay dudas en estos aspectos, es posible que el interés se desplace a otras esferas y se oriente hacia mercados tradicionales ya conocidos.

Comparativamente, Rusia está en mejores condiciones ahora que antes para beneficiarse de los cambios que la globalización y el fin del viejo orden internacional y de la guerra fría han traído a la América Latina y al mundo.

Un estudio de las condiciones específicas de la situación anterior, cuando una pujanza en muchos órdenes hacían de la Unión

Soviética un actor internacional de primera línea, aunque con notorias limitaciones para incrementar realmente su comercio con la región11; y su comparación con las actuales circunstancias, muestra un amplio margen de oportunidades que no debiera ser desaprovechado por un inmediatismo cortoplacista y estrecho.12

Hay varios elementos que deben ser considerados para valorar las dimensiones positivas del cambio. Destacan los siguientes:

-Una homogenización de los sistemas políticos, en el sentido de haberse orientado sus respectivos regímenes a la democracia, tanto en Rusia como América Latina.

-Una reorientación del comercio, que ya no se limita a la esfera estatal, lo que restringía las iniciativas y sometía a vaivenes políticos las negociaciones, sino que abre espacio a la iniciativa privada, que permite crear una base de sustentación social más sólida, continua y consistente que la oficial y pública.

-Una participación normal de Rusia en los organismos reguladores del comercio y las finanzas internacionales (Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional, Organización Mundial del Comercio), de los que forma parte la América Latina; todo lo cual facilita y legitima las transacciones comerciales internacionales.

-Superación de los esquemas y condicionamientos heredados de la guerra fría, que permiten a Rusia aparecer como un actor responsable, capaz de comerciar y participar en las actividades económicas internacionales, sin asumir actitudes riesgosas propias de una entidad disociadora, oportunistamente beneficiada de la inestabilidad regional o carente de responsabilidades en los esfuerzos de consolidación democrática. El mejor ejemplo podría ser la participación rusa en la modernización de los arsenales de la región, actualmente liberados de restricciones en su renovación, por la decisión norteamericana de recuperar espacios cedidos a competidores europeos. Rusia podría ser un participante legítimo e importante, en la medida en que su intervención se ubique -y sólo ahí- en el contexto de consistencia y continuidad con los objetivos de democracia y estabilidad en la región.

Sin embargo, para lograrlo, debe dejarse de lado la búsqueda de resultados a corto plazo. Rusia y América Latina deben comprender que sus problemas inmediatos, que parecen absorberles todas sus energías, no debe hacerles perder la perspectiva; y que hay múltiples elementos que se combinan, para hacer que una visión de mediano y largo plazo sea el punto de despegue para iniciativas creadoras, mutuamente beneficiadoras, en el campo económico, comercial y cultural entre ambas regiones del mundo.


(*)(Texto de la ponencia presentada por el autor en la Conferencia "El Rol de las Fuerzas Armadas en la Protección de los Derechos Humanos", organizada por el Instituto Interamericano de Derechos Humanos y el Comando Sur del Ejército de los Estados Unidos. Miami 5-7 de febrero de 1996)

(**)Rodolfo Cerdas Cruz (n.1939) es Director del Programa de Educación en Derechos Humanos y Valores Democráticos para Fuerzas Armadas y de Policía del Instituto Interamericano de Derechos Humanos y de la Unión Europea. Obtuvo el Doctorado en Sociología en la Sorbona, París V. Es Catedrático de la Universidad de Costa Rica y fundador e investigador del CIAPA, un Centro de Investigación privado en Ciencias Sociales. Ha sido Visiting Fellow de Saint Antony's College de la Universidad de Oxford y Conferencista en las Universidades de Londres, Stanford, Miami, Warwick, Barcelona, etc. Diputado independiente a la Asamblea Legislativa en el período 1978-82, y miembro de la Comisión de Reformas al Servicio Exterior de Costa Rica en 1996. También ha sido Consultor de Naciones Unidas, el Banco Interamericano de Desarrollo, de la Comisión de la Comunidad Europea, del Centro de Asesoría y Promoción Electoral (CAPEL) y Analista Permanente para Oxford Analytica. Miembro del Consejo Internacional del Journal of Latin American Studies de Cambridge University Press. Autor de varios libros y multiplicidad de artículos en revistas especializadas.

(1)Cfr. Varas, Augusto "Las relaciones cívico-militares en un marco democrático", en Goodman, Louis W. et al. (comp.) "Los militares y la democracia. El futuro de las relaciones cívico-militares en América Latina", Peitho, 2a. ed. en castellano, Montevideo, 1992, pág. 269.

(2)Este problema está directamente ligado al de la condicionalidad cruzada en favor de la democracia, practicado por diversos organismos multinacionales, de gran importancia desde el punto de vista económico, financiero y político. Me he referido a esta cuestión crucial de la politica internacional contemporánea, especialmente en América Latina, en Cerdas, Rodolfo "Condicionalidad y Demoracia en Centroamérica. La promoción de la democracia desde el exterior", FLACSO, Cuaderno de Ciencias Sociales 89, San José, 1996.

(3)Organización de Estados Americanos, Washington, sesión plenaria del 9 de junio de 1995.

(4) Esta parece haber sido la concepción subyacente en las llamadas "4 D" del entonces Secretario de Estado James Baker, que incluían la Desmilitarización. Esta también es la tesis que, en términos generales, ha defendido la Fundación Arias para la Paz.

(5)Cfr. CEPAL "Balance preliminar de la economía de América Latina y el Caribe. 1994." Comercio Exterior, Vol.45, Nº2, México, Febrero 1995, pág.170 y ss.

(6)Para el debate metodológico sobre la medición de la pobreza, ver: Sen K. Amartya "Sobre conceptos y medidas de pobreza", pág.310 y ss. Banco Mundial (Documento): La medición de la pobreza", pág.323 y ss; Desai, Mghnad: "Bienestar y privatización vitales: propuesta para un índice de progreso social.", pág.327 y ss. CEPAL/PNUD: "Procedimientos para medir la pobreza en América Latina con el método de la línea de pobreza.", pág.340 y ss. Boltvinik, Julio "El método de medición integrada de la pobreza. Una propuesta para su desarrollo.", pág.354 y ss. Comercio Exterior, Vol.42, Nº4, México, abril 1992.

(7)Cfr. Oxford Analytica "Latin America Daily Brief. Executive Summary." March 27, 1996.

(8) Cfr. Oxford Analytica "Latin America Daily Brief", March 19, 1996.

(9)Cfr. O'Donnell, Guillermo "Delegative Democracy", Journal of Democracy, Vol. 5, Nº 1, January 1994, pág. 134 y ss.

(10)He hecho una caracterización detallada en mi libro "El desencanto democrático. Transición y crisis de partidos en Centroamérica y Panamá." Rei red editorial iberoamericana centroamérica, s.a., San José, 1993, pág. 157 y ss.

(11) Cfr. Fichet, Gérard "Tres decenios de relaciones entre América Latina y la Unión Soviética", Comercio Exterior, Vol. 31, Nº 2, febrero de 1981, México, pág. 160 y ss. Allí se señala cómo los cambios en la escena internacional y los factores políticos nacionales han permitido un desarrollo muy inferior de las relaciones y convertido su historia en una muy azarosa.

(12)Cfr. CEPAL "Panorama de las relaciones económicas entre América Latina y Rusia." Comercio Exterior, Vol. 45, No. 3, Marzo de 1995, México, pág. 251. Como allí se señala, por su importancia estratégica, la variedad de sus recursos y avance tecnológico en ciertas ramas, Rusia es una potencia mundial. El cultivo de sus relaciones económicas es una opción para diversificar los vínculos externos de América Latina, con posibilidades importantes para el intercambio y la inversión recíproca en el mediano y largo plazos.