Fecha/Date: 09/01/96
SUMARIO
1. Apertura
2. Antecedentes gnoseológicos
2.1. ¿ Crisis de paradigmas ? La involuntaria contribución de Kuhn a la
confusión.
2.2. La crisis de la epistemología.
2.3. La vieja competencia cognoscitiva: cultura, política, ciencia social.
2.4. El uso y consumo del conocimiento en la sociedad actual: teorias versus
modas intelectuales.
2.5. Las teorías sociológicas y su rango.
2.6. Principales causas de muerte de las teorías.
2.7. América Latina como extremo Occidente.
2.8. El nuevo escenario (sistema-mundo) en formación.
3. Teoría social en el Norte y en América Latina.
3.1. Periodización comparada de la sociología en el Norte y en América
Latina.
3.2. Caracteristicas de la sociología latinoamericana.
3.3. La crisis de paradigmas en el Norte y en América Latina: un análisis
comparado.
4. Perspectivas.
4.1. Las perspectivas más extremas: crisis terminal y ausencia de
crisis.
4.2. Perspectiva postmoderna: hubo crisis de paradigmas,
afortunadamente, porque estos ya no son
necesarios.
4.3. Perspectiva epistemológica: la crisis sólo se resuelve mediante un
cambio en la manera sociológica de
pensar.
4.5. Perspectiva kunhniana: hay un proceso de fermentación teórica que
establecería nuevos paradigmas.
4.6. ¿ Distintas perspectivas para las ciencias sociales del Norte y de
América Latina ?
1. APERTURA
Los tiempos de crisis del conocimiento siempre tienen un lado positivo. Ayudan a
recordar algo que tiende a olvidarse:
que la teoría es gris por definición.
Claro que cabría preguntarse qué tono azabache puede alcanzar la teoría, cuando
tampoco el árbol de la vida aparece
precisamente verde. Pero esto sería harina de otro costal. En realidad, un
costal más bien falso, porque en anteriores
ocasiones, cuando la realidad entraba en crisis, era la teoría quien florecía en
sofisticadas explicaciones.
El problema, en esta oportunidad, es que la realidad ha entrado en una crisis
policromática y la teoría - como en esa
puntuación del cine clásico - ha pasado a negro. O más precisamente, ha adoptado
ese color que resulta de fundir una
paleta completa: teóricos del intercambio, behavioristas, postestructuralistas,
teóricos críticos, neofuncionalistas,
fenomenologistas, interaccionistas simbólicos, marxistas, sistema-mundistas,
biosociólogos, etnometodologistas,
postpositivistas y un largo etcétera, si se hacen algunas combinaciones binarias
(por no exagerar), sólo parecen capaces
de dar microexplicaciones ramplonas o metadiscursos ya poco convincentes.
Con un nuevo condimento: ahora hay muchos que están felices con este aluvión.
Consideran que ya era hora de
denunciar el cretinismo de lo científico e instalarse comodamente en la
deconstrucción resultante. Ciertamente, tampoco
eso es algo nuevo. Pero quizás en esta ocasión las críticas culturales a la
ciencia social coinciden en el tiempo con su
desarticulación epistemológica. Y eso, aunque no fuera nuevo, sería de todos
modos significativo.
Ultimamente ya no resulta extraño ver cómo los cientistas sociales inician sus
textos advirtiendo que carecen
voluntariamente de ambición explicativa general, persecución de sentido, o
intención crítica ninguna. Naturalmente, otra
cosa es lo que acaben haciendo después, porque con esta declaración previa de fe
postmoderna pasa lo mismo que con
las conocidas advertencias de brevedad que preceden algunos discursos
interminables.
También es cierto que los hay excesivamente angustiados con la crisis y son
capaces de llegar a extremos increibles: ahí
esta la propuesta de Turner (T., 1989) de regimentar la adquisición de
conocimiento sociológico, estableciendo que las
asociaciones de sociologos sean las que determinen que temas hay que estudiar y
excluyendo a toda persona lega del
análisis social.
Mi tesis es de caracter intermedio: creo que la teoría social está en un periodo
de fermentación (Giddens, Turner y otros,
1987) y que mientras aclare el panorama - en cualquier sentido -nada mejor que
tomarse las cosas con calma. Esto no
quiere decir permanencer inactivos. En realidad, todo lo contrario: nunca fue
tan necesario la marcha hacia lo
desconocido y el intercambio para orientarse. Significa más bien que la
situación aconseja abandonar el cretinismo de lo
constituido, sin caer en el fundamentalismo deconstructivista.
Con esta idea conciliadora me aproximo a señalar un muestreo de los elementos
que considero útiles para tratar la
cuestión de la crisis de paradigmas en el Norte y en América Latina. Para ello,
creo que, primero, conviene abordar
algunos antecedentes gnoseológicos, al objeto de tener varias referencias que,
despues, faciliten la comparación del
desarrollo teórico en los centros y América Latina. Entre estos antecedentes
parece oportuno destacar: 1) el uso de la idea
de paradigmas en las ciencias sociales, 2) la crisis de la epistemológía y sus
efectos sobre las ciencias sociales, 3) la
importancia que adquiere hoy la (vieja) competencia cognoscitiva entre cultura,
política y teoría social, 4) la distinción
entre moda cultural y desarrollo de las ciencias sociales, 5) las teorías, sus
rangos y sus causas de muerte, 6) el
reconocimiento de si América Latina es o no parte de la cultura occidental
moderna, para saber si tiene sentido comparar
sus ciencias sociales con las del Norte, 7) si se acepta la idea de que hay
alguna relación entre teoría y realidad social,
indicar el nuevo escenario (sistema-mundo) en formación, en el que se situa la
actual crisis teórica.
Con estos antecedentes a la vista, se procede a comparar la teoría social y su
crisis, tanto en el Norte como en
Latinoamérica, a partir de algun tipo de periodización comparada del desarrollo
anterior de las ciencias sociales en
ambas latitudes. Advirtiendo, en primer lugar, que el análisis se centra sobre
todo en el desarrollo de la sociología (la
teoría sociológica) y, en segundo lugar, que se trata de mostrar el producto de
la disciplina y no tanto estudiar su
desarrollo institucional.
2. ANTECEDENTES GNOSEOLOGICOS
2.1. ¿ Crisis de paradigmas ? La involuntaria contribución de Kuhn a la
confusión.
Desde que Thomas S. Kuhn publicara su tesis (1962) acerca de la estructura de
las revoluciones científicas, los criterios
epistemológicos parecen pasar por un acuerdo o desacuerdo con su versión del
desarrollo de las ciencias. La idea de
ciencia normal referida a los periodos en que el conocimiento cientifico se
acumula progresivamente, en base a
consensos que se formulan como paradigmas, y la imagen de crisis teórica que
puede acabar provocando un cambio
revolucionario, del cual van a surgir nuevos consensos y una nueva fase de
ciencia normal, es casi un guión ineludible
para hablar hoy de problemas epistemológicos.
Más adelante se hará alguna referencia al debate sobre la visión kuhniana, al
hablar de la crisis de la epistemología, pero
lo que ahora interesa es relacionarla con el asunto que aquí preocupa: la crisis
teórica de las ciencias sociales. En este
sentido, puede establecerse una escala que va, desde aquellos que niegan la
utilidad de la visión de Kuhn para cualquier
clase de ciencia, los que la aceptan para las ciencias físicas pero no para las
sociales, hasta los que la admiten también
para estas últimas.
Las observaciones que se le han hecho a Kuhn acerca de la necesidad de
diferenciar los dos tipos de ciencias, se
multiplicaron despues del conocido prefacio a la segunda edición de su tesis
(1970), donde describe cómo su contacto
con las ciencias sociales le facilitó el acuñamiento del concepto de paradigma.
"Lo más importante es que (Kuhn, 1971, p.13), el pasar un año en una
comunidad compuesta principalmente de
científicos sociales, hizo que me enfrentara a problemas imprevistos sobre las
diferencias entre tales comunidades y las
de los científicos naturales entre quienes había recibido mi preparación.
Principalmente, me asombré ante el número y el
alcance de los desacuerdos patentes entre los científicos sociales, sobre la
naturaleza de problemas y métodos científicos
aceptados. Tanto la historia como mis conocimientos me hicieron dudar de que
quienes practicaban las ciencias
naturales poseyeran respuestas más firmes o permanentes para esas preguntas que
sus colegas de las ciencias sociales.
Sin embargo, hasta cierto punto, la práctica de la astronomía, de la física, de
la química o de la biología, no evoca,
normalmente, las controversias sobre fundamentos que, en la actualidad, parecen
a menudo endémicas, por ejemplo,
entre los psicólogos o los sociólogos. Al tratar de descrubrir el origen de esta
diferencia, llegué a reconocer el papel
desempeñado en la investigación científica por lo que desde entonces, llamo
paradigmas".
Y a continuación agrega una definición más a las veintidos que han podido
encontrarse en su texto original: "Considero a
estos (los paradigmas) como realizaciones científicas universalmente reconocidas
que, durante cierto tiempo,
proporcionan modelos de problemas y soluciones a una comunidad científica".
(Como se sabe, una de las causas
fundamentales de confusión en torno al uso del término, consiste en que Kuhn
aplicó el vocablo paradigma a un
consenso parcial de la actividad científica, lo mismo que al consenso general en
torno a un conjunto de paradigmas.
Posteriormente, en 1974, haciendose cargo de las críticas hechas en ese sentido
aceptó usar la voz paradigma sólo en el
primer sentido, y al conjunto de consensos-paradigmas compartidos por la
comunidad científica denominarle "matriz
disciplinaria". Sabiendo esto, y dado que lo que aquí importa es la definición
sistémica arriba mencionada, se va a usar la
idea de paradigmas -cuando se hable de crisis de paradigmas, por ejemplo- de
forma indistinta, tal y como lo hiciera
Kuhn en su tesis).
La cuestión consiste en que no está muy claro si lo que Kuhn llama paradigmas es
algo que existe en las ciencias físicas
pero no en las sociales. Todo parte de saber cuan amplio es ese "hasta cierto
punto" que usa para diferenciar la práctica
de las ciencias naturales del estado controversial endémico de las ciencias
sociales.
En realidad, podría decirse que la particularidad de las ciencias sociales
consiste mas bien en que aparecen consensos
hegemónicos (es decir, algo así como paradigmas relativos), pero nunca en un
contexto de ciencia normal. En las
ciencias físicas, los paradigmas estan firmemente asentados sobre un tiempo
normal de acumulación científica: son
consensos sólidos que permiten esa acumulación. Eso no existe en las ciencias
sociales. En ellas nunca hay ciencia
normal. Siempre existen desacuerdos fundamentales, como si se encontraran en
permanente revolución, en todo caso sin
posibilidad de normal acumulación.
En las ciencias sociales sólo existen paradigmas relativos, casi como primus
inter pares y no como consensos
generales. Aunque, eso sí, esa primacía pueda durar un cierto periodo. Sólo en
ese sentido, cuando aparece una
coyuntura en que incluso esa primacía se derrumba, es posible hablar de "crisis
de paradigmas" en las ciencias sociales.
No es necesdario hacer un recuento de las razones de esta ausencia de ciencia
normal: desde la imposibilidad de
objetividad cultural del cientista social, hasta el hecho de que el objeto de
estudio incluye al sujeto investigador. Un
objeto de estudio, la sociedad, sobre la que no es aplicable ninguna ciencia
aplicada, porque cualquier ingeniería social
nos acercaría al mundo de Orwell. Parece sensato pensar que las ciencias
sociales han de estar ancladas en el diagnóstico
y su problematización, dejando el tratamiento concreto de los problemas para la
acción política, al menos en el campo
concreto de la toma de decisiones.
Pues bien, desde mediados de los años setenta puede apreciarse una crisis de
paradigmas (siempre usando ese lenguaje
relativo) en todo el ámbito de la cultura occidental, tanto en sus centros como
en América latina, en el sentido de que ni
la orientación estructural-funcionalista, ni las que parten epistemologicamente
del conflicto, pueden producir
explicaciones que mantengan el mínimo consenso que generaron en el pasado.
Esa crisis podía intuirse cuando comenzó la década de los setenta, por razones
internas, como puso de manifiesto
Gouldner (G.,1970), en un trabajo cuyo mérito fundamental es la conclusión que
da lugar a su título ("La crisis que viene
en la sociología occidental"). Pero la crisis se hizo mucho mas patente, por
razones externas, cuando la depresión
económica de los setenta puso de manifiesto el inicio de un profundo cambio en
la realidad social, que exigía al menos
descripciones fundamentalmente nuevas.
2.2. La crisis de la epistemología.
Paralelamente, teniendo como referencia la ciencia en general -y no su
contribución mas o menos oscura a la
diferencición entre ciencias naturales y sociales-, la proposición de Kuhn fue
probablemente crucial para hacer saltar la
cuestión de si podía mantenerse o no la existencia de una forma de pensar
cientificamente, es decir, de si puede hablarse
de una teoría, lógica o filosofía de la ciencia, o más brevemente, si cabía la
existencia de una epistemología en sentido
pleno (y no simplemente de paradigmas científicos).
Cierto, la ruptura epistemológica ya había sido planteada por Bachelard (1934)
en los años treinta y cuarenta, pero el
peso de la posición epistemologista de la Escuela de Viena se mantenía aún a
comienzos de los años sesenta, cuando
saltó (1962) el debate entre Kuhn y Popper sobre si el desarrollo de la ciencia
seguía un curso lógico (epistemológico) o
no. El debate entre ambos fue desarrollandose hasta principios de los setenta y
ello había de afectar a las ciencias
sociales.
La fuerza de la tesis sobre las revoluciones científicas de Kuhn parecía
disolver la proposición popperiana de la lógica de
las ciencias, cuando nuevos epistemólogos, el más conocido Lakatos, entraron el
liza con Kuhn. Lakatos (1968) trata de
recomponer una metateoria de la ciencia, que, sin abandonar del todo la "lógica"
de Popper, la flexibilice y pueda
enfrentar el irracionalismo al
que supuestamente conduce Kunh. Así, la ciencia no sólo sería un curso de
ensayos y errores, sino también poseedora de
un núcleo lógico pero abierto, que se formula como programa de investigación. La
cuestión es que esa flexibilización
fragiliza profundamente la eficacia de cualquier epistemología para reconocer
cuando una teoría es válida o no lo es, o
dicho de otra forma, para distinguir cual teoría es mejor que otra,
especialmente cuando son excluyentes.
Es decir, a principios de los setenta, existe suficiente espacio para que se
proyecten posturas como la de Feyerabend
(1975), de rechazo generalizado a cualquier tipo de epistemologia, no sólo
porque afirme que ninguna epistemología ha
tenido éxito, sino porque sostiene que tampoco es una propuesta procedente.
Feyerabend lanzara el grito del ¡ Todo vale
! Y sobre ese pie se contruirá mas tarde la propuesta global postmoderna.
Para los fines de este recuento, lo que interesa -más que describir los meandros
del citado debate- es señalar que hacia
mediados de los años setenta, la crisis de la epistemología permite el siguiente
cuadro de posiciones: 1) los que sostienen
que la construcción teórica no necesita atenerse a ningún conjunto de reglas
metateóricas (epistemología), aunque no
todos ellos acepten la versión ecléctica del todovalismo (Chalmers,
1982); 2) los que aceptan la dificultad de
una epistemología general, pero creen en la utilidad de epistemologías parciales
(una para cada ciencia), aproximandose
de una u otra forma a la "matriz disciplinaria" de Kuhn; 3) los que sostienen
que son compatibles visiones sociologistas
de la ciencia con opciones epistemológicas abiertas, bien al estilo de programas
de investigación de Lakatos o bien en la
esperanza de afinar los instrumentos principales de la epistemología (la
historiografía de la ciencia y el avance de las
ciencias formales, desde la lógica hasta la teoría de conjuntos, pasando por la
de probabilidades, etc.).
Esta crisis de la epistemología general tendrá, ciertamente, un efecto sobre la
matriz positivista (o la "epistemología
sectorial") de las ciencias sociales. Si la seguridad del empirismo lógico es
puesta en cuestión en las ciencias naturales,
mucho más facilmente lo sería en las ciencias sociales. Así, a fines de los años
sesenta, se hundía la aspiración ortodoxa
de que las ciencias sociales se fundaran en las mismas bases epistemológicas de
una ciencia única, radicalmente opuesta
a los otros planos perceptivos (valores, artes). Este cambio epistemológico
operará tanto sobre el paradigma declinante
(el funcionalismo), como sobre la promesa paradigmatica en ascenso (teoría del
conflicto-marxismo). Dicho en breve,
realizará su contribución a la descomposición paradigmática que afectará a las
ciencias sociales en el cambio de la
década de los sesenta a los setenta.
En todo caso, es importante retener que ese impacto había tenido lugar en lo
fundamental, cuando luego se formula la
propuesta postmoderna como un conjunto más amplio de planos perceptivos (uno de
cuyos elementos es, desde luego,
esa crisis de la epistemología). Ahora bien, la propia fundamentación del
postmodernismo viene, en efecto, a continuar la
brecha abierta diez años antes por ese proceso de crisis epistemológica dentro
de las ciencias sociales.
2.3. La vieja competencia cognoscitiva: cultura, política, ciencia
social.
Ese proceso de crisis de la epistemología va a contribuir pronto al
resurgimiento de la vieja competencia cognoscitiva
entre distintos planos perceptivos. De esta forma, el efecto sobre las ciencias
sociales acabará siendo el de la crítica
procedente de otro ámbito del conocimiento (artístico-cultural), así como la
concomitancia con la crisis en el campo
valórico, manifiesta especialmente en el discurso político.
No se trata ciertamente de nada nuevo: desde el nacimiento de las ciencias
sociales se ha venido produciendo una
competencia de espacios entre las expresiones referidas a los tres ámbitos del
conocimiento: racional, moral y estético.
Así, de fines del XVIII a finales del XIX, la explicación de la realidad fue
pasando del campo de la literatura o la
filosofia, e incluso desde ciertos segmentos de la historia (es decir, desde lo
que se clasificaba comunmente, hasta la
primera mitad del XX, como "filosofía y letras"), al campo de las ciencias
sociales, entendidas estas como un tronco
cuatripartito (economía, antropología, sociología y ciencia política) cuyos
limites se difuminaban en relaciones
inconfesables con la historia, por un lado, y con la psicología, por el otro.
Este traspaso de competencias se hizo siempre en permenente tensión y provocó
pronto una fuerte reacción contraria.
Así, precisamente cuando, hacia fines del XIX, la afirmación cientifico-
positivista llegaba a su máxima expresión, tuvo
lugar una violenta respuesta desde el campo cultural, cuyo exponente más alto
fue la obra de Nietzsche, que vapuleó con
suficiente ironía el cretinismo teorico de la época.
Sin embargo, más allá de apariciones puntuales, el campo humanístico dejó el
lugar a las ciencias sociales en la
descripción de la realidad social practicamente durante todo el siglo XX.
Unicamente con la crisis mencionada, desde
principios de los setenta esta situación comenzó a ponerse en cuestión, no sólo
desde la discusión epistemológica o desde
la creación artística o intelectual, sino también desde la cultura de nuevos
actores sociales (movimientos). Es decir, tuvo
lugar un consenso extenso (desde supuestos filosóficos hasta, por ejemplo,
postulados feministas) en torno a que la
actividad del conocimiento necesitaba un reequilibrio en contra de la percepción
racional, y a favor de las otras dos vías:
la moral y la erótica-estética.
Este reequilibrio en los planos de la percepción en el mundo de lo social
(ciencias, valores y artes), por decirlo de una
forma tradicional y weberiana, significa la aceptación de que el conocimiento de
la realidad social (ver cuadro I) procede
no sólo de las ciencias sociales sino del pensamiento normativo y de la
producción cultural (cuyos núcleos de referencia,
en este contexto, serían la sociología, la ideología política valórica y el
discurso intelectual-cultural). En su forma más
aguda, esta aceptación puede significar la inexistencia de limites claros entre
los distintos planos perceptivos.
Por otra parte, puede afirmarse que la "crisis de paradigmas" de las ciencias
sociales, también vino precedida de una
crisis semejante de la ideología política, que se inició con la evidente crisis
de valores de fines de los años sesenta (la
fecha mítica es 1968). La dialéctica principal existente hasta ese momento era
la que enfrentaba el desarrollismo
mundial (a través del Estado de Bienestar) y la propuesta revolucionaria, de
corte igualitarista. Con la crisis subsiguiente
y desde fines de los setenta, la nueva dialéctica pasó a ser la existente entre
el regreso al darwinismo social, a través de la
teoría neoliberal (mucho menos progresista que su antecesora), y el refugio
defensista del mantenimiento del Estado de
Bienestar (o la recuperación de la democracia en la periferia).
No es exagerado afirmar que los años ochenta mostraron cómo la crisis
socioeconómica iba a ser claramente
acompañada por la crisis del núcleo duro de la ideología crítica, el marxismo.
Dicho de otra forma, la crisis de la
realidad social no vino a mostrar la superioridad del "paradigma" marxista
frente al desarrollista, sino más bien la
subordinación de ambos bajo la fuerza del diluvio neoliberal.
Esta crisis en el campo de los valores (ideológicos) tenía que afectar de alguna
forma a las ciencias sociales. Sin
embargo, no pueden establecerse simples correlaciones. De hecho, en las ciencias
sociales no tuvo lugar ningún
predominio teórico, que sustituyera los anteriores, sino más bien una explosión
de miniescuelas, o como en América
Latina, un retroceso al proyecto parcial y al eclecticismo rampante.
La suerte de las familias intelectuales que tenian parientes tanto en el campo
de las ideologías como en el de las ciencias
sociales, no fue la misma en cada ámbito. El caso más claro, el marxismo,
incluso expresado cómo materialismo
histórico, tuvo una muy distinta fortuna: como ideología -y especialmente en el
espacio de la ingeniería del cambio
social- declinó notablemente, primero por su incapacidad de señalar estrátregias
ante la crisis de la realidad social en los
setenta (Anderson, 1986), y despues como reacción refleja de la crisis del
sistema comunista mundial. Sin embargo, en el
campo de las ciencias sociales tuvo una caida paralela unicamente en el mundo
latino y sus centros, mientras en el
mundo nórdico y anglosajón experimentó un movimiento contrario, produciendo
durante los ochenta (y segunda mitad
de los setenta) obras de un nivel superior al de décadas anteriores.
Puede afirmarse que, como una conjunción de planos (filosóficos, valóricos,
culturales), se pone en cuestión el discurso
de las ciencias sociales, en el contexto de la crítica general de la cultura
moderna, o más bien, del impulso deconstructivo
de la modernidad, por parte de esa orientación general que se ha dado en llamar
postmoderna. Como en el pasado, el
objetivo central de la crítica ha sido la razón y sus expresiones mas patentes:
todo lo que suene a intento de describir
cientificamente una realidad (social). Cierto, se podrá argumentar que se está
dando por resuelto justo el problema que
hay que plantear: saber si es posible dotar de una propuesta postmoderna a la
perspectiva epistemológica de las ciencias
sociales. Pero es un hecho que la crítica postmoderna sí estaba dirigida contra
la supremacía racionalista de esas ciencias,
tal y como ellas trabajaban hasta el momento. El objetivo final de la crítica
era el metarelato, pero con éste también se
cuestionaba una forma prioritaria de conocer la realidad social, a favor de
otras descripciones, las artísticas, por
ejemplo.
Ciertamente, puede afirmarse que esa crítica ha venido a profundizar un rasgo ya
abierto previamente por la crisis de la
epistemología y la hermeneutica. Al menos así ha sucedido en la sociología de
los centros y principalmente en los
anglosajones. La tendencia hacia la visión parcialista no procede tanto del
influjo de la crítica postmoderna, como de un
proceso anterior: la crisis teórica y epistemológica y su consiguiente explosión
de miniescuelas con sus miniteorias
sociológicas propias. Por otra parte, las contribuciones mas amplias, han
continuado realizandose, partiendo o no de la
discusión epistemológica, pero tomando mucho menos en cuenta el fenómeno
postmoderno.
Otra cosa parece suceder con la teoría social en la periferia latinoamericana.
En este contexto, la crisis epistemológica
llega con menos intensidad y su relativización interpretativa opera cuando
cambia la década (sesenta a setenta) contra el
viejo paradigma positivista-desarrollista, facilitando en un principio el
ascenso de la alternativa paradigmática (tesis de la
dependencia). Posteriormente, cuando llegan los años ochenta, se vuelve a
plantear la crisis epistemólogica pero ya sólo
como preludio de la llegada de la propuesta postmoderna. Este encadenamiento,
sin embargo, parece sintonizar bien con
el abandono de la tensión teórica de buena parte de las ciencias sociales en
América Latina.
2.4. El uso y consumo del conocimiento en la sociedad actual: teorías versus
modas intelectuales.
La otra referencia de contexto que tiene la actual coyuntura teórica se refiere
al uso y consumo del conocimiento
generado por las ciencias sociales en la sociedad contemporánea. La cuestión es
saber cómo opera el proceso de
desarrollo científico, necesario para que al menos la primacía paradigmática
(del primus inter pares) se establezca, en la
época de las comunicaciones electrónicas, donde se asienta el dictado
macluhaniano de que el medio es el mensaje.
Los estudios realizados en torno al uso del conocimiento sociológico (Brunner,
1989) muestran que éste tiene mayor
impacto no precisamente como base directa para la ingeniería social (como podría
esperarse), sino como fuente para la
formación del ideario político y cultural de la sociedad que se trate.
En efecto, segun estudios referidos al uso de la investigación social en el
campo de la formulación de políticas (Weiss,
1986 y 1980), la cadena directa que lleva a la investigación a hacerse ciencia
aplicada y a aplicarse efectivamente, cómo
regularmente sucede en las ciencias físicas, tiene mucho menos lugar en las
ciencias sociales. Incluso tampoco tiene
tanto relieve (la investigación social) como generalmente se piensa, como fase
preliminar del proceso de toma de
decisiones. Tiene algún uso como resultado de interacciones indirectas, o como
fórmula para argumentar a
priori o a posteriori una decisión política cuyas motivaciones estan
relacionadas con otros factores.
Los estudios mencionados muestran que, en realidad, el uso mas frecuente de la
investigación social se refiere a la
absorción de ciertas ideas y determinados conceptos creados por ella, por parte
de los grupos que tienen que adoptar
decisiones y políticas. Es decir, de influir de manera indirecta en el ideario
general de las élites sociales.
Esto nos lleva directamente a la necesidad de estudiar el escenario del consumo
de ideas en la sociedad tecnológica
actual. La trama formada por los medios de comunicación de masas es la
plataforma principal donde se instala ese
ideario en escena. Si algo distingue a la sociedad de masas es precisamente
esta forma de consumir conocimiento. Ya
no se trata de un conjunto de ideas que constituyen parte fundamental de la
hegemonía ideológica, que cambian
lentamente y van asociadas fundamentalmente a la creación del pensamiento
político, como sucedía en las sociedades
burguesas tradicionales.
En la sociedad de masas actual, los medios de comunicación compiten no sólo por
emitir rapidamente la mejor
información periodística, o por ofrecer los mejores programas de
entretenimiento, sino también por liderar la producción
del "ideario en escena". Es decir, el establecimiento de un conjunto de ideas
sugestivas que explican momentaneamente
de forma parcial o total la realidad social, y que van a durar poco tiempo en el
candelero, ante la novedad y la
agresividad de otro grupo de ideas. Esta es la forma de consumir conocimiento
en la sociedad de comunicación
electrónica.
Ciertamente, se trata de un proceso en el que la absorción del conocimiento
tiene que simplificar drasticamente cualquier
teoría, y, dado que la novedad es tan importante como la consistencia, el
escenario está listo para absorver ideas
interesantes de cualquier fuente posible: hoy puede ser la economía la
principal abastecedora, pero mañana podría ser la
medicina. Esto no significa que el escenario cambie de tramoya cada noche, sino
que regularmente hay un núcleo de
ideas que mantiene su predominio durante meses y aun algún año, constituyendo
lo que puede denominarse como
"moda intelectual-cultural".
Esta moda intelectual será consumida por un público semiculto que, regularmente,
no tiene tiempo para comprobar si
esas ideas
en escena tienen o no asidero en una teoría social consolidada. Ese público
tiene formas de evaluar la moda intelectual, a
través de su contraste con otras tradiciones culturales, su propia práctica
social, etc. Pero ese proceso no es lo que ahora
interesa, sino más bien el polo contrario: saber cómo se relaciona la teoría
social con la moda intelectual.
Si se examina la experiencia de estos últimos veinte años parecen evidenciarse
dos fenómenos. Por un lado, el impacto
de la moda intelectual sobre la teoría social parece en general reducida: la
construcción de la teoría social en las pasadas
dos décadas ha seguido sus impulsos internos, dejándose obsesionar más bien por
los cambios en la realidad social, que
por las sucesivas modas intelectuales. Un caso significativo es el de las
ciencias sociales en Inglaterra durante los años
ochenta.
Por otra parte, los cientistas sociales no han accedido regularmente a
simplificar sus mensajes para tener más impacto en
el escenario comunicativo. Ahora bien, cuando un grupo intelectual ha decidido
hacerlo sí se ha producido un efecto de
sintonía. El caso más conocido fue el de los "nuevos filósofos" franceses, que
efectivamente consiguieron mantenerse
como moda intelectual en su país durante unos tres años, sin que ese impacto
comunicacional tuviera nada que ver con la
importancia del grupo en el desarrollo de las ciencias humanas francesas.
En suma, con la autonomización relativa de la estructura comunicacional
contemporánea, se ha creado un escenario de
ideas (donde se forja la moda intelectual), que es necesario distinguir del
desarrollo de las ciencias sociales en tanto tales.
Estas pueden ser fuente frecuente de ese consumo intelectual (e incluso ser ese
su mayor uso), pero tienen su propio
ritmo de creación, tendencialmente más largo que el de las modas intelectuales,
y responden a sus propias motivaciones.
No se trata de negar la atracción que pueda ejercer para un cientista social o
para un grupo de estos, el que una moda
intelectual se establezca a partir de una teoría suya, pero es necesario
subrayar que teoría social y moda intelectual son
dos cosas distintas, y que su relación, generalmente más débil de lo que se
piensa, necesita ser sopesada en cada ocasión.
Lo cual significa, en todo caso, que la lectura de una serie de modas
intelectuales, siempre mucho más a la vista, no
necesariamente permite reconocer el estado de la teoría social en su conjunto o
de alguna de sus principales escuelas.
2.5. Las teorías sociológicas y su rango.
Esta simple compilación de referencias no parece el lugar apropiado para hacer
un profundo sondeo etimológico del
término "teoría" en la actividad científica en general y de las ciencias
sociales en particular. Para dar una idea de lo lejos
que nos llevaría eso, podría mencionarse la definición que se hace de teoría en
un reciente glosario de terminología
cientificio-social: "Una teoría, así pues, puede formularse integramente en
términos de un lenguaje de primer orden (L),
que contiene como sublenguajes a (Lo) y a (Lt) cuando menos, y que lleva
asociado un cálculo (K), que permite el
establecimiento de relaciones operativas" (Alberto Hidalgo, 1991).
Lo que sí puede resultar util en este contexto es tomar en cuenta la tendencia
de las últimas décadas a considerar las
teorías no sólo como lo fueron tradicionalmente, esto es, sistemas de axiomas,
teoremas e hipótesis capaces de explicar y
predecir experimentalmente determinados fenómenos, sino considerando que también
son doctrinas, sistemas de
convicciones y creencias. Si esto ha sido planteado para las ciencias físicas,
con mucha más razón puede decirse para las
ciencias sociales.
En el caso de la teoría sociológica se tiende a utilizar el plural (teorías),
para advertir de la posibilidad de hablar de
distintos niveles en la construcción teórica. Un primer nivel corresponde a las
teorías de la totalidad de la realidad social.
Inmediatamente conviene diferenciar de este grupo a lo que se ha dado en llamar
metateorías (Turner, 1989), es decir al
esfuerzo por establecer leyes originales, esenciales o atemporales del
comportamiento humano (¿ por qué se asocian los
seres humanos ?, por ejemplo). Tales perspectivas no pertenecen con propiedad al
campo de la sociología, sino más bien
al de la antropología o la filosofía social, y resultan practicamente inútiles
en el ámbito de la teoría sociológica.
De forma tácita o explícita, la sociología se ha constituido con una tensión
presentista, referida a la sociedad
contemporanea (moderna en todo caso) y usa tiempos o espacios distintos con el
sólo interés comparativo. O bien
examina con métodos sociológicos sociedades de otras épocas, pero entonces lo
hace explicitamente, y recibe la
denominación de sociohistoria. Esto no significa que la sociología no pueda
contribuir a mostrar reglas temporales o
histórico-contemporaneas, de un determinado sistema social o económico, pero
haciendolo siempre como insumo y no
tanto como sustitución de la filosofía de la historia.
Es necesario advertir que la voz metateoría es empleada también por otros
autores para referirse a la matriz
epistemológica de una teoría cualquiera, algo más allá -o más acá- de la propia
constitución de teorías, que es lo que aquí
interesa. (También se utiliza, como lo hace la propuesta postmoderna, cuyo uso o
el de su sinónimo, metarelato, se hace
para referirse de forma general a las reflexiones de los clásicos, es decir, a
lo que más adelante será indicado aquí como
teorías de primer nivel).
Así pues, el nivel más panexplicativo de la sociedad moderna no se refiere aquí
al esfuerzo metateórico (ni temático ni
epistemológico) sino a la explicación global de esa realidad social, tal y como
lo hicieron Durkeheim, Weber, Marx,
Parsons o Habermas. Construcciones teóricas que han contribuido y contribuyen a
formar métodos, visiones, categorías,
con las que examinar dichas sociedades modernas. sería un primer nivel de la
teoría sociológica.
Un segundo nivel estaría formado por las teorías que se refieren a la
descripción y/o el desarrollo de áreas parciales,
temáticas o geográficas, de la realidad social en las sociedades modernas. Con
frecuencia, se trata de teorías que dan base
a las diferentes "sociologías": sociología del trabajo, de la cultura, de las
instituciones, etc.; o también sociología del
altiplano boliviano, sociología del área andina, etc. Ciertamente, este tipo de
teorías tiene una tensión permanente con las
del primer nivel, pero lo que las califica como teorías regionales es
precisamente su mantenimiento en este segundo nivel
y su dificultad para convertirse en teorías panexplicativas.
Un tercer nivel de teorías sociológicas estaría referido a los aspectos más
puntuales y/o coyunturales de la realidad social,
en general, conocidos como "estudios de caso". Es decir, análisis de ciertos
aspectos de las mencionadas sociologías, o
de localidades reducidas, o bién de acontecimientos sucedidos en recorridos de
tiempo muy breves.
Este sencillo señalamiento de niveles teóricos necesita, sin embargo, de una
observación complementaria. En la
explicación, la jerarquía de niveles guarda relación con la dimensión del objeto
estudiado, pero es necesario advertir que
no depende sólo de esta. Dicho de otra forma, se manifiesta cada vez más una
tendencia a dividir entre lo que se da en
llamar "macrosociología" (cuya teoría sería lo que aquí se ha diferenciado en
niveles) y lo que se conoce como
"microsociología", cuyo nucleo central sería lo que se conoce como sociologia
grupal. La importancia y consistencia
estructural de una teoría generada en el campo de la microsociología, no tiene
forzosamente que ser menor que otra
generada en el ámbito macrosociológico. No obstante, esta observación también
necesita ser matizada. En primer lugar,
porque, a menos que se esté de acuerdo con la idea de que toda lectura macro
puede inducirse desde lo micro, las teorías
de primer nivel, panexplicativas, tienen entidad diferenciada en sí mismas. En
segundo lugar, porque las teorías referidas
al análisis grupal presentan una competencia disciplinaria entre la sociología y
la sicología (microsociología versus
sicología social).
En todo caso, a la vista de esta descripción de los rangos de la teoría
sociológica, cabe preguntarse por la ubicación de los
esfuerzos teóricos que se realizan desde América latina. Ello, entre otras
razones, porque se ha coincidido bastante en
que la sociología latinoamericana se caracteriza por carecer de teorías de
primer nivel. Sobre esto regresaremos más
adelante, pero lo que aquí interesa es señalar la existencia del obstaculo
objetivo que presenta la construcción de
macroteorías desde la periferia.
Por decirlo brevemente, un esfuerzo teórico realizado desde la realidad social
del Norte (Durkeim, Weber, Parsons, etc.)
puede convertirse facilmente en una obra clásica, cuyas categorías, por una vía
u por otra, acaben teniendo un uso
tendencialmente universal. Por el contrario, un esfuerzo teórico hecho desde la
realidad latinoamericana, podrá llegar a
impactar la visión que desde el Norte se tiene de América Latina, pero
dificilmente aportará criterios de uso universal
que se conviertan en herramientas para examinar las sociedades del Norte. De
hecho, para ello habría que pensar
directamente en el sistema-mundo también desde las sociedades del Norte, y lo
cierto es que esa reflexión no ha sido
hecha por los autores latinoamericanos, a excepción de quienes se instalan en el
hemisferio Norte (Laclau, por citar un
ejemplo contemporaneo). Los sociologos que trabajan en América latina se han
centrado en tratar de explicar la realidad
del subcontinente, algo enteramente válido, pero que les precondiciona a la hora
de construir teorías de nivel universal.
Ciertamente, los nuevos adversarios de los metarelatos dirían que así los
analistas latinoamericanos tienen,
afortunadamente, menos posibilidades de cometer ese error. (Lo que no les
impedirá probablemente mantener en un
lugar preferente de su biblioteca a los denostados clásicos, dispuestos para ser
usados en el momento oportuno).
Ahora bien, es importante subrayar que en América Latina sí se ha producido ese
segundo nivel de teorías. Por ejemplo,
la tesis de la dependencia logró conformar un paradigma regional, cuya rápida
extensión fue pronto cortada a fines de los
setenta, por razones que explican en buena medida la propia crisis teórica
actual.
2.6. Principales causas de muerte de las teorías.
No es necesario compartir toda la visión kuhniana del desarrollo de las
ciencias, para poder utilizar como punto de
partida su idea de cómo se produce la crisis de las teorías científicas. Casi de
una forma simplemente narrativa, puede
señalarse que dicha crisis aparece en las ciencias naturales cuando algún
fenómeno físico desafía un consenso científico
establecido. Si esa zona de anomalía es amplia pronto se verá afectado el
paradigma general -matriz disciplinaria- y
aparecerá la incertidumbre. (Importa advertir que aquí se va a hablar de la
salud tanto de ese paradigma general, como de
las teorías en sus distintos niveles, pero sin preocuparse por la de las
metateorías temáticas o epistemológicas. Más aun,
sin preocuparse por si las teorías podrían pertenecer o no a una epistemología
general, en el caso de que ella
existiera).
Así pues, la manera regular de como se produce la muerte de una teoría en las
ciencias naturales, tanto en un proceso de
ciencia normal, como una coyuntura de crisis general, se refiere a que la
naturaleza muestra que puede ser percibida de
otra forma (se supone que más profunda) que a través de la teoría previamente
existente. Dicho en breve, la causa normal
de muerte de una teoría es la referida a la posibilidad de avanzar en el
conocimiento del objeto cognoscible.
Ahora bien, esta muerte por causas naturales no suele ser precisamente pacífica.
Como se sabe, el fallo de la teoría
precedente no resulta evidente para el conjunto de la comunidad científica de
forma rápida y general. Lo que
regularmente sucede es que se provocan fuertes resistencias a admitir esa
posibilidad, originandose así el conocido curso
de críticas y contracríticas. Pero si así es como sucede en las ciencias
naturales, en el caso de las sociales el debate crece
exponencialmente. Los cientistas sociales muestran en estas situaciones el
conjunto de valores que laten en su interior, y,
por lo general, el debate sobre las teorías previas se diferencia muy poco de
cualquier dabate político.
De todas formas, en las ciencias sociales las cosas son mucho más agitadas:
algo lógico si se piensa en lo que se dijo
acerca de que carecen de vida normal. Además de morir por causas naturales, las
teorías sociales pueden perecer por
varias otras causas. Sin embargo, mayor agitación no signigfica obligadamente
mayor mortalidad. En realidad, debido
precisamente a que las ciencias naturales poseen vida normal, cuando una teoría
es sustituida por otra, aquella está
condenada a perecer efectivamente en un plazo relativamente breve. En la
historia de la ciencias sociales eso sucede
mucho menos (apenas sucedió realmente con el organicismo), sino que lo que tiene
lugar es una lenta declinación
relativa, para tener una existencia de menor relavancia. Es decir, más que
muerte definitiva, lo que ha sucedido con
teorías que se establecieron como paradigmas (quizás el caso más claro ha sido
el del funcionalismo) es que perdieron
esa capacidad paradigmática. Así, en las ciencias sociales, mas que causas de
mortalidad cabría hablar de causas de
morbilidad.
Una de las más frecuentes, que establece una primera diferencia con las ciencias
naturales, se refiere al cambio radical
del propio objeto de análisis: la realidad social. Cierto, esto también puede
suceder en las ciencias naturales, pero las
mutaciones sustantivas de la naturaleza son mucho menos frecuentes y mucho mas
lentas, de tal forma que puede
afirmarse que la casi totalidad de los cambios teóricos que se han producido en
las ciencias físicas estan referidos al
mejoramiento del conocimiento y no a cambios drásticos en la naturaleza.
En las ciencias sociales, en cambio, la amenaza de que la teoría presente un
envejecimiento prematuro en razón del
cambio de la realidad social, es algo que ha perseguido a practicamente toda su
construcción teorica, del marxismo al
funcionalismo. Y ello puede afectar tanto a las teorías de primer nivel como a
las restantes, si bien es más fácil que un
estudio de caso pierda abruptamente su validez, que otro sobre un conjunto de
sociedades del hemisferio Norte.
Otra posibilidad de fragilización de las teorías sociales, puede presentarse por
reacción de la propia realidad social, en el
sentido de producir la destrucción de la comunidad científica. Esta fué una
posibilidad que ciertamente se presentó en el
origen de las ciencias físicas: hoy se sabe que muchos científicos perecieron
por plantear teorías contrarias al orden
socio-religioso establecido, pero todavía no se sabe cuantos otros se llevaron
su creación a la tumba. En algunas regiones
del globo, este fenómeno sucedió con las ciencias sociales. Es bien conocido el
caso de España, donde despues de la
victoria franquista en la guerra civil se planteó un autentico vacio en esta
disciplina por más de veinte años. También el
de la Alemania nazi o el de la Unión Sovietica de Stalin. Aunque en la mayoria
de los casos lo que sucedió fue que otras
regiones del globo pudieron beneficiarse de estas diásporas, principalmente el
continente americano (Medina Echevarria
fue quizás el ejemplo más evidente en el ámbito latinoamericano).
Además de estos situaciones radicales (destrucción de la comunidad científica)
se plantean grados menores de reacción
de la realidad social. Lo que importa destacar es que se ha estudiado poco
cuales son los efectos que para los cientistas
sociales tiene un contexto de destrucción del Estado de derecho. Algo que sí es
relevante para el contexto
latinoamericano. Cabe preguntarse que consecuencias puede tener para la
reflexión teórica, quedarse "pensando a partir
de la derrota" (Lechner, 1988). Pero no parece improbable que esta perspectiva
induzca a introducir cambios en la trama
teórica previa, más alla de la calidad interpretativa de ésta.
Otra causa de morbilidad de una determinada teoría social puede proceder del
contagio. Es decir, de la comunicación de
la crisis de ciertas teórias desde otras áreas del conocimiento: la filosofía y
la ideología política, las más peligrosas. Por
poner un ejemplo, algo de esto sucedió con la teoría social en Francia, luego de
la caida del marxismo occidental latino.
En el caso latinoamericano, la crisis en estas áreas del conocimiento se
entrelazó bien con la crisis de la realidad social, y
esa crisis combinada operó, sin duda, sobre el desarrollo posterior de la teoría
sociológica en la región.
También cabe preguntarse sobre si puede ser causa de muerte de una teoría social
su enterramiento bajo determinada
moda intelectual. Lo que conduce a una pregunta más general: saber si puede
suceder que una teoría que explique la
realidad social sea abandonada, no porque haya dejado de explicarla, sino por un
conjunto de factores internos y
externos, y sin que ello sea producto de su sustitución por otra teoría mejor
(porque eso, obviamente, sería un caso de
muerte natural). Dicho en términos drakuleanos: saber si una teoría puede ser
sepultada viva. Desde luego, en ciencias
sociales esta es una hipótesis dificil pero no imposible, si bien en un grado
menor de gravedad.
Accidentalmente, lo que ha solido ocurrir en la historia de la sociología es que
una determinada teoría operaritiva ha
parecido desaparecer por un tiempo, para reaparecer despues, bien bajo la misma
forma que en el pasado o bien con
leves modificaciones. Eso sucedió con la teoría marxista en varias
oportunidades: con el nacimiento del siglo XX, a
mediados del mismo y, de nuevo, desde principios de la década de los años
setenta. En cada oportunidad, despues de
parecer obsoleta durante un tiempo en el cuadro de las ciencias sociales, volvió
a ocupar un espacio importante en ellas.
(Ahora, segun Alexander, 1987, habría regresado como un pensamiento clásico más,
sin la capacidad paradigmática del
pasado).
El ejemplo del marxismo también es bueno para señalar otro riesgo de deterioro
de una teoría social: su asociación con la
voluntad propositiva con que fué planteada, o simplemente con su uso político.
Podría argumentarse que, a menos que
quiera confundirse capacidad de diagnóstico con versión propositiva o uso
ideológico, las teorías sociales deberian
evaluarse fundamentalmente por su consistencia explicativa. Sin embargo, una
comunidad científica puede poner en
cuestión una teoría social -y lo ha hecho- por las razones antedichas. Y eso no
sólo ha sucedido con el marxismo.
Gouldner en 1970 mostró como algo similar sucedió con el funcionalismo
norteamericano a partir del uso que hizo el
sector público de esa teoría desde la postguerra a fines de los sesenta.
Ciertamente, las observaciones hechas sobre las causas de riesgo de una teoría
social estan referidas, en general, a las que
anteriormente se denominaron de primer nivel. En el caso de las teorías de rango
regional, existen también riesgos
adicionales. Una teoría que explique adecuadamente una porción de la realidad
puede ser abandonda por un comunidad
científica, simplemente porque ese aspecto de la realidad no sea ya el que
parece relevante para pensar esa realidad
social. Si a ello se asocia una moda intelectual -procedente o no del Norte-
contraria a la referida teoría regional, las
posibilidades de que esa teoría válida sea enterrada viva son considerables.
2.7. América Latina como Extremo Occidente.
Otro antecedente necesario a la hora de comparar la crisis teórica del Norte con
la de América Latina, especialmente en
un tiempo en que el factor cultural es tan subrayado por varias corrientes
sociológicas, es reconocer en qué medida la
cultura latinoamericana forma parte del universo cultural occidental.
Existe un consenso creciente acerca de que las sociedades latinoamericanas
actuales (en buena medida, desde la II
Guerra Mundial) representan, al decir de Rourquier, el Extremo Occidente. Dicho
de otra forma, frente a quienes basan
la identidad latinoamericana en el rechazo a la modernidad, o a quienes subrayan
la fatal diferencia con el Norte, se
afirma la percepción de que América Latina es parte de la modernidad, más allá
de su particular forma de serlo.
En otra oportunidad he discutido (Gomáriz, 1991) la versión presentista
(Brunner, 1991) de esta percepción (AL sólo
sería moderna desde la II postguerra). Si se usan ciertos parámetros de
recepción de la cultura moderna (analfabetismo,
zona de residencia, etc.), toda una subregión (Cono Sur) y algún otro país
habrían tenido esa cultura moderna cuando
comenzó el presente siglo, es decir, cincuenta años antes de la postguerra. Pero
creo que existe suficiente evidencia de
que hubo en América Latina algún tipo de cultura moderna previa a la sociedad de
masas conformada en buena parte de
la región a partir de 1950.
Esa cultura moderna-tradicional se caracterizó por afirmar la modernidad y la
modernización en un contexto donde los
elementos protomodernos (modernos ad ovo) y premodernos
continuaban presentes. Pero esa
cultura resultó la base sobre la que se desarrollaron las naciones
latinoamericanas desde su independencia, tanto por sus
contenidos racionales y morales (muchas veces implícitos) como por sus sistemas
de transmisión masivos (producción
escrita, radio, televisión). Esa cultura se extendió de las ciudades hacia el
campo a través de instrumentos
modernizadores, como los ejércitos independentistas y republicanos, la enseñanza
pública, etc., y en general mediante la
modernización económica y política.
Esto es, si se conviene en que la modernidad es un proceso con varias etapas y
se acepta la idea (Bergman, 1988) de que
en Europa pueden identificarse tres fases generales (del quatrocentto a
fines del XVIII, de las Luces al último
cambio de siglo, desde principios del XX), ese criterio de proceso mostraría en
América dos fases: la referida al siglo
XIX hasta principios del XX (modernidad-decimonónica-tradicional), y la que hace
a la formación y desarrollo de la
sociedad de masas (que tiene un calendario diferente según paises y subregiones
de América Latina).
América Latina se independizó como extremo-occidente de un sistema cultural
mundial, entre otras razones, porque no
mantuvo una cultura milenaria para enfrentarla a la modernidad occidental, como
sucedió con Asia o el Mundo Arabe, ni
era un conjunto de culturas tribales cuando esa modernidad llegó, como pasó con
el Africa Negra. Con esa preparación
previa que fue la construcción durante tres siglos del mestizaje, lo que aquí
tuvo lugar fue una acentuada
particularización de esa modernidad.
La característica de esa modernidad periférica ha sido la heterogeneidad
cultural, no sólo en cuanto al solapamiento de
culturas, sino -con la sociedad de masas- al uso segmentado de los mensajes
procedentes de la aceleración de la
intercomunicación mundial. La cultura latinoamericana es pues un segmento
específico y particular, cuyas raices
mestizas se funden en el contexto de su naturaleza (hoy violentamente herida),
de una modernidad mundial que nunca
fue homogenea. En ese plano, las ideas culturales de Macondo y el énfasis de la
diferencia con el Norte, no pueden
negar la modernidad, pero sirven para valorizar las particularidades de la
modernidad latinoamericana.
En todo caso, esta heterogeneidad moderna no puede identificarse con el fenómeno
cultural de la postmodernidad, tal y
como ésta se manifiesta en los centros mundiales: crítica global a la
modernidad (en el sentido de su agotamiento) e
instalación en la deconstrucción de esa modernidad, en los distintos planos de
la cultura (artística, política, etc.).
Resulta un poco forzado convertir la heterogeneidad que caracteriza esta
modernidad periférica, en una postmodernidad
precoz (incluso si fuera inconsciente). Tanto si se examina el asunto desde la
producción del discurso postmoderno (por
parte de las élites culturales), como desde la práctica social postmoderna
(desde el desencanto, a la instalación en la
parcialidad y el descompromiso), no me parece posible confirmar esa
conversión.
En el plano del discurso intelectual, su producción ha estado fundamentalmente
preocupada por las tensiones entre
modernización y modernidad (que sigue siendo, desde luego, un punto central de
la agenda latinoamericana). En la
producción artística, tanto los continentes como los contenidos, han seguido y/o
mantenido la modernidad. En el plano
más mundializado, la literatura, la propuesta de lo mágico-real no es en
absoluto equivalente al "todo vale"; porque si en
lo mágico (moderno) por definición todo puede valer, el "todo vale" postmoderno
no está referido a lo mágico.
Finalmente, la producción de masas más de punta, el melodrama televisivo,
muestra formas y narraciones atravesadas
fundamentalmente por la tensión moderna.
En el nivel de la práctica social sí es posible encontrar desde muy antiguo un
desencanto de la modernidad periférica...
inmediatamente antes o después de una fase de goce apasionado de la misma. Se
trata de una actitud moderna
notablemente ciclotímica, referida también por una vía u otra, a los momentos
tensionales entre la lógica de la
modernización y la propuesta valórica de la modernidad, con su resultado de
pobreza y crisis. Pero tal desencanto
procede más de una exasperación social respecto de esas tensiones que de un
abandono de la modernidad (Brunner,
1991). Las encuestas sobre cultura política, por ejemplo, parecen mostrar un
desencanto, al mismo tiempo que la
esperanza de alcanzar algún tipo de comunidad (Lechner, 1990 a).
En este sentido, la posición latinoamericana puede ser ilustrada mediante el
ejemplo de la cultura alternativa.
Desafortunadamente existe la idea de que la deconstrucción del discurso de la
modernidad es un patrimonio de la
propuesta postmoderna, cuando en realidad fue original de la cultura de los
movimientos alternativos (los más visibles,
ecologistas, pacifistas y feministas). Lo que separa a ambas propuestas es su
reacción posterior: mientras la idea
postmoderna se instala en esa deconstrucción como algo propio de los tiempos, la
propuesta alternativa plantea cambiar
las lógicas de la modernización y desarrollar la propuesta valórica de la
modernidad.
América Latina tiene argumentos anticoloniales para realizar esa crítica al
discurso de la modernidad. Pero para poder
instalarse en la deconstrucción, necesita aceptar, por ejemplo, la pobreza y la
explotación como algo válido, tan válido
como su misma ausencia. Dicho de otra forma, como los alternativos, los
latinoamericanos parecen condenados a operar
sobre la modernización y transformar los contenidos de la modernidad. Eso no
quiere decir que la propuesta
postmoderna no pueda afectar distinos ámbitos de la cultura latinoamericana,
especialmente los artísticos, como ya está
pasando con la "plástica" audiovisual en algunas capitales importantes.
En conclusión, la posibilidad de comparar la crisis teórica de las ciencias
sociales en el Norte y en América Latina, no
parece enfrentar barreras insalvables si se parte de la idea de que América
Latina es un segmento particular de la
modernidad occidental. De hecho, las propuestas culturales generadas en
cualquier parte de ese sistema mundo pueden
cruzarse -como en el caso de la postmoderna- con las propias motivaciones
internas y externas de la teoría social
latinoamericana.
2.8. El nuevo escenario (sistema-mundo) en formación.
Finalmente, un elemento que no podría faltar en este recuento de antecedentes
gnoseológicos es el referido a la existencia
de ese consenso general sobre la idea de que alguna relación hay entre teoria y
realidad social. Consenso que desaparece
cuando se trata de graduar cuan presa está la teoría respecto de los cambios que
suceden en la realidad social: desde
quienes llevan al campo de las formaciones sociales la vieja tesis de que el ser
determina la conciencia, hasta quienes
enfatizan la asincronía entre creación de ideas y procesos sociales.
En cualquier caso, sin necesidad de establecer obligaciones causales, es
necesario subrayar que la crisis de paradigmas
está coincidiendo con un cambio profundo en la realidad social. Lo que empezó
como una depresión económica -puesta
de manifiesto en la primera mitad de los setenta y supuestamente coyuntural- ha
acabado siendo una profunda
transformación de la forma de producir y vivir, cuya trama apenas se reconoce.
Lo que hoy ya nadie duda que hay un
nuevo modelo en formación del mundo y sus diferentes partes.
Desde América Latina esta percepción se ha formado con más lentitud. Primero,
porque la crisis mundial no tuvo sus
expresiones mas fuertes sino en la década siguiente, los ochenta, cuando sacudió
al subcontinente hasta hacerle pensar
que había perdido los diez años. En segundo lugar, porque en buena parte de la
región la tensión estuvo referida a la
imperiosa necesidad de recuperar: recuperarse de la crisis, recuperar la
democracia, recuperar la paz. La única
idea un tanto más alla de esta ansiedad era la de "incorporarse al tren de las
transformaciones", "ubicarse en el nuevo
contexto en formación".
Pocos dudan hoy en América Latina de que, en todo caso, se trataría de tomar un
tren que ya está en marcha. Y que para
lograrlo habría que observar intensamente de donde es posible agarrarse.
Probablemente, aunque estén un tanto
desacostumbradas, a las ciencias sociales latinoamericanas no les va a quedar
mas remedio que pensar mucho más en el
sistema-mundo.
Sin tratar de ofrecer un cuadro de algo que apenas es un boceto, tampoco es
cierto que no puedan identificarse algunos
rasgos de este nuevo modelo en formación. Cinco cambios compondrian el siguiente
memorandum:
1) El salto tecnológico en vías:
Probablemente en América Latina estén percibiendose con menor intensidad los
procesos en curso. Sin embargo, en los
centros tecnológicos mundiales ya se hacen evidentes algunas líneas: a) la
tecnología energética (reactores de fusión,
fotobiología, etc.); b) la robótica general; c) la reunión de la comunicación y
la computación (C2); d) la tecnología
biológica; e) la integración de las lineas anteriores en la minería marina y la
carrera espacial. Este salto tecnológico va a
ser el motor del cambio en la forma de producir y consumir, donde ya se
vislumbran nuevas oportunidades y
amenazas.
2) Cambios económicos en profundidad:
Sólo por razones comunicacionales se sigue teniendo una visión de la crisis
económica de caracter coyunturalista. Una
simple mirada al final del pasado siglo debería servir de referencia para ver su
dimensión estructural, de onda larga,
ligada al salto tecnológico antes mencionado. Los fuertes cambios tienen doble
sentido: vertical y horizontal. Es evidente
que hay un proceso de "acumulación primitiva" en curso, que significa
concentración ascendente, reorientación y desde
luego, mantenimiento de bajos recursos en amplios sectores de la población
mundial. Por el otro lado, una movilidad
horizontal acentuada del capital financiero, al tiempo que una globalización de
conjuntos económicos. Este proceso lleva
ya practicamente dos décadas y no tiene porque durar menos de otras dos.
3) Crisis ecológica de mediano impacto:
No hay necesidad de hacer una larga lista de ejemplos del deterioro de la
naturaleza (desde la liquidación de especies, el
ritmo de desertización, el deterioro de la biósfera y el suelo marino) o de
estudiar las reacciones contra la propia especie
humana (relación estadística del cancer con polución o nuevas tecnologías
alimenticias), para mostrar el deterioro en
curso. La discusión se desarrolla en torno al límite que alcanzará el shock
ecológico. También en este asunto el abanico
está abierto: desde quienes realizan proyecciones que señalan horizontes
apocalípticos, hasta quienes declaran en tono
optimista que la revolución tecnológica absorverá el choque por completo. En
todo caso, cada vez son menos los que
consideran que se moderaran los parámetros de consumo (energético, mineral) de
una población cuyo ritmo de
crecimiento sólo desciende lentamente, a tiempo para impedir la crisis ecológica
que se avecina. Puede que el salto
tecnológico la condicione, pero sin necesidad de ser catastrofistas, todo indica
que al menos el susto de comienzos del
XXI no podrá ser evitado.
4) Cambios en la estructura del poder mundial:
La caida de la URSS como un antagonista antisistémico es quizas el efecto más
visible del nuevo mapa de poder
internacional. Y esto tiene lugar cuando se pone claramente de manifiesto la
desagregación del bloque de factores que
determinan la hegemonía mundial: el factor militar se diferencia progresivamente
del factor económico. En este último
plano, la competencia con limites hace pensar en un mundo multipolar. La
posibilidad de encontrar alguna fórmula de
suave gobierno mundial (tal vez a partir de Naciones Unidas) sigue estando sobre
la mesa. Un gobierno donde no dejaria
de haber Presidentes, Vicepresidentes y simples Ministros. Sin embargo, mientras
el plano militar continue teniendo
relevancia, el Nuevo Orden Internacional tendrá acento norteamericano.
5) Cambio cultural-civilizatorio:
El impacto deconstructivista de la cultura moderna, guarda relación con un
sentimiento generalizado en cuanto a que está
teniendo lugar un agotamiento apreciable de las expresiones artísticas
conocidas, sin que sean sustituidas por otras
nuevas. Otra cosa es que haya aumentado el consumo de las artes conocidas, de
caracter repetitivo. No nos encontramos
precisamente ante un nuevo quatrocentto, cuando la técnica y el arte se
aceleraban juntos. Puede que esta
nueva época esté preñada de algún impulso expresivo, pero todavia resulta
bastante invisible. Por otra parte, nada parece
evitar un cambio drástico en el ámbito privado de los ciudadanos del planeta.
Puede que por algún tiempo se mantenga la
tentativa de pensar la transformación ya inevitable de los papeles sexuales como
un asunto que sólo importa a las
mujeres. Pero este abandono de la prehistoria femenina va a afectar al conjunto
de la población, produciendo cambios en
la forma de producir y consumir, determinando el narco social que surga de este
cambio epocal.
Y ante estos cinco rasgos del cambio estructural cabe preguntarse acerca del
lugar donde queda América Latina.
En primer lugar, hay que subrayar que la caracteristica que marca este nuevo
escenario es doble: 1) por un lado, América
Latina no ha participado en su génesis (es ese sentido sí que ha perdido la
pasada década), y 2) que penetra mucho mas
imparablemente que los anteriores en los segmentos de la periferia. Todas las
tentativas de poner barreras a las nuevas
lógicas de modernización que llegan desde fuera, han fracasado estrepitosamente.
Es evidente que mientras el
subcontinente no supere la linea de flotación (o llene el casillero vacio del
cruce equidad-capacidad técnica), la apertura
de las economias significará la introducción del darwinismo social en los países
latinoamericanos. Pero el drama consiste
en que esa apartura parece el único camino para tratar de llenar el casillero
vacio.
¿ Contradicción irresoluble ? ¿ O más bien se trata de un nuevo proceso de
dependendencia, en el que los paises centrales
van a retardar cuanto puedan la trasferencia tecnológica, pero no dejarán que
América Latina se hunda, porque continuan
necesitandola como mercado ?
Quizas este no sea el cambio de escenario mas adecuado para que se le acompañe
con una espectacular crisis de
paradigmas, pero es importante señalar que agudiza la necesidad de establecer
conclusiones para interpretar la realidad,
al tiempo que su fuerte ritmo contribuye de una forma u otra a la confusión.
3. TEORIA SOCIAL EN EL NORTE Y EN AMERICA LATINA PRIVATE
3.1. Periodización comparada de la sociología en el Norte y en América
Latina.
Si se acepta la idea de usar la sociología como elemento de referencia de las
ciencias sociales, parece lógico buscar
antecedentes de la crisis teórica en su historia previa. Acerca de ello, sobre
el caso latinoamericano, se ha escrito ya
alguna literatura (Poviña, 1941 y 1957; Bastide, 1957; Germani, 1964;
Graciarena, 1975; Solari y otros, 1976; Sotelo,
1979; Brunner, 1988; Sonntag, 1988 y 1989; Bobes, 1990). En tales relatos suelen
ser frecuentes las referencia aisladas
al desarrollo de la sociología en el Norte, y, sin embargo, brilla por su
ausencia una verdadera historia comparada de las
sociologías de ambas latitudes. (La compilación de Gurvitch, en la que participa
Bastide, no hace ningun estudio
comparado).
Ciertamente, éste no es el espacio para tratar de hacer ningun relato histórico,
pero todo indica que si, para tener alguna
idea de ese desarrollo previo, conviniera realizar un esfuerzo de periodización
simplificada, en tal caso, su verdadera
utilidad procedería de hacerla en esa forma comparada (entre el Norte y América
Latina).
Al objeto de forzar esa comparación, puede elegirse como eje de la misma el
factor tiempo y, desde esa perspectiva
principalmente crónica, ir mostrando las fases por las que pasan la sociologia
en el Norte y la que tiene lugar en América
Latina. (Véase al respecto el Cuadro II).
Primera etapa: Fundadores en el Norte, pioneros en América Latina.
Resulta ya una idea casi recurrente, señalar que durante el trascurso del siglo
XIX (o más precisamente desde el último
cuarto del siglo XVIII al correspondiente del XIX) tiene lugar el nacimiento y
consolidación de esa "ciencia de los
fenómenos sociales", como la llamó Stuart Mill. Se trata de un proceso complejo,
en el que convergen voluntades
específicas de creación (Compte, Spencer) con esfuerzos involuntarios (Marx, por
ejemplo), aunque todos ellos
coincidentes en observar la sociedad desde una perspectiva cientifista-
positivista. (Otra cosa es cuanto discurso
ideológico se colaba de contrabando en los estudios concretos de estos
fundadores).
En América Latina, sólo en la segunda mitad del XIX puede encontrarse una fase
de pioneros con esta tensión cientifista.
No se trata de que no hubiera en el subcontinente pensamiento social previo,
pero este más bien corría de manos de
juristas e historiadores, ademas de literatos. Dicho de otra forma, al hablar
aquí de pioneros nos referimos a un segmento
-el más inclinado hacia el positivismo sociológico- de un universo más amplio,
que frecuentemente ha recibido la
denominación de "pensadores" (Solari y otros, 1976), cuya producción para
describir la realidad social latinoamericana
era regularmente el ensayo.
Esta fase de pioneros, absorvía ideas de los fundadores del Norte, pero también
estaba afectada por el clima mundial de
la epoca enfatizado hacia el último cuarto de siglo: un cientifismo con
diferentes escuelas (organicista-darwinista,
sicologista, analítico-empírica). Por ello una característica de estos pioneros
era un cierto sincretismo teórico, bajo la
linea general del positivismo. Nombres como Barreda en México, Ingenieros en
Argentina, Letelier en Chile, Pontes en
Brasil, u Hostos en Puerto Rico, son ejemplos de esta fase pionera.
Se hace evidente, al examinar estas cuestiones en el tiempo, como en América
latina esta primera fase corresponde a los
últimos tramos de la etapa de fundadores del Norte y los primeros de la segunda
en ese mismo hemisferio. Es decir,
desde sus comienzos, la sociología latinoamericana aparece como retrasada en el
tiempo o si se quiere "quemando
etapas" respecto la del Norte.
Segunda Etapa: Perfilamiento de Escuelas en el Norte y Sociología de Cátedra
en América Latina.
Durante un espacio de unos cincuenta años (que incluye el último cuarto del
siglo XIX y casi todo el primero del XX),
tiene lugar en la sociología del Norte una primera crisis de crecimiento, que se
explicita como aparición y consolidación
de escuelas rivales, referidas a ciertas teorías-fuerza de la época: el
evolucionismo, el organicismo y cada vez más el
sicologismo; que se mezclaron entre ellas, de acuerdo a los pensadores más
poderosos de la etapa. De esta forma es
posible mencionar el darwinismo social de Small a Sumner, el evolucionismo
sicológico de Ward a Pareto, la sociología
analitica de Simmel a Durkheim.
Con un cierto desplazamiento en el tiempo, debido también al atraso sociológico
de Alemania, aparece con una fuerza
que va a permanecer durante todo el siglo XX, la que ha sido llamada, un tanto
para simplificar, la "sociología
institucionalista" de Max Weber.
Este período supone en el Norte la instauración definitiva de la sociología como
rama del conocimiento, principal aunque
no unicamente desde las Universidades. En este sentido también se trata de una
sociología de cátedra, aunque no en la
acepción que tenía este adjetivo en la época, dado que ademas de la enseñanza
(como reiteración) se trata de una fase
eminentemente creativa en el plano teórico.
En América Latina existe consenso acerca de que durante los primeros cincuenta
años del presente siglo tiene lugar la
institucionalización de la sociología como materia universitaria. Ciertamente,
se trata de una etapa prolongada,
denominada "de cátedra" en su pleno sentido (Poviña), que es posible subdividir
en dos: una primera que tiene rasgos de
la anterior, trabajos individuales con fuerte sincretismo teórico (Bunge en
Argentina, Menezes en Brasil, Vasconcelos en
Mexico, Venturino en Chile, Mariategui en Perú); a la que se suma después la más
enfaticamente de cátedra, aunque no
todos sus exponentes tengan las mismas caracteristicas (Poviña en Argentina,
Mendieta en México, Ganon en Uruguay,
Carneiro en Brasil, Tapia en Chile y Cornejo en Perú).
En esta segunda etapa, la sociología como materia en diversas carreras, tiene
como referencia las escuelas en el Norte ya
mencionadas, aunque todavia se considere a Weber una excesiva novedad alemana.
(Brunner, 1988, ha contabilizado las
lecturas de sociólogos requeridas en las universidades chilenas en ese tiempo,
formando el siguiente listado: Compte,
Mill, Spencer, Marx, Durkheim, Ward, Simmel).
Tercera etapa: Primacía del funcionalismo norteamericano en el Norte y del
positivismismo desarrollista en
América Latina.
Desde los años cuarenta hasta fines de los sesenta, tiene lugar en el Norte un
predominio de la sociología funcionalista
norteamericana, que abarca con cierta precisión de Parsons a Merton. El fundador
de la escuela, que él registra como
Teoría de la Acción, tiene como pilar fundamental una lectura (hoy se sabe que
un tanto sesgada) de la obra de Weber
(Cohen, Hazelrigg y Pope, 1975). Es la etapa de consolidación profesional de la
sociología, mas allá de la enseñanza
universitaria. En esta fase, la sociología europea esta profundamente afectada
por el estructuralismo atropológico.
Progresivamente, esta sociología occidental va a ir reconociendose como
estructural-funcionalista, aunque el término no
sea del todo preciso.
Como se mencionó al hablar de paradigmas, no se trata de una primacía absoluta,
puesto que las anteriores escuelas
rivales permanecieron (la única que dejó de existir progresivamente fue el
evolucionismo organicista). La tendencia
sicologista siguió multiplicandose (de hecho, es una de las bases del propio
Parsons) y fue consolidandose una
orientación culturalista. Por ello, cuando el funcionalismo decline, buena parte
de las escuelas surgidas en esta etapa van
a cobrar relieve -en algunos casos, van a recuperarse- durante los ochenta.
Por otra parte, desde mediados de los sesenta va a ser más visible la fuerza de
la sociología crítica en Europa, en sus dos
versiones: una, la procedente de la Escuela de Francfurt que nace como reacción
al autoritarismo alemán, y otra, la que
procede del marxismo occidental, que va pasando progresivamente de la filosofía
y la crítica artística a la economía y la
sociología, visiblemente "contaminada" por el estructuralismo francés de la
época.
Durante este periodo, en América Latina se produce el desplazamiento de la
sociología de cátedra por parte de una
tensión neopositivista que, aunque no sea precisamente homogenea, tiene en común
la voluntad de establecer una
sociología científica en su sentido contemporaneo. Y no es homogenea porque
muestra diversas sensibilidades: de una
parte, el intento de sintetizar los conocimientos existentes para pensar América
Latina, al estilo de Medina Echavarria; de
otra, la aceptación de la orientación mas claramente funcionalista, como
Germani; de otra, el intento de profundizar en
una búsqueda epistemológica desde América latina, como el brasilero Fermandes, y
en fin, la marcadamente desarrollista
que provoca la instalación de una agencia ONU para el desarrollo económico
(CEPAL) en la región, cuyas proposiciones
van adquiendo progresivamente una visión de lo económico en relación con las
estructuras sociales. Primero la tesis de
la modernización y despues la menos imitacionista del desarrollo, lideran este
neopositivismo latino que sigue
recogiendo herramientas heurísticas de la teoria social imperante en el Norte,
aunque esté preocupada mucho más que
ésta por la idea del cambio social.
Cuarta etapa (breve): Canta el cisne crítico en el Norte y rompe la idea de
la Dependencia en América Latina.
De fines de los sesenta a mediados de los setenta tiene lugar una breve etapa,
más bien un momento, en el que parece que
la sociología crítica va a tomar el relevo de la primacia teórica que hasta
entonces ostentaba el funcionalismo. Esta breve
etapa podría delimitarse entre el Marcuse del 68 y el Arrighi de 1975, pasando
por el debate Miliband-Poulantzas de los
primeros setenta. (Recuerdo que aquí sólo se está tomando de la corriente
marxista el filón más propiamente sociológico
y no las reflexiones filosóficas o ideológico-valoricas de este tiempo, que
supondría otros autores).
En realidad, se llegó a confundir el declinar relativo del funcionalismo, con el
reinado efímero (Paramio, 1988) de la
sociología crítica de ese momento. Incluso podía afirmarse que esta última iba a
ser arrastrada, al menos en su versión
latina, por la crisis profunda del marxismo como ideología.
En América latina, durante este periodo también tiene lugar el desarrollo de lo
ha sido llamado la "generación crítica"
(Graciarena 1970). Sin embargo, lo que se establece como paradigma es una
proposición interpretativa exitosa: la tesis
de la dependencia. Ya no se trata de poner énfasis en la subordinación externa
que para las economías periféricas
(CEPAL) supone el mantenimiento de la división internacional del trabajo, sino
de reconocer la dependencia como
sistema social interno y externo, articulado historicamente en relaciones
políticas y económicas. Aunque existan
antecedentes inmediatos, es en 1969 (Cardoso y Faletto) cuando esta idea se
establece, y autores posteriores la plantean
como una teoría social (Marini, Bambirra).
Más allá de las críticas que merezcan éstos últimos pasos, lo importante es que
se trata de una tesis que alcanza un
consenso amplio -desde distintas posiciones políticas, entre el centro y la
extrema izquierda- no sólo en América Latina,
sino en amplios sectores académicos del Norte. Por ello, aunque su uso haya
durado poco tiempo -una vez iniciada la
crisis latinoamericana- puede afirmarse que se trata de un paradigma (relativo),
como el de centro-periferia del
positivismo-desarrollista, o cualquier otro de los establecidos con caracter
regional en las ciencias sociales del Norte.
Puede que con la instalación de los régimenes militares y la crisis económica,
el tipo de preocupaciones en América
Latina haya cambiado profundamente (desde mediados de los setenta) pero lo
cierto es que, tan rapidamente como se
extendió, este consenso paradigmático de la dependencia dejó de utilizarse (con
la llegada de los ochenta). No se trata de
exagerar: la idea ha dejado algun poso en el recipiente teórico actual, pero
apenas hubo tiempo para que fuera usada en
su verdadero sentido, es decir, cómo plataforma para acumular conocimientos.
Incluso puede afirmarse que, en el ámbito
académico, apenas los progenitores se han preocupado de hacer un balance de la
tesis dependentista (Cardoso y Faletto,
1985). Y lo que es mas significativo: los estudios sobre el Estado y la
democracia que respondieron a las obsesiones del
momento, tampoco alcanzaron a constituirse con entidad suficiente como para
asumir un caracter paradigmático.
Despues llegaron el refugio historicista, el proyecto acotado y el impacto de
críticas culturales (el de la postmodernidad,
el más evidente). Dicho en breve: el advenimiento de lo que se ha dado en llamar
la crisis de paradigmas.
3.2. Caracteristicas de la sociología latinoamericana.
Existe coincidencia en torno a ciertas caracteristicas que presenta el
desarrollo de la sociología latinoamericana hasta
fines de los años setenta. También se destacan ciertos rasgos nuevos surgidos
con los años ochenta, pero parece más
congruente examinarlos cuando se analice la crisis.
Ciertamente, se van a mencionar unicamente los aspectos más gruesos que
caracterizan la sociología en América latina,
lo que quiere decir que no serán atendidas las especificidades y contradiciones
nacionales, locales o de autor. Esto tiene
el inconveniente de ofrecer una visión grosera del asunto, pero tiene la ventaja
de mostrar efectivamente sólo los rasgos
más generales. Dicho en breve, aquí se estaría aceptando como válida la técnica
expresionista.
1) Desarrollo complejo en el contexto mundial:
El esfuerzo de periodización antes realizado muestra claramente dos puntos de
partida: a) que la sociología
latinoamericana existe como rama diferenciada de una disciplina mundial, y b)
que su desarrollo general está marcado
por una relación teórica y metodológica con la sociología del Norte, respecto de
la cual presenta un retraso temporal en
términos de desarrollo disciplinario.
Esta situación ha presentado ventajas e inconvenientes. Por un lado ha permitido
a los profesionales de la región tener a
su disposición un conjunto de herramientas heurísticas, que cuando fueron bien
estudiadas, permitieron un
reconocimiento más rápido de la realidad. Pero, por otro lado, ha fragilizado un
desarrollo acumulativo y autocentrado de
la sociología subcontinental. Desde el comienzo de las reflexiones sobre la
sociología propia, los especialistas
latinoamericanos han señalado que se trata de un pensamiento intermitente, con
discusiones no agotadas, una teoría
social que "quema etapas", dada su sensibilidad respecto de los nuevos
desarrollos en el Norte.
Sin embargo, a esta evidencia es necesario hacerle dos complementos. En primer
lugar, este fenómeno no sólo sucede en
América Latina. Es, de nuevo, un fenómeno mundial: ha sucedido de unos paises a
otros, e incluso entre continentes. De
hecho, la teoría acumulada en Europa fue absorvida por Estados Unidos para
despues de la segunda guerra devolversela
elaborada (funcionalismo). Incluso puede afirmarse que en algunos paises
europeos este proceso fue tanto o más brusco
que en América Latina (en sus antiguas metropolis, por ejemplo).
En segundo lugar, todo indica que, con el paso del tiempo, las fases de
desarrollo tienen mas sincronía, algo lógico dado
el salto en la intercomunicación. Ello no significa que la sociología
latinoamericana haya dejado de quemar etapas, sino
que las posibilidades de afectar el desarrollo mundial de la disciplina, son, en
teoría, mayores. De hecho, la última fase
antes de la crisis, la correspondiente a la tesis de la dependencia, logró
afectar profundamente la visión que desde el
Norte se tenía de América Latina. Pero también el aumento de la
intercomunicación supone que la teoría social
latinoaericana pueda ser mas rapidamente afectada por otros cambios en áreas
distintas del conocimiento que tengan
lugar en el Norte, como parece estar sucediendo en la presente crisis.
2) Sincretismo epistemológico y dificultades teóricas:
Dado el entrecruzamiento cultural y el uso de herramientas conceptuales para
temáticas diferentes, la sociología
latinoamericana, presentó pronto una tendencia al sincretismo epistemológico, si
bien dentro del marco general del
positivismo. Lo interesante es que esa tendencia al sincretismo se ha producido
tanto por exceso como por defecto del
análisis epistemólogico propiamente dicho. En efecto, desde el siglo pasado
pueden encontrarse autores en la región que
realizan un verdadero buceo de varios clásicos, al objeto de comprobar si estos
ofrecian visiones utiles para analizar la
realidad regional, al lado de sociologos tremendamente pragmáticos que usaban
ideas y conceptos sin preguntarse
demasiado a que perspectiva pertenecian.
En todo caso, el nacimiento y desarrollo de las ciencias sociales
latinoamericanas suponen una clara ruptura
epistemológica del pensamiento latinoamericano previo. Responden a perspectivas
que nada tuvieron que ver con las
herencias culturales hispánicas (algo ya visto por el propio Echeverria).
Cierto, eso también sucedió en la propia España:
la teoría social nació allí epistemologicamente francesa, para pasar -con
algunas incrustaciones germanas- a ser
acabadamente anglosajona. Pero, para América Latina esa ruptura epistemológica
tuvo, a su vez, consecuencias
culturales: las élites de la región tuvieron otra poderosa razón para apartar
definitivamente su mirada de la vieja
metropoli (mirada que pareció regresar momentaneamente durante los años
treinta).
Con frecuencia, la interpretación de la realidad social tampoco partió de un
conjunto de teorías autócnonas. De hecho,
hasta la segunda guerra mundial no se produjo ningún proceso teórico
consistente. No hubo verdaderas escuelas teóricas,
sino más bien corrientes seguidoras de las escuelas del Norte. Ahora bien, desde
la postguerra, es dificil no observar un
proceso de reconocimiento de la realidad latinoamericana que, desde el
subdesarrollo, va pasando por sucesivas críticas
superadoras, hasta desembocar en la tesis de la dependencia. Cierto, sólo se
trata de un esfuerzo teórico que podriamos
denominar de alcance regional, y ello por dos razones: en primer lugar, por el
cuadro de relaciones de estas teorías con
las de primer nivel creadas en el Norte (al tiempo que, como ya se vió, la
realidad latinoamericana no permite
universalizaciones fáciles); y, en segundo lugar, porque la construcción teórica
en América Latina no buscaba en un
principio integrar todos los factores que componen una formación social (sino
más bien, hacerlo principalmente desde la
perspectiva económica). Pero es importante señalar que dicho esfuerzo teórico
logró establecer un paradigma regional,
que consiguió afectar la visión mundial de América latina.
3) Precocidad y expansionismo internos:
Si bien es cierto que la sociología nació con dependencias epistemológicas y
atrasos disciplinarios respecto de la
sociología del Norte, no es menos cierto que en el contexto de saberes
regionales nació pronto y se expandió
notablemente. La sociología y en general las ciencias sociales latinoamericanas
emergieron al poco tiempo de formarse
las Universidades nacionales y pronto absorvieron espacios que les correspondian
a distintas disciplinas de las llamadas
ciencias humanas. Ello es especialmente notable si se compara con el desarrollo
de las ciencias humanas en el Norte.
En efecto, la sociología cobró cuerpo en Europa durante el siglo XIX, cuando ya
habían madurado los grandes sistemas
filosóficos de la modernidad, por poner un ejemplo. Otro tanto pasaba con la
Historia como rigor disciplinario. En
América Latina, ya el primer universo de pensadores, tiene segmentos inclinados
al positivismo y las ciencias sociales.
Es cierto que hasta practicamente mediados de este siglo, la sociología
latinoamericana tenía mucho de filosofía política,
pero ello sucedía más por fusión que por madurez de la filosofía criolla.
Desde la postguerra, las ciencias sociales absorven espacios de tal manera que
puede afirmarse que los economistas y
sociologos latinoamericanos han sido filosofos, historiadores y ensayistas,
además de hombres políticos.
4) Limitaciones metodológicas:
Dadas las caracteristicas ya expuestas, no es extraño que exista un consenso en
la región acerca de que la sociología
latinoamericana ha sufrido serias limitaciones metodológicas. En realidad, la
sociología de la postguerra hizo de la
debilidad metodológica el centro de su crítica sobre la sociología desarrollada
previamente en la región. Y ciertamente, la
tensión cientifista del positivismo desarrollista avanzó apreciablemente en la
solución del problema, tanto en el plano de
la metodología como lógica, como de la metodología como ciencia empírica.
Sin embargo, no resolvió y no se ha resuelto todavía (Maldonado, 1991) la
articulación entre los diferentes planos de la
investigación. De esta forma, no ha sido frecuente encontrar teorías bien
apoyadas por correctas lecturas empíricas. Y, en
general, excepto en la CEPAL que constituyó un banco de datos económicos
básicos, la información cuantitativa fue con
frecuencia irregular y fragmentaria. Ciertamente, un buen papel sociológico ya
no podía carecer de algún que otro
tabulado. Pero estos eran empleados generalmente para demostrar un punto del
análisis realizado, siendo mucho mas
raro el proceso inverso: realizar toda una fase de compilación empírica y sólo
después efectuar el análisis, contrastando o
no hipótesis previas a aquella compilación empírica.
Por otra parte, la crítica que se realizó del positivismo desarrollista por
parte de la siguiente fase de sociologos críticos no
se centró precisamente en estos problemas, sino más bien sobre cuestiónes
interpretativas, de neutralidad valorativa, y de
lógica metodológica: la sociedad como cuestión histórico-estructural. El tema de
la articulación entre estos niveles y la
investigación empírica definitivamente no tuvo prioridad.
5) Persistencia y reduccionismo temáticos:
Lo que permite explicar que, pese a todo lo anterior, pueda observarse un avance
en el reconocimiento de la realidad
social de la región, especialmente en los treinta años despues de concluir la
segunda gran guerra, es la persistencia
obsesiva de la temática de las ciencias sociales latinoamericanas. Puede decirse
que el desarrollo socioeconómico y el
cambio social han dominado permanentemente el escenario, independientemente de
la fase de desarrollo en que
estuviera la sociología regional.
Esa persistencia tuvo lugar, incluso cuando los elementos teóricos predominantes
en una fase de desarrollo disciplinario,
tenian procedencias que se referían a la estática y no a la dinámica social. Ese
fue el caso de la importación del
funcionalismo norteamericano, que en América Latina fue usado, como otras
proposiciones anteriores (desde el
organicismo al psicologismo), para analizar el cambio social. Lo que produjo con
cierta frecuencia un buen número de
complicaciones metodológicas, así como de malentendidos y críticas por
elevación. Una proposición correcta sobre la
realidad latinoamericana podía ser descalificada por el hecho de que quien la
realizara hubiera efectuado una referencia a
Parsons, ya que era fácil demostrar que la perspectiva de éste en Estados Unides
era la integración social. En general,
tienen razón Solari, Franco y Jutkowitz, cuando sostienen que no eran justas las
críticas que recibieron los sociólogos
desarrollistas en el sentido de que hubieran abandonado toda preocupación por el
cambio social. De hecho, eso explicaría
por qué los funcionalistas latinoamericanos no fueran bien recibidos por el
orden social establecido.
Otra cosa es que, en este contexto temático, los diagnósticos (del atraso a la
dependencia) y los tratamientos que se
propusieran (de la reforma a la revolución) fueran coincidentes. Pero lo que
importa señalar es que el propio ejercicio
crítico permitió una aculación relativa de conocimientos que identificó
elementos claves del subdesarrollo y el cambio
social.
Más lejana todavía era -al contrario de lo que creía la mayoria de los
sociólogos críticos- la posibilidad historico-política
de remover dichos obstáculos. Ciertamente, ello también estaba referido a las
lagunas analíticas existentes. Pero la crítica
que puede hacerse es más bien el desinterés por otros factores (políticos,
culturales) del desarrollo, que la desviación
respecto a esta temática general.
En efecto, también existe un consenso regional en torno a que esta persistencia
temática fue acompañada por una cierta
tendencia reduccionista a lo estructural socioeconómico. La acción social, los
actores sociales, perdían relevancia y
autonomía en este contexto.
El peso de la economía desequilibró la orientación de los sociólogos, incluso
precisamente porque la visión económica se
fué extendiendo a lo social: el pensamiento cepalino llegó a la conclusión de
que las estructuras sociales impedían el
desarrollo económico. El problema consistió en pensar que dinamitando ese dique
el desarrollo se derramaría por
América Latina. Los aspectos más "supraestructurales" (política y cultura) e
incluso sectoriales de primer orden (fuerzas
armadas y defensa) no fueron precisamente estrellas rutilantes en el escenario
estructural-economicista.
6) Tendencia propositiva y a la acción política:
Otro rasgo que marca la sociología de la región es la tendencia a pasar
rapidamente del diagnóstico a la proposición de
tratamiento. Esta inclinación propositiva también tuvo dos grados: a) la que
construía estrategias posibles para ofertarlas
a los actores sociales, y b) la que pasaba sin más del diagnóstico general a la
discusión de la acción política.
La lectura -especialmente la retrospectiva- que puede hacerse de esta
caracteristica es que tendía a fragilizar la necesaria
autonomía de la disciplina cognoscitiva. Las consecuencias negativas de ello son
conocidas por los profesionales
latinoamericanos. Pero la cuestión es tomar el asunto en su integridad, para
evitar simplificaciones, tan frecuentes en los
últimos años.
En primer lugar, es necesario examinar diferenciadamente los grados antes
mencionados. En cuanto a la tendencia
propositiva en tanto oferta, existe en la región una fuerte opinión de que, en
el mundo subdesarrollado, quedarse
unicamente en una labor de diagnóstico, convierte la actividad científica en un
"lujo asiático". De hecho, los organismos
internacionales en la región son los abanderados de esta opinión. Y ello no sólo
en la perspectiva de los proyectos
concretos sino en el plano de las perspectivas transcoyunturales (Castro,
1991).
Otra cosa es pasar de las proposiciones ofertivas a la opción política concreta.
Ciertamente, la historia de la sociología
latinoamericana es en buena medida una historia de hombres políticos (hasta
fechas recientes apenas hubo mujeres que
ejercieran). Ahora bien, la responsabilidad de este fenómeno no sólo es producto
de la natural incontinencia de los
cientistas sociales latinoamericanos. Nadie dudaría que ésta existe, pero al
menos habría que agregar dos factores
explicativos. Por un lado, en sociedades que presentan crisis profundas es
dificil exigir al sociólogo que se olvide de su
calidad de ciudadano. Dicho de otra forma: en este caso la responsibilidad
procedería más de la realidad social que de la
disciplina de conocimiento.
Por otra parte, ha sido el deficit de intelectuales procedentes de otras ramas
del conocimiento y la dificultad de las
organizaciones políticas y los organismos públicos de generar sus propios
intelectuales orgánicos, lo que ha sintonizado
bien con esa tendencia del cientista social en AL a ocupar tales espacios.
6) Dificil formación de la comunidad científica:
Como observara Khun, el conjunto de científicos sociales de un área determinada
solo relativamente constituye lo que en
ciencias físicas puede denominarse comunidad científica, debido principalmente a
esa tendencia congénita al desacuerdo
que él subrayó. Recordada esta advertencia general, puede afirmarse que en
América Latina la constitución de esa
relativa comunidad científica ha presentado dificultades adicionales.
Tales dificultades eran lógicas durante las etapas de constitución de la
disciplina, pero durante los treinta años que
siguieron a la segunda guerra mundial, las disfunciones estuvieron relacionadas
con algunos de los fenómenos vistos
anteriormente. No obstante, sería exagerado desconocer que desde mediados de los
cincuenta a mediados de los setenta
no fué formandose algo similar a una comunidad científica que, al menos,
discutía y disentía entre sí. Es cierto que
discutir desde la arena política no es exactamente lo mismo que hacerlo desde el
plano acádemico, pero aun así, puede
sostenerse que, entre otras oportunidades, las ocasiones en que la Asociación
Latinoamericana de Sociología (ALAS)
reunía los Congresos, fueron mostrando que esa relativa comunidad científica se
formaba lentamente. Y en tal sentido,
las reuniones de los setenta (XI Congreso, 1974) en Costa Rica y la posterior de
México, ambas sobre la teoría de la
dependencia, mostraron a un número apreciable de sociológos discutiendo sobre el
mismo paradigma. Algo que no se
volvió a repetir con esas caracteristicas: las reuniones temáticas de los
ochenta han sido, para bien o para mal, otra
cosa.
7) Debil autonomía institucional:
Sobre este asunto también conviene hacer aquella advertencia: tal debilidad ha
sido una caracteristica mundial de la
sociología. En el hemisferio Norte, las Universidades han sido la plataforma más
sólida de desarrollo disciplinario
autónomo, porque el plano de la investigación social mas extendida dependió del
Estado y de la política
fundamentalmente.
En el caso latinoamericano, el apoyo en las Universidades fué menos sólido que
en el Norte y la actividad disciplinaria
tuvo pronto como fuente de financiamiento al Estado y a los organismos
internacionales y los fondos de cooperación al
desarrollo. Esto permitió una cantidad de investigación social que no guardó
proporción alguna con la renta por
habitante, si se compara con los paises del Norte y en especial con Europa.
Pero, al mismo tiempo, supuso una
disfunción metodológica: la constitución de información empírica primaria siguió
regularmente la orientación de las
fuentes de financiación, lo que supuso que fuera principalmente económica
durante mucho tiempo, mientras que la
elaboración de proposiciones teóricas (aunque fueran de nivel regional) fué
frecuentemente producto de autores
particulares, que, cuando querian mostrar otro fenómeno social, o bien carecian
de información empírica adecuada o bien
se basaban en la existente de caracter económico.
El papel del Estado fue muy distinto de país a país, pero puede afirmarse que el
Estado desarrollista de los sesenta y
setenta fue apoyo institucional, fundamentalmente como mercado de trabajo,
especialmente en los paises con capacidad
o al menos ambición asistencial: México, Uruguay, Chile, Costa Rica, etc.
Con la crisis fiscal del Estado que explotó al nacer los años ochenta, este
apoyo se redujo apreciablemente. Así, el
ejercicio de la disciplina pasó a depender mucho más de fuentes financieras
externas, como se verá mas adelante.
3.3. La crisis de paradigmas en el Norte y en América Latina:
análisis comparado.
Tratando de evitar una larga discusión preliminar sobre el término crisis, sí
parece necesario establecer brevemente
alguna convención al respecto, para soslayar posteriores malentendidos.
En primer lugar, aquí se usa la idea de crisis de paradigmas como referencia al
consenso extendido entre científicos
sociales sobre el hecho de que los (relativos) paradigmas operativos hasta el
inicio de los años setenta dejaron ya de tener
consistencia, sin haber sido sustituidos por otros que ostenten un nivel
semejante de acuerdo.
Como se sabe, Gouldner (1970) llegó a probar empiricamente el agotamiento de
aquellos paradigmas (principalmente
del funcionalismo en Estado Unidos) a fines de los años sesenta. Mediante
encuestas sucesivas a los profesionales pudo
observar que el consenso existente en torno a la matriz funcionalista (todavía
en 1964 el 80 % de los consultados
manifestaban su adscripción a esa propuesta), se fué agotando rapidamente al
acabarse la década de los sesenta (en 1968
los partidarios del funcionalismo eran sólo ligeramente mayoritarios, y ello
gracias a los profesionales mayores de
cincuenta años, porque entre los menores de esa edad el funcionalismo ya era
minoritario). Esta información fué una de
las pistas que permitió a Gouldner apuntar que se aproximaba una crisis en la
sociología occidental.
Ciertamente, ya se estaba produciendo el reblandecimiento epistemológico
mencionado: la profundización de la crisis de
la aspiración ortodoxa de que las ciencias sociales pertenecieran al tronco
epistemológico común de una ciencia única,
aumentaba la percepción de que la matriz disciplinaria de las ciencias sociales
debía aceptar que los problemas de
significado, comunicación y traducción eran medulares.
En el plano teórico, la crítica que hubo de soportar el funcionalismo desde
mediados de los sesenta, de parte de la teoría
crítica (marxista principalmente), fue ampliandose desde otros ángulos: por un
lado rebrotes de viejas escuelas, como por
ejemplo del evolucionismo (sociobiología), pero especialmente de parte de una
fusión de la microsociología y la
sociología hermenéutica, que hizo resurgir un conjunto de escuelas, denominadas
por aproximación "el enfoque
interpretativo" (interaccionismo simbólico renovado, fenomenología,
etnometodología, hermeneutica sociologica). Este
proceso se examinará más adelante con algún detenimiento, pero lo que ahora
importa subrayar es que hacia mediados
de los años setenta, la mencionada crisis de los paradigmas anteriores era un
hecho.
En América Latina también existe un amplio consenso y una literatura apreciable
en torno a que la llegada de los ochenta
estuvo marcada por una crisis de paradigmas, en su sentido general de
agotamiento de las proposiciones anteriores y
dificultad de nuevas coincidencias. Inmediatamente, es necesario precisar que se
habla de una crisis específica: 1) no se
hace referencia a una crisis general de la disciplina, entre otras razones
porque su crecimiento orgánico e institucional ha
sido notable en estos últimos veinte años; 2) lo que quiere subrayarse es que,
sin embargo, tuvo lugar efectivamente una
crisis de teoría (de nivel regional) en los términos antes apuntados; sin tratar
tampoco por el momento de caracterizar esa
crisis (de cambio, de crecimiento, terminal, etc), algo que sólo puede pensarse
en términos de perspectivas.
Establecida de forma preliminar la convención sobre lo que aquí se entiende por
crisis de paradigmas de la sociología en
el Norte y en América Latina, a continuación se procede a realizar tal análisis
de forma comparada.
a) La crisis de paradigmas en el Norte.
Tratar de observar en el tiempo la crisis de paradigmas de las ciencias sociales
en el Norte, lleva de inmediato a una
primera hipótesis: la crisis que comenzó con una apariencia de proceso
sustitutivo interno a fines de los sesenta, fusión
de una crisis epistemológica y teórica, fué incorporando nuevos factores
internos y externos, especialmente entre
mediados de los setenta y mediados de los ochenta, hasta hacerse una crisis
notablemente más extensa y compleja.
En efecto, el primer momento de la crisis aparecía bajo la forma (Gouldner,
1970; Bell, 1984) de algo semejante a una
revolución científica en términos kuhnianos: un paradigma operativo (el
funcional-estructuralismo) comenzaba a ser
insuficiente para explicar el objeto cognoscible, la realidad social. El proceso
de crítica procedía principalmente de la
teoría del conflicto (marxista en lo fundamental), que, sobre todo en Europa,
parecía dispuesta a convertirse en el nuevo
paradigma de conocimiento, o bien, como pensaron muchos (Gouldner entre ellos),
a forzar una síntesis con el
funcionalismo en Estados Unidos y con el estructuralismo en Europa. Por cierto,
que esa síntesis se hizo realidad en
buena medida, especialmente en el caso europeo, aunque bajo la predominancia de
la impronta crítica (marxista).
Pero, como ya se apuntó, lo que parecía un proceso de sustitución paradigmática,
resultó pronto el canto de cisne de la
teoría crítica. Nuevos factores fundamentales impedirían ese aparente proceso
kuhniano. De todas formas, antes de
continuar es necesario señalar por qué ese sentido de apariencia. En primer
lugar, como se vió, la crisis epistemológica
afectaba la matriz positivista de las ciencias sociales, lo que permitió, en el
plano teórico, que la crítica al funcionalismo
no procediera solamente del marxismo, sino del enfoque interpretativo. Pero
además había en ciernes otro elemento que
diferenciaba esta crisis de la que se produce en las ciencias naturales: la
mutación del objeto a conocer, la realidad social.
Un cambio que en un principio pareció unilinial y en sintonía con la promesa
paradigmática (el marxismo), la crisis del
sistema capitalista, pero que luego mostró su verdadera dimensión y
complejidad.
Algo que tuvo lugar inmediatamente trás este primer momento de ascenso efímero
de la teoría crítica. También afectada
por la crisis epistemológica, ese momento de la teoría crítica duró
aproximadamente desde 1968 a mediados de los
setenta, y tuvo como principales exponentes a Marcuse, Miliband, Althusser,
Poulantzas, Arrighi, entre otros, recibiendo
la denominación general de "neomarxismo" (Bell, 1984). Y de inmediato comenzaron
a aparecer los elementos más
gruesos que condicionarían la crisis de paradigmas en curso.
Un primer elemento fue ese giro rápido que presentó el cambio de la realidad
social, bajo la forma de crisis económica
mundial, cuya salida no iba a coincidir con las proposiciones críticas (ni a
través de la revolución, ni mediante la vía
política del cambio), pero que también cuestionaba la visión estable e
integracionista del funcionalismo. Más bien en lo
que se convertió la crisis fue en el inicio de un cambio profundo del escenario
(sistema-mundo), desde el salto
tecnológico al civilizatorio, que exigía una producción teórica que las ciencias
sociales no estaban en condiciones de
ofertar (Gomáriz, 1980).
En realidad, la crisis económica mundial tuvo sí un efecto claro sobre una de
las ciencias sociales, la economía, en
términos de derrumbar el keynesianismo y permitir el ascenso fulgurante del
neoliberalismo. Desde ese espacio central
(la economía), esta otra promesa paradigmática arrebató rapidamente terreno al
neomarxismo no solo en la economía
sino en el conjunto de la teoría social. Ciertamente, tal impacto no fué del
mismo grado en las diversas ciencias sociales,
pudiendo establecerse una escala que iría de la economía (la más afectada) a la
ciencia política, y en menor medida a la
sociología y la antropología.
Puede afirmarse que el efecto en la sociología procedió mas directamente de los
cambios producidos al respecto en otros
ámbitos del conocimiento: el campo valórico y el campo cultural. En el primero,
si aceptamos la ideología política como
nucleo de referencia de conocimiento social en el campo valórico (recordar
cuadro I), la sociología se ha visto afectada
en los últimos quince años por tres procesos relacionados pero con cierta
autonomía propia: la crisis del marxismo, el
ascenso del neoliberalismo político y la propuesta alternativa.
Es sabido que la crisis del marxismo como ideología, y más aún como ingeniería
social (especialmente con la crisis de
los regímenes del Este), arrastró bastante en su caida al marxismo sociológico
en el ámbito donde más habia avanzado en
la fase anterior: la Europa latina (Anderson, 1988). Este efecto no fue tan
notable en el mundo anglosajón, donde se
produjeron creaciones de un rigor apreciable (quizas Cohen, 1988, sea el ejemplo
más claro).
El efecto del ascenso del neoliberalismo político sobre la sociología del Norte
fue más institucional que teórico. Si en el
campo de la ideología política, el neoliberalismo consiguió proponerse como
paradigma relativo, ello no sucedió en el
campo de la sociología. Esta fue afectada, sobre todo, por la práctica política
del neoliberalismo en el poder, en tanto su
lógica de liquidar el Estado de Bienestar ha significado menor apoyo financiero
y, en general, menor necesidad de
investigación social. Algo que supuso una paradoja: el hecho de que la
sociología regresara a depender
fundamentalmente de las Universidades, permitió que la crisis teórica se
expresara más como florecimiento de
miniescuelas, que como simple regreso al proyecto de investigación empírica. En
todo caso, desde el ámbito
universitario, la sociología se vió afectada por las ideas neoliberales en mucha
menor medida que lo fueron en la
economía y la ciencia política.
El otro factor, en el campo valórico, que influyó en la sociología de estos años
fue el que ha recibido el nombre general
de opción alternativa, expresado fundamentalmente a través de la práctica
política de los nuevos movimientos sociales.
Surgidos de problemas sectoriales, que planteaban el desinterés por un sujeto
histórico unificado, los movimientos
feminista, ecologista y pacifista, resultaron los elementos mas visibles de un
proceso de revisión del paradigma político
general de la izquierda, especialmente en el escenario europeo (Gomáriz, 1981,
1984). Este fenómeno tuvo sobre la
sociología el efecto principal de ofrecer un curso de ampliación temática, con
ciertas implicaciones teóricas, pero esa
ampliación y profundización de problemáticas no dejó de afectar el desarrollo
general de la disciplina.
En el terreno epistemológico y teórico tuvo efecto el cambio experimentado desde
fines de los setenta en el ámbito
artístico-cultural, denominado de forma general postmodernismo. Planteado como
un conjunto de planos perceptivos,
desde las artes plásticas y desde la literatura, recibió el caudal de la crisis
de la epistemología y acabó expresandose
como una propuesta filosófica (también de filosofía social), con ambiciones
directamente epistemológicas, es decir, de
alternativa general a la forma positivista de conocimiento de lo social (cuya
máxima expresión no sería otra que las
ciencias sociales). Es decir, la propuesta postmoderna, absorviendo y ampliando
la crisis de la epistemología, vino a
expresar la renovada competencia cognoscitiva, y, desde esa plataforma, a
discutir epistemologicamente al interior de las
ciencias sociales.
Ahora bien, transcurrida la década de los ochenta, puede afirmarse que la
propuesta postmoderna parece haber tenido
más exito en renovar la competencia externa que en producir mayores cambios
internos en las ciencias sociales que los
ya provocados por la crisis epistemológica previa.
Es cierto que la propuesta postmoderna amplió la vía ya emprendida por ese doble
efecto: la crisis epistemológica y, en
el plano teórico, por el llamado enfoque interpretativo, y principalmente por la
corriente hermenéutica. También es cierto
que agregó un factor más: la aceptación como algo natural -y por tanto la
tendencia a la instalación- de la crisis de
paradigmas. Incluso a saludar gozosamente el abandono de la necesidad de
paradigmas, grandes teorías, o, como se
prefería llamar, "los grandes relatos de la modernidad".
Todo esto aumentó apreciablemente la preocupación en los cientistas sociales por
revisar los fundamentos
epistemológicos de su disciplina. Sus relaciones con la discusión filosofica
sobre la crisis de la epistemología se
consolidaron. (Rasgos que, como veremos, Kuhn identifica como característicos de
una crisis de paradigmas). Sin
embargo, el efecto de estas relaciones consistió más bien en discutir los
problemas planteados desde los planos valóricos
y culturales (principalmente sobre el fin o no de la modernidad), que en cambios
referidos a la matriz epistemológica
propiamente dicha de las ciencias sociales. Buena parte de los profesionales
continuaron preocupados fundamentalmente
por los avatares teóricos propios, como veremos mas adelante. Finalmente,
aquellos que encontraron en la propuesta
postmoderna una justificación para refugiarse en el proyecto parcializado, lo
hicieron sin plantear cambios
epistemológicos profundos, sino que más bien continuaron fundamentalmente
anclados en la perspectiva empirico-
positivista.
Todo ha operado como si la forma de conocimiento sociológica fuera forzosamente
moderna por definición y, trás el
reblandecimiento epistemológico, el intento postmoderno de llevarlas más alla de
ciertos límites (epistemológicos) no
fuera posible. A menos que aceptaran algo así como disolverse en la filosofía.
De esta forma, la propuesta postmoderna
ha ofrecido, sobre todo, la validación de otros discursos como forma de
conocimiento de la realidad social. Y en eso, los
postmodernos sí podrian sentirse más satisfechos: es indudable que durante los
ochenta, las ciencias sociales han perdido
espacios frente a las humanidades y las letras, no sólo en el escenario del
consumo de conocimiento, sino en el ámbito
acádemico propiamente tal.
El conjunto de los elementos mencionados ha supuesto que, durante los ochenta,
la crisis de paradigmas de las
ciencias sociales en general y la sociología en particular, pueda ser medida por
sus consecuencias, si bien su nivel de
gravedad puede ser estimado de diferentes formas. Por ejemplo, Turner (1989)
presenta la situación con cierto
pesimismo. Segun él la creación teórica durante los ochenta, ha recorrido un
camino opuesto al de la acumulación
científica.
Turner identifica así los elementos de esta crisis: 1) la teoría sociológica
actual esta dividida profundamente en
múltiples campos conceptuales, cada uno de los cuales parte de una particular
filosofía de la ciencia y estrategia de
conocimiento; 2) ahora bien, los miembros de estas distintas opciones, aunque
regularmente siguen enfrascados en
retóricas discusiones, tienden a relacionarse cada vez menos fuera de los
límites de su propia escuela; 3) como
resultado de ello, la sinergía creativa del conjunto de los profesionales y por
tanto de la disciplina ha disminuido; 4)
la disfunción entre teoría e investigación social ha crecido notablemente (así,
progresivamente para los que tienen
inclinaciones teóricas, los investigadores resultan "empíristas estúpidos", al
tiempo que los investigadores ven a los
teóricos "pérdidos entre las nubes filósoficas"); 5) dada la inexistencia de
consensos mínimos (paradigmas
relativos), cada esfuerzo de creación teórica requiere de prolijas
justificaciones epistemológicas, que recargan
innecesariamente dicha creación; 6) o bien, como alternativa, el sociólogo trata
de eludir lo que considera entrar en
el laberinto de la teoría, para producir más y más pequeños trabajos puntuales
que sólo remotamente agregan algo al
conocimiento de la realidad social (T. 1989, p.79-81).
Cierto, que Turner admite que esta desagregación no ha paralizado por completo
la creación teórica en el Norte, y
menciona los esfuerzos de Giddens (1984), Habermas (1981), Luhmann (1982),
Collins (1975), y él mismo (1988);
pero de inmediato sostiene que, en el contexto descrito, éstos resultan mas bién
excepciones que regla.
Una lectura menos pesimista que la de Turner mostraría un cuadro de la crisis
teórica, marcado efectivamente por
una coexistencia de tendencias, donde podrían identificarse los siguientes
elementos: 1) el perfil rebajado del
funcionalismo y del marxismo, cada uno dividido en, al menos, tres
sensibilidades, (tradicionales, neo y post); 2) el
fortalecimiento, pero sin lograr consenso paradigmático, del llamado enfoque
interpretativo (interaccionismo
simbólico, femomenología, etnometodología y hermenéutica); 3) el desarrollo de
tentativas importadas de otros
espacios cognitivos, principalmente, el valórico y el artístico, como son el
neoliberalismo, el alternativismo y el
postmodernismo; 4) el intento de algunos autores por producir crecimiento
teórico, a partir de la resolución de
problemas planteados a los paradigmas anteriores, como es el caso de la teoría
de la estructuración de Giddens, el de
la teoría comunicativa de Habermas, la teoría de la interacción social de
Turner, ó las búsquedas de Luhmann,
Alexander, Munch, Hayes y otros.
Esta situación teórica compleja está tensionada por dos reacciones opuestas: 1)
por un lado, el adentramiento de
ciertos sectores en el campo filosófico con el objeto de reconsiderar la matriz
epistemológica de las ciencias
sociales, 2) en la dirección opuesta, sectores que se sumergen en el trabajo
parcial o empírico concretos, que
aparentemente no precisaría preguntarse por puntos de partida teóricos o que
simplemente se abandona a un
eclecticismo inmediatista, que unas veces resulta productivo y otras no, o dicho
de otra forma, que levanta dudas
intermitentes en cuanto a su contribución cognoscitiva.
b) La crisis de paradigmas en América Latina.
En el caso de América Latina, la crisis presenta caracteristicas propias,
procedentes de factores tanto internos como
externos de las ciencias sociales en la región. Algo consecuente con los
fenómenos particulares ya vistos: por
ejemplo, el que sólo existan en el subcontinente teorías de rango regional, o el
hecho de que aquí el cambio de la
realidad social haya supuesto crisis mucho más profundas, tanto de los sistemas
políticos (pérdida de la democracia),
como de las economías nacionales y subregionales. Estas particularidades se
hacen visibles al tratar de hacer una
descripción del desarrollo de la crisis.
Desde mediados de los setenta, el paradigma regional relativo, la tesis de la
dependencia, se enfrentó a efectos de
diversa naturaleza producidos desde el interior y el exterior de la ciencia
social. Principalmente donde había nacido,
el Cono Sur, se produjo un brusco cambio de interés cognitivo: ya no se trataba
de reconocer la dinámica
socioeconómica y de poder, de la realidad latinoamericana, sino simplemente las
raices de la derrota histórica de las
fuerzas de cambio, que arrastró consigo el Estado de Derecho. Es la hora de
examinar el Estado Burocrático Militar
(O'Donell, 1976) o simplemente el Estado (Lechner, 1977 y 1981; Gomáriz, 1976 y
1978; Garretón, 1979; Torres-
Rivas, 1981; Rojas, 1981; Laclau, 1981; Cardoso, 1981).
Puede afirmarse que hasta fines de los setenta, coexisten en la región la
declinación de la tesis dependentista (que se
refugiaba hacia el Norte, principalmente México) con el emergimiento de las
nuevas preocupaciones, que, desde el
comienzo, aparecen sin demasiada capacidad paradigmática. Ello es así, en primer
lugar, porque las nuevas
propuestas no tienden a interpretar la nueva realidad latinoamericana, sino sólo
aspectos parciales de la misma:
cierto, aquellos que no habian sido tematizados por la sociología desarrollista
ni por las generaciones críticas (los
sistemas políticos, las fuerzas armadas, la cultura política, etc.).
En segundo lugar, porque desde la perspectiva socioeconómica, la tesis
dependentista no parecía haber dejado de
tener validez, al menos hasta principios de los ochenta (cuando la crisis
económica hace erupción). En tercer lugar,
porque los sectores que las plantean soportan el peso de estar "pensando desde
la derrota" (Lechner, 1988). No es
que todos ellos pertenecieran a la izquierda política, sino que son ciudadanos
de sistemas políticos destruidos, donde
las viejas temáticas (el subdesarrollo y el cambio social) parecen sacadas de
contexto. Un recuento del caso más
ejemplar, el chileno, muestra como el estudio del Estado compitió desde el
principio con el refugio en la historia, la
desorientación teórica y la diáspora de buena parte de sus profesionales
(Barrios/Brunner, 1988). No puede
sorprender que el impacto de la crisis sociopolítica sea brutal en una
sociológia que, como vimos, se caracterizaba
por relacionarse estrechamente con la proposición y la acción políticas.
Con los primeros años ochenta esta crisis tendencial de paradigmas se verá
acelerada por un aluvión de nuevos
elementos. Uno de los más evidentes está referido al nuevo giro de la realidad
social, la crisis económica regional,
que había conseguido retrasarse respecto a la del Norte, pero que llegará con
especial virulencia con la nueva
década. Un primer efecto de este cambio será la ruptura de la matriz socio-
económica, para que se adueñe de la
escena la economía pura y dura, vestida con un gran ropaje de importación: el
neoliberalismo. Si la ruptura de la
vieja matriz no fué definitiva se debió a la resistencia de los desarrollistas
parapetados en la CEPAL. De todas
formas, la capacidad de estos para proponer alternativas a partir de la nueva
realidad se relentizó notablemente y
sólo cuando acababa la década emitieron su opción: transformación productiva con
equidad (CEPAL,1990).
Este regreso a la economía dura, fue respondido-acompañado por una tendencia a
pensar autonomamente los
sistemas políticos, que se canalizó cada vez más hacia la necesidad de repensar
la democracia. Esta orientación tiene
dos fuentes fundamentales: por una parte, la necesidad de recuperar una vida
nacional regida por el Derecho en los
paises que la perdieron (una buena porción del subcontinente); por otra parte,
como un segmento del proceso de
replanteamiento del pensamiento mundial y latinoamericano de la izquierda (que
se relaciona con los cambios
valóricos que trizaron al marxismo latino, uno de los cuales fué la
relavorización de la democracia
representativa).
Dicho de otra forma, la sociología latinoamericana sufrió el impacto de los
cambios sucedidos en el campo valórico
y su elemento de referencia (aquí utilizado), la ideología política. Aunque, si
se comparan en el tiempo, los cambios
de interés cognoscitivo en la sociología aparecen como previos a los cambios
ideológicos en la vida política
(recuerdese que la idea de revolución recibió un verdadero balón de oxígeno del
proceso nicaragüense), lo cierto es
que los cambios valóricos sirvieron para consolidar los giros de interés en el
pensamiento sociológico
latinoamericano (o iniciarlos allí donde no estaban aún planteados).
Es necesario apuntar que los cambios ideológico-políticos en América Latina
hicieron un recorrido mayor que en el
Norte. Aquí, no se trató unicamente de la crisis del marxismo, sino de las
extendidas ideas autóctonas de cambio
social revolucionario. No es el lugar para profundizar en este asunto, pero su
mención resulta util para relacionarlo,
por una parte, con la referida lentitud relativa del cambio ideológico (Gomáriz,
1983), y por otra, con el
reforzamiento que ello supuso respecto de alguno de los cambios de interés de la
sociología, en particular con el de
la recuperación-revalorización de la democracia. Esta coincidencia permitió, por
ejemplo, hablar de una "teoría de la
democracia" (Lechner, 1988), sin que, sin embargo, ello significara una clara
vocación paradigmática.
El tema de la democracia suscitó un amplio interés de parte de las ciencias
sociales latinoamericanas de los ochenta,
por sobradas razones, pero no sustituyó al consenso paradigmático perdido, por
varias causas: de una parte, su vuelo
teórico no iba mucho más alla de los estudios clásicos, en términos de pensar el
sistema político con autonomía,
donde la visión de los ciudadanos es horizontal (aunque para la izquierda esto
fuera un cambio sustantivo); pero, de
otra parte, la relación entre ese sistema necesario y la crisis social rampante
agotaba rapidamente el consenso
teórico, apareciendo no solo distintas lecturas, sino diversas posiciones sobre
la necesidad de hacer una lectura
global.
En cuanto al influjo del neoliberalismo político, puede afirmarse que este operó
en menor medida sobre la ciencia
política (que lo hizo en la economía), y sólo de forma indirecta sobre la
sociología y la antropología. Es decir, se
tradujo y se escribió bastante en América Latina sobre, por ejemplo, la Escuela
de Chicago, pero apenas hubo
producción especificamente sociológica regional en este sentido. Por otra parte,
las conexiones habidas en la ciencia
politica (Vergara, 1983) tropezaron con ciertas contradicciones fundamentales,
como por ejemplo el que fuera en los
regímenes de dictadura donde hayan sido mejor recibidas. En suma, no parece que,
en la sociología latinoamericana,
el neoliberalismo haya creado producciones de importancia, aunque sería excesivo
sostener que la desaparición
silenciosa de ciertas temáticas no tenga nada que ver con un influjo indirecto
de este pensamiento.
En todo caso, puede afirmarse que, entre la economía dura (liderada por el
neoliberalismo) y la democracia
autonomizada, lo social fue sinónimo de diversidad, fragmentación, ilegibilidad.
Ante esta situación, hubo diferentes
opciones: quienes mostraban la contradicción entre estos niveles y señalaban la
responsabilidad del proceso de
modernización mundial (Lechner, 1990); quienes ponían el énfasis en el problema
de la desestructuración social
(Quijano, 1989); y quienes, como comenta Girola (1991) respecto de buena parte
de los trabajos de los ochenta,
sacaban más o menos silenciosamente las diferencias sociales, las estructuras de
poder social, de sus tersos y
brillantes análisis.
Sobre esta inclinación objetiva a la desestructuración de lecturas, operaron en
los ochenta las relaciones con la
eclosión teórica del Norte. En primer lugar, hay que mencionar que el hecho
mismo de la crisis de paradigmas en el
Norte facilitó rapidamente la apertura ad infinitum del menú de referencias
teóricas, o, como también se dijo, la
tendencia al eclecticismo, saludable o no.
Como se indicó, la primera recepción en América Latina de la discusión sobre
epistemología fue leve y tuvo el
efecto de fragilizar el positivismo desarrollista y favorecer el ascenso de la
tesis (interpretativa) de la dependencia.
Más tarde, ya durante los ochenta, se regresó a esa discusión epistemológica
pero a) practicamente fundida con la
crisis de paradigmas de las ciencias sociales en el Norte, y b) como preludio de
la recepción de la propuesta
postmoderna.
Por otra parte, aparecieron conexiones con el alternativismo y la nueva teoría
crítica del Norte (especialmente entre
los huérfanos de paradigmas, pero partidarios de una sociología latinoamericana
crítica), que dieron lugar a "una
nueva sensibilidad de las ciencias sociales" que se podría denominar "humanismo
crítico" (Hopenhayn, 1990). Lo
cierto es que se trata más bien de un intento de reunión de diversos sectores
(cuyo momento más visible podría
fijarse en el encuentro sobre pensamiento crítico de Caracas), con un común
denominador tan básico (la no
aceptación del impulso neoliberal) que, como el propio Hopenhayn reconoce, no
supone en si mismo una opción
teórica ni, por el momento, una oferta paradigmatica alternativa.
Un tanto despreciado al principio y luego valorado como insumo directo, se
absorvió parcialmente en América latina
el fenómeno cultural del Norte, el postmodernismo. De estas forma, en la segunda
mitad de los ochenta (y quizas la
Asamblea que conmemoró el veinte aniversario de CLACSO, en 1987, dedicada por
entero a la oferta postmoderna,
sea la referencia más clara) el postmodernismo tuvo un impacto directo en las
ciencias sociales latinoamericanas,
unas veces explícito y otras no tanto. Un factor de alta valoración fue
precisamente la crítica postmoderna a la
necesidad de paradigmas, que ciertamente dinimuyó ansiedades entre sectores de
profesionales de la región: el reino
de la parcialidad-diversidad parecía así lógico, incluso con la ventaja de
relajar la necesidad de reconocer sentidos y
globalidades.
En todo caso, también en América Latina la oferta postmoderna permitió más un
ascenso de otros discursos (el
filosófico principalmente), que una creación sociológica con matrices
epistemológicas distintas. Por mucho que se
realizaran profesiones de fe postmodernas, los que hacían incluso análisis
parciales, terminaban con una lectura
acabadamente moderna del objeto de estudio que habían acotado. Es decir, habían
encontrado el sentido a su
"pequeña totalidad", aunque ello no tuviera nada que decir, obligadamente, del
país o la región a que aquella
perteneciera. Incluso cuando trabajan sobre la cultura, los intentos de hacer
sociología sin examen de totalidad y
sentidos, parecen condenados al fracaso (Brunner, 1991). Sólo cuando se abandona
por completo la empírica
metodología sociológica y se acude sin barreras al ensayo (Casullo, 1988) puede
usarse con más comodidad la
propuesta postmoderna. Ahora bien, siempre queda la pregunta no acerca de la
validez del ensayo como forma de
conocer la realidad, pero sí acerca de si esta forma tiene un lugar claro en las
ciencias sociales (del Norte y de
América Latina).
Este contexto teórico se ha desarrollado en relación con los cambios
institucionales que han experimentado las
ciencias sociales de la región; todo lo cual, indica la necesidad de un examen
(sociología de la sociología) de su
desarrollo disciplinario.
En el plano institucional, los años ochenta muestran un aumento notable de la
actividad profesional, si bien esta
presenta formas distintas según paises. La razón fundamental se debe al enorme
crecimiento de formación de
cientistas sociales que tuvo lugar previamente, durante los años sesenta y
setenta (se multiplicó por seis en quince
años, hasta alcanzar unos 60.000 graduados a mediados de los setenta). Cierto
que este crecimiento se frenó
apreciablemente en la década siguiente, por diversas razones: el deterioro de
las facultades no económicas en las
dictaduras del Cono Sur, el descenso de matrícula y graduación en democracias
afectadas por la crisis y el
pensamiento neoliberal, el estancamiento de la matrícula universitaria total de
estos años. Puede afirmarse que si el
frenazo global no fué tan brusco es debido al caso de Brasil, donde la dictadura
permitió el crecimiento de las
carreras universitarias en ciencias sociales (aunque aislandolas).
Pero, paralelamente a esta caida del crecimiento de matricula y graduación,
tiene lugar durante los ochenta un
movimiento lógico, como producto de la previa acumulación de graduados: se
mantiene el aumento en el número
total de postgraduados y se produce el incremento de centros profesionales. Así,
se estima que en 1987, la cifra de
postgrados en ciencias sociales rodearía los 450, mientras era cuatro veces
menor en 1977 (Calderón y Provoste,
1989). Por otra parte, un indicador del incremento de los centros, puede ser el
hecho de que el Consejo
Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) se constituyera en 1967 con 20
centros y en 1989 esa cifra fuera
de 120.
No obstante, esta actividad profesional ha sufrido algunas transformaciones
importantes, una de las cuales sería: con
variaciones nacionales, el apoyo financiero procede cada vez menos del Estado y
las Universidades, las cuales han
sufrido un deterioro general con la crisis, para proceder de la cooperación
externa. En la mayoria de los paises
latinoamericanos, entre el 50 % y el 75 % de los fondos destinados a la
investigación social provienen del exterior
(Calderón y Provoste, 1989).
Ciertamente, estas transformaciones hacen que el aumento de la actividad
profesional tenga lugar al tiempo que se
modifican las caracteristicas de las ciencias sociales latinoamericanas. La
financiación externa busca una
investigación más aplicada a temas delimitados, así como el deterioro de las
universidades dificulta la creación
teórica. Dicho de otra forma, el aumento de la actividad profesional no parece
significar obligadamente una mayor
capacidad de interpretar la realidad social. Mucho menos una mayor probabilidad
de crear interpretaciones que
obtengan un consenso amplio de parte del universo de profesionales. (Algo que,
desde luego, no sólo sucede en
América Latina ni en el ámbito de las ciencias sociales. Es conocido como,
durante los ochenta, se ha producido en
las artes un fenómeno paradógico: el entierro del arte a causa de su agotamiento
creativo, al tiempo que un notable
incremento de actividades artísticas fundamentalmente repetitivo que en Estados
Unidos, algunos han dado en
llamar "Renacimiento").
Este conjunto de cambios en el cuadro teórico y el ejercicio disciplinario,
supone una suma de consecuencias, que,
también en América Latina, puede ser medida con mayor o menor gravedad. Por
ejemplo, uno de los autores que
más han trabajado esta problemática, Sonntag, compone (1989, p. 132 a 134) el
siguiente cuadro: 1) la
incertidumbre teórica empuja a muchos profesionales a eludir este plano, para
acudir al proyecto reducido, más allá
de si este agrega o no algo al conocimiento previamente existente; 2) en este
contexto, han proliferado los estudios
históricos y no en relación con la sociología sino como alternativa; 3) la
interdisciplinaridad ha perdido su atractivo,
regresandose a los límites de cada disciplina, así como al trabajo individual
más que en equipo; 4) aparece un
eclecticismo epistemológico, que incorpora elementos teóricos muy diversos en
las conceptualizaciones; 5) se
aceptan patrones supuestamente "universales" de los centros, con menos juicio
crítico ni esfuerzo de adaptación a la
realidad latinoamericana que en el pasado; 6) la ofensiva metateórica del
neoliberalismo es, en este marco, un
intento por restablecer la hegemonía de las ciencias sociales de los centros; 7)
las jerarquias académicas han
regresado y la actividad crítica incluso del estudiantado ha disminuido; 8) la
privatización de la investigación y su
dependencia externa están reorientando la actividad profesional; 9) ha decrecido
la discusión interpretativa, aunque
ésta tenga menos rigideces que en el pasado.
Este cuadro sintomatológico es contestado por otros autores que tienen más
inclinación a observar los aspectos
positivos de la crisis. Principalmente, por todo lo referente a la pérdida de
rigidez: la mayor apertura teórica, la
mayor amplitud temática y la menor tendencia a transformar la creación teórica
en esquemas ideológico-políticos. Y
parece indudable que esta flexibilización ha tenido lugar. La cuestión es saber
si, lejos de negar la existencia de la
crisis, una enorme flexibilidad no es sino un elemento característico de las
crisis de paradigmas. Más aún, conocer si
tal crisis supone o no una perspectiva de avance en el reconocimiento de la
realidad social, o al menos en el valor de
la ciencia social como instrumento para ello. Sobre todo esto habrá que regresar
al hablar de las perspectivas futuras
de las ciencias sociales en el Norte y en América Latina.
c) Comparación de las crisis en el Norte y en América Latina.
De la lectura de las crisis de paradigmas (siempre relativos) en el Norte y en
la región latinoamericana, puede
observarse un conjunto de elementos similares y ciertos aspectos
diferenciadores; tanto respecto de las causas, como
del procesamiento y las consecuencias (o síntomas) de las crisis.
Como se ha visto, ambas crisis de paradigmas se caracterizan por responder a un
conjunto de factores causales que
se manifestaron en una coyuntura relativamente corta de tiempo, si bien resulta
posible distinguir varios momentos.
En un primer momento, se ponen en cuestión por razones internas y externas
(cambios sociopolíticos) los
paradigmas precedentes (funcionalismo en el Norte y positivismo desarrollista en
AL), pareciendo que van a ser
sustituidos por la teoría crítica (de matriz marxista) o por una fusión de
ambas.
Y aquí aparecen ya las primeras diferencias. Por un lado, el peso de la crisis
epistemológica es mayor en ese
momento en el Norte y tiene como efecto (fragilizando a la vez el funcionalismo
y el marxismo) la no sustitución
paradigmática. En América Latina, ese factor es más suave y parece favorecer la
opción más interpretativa de la
dependencia.
Por esta y otras razones, la diferencia en el plano teórico también es notable:
la teoría crítica apenas tuvo un reinado
efímero en el Norte, siempre en competencia con el enfoque interpretativo,
mientras en América latina consiguió
estructurar una tesis, si bien de orden regional y también de corta duración, la
dependencia, que adquirió consenso
paradigmático visible.
Un segundo momento de la crisis procede de una fusión más amplia de causas: 1)
el giro brusco de la realidad social
(crisis económica mundial); 2) la crisis en el campo valórico (ideológico
normativo); 3) el resurgimiento de la
competencia cognoscitiva de la percepción artístico-cultural. Esta fusión tiene
lugar primero en el Norte, y cuando
se manifiesta en América Latina esta región va incorporando elementos
peculiares. El más significativo consiste en
que el cambio de la realidad social en AL parte del ámbito político: la crisis
que da lugar a la extensión de los
regímenes militares.
Es evidente que la derrota histórica de las fuerzas sociales y políticas
favorables al cambio social, que se habían
hecho visibles en torno a la fecha mítica de 1968, fué un proceso mundial que se
generalizó en Occidente al
comenzar los años ochenta, pero que se inició en el Cono Sur de América Latina.
Este factor, que se tradujo acá en
una extensa pérdida de las libertades, impulsó a las ciencias sociales
latinoamericanas a cambiar de preocupaciones,
geografica y progresivamente, desde mediados de los años setenta. La tesis de la
dependencia fue así enterrada no
bajo ningún tipo de moda intelectual, sino bajo un doble proceso, que no fué
capaz de superar: a) la urgencia de
estudiar las dictaduras y b) el hecho de pensar la nueva realidad social "desde
la derrota". Todo lo cual condujo al
desplazamiento de la mirada sociológica desde el cambio social a la recuperación
de la vida pública y la
autonomización estructural.
Por otra parte, los cambios valóricos que acompañan este giro histórico mundial,
crisis del marxismo y ofensiva del
neoliberalismo, aún cuando tienen formas y ritmos distintos en el Norte y en AL,
afectaron de forma similar a la
sociología de ambos espacios. En los dos casos, para fragilizar la teoría
crítica e impedir definitivamente la
posibilidad de que se produjera una sustitución paradigmática de larga
duración.
Otra cuestión se refiere al emergimiento de la puesta en cuestión cognitiva de
parte del conocimiento artístico-
cultural, bajo el nombre amplio de postmodernismo. Como se vió, existe al
respecto una diferencia: en el Norte, el
postmodernismo viene a ampliar fenómenos que la crisis epistemológica ya había
iniciado desde el anterior cambio
de década (sesenta a setenta), mientras en América Latina la crisis de la
epistemología se percibe al principio de
manera leve (se apreciará envuelta en la crisis de paradigmas) y sólo se absorve
con efectos desestructurantes a
través de su reformulación en la propuesta postmoderna.
Por otra parte, el postmodernismo nace en el Norte más explicitamente como
proyecto artístico, mientras que a
América latina llega afectando a las ciencias sociales casi al mismo tiempo que
sus ámbitos propiamente artísticos.
En todo caso, tanto en el Norte como en AL, este fenómeno ha tenido más efectos
prácticos cómo plataforma para
revalidar otros discursos que respecto a modificar en profundidad el discurso
sociológico; aunque en ambas latitudes
haya favorecido la idea de que el estado natural de la realidad social es la
desestructuración y que no es necesario
ofrecer paradigmas o relatos dotados de totalidad y sentido.
También en el plano del desarrollo institucional hay semajenazas y diferencias.
Tanto en el Norte como en AL la
crisis del Estado se tradujo en una menor exigencia de investigación social
pública, y, en términos generales, en un
deterioro presupuestario de las Universidades. Sin embargo, el resultado no fue
el mismo: la investigación
sociológica se refugió en el Norte en unas Universidades más consistentes,
mientras en América Latina la
investigación se privatizaba y pasaba a depender mucho más del financiamiento
externo.
De acuerdo con todo lo anterior, es posible comparar el cuadro sintomatológico
de la crisis teórica en el Norte y en
AL. Existen aspectos semejantes, como la tendencia a la disfunción entre teoría
e investigación social, la
disminución de la discusión interna e interdisciplinar, etc. Pero quizas el
aspecto más destacable sea la diferencia en
los planos epistemológico y de creación teórica.
Ya se ha comentado la relación más estrecha de la crisis de la epistemología
general con la epistemología específica
de las ciencias sociales en el Norte, y su menor efecto al comienzo en América
Latina, donde regresa después
relacionada, por un lado, con la propia crisis de paradigmas en el Norte, y, por
otro, con la reformulación que hace
de ella la propuesta pstmoderna.
En el plano propiamente teórico se ha visto como, tanto en el Norte como en
América Latina, la crisis ha producido
una triple orientación: 1) dispersión teórica, 2) alejamiento de la teoría para
refugiarse en el proyecto delimitado y 3)
algunos esfuerzos de creación teórica destacables. Pero la composición de esos
tres elementos parece bastante
diferente en el Norte y en AL: mientras en los paises centrales destaca la
dispersión teórica, la explosión de una
cantidad considerable de escuelas o miniescuelas, en América Latina el elemento
que destaca es la inclinación al
proyecto delimitado (que permite no plantearse problemas teóricos o desarrollar
el eclecticismo). Una diferencia que
se retroalimenta, como se vió, mediante esa distinta evolución institucional de
las ciencias sociales en el Norte y en
América Latina.
4. PERSPECTIVAS
4.1. Las perspectivas má ás extremas: crisis terminal y ausencia de
crisis.
Cabe retomar ahora la pregunta anterior acerca de si es posible
evaluar la crisis de paradigmas en las ciencias sociales: ¿se
trata de una crisis de crecimiento, de cambio profundo y
sustitutivo, o de carácter terminal? Ciertamente, la respuesta a
este cuestión depende en buena medida del diagnóstico que se haga
sobre la crisis en curso, aunque también de las posibilidades de
cambio. A continuación, se comentarán las perspectivas que aparecen con
frecuencia en la reflexión existente al respecto.
Para aclarar el horizonte, comenzando por los escenarios extremos,
pueden examinarse los referidos a la posibilidad de una crisis
terminal, así como a la idea de que, en realidad, no existe crisis
alguna en el desarrollo teórico de las ciencias sociales. Es
necesario insistir: no hay muchos autores que defiendan alguno de
estos escenarios extremos, pero resulta metodologicamente útil mencionarlos
para acotar el campo.
La posibilidad de una crisis terminal puede pensarse desde varios
supuestos: a) como procedente del campo institucional, b) como
producto propio e interno, en tanto crisis teórica profunda e
irrecuperable, y c) como producto del hundimiento general de la
idea de ciencia, tras la liquidación de la epistemología. Veamos ahora los
dos extremos (a y c).
En el campo institucional, es cierto que el crecimiento de las
ciencias sociales no es tan rotundo como en décadas anteriores y
también es cierto que han perdido espacios respecto de otras
formas de conocimiento de la realidad social (humanístico,
artístico). Pero resulta un hecho que las ciencias sociales
mantienen un desarrollo firme ante el siglo XXI, y que más bien
aumenta la estructuración mundial de sus relaciones. Se
mundializan como la propia realidad social. Es decir, nada indica en el pleno
institucional que pueda hablarse de crisis terminal.
Ahora interesa girar en sentido opuesto y pensar si esa crisis
terminal (de las ciencias sociales) podría proceder del
hundimiento de la idea general de ciencia. Una hipótesis que sí
fue más planteada durante los ochenta. Es decir, de si el
conocimiento del mundo podría hacerse no desde un pensamiento
específicamente científico, sino desde un pensamiento que
integrara la razón, los valores, el arte. Esta podría ser una
opción, y para ciertas posturas filosóficas, Feyerabend por
ejemplo, la más humana. Sin embargo, si regresamos al desarrollo
concreto de las ciencias físicas, todo indica que su forma
científica de percepción segirá, al menos por un tiempo amplio,
permitiendo su avance (más allá de si lo hace con el síndrome del
aprendiz de brujo).
Dicho en breve, ni desde el punto de vista institucional ni desde
el pistemológico (la validez de lo científico), parece posible que
se esté ante una crisis terminal de las ciencias sociales. Quizás
también por ello no hay apenas autores que señalen esta
perspectiva. Ciertamente, resta la vieja pregunta de si podría
suceder una crisis profunda y progresiva por razones de su propia
validez interna, precisamente por tratarse de una tensión
científica por conocer una realidad como la social. O visto de
otra forma: de si el desarrollo -y mundialización- de las ciencias
sociales se ve acompañado por una progresiva incapacidad para
reconocer la realidad social. Pero esta reflexión ya estaría
referida al ámbito de la contrucción teórica, algo que se hará más
adelante, en relación con la evaluación de la crisis y su
gradación, tal y como han sido hechas hasta la fecha.
Puede examinarse ahora el otro escenario extremo: el referido a la
inexistencia de crisis teórica en las ciencias sociales. Se trata
del escenario más optimista, por cuanto en éste el desarrollo de
las ciencias sociales seguría adelante sin mayores problemas.
Desde esta visión, el hecho de que las ciencias sociales puedan
aparecer como océanos de conocimiento con un centímetro de
profundidad, no es más que un espejismo, puesto que las ciencias
sociales van a resultar profundas en diferentes temáticas o en
cualquier momento.
No importa tanto que todo vaya limpio y ordenado, aunque también
hay quien opina que así esta llendo, sino que marche hacia
adelante. En el fondo, la realidad social se reconoce por la
simple actividad de los sociólogos o los economistas. (¿Que otra
cosa sería la sociología o la economía ?). Incluso puede pensarse
que la cosa va bien, precisamente porque no va ordenada. Esta es
la posición de quienes opinan que no hay crisis de paradigmas
sencillamente porque en las ciencias sociales nunca hubo tal cosa
(paradigmas). En ese sentido se inclina, por ejemplo, Jeffrey
Alexander (1988 a), si bien no explica muy bien en que consistió
lo que reconoce como predominio del funcionalismo.
En realidad, a este escenario se llega por vía de dos
diagnósticos: el que establece propiamente que no hay crisis
alguna en las ciencias sociales, y el que señala que, aunque haya
habido algún tipo de crisis, esta es fundamentalmente de
crecimiento. Esta es la posición frecuente entre los cientistas
sociales de la Europa latina, al estilo de Touraine, por ejemplo,
quien después de constatar la crisis (1985) parece restarle
relevancia (1989). En América Latina esta opción se confunde en
buena medida con la del escenario siguiente (hubo crisis de
paradigmas, pero ello es positivo) puesto que tampoco hay muchos
autores que afirmen que no hubo crisis en la contrucción teórica
de las ciencias sociales de la región.
4.2. Perspectiva postmoderna: hubo crisis de paradigmas,
afortunadamente, porque estos ya no son necesarios.
Al denominar esta perspectiva como postmoderna, no se está
indicando que los que la asuman aceptan la propuesta postmoderna
en su sentido amplio, sino que resulta efectivo que quienes
defienden más enfáticamente la innecesidad de paradigmas son los
postmodernos. Por ello resulta util comenzar señalando que este
escenario tiene diversos grados: 1) quienes sostienen que es
irrelevante que el universo de cientistas lleguen a coincidencias
sobre tal o cual teoría de primer orden, o, si se quiere, sobre un
conjunto de teorías de ese nivel; 2) quienes llegan a rechazar la
construcción teórica de primer nivel, puesto que significa una
mirada sobre la totalidad social, cuando ello es imposible y/o
indeseable.
Este escenario supone la liberación epistemológica definitiva de
las ciencias sociales, lo cual, además, estaría en mayor
consonancia con la multiplicidad de sentidos y tiempos en la
realidad social. En este escenario no es necesario realizar ningún
cambio importante para garantizar el desarrollo de las ciencias
sociales. Cierto, que al coste de no tensionarse demasiado por
reconstruir la realidad social como un todo, o en último extremo,
sin que deba probarse si una teoría de primer nivel refleja bien o
no la realidad de la que habla.
En el caso más agudo, éste es un escenario en el que las
ciencias
sociales se dirigen hacia un limbo en el que: a) sólo pueden
servir de recolectores empíricos para satisfacer las necesidades
de otras disciplinas que si puedan permitirse un alto nivel de
abstracción, la filosofía social, el ejemplo más claro, o b) en el
que las ciencias sociales se diluyen en un discurso fusionado
(racional-valórico-artístico). En breve, un escenario en el que
las ciencias sociales viven eternamente pero sin ambición alguna,
y/o se les condena, aunque a largo plazo, a una muerte dulce en un
tronco cognitivo común.
Como se apuntó, este escenario se ha pensado en el Norte entre los
sectores que se reclaman de la propuesta postmoderna o con una
influencia importante de esta. En América Latina, se llega a la
alegría por la muerte de los paradigmas no siempre mediante la
adcripción a la propuesta postmoderna, sino por distintas
vertientes: desde quienes simplemente quieren un ajuste de cuentas
con la anterior etapa de las ciencias sociales, hasta quienes sí
abrazan abierta o veladamente la propuesta metodológica de la
visión postmoderna.
Entre los primeros, la idea general consiste en que, por unas
razones u por otras, se ha roto por fin la rigidez paradigmática
de la anterior etapa de las ciencias sociales. Así, la crisis de
paradigmas abre en América Latina "la posibilidad de un análisis
de los procesos sociales más comprometidos con la investigación
empírica y menos subordinados a las doctrinas y los proyectos
políticos" (Girola, Duhau y Azuela, 1987). Ciertamente, hay un
fondo de verdad en cuanto a que la crisis de paradigmas en América
Latina puede permitir flexibilidades temáticas y epistemológicas
en la región. La cuestión consiste en saber si: a) ello no se
realiza olvidando por completo una teoría de segundo rango (la
dependencia) que explicaba aspectos fundamentales de la realidad
social; b) abandonando toda pretensión de constituir nuevos
paradigmas, es decir, de saber si pueden establecerse
coincidencias amplias en torno al diagnóstico (regional, por lo
menos) de la realidad social. En todo caso, estos autores no
parecen objetar que se construya teoría regional, sino más bien la
utilidad de que surjan consensos.
Una justificación de la imposibilidad de construcción teórica,
así como de la alegria por el abandono de las rigideces, procedería no
tanto de una opción disciplinar, como de una indicación dada por
la propia realidad social (Lechner, 1988). Dado que, desde los
años setenta, la realidad sufre, ante todo, un proceso de
desetructuración y diferenciación, hay que "aceptar un cambio de
perspectiva" en el sentido de abandonar la tendencia a la
explicación unitaria de la sociología del pasado. Al indicar que
la diferenciación estructural se basa en la presencia de diversas
racionalidades, de distintos tiempos, Lechner parece sugerir que
es necesario abandonar explicaciones de la totalidad social,
porque resultan esfuerzos inutiles, en el mejor de los casos.
(Cierto, que cuando se habla de un cambio de perspectiva, puede
que se hable de sí mismo, porque ocho años antes este autor se
mostraba contrario a esa aceptación: "Pareciera existir un déficit
teórico; los estudios no logran sobrepasar la descripción hacia
una contextualización del proceso social como totalidad. La
investigación empírica no es acompañada de teorización, no se
logra establecer una mediación entre la forma concreta que
presenta la sociedad y la abstracción lógica que muestre la
racionalidad subyacente". Lechner, 1980, p. 213).
No obstante, Lechner, al hablar de la necesidad de una teoría de
la democracia, parece mantenerse espectante ante la posibilidad de
que sí sea posible una mirada más global. Otros autores van más
alla y -abandonando esa prudencia- abrazan la propuesta
postmoderna sin dudarlo: hay que saludar la multiplicidad de
racionalidades y evitar el clásico intento de reconocer sentidos.
Y ello sin necesidad de proclamarse postmodernos. Pueden, de esta
forma, iniciar un análisis "asumiendo la independencia de los
fragmentos, la ausencia de identidades, la falta de principio de
totalidad y la carencia de síntesis ordenadora" (Brunner, 1991,
p.5). El problema consiste en que esos intentos, precedidos de tal
acto de fé, suelen acabar en modernisimas descripciones del
sentido que asume la totalidad estudiada (y en que ello es
regularmente evidente, Gomáriz, 1991). Quizás es que tras años de
brillantes análisis sociológicos sea dificil adquirir la nueva
metodología. Tal vez sea necesario más entrenamiento.
4.3. Perspectiva epistemológica: la crisis sólo se resuelve
mediante un cambio en la forma sociológica de pensar.
En este escenario, lo único que puede evitar el estancamiento "sine
die" de la crisis de paradigmas es una nueva forma de pensar
cientificamente la realidad social. En este caso, la crisis no se
considera saludable, porque no permite a las ciencias sociales
explicar esa realidad social, aunque estas puedan permanecer
institucionalmente eternas (subordinadas a otras disciplinas y sin
vuelo teórico).
Para lograr ese cambio epistemológico se plantea en el Norte un
amplio abanico de opciones, desde las más cerradas (incluso
autoritarias), hasta las mas abiertas y de raiz hermenéutica.
Entre las primeras, cabe destacar la propuesta de Turner (1989).
Este autor propone no tanto una epistemología general, como
afirmar solidamente una epistemología particular o, si se quiere,
una matriz disciplinaria asentada (de la teoría social). Por su
parte, propone un programa positivista para la teorización
sociológica general, tanto para construir macro como micromodelos.
Pero mientras eso se discute y se construye, propone que no se
permita practicar la teoría social a los legos, y que sean las
Asociaciones de Sociologá¡áa las que determinen que proyectos deben
acometerse (T. 1989, p.90).
En el sentido opuesto, las apreciaciones más abiertas sobre la
necesidad de ese cambio epistemológico, proceden en el Norte del
enfoque interpretativo y especialmente de la revaloración de la
etnometodología de Garfinkel (1984), donde la realidad social no
sólo es objeto cognoscible, sino fuente epistemológica directa.
Asimismo, se inclinarian al cambio epistemológico, opciones
integracionistas de las propias ciencias sociales, al estilo de
Wallerstein (1987, 1988).
En América Latina, también existen autores que, partiendo de la
negatividad de una no resolución de la crisis de paradigmas en la
región, creen que la salida se encuentra en un profundo cambio
epistemológico. Hacia esta opción se inclina ultimamente el propio
Sonntag (1989). En un principio, se trataba de salir de la crisis
logrando la articulación del esfuerzo teórico con el trabajo
empírico (Sonntag, 1988). Progresivamente, esta solución parece
insuficiente y así, habría que pensar de otra forma las ciencias
sociales de la región, "incluso con su fundamentación
epistemológica" (S. 1989, p. 136). Se trataría de abrir la opción
interpretativa hasta donde diera lugar, entre otras razones, para
forzar una epistemologia propiamente latinoamericana.
Luchando contra la universalización (moderna) de las ciencias
sociales del Norte, que hace dependientes a las ciencias sociales
de la región, Sonntag acude en busca de ayuda epistemológica hasta
el propio Feyerabend, con lo que involuntariamente (¿o no tanto?)
se aproxima al todo vale. (Que, como se sabe, es una via como otra
cualquiera para llegar a la universalización del Norte, aunque
esta vez a través de la explosión de las parcialidades).
Cierto, lo que busca Sonntag desesperadamente es una raiz que
distinga claramente las ciencias sociales latinoamericanas de las
ciencias sociales del Norte (y todo ello sin caer en el
provincianismo). Y, naturalmente, la forma más sólida de lograrlo
es consolidar una epistemología propia de las ciencias sociales de
la región.
El problema consiste en saber si ésta no es una via inútil para
resolver la crisis de paradigmas en América Latina. ¿Y si no
fuera posible construir una epistemología propia, con una
racionalidad netamente autonoma? De hecho, Sonntag acude para
justificar la empresa a Feyerabend y a Wallerstein, que no son
precisamente autores que escriben desde la realidad venezolana.Tal vez ese
sea un camino sin destino.
Tal vez las modificaciones oportunas se produzcan antes en el Norte.
Quizas la contrucción teórica sobre la realidad latinoamericana
introduzca de pasada matizaciones epistemológicas. Pero intentar la
construcción de una epistemología propia, quizas sea un esfuerzo tan
titánico e inutil como tratar de sacar América Latina del mundo
occidental.
En todo caso, para poder evaluar la idea de que es necesario un
cambio epistemológico para salir de la crisis de paradigmas, es
conveniente aquilatar primero la amplitud de la propia crisis
epistemológica. Porque lo que parece haber muerto es una opción
filosófica que supuestamente permitía reconocer la estructura
última de la lógica del pensamiento científico. Como ambición
exacta la epistemología parece haber fenecido. Resulta inutil
partir de una estructura suma del pensamiento científico para
dirimir sobre la validez de las teorías, aisladas o puestas unas
frente a otras. Pero, si de forma relativa la percepción
científica se mantiene, la formación de matrices epistemológicas
tendrá lugar de forma natural. La pregunta es si tiene o no
sentido el tratar de reconocerlas. Pero si lo tiene, entonces la
epistemología sería algo así como la utopía: inalcanzable pero,
como tensión, existente.
Con la discusión sobre la epistemología parece haberse liquidado
el cretinismo cientifista (las teorías científicas llevan
incorporas muchos valores y sensibilidades humanas), pero no la
necesidad de una cierta autonomía de la forma de conocimiento
científico de la realidad, como tendrían su autonomia relativa los
valores y las artes. Y desde esa relativización limitada, en la
que el todo vale resulta inutil, no se vislumbra precismente una
liquidación de lo científico, o su disolución en un sistema
perceptivo fusionado. No, al menos en el tiempo que ahora es
posible imaginar.
En el caso de las ciencias sociales, ese cretinismo ha muerto con
mayor razón. Ya es dificil encontrar quien considere que
éstas pertenecen al tronco de una ciencia única. Aunque existen ciertos
autores que siguen creyendo en esa posibilidad como tensión
(Turner, Homans, Münch, etc.), estas posiciones resultan hoy
minoritarias en la teoría social del Norte. Como afirma Giddens,
"está claro que el rechazo crítico del positivismo lógico ha
llegado a predominar en la teoría social" (1987, p.16).
Ahora bien, ¿eso significa que, para el conocimiento de la
realidad social, haya dejado de tener autonomía la perspectiva de
las ciencias sociales? Como se vió, eso no parece haber sucedido
en los años ochenta, cuando el "Tratado contra el método" de
Feyerabend tuvo su época. Es posible que se hable de "teoría
social" con intención de reunir la filosofia, la historia, la
sociología en un tronco común. Pero esa aspiración no resolvería
de verdad el problema epistemológico: ¿existirían aún lenguajes
autónomos de las ciencias, los valores y las artes, para reconocer
la realidad social? Puede que hoy no pueda afirmarse si alguno de
estos lenguajes tiene más validez que otro. Pero parece dificil
que su autonomía desaparezca. Todo indica pues, que la crisis
epistemológica tiene ciertos límites, y que no es sobrepasandolos
como se resolverá la crisis de paradigmas. A lo mejor el problema
reside "simplemente" en la capacidad para interpretar la realidad
social por parte de la "comunidad" de cientistas sociales.
4.4. Perspectiva kuhniana: hay un proceso de fermentación teórica
que establecería nuevos paradigmas.
En el caso de que, efectivamente, (una vez sucedida la crisis
epistemológica) la resolución de la crisis de paradigmas proceda
más bien de: 1) la capacidad de construcción teórica y 2) la
posibilidad de que muchos profesionales coincidan en que tal
teoría interpreta mejor que otras la realidad actual; en ese caso,
entonces, se estaría ante un escenario que puede calificarse por
aproximación de kuhniano.
Un escenario no por optimista menos posible que otros. Solo haría
falta evaluar si hay algún indicio de esta naturaleza. O planteado
de otra forma, ¿existiría un proceso de fermentación teórica
minimamente convergente?
A primera vista, la respuesta no podría ser sino negativa.
Sin embargo, en la introducción conjunta que hacen Giddens y
Turner a la compilación "La teoría social," hoy se afirma: "la
aparente explosión de versiones rivales de la teoría social oculta
una mayor coherencia e integración entre esos puntos de vista
divergentes de lo que puede parecer a primera vista". (G y T.,
1987, p.12). Ciertamente, no se trata de que estos autores crean
que la explosión teórica sólo fue aparente. Por el contrario,
ambos piensan que la explosión tuvo lugar, pero que,
posteriormente, por debajo de ese gran oleaje, se estarían
formando progresivamente corrientes amplias y profundas. Y ofrecen
las siguientes indicaciones al respecto:
1) "Convergencia metodológica: "En primer lugar, puede haber un
mayor solapamiento entre métodos diferentes de lo que se suele
pensar". Y ofrecen como ejemplo el caso de la etnometodología y
como sus métodos que fueron considerados al principio como algo
ajeno, hoy se integran como parte del conocimiento de lo social.
2) "Convergencia temática: "En segundo lugar, se han destacado a lo
largo de las últimas dos décadas ciertas líneas de desarrollo
comunes compartidas por un amplio conjunto de enfoques teóricos".
E ilustran esta tesis a través del interés producido por
reconceptualizar la naturaleza de la acción, así como la tendencia
a un punto de equilibrio entre "teoría del sujeto" y el análisis
más "institucional".
3) "Desarrollo cognoscitivo: "En tercer lugar, sería difícil negar
que ha existido algún tipo de progreso en la resolución de
cuestiones que previamente parecian inabordables o no se
analizaban de forma directa". Y ponen como ejemplo el que se
estaría superando la vieja división entre el "Erklären
(explicación por leyes causales) y "Verstehen (comprensión del
significado), precisamente a traves de desarrollos convergentes en
diversas corrientes teóricas.
Indicaciones de esta naturaleza pueden parece acentuadamente
optimistas. De hecho, dos años mas tarde, Turner seguía
insistiendo en el mantenimiento de una fuerte dispersión teórica.
Sin embargo, la posibilidad de que este dandose un proceso de
fermentación teórica que presente segmentos convergentes fue
puesta sobre la mesa, por autores importantes, y dificilmente
podría descartarse.
La cuestión sería saber si en América Latina también
podría
visualizarse indicaciones en este sentido. Ciertamente, una
referencia podría ser el hecho mismo de la preocupación creciente
entre los cientistas sociales latinoamericanos por analizar la
crisis de paradigmas. Diversos encuentros (con frecuencia a través
de la Comisión de Epistemología de CLACSO) se han realizado en los
últimos años, así como se ha producido una abundante obra sobre el
tema. Pero es sabido que preocupación no significa solución,
aunque sea su primer paso.
Sin embargo, existe otra indicación al respecto. Importantes
organizaciones que se dedican a las ciencias sociales en la
región, estan evaluando los últimos años la necesidad de tener una
perspectiva más regional. Principalmente, la Facultad
Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), despues de dos
décadas de que las sedes de su red se "nacionalizaran", parece
estar preparandose para un trabajo regional en el decenio de los
años noventa. ¿Sería posible que estas organizaciones adquirieran
una perspectiva de actuación más regional y no generaran ninguna
construcción teórica de la región? Todo es posible en los tiempos
que corren. Pero parece sensato pensar que, si fuera posible
construir de nuevo teorías de rango regional, y así, articular
investigación concreta y capacidad teórica, la institución que lo
hiciera (Universidad, Red, etc) se establecería como la de
obligada referencia cara al año dos mil.
4.5. ¿ Distintas perspectivas para las ciencias sociales del
Norte y de América Latina ?
Desde la orientación comparada de este estudio, cabe abrir la
pregunta de si pueden plantearse escenarios muy diversos entre las
ciencias sociales del Norte y las de América Latina, al menos a
corto y mediano plazo. Dicho mas precisamente: ¿ Podría tener
lugar una construcción teórica convergente en el Norte, que fuera
resolviendo en los hechos la crisis de paradigmas, sin que una
situación semejante sucediera en América Latina ? ¿ O al
contrario, podría desarrollarse una interpretación teórica de
caracter regional en AL, mientras tadavía en el Norte continuara la
dispersión cognitiva ?
Para tratar de dar un respuesta adecuada, primero es necesario
resolver un problema teórico que ha estado latente en todo el
análisis previo. Como se vió en la comparación del desarrollo de
las ciencias sociales en ambas latitudes, existe entre ellas una
relación epistemológica y teórica innegable, aunque dicha relación
tenga verdadera fuerza de Norte a Sur y no tanto al contrario.
Ahora bien, la cuestion consiste en saber hasta que punto es
autonoma la construcción teórica en América Latina, en especial al
examinar los procesos de crisis.
Es decir, habría que saber cual es la relación directa que pueda
haber entre ambas crisis de paradigmas, o, dicho de otra forma,
hasta qué punto son autonómas aunque se interelacionen. Como se
apuntó, existen al respecto dos posiciones desde las que enfrentar
el asunto. Una que enfatiza el peso de la crisis de paradigmas del
Norte sobre la crisis en América Latina. En breve, la crisis de
los grandes paradigmas sólo puede suceder donde estos existen, es
decir en los paises centrales. En América Latina no habría crisis
de paradigmas, sino más bien crisis o cambios de temáticas (bien
porque el viejo paradigma de la dependencia no ha muerto o bien
porque este nunca fué un verdadero paradigma). Esta posición no es
propia unicamente de los entregados a la sociología del Norte,
sino también se manifiesta entre quienes defienden la identidad
latinoamericana, como es el caso de Quijano (1988), para el cual,
lo que tiene lugar en el Norte es una "crisis de paradigmas" y, en
cambio, lo que se manifiesta en América Latina es una "crisis de
problemática" (Quijano, 1988, p.3).
La otra visión procede de quienes piensan que sí existe una
crisis
propia de paradigmas (relativos) en el interior de las ciencias
sociales latinoamericanas, aunque, ciertamente, ésta está conectada y, en
general, alimentada por la que se da en el Norte.
Naturalmente, el punto de partida de esta visión es la
consideración de que en América Latina sí puede hablarse de
teorías de orden regional, que obtuvieron -como se ha visto- el
consenso relativo de una gran proporción de cientistas sociales de
la región. Esta visión abarca autores que tienen diversa
evaluación de la crisis, desde Sonntag a Girola, pasando por
Coraggio o Vergara.
En general, la percepción que se tiene, desde esta segunda
visión,
de la relación entre ambas crisis es la siguiente: dado el rango
de la construcción teórica, la crisis de paradigmas en el Norte sí
tiene capacidad para afectar al consenso paradigmático en América
Latina, algo que es practicamente imposible a la inversa. La
pregunta es hasta qué límite: ¿una crisis de paradigmas en el
Norte podría llegar a provocar la ruptura del consenso en América
Latina ? Dicho de otra forma: ¿la autonomía del consenso
paradigmático en AL podría ser tan fuerte como para controlar el
indudable efecto que tendría sobre éste una crisis de paradigmas
en el Norte?
Ciertamente, estas cuestiones plantean en el fondo la relación de
factores internos y externos de las ciencias sociales en ambas
latitudes. Para ser sintéticos estas podrian condensarse en los
dos núcleos siguientes: 1) saber si es posible un gran cambio de
la realidad en el Norte sin que cambie la realidad
latinoamericana; 2) responder en este plano la vieja pregunta de
qué autonomía tiene el proceso de conocimiento respecto del objeto
cognoscible, la realidad social en este caso.
La respuesta a la primera cuestión no puede ser sino negativa,
más
alla de la opinión que se tenga de la tesis de la dependencia. Es
decir, si América Latina ha tenido un desarrollo en estrecha
relación con la economía mundial, un gran cambio en ésta parece
condenado a afectar profundamente la realidad de la región. Y
dificilmente podría saberse si ese efecto habría sido menor en
caso de que hubiera tenido lugar en AL un gran cambio
sociopolítico. Por decirlo desde la perspectiva actual -tendencia
a la formación de grandes conjuntos económicos- América Latina no
ha sido ni parece fácil que sea un conjunto autónomo del escenario
mundial.
Esto resolvería una parte del problema anterior: si el cambio de
la realidad latinoamericana fué un fenómeno "externo" que actuó
sobre el consenso paradigmático de las ciencias sociales de la
región, y dicho cambio sucedió como producto de la crisis en los
centros del sistema mundial, parece que el consenso teórico en AL
sí guardaría relación en última instancia con los cambios en
la
realidad en el Norte. Aunque ello sea a través de la mediación del
reconocimiento de la propia realidad latinoamericana.
Sin embargo, esto resolvería solamente el nexo indirecto que
existiría entre la crisis de paradigmas en el Norte y la de AL: la
crisis societal. Este nexo sería mas estrecho conforme hubiera
menos autonomía de la teoría sociologica respecto de la realidad
social. Porque en caso contrario (mucha autonomia de la teoría en
el Norte y mucha también en AL respecto de sus realidades
respectivas), la influencia directa sería más debil, y si la
hubiere, procedería más bien de la relación de factores internos,
epistemológicos y teóricos propiamente tales.
Ahora bien, el análisis comparado de las crisis hace pensar que
siempre habría que hablar de autonomía relativa: si se produce una
crisis de la realidad social surgirá la tendencia a un cambio en
la teoría social. Ahora bien, la dimensión del impacto guardaría
relación con dos factores: a) la propia magnitud del cambio en la
realidad social, y b) el estado interno de la teoría que se trate.
Veanse ambos.
Parece evidente que cuando la crisis societal sobrepasa ciertos
límites (y rompe la convivencia nacional, destruyendo Estados de
Derecho, etc.) el efecto sobre las ciencias sociales es amplio:
retematizando las preocupaciones disciplinarias, destruyendo
estructuras institucionales, etc. Este sobrepasamiento de los
límites sí ha operado desafortunadamente en América Latina (sobre
unas ciencias sociales tradicionalemnte inclinadas a la
proposición e intervención políticas).
En el caso en que la crisis societal no llegue a coyunturas tan
dramáticas, el efecto sobre la teoría social va a tener lugar,
pero podrá ser más controlado. De esta forma, ese cambio en las
ciencias sociales podría suceder: a) dentro de los paradigmas
existentes, provocando sólo, a corto plazo, una nueva lectura de
la realidad social, b) mediante una sustitución rápida de unos
paradigmas por otros, c) produciendo una crisis prolongada de
paradigmas.
Parece ajustado pensar que el hecho de que en el Norte se esté
asistiendo a esto último, procedería de que también hay fuertes
factores "internos" que están operando en esta crisis. Todo indica
que una fuerte crisis epistemológica y teórica han acompañado las
torsiones que sobre la teoría social ejercía el cambio societal.
Desde este contexto, la respuesta a la pregunta sobre si la crisis
de paradigmas en AL ha sido un reflejo de la crisis en el Norte,
tiene una respuesta aproximativa: el efecto de la crisis societal
ha sido tan fuerte en AL, que, junto a los problemas de
parcialidad en las teorías previas, crisis valóricas regionales,
etc., habrían sido suficientes como para provocar una crisis
propia en las ciencias sociales latinoamericanas, aunque no
hubiera habido una crisis de paradigmas tan profunda en el Norte.
Desde luego, el hecho de que esta también estuviera presente desde
el comienzo ha tenido un efecto multiplicador.
Cierto, desde el punto de vista lógico aún no se habría
agotado el planteamiento. Porque cabria perguntarse: y en caso de que no se
hubieran dado esos factores regionales internos, ¿la sola crisis
de paradigmas en el Norte, de efectos indudables, habría llegado a
provocar una crisis homóloga en América Latina? Naturalmente,
ello dependería en buena medida de la profundidad de la crisis en
el Norte y de su duración. Pero parece razonable pensar que, al
menos, habría tenido lugar un proceso de resistencia teórica en
AL, que habría desplazado la crisis hacia adelante, provocando un
aparecimiento tendencialmente asincrónico (como sucedió en
periodos históricos anteriores). El hecho de que, por razones
internas y externas regionales, la crisis teórica de las ciencias
sociales haya tenido lugar desde los años setenta, precisamente
indica que en esta oportunidad esa crisis en América Latina no ha
sido un mero reflejo de la producida en el Norte.
Ahora bien, visto este asunto en la perspectiva futura, cabría
recordar las preguntas iniciales sobre si la crisis en el Norte
podría cerrarse sin que se cerrara en América Latina, y viceversa.
Como se apuntó, todo indica que un proceso de convergencia teórica
en el Norte ayudaría a que esto se produjera en América Latina,
mientras que una coincidencia teórica en esta región influiría
mucho menos en el Norte. Ahora bien, todo lo visto hasta ahora,
incluida la reflexión precedente, inclina a pensar que se trata
dos procesos relativamente autonómos, por lo menos en un mediano
plazo. No está cerrada la posibilidad de que resurja la
construcción teórica regional en América Latina, sin que ello haya
de pasar por un correlato preciso en la evolución de la crisis de
paradigmas en el Norte.
En todo caso, el que algo así tenga lugar en la región
(creación
teórica convergente) depende fundamentalmente de lo que hagan los
cientistas sociales que trabajan en América Latina. E incluso en
el caso de que se piense que los paradigmas (que no serían sino el
resultado de esa convergencia) ya no son necesarios, habría que
estar de acuerdo en que: a) sin ese esfuerzo teórico resulta muy
difícil pensar regionalmente, y b) que la competencia profesional,
también en términos de mercado, sabría reconocer el prestigio de
lograrlo.
SISTEMA DE PERCEPCION RELACION
SOCIAL CONOCIMIENTO DE LO SOCIAL NUCLEO DE REFERENCIA
RACIONAL CIENCIAS CIENCIAS
SOCIALES SOCIOLOGIA
MORAL VALORES PENSAMIENTO
NORMATIVO IDEOLOGIA (POLITICA)
ESTETICO (EROTICO) ARTES PRODUCCION
CULTURAL DISCURSO CULTURAL