Cuad Cien Soc 94 (CCS)

CUADCIEN, 09/01/96, LA CRISIS TEORICA DE LAS CIENCIAS SOCIALES EN EL NORTE Y EN AMERICA LATINA: UN ESTUDIO COMPARADO

Cuadernos de Ciencias Sociales

País/Country: Costa Rica

Programa Costa Rica; Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLASCO)

Autor/Author: Enrique Gomáriz

Número/Number: 94

Frecuencia/Frequency: 10 por año/10 per year


Fecha/Date: 09/01/96


SUMARIO

1. Apertura

2. Antecedentes gnoseológicos

2.1. ¿ Crisis de paradigmas ? La involuntaria contribución de Kuhn a la confusión.

2.2. La crisis de la epistemología.

2.3. La vieja competencia cognoscitiva: cultura, política, ciencia social.

2.4. El uso y consumo del conocimiento en la sociedad actual: teorias versus modas intelectuales.

2.5. Las teorías sociológicas y su rango.

2.6. Principales causas de muerte de las teorías.

2.7. América Latina como extremo Occidente.

2.8. El nuevo escenario (sistema-mundo) en formación.

3. Teoría social en el Norte y en América Latina.

3.1. Periodización comparada de la sociología en el Norte y en América Latina.

3.2. Caracteristicas de la sociología latinoamericana.

3.3. La crisis de paradigmas en el Norte y en América Latina: un análisis comparado.

4. Perspectivas.

4.1. Las perspectivas más extremas: crisis terminal y ausencia de crisis.

4.2. Perspectiva postmoderna: hubo crisis de paradigmas, afortunadamente, porque estos ya no son necesarios.

4.3. Perspectiva epistemológica: la crisis sólo se resuelve mediante un cambio en la manera sociológica de pensar.

4.5. Perspectiva kunhniana: hay un proceso de fermentación teórica que establecería nuevos paradigmas.

4.6. ¿ Distintas perspectivas para las ciencias sociales del Norte y de América Latina ?

1. APERTURA

Los tiempos de crisis del conocimiento siempre tienen un lado positivo. Ayudan a recordar algo que tiende a olvidarse: que la teoría es gris por definición.

Claro que cabría preguntarse qué tono azabache puede alcanzar la teoría, cuando tampoco el árbol de la vida aparece precisamente verde. Pero esto sería harina de otro costal. En realidad, un costal más bien falso, porque en anteriores ocasiones, cuando la realidad entraba en crisis, era la teoría quien florecía en sofisticadas explicaciones.

El problema, en esta oportunidad, es que la realidad ha entrado en una crisis policromática y la teoría - como en esa puntuación del cine clásico - ha pasado a negro. O más precisamente, ha adoptado ese color que resulta de fundir una paleta completa: teóricos del intercambio, behavioristas, postestructuralistas, teóricos críticos, neofuncionalistas, fenomenologistas, interaccionistas simbólicos, marxistas, sistema-mundistas, biosociólogos, etnometodologistas, postpositivistas y un largo etcétera, si se hacen algunas combinaciones binarias (por no exagerar), sólo parecen capaces de dar microexplicaciones ramplonas o metadiscursos ya poco convincentes.

Con un nuevo condimento: ahora hay muchos que están felices con este aluvión. Consideran que ya era hora de denunciar el cretinismo de lo científico e instalarse comodamente en la deconstrucción resultante. Ciertamente, tampoco eso es algo nuevo. Pero quizás en esta ocasión las críticas culturales a la ciencia social coinciden en el tiempo con su desarticulación epistemológica. Y eso, aunque no fuera nuevo, sería de todos modos significativo.

Ultimamente ya no resulta extraño ver cómo los cientistas sociales inician sus textos advirtiendo que carecen voluntariamente de ambición explicativa general, persecución de sentido, o intención crítica ninguna. Naturalmente, otra cosa es lo que acaben haciendo después, porque con esta declaración previa de fe postmoderna pasa lo mismo que con las conocidas advertencias de brevedad que preceden algunos discursos interminables.

También es cierto que los hay excesivamente angustiados con la crisis y son capaces de llegar a extremos increibles: ahí esta la propuesta de Turner (T., 1989) de regimentar la adquisición de conocimiento sociológico, estableciendo que las asociaciones de sociologos sean las que determinen que temas hay que estudiar y excluyendo a toda persona lega del análisis social.

Mi tesis es de caracter intermedio: creo que la teoría social está en un periodo de fermentación (Giddens, Turner y otros, 1987) y que mientras aclare el panorama - en cualquier sentido -nada mejor que tomarse las cosas con calma. Esto no quiere decir permanencer inactivos. En realidad, todo lo contrario: nunca fue tan necesario la marcha hacia lo desconocido y el intercambio para orientarse. Significa más bien que la situación aconseja abandonar el cretinismo de lo constituido, sin caer en el fundamentalismo deconstructivista.

Con esta idea conciliadora me aproximo a señalar un muestreo de los elementos que considero útiles para tratar la cuestión de la crisis de paradigmas en el Norte y en América Latina. Para ello, creo que, primero, conviene abordar algunos antecedentes gnoseológicos, al objeto de tener varias referencias que, despues, faciliten la comparación del desarrollo teórico en los centros y América Latina. Entre estos antecedentes parece oportuno destacar: 1) el uso de la idea de paradigmas en las ciencias sociales, 2) la crisis de la epistemológía y sus efectos sobre las ciencias sociales, 3) la importancia que adquiere hoy la (vieja) competencia cognoscitiva entre cultura, política y teoría social, 4) la distinción entre moda cultural y desarrollo de las ciencias sociales, 5) las teorías, sus rangos y sus causas de muerte, 6) el reconocimiento de si América Latina es o no parte de la cultura occidental moderna, para saber si tiene sentido comparar sus ciencias sociales con las del Norte, 7) si se acepta la idea de que hay alguna relación entre teoría y realidad social, indicar el nuevo escenario (sistema-mundo) en formación, en el que se situa la actual crisis teórica.

Con estos antecedentes a la vista, se procede a comparar la teoría social y su crisis, tanto en el Norte como en Latinoamérica, a partir de algun tipo de periodización comparada del desarrollo anterior de las ciencias sociales en ambas latitudes. Advirtiendo, en primer lugar, que el análisis se centra sobre todo en el desarrollo de la sociología (la teoría sociológica) y, en segundo lugar, que se trata de mostrar el producto de la disciplina y no tanto estudiar su desarrollo institucional.

2. ANTECEDENTES GNOSEOLOGICOS

2.1. ¿ Crisis de paradigmas ? La involuntaria contribución de Kuhn a la confusión.

Desde que Thomas S. Kuhn publicara su tesis (1962) acerca de la estructura de las revoluciones científicas, los criterios epistemológicos parecen pasar por un acuerdo o desacuerdo con su versión del desarrollo de las ciencias. La idea de ciencia normal referida a los periodos en que el conocimiento cientifico se acumula progresivamente, en base a consensos que se formulan como paradigmas, y la imagen de crisis teórica que puede acabar provocando un cambio revolucionario, del cual van a surgir nuevos consensos y una nueva fase de ciencia normal, es casi un guión ineludible para hablar hoy de problemas epistemológicos.

Más adelante se hará alguna referencia al debate sobre la visión kuhniana, al hablar de la crisis de la epistemología, pero lo que ahora interesa es relacionarla con el asunto que aquí preocupa: la crisis teórica de las ciencias sociales. En este sentido, puede establecerse una escala que va, desde aquellos que niegan la utilidad de la visión de Kuhn para cualquier clase de ciencia, los que la aceptan para las ciencias físicas pero no para las sociales, hasta los que la admiten también para estas últimas.

Las observaciones que se le han hecho a Kuhn acerca de la necesidad de diferenciar los dos tipos de ciencias, se multiplicaron despues del conocido prefacio a la segunda edición de su tesis (1970), donde describe cómo su contacto con las ciencias sociales le facilitó el acuñamiento del concepto de paradigma.

"Lo más importante es que (Kuhn, 1971, p.13), el pasar un año en una comunidad compuesta principalmente de científicos sociales, hizo que me enfrentara a problemas imprevistos sobre las diferencias entre tales comunidades y las de los científicos naturales entre quienes había recibido mi preparación. Principalmente, me asombré ante el número y el alcance de los desacuerdos patentes entre los científicos sociales, sobre la naturaleza de problemas y métodos científicos aceptados. Tanto la historia como mis conocimientos me hicieron dudar de que quienes practicaban las ciencias naturales poseyeran respuestas más firmes o permanentes para esas preguntas que sus colegas de las ciencias sociales. Sin embargo, hasta cierto punto, la práctica de la astronomía, de la física, de la química o de la biología, no evoca, normalmente, las controversias sobre fundamentos que, en la actualidad, parecen a menudo endémicas, por ejemplo, entre los psicólogos o los sociólogos. Al tratar de descrubrir el origen de esta diferencia, llegué a reconocer el papel desempeñado en la investigación científica por lo que desde entonces, llamo paradigmas".

Y a continuación agrega una definición más a las veintidos que han podido encontrarse en su texto original: "Considero a estos (los paradigmas) como realizaciones científicas universalmente reconocidas que, durante cierto tiempo, proporcionan modelos de problemas y soluciones a una comunidad científica". (Como se sabe, una de las causas fundamentales de confusión en torno al uso del término, consiste en que Kuhn aplicó el vocablo paradigma a un consenso parcial de la actividad científica, lo mismo que al consenso general en torno a un conjunto de paradigmas. Posteriormente, en 1974, haciendose cargo de las críticas hechas en ese sentido aceptó usar la voz paradigma sólo en el primer sentido, y al conjunto de consensos-paradigmas compartidos por la comunidad científica denominarle "matriz disciplinaria". Sabiendo esto, y dado que lo que aquí importa es la definición sistémica arriba mencionada, se va a usar la idea de paradigmas -cuando se hable de crisis de paradigmas, por ejemplo- de forma indistinta, tal y como lo hiciera Kuhn en su tesis).

La cuestión consiste en que no está muy claro si lo que Kuhn llama paradigmas es algo que existe en las ciencias físicas pero no en las sociales. Todo parte de saber cuan amplio es ese "hasta cierto punto" que usa para diferenciar la práctica de las ciencias naturales del estado controversial endémico de las ciencias sociales.

En realidad, podría decirse que la particularidad de las ciencias sociales consiste mas bien en que aparecen consensos hegemónicos (es decir, algo así como paradigmas relativos), pero nunca en un contexto de ciencia normal. En las ciencias físicas, los paradigmas estan firmemente asentados sobre un tiempo normal de acumulación científica: son consensos sólidos que permiten esa acumulación. Eso no existe en las ciencias sociales. En ellas nunca hay ciencia normal. Siempre existen desacuerdos fundamentales, como si se encontraran en permanente revolución, en todo caso sin posibilidad de normal acumulación.

En las ciencias sociales sólo existen paradigmas relativos, casi como primus inter pares y no como consensos generales. Aunque, eso sí, esa primacía pueda durar un cierto periodo. Sólo en ese sentido, cuando aparece una coyuntura en que incluso esa primacía se derrumba, es posible hablar de "crisis de paradigmas" en las ciencias sociales.

No es necesdario hacer un recuento de las razones de esta ausencia de ciencia normal: desde la imposibilidad de objetividad cultural del cientista social, hasta el hecho de que el objeto de estudio incluye al sujeto investigador. Un objeto de estudio, la sociedad, sobre la que no es aplicable ninguna ciencia aplicada, porque cualquier ingeniería social nos acercaría al mundo de Orwell. Parece sensato pensar que las ciencias sociales han de estar ancladas en el diagnóstico y su problematización, dejando el tratamiento concreto de los problemas para la acción política, al menos en el campo concreto de la toma de decisiones.

Pues bien, desde mediados de los años setenta puede apreciarse una crisis de paradigmas (siempre usando ese lenguaje relativo) en todo el ámbito de la cultura occidental, tanto en sus centros como en América latina, en el sentido de que ni la orientación estructural-funcionalista, ni las que parten epistemologicamente del conflicto, pueden producir explicaciones que mantengan el mínimo consenso que generaron en el pasado.

Esa crisis podía intuirse cuando comenzó la década de los setenta, por razones internas, como puso de manifiesto Gouldner (G.,1970), en un trabajo cuyo mérito fundamental es la conclusión que da lugar a su título ("La crisis que viene en la sociología occidental"). Pero la crisis se hizo mucho mas patente, por razones externas, cuando la depresión económica de los setenta puso de manifiesto el inicio de un profundo cambio en la realidad social, que exigía al menos descripciones fundamentalmente nuevas.

2.2. La crisis de la epistemología.

Paralelamente, teniendo como referencia la ciencia en general -y no su contribución mas o menos oscura a la diferencición entre ciencias naturales y sociales-, la proposición de Kuhn fue probablemente crucial para hacer saltar la cuestión de si podía mantenerse o no la existencia de una forma de pensar cientificamente, es decir, de si puede hablarse de una teoría, lógica o filosofía de la ciencia, o más brevemente, si cabía la existencia de una epistemología en sentido pleno (y no simplemente de paradigmas científicos).

Cierto, la ruptura epistemológica ya había sido planteada por Bachelard (1934) en los años treinta y cuarenta, pero el peso de la posición epistemologista de la Escuela de Viena se mantenía aún a comienzos de los años sesenta, cuando saltó (1962) el debate entre Kuhn y Popper sobre si el desarrollo de la ciencia seguía un curso lógico (epistemológico) o no. El debate entre ambos fue desarrollandose hasta principios de los setenta y ello había de afectar a las ciencias sociales.

La fuerza de la tesis sobre las revoluciones científicas de Kuhn parecía disolver la proposición popperiana de la lógica de las ciencias, cuando nuevos epistemólogos, el más conocido Lakatos, entraron el liza con Kuhn. Lakatos (1968) trata de recomponer una metateoria de la ciencia, que, sin abandonar del todo la "lógica" de Popper, la flexibilice y pueda enfrentar el irracionalismo al que supuestamente conduce Kunh. Así, la ciencia no sólo sería un curso de ensayos y errores, sino también poseedora de un núcleo lógico pero abierto, que se formula como programa de investigación. La cuestión es que esa flexibilización fragiliza profundamente la eficacia de cualquier epistemología para reconocer cuando una teoría es válida o no lo es, o dicho de otra forma, para distinguir cual teoría es mejor que otra, especialmente cuando son excluyentes.

Es decir, a principios de los setenta, existe suficiente espacio para que se proyecten posturas como la de Feyerabend (1975), de rechazo generalizado a cualquier tipo de epistemologia, no sólo porque afirme que ninguna epistemología ha tenido éxito, sino porque sostiene que tampoco es una propuesta procedente. Feyerabend lanzara el grito del ¡ Todo vale ! Y sobre ese pie se contruirá mas tarde la propuesta global postmoderna.

Para los fines de este recuento, lo que interesa -más que describir los meandros del citado debate- es señalar que hacia mediados de los años setenta, la crisis de la epistemología permite el siguiente cuadro de posiciones: 1) los que sostienen que la construcción teórica no necesita atenerse a ningún conjunto de reglas metateóricas (epistemología), aunque no todos ellos acepten la versión ecléctica del todovalismo (Chalmers, 1982); 2) los que aceptan la dificultad de una epistemología general, pero creen en la utilidad de epistemologías parciales (una para cada ciencia), aproximandose de una u otra forma a la "matriz disciplinaria" de Kuhn; 3) los que sostienen que son compatibles visiones sociologistas de la ciencia con opciones epistemológicas abiertas, bien al estilo de programas de investigación de Lakatos o bien en la esperanza de afinar los instrumentos principales de la epistemología (la historiografía de la ciencia y el avance de las ciencias formales, desde la lógica hasta la teoría de conjuntos, pasando por la de probabilidades, etc.).

Esta crisis de la epistemología general tendrá, ciertamente, un efecto sobre la matriz positivista (o la "epistemología sectorial") de las ciencias sociales. Si la seguridad del empirismo lógico es puesta en cuestión en las ciencias naturales, mucho más facilmente lo sería en las ciencias sociales. Así, a fines de los años sesenta, se hundía la aspiración ortodoxa de que las ciencias sociales se fundaran en las mismas bases epistemológicas de una ciencia única, radicalmente opuesta a los otros planos perceptivos (valores, artes). Este cambio epistemológico operará tanto sobre el paradigma declinante (el funcionalismo), como sobre la promesa paradigmatica en ascenso (teoría del conflicto-marxismo). Dicho en breve, realizará su contribución a la descomposición paradigmática que afectará a las ciencias sociales en el cambio de la década de los sesenta a los setenta.

En todo caso, es importante retener que ese impacto había tenido lugar en lo fundamental, cuando luego se formula la propuesta postmoderna como un conjunto más amplio de planos perceptivos (uno de cuyos elementos es, desde luego, esa crisis de la epistemología). Ahora bien, la propia fundamentación del postmodernismo viene, en efecto, a continuar la brecha abierta diez años antes por ese proceso de crisis epistemológica dentro de las ciencias sociales.

2.3. La vieja competencia cognoscitiva: cultura, política, ciencia social.

Ese proceso de crisis de la epistemología va a contribuir pronto al resurgimiento de la vieja competencia cognoscitiva entre distintos planos perceptivos. De esta forma, el efecto sobre las ciencias sociales acabará siendo el de la crítica procedente de otro ámbito del conocimiento (artístico-cultural), así como la concomitancia con la crisis en el campo valórico, manifiesta especialmente en el discurso político.

No se trata ciertamente de nada nuevo: desde el nacimiento de las ciencias sociales se ha venido produciendo una competencia de espacios entre las expresiones referidas a los tres ámbitos del conocimiento: racional, moral y estético. Así, de fines del XVIII a finales del XIX, la explicación de la realidad fue pasando del campo de la literatura o la filosofia, e incluso desde ciertos segmentos de la historia (es decir, desde lo que se clasificaba comunmente, hasta la primera mitad del XX, como "filosofía y letras"), al campo de las ciencias sociales, entendidas estas como un tronco cuatripartito (economía, antropología, sociología y ciencia política) cuyos limites se difuminaban en relaciones inconfesables con la historia, por un lado, y con la psicología, por el otro.

Este traspaso de competencias se hizo siempre en permenente tensión y provocó pronto una fuerte reacción contraria. Así, precisamente cuando, hacia fines del XIX, la afirmación cientifico- positivista llegaba a su máxima expresión, tuvo lugar una violenta respuesta desde el campo cultural, cuyo exponente más alto fue la obra de Nietzsche, que vapuleó con suficiente ironía el cretinismo teorico de la época.

Sin embargo, más allá de apariciones puntuales, el campo humanístico dejó el lugar a las ciencias sociales en la descripción de la realidad social practicamente durante todo el siglo XX. Unicamente con la crisis mencionada, desde principios de los setenta esta situación comenzó a ponerse en cuestión, no sólo desde la discusión epistemológica o desde la creación artística o intelectual, sino también desde la cultura de nuevos actores sociales (movimientos). Es decir, tuvo lugar un consenso extenso (desde supuestos filosóficos hasta, por ejemplo, postulados feministas) en torno a que la actividad del conocimiento necesitaba un reequilibrio en contra de la percepción racional, y a favor de las otras dos vías: la moral y la erótica-estética.

Este reequilibrio en los planos de la percepción en el mundo de lo social (ciencias, valores y artes), por decirlo de una forma tradicional y weberiana, significa la aceptación de que el conocimiento de la realidad social (ver cuadro I) procede no sólo de las ciencias sociales sino del pensamiento normativo y de la producción cultural (cuyos núcleos de referencia, en este contexto, serían la sociología, la ideología política valórica y el discurso intelectual-cultural). En su forma más aguda, esta aceptación puede significar la inexistencia de limites claros entre los distintos planos perceptivos.

CUADRO I
SISTEMA DE PERCEPCION RELACION SOCIALCONOCIMIENTO DE LO SOCIALNUCLEO DE REFERENCIA
RACIONALCIENCIASCIENCIAS SOCIALESSOCIOLOGIA
MORALVALORESPENSAMIENTO NORMATIVOIDEOLOGIA (POLITICA)
ESTETICO (EROTICO)ARTESPRODUCCION CULTURALDISCURSO CULTURAL

Por otra parte, puede afirmarse que la "crisis de paradigmas" de las ciencias sociales, también vino precedida de una crisis semejante de la ideología política, que se inició con la evidente crisis de valores de fines de los años sesenta (la fecha mítica es 1968). La dialéctica principal existente hasta ese momento era la que enfrentaba el desarrollismo mundial (a través del Estado de Bienestar) y la propuesta revolucionaria, de corte igualitarista. Con la crisis subsiguiente y desde fines de los setenta, la nueva dialéctica pasó a ser la existente entre el regreso al darwinismo social, a través de la teoría neoliberal (mucho menos progresista que su antecesora), y el refugio defensista del mantenimiento del Estado de Bienestar (o la recuperación de la democracia en la periferia).

No es exagerado afirmar que los años ochenta mostraron cómo la crisis socioeconómica iba a ser claramente acompañada por la crisis del núcleo duro de la ideología crítica, el marxismo. Dicho de otra forma, la crisis de la realidad social no vino a mostrar la superioridad del "paradigma" marxista frente al desarrollista, sino más bien la subordinación de ambos bajo la fuerza del diluvio neoliberal.

Esta crisis en el campo de los valores (ideológicos) tenía que afectar de alguna forma a las ciencias sociales. Sin embargo, no pueden establecerse simples correlaciones. De hecho, en las ciencias sociales no tuvo lugar ningún predominio teórico, que sustituyera los anteriores, sino más bien una explosión de miniescuelas, o como en América Latina, un retroceso al proyecto parcial y al eclecticismo rampante.

La suerte de las familias intelectuales que tenian parientes tanto en el campo de las ideologías como en el de las ciencias sociales, no fue la misma en cada ámbito. El caso más claro, el marxismo, incluso expresado cómo materialismo histórico, tuvo una muy distinta fortuna: como ideología -y especialmente en el espacio de la ingeniería del cambio social- declinó notablemente, primero por su incapacidad de señalar estrátregias ante la crisis de la realidad social en los setenta (Anderson, 1986), y despues como reacción refleja de la crisis del sistema comunista mundial. Sin embargo, en el campo de las ciencias sociales tuvo una caida paralela unicamente en el mundo latino y sus centros, mientras en el mundo nórdico y anglosajón experimentó un movimiento contrario, produciendo durante los ochenta (y segunda mitad de los setenta) obras de un nivel superior al de décadas anteriores.

Puede afirmarse que, como una conjunción de planos (filosóficos, valóricos, culturales), se pone en cuestión el discurso de las ciencias sociales, en el contexto de la crítica general de la cultura moderna, o más bien, del impulso deconstructivo de la modernidad, por parte de esa orientación general que se ha dado en llamar postmoderna. Como en el pasado, el objetivo central de la crítica ha sido la razón y sus expresiones mas patentes: todo lo que suene a intento de describir cientificamente una realidad (social). Cierto, se podrá argumentar que se está dando por resuelto justo el problema que hay que plantear: saber si es posible dotar de una propuesta postmoderna a la perspectiva epistemológica de las ciencias sociales. Pero es un hecho que la crítica postmoderna sí estaba dirigida contra la supremacía racionalista de esas ciencias, tal y como ellas trabajaban hasta el momento. El objetivo final de la crítica era el metarelato, pero con éste también se cuestionaba una forma prioritaria de conocer la realidad social, a favor de otras descripciones, las artísticas, por ejemplo.

Ciertamente, puede afirmarse que esa crítica ha venido a profundizar un rasgo ya abierto previamente por la crisis de la epistemología y la hermeneutica. Al menos así ha sucedido en la sociología de los centros y principalmente en los anglosajones. La tendencia hacia la visión parcialista no procede tanto del influjo de la crítica postmoderna, como de un proceso anterior: la crisis teórica y epistemológica y su consiguiente explosión de miniescuelas con sus miniteorias sociológicas propias. Por otra parte, las contribuciones mas amplias, han continuado realizandose, partiendo o no de la discusión epistemológica, pero tomando mucho menos en cuenta el fenómeno postmoderno.

Otra cosa parece suceder con la teoría social en la periferia latinoamericana. En este contexto, la crisis epistemológica llega con menos intensidad y su relativización interpretativa opera cuando cambia la década (sesenta a setenta) contra el viejo paradigma positivista-desarrollista, facilitando en un principio el ascenso de la alternativa paradigmática (tesis de la dependencia). Posteriormente, cuando llegan los años ochenta, se vuelve a plantear la crisis epistemólogica pero ya sólo como preludio de la llegada de la propuesta postmoderna. Este encadenamiento, sin embargo, parece sintonizar bien con el abandono de la tensión teórica de buena parte de las ciencias sociales en América Latina.

2.4. El uso y consumo del conocimiento en la sociedad actual: teorías versus modas intelectuales.

La otra referencia de contexto que tiene la actual coyuntura teórica se refiere al uso y consumo del conocimiento generado por las ciencias sociales en la sociedad contemporánea. La cuestión es saber cómo opera el proceso de desarrollo científico, necesario para que al menos la primacía paradigmática (del primus inter pares) se establezca, en la época de las comunicaciones electrónicas, donde se asienta el dictado macluhaniano de que el medio es el mensaje.

Los estudios realizados en torno al uso del conocimiento sociológico (Brunner, 1989) muestran que éste tiene mayor impacto no precisamente como base directa para la ingeniería social (como podría esperarse), sino como fuente para la formación del ideario político y cultural de la sociedad que se trate.

En efecto, segun estudios referidos al uso de la investigación social en el campo de la formulación de políticas (Weiss, 1986 y 1980), la cadena directa que lleva a la investigación a hacerse ciencia aplicada y a aplicarse efectivamente, cómo regularmente sucede en las ciencias físicas, tiene mucho menos lugar en las ciencias sociales. Incluso tampoco tiene tanto relieve (la investigación social) como generalmente se piensa, como fase preliminar del proceso de toma de decisiones. Tiene algún uso como resultado de interacciones indirectas, o como fórmula para argumentar a priori o a posteriori una decisión política cuyas motivaciones estan relacionadas con otros factores.

Los estudios mencionados muestran que, en realidad, el uso mas frecuente de la investigación social se refiere a la absorción de ciertas ideas y determinados conceptos creados por ella, por parte de los grupos que tienen que adoptar decisiones y políticas. Es decir, de influir de manera indirecta en el ideario general de las élites sociales.

Esto nos lleva directamente a la necesidad de estudiar el escenario del consumo de ideas en la sociedad tecnológica actual. La trama formada por los medios de comunicación de masas es la plataforma principal donde se instala ese ideario en escena. Si algo distingue a la sociedad de masas es precisamente esta forma de consumir conocimiento. Ya no se trata de un conjunto de ideas que constituyen parte fundamental de la hegemonía ideológica, que cambian lentamente y van asociadas fundamentalmente a la creación del pensamiento político, como sucedía en las sociedades burguesas tradicionales.

En la sociedad de masas actual, los medios de comunicación compiten no sólo por emitir rapidamente la mejor información periodística, o por ofrecer los mejores programas de entretenimiento, sino también por liderar la producción del "ideario en escena". Es decir, el establecimiento de un conjunto de ideas sugestivas que explican momentaneamente de forma parcial o total la realidad social, y que van a durar poco tiempo en el candelero, ante la novedad y la agresividad de otro grupo de ideas. Esta es la forma de consumir conocimiento en la sociedad de comunicación electrónica.

Ciertamente, se trata de un proceso en el que la absorción del conocimiento tiene que simplificar drasticamente cualquier teoría, y, dado que la novedad es tan importante como la consistencia, el escenario está listo para absorver ideas interesantes de cualquier fuente posible: hoy puede ser la economía la principal abastecedora, pero mañana podría ser la medicina. Esto no significa que el escenario cambie de tramoya cada noche, sino que regularmente hay un núcleo de ideas que mantiene su predominio durante meses y aun algún año, constituyendo lo que puede denominarse como "moda intelectual-cultural".

Esta moda intelectual será consumida por un público semiculto que, regularmente, no tiene tiempo para comprobar si esas ideas en escena tienen o no asidero en una teoría social consolidada. Ese público tiene formas de evaluar la moda intelectual, a través de su contraste con otras tradiciones culturales, su propia práctica social, etc. Pero ese proceso no es lo que ahora interesa, sino más bien el polo contrario: saber cómo se relaciona la teoría social con la moda intelectual.

Si se examina la experiencia de estos últimos veinte años parecen evidenciarse dos fenómenos. Por un lado, el impacto de la moda intelectual sobre la teoría social parece en general reducida: la construcción de la teoría social en las pasadas dos décadas ha seguido sus impulsos internos, dejándose obsesionar más bien por los cambios en la realidad social, que por las sucesivas modas intelectuales. Un caso significativo es el de las ciencias sociales en Inglaterra durante los años ochenta.

Por otra parte, los cientistas sociales no han accedido regularmente a simplificar sus mensajes para tener más impacto en el escenario comunicativo. Ahora bien, cuando un grupo intelectual ha decidido hacerlo sí se ha producido un efecto de sintonía. El caso más conocido fue el de los "nuevos filósofos" franceses, que efectivamente consiguieron mantenerse como moda intelectual en su país durante unos tres años, sin que ese impacto comunicacional tuviera nada que ver con la importancia del grupo en el desarrollo de las ciencias humanas francesas.

En suma, con la autonomización relativa de la estructura comunicacional contemporánea, se ha creado un escenario de ideas (donde se forja la moda intelectual), que es necesario distinguir del desarrollo de las ciencias sociales en tanto tales. Estas pueden ser fuente frecuente de ese consumo intelectual (e incluso ser ese su mayor uso), pero tienen su propio ritmo de creación, tendencialmente más largo que el de las modas intelectuales, y responden a sus propias motivaciones. No se trata de negar la atracción que pueda ejercer para un cientista social o para un grupo de estos, el que una moda intelectual se establezca a partir de una teoría suya, pero es necesario subrayar que teoría social y moda intelectual son dos cosas distintas, y que su relación, generalmente más débil de lo que se piensa, necesita ser sopesada en cada ocasión. Lo cual significa, en todo caso, que la lectura de una serie de modas intelectuales, siempre mucho más a la vista, no necesariamente permite reconocer el estado de la teoría social en su conjunto o de alguna de sus principales escuelas.

2.5. Las teorías sociológicas y su rango.

Esta simple compilación de referencias no parece el lugar apropiado para hacer un profundo sondeo etimológico del término "teoría" en la actividad científica en general y de las ciencias sociales en particular. Para dar una idea de lo lejos que nos llevaría eso, podría mencionarse la definición que se hace de teoría en un reciente glosario de terminología cientificio-social: "Una teoría, así pues, puede formularse integramente en términos de un lenguaje de primer orden (L), que contiene como sublenguajes a (Lo) y a (Lt) cuando menos, y que lleva asociado un cálculo (K), que permite el establecimiento de relaciones operativas" (Alberto Hidalgo, 1991).

Lo que sí puede resultar util en este contexto es tomar en cuenta la tendencia de las últimas décadas a considerar las teorías no sólo como lo fueron tradicionalmente, esto es, sistemas de axiomas, teoremas e hipótesis capaces de explicar y predecir experimentalmente determinados fenómenos, sino considerando que también son doctrinas, sistemas de convicciones y creencias. Si esto ha sido planteado para las ciencias físicas, con mucha más razón puede decirse para las ciencias sociales.

En el caso de la teoría sociológica se tiende a utilizar el plural (teorías), para advertir de la posibilidad de hablar de distintos niveles en la construcción teórica. Un primer nivel corresponde a las teorías de la totalidad de la realidad social. Inmediatamente conviene diferenciar de este grupo a lo que se ha dado en llamar metateorías (Turner, 1989), es decir al esfuerzo por establecer leyes originales, esenciales o atemporales del comportamiento humano (¿ por qué se asocian los seres humanos ?, por ejemplo). Tales perspectivas no pertenecen con propiedad al campo de la sociología, sino más bien al de la antropología o la filosofía social, y resultan practicamente inútiles en el ámbito de la teoría sociológica.

De forma tácita o explícita, la sociología se ha constituido con una tensión presentista, referida a la sociedad contemporanea (moderna en todo caso) y usa tiempos o espacios distintos con el sólo interés comparativo. O bien examina con métodos sociológicos sociedades de otras épocas, pero entonces lo hace explicitamente, y recibe la denominación de sociohistoria. Esto no significa que la sociología no pueda contribuir a mostrar reglas temporales o histórico-contemporaneas, de un determinado sistema social o económico, pero haciendolo siempre como insumo y no tanto como sustitución de la filosofía de la historia.

Es necesario advertir que la voz metateoría es empleada también por otros autores para referirse a la matriz epistemológica de una teoría cualquiera, algo más allá -o más acá- de la propia constitución de teorías, que es lo que aquí interesa. (También se utiliza, como lo hace la propuesta postmoderna, cuyo uso o el de su sinónimo, metarelato, se hace para referirse de forma general a las reflexiones de los clásicos, es decir, a lo que más adelante será indicado aquí como teorías de primer nivel).

Así pues, el nivel más panexplicativo de la sociedad moderna no se refiere aquí al esfuerzo metateórico (ni temático ni epistemológico) sino a la explicación global de esa realidad social, tal y como lo hicieron Durkeheim, Weber, Marx, Parsons o Habermas. Construcciones teóricas que han contribuido y contribuyen a formar métodos, visiones, categorías, con las que examinar dichas sociedades modernas. sería un primer nivel de la teoría sociológica.

Un segundo nivel estaría formado por las teorías que se refieren a la descripción y/o el desarrollo de áreas parciales, temáticas o geográficas, de la realidad social en las sociedades modernas. Con frecuencia, se trata de teorías que dan base a las diferentes "sociologías": sociología del trabajo, de la cultura, de las instituciones, etc.; o también sociología del altiplano boliviano, sociología del área andina, etc. Ciertamente, este tipo de teorías tiene una tensión permanente con las del primer nivel, pero lo que las califica como teorías regionales es precisamente su mantenimiento en este segundo nivel y su dificultad para convertirse en teorías panexplicativas.

Un tercer nivel de teorías sociológicas estaría referido a los aspectos más puntuales y/o coyunturales de la realidad social, en general, conocidos como "estudios de caso". Es decir, análisis de ciertos aspectos de las mencionadas sociologías, o de localidades reducidas, o bién de acontecimientos sucedidos en recorridos de tiempo muy breves.

Este sencillo señalamiento de niveles teóricos necesita, sin embargo, de una observación complementaria. En la explicación, la jerarquía de niveles guarda relación con la dimensión del objeto estudiado, pero es necesario advertir que no depende sólo de esta. Dicho de otra forma, se manifiesta cada vez más una tendencia a dividir entre lo que se da en llamar "macrosociología" (cuya teoría sería lo que aquí se ha diferenciado en niveles) y lo que se conoce como "microsociología", cuyo nucleo central sería lo que se conoce como sociologia grupal. La importancia y consistencia estructural de una teoría generada en el campo de la microsociología, no tiene forzosamente que ser menor que otra generada en el ámbito macrosociológico. No obstante, esta observación también necesita ser matizada. En primer lugar, porque, a menos que se esté de acuerdo con la idea de que toda lectura macro puede inducirse desde lo micro, las teorías de primer nivel, panexplicativas, tienen entidad diferenciada en sí mismas. En segundo lugar, porque las teorías referidas al análisis grupal presentan una competencia disciplinaria entre la sociología y la sicología (microsociología versus sicología social).

En todo caso, a la vista de esta descripción de los rangos de la teoría sociológica, cabe preguntarse por la ubicación de los esfuerzos teóricos que se realizan desde América latina. Ello, entre otras razones, porque se ha coincidido bastante en que la sociología latinoamericana se caracteriza por carecer de teorías de primer nivel. Sobre esto regresaremos más adelante, pero lo que aquí interesa es señalar la existencia del obstaculo objetivo que presenta la construcción de macroteorías desde la periferia.

Por decirlo brevemente, un esfuerzo teórico realizado desde la realidad social del Norte (Durkeim, Weber, Parsons, etc.) puede convertirse facilmente en una obra clásica, cuyas categorías, por una vía u por otra, acaben teniendo un uso tendencialmente universal. Por el contrario, un esfuerzo teórico hecho desde la realidad latinoamericana, podrá llegar a impactar la visión que desde el Norte se tiene de América Latina, pero dificilmente aportará criterios de uso universal que se conviertan en herramientas para examinar las sociedades del Norte. De hecho, para ello habría que pensar directamente en el sistema-mundo también desde las sociedades del Norte, y lo cierto es que esa reflexión no ha sido hecha por los autores latinoamericanos, a excepción de quienes se instalan en el hemisferio Norte (Laclau, por citar un ejemplo contemporaneo). Los sociologos que trabajan en América latina se han centrado en tratar de explicar la realidad del subcontinente, algo enteramente válido, pero que les precondiciona a la hora de construir teorías de nivel universal.

Ciertamente, los nuevos adversarios de los metarelatos dirían que así los analistas latinoamericanos tienen, afortunadamente, menos posibilidades de cometer ese error. (Lo que no les impedirá probablemente mantener en un lugar preferente de su biblioteca a los denostados clásicos, dispuestos para ser usados en el momento oportuno).

Ahora bien, es importante subrayar que en América Latina sí se ha producido ese segundo nivel de teorías. Por ejemplo, la tesis de la dependencia logró conformar un paradigma regional, cuya rápida extensión fue pronto cortada a fines de los setenta, por razones que explican en buena medida la propia crisis teórica actual.

2.6. Principales causas de muerte de las teorías.

No es necesario compartir toda la visión kuhniana del desarrollo de las ciencias, para poder utilizar como punto de partida su idea de cómo se produce la crisis de las teorías científicas. Casi de una forma simplemente narrativa, puede señalarse que dicha crisis aparece en las ciencias naturales cuando algún fenómeno físico desafía un consenso científico establecido. Si esa zona de anomalía es amplia pronto se verá afectado el paradigma general -matriz disciplinaria- y aparecerá la incertidumbre. (Importa advertir que aquí se va a hablar de la salud tanto de ese paradigma general, como de las teorías en sus distintos niveles, pero sin preocuparse por la de las metateorías temáticas o epistemológicas. Más aun, sin preocuparse por si las teorías podrían pertenecer o no a una epistemología general, en el caso de que ella existiera).

Así pues, la manera regular de como se produce la muerte de una teoría en las ciencias naturales, tanto en un proceso de ciencia normal, como una coyuntura de crisis general, se refiere a que la naturaleza muestra que puede ser percibida de otra forma (se supone que más profunda) que a través de la teoría previamente existente. Dicho en breve, la causa normal de muerte de una teoría es la referida a la posibilidad de avanzar en el conocimiento del objeto cognoscible.

Ahora bien, esta muerte por causas naturales no suele ser precisamente pacífica. Como se sabe, el fallo de la teoría precedente no resulta evidente para el conjunto de la comunidad científica de forma rápida y general. Lo que regularmente sucede es que se provocan fuertes resistencias a admitir esa posibilidad, originandose así el conocido curso de críticas y contracríticas. Pero si así es como sucede en las ciencias naturales, en el caso de las sociales el debate crece exponencialmente. Los cientistas sociales muestran en estas situaciones el conjunto de valores que laten en su interior, y, por lo general, el debate sobre las teorías previas se diferencia muy poco de cualquier dabate político.

De todas formas, en las ciencias sociales las cosas son mucho más agitadas: algo lógico si se piensa en lo que se dijo acerca de que carecen de vida normal. Además de morir por causas naturales, las teorías sociales pueden perecer por varias otras causas. Sin embargo, mayor agitación no signigfica obligadamente mayor mortalidad. En realidad, debido precisamente a que las ciencias naturales poseen vida normal, cuando una teoría es sustituida por otra, aquella está condenada a perecer efectivamente en un plazo relativamente breve. En la historia de la ciencias sociales eso sucede mucho menos (apenas sucedió realmente con el organicismo), sino que lo que tiene lugar es una lenta declinación relativa, para tener una existencia de menor relavancia. Es decir, más que muerte definitiva, lo que ha sucedido con teorías que se establecieron como paradigmas (quizás el caso más claro ha sido el del funcionalismo) es que perdieron esa capacidad paradigmática. Así, en las ciencias sociales, mas que causas de mortalidad cabría hablar de causas de morbilidad.

Una de las más frecuentes, que establece una primera diferencia con las ciencias naturales, se refiere al cambio radical del propio objeto de análisis: la realidad social. Cierto, esto también puede suceder en las ciencias naturales, pero las mutaciones sustantivas de la naturaleza son mucho menos frecuentes y mucho mas lentas, de tal forma que puede afirmarse que la casi totalidad de los cambios teóricos que se han producido en las ciencias físicas estan referidos al mejoramiento del conocimiento y no a cambios drásticos en la naturaleza.

En las ciencias sociales, en cambio, la amenaza de que la teoría presente un envejecimiento prematuro en razón del cambio de la realidad social, es algo que ha perseguido a practicamente toda su construcción teorica, del marxismo al funcionalismo. Y ello puede afectar tanto a las teorías de primer nivel como a las restantes, si bien es más fácil que un estudio de caso pierda abruptamente su validez, que otro sobre un conjunto de sociedades del hemisferio Norte.

Otra posibilidad de fragilización de las teorías sociales, puede presentarse por reacción de la propia realidad social, en el sentido de producir la destrucción de la comunidad científica. Esta fué una posibilidad que ciertamente se presentó en el origen de las ciencias físicas: hoy se sabe que muchos científicos perecieron por plantear teorías contrarias al orden socio-religioso establecido, pero todavía no se sabe cuantos otros se llevaron su creación a la tumba. En algunas regiones del globo, este fenómeno sucedió con las ciencias sociales. Es bien conocido el caso de España, donde despues de la victoria franquista en la guerra civil se planteó un autentico vacio en esta disciplina por más de veinte años. También el de la Alemania nazi o el de la Unión Sovietica de Stalin. Aunque en la mayoria de los casos lo que sucedió fue que otras regiones del globo pudieron beneficiarse de estas diásporas, principalmente el continente americano (Medina Echevarria fue quizás el ejemplo más evidente en el ámbito latinoamericano).

Además de estos situaciones radicales (destrucción de la comunidad científica) se plantean grados menores de reacción de la realidad social. Lo que importa destacar es que se ha estudiado poco cuales son los efectos que para los cientistas sociales tiene un contexto de destrucción del Estado de derecho. Algo que sí es relevante para el contexto latinoamericano. Cabe preguntarse que consecuencias puede tener para la reflexión teórica, quedarse "pensando a partir de la derrota" (Lechner, 1988). Pero no parece improbable que esta perspectiva induzca a introducir cambios en la trama teórica previa, más alla de la calidad interpretativa de ésta.

Otra causa de morbilidad de una determinada teoría social puede proceder del contagio. Es decir, de la comunicación de la crisis de ciertas teórias desde otras áreas del conocimiento: la filosofía y la ideología política, las más peligrosas. Por poner un ejemplo, algo de esto sucedió con la teoría social en Francia, luego de la caida del marxismo occidental latino. En el caso latinoamericano, la crisis en estas áreas del conocimiento se entrelazó bien con la crisis de la realidad social, y esa crisis combinada operó, sin duda, sobre el desarrollo posterior de la teoría sociológica en la región.

También cabe preguntarse sobre si puede ser causa de muerte de una teoría social su enterramiento bajo determinada moda intelectual. Lo que conduce a una pregunta más general: saber si puede suceder que una teoría que explique la realidad social sea abandonada, no porque haya dejado de explicarla, sino por un conjunto de factores internos y externos, y sin que ello sea producto de su sustitución por otra teoría mejor (porque eso, obviamente, sería un caso de muerte natural). Dicho en términos drakuleanos: saber si una teoría puede ser sepultada viva. Desde luego, en ciencias sociales esta es una hipótesis dificil pero no imposible, si bien en un grado menor de gravedad.

Accidentalmente, lo que ha solido ocurrir en la historia de la sociología es que una determinada teoría operaritiva ha parecido desaparecer por un tiempo, para reaparecer despues, bien bajo la misma forma que en el pasado o bien con leves modificaciones. Eso sucedió con la teoría marxista en varias oportunidades: con el nacimiento del siglo XX, a mediados del mismo y, de nuevo, desde principios de la década de los años setenta. En cada oportunidad, despues de parecer obsoleta durante un tiempo en el cuadro de las ciencias sociales, volvió a ocupar un espacio importante en ellas. (Ahora, segun Alexander, 1987, habría regresado como un pensamiento clásico más, sin la capacidad paradigmática del pasado).

El ejemplo del marxismo también es bueno para señalar otro riesgo de deterioro de una teoría social: su asociación con la voluntad propositiva con que fué planteada, o simplemente con su uso político. Podría argumentarse que, a menos que quiera confundirse capacidad de diagnóstico con versión propositiva o uso ideológico, las teorías sociales deberian evaluarse fundamentalmente por su consistencia explicativa. Sin embargo, una comunidad científica puede poner en cuestión una teoría social -y lo ha hecho- por las razones antedichas. Y eso no sólo ha sucedido con el marxismo. Gouldner en 1970 mostró como algo similar sucedió con el funcionalismo norteamericano a partir del uso que hizo el sector público de esa teoría desde la postguerra a fines de los sesenta.

Ciertamente, las observaciones hechas sobre las causas de riesgo de una teoría social estan referidas, en general, a las que anteriormente se denominaron de primer nivel. En el caso de las teorías de rango regional, existen también riesgos adicionales. Una teoría que explique adecuadamente una porción de la realidad puede ser abandonda por un comunidad científica, simplemente porque ese aspecto de la realidad no sea ya el que parece relevante para pensar esa realidad social. Si a ello se asocia una moda intelectual -procedente o no del Norte- contraria a la referida teoría regional, las posibilidades de que esa teoría válida sea enterrada viva son considerables.

2.7. América Latina como Extremo Occidente.

Otro antecedente necesario a la hora de comparar la crisis teórica del Norte con la de América Latina, especialmente en un tiempo en que el factor cultural es tan subrayado por varias corrientes sociológicas, es reconocer en qué medida la cultura latinoamericana forma parte del universo cultural occidental.

Existe un consenso creciente acerca de que las sociedades latinoamericanas actuales (en buena medida, desde la II Guerra Mundial) representan, al decir de Rourquier, el Extremo Occidente. Dicho de otra forma, frente a quienes basan la identidad latinoamericana en el rechazo a la modernidad, o a quienes subrayan la fatal diferencia con el Norte, se afirma la percepción de que América Latina es parte de la modernidad, más allá de su particular forma de serlo.

En otra oportunidad he discutido (Gomáriz, 1991) la versión presentista (Brunner, 1991) de esta percepción (AL sólo sería moderna desde la II postguerra). Si se usan ciertos parámetros de recepción de la cultura moderna (analfabetismo, zona de residencia, etc.), toda una subregión (Cono Sur) y algún otro país habrían tenido esa cultura moderna cuando comenzó el presente siglo, es decir, cincuenta años antes de la postguerra. Pero creo que existe suficiente evidencia de que hubo en América Latina algún tipo de cultura moderna previa a la sociedad de masas conformada en buena parte de la región a partir de 1950.

Esa cultura moderna-tradicional se caracterizó por afirmar la modernidad y la modernización en un contexto donde los elementos protomodernos (modernos ad ovo) y premodernos continuaban presentes. Pero esa cultura resultó la base sobre la que se desarrollaron las naciones latinoamericanas desde su independencia, tanto por sus contenidos racionales y morales (muchas veces implícitos) como por sus sistemas de transmisión masivos (producción escrita, radio, televisión). Esa cultura se extendió de las ciudades hacia el campo a través de instrumentos modernizadores, como los ejércitos independentistas y republicanos, la enseñanza pública, etc., y en general mediante la modernización económica y política.

Esto es, si se conviene en que la modernidad es un proceso con varias etapas y se acepta la idea (Bergman, 1988) de que en Europa pueden identificarse tres fases generales (del quatrocentto a fines del XVIII, de las Luces al último cambio de siglo, desde principios del XX), ese criterio de proceso mostraría en América dos fases: la referida al siglo XIX hasta principios del XX (modernidad-decimonónica-tradicional), y la que hace a la formación y desarrollo de la sociedad de masas (que tiene un calendario diferente según paises y subregiones de América Latina).

América Latina se independizó como extremo-occidente de un sistema cultural mundial, entre otras razones, porque no mantuvo una cultura milenaria para enfrentarla a la modernidad occidental, como sucedió con Asia o el Mundo Arabe, ni era un conjunto de culturas tribales cuando esa modernidad llegó, como pasó con el Africa Negra. Con esa preparación previa que fue la construcción durante tres siglos del mestizaje, lo que aquí tuvo lugar fue una acentuada particularización de esa modernidad.

La característica de esa modernidad periférica ha sido la heterogeneidad cultural, no sólo en cuanto al solapamiento de culturas, sino -con la sociedad de masas- al uso segmentado de los mensajes procedentes de la aceleración de la intercomunicación mundial. La cultura latinoamericana es pues un segmento específico y particular, cuyas raices mestizas se funden en el contexto de su naturaleza (hoy violentamente herida), de una modernidad mundial que nunca fue homogenea. En ese plano, las ideas culturales de Macondo y el énfasis de la diferencia con el Norte, no pueden negar la modernidad, pero sirven para valorizar las particularidades de la modernidad latinoamericana.

En todo caso, esta heterogeneidad moderna no puede identificarse con el fenómeno cultural de la postmodernidad, tal y como ésta se manifiesta en los centros mundiales: crítica global a la modernidad (en el sentido de su agotamiento) e instalación en la deconstrucción de esa modernidad, en los distintos planos de la cultura (artística, política, etc.).

Resulta un poco forzado convertir la heterogeneidad que caracteriza esta modernidad periférica, en una postmodernidad precoz (incluso si fuera inconsciente). Tanto si se examina el asunto desde la producción del discurso postmoderno (por parte de las élites culturales), como desde la práctica social postmoderna (desde el desencanto, a la instalación en la parcialidad y el descompromiso), no me parece posible confirmar esa conversión.

En el plano del discurso intelectual, su producción ha estado fundamentalmente preocupada por las tensiones entre modernización y modernidad (que sigue siendo, desde luego, un punto central de la agenda latinoamericana). En la producción artística, tanto los continentes como los contenidos, han seguido y/o mantenido la modernidad. En el plano más mundializado, la literatura, la propuesta de lo mágico-real no es en absoluto equivalente al "todo vale"; porque si en lo mágico (moderno) por definición todo puede valer, el "todo vale" postmoderno no está referido a lo mágico. Finalmente, la producción de masas más de punta, el melodrama televisivo, muestra formas y narraciones atravesadas fundamentalmente por la tensión moderna.

En el nivel de la práctica social sí es posible encontrar desde muy antiguo un desencanto de la modernidad periférica... inmediatamente antes o después de una fase de goce apasionado de la misma. Se trata de una actitud moderna notablemente ciclotímica, referida también por una vía u otra, a los momentos tensionales entre la lógica de la modernización y la propuesta valórica de la modernidad, con su resultado de pobreza y crisis. Pero tal desencanto procede más de una exasperación social respecto de esas tensiones que de un abandono de la modernidad (Brunner, 1991). Las encuestas sobre cultura política, por ejemplo, parecen mostrar un desencanto, al mismo tiempo que la esperanza de alcanzar algún tipo de comunidad (Lechner, 1990 a).

En este sentido, la posición latinoamericana puede ser ilustrada mediante el ejemplo de la cultura alternativa. Desafortunadamente existe la idea de que la deconstrucción del discurso de la modernidad es un patrimonio de la propuesta postmoderna, cuando en realidad fue original de la cultura de los movimientos alternativos (los más visibles, ecologistas, pacifistas y feministas). Lo que separa a ambas propuestas es su reacción posterior: mientras la idea postmoderna se instala en esa deconstrucción como algo propio de los tiempos, la propuesta alternativa plantea cambiar las lógicas de la modernización y desarrollar la propuesta valórica de la modernidad.

América Latina tiene argumentos anticoloniales para realizar esa crítica al discurso de la modernidad. Pero para poder instalarse en la deconstrucción, necesita aceptar, por ejemplo, la pobreza y la explotación como algo válido, tan válido como su misma ausencia. Dicho de otra forma, como los alternativos, los latinoamericanos parecen condenados a operar sobre la modernización y transformar los contenidos de la modernidad. Eso no quiere decir que la propuesta postmoderna no pueda afectar distinos ámbitos de la cultura latinoamericana, especialmente los artísticos, como ya está pasando con la "plástica" audiovisual en algunas capitales importantes.

En conclusión, la posibilidad de comparar la crisis teórica de las ciencias sociales en el Norte y en América Latina, no parece enfrentar barreras insalvables si se parte de la idea de que América Latina es un segmento particular de la modernidad occidental. De hecho, las propuestas culturales generadas en cualquier parte de ese sistema mundo pueden cruzarse -como en el caso de la postmoderna- con las propias motivaciones internas y externas de la teoría social latinoamericana.

2.8. El nuevo escenario (sistema-mundo) en formación.

Finalmente, un elemento que no podría faltar en este recuento de antecedentes gnoseológicos es el referido a la existencia de ese consenso general sobre la idea de que alguna relación hay entre teoria y realidad social. Consenso que desaparece cuando se trata de graduar cuan presa está la teoría respecto de los cambios que suceden en la realidad social: desde quienes llevan al campo de las formaciones sociales la vieja tesis de que el ser determina la conciencia, hasta quienes enfatizan la asincronía entre creación de ideas y procesos sociales.

En cualquier caso, sin necesidad de establecer obligaciones causales, es necesario subrayar que la crisis de paradigmas está coincidiendo con un cambio profundo en la realidad social. Lo que empezó como una depresión económica -puesta de manifiesto en la primera mitad de los setenta y supuestamente coyuntural- ha acabado siendo una profunda transformación de la forma de producir y vivir, cuya trama apenas se reconoce. Lo que hoy ya nadie duda que hay un nuevo modelo en formación del mundo y sus diferentes partes.

Desde América Latina esta percepción se ha formado con más lentitud. Primero, porque la crisis mundial no tuvo sus expresiones mas fuertes sino en la década siguiente, los ochenta, cuando sacudió al subcontinente hasta hacerle pensar que había perdido los diez años. En segundo lugar, porque en buena parte de la región la tensión estuvo referida a la imperiosa necesidad de recuperar: recuperarse de la crisis, recuperar la democracia, recuperar la paz. La única idea un tanto más alla de esta ansiedad era la de "incorporarse al tren de las transformaciones", "ubicarse en el nuevo contexto en formación".

Pocos dudan hoy en América Latina de que, en todo caso, se trataría de tomar un tren que ya está en marcha. Y que para lograrlo habría que observar intensamente de donde es posible agarrarse. Probablemente, aunque estén un tanto desacostumbradas, a las ciencias sociales latinoamericanas no les va a quedar mas remedio que pensar mucho más en el sistema-mundo.

Sin tratar de ofrecer un cuadro de algo que apenas es un boceto, tampoco es cierto que no puedan identificarse algunos rasgos de este nuevo modelo en formación. Cinco cambios compondrian el siguiente memorandum:

1) El salto tecnológico en vías:

Probablemente en América Latina estén percibiendose con menor intensidad los procesos en curso. Sin embargo, en los centros tecnológicos mundiales ya se hacen evidentes algunas líneas: a) la tecnología energética (reactores de fusión, fotobiología, etc.); b) la robótica general; c) la reunión de la comunicación y la computación (C2); d) la tecnología biológica; e) la integración de las lineas anteriores en la minería marina y la carrera espacial. Este salto tecnológico va a ser el motor del cambio en la forma de producir y consumir, donde ya se vislumbran nuevas oportunidades y amenazas.

2) Cambios económicos en profundidad:

Sólo por razones comunicacionales se sigue teniendo una visión de la crisis económica de caracter coyunturalista. Una simple mirada al final del pasado siglo debería servir de referencia para ver su dimensión estructural, de onda larga, ligada al salto tecnológico antes mencionado. Los fuertes cambios tienen doble sentido: vertical y horizontal. Es evidente que hay un proceso de "acumulación primitiva" en curso, que significa concentración ascendente, reorientación y desde luego, mantenimiento de bajos recursos en amplios sectores de la población mundial. Por el otro lado, una movilidad horizontal acentuada del capital financiero, al tiempo que una globalización de conjuntos económicos. Este proceso lleva ya practicamente dos décadas y no tiene porque durar menos de otras dos.

3) Crisis ecológica de mediano impacto:

No hay necesidad de hacer una larga lista de ejemplos del deterioro de la naturaleza (desde la liquidación de especies, el ritmo de desertización, el deterioro de la biósfera y el suelo marino) o de estudiar las reacciones contra la propia especie humana (relación estadística del cancer con polución o nuevas tecnologías alimenticias), para mostrar el deterioro en curso. La discusión se desarrolla en torno al límite que alcanzará el shock ecológico. También en este asunto el abanico está abierto: desde quienes realizan proyecciones que señalan horizontes apocalípticos, hasta quienes declaran en tono optimista que la revolución tecnológica absorverá el choque por completo. En todo caso, cada vez son menos los que consideran que se moderaran los parámetros de consumo (energético, mineral) de una población cuyo ritmo de crecimiento sólo desciende lentamente, a tiempo para impedir la crisis ecológica que se avecina. Puede que el salto tecnológico la condicione, pero sin necesidad de ser catastrofistas, todo indica que al menos el susto de comienzos del XXI no podrá ser evitado.

4) Cambios en la estructura del poder mundial:

La caida de la URSS como un antagonista antisistémico es quizas el efecto más visible del nuevo mapa de poder internacional. Y esto tiene lugar cuando se pone claramente de manifiesto la desagregación del bloque de factores que determinan la hegemonía mundial: el factor militar se diferencia progresivamente del factor económico. En este último plano, la competencia con limites hace pensar en un mundo multipolar. La posibilidad de encontrar alguna fórmula de suave gobierno mundial (tal vez a partir de Naciones Unidas) sigue estando sobre la mesa. Un gobierno donde no dejaria de haber Presidentes, Vicepresidentes y simples Ministros. Sin embargo, mientras el plano militar continue teniendo relevancia, el Nuevo Orden Internacional tendrá acento norteamericano.

5) Cambio cultural-civilizatorio:

El impacto deconstructivista de la cultura moderna, guarda relación con un sentimiento generalizado en cuanto a que está teniendo lugar un agotamiento apreciable de las expresiones artísticas conocidas, sin que sean sustituidas por otras nuevas. Otra cosa es que haya aumentado el consumo de las artes conocidas, de caracter repetitivo. No nos encontramos precisamente ante un nuevo quatrocentto, cuando la técnica y el arte se aceleraban juntos. Puede que esta nueva época esté preñada de algún impulso expresivo, pero todavia resulta bastante invisible. Por otra parte, nada parece evitar un cambio drástico en el ámbito privado de los ciudadanos del planeta. Puede que por algún tiempo se mantenga la tentativa de pensar la transformación ya inevitable de los papeles sexuales como un asunto que sólo importa a las mujeres. Pero este abandono de la prehistoria femenina va a afectar al conjunto de la población, produciendo cambios en la forma de producir y consumir, determinando el narco social que surga de este cambio epocal.

Y ante estos cinco rasgos del cambio estructural cabe preguntarse acerca del lugar donde queda América Latina.

En primer lugar, hay que subrayar que la caracteristica que marca este nuevo escenario es doble: 1) por un lado, América Latina no ha participado en su génesis (es ese sentido sí que ha perdido la pasada década), y 2) que penetra mucho mas imparablemente que los anteriores en los segmentos de la periferia. Todas las tentativas de poner barreras a las nuevas lógicas de modernización que llegan desde fuera, han fracasado estrepitosamente. Es evidente que mientras el subcontinente no supere la linea de flotación (o llene el casillero vacio del cruce equidad-capacidad técnica), la apertura de las economias significará la introducción del darwinismo social en los países latinoamericanos. Pero el drama consiste en que esa apartura parece el único camino para tratar de llenar el casillero vacio.

¿ Contradicción irresoluble ? ¿ O más bien se trata de un nuevo proceso de dependendencia, en el que los paises centrales van a retardar cuanto puedan la trasferencia tecnológica, pero no dejarán que América Latina se hunda, porque continuan necesitandola como mercado ?

Quizas este no sea el cambio de escenario mas adecuado para que se le acompañe con una espectacular crisis de paradigmas, pero es importante señalar que agudiza la necesidad de establecer conclusiones para interpretar la realidad, al tiempo que su fuerte ritmo contribuye de una forma u otra a la confusión.

3. TEORIA SOCIAL EN EL NORTE Y EN AMERICA LATINA PRIVATE

3.1. Periodización comparada de la sociología en el Norte y en América Latina.

Si se acepta la idea de usar la sociología como elemento de referencia de las ciencias sociales, parece lógico buscar antecedentes de la crisis teórica en su historia previa. Acerca de ello, sobre el caso latinoamericano, se ha escrito ya alguna literatura (Poviña, 1941 y 1957; Bastide, 1957; Germani, 1964; Graciarena, 1975; Solari y otros, 1976; Sotelo, 1979; Brunner, 1988; Sonntag, 1988 y 1989; Bobes, 1990). En tales relatos suelen ser frecuentes las referencia aisladas al desarrollo de la sociología en el Norte, y, sin embargo, brilla por su ausencia una verdadera historia comparada de las sociologías de ambas latitudes. (La compilación de Gurvitch, en la que participa Bastide, no hace ningun estudio comparado).

Ciertamente, éste no es el espacio para tratar de hacer ningun relato histórico, pero todo indica que si, para tener alguna idea de ese desarrollo previo, conviniera realizar un esfuerzo de periodización simplificada, en tal caso, su verdadera utilidad procedería de hacerla en esa forma comparada (entre el Norte y América Latina).

Al objeto de forzar esa comparación, puede elegirse como eje de la misma el factor tiempo y, desde esa perspectiva principalmente crónica, ir mostrando las fases por las que pasan la sociologia en el Norte y la que tiene lugar en América Latina. (Véase al respecto el Cuadro II).

Primera etapa: Fundadores en el Norte, pioneros en América Latina.

Resulta ya una idea casi recurrente, señalar que durante el trascurso del siglo XIX (o más precisamente desde el último cuarto del siglo XVIII al correspondiente del XIX) tiene lugar el nacimiento y consolidación de esa "ciencia de los fenómenos sociales", como la llamó Stuart Mill. Se trata de un proceso complejo, en el que convergen voluntades específicas de creación (Compte, Spencer) con esfuerzos involuntarios (Marx, por ejemplo), aunque todos ellos coincidentes en observar la sociedad desde una perspectiva cientifista- positivista. (Otra cosa es cuanto discurso ideológico se colaba de contrabando en los estudios concretos de estos fundadores).

En América Latina, sólo en la segunda mitad del XIX puede encontrarse una fase de pioneros con esta tensión cientifista. No se trata de que no hubiera en el subcontinente pensamiento social previo, pero este más bien corría de manos de juristas e historiadores, ademas de literatos. Dicho de otra forma, al hablar aquí de pioneros nos referimos a un segmento -el más inclinado hacia el positivismo sociológico- de un universo más amplio, que frecuentemente ha recibido la denominación de "pensadores" (Solari y otros, 1976), cuya producción para describir la realidad social latinoamericana era regularmente el ensayo.

Esta fase de pioneros, absorvía ideas de los fundadores del Norte, pero también estaba afectada por el clima mundial de la epoca enfatizado hacia el último cuarto de siglo: un cientifismo con diferentes escuelas (organicista-darwinista, sicologista, analítico-empírica). Por ello una característica de estos pioneros era un cierto sincretismo teórico, bajo la linea general del positivismo. Nombres como Barreda en México, Ingenieros en Argentina, Letelier en Chile, Pontes en Brasil, u Hostos en Puerto Rico, son ejemplos de esta fase pionera.

Se hace evidente, al examinar estas cuestiones en el tiempo, como en América latina esta primera fase corresponde a los últimos tramos de la etapa de fundadores del Norte y los primeros de la segunda en ese mismo hemisferio. Es decir, desde sus comienzos, la sociología latinoamericana aparece como retrasada en el tiempo o si se quiere "quemando etapas" respecto la del Norte.

Segunda Etapa: Perfilamiento de Escuelas en el Norte y Sociología de Cátedra en América Latina.

Durante un espacio de unos cincuenta años (que incluye el último cuarto del siglo XIX y casi todo el primero del XX), tiene lugar en la sociología del Norte una primera crisis de crecimiento, que se explicita como aparición y consolidación de escuelas rivales, referidas a ciertas teorías-fuerza de la época: el evolucionismo, el organicismo y cada vez más el sicologismo; que se mezclaron entre ellas, de acuerdo a los pensadores más poderosos de la etapa. De esta forma es posible mencionar el darwinismo social de Small a Sumner, el evolucionismo sicológico de Ward a Pareto, la sociología analitica de Simmel a Durkheim.

Con un cierto desplazamiento en el tiempo, debido también al atraso sociológico de Alemania, aparece con una fuerza que va a permanecer durante todo el siglo XX, la que ha sido llamada, un tanto para simplificar, la "sociología institucionalista" de Max Weber.

Este período supone en el Norte la instauración definitiva de la sociología como rama del conocimiento, principal aunque no unicamente desde las Universidades. En este sentido también se trata de una sociología de cátedra, aunque no en la acepción que tenía este adjetivo en la época, dado que ademas de la enseñanza (como reiteración) se trata de una fase eminentemente creativa en el plano teórico.

En América Latina existe consenso acerca de que durante los primeros cincuenta años del presente siglo tiene lugar la institucionalización de la sociología como materia universitaria. Ciertamente, se trata de una etapa prolongada, denominada "de cátedra" en su pleno sentido (Poviña), que es posible subdividir en dos: una primera que tiene rasgos de la anterior, trabajos individuales con fuerte sincretismo teórico (Bunge en Argentina, Menezes en Brasil, Vasconcelos en Mexico, Venturino en Chile, Mariategui en Perú); a la que se suma después la más enfaticamente de cátedra, aunque no todos sus exponentes tengan las mismas caracteristicas (Poviña en Argentina, Mendieta en México, Ganon en Uruguay, Carneiro en Brasil, Tapia en Chile y Cornejo en Perú).

En esta segunda etapa, la sociología como materia en diversas carreras, tiene como referencia las escuelas en el Norte ya mencionadas, aunque todavia se considere a Weber una excesiva novedad alemana. (Brunner, 1988, ha contabilizado las lecturas de sociólogos requeridas en las universidades chilenas en ese tiempo, formando el siguiente listado: Compte, Mill, Spencer, Marx, Durkheim, Ward, Simmel).

Tercera etapa: Primacía del funcionalismo norteamericano en el Norte y del positivismismo desarrollista en América Latina.

Desde los años cuarenta hasta fines de los sesenta, tiene lugar en el Norte un predominio de la sociología funcionalista norteamericana, que abarca con cierta precisión de Parsons a Merton. El fundador de la escuela, que él registra como Teoría de la Acción, tiene como pilar fundamental una lectura (hoy se sabe que un tanto sesgada) de la obra de Weber (Cohen, Hazelrigg y Pope, 1975). Es la etapa de consolidación profesional de la sociología, mas allá de la enseñanza universitaria. En esta fase, la sociología europea esta profundamente afectada por el estructuralismo atropológico. Progresivamente, esta sociología occidental va a ir reconociendose como estructural-funcionalista, aunque el término no sea del todo preciso.

Como se mencionó al hablar de paradigmas, no se trata de una primacía absoluta, puesto que las anteriores escuelas rivales permanecieron (la única que dejó de existir progresivamente fue el evolucionismo organicista). La tendencia sicologista siguió multiplicandose (de hecho, es una de las bases del propio Parsons) y fue consolidandose una orientación culturalista. Por ello, cuando el funcionalismo decline, buena parte de las escuelas surgidas en esta etapa van a cobrar relieve -en algunos casos, van a recuperarse- durante los ochenta.

Por otra parte, desde mediados de los sesenta va a ser más visible la fuerza de la sociología crítica en Europa, en sus dos versiones: una, la procedente de la Escuela de Francfurt que nace como reacción al autoritarismo alemán, y otra, la que procede del marxismo occidental, que va pasando progresivamente de la filosofía y la crítica artística a la economía y la sociología, visiblemente "contaminada" por el estructuralismo francés de la época.

Durante este periodo, en América Latina se produce el desplazamiento de la sociología de cátedra por parte de una tensión neopositivista que, aunque no sea precisamente homogenea, tiene en común la voluntad de establecer una sociología científica en su sentido contemporaneo. Y no es homogenea porque muestra diversas sensibilidades: de una parte, el intento de sintetizar los conocimientos existentes para pensar América Latina, al estilo de Medina Echavarria; de otra, la aceptación de la orientación mas claramente funcionalista, como Germani; de otra, el intento de profundizar en una búsqueda epistemológica desde América latina, como el brasilero Fermandes, y en fin, la marcadamente desarrollista que provoca la instalación de una agencia ONU para el desarrollo económico (CEPAL) en la región, cuyas proposiciones van adquiendo progresivamente una visión de lo económico en relación con las estructuras sociales. Primero la tesis de la modernización y despues la menos imitacionista del desarrollo, lideran este neopositivismo latino que sigue recogiendo herramientas heurísticas de la teoria social imperante en el Norte, aunque esté preocupada mucho más que ésta por la idea del cambio social.

Cuarta etapa (breve): Canta el cisne crítico en el Norte y rompe la idea de la Dependencia en América Latina.

De fines de los sesenta a mediados de los setenta tiene lugar una breve etapa, más bien un momento, en el que parece que la sociología crítica va a tomar el relevo de la primacia teórica que hasta entonces ostentaba el funcionalismo. Esta breve etapa podría delimitarse entre el Marcuse del 68 y el Arrighi de 1975, pasando por el debate Miliband-Poulantzas de los primeros setenta. (Recuerdo que aquí sólo se está tomando de la corriente marxista el filón más propiamente sociológico y no las reflexiones filosóficas o ideológico-valoricas de este tiempo, que supondría otros autores).

En realidad, se llegó a confundir el declinar relativo del funcionalismo, con el reinado efímero (Paramio, 1988) de la sociología crítica de ese momento. Incluso podía afirmarse que esta última iba a ser arrastrada, al menos en su versión latina, por la crisis profunda del marxismo como ideología.

En América latina, durante este periodo también tiene lugar el desarrollo de lo ha sido llamado la "generación crítica" (Graciarena 1970). Sin embargo, lo que se establece como paradigma es una proposición interpretativa exitosa: la tesis de la dependencia. Ya no se trata de poner énfasis en la subordinación externa que para las economías periféricas (CEPAL) supone el mantenimiento de la división internacional del trabajo, sino de reconocer la dependencia como sistema social interno y externo, articulado historicamente en relaciones políticas y económicas. Aunque existan antecedentes inmediatos, es en 1969 (Cardoso y Faletto) cuando esta idea se establece, y autores posteriores la plantean como una teoría social (Marini, Bambirra).

Más allá de las críticas que merezcan éstos últimos pasos, lo importante es que se trata de una tesis que alcanza un consenso amplio -desde distintas posiciones políticas, entre el centro y la extrema izquierda- no sólo en América Latina, sino en amplios sectores académicos del Norte. Por ello, aunque su uso haya durado poco tiempo -una vez iniciada la crisis latinoamericana- puede afirmarse que se trata de un paradigma (relativo), como el de centro-periferia del positivismo-desarrollista, o cualquier otro de los establecidos con caracter regional en las ciencias sociales del Norte.

Puede que con la instalación de los régimenes militares y la crisis económica, el tipo de preocupaciones en América Latina haya cambiado profundamente (desde mediados de los setenta) pero lo cierto es que, tan rapidamente como se extendió, este consenso paradigmático de la dependencia dejó de utilizarse (con la llegada de los ochenta). No se trata de exagerar: la idea ha dejado algun poso en el recipiente teórico actual, pero apenas hubo tiempo para que fuera usada en su verdadero sentido, es decir, cómo plataforma para acumular conocimientos. Incluso puede afirmarse que, en el ámbito académico, apenas los progenitores se han preocupado de hacer un balance de la tesis dependentista (Cardoso y Faletto, 1985). Y lo que es mas significativo: los estudios sobre el Estado y la democracia que respondieron a las obsesiones del momento, tampoco alcanzaron a constituirse con entidad suficiente como para asumir un caracter paradigmático. Despues llegaron el refugio historicista, el proyecto acotado y el impacto de críticas culturales (el de la postmodernidad, el más evidente). Dicho en breve: el advenimiento de lo que se ha dado en llamar la crisis de paradigmas.

3.2. Caracteristicas de la sociología latinoamericana.

Existe coincidencia en torno a ciertas caracteristicas que presenta el desarrollo de la sociología latinoamericana hasta fines de los años setenta. También se destacan ciertos rasgos nuevos surgidos con los años ochenta, pero parece más congruente examinarlos cuando se analice la crisis.

Ciertamente, se van a mencionar unicamente los aspectos más gruesos que caracterizan la sociología en América latina, lo que quiere decir que no serán atendidas las especificidades y contradiciones nacionales, locales o de autor. Esto tiene el inconveniente de ofrecer una visión grosera del asunto, pero tiene la ventaja de mostrar efectivamente sólo los rasgos más generales. Dicho en breve, aquí se estaría aceptando como válida la técnica expresionista.

1) Desarrollo complejo en el contexto mundial:

El esfuerzo de periodización antes realizado muestra claramente dos puntos de partida: a) que la sociología latinoamericana existe como rama diferenciada de una disciplina mundial, y b) que su desarrollo general está marcado por una relación teórica y metodológica con la sociología del Norte, respecto de la cual presenta un retraso temporal en términos de desarrollo disciplinario.

Esta situación ha presentado ventajas e inconvenientes. Por un lado ha permitido a los profesionales de la región tener a su disposición un conjunto de herramientas heurísticas, que cuando fueron bien estudiadas, permitieron un reconocimiento más rápido de la realidad. Pero, por otro lado, ha fragilizado un desarrollo acumulativo y autocentrado de la sociología subcontinental. Desde el comienzo de las reflexiones sobre la sociología propia, los especialistas latinoamericanos han señalado que se trata de un pensamiento intermitente, con discusiones no agotadas, una teoría social que "quema etapas", dada su sensibilidad respecto de los nuevos desarrollos en el Norte.

Sin embargo, a esta evidencia es necesario hacerle dos complementos. En primer lugar, este fenómeno no sólo sucede en América Latina. Es, de nuevo, un fenómeno mundial: ha sucedido de unos paises a otros, e incluso entre continentes. De hecho, la teoría acumulada en Europa fue absorvida por Estados Unidos para despues de la segunda guerra devolversela elaborada (funcionalismo). Incluso puede afirmarse que en algunos paises europeos este proceso fue tanto o más brusco que en América Latina (en sus antiguas metropolis, por ejemplo).

En segundo lugar, todo indica que, con el paso del tiempo, las fases de desarrollo tienen mas sincronía, algo lógico dado el salto en la intercomunicación. Ello no significa que la sociología latinoamericana haya dejado de quemar etapas, sino que las posibilidades de afectar el desarrollo mundial de la disciplina, son, en teoría, mayores. De hecho, la última fase antes de la crisis, la correspondiente a la tesis de la dependencia, logró afectar profundamente la visión que desde el Norte se tenía de América Latina. Pero también el aumento de la intercomunicación supone que la teoría social latinoaericana pueda ser mas rapidamente afectada por otros cambios en áreas distintas del conocimiento que tengan lugar en el Norte, como parece estar sucediendo en la presente crisis.

2) Sincretismo epistemológico y dificultades teóricas:

Dado el entrecruzamiento cultural y el uso de herramientas conceptuales para temáticas diferentes, la sociología latinoamericana, presentó pronto una tendencia al sincretismo epistemológico, si bien dentro del marco general del positivismo. Lo interesante es que esa tendencia al sincretismo se ha producido tanto por exceso como por defecto del análisis epistemólogico propiamente dicho. En efecto, desde el siglo pasado pueden encontrarse autores en la región que realizan un verdadero buceo de varios clásicos, al objeto de comprobar si estos ofrecian visiones utiles para analizar la realidad regional, al lado de sociologos tremendamente pragmáticos que usaban ideas y conceptos sin preguntarse demasiado a que perspectiva pertenecian.

En todo caso, el nacimiento y desarrollo de las ciencias sociales latinoamericanas suponen una clara ruptura epistemológica del pensamiento latinoamericano previo. Responden a perspectivas que nada tuvieron que ver con las herencias culturales hispánicas (algo ya visto por el propio Echeverria). Cierto, eso también sucedió en la propia España: la teoría social nació allí epistemologicamente francesa, para pasar -con algunas incrustaciones germanas- a ser acabadamente anglosajona. Pero, para América Latina esa ruptura epistemológica tuvo, a su vez, consecuencias culturales: las élites de la región tuvieron otra poderosa razón para apartar definitivamente su mirada de la vieja metropoli (mirada que pareció regresar momentaneamente durante los años treinta).

Con frecuencia, la interpretación de la realidad social tampoco partió de un conjunto de teorías autócnonas. De hecho, hasta la segunda guerra mundial no se produjo ningún proceso teórico consistente. No hubo verdaderas escuelas teóricas, sino más bien corrientes seguidoras de las escuelas del Norte. Ahora bien, desde la postguerra, es dificil no observar un proceso de reconocimiento de la realidad latinoamericana que, desde el subdesarrollo, va pasando por sucesivas críticas superadoras, hasta desembocar en la tesis de la dependencia. Cierto, sólo se trata de un esfuerzo teórico que podriamos denominar de alcance regional, y ello por dos razones: en primer lugar, por el cuadro de relaciones de estas teorías con las de primer nivel creadas en el Norte (al tiempo que, como ya se vió, la realidad latinoamericana no permite universalizaciones fáciles); y, en segundo lugar, porque la construcción teórica en América Latina no buscaba en un principio integrar todos los factores que componen una formación social (sino más bien, hacerlo principalmente desde la perspectiva económica). Pero es importante señalar que dicho esfuerzo teórico logró establecer un paradigma regional, que consiguió afectar la visión mundial de América latina.

3) Precocidad y expansionismo internos:

Si bien es cierto que la sociología nació con dependencias epistemológicas y atrasos disciplinarios respecto de la sociología del Norte, no es menos cierto que en el contexto de saberes regionales nació pronto y se expandió notablemente. La sociología y en general las ciencias sociales latinoamericanas emergieron al poco tiempo de formarse las Universidades nacionales y pronto absorvieron espacios que les correspondian a distintas disciplinas de las llamadas ciencias humanas. Ello es especialmente notable si se compara con el desarrollo de las ciencias humanas en el Norte.

En efecto, la sociología cobró cuerpo en Europa durante el siglo XIX, cuando ya habían madurado los grandes sistemas filosóficos de la modernidad, por poner un ejemplo. Otro tanto pasaba con la Historia como rigor disciplinario. En América Latina, ya el primer universo de pensadores, tiene segmentos inclinados al positivismo y las ciencias sociales. Es cierto que hasta practicamente mediados de este siglo, la sociología latinoamericana tenía mucho de filosofía política, pero ello sucedía más por fusión que por madurez de la filosofía criolla.

Desde la postguerra, las ciencias sociales absorven espacios de tal manera que puede afirmarse que los economistas y sociologos latinoamericanos han sido filosofos, historiadores y ensayistas, además de hombres políticos.

4) Limitaciones metodológicas:

Dadas las caracteristicas ya expuestas, no es extraño que exista un consenso en la región acerca de que la sociología latinoamericana ha sufrido serias limitaciones metodológicas. En realidad, la sociología de la postguerra hizo de la debilidad metodológica el centro de su crítica sobre la sociología desarrollada previamente en la región. Y ciertamente, la tensión cientifista del positivismo desarrollista avanzó apreciablemente en la solución del problema, tanto en el plano de la metodología como lógica, como de la metodología como ciencia empírica.

Sin embargo, no resolvió y no se ha resuelto todavía (Maldonado, 1991) la articulación entre los diferentes planos de la investigación. De esta forma, no ha sido frecuente encontrar teorías bien apoyadas por correctas lecturas empíricas. Y, en general, excepto en la CEPAL que constituyó un banco de datos económicos básicos, la información cuantitativa fue con frecuencia irregular y fragmentaria. Ciertamente, un buen papel sociológico ya no podía carecer de algún que otro tabulado. Pero estos eran empleados generalmente para demostrar un punto del análisis realizado, siendo mucho mas raro el proceso inverso: realizar toda una fase de compilación empírica y sólo después efectuar el análisis, contrastando o no hipótesis previas a aquella compilación empírica.

Por otra parte, la crítica que se realizó del positivismo desarrollista por parte de la siguiente fase de sociologos críticos no se centró precisamente en estos problemas, sino más bien sobre cuestiónes interpretativas, de neutralidad valorativa, y de lógica metodológica: la sociedad como cuestión histórico-estructural. El tema de la articulación entre estos niveles y la investigación empírica definitivamente no tuvo prioridad.

5) Persistencia y reduccionismo temáticos:

Lo que permite explicar que, pese a todo lo anterior, pueda observarse un avance en el reconocimiento de la realidad social de la región, especialmente en los treinta años despues de concluir la segunda gran guerra, es la persistencia obsesiva de la temática de las ciencias sociales latinoamericanas. Puede decirse que el desarrollo socioeconómico y el cambio social han dominado permanentemente el escenario, independientemente de la fase de desarrollo en que estuviera la sociología regional.

Esa persistencia tuvo lugar, incluso cuando los elementos teóricos predominantes en una fase de desarrollo disciplinario, tenian procedencias que se referían a la estática y no a la dinámica social. Ese fue el caso de la importación del funcionalismo norteamericano, que en América Latina fue usado, como otras proposiciones anteriores (desde el organicismo al psicologismo), para analizar el cambio social. Lo que produjo con cierta frecuencia un buen número de complicaciones metodológicas, así como de malentendidos y críticas por elevación. Una proposición correcta sobre la realidad latinoamericana podía ser descalificada por el hecho de que quien la realizara hubiera efectuado una referencia a Parsons, ya que era fácil demostrar que la perspectiva de éste en Estados Unides era la integración social. En general, tienen razón Solari, Franco y Jutkowitz, cuando sostienen que no eran justas las críticas que recibieron los sociólogos desarrollistas en el sentido de que hubieran abandonado toda preocupación por el cambio social. De hecho, eso explicaría por qué los funcionalistas latinoamericanos no fueran bien recibidos por el orden social establecido.

Otra cosa es que, en este contexto temático, los diagnósticos (del atraso a la dependencia) y los tratamientos que se propusieran (de la reforma a la revolución) fueran coincidentes. Pero lo que importa señalar es que el propio ejercicio crítico permitió una aculación relativa de conocimientos que identificó elementos claves del subdesarrollo y el cambio social.

Más lejana todavía era -al contrario de lo que creía la mayoria de los sociólogos críticos- la posibilidad historico-política de remover dichos obstáculos. Ciertamente, ello también estaba referido a las lagunas analíticas existentes. Pero la crítica que puede hacerse es más bien el desinterés por otros factores (políticos, culturales) del desarrollo, que la desviación respecto a esta temática general.

En efecto, también existe un consenso regional en torno a que esta persistencia temática fue acompañada por una cierta tendencia reduccionista a lo estructural socioeconómico. La acción social, los actores sociales, perdían relevancia y autonomía en este contexto.

El peso de la economía desequilibró la orientación de los sociólogos, incluso precisamente porque la visión económica se fué extendiendo a lo social: el pensamiento cepalino llegó a la conclusión de que las estructuras sociales impedían el desarrollo económico. El problema consistió en pensar que dinamitando ese dique el desarrollo se derramaría por América Latina. Los aspectos más "supraestructurales" (política y cultura) e incluso sectoriales de primer orden (fuerzas armadas y defensa) no fueron precisamente estrellas rutilantes en el escenario estructural-economicista.

6) Tendencia propositiva y a la acción política:

Otro rasgo que marca la sociología de la región es la tendencia a pasar rapidamente del diagnóstico a la proposición de tratamiento. Esta inclinación propositiva también tuvo dos grados: a) la que construía estrategias posibles para ofertarlas a los actores sociales, y b) la que pasaba sin más del diagnóstico general a la discusión de la acción política.

La lectura -especialmente la retrospectiva- que puede hacerse de esta caracteristica es que tendía a fragilizar la necesaria autonomía de la disciplina cognoscitiva. Las consecuencias negativas de ello son conocidas por los profesionales latinoamericanos. Pero la cuestión es tomar el asunto en su integridad, para evitar simplificaciones, tan frecuentes en los últimos años.

En primer lugar, es necesario examinar diferenciadamente los grados antes mencionados. En cuanto a la tendencia propositiva en tanto oferta, existe en la región una fuerte opinión de que, en el mundo subdesarrollado, quedarse unicamente en una labor de diagnóstico, convierte la actividad científica en un "lujo asiático". De hecho, los organismos internacionales en la región son los abanderados de esta opinión. Y ello no sólo en la perspectiva de los proyectos concretos sino en el plano de las perspectivas transcoyunturales (Castro, 1991).

Otra cosa es pasar de las proposiciones ofertivas a la opción política concreta. Ciertamente, la historia de la sociología latinoamericana es en buena medida una historia de hombres políticos (hasta fechas recientes apenas hubo mujeres que ejercieran). Ahora bien, la responsabilidad de este fenómeno no sólo es producto de la natural incontinencia de los cientistas sociales latinoamericanos. Nadie dudaría que ésta existe, pero al menos habría que agregar dos factores explicativos. Por un lado, en sociedades que presentan crisis profundas es dificil exigir al sociólogo que se olvide de su calidad de ciudadano. Dicho de otra forma: en este caso la responsibilidad procedería más de la realidad social que de la disciplina de conocimiento.

Por otra parte, ha sido el deficit de intelectuales procedentes de otras ramas del conocimiento y la dificultad de las organizaciones políticas y los organismos públicos de generar sus propios intelectuales orgánicos, lo que ha sintonizado bien con esa tendencia del cientista social en AL a ocupar tales espacios.

6) Dificil formación de la comunidad científica:

Como observara Khun, el conjunto de científicos sociales de un área determinada solo relativamente constituye lo que en ciencias físicas puede denominarse comunidad científica, debido principalmente a esa tendencia congénita al desacuerdo que él subrayó. Recordada esta advertencia general, puede afirmarse que en América Latina la constitución de esa relativa comunidad científica ha presentado dificultades adicionales.

Tales dificultades eran lógicas durante las etapas de constitución de la disciplina, pero durante los treinta años que siguieron a la segunda guerra mundial, las disfunciones estuvieron relacionadas con algunos de los fenómenos vistos anteriormente. No obstante, sería exagerado desconocer que desde mediados de los cincuenta a mediados de los setenta no fué formandose algo similar a una comunidad científica que, al menos, discutía y disentía entre sí. Es cierto que discutir desde la arena política no es exactamente lo mismo que hacerlo desde el plano acádemico, pero aun así, puede sostenerse que, entre otras oportunidades, las ocasiones en que la Asociación Latinoamericana de Sociología (ALAS) reunía los Congresos, fueron mostrando que esa relativa comunidad científica se formaba lentamente. Y en tal sentido, las reuniones de los setenta (XI Congreso, 1974) en Costa Rica y la posterior de México, ambas sobre la teoría de la dependencia, mostraron a un número apreciable de sociológos discutiendo sobre el mismo paradigma. Algo que no se volvió a repetir con esas caracteristicas: las reuniones temáticas de los ochenta han sido, para bien o para mal, otra cosa.

7) Debil autonomía institucional:

Sobre este asunto también conviene hacer aquella advertencia: tal debilidad ha sido una caracteristica mundial de la sociología. En el hemisferio Norte, las Universidades han sido la plataforma más sólida de desarrollo disciplinario autónomo, porque el plano de la investigación social mas extendida dependió del Estado y de la política fundamentalmente.

En el caso latinoamericano, el apoyo en las Universidades fué menos sólido que en el Norte y la actividad disciplinaria tuvo pronto como fuente de financiamiento al Estado y a los organismos internacionales y los fondos de cooperación al desarrollo. Esto permitió una cantidad de investigación social que no guardó proporción alguna con la renta por habitante, si se compara con los paises del Norte y en especial con Europa. Pero, al mismo tiempo, supuso una disfunción metodológica: la constitución de información empírica primaria siguió regularmente la orientación de las fuentes de financiación, lo que supuso que fuera principalmente económica durante mucho tiempo, mientras que la elaboración de proposiciones teóricas (aunque fueran de nivel regional) fué frecuentemente producto de autores particulares, que, cuando querian mostrar otro fenómeno social, o bien carecian de información empírica adecuada o bien se basaban en la existente de caracter económico.

El papel del Estado fue muy distinto de país a país, pero puede afirmarse que el Estado desarrollista de los sesenta y setenta fue apoyo institucional, fundamentalmente como mercado de trabajo, especialmente en los paises con capacidad o al menos ambición asistencial: México, Uruguay, Chile, Costa Rica, etc.

Con la crisis fiscal del Estado que explotó al nacer los años ochenta, este apoyo se redujo apreciablemente. Así, el ejercicio de la disciplina pasó a depender mucho más de fuentes financieras externas, como se verá mas adelante.

3.3. La crisis de paradigmas en el Norte y en América Latina: análisis comparado.

Tratando de evitar una larga discusión preliminar sobre el término crisis, sí parece necesario establecer brevemente alguna convención al respecto, para soslayar posteriores malentendidos.

En primer lugar, aquí se usa la idea de crisis de paradigmas como referencia al consenso extendido entre científicos sociales sobre el hecho de que los (relativos) paradigmas operativos hasta el inicio de los años setenta dejaron ya de tener consistencia, sin haber sido sustituidos por otros que ostenten un nivel semejante de acuerdo.

Como se sabe, Gouldner (1970) llegó a probar empiricamente el agotamiento de aquellos paradigmas (principalmente del funcionalismo en Estado Unidos) a fines de los años sesenta. Mediante encuestas sucesivas a los profesionales pudo observar que el consenso existente en torno a la matriz funcionalista (todavía en 1964 el 80 % de los consultados manifestaban su adscripción a esa propuesta), se fué agotando rapidamente al acabarse la década de los sesenta (en 1968 los partidarios del funcionalismo eran sólo ligeramente mayoritarios, y ello gracias a los profesionales mayores de cincuenta años, porque entre los menores de esa edad el funcionalismo ya era minoritario). Esta información fué una de las pistas que permitió a Gouldner apuntar que se aproximaba una crisis en la sociología occidental.

Ciertamente, ya se estaba produciendo el reblandecimiento epistemológico mencionado: la profundización de la crisis de la aspiración ortodoxa de que las ciencias sociales pertenecieran al tronco epistemológico común de una ciencia única, aumentaba la percepción de que la matriz disciplinaria de las ciencias sociales debía aceptar que los problemas de significado, comunicación y traducción eran medulares.

En el plano teórico, la crítica que hubo de soportar el funcionalismo desde mediados de los sesenta, de parte de la teoría crítica (marxista principalmente), fue ampliandose desde otros ángulos: por un lado rebrotes de viejas escuelas, como por ejemplo del evolucionismo (sociobiología), pero especialmente de parte de una fusión de la microsociología y la sociología hermenéutica, que hizo resurgir un conjunto de escuelas, denominadas por aproximación "el enfoque interpretativo" (interaccionismo simbólico renovado, fenomenología, etnometodología, hermeneutica sociologica). Este proceso se examinará más adelante con algún detenimiento, pero lo que ahora importa subrayar es que hacia mediados de los años setenta, la mencionada crisis de los paradigmas anteriores era un hecho.

En América Latina también existe un amplio consenso y una literatura apreciable en torno a que la llegada de los ochenta estuvo marcada por una crisis de paradigmas, en su sentido general de agotamiento de las proposiciones anteriores y dificultad de nuevas coincidencias. Inmediatamente, es necesario precisar que se habla de una crisis específica: 1) no se hace referencia a una crisis general de la disciplina, entre otras razones porque su crecimiento orgánico e institucional ha sido notable en estos últimos veinte años; 2) lo que quiere subrayarse es que, sin embargo, tuvo lugar efectivamente una crisis de teoría (de nivel regional) en los términos antes apuntados; sin tratar tampoco por el momento de caracterizar esa crisis (de cambio, de crecimiento, terminal, etc), algo que sólo puede pensarse en términos de perspectivas.

Establecida de forma preliminar la convención sobre lo que aquí se entiende por crisis de paradigmas de la sociología en el Norte y en América Latina, a continuación se procede a realizar tal análisis de forma comparada.

a) La crisis de paradigmas en el Norte.

Tratar de observar en el tiempo la crisis de paradigmas de las ciencias sociales en el Norte, lleva de inmediato a una primera hipótesis: la crisis que comenzó con una apariencia de proceso sustitutivo interno a fines de los sesenta, fusión de una crisis epistemológica y teórica, fué incorporando nuevos factores internos y externos, especialmente entre mediados de los setenta y mediados de los ochenta, hasta hacerse una crisis notablemente más extensa y compleja.

En efecto, el primer momento de la crisis aparecía bajo la forma (Gouldner, 1970; Bell, 1984) de algo semejante a una revolución científica en términos kuhnianos: un paradigma operativo (el funcional-estructuralismo) comenzaba a ser insuficiente para explicar el objeto cognoscible, la realidad social. El proceso de crítica procedía principalmente de la teoría del conflicto (marxista en lo fundamental), que, sobre todo en Europa, parecía dispuesta a convertirse en el nuevo paradigma de conocimiento, o bien, como pensaron muchos (Gouldner entre ellos), a forzar una síntesis con el funcionalismo en Estados Unidos y con el estructuralismo en Europa. Por cierto, que esa síntesis se hizo realidad en buena medida, especialmente en el caso europeo, aunque bajo la predominancia de la impronta crítica (marxista).

Pero, como ya se apuntó, lo que parecía un proceso de sustitución paradigmática, resultó pronto el canto de cisne de la teoría crítica. Nuevos factores fundamentales impedirían ese aparente proceso kuhniano. De todas formas, antes de continuar es necesario señalar por qué ese sentido de apariencia. En primer lugar, como se vió, la crisis epistemológica afectaba la matriz positivista de las ciencias sociales, lo que permitió, en el plano teórico, que la crítica al funcionalismo no procediera solamente del marxismo, sino del enfoque interpretativo. Pero además había en ciernes otro elemento que diferenciaba esta crisis de la que se produce en las ciencias naturales: la mutación del objeto a conocer, la realidad social. Un cambio que en un principio pareció unilinial y en sintonía con la promesa paradigmática (el marxismo), la crisis del sistema capitalista, pero que luego mostró su verdadera dimensión y complejidad.

Algo que tuvo lugar inmediatamente trás este primer momento de ascenso efímero de la teoría crítica. También afectada por la crisis epistemológica, ese momento de la teoría crítica duró aproximadamente desde 1968 a mediados de los setenta, y tuvo como principales exponentes a Marcuse, Miliband, Althusser, Poulantzas, Arrighi, entre otros, recibiendo la denominación general de "neomarxismo" (Bell, 1984). Y de inmediato comenzaron a aparecer los elementos más gruesos que condicionarían la crisis de paradigmas en curso.

Un primer elemento fue ese giro rápido que presentó el cambio de la realidad social, bajo la forma de crisis económica mundial, cuya salida no iba a coincidir con las proposiciones críticas (ni a través de la revolución, ni mediante la vía política del cambio), pero que también cuestionaba la visión estable e integracionista del funcionalismo. Más bien en lo que se convertió la crisis fue en el inicio de un cambio profundo del escenario (sistema-mundo), desde el salto tecnológico al civilizatorio, que exigía una producción teórica que las ciencias sociales no estaban en condiciones de ofertar (Gomáriz, 1980).

En realidad, la crisis económica mundial tuvo sí un efecto claro sobre una de las ciencias sociales, la economía, en términos de derrumbar el keynesianismo y permitir el ascenso fulgurante del neoliberalismo. Desde ese espacio central (la economía), esta otra promesa paradigmática arrebató rapidamente terreno al neomarxismo no solo en la economía sino en el conjunto de la teoría social. Ciertamente, tal impacto no fué del mismo grado en las diversas ciencias sociales, pudiendo establecerse una escala que iría de la economía (la más afectada) a la ciencia política, y en menor medida a la sociología y la antropología.

Puede afirmarse que el efecto en la sociología procedió mas directamente de los cambios producidos al respecto en otros ámbitos del conocimiento: el campo valórico y el campo cultural. En el primero, si aceptamos la ideología política como nucleo de referencia de conocimiento social en el campo valórico (recordar cuadro I), la sociología se ha visto afectada en los últimos quince años por tres procesos relacionados pero con cierta autonomía propia: la crisis del marxismo, el ascenso del neoliberalismo político y la propuesta alternativa.

Es sabido que la crisis del marxismo como ideología, y más aún como ingeniería social (especialmente con la crisis de los regímenes del Este), arrastró bastante en su caida al marxismo sociológico en el ámbito donde más habia avanzado en la fase anterior: la Europa latina (Anderson, 1988). Este efecto no fue tan notable en el mundo anglosajón, donde se produjeron creaciones de un rigor apreciable (quizas Cohen, 1988, sea el ejemplo más claro).

El efecto del ascenso del neoliberalismo político sobre la sociología del Norte fue más institucional que teórico. Si en el campo de la ideología política, el neoliberalismo consiguió proponerse como paradigma relativo, ello no sucedió en el campo de la sociología. Esta fue afectada, sobre todo, por la práctica política del neoliberalismo en el poder, en tanto su lógica de liquidar el Estado de Bienestar ha significado menor apoyo financiero y, en general, menor necesidad de investigación social. Algo que supuso una paradoja: el hecho de que la sociología regresara a depender fundamentalmente de las Universidades, permitió que la crisis teórica se expresara más como florecimiento de miniescuelas, que como simple regreso al proyecto de investigación empírica. En todo caso, desde el ámbito universitario, la sociología se vió afectada por las ideas neoliberales en mucha menor medida que lo fueron en la economía y la ciencia política.

El otro factor, en el campo valórico, que influyó en la sociología de estos años fue el que ha recibido el nombre general de opción alternativa, expresado fundamentalmente a través de la práctica política de los nuevos movimientos sociales. Surgidos de problemas sectoriales, que planteaban el desinterés por un sujeto histórico unificado, los movimientos feminista, ecologista y pacifista, resultaron los elementos mas visibles de un proceso de revisión del paradigma político general de la izquierda, especialmente en el escenario europeo (Gomáriz, 1981, 1984). Este fenómeno tuvo sobre la sociología el efecto principal de ofrecer un curso de ampliación temática, con ciertas implicaciones teóricas, pero esa ampliación y profundización de problemáticas no dejó de afectar el desarrollo general de la disciplina.

En el terreno epistemológico y teórico tuvo efecto el cambio experimentado desde fines de los setenta en el ámbito artístico-cultural, denominado de forma general postmodernismo. Planteado como un conjunto de planos perceptivos, desde las artes plásticas y desde la literatura, recibió el caudal de la crisis de la epistemología y acabó expresandose como una propuesta filosófica (también de filosofía social), con ambiciones directamente epistemológicas, es decir, de alternativa general a la forma positivista de conocimiento de lo social (cuya máxima expresión no sería otra que las ciencias sociales). Es decir, la propuesta postmoderna, absorviendo y ampliando la crisis de la epistemología, vino a expresar la renovada competencia cognoscitiva, y, desde esa plataforma, a discutir epistemologicamente al interior de las ciencias sociales.

Ahora bien, transcurrida la década de los ochenta, puede afirmarse que la propuesta postmoderna parece haber tenido más exito en renovar la competencia externa que en producir mayores cambios internos en las ciencias sociales que los ya provocados por la crisis epistemológica previa.

Es cierto que la propuesta postmoderna amplió la vía ya emprendida por ese doble efecto: la crisis epistemológica y, en el plano teórico, por el llamado enfoque interpretativo, y principalmente por la corriente hermenéutica. También es cierto que agregó un factor más: la aceptación como algo natural -y por tanto la tendencia a la instalación- de la crisis de paradigmas. Incluso a saludar gozosamente el abandono de la necesidad de paradigmas, grandes teorías, o, como se prefería llamar, "los grandes relatos de la modernidad".

Todo esto aumentó apreciablemente la preocupación en los cientistas sociales por revisar los fundamentos epistemológicos de su disciplina. Sus relaciones con la discusión filosofica sobre la crisis de la epistemología se consolidaron. (Rasgos que, como veremos, Kuhn identifica como característicos de una crisis de paradigmas). Sin embargo, el efecto de estas relaciones consistió más bien en discutir los problemas planteados desde los planos valóricos y culturales (principalmente sobre el fin o no de la modernidad), que en cambios referidos a la matriz epistemológica propiamente dicha de las ciencias sociales. Buena parte de los profesionales continuaron preocupados fundamentalmente por los avatares teóricos propios, como veremos mas adelante. Finalmente, aquellos que encontraron en la propuesta postmoderna una justificación para refugiarse en el proyecto parcializado, lo hicieron sin plantear cambios epistemológicos profundos, sino que más bien continuaron fundamentalmente anclados en la perspectiva empirico- positivista.

Todo ha operado como si la forma de conocimiento sociológica fuera forzosamente moderna por definición y, trás el reblandecimiento epistemológico, el intento postmoderno de llevarlas más alla de ciertos límites (epistemológicos) no fuera posible. A menos que aceptaran algo así como disolverse en la filosofía. De esta forma, la propuesta postmoderna ha ofrecido, sobre todo, la validación de otros discursos como forma de conocimiento de la realidad social. Y en eso, los postmodernos sí podrian sentirse más satisfechos: es indudable que durante los ochenta, las ciencias sociales han perdido espacios frente a las humanidades y las letras, no sólo en el escenario del consumo de conocimiento, sino en el ámbito acádemico propiamente tal.

El conjunto de los elementos mencionados ha supuesto que, durante los ochenta, la crisis de paradigmas de las ciencias sociales en general y la sociología en particular, pueda ser medida por sus consecuencias, si bien su nivel de gravedad puede ser estimado de diferentes formas. Por ejemplo, Turner (1989) presenta la situación con cierto pesimismo. Segun él la creación teórica durante los ochenta, ha recorrido un camino opuesto al de la acumulación científica.

Turner identifica así los elementos de esta crisis: 1) la teoría sociológica actual esta dividida profundamente en múltiples campos conceptuales, cada uno de los cuales parte de una particular filosofía de la ciencia y estrategia de conocimiento; 2) ahora bien, los miembros de estas distintas opciones, aunque regularmente siguen enfrascados en retóricas discusiones, tienden a relacionarse cada vez menos fuera de los límites de su propia escuela; 3) como resultado de ello, la sinergía creativa del conjunto de los profesionales y por tanto de la disciplina ha disminuido; 4) la disfunción entre teoría e investigación social ha crecido notablemente (así, progresivamente para los que tienen inclinaciones teóricas, los investigadores resultan "empíristas estúpidos", al tiempo que los investigadores ven a los teóricos "pérdidos entre las nubes filósoficas"); 5) dada la inexistencia de consensos mínimos (paradigmas relativos), cada esfuerzo de creación teórica requiere de prolijas justificaciones epistemológicas, que recargan innecesariamente dicha creación; 6) o bien, como alternativa, el sociólogo trata de eludir lo que considera entrar en el laberinto de la teoría, para producir más y más pequeños trabajos puntuales que sólo remotamente agregan algo al conocimiento de la realidad social (T. 1989, p.79-81).

Cierto, que Turner admite que esta desagregación no ha paralizado por completo la creación teórica en el Norte, y menciona los esfuerzos de Giddens (1984), Habermas (1981), Luhmann (1982), Collins (1975), y él mismo (1988); pero de inmediato sostiene que, en el contexto descrito, éstos resultan mas bién excepciones que regla.

Una lectura menos pesimista que la de Turner mostraría un cuadro de la crisis teórica, marcado efectivamente por una coexistencia de tendencias, donde podrían identificarse los siguientes elementos: 1) el perfil rebajado del funcionalismo y del marxismo, cada uno dividido en, al menos, tres sensibilidades, (tradicionales, neo y post); 2) el fortalecimiento, pero sin lograr consenso paradigmático, del llamado enfoque interpretativo (interaccionismo simbólico, femomenología, etnometodología y hermenéutica); 3) el desarrollo de tentativas importadas de otros espacios cognitivos, principalmente, el valórico y el artístico, como son el neoliberalismo, el alternativismo y el postmodernismo; 4) el intento de algunos autores por producir crecimiento teórico, a partir de la resolución de problemas planteados a los paradigmas anteriores, como es el caso de la teoría de la estructuración de Giddens, el de la teoría comunicativa de Habermas, la teoría de la interacción social de Turner, ó las búsquedas de Luhmann, Alexander, Munch, Hayes y otros.

Esta situación teórica compleja está tensionada por dos reacciones opuestas: 1) por un lado, el adentramiento de ciertos sectores en el campo filosófico con el objeto de reconsiderar la matriz epistemológica de las ciencias sociales, 2) en la dirección opuesta, sectores que se sumergen en el trabajo parcial o empírico concretos, que aparentemente no precisaría preguntarse por puntos de partida teóricos o que simplemente se abandona a un eclecticismo inmediatista, que unas veces resulta productivo y otras no, o dicho de otra forma, que levanta dudas intermitentes en cuanto a su contribución cognoscitiva.

b) La crisis de paradigmas en América Latina.

En el caso de América Latina, la crisis presenta caracteristicas propias, procedentes de factores tanto internos como externos de las ciencias sociales en la región. Algo consecuente con los fenómenos particulares ya vistos: por ejemplo, el que sólo existan en el subcontinente teorías de rango regional, o el hecho de que aquí el cambio de la realidad social haya supuesto crisis mucho más profundas, tanto de los sistemas políticos (pérdida de la democracia), como de las economías nacionales y subregionales. Estas particularidades se hacen visibles al tratar de hacer una descripción del desarrollo de la crisis.

Desde mediados de los setenta, el paradigma regional relativo, la tesis de la dependencia, se enfrentó a efectos de diversa naturaleza producidos desde el interior y el exterior de la ciencia social. Principalmente donde había nacido, el Cono Sur, se produjo un brusco cambio de interés cognitivo: ya no se trataba de reconocer la dinámica socioeconómica y de poder, de la realidad latinoamericana, sino simplemente las raices de la derrota histórica de las fuerzas de cambio, que arrastró consigo el Estado de Derecho. Es la hora de examinar el Estado Burocrático Militar (O'Donell, 1976) o simplemente el Estado (Lechner, 1977 y 1981; Gomáriz, 1976 y 1978; Garretón, 1979; Torres- Rivas, 1981; Rojas, 1981; Laclau, 1981; Cardoso, 1981).

Puede afirmarse que hasta fines de los setenta, coexisten en la región la declinación de la tesis dependentista (que se refugiaba hacia el Norte, principalmente México) con el emergimiento de las nuevas preocupaciones, que, desde el comienzo, aparecen sin demasiada capacidad paradigmática. Ello es así, en primer lugar, porque las nuevas propuestas no tienden a interpretar la nueva realidad latinoamericana, sino sólo aspectos parciales de la misma: cierto, aquellos que no habian sido tematizados por la sociología desarrollista ni por las generaciones críticas (los sistemas políticos, las fuerzas armadas, la cultura política, etc.).

En segundo lugar, porque desde la perspectiva socioeconómica, la tesis dependentista no parecía haber dejado de tener validez, al menos hasta principios de los ochenta (cuando la crisis económica hace erupción). En tercer lugar, porque los sectores que las plantean soportan el peso de estar "pensando desde la derrota" (Lechner, 1988). No es que todos ellos pertenecieran a la izquierda política, sino que son ciudadanos de sistemas políticos destruidos, donde las viejas temáticas (el subdesarrollo y el cambio social) parecen sacadas de contexto. Un recuento del caso más ejemplar, el chileno, muestra como el estudio del Estado compitió desde el principio con el refugio en la historia, la desorientación teórica y la diáspora de buena parte de sus profesionales (Barrios/Brunner, 1988). No puede sorprender que el impacto de la crisis sociopolítica sea brutal en una sociológia que, como vimos, se caracterizaba por relacionarse estrechamente con la proposición y la acción políticas.

Con los primeros años ochenta esta crisis tendencial de paradigmas se verá acelerada por un aluvión de nuevos elementos. Uno de los más evidentes está referido al nuevo giro de la realidad social, la crisis económica regional, que había conseguido retrasarse respecto a la del Norte, pero que llegará con especial virulencia con la nueva década. Un primer efecto de este cambio será la ruptura de la matriz socio- económica, para que se adueñe de la escena la economía pura y dura, vestida con un gran ropaje de importación: el neoliberalismo. Si la ruptura de la vieja matriz no fué definitiva se debió a la resistencia de los desarrollistas parapetados en la CEPAL. De todas formas, la capacidad de estos para proponer alternativas a partir de la nueva realidad se relentizó notablemente y sólo cuando acababa la década emitieron su opción: transformación productiva con equidad (CEPAL,1990).

Este regreso a la economía dura, fue respondido-acompañado por una tendencia a pensar autonomamente los sistemas políticos, que se canalizó cada vez más hacia la necesidad de repensar la democracia. Esta orientación tiene dos fuentes fundamentales: por una parte, la necesidad de recuperar una vida nacional regida por el Derecho en los paises que la perdieron (una buena porción del subcontinente); por otra parte, como un segmento del proceso de replanteamiento del pensamiento mundial y latinoamericano de la izquierda (que se relaciona con los cambios valóricos que trizaron al marxismo latino, uno de los cuales fué la relavorización de la democracia representativa).

Dicho de otra forma, la sociología latinoamericana sufrió el impacto de los cambios sucedidos en el campo valórico y su elemento de referencia (aquí utilizado), la ideología política. Aunque, si se comparan en el tiempo, los cambios de interés cognoscitivo en la sociología aparecen como previos a los cambios ideológicos en la vida política (recuerdese que la idea de revolución recibió un verdadero balón de oxígeno del proceso nicaragüense), lo cierto es que los cambios valóricos sirvieron para consolidar los giros de interés en el pensamiento sociológico latinoamericano (o iniciarlos allí donde no estaban aún planteados).

Es necesario apuntar que los cambios ideológico-políticos en América Latina hicieron un recorrido mayor que en el Norte. Aquí, no se trató unicamente de la crisis del marxismo, sino de las extendidas ideas autóctonas de cambio social revolucionario. No es el lugar para profundizar en este asunto, pero su mención resulta util para relacionarlo, por una parte, con la referida lentitud relativa del cambio ideológico (Gomáriz, 1983), y por otra, con el reforzamiento que ello supuso respecto de alguno de los cambios de interés de la sociología, en particular con el de la recuperación-revalorización de la democracia. Esta coincidencia permitió, por ejemplo, hablar de una "teoría de la democracia" (Lechner, 1988), sin que, sin embargo, ello significara una clara vocación paradigmática.

El tema de la democracia suscitó un amplio interés de parte de las ciencias sociales latinoamericanas de los ochenta, por sobradas razones, pero no sustituyó al consenso paradigmático perdido, por varias causas: de una parte, su vuelo teórico no iba mucho más alla de los estudios clásicos, en términos de pensar el sistema político con autonomía, donde la visión de los ciudadanos es horizontal (aunque para la izquierda esto fuera un cambio sustantivo); pero, de otra parte, la relación entre ese sistema necesario y la crisis social rampante agotaba rapidamente el consenso teórico, apareciendo no solo distintas lecturas, sino diversas posiciones sobre la necesidad de hacer una lectura global.

En cuanto al influjo del neoliberalismo político, puede afirmarse que este operó en menor medida sobre la ciencia política (que lo hizo en la economía), y sólo de forma indirecta sobre la sociología y la antropología. Es decir, se tradujo y se escribió bastante en América Latina sobre, por ejemplo, la Escuela de Chicago, pero apenas hubo producción especificamente sociológica regional en este sentido. Por otra parte, las conexiones habidas en la ciencia politica (Vergara, 1983) tropezaron con ciertas contradicciones fundamentales, como por ejemplo el que fuera en los regímenes de dictadura donde hayan sido mejor recibidas. En suma, no parece que, en la sociología latinoamericana, el neoliberalismo haya creado producciones de importancia, aunque sería excesivo sostener que la desaparición silenciosa de ciertas temáticas no tenga nada que ver con un influjo indirecto de este pensamiento.

En todo caso, puede afirmarse que, entre la economía dura (liderada por el neoliberalismo) y la democracia autonomizada, lo social fue sinónimo de diversidad, fragmentación, ilegibilidad. Ante esta situación, hubo diferentes opciones: quienes mostraban la contradicción entre estos niveles y señalaban la responsabilidad del proceso de modernización mundial (Lechner, 1990); quienes ponían el énfasis en el problema de la desestructuración social (Quijano, 1989); y quienes, como comenta Girola (1991) respecto de buena parte de los trabajos de los ochenta, sacaban más o menos silenciosamente las diferencias sociales, las estructuras de poder social, de sus tersos y brillantes análisis.

Sobre esta inclinación objetiva a la desestructuración de lecturas, operaron en los ochenta las relaciones con la eclosión teórica del Norte. En primer lugar, hay que mencionar que el hecho mismo de la crisis de paradigmas en el Norte facilitó rapidamente la apertura ad infinitum del menú de referencias teóricas, o, como también se dijo, la tendencia al eclecticismo, saludable o no.

Como se indicó, la primera recepción en América Latina de la discusión sobre epistemología fue leve y tuvo el efecto de fragilizar el positivismo desarrollista y favorecer el ascenso de la tesis (interpretativa) de la dependencia. Más tarde, ya durante los ochenta, se regresó a esa discusión epistemológica pero a) practicamente fundida con la crisis de paradigmas de las ciencias sociales en el Norte, y b) como preludio de la recepción de la propuesta postmoderna.

Por otra parte, aparecieron conexiones con el alternativismo y la nueva teoría crítica del Norte (especialmente entre los huérfanos de paradigmas, pero partidarios de una sociología latinoamericana crítica), que dieron lugar a "una nueva sensibilidad de las ciencias sociales" que se podría denominar "humanismo crítico" (Hopenhayn, 1990). Lo cierto es que se trata más bien de un intento de reunión de diversos sectores (cuyo momento más visible podría fijarse en el encuentro sobre pensamiento crítico de Caracas), con un común denominador tan básico (la no aceptación del impulso neoliberal) que, como el propio Hopenhayn reconoce, no supone en si mismo una opción teórica ni, por el momento, una oferta paradigmatica alternativa.

Un tanto despreciado al principio y luego valorado como insumo directo, se absorvió parcialmente en América latina el fenómeno cultural del Norte, el postmodernismo. De estas forma, en la segunda mitad de los ochenta (y quizas la Asamblea que conmemoró el veinte aniversario de CLACSO, en 1987, dedicada por entero a la oferta postmoderna, sea la referencia más clara) el postmodernismo tuvo un impacto directo en las ciencias sociales latinoamericanas, unas veces explícito y otras no tanto. Un factor de alta valoración fue precisamente la crítica postmoderna a la necesidad de paradigmas, que ciertamente dinimuyó ansiedades entre sectores de profesionales de la región: el reino de la parcialidad-diversidad parecía así lógico, incluso con la ventaja de relajar la necesidad de reconocer sentidos y globalidades.

En todo caso, también en América Latina la oferta postmoderna permitió más un ascenso de otros discursos (el filosófico principalmente), que una creación sociológica con matrices epistemológicas distintas. Por mucho que se realizaran profesiones de fe postmodernas, los que hacían incluso análisis parciales, terminaban con una lectura acabadamente moderna del objeto de estudio que habían acotado. Es decir, habían encontrado el sentido a su "pequeña totalidad", aunque ello no tuviera nada que decir, obligadamente, del país o la región a que aquella perteneciera. Incluso cuando trabajan sobre la cultura, los intentos de hacer sociología sin examen de totalidad y sentidos, parecen condenados al fracaso (Brunner, 1991). Sólo cuando se abandona por completo la empírica metodología sociológica y se acude sin barreras al ensayo (Casullo, 1988) puede usarse con más comodidad la propuesta postmoderna. Ahora bien, siempre queda la pregunta no acerca de la validez del ensayo como forma de conocer la realidad, pero sí acerca de si esta forma tiene un lugar claro en las ciencias sociales (del Norte y de América Latina).

Este contexto teórico se ha desarrollado en relación con los cambios institucionales que han experimentado las ciencias sociales de la región; todo lo cual, indica la necesidad de un examen (sociología de la sociología) de su desarrollo disciplinario.

En el plano institucional, los años ochenta muestran un aumento notable de la actividad profesional, si bien esta presenta formas distintas según paises. La razón fundamental se debe al enorme crecimiento de formación de cientistas sociales que tuvo lugar previamente, durante los años sesenta y setenta (se multiplicó por seis en quince años, hasta alcanzar unos 60.000 graduados a mediados de los setenta). Cierto que este crecimiento se frenó apreciablemente en la década siguiente, por diversas razones: el deterioro de las facultades no económicas en las dictaduras del Cono Sur, el descenso de matrícula y graduación en democracias afectadas por la crisis y el pensamiento neoliberal, el estancamiento de la matrícula universitaria total de estos años. Puede afirmarse que si el frenazo global no fué tan brusco es debido al caso de Brasil, donde la dictadura permitió el crecimiento de las carreras universitarias en ciencias sociales (aunque aislandolas).

Pero, paralelamente a esta caida del crecimiento de matricula y graduación, tiene lugar durante los ochenta un movimiento lógico, como producto de la previa acumulación de graduados: se mantiene el aumento en el número total de postgraduados y se produce el incremento de centros profesionales. Así, se estima que en 1987, la cifra de postgrados en ciencias sociales rodearía los 450, mientras era cuatro veces menor en 1977 (Calderón y Provoste, 1989). Por otra parte, un indicador del incremento de los centros, puede ser el hecho de que el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) se constituyera en 1967 con 20 centros y en 1989 esa cifra fuera de 120.

No obstante, esta actividad profesional ha sufrido algunas transformaciones importantes, una de las cuales sería: con variaciones nacionales, el apoyo financiero procede cada vez menos del Estado y las Universidades, las cuales han sufrido un deterioro general con la crisis, para proceder de la cooperación externa. En la mayoria de los paises latinoamericanos, entre el 50 % y el 75 % de los fondos destinados a la investigación social provienen del exterior (Calderón y Provoste, 1989).

Ciertamente, estas transformaciones hacen que el aumento de la actividad profesional tenga lugar al tiempo que se modifican las caracteristicas de las ciencias sociales latinoamericanas. La financiación externa busca una investigación más aplicada a temas delimitados, así como el deterioro de las universidades dificulta la creación teórica. Dicho de otra forma, el aumento de la actividad profesional no parece significar obligadamente una mayor capacidad de interpretar la realidad social. Mucho menos una mayor probabilidad de crear interpretaciones que obtengan un consenso amplio de parte del universo de profesionales. (Algo que, desde luego, no sólo sucede en América Latina ni en el ámbito de las ciencias sociales. Es conocido como, durante los ochenta, se ha producido en las artes un fenómeno paradógico: el entierro del arte a causa de su agotamiento creativo, al tiempo que un notable incremento de actividades artísticas fundamentalmente repetitivo que en Estados Unidos, algunos han dado en llamar "Renacimiento").

Este conjunto de cambios en el cuadro teórico y el ejercicio disciplinario, supone una suma de consecuencias, que, también en América Latina, puede ser medida con mayor o menor gravedad. Por ejemplo, uno de los autores que más han trabajado esta problemática, Sonntag, compone (1989, p. 132 a 134) el siguiente cuadro: 1) la incertidumbre teórica empuja a muchos profesionales a eludir este plano, para acudir al proyecto reducido, más allá de si este agrega o no algo al conocimiento previamente existente; 2) en este contexto, han proliferado los estudios históricos y no en relación con la sociología sino como alternativa; 3) la interdisciplinaridad ha perdido su atractivo, regresandose a los límites de cada disciplina, así como al trabajo individual más que en equipo; 4) aparece un eclecticismo epistemológico, que incorpora elementos teóricos muy diversos en las conceptualizaciones; 5) se aceptan patrones supuestamente "universales" de los centros, con menos juicio crítico ni esfuerzo de adaptación a la realidad latinoamericana que en el pasado; 6) la ofensiva metateórica del neoliberalismo es, en este marco, un intento por restablecer la hegemonía de las ciencias sociales de los centros; 7) las jerarquias académicas han regresado y la actividad crítica incluso del estudiantado ha disminuido; 8) la privatización de la investigación y su dependencia externa están reorientando la actividad profesional; 9) ha decrecido la discusión interpretativa, aunque ésta tenga menos rigideces que en el pasado.

Este cuadro sintomatológico es contestado por otros autores que tienen más inclinación a observar los aspectos positivos de la crisis. Principalmente, por todo lo referente a la pérdida de rigidez: la mayor apertura teórica, la mayor amplitud temática y la menor tendencia a transformar la creación teórica en esquemas ideológico-políticos. Y parece indudable que esta flexibilización ha tenido lugar. La cuestión es saber si, lejos de negar la existencia de la crisis, una enorme flexibilidad no es sino un elemento característico de las crisis de paradigmas. Más aún, conocer si tal crisis supone o no una perspectiva de avance en el reconocimiento de la realidad social, o al menos en el valor de la ciencia social como instrumento para ello. Sobre todo esto habrá que regresar al hablar de las perspectivas futuras de las ciencias sociales en el Norte y en América Latina.

c) Comparación de las crisis en el Norte y en América Latina.

De la lectura de las crisis de paradigmas (siempre relativos) en el Norte y en la región latinoamericana, puede observarse un conjunto de elementos similares y ciertos aspectos diferenciadores; tanto respecto de las causas, como del procesamiento y las consecuencias (o síntomas) de las crisis.

Como se ha visto, ambas crisis de paradigmas se caracterizan por responder a un conjunto de factores causales que se manifestaron en una coyuntura relativamente corta de tiempo, si bien resulta posible distinguir varios momentos. En un primer momento, se ponen en cuestión por razones internas y externas (cambios sociopolíticos) los paradigmas precedentes (funcionalismo en el Norte y positivismo desarrollista en AL), pareciendo que van a ser sustituidos por la teoría crítica (de matriz marxista) o por una fusión de ambas.

Y aquí aparecen ya las primeras diferencias. Por un lado, el peso de la crisis epistemológica es mayor en ese momento en el Norte y tiene como efecto (fragilizando a la vez el funcionalismo y el marxismo) la no sustitución paradigmática. En América Latina, ese factor es más suave y parece favorecer la opción más interpretativa de la dependencia.

Por esta y otras razones, la diferencia en el plano teórico también es notable: la teoría crítica apenas tuvo un reinado efímero en el Norte, siempre en competencia con el enfoque interpretativo, mientras en América latina consiguió estructurar una tesis, si bien de orden regional y también de corta duración, la dependencia, que adquirió consenso paradigmático visible.

Un segundo momento de la crisis procede de una fusión más amplia de causas: 1) el giro brusco de la realidad social (crisis económica mundial); 2) la crisis en el campo valórico (ideológico normativo); 3) el resurgimiento de la competencia cognoscitiva de la percepción artístico-cultural. Esta fusión tiene lugar primero en el Norte, y cuando se manifiesta en América Latina esta región va incorporando elementos peculiares. El más significativo consiste en que el cambio de la realidad social en AL parte del ámbito político: la crisis que da lugar a la extensión de los regímenes militares.

Es evidente que la derrota histórica de las fuerzas sociales y políticas favorables al cambio social, que se habían hecho visibles en torno a la fecha mítica de 1968, fué un proceso mundial que se generalizó en Occidente al comenzar los años ochenta, pero que se inició en el Cono Sur de América Latina. Este factor, que se tradujo acá en una extensa pérdida de las libertades, impulsó a las ciencias sociales latinoamericanas a cambiar de preocupaciones, geografica y progresivamente, desde mediados de los años setenta. La tesis de la dependencia fue así enterrada no bajo ningún tipo de moda intelectual, sino bajo un doble proceso, que no fué capaz de superar: a) la urgencia de estudiar las dictaduras y b) el hecho de pensar la nueva realidad social "desde la derrota". Todo lo cual condujo al desplazamiento de la mirada sociológica desde el cambio social a la recuperación de la vida pública y la autonomización estructural.

Por otra parte, los cambios valóricos que acompañan este giro histórico mundial, crisis del marxismo y ofensiva del neoliberalismo, aún cuando tienen formas y ritmos distintos en el Norte y en AL, afectaron de forma similar a la sociología de ambos espacios. En los dos casos, para fragilizar la teoría crítica e impedir definitivamente la posibilidad de que se produjera una sustitución paradigmática de larga duración.

Otra cuestión se refiere al emergimiento de la puesta en cuestión cognitiva de parte del conocimiento artístico- cultural, bajo el nombre amplio de postmodernismo. Como se vió, existe al respecto una diferencia: en el Norte, el postmodernismo viene a ampliar fenómenos que la crisis epistemológica ya había iniciado desde el anterior cambio de década (sesenta a setenta), mientras en América Latina la crisis de la epistemología se percibe al principio de manera leve (se apreciará envuelta en la crisis de paradigmas) y sólo se absorve con efectos desestructurantes a través de su reformulación en la propuesta postmoderna.

Por otra parte, el postmodernismo nace en el Norte más explicitamente como proyecto artístico, mientras que a América latina llega afectando a las ciencias sociales casi al mismo tiempo que sus ámbitos propiamente artísticos. En todo caso, tanto en el Norte como en AL, este fenómeno ha tenido más efectos prácticos cómo plataforma para revalidar otros discursos que respecto a modificar en profundidad el discurso sociológico; aunque en ambas latitudes haya favorecido la idea de que el estado natural de la realidad social es la desestructuración y que no es necesario ofrecer paradigmas o relatos dotados de totalidad y sentido.

También en el plano del desarrollo institucional hay semajenazas y diferencias. Tanto en el Norte como en AL la crisis del Estado se tradujo en una menor exigencia de investigación social pública, y, en términos generales, en un deterioro presupuestario de las Universidades. Sin embargo, el resultado no fue el mismo: la investigación sociológica se refugió en el Norte en unas Universidades más consistentes, mientras en América Latina la investigación se privatizaba y pasaba a depender mucho más del financiamiento externo.

De acuerdo con todo lo anterior, es posible comparar el cuadro sintomatológico de la crisis teórica en el Norte y en AL. Existen aspectos semejantes, como la tendencia a la disfunción entre teoría e investigación social, la disminución de la discusión interna e interdisciplinar, etc. Pero quizas el aspecto más destacable sea la diferencia en los planos epistemológico y de creación teórica.

Ya se ha comentado la relación más estrecha de la crisis de la epistemología general con la epistemología específica de las ciencias sociales en el Norte, y su menor efecto al comienzo en América Latina, donde regresa después relacionada, por un lado, con la propia crisis de paradigmas en el Norte, y, por otro, con la reformulación que hace de ella la propuesta pstmoderna.

En el plano propiamente teórico se ha visto como, tanto en el Norte como en América Latina, la crisis ha producido una triple orientación: 1) dispersión teórica, 2) alejamiento de la teoría para refugiarse en el proyecto delimitado y 3) algunos esfuerzos de creación teórica destacables. Pero la composición de esos tres elementos parece bastante diferente en el Norte y en AL: mientras en los paises centrales destaca la dispersión teórica, la explosión de una cantidad considerable de escuelas o miniescuelas, en América Latina el elemento que destaca es la inclinación al proyecto delimitado (que permite no plantearse problemas teóricos o desarrollar el eclecticismo). Una diferencia que se retroalimenta, como se vió, mediante esa distinta evolución institucional de las ciencias sociales en el Norte y en América Latina.

4. PERSPECTIVAS

4.1. Las perspectivas má ás extremas: crisis terminal y ausencia de crisis.

Cabe retomar ahora la pregunta anterior acerca de si es posible evaluar la crisis de paradigmas en las ciencias sociales: ¿se trata de una crisis de crecimiento, de cambio profundo y sustitutivo, o de carácter terminal? Ciertamente, la respuesta a este cuestión depende en buena medida del diagnóstico que se haga sobre la crisis en curso, aunque también de las posibilidades de cambio. A continuación, se comentarán las perspectivas que aparecen con frecuencia en la reflexión existente al respecto.

Para aclarar el horizonte, comenzando por los escenarios extremos, pueden examinarse los referidos a la posibilidad de una crisis terminal, así como a la idea de que, en realidad, no existe crisis alguna en el desarrollo teórico de las ciencias sociales. Es necesario insistir: no hay muchos autores que defiendan alguno de estos escenarios extremos, pero resulta metodologicamente útil mencionarlos para acotar el campo.

La posibilidad de una crisis terminal puede pensarse desde varios supuestos: a) como procedente del campo institucional, b) como producto propio e interno, en tanto crisis teórica profunda e irrecuperable, y c) como producto del hundimiento general de la idea de ciencia, tras la liquidación de la epistemología. Veamos ahora los dos extremos (a y c).

En el campo institucional, es cierto que el crecimiento de las ciencias sociales no es tan rotundo como en décadas anteriores y también es cierto que han perdido espacios respecto de otras formas de conocimiento de la realidad social (humanístico, artístico). Pero resulta un hecho que las ciencias sociales mantienen un desarrollo firme ante el siglo XXI, y que más bien aumenta la estructuración mundial de sus relaciones. Se mundializan como la propia realidad social. Es decir, nada indica en el pleno institucional que pueda hablarse de crisis terminal.

Ahora interesa girar en sentido opuesto y pensar si esa crisis terminal (de las ciencias sociales) podría proceder del hundimiento de la idea general de ciencia. Una hipótesis que sí fue más planteada durante los ochenta. Es decir, de si el conocimiento del mundo podría hacerse no desde un pensamiento específicamente científico, sino desde un pensamiento que integrara la razón, los valores, el arte. Esta podría ser una opción, y para ciertas posturas filosóficas, Feyerabend por ejemplo, la más humana. Sin embargo, si regresamos al desarrollo concreto de las ciencias físicas, todo indica que su forma científica de percepción segirá, al menos por un tiempo amplio, permitiendo su avance (más allá de si lo hace con el síndrome del aprendiz de brujo).

Dicho en breve, ni desde el punto de vista institucional ni desde el pistemológico (la validez de lo científico), parece posible que se esté ante una crisis terminal de las ciencias sociales. Quizás también por ello no hay apenas autores que señalen esta perspectiva. Ciertamente, resta la vieja pregunta de si podría suceder una crisis profunda y progresiva por razones de su propia validez interna, precisamente por tratarse de una tensión científica por conocer una realidad como la social. O visto de otra forma: de si el desarrollo -y mundialización- de las ciencias sociales se ve acompañado por una progresiva incapacidad para reconocer la realidad social. Pero esta reflexión ya estaría referida al ámbito de la contrucción teórica, algo que se hará más adelante, en relación con la evaluación de la crisis y su gradación, tal y como han sido hechas hasta la fecha.

Puede examinarse ahora el otro escenario extremo: el referido a la inexistencia de crisis teórica en las ciencias sociales. Se trata del escenario más optimista, por cuanto en éste el desarrollo de las ciencias sociales seguría adelante sin mayores problemas. Desde esta visión, el hecho de que las ciencias sociales puedan aparecer como océanos de conocimiento con un centímetro de profundidad, no es más que un espejismo, puesto que las ciencias sociales van a resultar profundas en diferentes temáticas o en cualquier momento.

No importa tanto que todo vaya limpio y ordenado, aunque también hay quien opina que así esta llendo, sino que marche hacia adelante. En el fondo, la realidad social se reconoce por la simple actividad de los sociólogos o los economistas. (¿Que otra cosa sería la sociología o la economía ?). Incluso puede pensarse que la cosa va bien, precisamente porque no va ordenada. Esta es la posición de quienes opinan que no hay crisis de paradigmas sencillamente porque en las ciencias sociales nunca hubo tal cosa (paradigmas). En ese sentido se inclina, por ejemplo, Jeffrey Alexander (1988 a), si bien no explica muy bien en que consistió lo que reconoce como predominio del funcionalismo.

En realidad, a este escenario se llega por vía de dos diagnósticos: el que establece propiamente que no hay crisis alguna en las ciencias sociales, y el que señala que, aunque haya habido algún tipo de crisis, esta es fundamentalmente de crecimiento. Esta es la posición frecuente entre los cientistas sociales de la Europa latina, al estilo de Touraine, por ejemplo, quien después de constatar la crisis (1985) parece restarle relevancia (1989). En América Latina esta opción se confunde en buena medida con la del escenario siguiente (hubo crisis de paradigmas, pero ello es positivo) puesto que tampoco hay muchos autores que afirmen que no hubo crisis en la contrucción teórica de las ciencias sociales de la región.

4.2. Perspectiva postmoderna: hubo crisis de paradigmas, afortunadamente, porque estos ya no son necesarios.

Al denominar esta perspectiva como postmoderna, no se está indicando que los que la asuman aceptan la propuesta postmoderna en su sentido amplio, sino que resulta efectivo que quienes defienden más enfáticamente la innecesidad de paradigmas son los postmodernos. Por ello resulta util comenzar señalando que este escenario tiene diversos grados: 1) quienes sostienen que es irrelevante que el universo de cientistas lleguen a coincidencias sobre tal o cual teoría de primer orden, o, si se quiere, sobre un conjunto de teorías de ese nivel; 2) quienes llegan a rechazar la construcción teórica de primer nivel, puesto que significa una mirada sobre la totalidad social, cuando ello es imposible y/o indeseable.

Este escenario supone la liberación epistemológica definitiva de las ciencias sociales, lo cual, además, estaría en mayor consonancia con la multiplicidad de sentidos y tiempos en la realidad social. En este escenario no es necesario realizar ningún cambio importante para garantizar el desarrollo de las ciencias sociales. Cierto, que al coste de no tensionarse demasiado por reconstruir la realidad social como un todo, o en último extremo, sin que deba probarse si una teoría de primer nivel refleja bien o no la realidad de la que habla.

En el caso más agudo, éste es un escenario en el que las ciencias sociales se dirigen hacia un limbo en el que: a) sólo pueden servir de recolectores empíricos para satisfacer las necesidades de otras disciplinas que si puedan permitirse un alto nivel de abstracción, la filosofía social, el ejemplo más claro, o b) en el que las ciencias sociales se diluyen en un discurso fusionado (racional-valórico-artístico). En breve, un escenario en el que las ciencias sociales viven eternamente pero sin ambición alguna, y/o se les condena, aunque a largo plazo, a una muerte dulce en un tronco cognitivo común.

Como se apuntó, este escenario se ha pensado en el Norte entre los sectores que se reclaman de la propuesta postmoderna o con una influencia importante de esta. En América Latina, se llega a la alegría por la muerte de los paradigmas no siempre mediante la adcripción a la propuesta postmoderna, sino por distintas vertientes: desde quienes simplemente quieren un ajuste de cuentas con la anterior etapa de las ciencias sociales, hasta quienes sí abrazan abierta o veladamente la propuesta metodológica de la visión postmoderna.

Entre los primeros, la idea general consiste en que, por unas razones u por otras, se ha roto por fin la rigidez paradigmática de la anterior etapa de las ciencias sociales. Así, la crisis de paradigmas abre en América Latina "la posibilidad de un análisis de los procesos sociales más comprometidos con la investigación empírica y menos subordinados a las doctrinas y los proyectos políticos" (Girola, Duhau y Azuela, 1987). Ciertamente, hay un fondo de verdad en cuanto a que la crisis de paradigmas en América Latina puede permitir flexibilidades temáticas y epistemológicas en la región. La cuestión consiste en saber si: a) ello no se realiza olvidando por completo una teoría de segundo rango (la dependencia) que explicaba aspectos fundamentales de la realidad social; b) abandonando toda pretensión de constituir nuevos paradigmas, es decir, de saber si pueden establecerse coincidencias amplias en torno al diagnóstico (regional, por lo menos) de la realidad social. En todo caso, estos autores no parecen objetar que se construya teoría regional, sino más bien la utilidad de que surjan consensos.

Una justificación de la imposibilidad de construcción teórica, así como de la alegria por el abandono de las rigideces, procedería no tanto de una opción disciplinar, como de una indicación dada por la propia realidad social (Lechner, 1988). Dado que, desde los años setenta, la realidad sufre, ante todo, un proceso de desetructuración y diferenciación, hay que "aceptar un cambio de perspectiva" en el sentido de abandonar la tendencia a la explicación unitaria de la sociología del pasado. Al indicar que la diferenciación estructural se basa en la presencia de diversas racionalidades, de distintos tiempos, Lechner parece sugerir que es necesario abandonar explicaciones de la totalidad social, porque resultan esfuerzos inutiles, en el mejor de los casos. (Cierto, que cuando se habla de un cambio de perspectiva, puede que se hable de sí mismo, porque ocho años antes este autor se mostraba contrario a esa aceptación: "Pareciera existir un déficit teórico; los estudios no logran sobrepasar la descripción hacia una contextualización del proceso social como totalidad. La investigación empírica no es acompañada de teorización, no se logra establecer una mediación entre la forma concreta que presenta la sociedad y la abstracción lógica que muestre la racionalidad subyacente". Lechner, 1980, p. 213).

No obstante, Lechner, al hablar de la necesidad de una teoría de la democracia, parece mantenerse espectante ante la posibilidad de que sí sea posible una mirada más global. Otros autores van más alla y -abandonando esa prudencia- abrazan la propuesta postmoderna sin dudarlo: hay que saludar la multiplicidad de racionalidades y evitar el clásico intento de reconocer sentidos.

Y ello sin necesidad de proclamarse postmodernos. Pueden, de esta forma, iniciar un análisis "asumiendo la independencia de los fragmentos, la ausencia de identidades, la falta de principio de totalidad y la carencia de síntesis ordenadora" (Brunner, 1991, p.5). El problema consiste en que esos intentos, precedidos de tal acto de fé, suelen acabar en modernisimas descripciones del sentido que asume la totalidad estudiada (y en que ello es regularmente evidente, Gomáriz, 1991). Quizás es que tras años de brillantes análisis sociológicos sea dificil adquirir la nueva metodología. Tal vez sea necesario más entrenamiento.

4.3. Perspectiva epistemológica: la crisis sólo se resuelve mediante un cambio en la forma sociológica de pensar.

En este escenario, lo único que puede evitar el estancamiento "sine die" de la crisis de paradigmas es una nueva forma de pensar cientificamente la realidad social. En este caso, la crisis no se considera saludable, porque no permite a las ciencias sociales explicar esa realidad social, aunque estas puedan permanecer institucionalmente eternas (subordinadas a otras disciplinas y sin vuelo teórico).

Para lograr ese cambio epistemológico se plantea en el Norte un amplio abanico de opciones, desde las más cerradas (incluso autoritarias), hasta las mas abiertas y de raiz hermenéutica. Entre las primeras, cabe destacar la propuesta de Turner (1989). Este autor propone no tanto una epistemología general, como afirmar solidamente una epistemología particular o, si se quiere, una matriz disciplinaria asentada (de la teoría social). Por su parte, propone un programa positivista para la teorización sociológica general, tanto para construir macro como micromodelos. Pero mientras eso se discute y se construye, propone que no se permita practicar la teoría social a los legos, y que sean las Asociaciones de Sociologá¡áa las que determinen que proyectos deben acometerse (T. 1989, p.90).

En el sentido opuesto, las apreciaciones más abiertas sobre la necesidad de ese cambio epistemológico, proceden en el Norte del enfoque interpretativo y especialmente de la revaloración de la etnometodología de Garfinkel (1984), donde la realidad social no sólo es objeto cognoscible, sino fuente epistemológica directa. Asimismo, se inclinarian al cambio epistemológico, opciones integracionistas de las propias ciencias sociales, al estilo de Wallerstein (1987, 1988).

En América Latina, también existen autores que, partiendo de la negatividad de una no resolución de la crisis de paradigmas en la región, creen que la salida se encuentra en un profundo cambio epistemológico. Hacia esta opción se inclina ultimamente el propio Sonntag (1989). En un principio, se trataba de salir de la crisis logrando la articulación del esfuerzo teórico con el trabajo empírico (Sonntag, 1988). Progresivamente, esta solución parece insuficiente y así, habría que pensar de otra forma las ciencias sociales de la región, "incluso con su fundamentación epistemológica" (S. 1989, p. 136). Se trataría de abrir la opción interpretativa hasta donde diera lugar, entre otras razones, para forzar una epistemologia propiamente latinoamericana.

Luchando contra la universalización (moderna) de las ciencias sociales del Norte, que hace dependientes a las ciencias sociales de la región, Sonntag acude en busca de ayuda epistemológica hasta el propio Feyerabend, con lo que involuntariamente (¿o no tanto?) se aproxima al todo vale. (Que, como se sabe, es una via como otra cualquiera para llegar a la universalización del Norte, aunque esta vez a través de la explosión de las parcialidades).

Cierto, lo que busca Sonntag desesperadamente es una raiz que distinga claramente las ciencias sociales latinoamericanas de las ciencias sociales del Norte (y todo ello sin caer en el provincianismo). Y, naturalmente, la forma más sólida de lograrlo es consolidar una epistemología propia de las ciencias sociales de la región.

El problema consiste en saber si ésta no es una via inútil para resolver la crisis de paradigmas en América Latina. ¿Y si no fuera posible construir una epistemología propia, con una racionalidad netamente autonoma? De hecho, Sonntag acude para justificar la empresa a Feyerabend y a Wallerstein, que no son precisamente autores que escriben desde la realidad venezolana.Tal vez ese sea un camino sin destino.

Tal vez las modificaciones oportunas se produzcan antes en el Norte. Quizas la contrucción teórica sobre la realidad latinoamericana introduzca de pasada matizaciones epistemológicas. Pero intentar la construcción de una epistemología propia, quizas sea un esfuerzo tan titánico e inutil como tratar de sacar América Latina del mundo occidental.

En todo caso, para poder evaluar la idea de que es necesario un cambio epistemológico para salir de la crisis de paradigmas, es conveniente aquilatar primero la amplitud de la propia crisis epistemológica. Porque lo que parece haber muerto es una opción filosófica que supuestamente permitía reconocer la estructura última de la lógica del pensamiento científico. Como ambición exacta la epistemología parece haber fenecido. Resulta inutil partir de una estructura suma del pensamiento científico para dirimir sobre la validez de las teorías, aisladas o puestas unas frente a otras. Pero, si de forma relativa la percepción científica se mantiene, la formación de matrices epistemológicas tendrá lugar de forma natural. La pregunta es si tiene o no sentido el tratar de reconocerlas. Pero si lo tiene, entonces la epistemología sería algo así como la utopía: inalcanzable pero, como tensión, existente.

Con la discusión sobre la epistemología parece haberse liquidado el cretinismo cientifista (las teorías científicas llevan incorporas muchos valores y sensibilidades humanas), pero no la necesidad de una cierta autonomía de la forma de conocimiento científico de la realidad, como tendrían su autonomia relativa los valores y las artes. Y desde esa relativización limitada, en la que el todo vale resulta inutil, no se vislumbra precismente una liquidación de lo científico, o su disolución en un sistema perceptivo fusionado. No, al menos en el tiempo que ahora es posible imaginar.

En el caso de las ciencias sociales, ese cretinismo ha muerto con mayor razón. Ya es dificil encontrar quien considere que éstas pertenecen al tronco de una ciencia única. Aunque existen ciertos autores que siguen creyendo en esa posibilidad como tensión (Turner, Homans, Münch, etc.), estas posiciones resultan hoy minoritarias en la teoría social del Norte. Como afirma Giddens, "está claro que el rechazo crítico del positivismo lógico ha llegado a predominar en la teoría social" (1987, p.16).

Ahora bien, ¿eso significa que, para el conocimiento de la realidad social, haya dejado de tener autonomía la perspectiva de las ciencias sociales? Como se vió, eso no parece haber sucedido en los años ochenta, cuando el "Tratado contra el método" de Feyerabend tuvo su época. Es posible que se hable de "teoría social" con intención de reunir la filosofia, la historia, la sociología en un tronco común. Pero esa aspiración no resolvería de verdad el problema epistemológico: ¿existirían aún lenguajes autónomos de las ciencias, los valores y las artes, para reconocer la realidad social? Puede que hoy no pueda afirmarse si alguno de estos lenguajes tiene más validez que otro. Pero parece dificil que su autonomía desaparezca. Todo indica pues, que la crisis epistemológica tiene ciertos límites, y que no es sobrepasandolos como se resolverá la crisis de paradigmas. A lo mejor el problema reside "simplemente" en la capacidad para interpretar la realidad social por parte de la "comunidad" de cientistas sociales.

4.4. Perspectiva kuhniana: hay un proceso de fermentación teórica que establecería nuevos paradigmas.

En el caso de que, efectivamente, (una vez sucedida la crisis epistemológica) la resolución de la crisis de paradigmas proceda más bien de: 1) la capacidad de construcción teórica y 2) la posibilidad de que muchos profesionales coincidan en que tal teoría interpreta mejor que otras la realidad actual; en ese caso, entonces, se estaría ante un escenario que puede calificarse por aproximación de kuhniano.

Un escenario no por optimista menos posible que otros. Solo haría falta evaluar si hay algún indicio de esta naturaleza. O planteado de otra forma, ¿existiría un proceso de fermentación teórica minimamente convergente?

A primera vista, la respuesta no podría ser sino negativa.

Sin embargo, en la introducción conjunta que hacen Giddens y Turner a la compilación "La teoría social," hoy se afirma: "la aparente explosión de versiones rivales de la teoría social oculta una mayor coherencia e integración entre esos puntos de vista divergentes de lo que puede parecer a primera vista". (G y T., 1987, p.12). Ciertamente, no se trata de que estos autores crean que la explosión teórica sólo fue aparente. Por el contrario, ambos piensan que la explosión tuvo lugar, pero que, posteriormente, por debajo de ese gran oleaje, se estarían formando progresivamente corrientes amplias y profundas. Y ofrecen las siguientes indicaciones al respecto:

1) "Convergencia metodológica: "En primer lugar, puede haber un mayor solapamiento entre métodos diferentes de lo que se suele pensar". Y ofrecen como ejemplo el caso de la etnometodología y como sus métodos que fueron considerados al principio como algo ajeno, hoy se integran como parte del conocimiento de lo social.

2) "Convergencia temática: "En segundo lugar, se han destacado a lo largo de las últimas dos décadas ciertas líneas de desarrollo comunes compartidas por un amplio conjunto de enfoques teóricos". E ilustran esta tesis a través del interés producido por reconceptualizar la naturaleza de la acción, así como la tendencia a un punto de equilibrio entre "teoría del sujeto" y el análisis más "institucional".

3) "Desarrollo cognoscitivo: "En tercer lugar, sería difícil negar que ha existido algún tipo de progreso en la resolución de cuestiones que previamente parecian inabordables o no se analizaban de forma directa". Y ponen como ejemplo el que se estaría superando la vieja división entre el "Erklären (explicación por leyes causales) y "Verstehen (comprensión del significado), precisamente a traves de desarrollos convergentes en diversas corrientes teóricas.

Indicaciones de esta naturaleza pueden parece acentuadamente optimistas. De hecho, dos años mas tarde, Turner seguía insistiendo en el mantenimiento de una fuerte dispersión teórica. Sin embargo, la posibilidad de que este dandose un proceso de fermentación teórica que presente segmentos convergentes fue puesta sobre la mesa, por autores importantes, y dificilmente podría descartarse.

La cuestión sería saber si en América Latina también podría visualizarse indicaciones en este sentido. Ciertamente, una referencia podría ser el hecho mismo de la preocupación creciente entre los cientistas sociales latinoamericanos por analizar la crisis de paradigmas. Diversos encuentros (con frecuencia a través de la Comisión de Epistemología de CLACSO) se han realizado en los últimos años, así como se ha producido una abundante obra sobre el tema. Pero es sabido que preocupación no significa solución, aunque sea su primer paso.

Sin embargo, existe otra indicación al respecto. Importantes organizaciones que se dedican a las ciencias sociales en la región, estan evaluando los últimos años la necesidad de tener una perspectiva más regional. Principalmente, la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), despues de dos décadas de que las sedes de su red se "nacionalizaran", parece estar preparandose para un trabajo regional en el decenio de los años noventa. ¿Sería posible que estas organizaciones adquirieran una perspectiva de actuación más regional y no generaran ninguna construcción teórica de la región? Todo es posible en los tiempos que corren. Pero parece sensato pensar que, si fuera posible construir de nuevo teorías de rango regional, y así, articular investigación concreta y capacidad teórica, la institución que lo hiciera (Universidad, Red, etc) se establecería como la de obligada referencia cara al año dos mil.

4.5. ¿ Distintas perspectivas para las ciencias sociales del Norte y de América Latina ?

Desde la orientación comparada de este estudio, cabe abrir la pregunta de si pueden plantearse escenarios muy diversos entre las ciencias sociales del Norte y las de América Latina, al menos a corto y mediano plazo. Dicho mas precisamente: ¿ Podría tener lugar una construcción teórica convergente en el Norte, que fuera resolviendo en los hechos la crisis de paradigmas, sin que una situación semejante sucediera en América Latina ? ¿ O al contrario, podría desarrollarse una interpretación teórica de caracter regional en AL, mientras tadavía en el Norte continuara la dispersión cognitiva ?

Para tratar de dar un respuesta adecuada, primero es necesario resolver un problema teórico que ha estado latente en todo el análisis previo. Como se vió en la comparación del desarrollo de las ciencias sociales en ambas latitudes, existe entre ellas una relación epistemológica y teórica innegable, aunque dicha relación tenga verdadera fuerza de Norte a Sur y no tanto al contrario. Ahora bien, la cuestion consiste en saber hasta que punto es autonoma la construcción teórica en América Latina, en especial al examinar los procesos de crisis.

Es decir, habría que saber cual es la relación directa que pueda haber entre ambas crisis de paradigmas, o, dicho de otra forma, hasta qué punto son autonómas aunque se interelacionen. Como se apuntó, existen al respecto dos posiciones desde las que enfrentar el asunto. Una que enfatiza el peso de la crisis de paradigmas del Norte sobre la crisis en América Latina. En breve, la crisis de los grandes paradigmas sólo puede suceder donde estos existen, es decir en los paises centrales. En América Latina no habría crisis de paradigmas, sino más bien crisis o cambios de temáticas (bien porque el viejo paradigma de la dependencia no ha muerto o bien porque este nunca fué un verdadero paradigma). Esta posición no es propia unicamente de los entregados a la sociología del Norte, sino también se manifiesta entre quienes defienden la identidad latinoamericana, como es el caso de Quijano (1988), para el cual, lo que tiene lugar en el Norte es una "crisis de paradigmas" y, en cambio, lo que se manifiesta en América Latina es una "crisis de problemática" (Quijano, 1988, p.3).

La otra visión procede de quienes piensan que sí existe una crisis propia de paradigmas (relativos) en el interior de las ciencias sociales latinoamericanas, aunque, ciertamente, ésta está conectada y, en general, alimentada por la que se da en el Norte. Naturalmente, el punto de partida de esta visión es la consideración de que en América Latina sí puede hablarse de teorías de orden regional, que obtuvieron -como se ha visto- el consenso relativo de una gran proporción de cientistas sociales de la región. Esta visión abarca autores que tienen diversa evaluación de la crisis, desde Sonntag a Girola, pasando por Coraggio o Vergara.

En general, la percepción que se tiene, desde esta segunda visión, de la relación entre ambas crisis es la siguiente: dado el rango de la construcción teórica, la crisis de paradigmas en el Norte sí tiene capacidad para afectar al consenso paradigmático en América Latina, algo que es practicamente imposible a la inversa. La pregunta es hasta qué límite: ¿una crisis de paradigmas en el Norte podría llegar a provocar la ruptura del consenso en América Latina ? Dicho de otra forma: ¿la autonomía del consenso paradigmático en AL podría ser tan fuerte como para controlar el indudable efecto que tendría sobre éste una crisis de paradigmas en el Norte?

Ciertamente, estas cuestiones plantean en el fondo la relación de factores internos y externos de las ciencias sociales en ambas latitudes. Para ser sintéticos estas podrian condensarse en los dos núcleos siguientes: 1) saber si es posible un gran cambio de la realidad en el Norte sin que cambie la realidad latinoamericana; 2) responder en este plano la vieja pregunta de qué autonomía tiene el proceso de conocimiento respecto del objeto cognoscible, la realidad social en este caso.

La respuesta a la primera cuestión no puede ser sino negativa, más alla de la opinión que se tenga de la tesis de la dependencia. Es decir, si América Latina ha tenido un desarrollo en estrecha relación con la economía mundial, un gran cambio en ésta parece condenado a afectar profundamente la realidad de la región. Y dificilmente podría saberse si ese efecto habría sido menor en caso de que hubiera tenido lugar en AL un gran cambio sociopolítico. Por decirlo desde la perspectiva actual -tendencia a la formación de grandes conjuntos económicos- América Latina no ha sido ni parece fácil que sea un conjunto autónomo del escenario mundial.

Esto resolvería una parte del problema anterior: si el cambio de la realidad latinoamericana fué un fenómeno "externo" que actuó sobre el consenso paradigmático de las ciencias sociales de la región, y dicho cambio sucedió como producto de la crisis en los centros del sistema mundial, parece que el consenso teórico en AL sí guardaría relación en última instancia con los cambios en la realidad en el Norte. Aunque ello sea a través de la mediación del reconocimiento de la propia realidad latinoamericana.

Sin embargo, esto resolvería solamente el nexo indirecto que existiría entre la crisis de paradigmas en el Norte y la de AL: la crisis societal. Este nexo sería mas estrecho conforme hubiera menos autonomía de la teoría sociologica respecto de la realidad social. Porque en caso contrario (mucha autonomia de la teoría en el Norte y mucha también en AL respecto de sus realidades respectivas), la influencia directa sería más debil, y si la hubiere, procedería más bien de la relación de factores internos, epistemológicos y teóricos propiamente tales.

Ahora bien, el análisis comparado de las crisis hace pensar que siempre habría que hablar de autonomía relativa: si se produce una crisis de la realidad social surgirá la tendencia a un cambio en la teoría social. Ahora bien, la dimensión del impacto guardaría relación con dos factores: a) la propia magnitud del cambio en la realidad social, y b) el estado interno de la teoría que se trate. Veanse ambos.

Parece evidente que cuando la crisis societal sobrepasa ciertos límites (y rompe la convivencia nacional, destruyendo Estados de Derecho, etc.) el efecto sobre las ciencias sociales es amplio: retematizando las preocupaciones disciplinarias, destruyendo estructuras institucionales, etc. Este sobrepasamiento de los límites sí ha operado desafortunadamente en América Latina (sobre unas ciencias sociales tradicionalemnte inclinadas a la proposición e intervención políticas).

En el caso en que la crisis societal no llegue a coyunturas tan dramáticas, el efecto sobre la teoría social va a tener lugar, pero podrá ser más controlado. De esta forma, ese cambio en las ciencias sociales podría suceder: a) dentro de los paradigmas existentes, provocando sólo, a corto plazo, una nueva lectura de la realidad social, b) mediante una sustitución rápida de unos paradigmas por otros, c) produciendo una crisis prolongada de paradigmas.

Parece ajustado pensar que el hecho de que en el Norte se esté asistiendo a esto último, procedería de que también hay fuertes factores "internos" que están operando en esta crisis. Todo indica que una fuerte crisis epistemológica y teórica han acompañado las torsiones que sobre la teoría social ejercía el cambio societal.

Desde este contexto, la respuesta a la pregunta sobre si la crisis de paradigmas en AL ha sido un reflejo de la crisis en el Norte, tiene una respuesta aproximativa: el efecto de la crisis societal ha sido tan fuerte en AL, que, junto a los problemas de parcialidad en las teorías previas, crisis valóricas regionales, etc., habrían sido suficientes como para provocar una crisis propia en las ciencias sociales latinoamericanas, aunque no hubiera habido una crisis de paradigmas tan profunda en el Norte. Desde luego, el hecho de que esta también estuviera presente desde el comienzo ha tenido un efecto multiplicador.

Cierto, desde el punto de vista lógico aún no se habría agotado el planteamiento. Porque cabria perguntarse: y en caso de que no se hubieran dado esos factores regionales internos, ¿la sola crisis de paradigmas en el Norte, de efectos indudables, habría llegado a provocar una crisis homóloga en América Latina? Naturalmente, ello dependería en buena medida de la profundidad de la crisis en el Norte y de su duración. Pero parece razonable pensar que, al menos, habría tenido lugar un proceso de resistencia teórica en AL, que habría desplazado la crisis hacia adelante, provocando un aparecimiento tendencialmente asincrónico (como sucedió en periodos históricos anteriores). El hecho de que, por razones internas y externas regionales, la crisis teórica de las ciencias sociales haya tenido lugar desde los años setenta, precisamente indica que en esta oportunidad esa crisis en América Latina no ha sido un mero reflejo de la producida en el Norte.

Ahora bien, visto este asunto en la perspectiva futura, cabría recordar las preguntas iniciales sobre si la crisis en el Norte podría cerrarse sin que se cerrara en América Latina, y viceversa. Como se apuntó, todo indica que un proceso de convergencia teórica en el Norte ayudaría a que esto se produjera en América Latina, mientras que una coincidencia teórica en esta región influiría mucho menos en el Norte. Ahora bien, todo lo visto hasta ahora, incluida la reflexión precedente, inclina a pensar que se trata dos procesos relativamente autonómos, por lo menos en un mediano plazo. No está cerrada la posibilidad de que resurja la construcción teórica regional en América Latina, sin que ello haya de pasar por un correlato preciso en la evolución de la crisis de paradigmas en el Norte.

En todo caso, el que algo así tenga lugar en la región (creación teórica convergente) depende fundamentalmente de lo que hagan los cientistas sociales que trabajan en América Latina. E incluso en el caso de que se piense que los paradigmas (que no serían sino el resultado de esa convergencia) ya no son necesarios, habría que estar de acuerdo en que: a) sin ese esfuerzo teórico resulta muy difícil pensar regionalmente, y b) que la competencia profesional, también en términos de mercado, sabría reconocer el prestigio de lograrlo.