Cuad Cien Soc 91 (CCS)

CUADCIEN, 06/01/96, FUTBOL Y CULTURA NACIONAL*

Cuadernos de Ciencias Sociales

País/Country: Costa Rica

Programa Costa Rica; Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLASCO)

Autor/Author: Andrés Dávila Ladrón de Guevara **

Número/Number: 91

Frecuencia/Frequency: 10 por año/10 per year


Fecha/Date: 06/01/96


LOS PREVIOS AL JUEGO

"La cultura se juega", escribía con atrevimiento el académico holandés Johan Huizinga. El juego, así entendido, no es sólo un anexo en el desarrollo de la sociedad, no es apenas una representación o una instancia de desfoque de los males o los bienes de cada colectividad. El juego es y ha sido, a lo largo de la historia, un componente central en la conformación de nuestra cultura. En la sociedad actual, el juego se manifiesta de muchas maneras. Una de ellas son los deportes y, en particular, los deportes profesionales. Entre ellos, el fútbol ocupa una posición especial.

Originado en la Inglaterra industrial del Siglo XIX, en menos de un siglo y medio goza de la fervorosa aceptación en prácticamente todo el mundo, tal vez con la significativa excepción del Norte de América. La FIFA, entidad rectora a nivel mundial, se vanagloria de tener más afiliados que la ONU y, cada cuatro años, se da el lujo de paralizar, y no es una exageración, los cinco continentes.

¿Por qué y cómo ha llegado a ocupar ese lugar? La respuesta no es nada fácil. A su favor cuentan la sencillez de sus reglas, la capacidad insuperable para general tensión y placer en la competencia, simular una guerra o las luchas de la vida real, y situaciones estéticas innegables. También, el proceso inexplicado aún para convertirse en un deporte de masas, en un "esperanto deportivo", según la cita de una cientista social norteamericana. Otros, sin desconocer esa forma de hipnotizar a las masas, infatizan cualidades negativas: su utilización para alienar, a través de la catarsis semanal, a las masas que lo siguen; o, como lo señala Umberto Eco, su función de inmovilizador por el tipo de adhesión consumista que genera.

Pero tal vez, el eje de la respuesta deba buscarse en su complejo papel de factor generador de cultura. En éste se combinan, de manera particular, sus características propias como juego -por cierto, el único fundamentalmente jugado con los pies-, y su específica traducción de los demás componentes del devenir social. Es, por tanto, un fenómeno inmerso en el desarrollo actual de la humanidad y ha jugado tanto funciones loables, como otras cuestionables. Pero ello, precisamente, lo ha convertido en algo más que un deporte, pero simplemente un juego. De él no han dependido ni la felicidad, ni la justicia, ni la verdad, pero en él han vivido todas estas manifestaciones representadas.

Y como parte conformante de la sociedad contemporánea, el fútbol se ha convertido, mucho más que cualquier otro deporte, en el eje condensador de adhesiones y arraigos detrás de los cuales se nutre el sentimiento nacionalista. En estas épocas de ausencia de símbolos unificadores y especialmente allí donde ni los odios ancestrales, ni tampoco el mercado o los mitos fundacionales alcanzan para unificar a una comunidad, se da ese inexplicado proceso que Camus resumió así: "Patria es la selección nacional de fútbol".

PRIMER TIEMPO

Estamos en 1990, un 19 de junio. Faltan dos minutos para terminar el partido y Colombia pierde 1 a 0 luego de jugar de igual a igual con la poderosa Alemania, futura campeona del mundo. De repente, y sin saber muy bien cómo, el equipo recupera su identidad, su estilo, su forma de juego, refundidos minutos antes a raíz del gol en contra. Sobre el tiempo, el equipo retoma el control del balón y arma una parsimoniosa y excelente jugada que culmina con el gol del empate. La celebración no se hace esperar, entre los jugadores, los periodistas -uno de los cuales gritaba desaforadamente "Dios es colombiano"-, los pocos colombianos presentes en el estadio y en toda Colombia.

Aquel festejado empate servía para comprobar no sólo a Colombia, sino al mundo del fútbol, la evolución de lo que se denominó "el proceso". Un proceso signado por el éxito y la continuidad en el trabajo deportivo, pero además -y es lo que aquí importa-, por su hondo significado que desbordó los límites espacio- temporales del juego y del ritual. Un proceso anclado en una atractiva idea de lo que era el fútbol de Colombia. En términos futbolísticos la propuesta era, a la vez, moderna y lírica, científica y lúdica: en realidad, una síntesis inesperada pero convincente: ganar, pero jugando bien; obtener resultados, pero sin renunciar a divertirse y divertir; lograr triunfos, títulos, epopeyas futbolísticas, pero sin perder una identidad, un estilo, una imagen de lo que debe ser el juego del fútbol, y en particular el fútbol de Colombia, en cuanto espectáculo generador de manifestaciones estéticas.

Para algunos, dentro del mundo del fútbol y dentro del mundo del mundo, un conjunto de valores, de planteamientos y de ideas que no concuerdan con la época y, mucho menos, con el país. La Colombia de finales de los ochenta estaba marcada por un incremento inusitado de la violencia debido, en buena parte, al fenómeno del narcotráfico (que además tuvo bastante que ver en el mejoramiento del nivel futbolístico). Por ello, resultaba inesperado que el fútbol de la selección no tuviera nada que ver con las normas de ganar a cualquier precio y menos con aquella máxima de un prestigioso entrenador: "ganar no es lo importante, es lo único".

En aquella Colombia sin referentes colectivos distintos a la inexistencia de referentes colectivos; crecientemente absorbida por la violencia, a corrupción y el enriquecimiento fácil; sumida en una crisis de valores unificadores y perdidos los mecanismos legitimadores tradicionales (la iglesia, los partidos); con significativos procesos de descomposición social; en aquella Colombia, decíamos, el fútbol se convirtió en la única instancia aglutinadora en términos constructivos. Como lo manifestaba un cientista social colombiano: "Maturana (el entrenador-ideólogo) integra lo negro-paisa-costeño en torno al pueblo barrio; marca el juego en coordenadas temporales y espaciales y con unos signos locales". Y, "con la selección el pueblo existe realmente, no porque salgan a la calle a vitorear los triunfos, sino porque el pueblo es una categoría real, presente en el juego de la selección".

ENTRETIEMPO

Al igual que los demás deportes profesionales, el fútbol ha logrado mantener su lugar de importancia gracias a su capacidad para adaptarse a las transformaciones sociales y para traducir, a su manera y sin nunca perder del todo su esencia lúdica, las tensiones políticas, sociales, económicas, culturales que giran a su alrededor. Pero a diferencia de otros deportes, y de allí su singularidad, ninguno como el fútbol ha logrado jugar un papel integrador, cohesionador y generador de adhesiones y lealtades".

Ellas se despliegan desde la más local, hasta esa indescriptible que se genera en torno a las selecciones nacionales. Algunos han querido explicarlo, como todo, a causa de la alienación propia del mundo capitalista; otros han preferido referirla a una particular concatenación de sentimientos primordiales, lealtades tribales, profesión de fe religiosa, algunos otros se inclinan por valorar la expresión ritual, sagrada, en que se convierte un partido y la participación en un determinado torneo. Uno más, el poeta Vinicius de Moraes, lo inmortalizó al decir de la selección brasileña:

Mi seleccinadito de Oro... GOOOOOL DEEEEL BRAAAAASIL qué belleza mayor belleza no hay ni puede haber toda esta raza vibrando con una disnea colectiva ah qué vasoconstricción pero linda la sangre entrando verde por el ventrículo derecho y saliendo amarilla por el ventrículo izquierdo y fundiéndose en el cuerpo amoroso de pobres y ricos enfermos de pasión por la patria y hasta la revolución social en marcha se detiene por ver a seu Mané... o si no a los profesores Nilton y Djalma Santos a los que hay que canonizar porque nunca piensan en si únicamente en Gilmar más solito que Cristo en el Huerto en medio de ese rectángulo abstracto en cuyo torbellino se oculta el himen de la patria-niña que todos nosotros tenemos que defender hasta la última gota de nuestra sangre.

Patria, nación, selección, identificación de todo un pueblo unido en torno a un equipo por mecanismos pasionales, que no racional instrumentales. Pero, cuáles son los alcances y límites de esta adhesión? para la política clásica: Gobiernos, autoridades, partidos, candidatos, el fútbol podría servir para alcanzar legitimidad. Para los empresarios, publicistas y medios de comunicación, que mejor que un mercado espectáculo, un mercado deporte. Pero evidentemente tal manipulación tiene sus límites. Los mecanismos y los alcances del fervor nacionalista que despierta el fútbol, obedecen a mediaciones más profundas y complejas. Ellos no se agotan en la burda utilización politiquera y menos en la manipulación publicitaria. Más allá hay procesos, símbolos, mitos, imaginarios, mediaciones, que subrayan a los factores aparentemente evidentes y a partir de los cuales se construye tal adhesión.

En ellos tal vez sea posible identificar elementos, relacionados con la puesta en juego de determinados valores, con la ruptura temporal de diferencias sociales y económicas, o con la eliminación inmediata de rivalidades ideológicas o políticas. Pero, ¿es factible distinguir un orden en su conjugación?

SEGUNDO TIEMPO

El escenario es ahora el estadio Monumental de River Plate en Buenos Aires. Colombia y Argentina disputan la clasificación al mundial de fútbol. A favor de Argentina el hecho de que juega de local y, como lo dijo Maradona, la historia. A favor de Colombia la tabla de clasificaciones y su fútbol: con el empate está en el anhelado mundial. 90 minutos más tarde y luego de una soberbia demostración futbolística, Colombia está en Estados Unidos. Venció por 5 goles a 0 a la historia. Otra vez el proceso y la adhesión a un estilo dieron sus frutos. Para los argentinos "vergüenza", como título una prestigiosa revista deportiva (y para Maradona 0 en historia, como lo destacó una propaganda en un diario colombiano).

Para los colombianos esa inocultable satisfacción de derrotar al poderoso, de humillar al prepotente, de alcanzarlo todo gracias a "la fe en lo nuestro". Un equipo y unos jugadores que, sin importar las circunstancias, imponen sus condiciones y no olvidan ceñirse a sus principios, aquello en lo cual se reconocen y hacen que los colombianos se reconozcan. Esos factores múltiples, inexplorados, que sirven de vínculo y de mediación entre la selección y su pueblo y entre su pueblo y una imagen de lo colombiano. Pero además, esta victoria tenía algo nuevo: la contundencia, los goles, la novedosa experiencia de conseguirlo sin tanto sufrimiento. Como si de verdad el país, por fin, encontrara la ruta de salida del purgatorio.

De allí en adelante la celebración, la fiesta inagotable que involucró al país, el presidente que recibió a la Selección y en un estadio colombiano abarrotado les impuso la máxima condecoración que se le otorga a los buenos hijos de la patria (como Alvaro Mutis). También, algunos muertos, pero no más que los que se producen en cualquier fin de semana a raíz de las violencias. Y una solicitud unánime, en el estadio, por la liberación del exarquero de la selección, en prisión por intermediar en un secuestro.

El país, con sus contradicciones, allí representado. Desmesurado, absurdo, oportunista. Seguramente eso y mucho más. Sólo que allí había algo más que una locura colectiva improductiva o un aprovechamiento puramente político y económico de lo sucedido. En aquel "histórico triunfo" se desplegaba, de nuevo pero ahora con mayor fuerza, un proceso intangible de construcción de la nacionalidad, de afianzamiento de una identidad, de surgimiento de mitos futbolístico- vitales fundacionales y de confirmación de símbolos y mecanismos mediadores. Ello tal vez sea lo atractivo del lenguaje que el juego de la selección repite hasta el cansancio: el trabajo en equipo que no niega las individualidades, la profunda adhesión al proceso, con sus triunfos y derrotas, y el aprendizaje permanente, tanto de logros como de fracasos.

Esto puede sonar contradictorio y paradójico, puede tener aspectos virtuosamente rescatables y otros asquerosamente reprochables (como cualquier otro proceso de formación de una identidad nacional). Pero la pregunta de fondo es ¿hasta dónde? Sí, ¿hasta dónde lo forjado en la realidad paralela del juego puede trasladarse a la realidad real? ¿Es factible que el proceso de identificación nacional adquiera raíces profundas y duraderas, o está condenado a la fragilidad y fugacidad del triunfo deportivo?

EN LOS VESTIDORES

Se han establecido, con alguna certeza, instancias de relación profunda entre juego y cultura, fútbol y sociedad y, más en particular, entre fútbol y mecanismos forjadores de la identidad nacional. Definitivamente, hay que superar las visiones puristas del juego y aquellas simplificadoras que ven en los deportes algo así como mecanismos de reproducción y readecuación de la fuerza de trabajo alienada.

No obstante, parece que falta algo. Tal vez ordenar los argumentos; precisar, de mejor forma, el lugar del fútbol en el devenir de la sociedad; o indagar, en los términos de Norbert Elías, al deporte como una manifestación específica pero central de la sociedad. Ahora bien, en la reflexión concreta sobre identidad, nación, legitimidad, este trabajo, como un boxeador contra su sombra, golpea y golpea porque intuye que las interrelaciones y los entrecruzamientos son más diversos y más significativos de lo que hasta aquí se ha podido esclarecer.

El ejemplo examinado indica, también y con fuerza, que allí están los procesos, los mecanismos, los hecho. Pero indica, también que hay necesidad de delimitar cada esfera y sus interacciones para avanzar en el análisis. Es una situación algo paradójica porque simultáneamente se constatan los nexos pero suena un tanto exagerada la extrapolación.

Por lo pronto, basta con señalar que el juego del fútbol, gracias a sus elementos agonales, lúdicos, estéticos, de figuración y representación, genera una particular adhesión y lealtad en los espectadores y fanáticos. Tal adhesión, apoyada en sentimientos "primarios", religiosos, de tensión y placer, derivan en determinadas competencias y bajo circunstancias particulares, en procesos de identidad nacional, de forjamiento o construcción de la nación. Estos procesos, por situaciones sociales y políticas adquieren mayor relevancia y parecen proyectarse a nuevas instancias. En ellas, la propia gramática del juego se suma primero, a los ritos, mitos y símbolos generados ya no solo por el juego, sino por la relación con el pueblo que apoya a su selección; y se adiciona, luego, a la relación compleja con la situación del país hasta constituir verdaderos factores de consolidación de una identidad, de unos mitos fundacionales, de referentes colectivos que aglutinan, expresan y transforman. Pueden darse allí, sin duda, las condiciones y los factores para sustentar una "comunidad imaginada" que se reconoce y es reconocida.

Y, sin embargo, tales referentes son a la vez profundos y frágiles, pero sobre todo, dependen del fútbol como juego. La manipulación, la utilización abierta de la legitimidad que una selección nacional genera a su alrededor, o incluso los intentos por ganar otras adhesiones a costa de las reglas y figuraciones propias del fútbol, sólo conllevan, como quien rompe un hechizo, a la inmediata y sorprendente desaparición de los mecanismos, las identidades y las funciones.

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* Artículo publicado en La Jornada Semanal, No.245, México, abril 24 de 1994 y en Revista Universidad de Antioquía, No.236, abril-junio de 1994.

** Politólogo, maestro en ciencias sociales de la FLACSO-México, estudiante del Doctorado de Investigación en Ciencias Sociales de la misma Facultad y coautor del libro Colombiagol, de Pedernera a Maturana, grandes momentos del fútbol, editado por CEREC y L. de G. en Bogotá, Colombia, 1991.