Fecha/Date: 06/01/96
LOS PREVIOS AL JUEGO
"La cultura se juega", escribía con atrevimiento el académico holandés Johan
Huizinga. El juego, así entendido, no es
sólo un anexo en el desarrollo de la sociedad, no es apenas una representación o
una instancia de desfoque de los males o
los bienes de cada colectividad. El juego es y ha sido, a lo largo de la
historia, un componente central en la conformación
de nuestra cultura. En la sociedad actual, el juego se manifiesta de muchas
maneras. Una de ellas son los deportes y, en
particular, los deportes profesionales. Entre ellos, el fútbol ocupa una
posición especial.
Originado en la Inglaterra industrial del Siglo XIX, en menos de un siglo y
medio goza de la fervorosa aceptación en
prácticamente todo el mundo, tal vez con la significativa excepción del Norte de
América. La FIFA, entidad rectora a
nivel mundial, se vanagloria de tener más afiliados que la ONU y, cada cuatro
años, se da el lujo de paralizar, y no es una
exageración, los cinco continentes.
¿Por qué y cómo ha llegado a ocupar ese lugar? La respuesta no es nada fácil. A
su favor cuentan la sencillez de sus
reglas, la capacidad insuperable para general tensión y placer en la
competencia, simular una guerra o las luchas de la
vida real, y situaciones estéticas innegables. También, el proceso inexplicado
aún para convertirse en un deporte de
masas, en un "esperanto deportivo", según la cita de una cientista social
norteamericana. Otros, sin desconocer esa forma
de hipnotizar a las masas, infatizan cualidades negativas: su utilización para
alienar, a través de la catarsis semanal, a las
masas que lo siguen; o, como lo señala Umberto Eco, su función de inmovilizador
por el tipo de adhesión consumista
que genera.
Pero tal vez, el eje de la respuesta deba buscarse en su complejo papel de
factor generador de cultura. En éste se
combinan, de manera particular, sus características propias como juego -por
cierto, el único fundamentalmente jugado
con los pies-, y su específica traducción de los demás componentes del devenir
social. Es, por tanto, un fenómeno
inmerso en el desarrollo actual de la humanidad y ha jugado tanto funciones
loables, como otras cuestionables. Pero ello,
precisamente, lo ha convertido en algo más que un deporte, pero simplemente un
juego. De él no han dependido ni la
felicidad, ni la justicia, ni la verdad, pero en él han vivido todas estas
manifestaciones representadas.
Y como parte conformante de la sociedad contemporánea, el fútbol se ha
convertido, mucho más que cualquier otro
deporte, en el eje condensador de adhesiones y arraigos detrás de los cuales se
nutre el sentimiento nacionalista. En estas
épocas de ausencia de símbolos unificadores y especialmente allí donde ni los
odios ancestrales, ni tampoco el mercado
o los mitos fundacionales alcanzan para unificar a una comunidad, se da ese
inexplicado proceso que Camus resumió así:
"Patria es la selección nacional de fútbol".
PRIMER TIEMPO
Estamos en 1990, un 19 de junio. Faltan dos minutos para terminar el partido y
Colombia pierde 1 a 0 luego de jugar de
igual a igual con la poderosa Alemania, futura campeona del mundo. De repente, y
sin saber muy bien cómo, el equipo
recupera su identidad, su estilo, su forma de juego, refundidos minutos antes a
raíz del gol en contra. Sobre el tiempo, el
equipo retoma el control del balón y arma una parsimoniosa y excelente jugada
que culmina con el gol del empate. La
celebración no se hace esperar, entre los jugadores, los periodistas -uno de los
cuales gritaba desaforadamente "Dios es
colombiano"-, los pocos colombianos presentes en el estadio y en toda
Colombia.
Aquel festejado empate servía para comprobar no sólo a Colombia, sino al mundo
del fútbol, la evolución de lo que se
denominó "el proceso". Un proceso signado por el éxito y la continuidad en el
trabajo deportivo, pero además -y es lo
que aquí importa-, por su hondo significado que desbordó los límites espacio-
temporales del juego y del ritual. Un
proceso anclado en una atractiva idea de lo que era el fútbol de Colombia. En
términos futbolísticos la propuesta era, a la
vez, moderna y lírica, científica y lúdica: en realidad, una síntesis inesperada
pero convincente: ganar, pero jugando bien;
obtener resultados, pero sin renunciar a divertirse y divertir; lograr triunfos,
títulos, epopeyas futbolísticas, pero sin
perder una identidad, un estilo, una imagen de lo que debe ser el juego del
fútbol, y en particular el fútbol de Colombia,
en cuanto espectáculo generador de manifestaciones estéticas.
Para algunos, dentro del mundo del fútbol y dentro del mundo del mundo, un
conjunto de valores, de planteamientos y
de ideas que no concuerdan con la época y, mucho menos, con el país. La Colombia
de finales de los ochenta estaba
marcada por un incremento inusitado de la violencia debido, en buena parte, al
fenómeno del narcotráfico (que además
tuvo bastante que ver en el mejoramiento del nivel futbolístico). Por ello,
resultaba inesperado que el fútbol de la
selección no tuviera nada que ver con las normas de ganar a cualquier precio y
menos con aquella máxima de un
prestigioso entrenador: "ganar no es lo importante, es lo único".
En aquella Colombia sin referentes colectivos distintos a la inexistencia de
referentes colectivos; crecientemente
absorbida por la violencia, a corrupción y el enriquecimiento fácil; sumida en
una crisis de valores unificadores y
perdidos los mecanismos legitimadores tradicionales (la iglesia, los partidos);
con significativos procesos de
descomposición social; en aquella Colombia, decíamos, el fútbol se convirtió en
la única instancia aglutinadora en
términos constructivos. Como lo manifestaba un cientista social colombiano:
"Maturana (el entrenador-ideólogo) integra
lo negro-paisa-costeño en torno al pueblo barrio; marca el juego en coordenadas
temporales y espaciales y con unos
signos locales". Y, "con la selección el pueblo existe realmente, no porque
salgan a la calle a vitorear los triunfos, sino
porque el pueblo es una categoría real, presente en el juego de la
selección".
ENTRETIEMPO
Al igual que los demás deportes profesionales, el fútbol ha logrado mantener su
lugar de importancia gracias a su
capacidad para adaptarse a las transformaciones sociales y para traducir, a su
manera y sin nunca perder del todo su
esencia lúdica, las tensiones políticas, sociales, económicas, culturales que
giran a su alrededor. Pero a diferencia de
otros deportes, y de allí su singularidad, ninguno como el fútbol ha logrado
jugar un papel integrador, cohesionador y
generador de adhesiones y lealtades".
Ellas se despliegan desde la más local, hasta esa indescriptible que se genera
en torno a las selecciones nacionales.
Algunos han querido explicarlo, como todo, a causa de la alienación propia del
mundo capitalista; otros han preferido
referirla a una particular concatenación de sentimientos primordiales,
lealtades tribales, profesión de fe religiosa,
algunos otros se inclinan por valorar la expresión ritual, sagrada, en que se
convierte un partido y la participación en un
determinado torneo. Uno más, el poeta Vinicius de Moraes, lo inmortalizó al
decir de la selección brasileña:
Mi seleccinadito de Oro... GOOOOOL DEEEEL BRAAAAASIL qué belleza
mayor belleza no hay ni puede
haber toda esta raza vibrando con una disnea colectiva ah qué vasoconstricción
pero linda la sangre entrando verde por el
ventrículo derecho y saliendo amarilla por el ventrículo izquierdo y fundiéndose
en el cuerpo amoroso de pobres y ricos
enfermos de pasión por la patria y hasta la revolución social en marcha se
detiene por ver a seu Mané... o si no a los
profesores Nilton y Djalma Santos a los que hay que canonizar porque nunca
piensan en si únicamente en Gilmar más
solito que Cristo en el Huerto en medio de ese rectángulo abstracto en cuyo
torbellino se oculta el himen de la patria-niña
que todos nosotros tenemos que defender hasta la última gota de nuestra
sangre.
Patria, nación, selección, identificación de todo un pueblo unido en torno a un
equipo por mecanismos pasionales, que no
racional instrumentales. Pero, cuáles son los alcances y límites de esta
adhesión? para la política clásica: Gobiernos,
autoridades, partidos, candidatos, el fútbol podría servir para alcanzar
legitimidad. Para los empresarios, publicistas y
medios de comunicación, que mejor que un mercado espectáculo, un mercado
deporte. Pero evidentemente tal
manipulación tiene sus límites. Los mecanismos y los alcances del fervor
nacionalista que despierta el fútbol, obedecen a
mediaciones más profundas y complejas. Ellos no se agotan en la burda
utilización politiquera y menos en la
manipulación publicitaria. Más allá hay procesos, símbolos, mitos, imaginarios,
mediaciones, que subrayan a los factores
aparentemente evidentes y a partir de los cuales se construye tal adhesión.
En ellos tal vez sea posible identificar elementos, relacionados con la puesta
en juego de determinados valores, con la
ruptura temporal de diferencias sociales y económicas, o con la eliminación
inmediata de rivalidades ideológicas o
políticas. Pero, ¿es factible distinguir un orden en su conjugación?
SEGUNDO TIEMPO
El escenario es ahora el estadio Monumental de River Plate en Buenos Aires.
Colombia y Argentina disputan la
clasificación al mundial de fútbol. A favor de Argentina el hecho de que juega
de local y, como lo dijo Maradona, la
historia. A favor de Colombia la tabla de clasificaciones y su fútbol: con el
empate está en el anhelado mundial. 90
minutos más tarde y luego de una soberbia demostración futbolística, Colombia
está en Estados Unidos. Venció por 5
goles a 0 a la historia. Otra vez el proceso y la adhesión a un estilo dieron
sus frutos. Para los argentinos "vergüenza",
como título una prestigiosa revista deportiva (y para Maradona 0 en historia,
como lo destacó una propaganda en un
diario colombiano).
Para los colombianos esa inocultable satisfacción de derrotar al poderoso, de
humillar al prepotente, de alcanzarlo todo
gracias a "la fe en lo nuestro". Un equipo y unos jugadores que, sin importar
las circunstancias, imponen sus condiciones
y no olvidan ceñirse a sus principios, aquello en lo cual se reconocen y hacen
que los colombianos se reconozcan. Esos
factores múltiples, inexplorados, que sirven de vínculo y de mediación entre la
selección y su pueblo y entre su pueblo y
una imagen de lo colombiano. Pero además, esta victoria tenía algo nuevo: la
contundencia, los goles, la novedosa
experiencia de conseguirlo sin tanto sufrimiento. Como si de verdad el país, por
fin, encontrara la ruta de salida del
purgatorio.
De allí en adelante la celebración, la fiesta inagotable que involucró al país,
el presidente que recibió a la Selección y en
un estadio colombiano abarrotado les impuso la máxima condecoración que se le
otorga a los buenos hijos de la patria
(como Alvaro Mutis). También, algunos muertos, pero no más que los que se
producen en cualquier fin de semana a raíz
de las violencias. Y una solicitud unánime, en el estadio, por la liberación del
exarquero de la selección, en prisión por
intermediar en un secuestro.
El país, con sus contradicciones, allí representado. Desmesurado, absurdo,
oportunista. Seguramente eso y mucho más.
Sólo que allí había algo más que una locura colectiva improductiva o un
aprovechamiento puramente político y
económico de lo sucedido. En aquel "histórico triunfo" se desplegaba, de nuevo
pero ahora con mayor fuerza, un proceso
intangible de construcción de la nacionalidad, de afianzamiento de una
identidad, de surgimiento de mitos futbolístico-
vitales fundacionales y de confirmación de símbolos y mecanismos mediadores.
Ello tal vez sea lo atractivo del lenguaje
que el juego de la selección repite hasta el cansancio: el trabajo en equipo que
no niega las individualidades, la profunda
adhesión al proceso, con sus triunfos y derrotas, y el aprendizaje permanente,
tanto de logros como de fracasos.
Esto puede sonar contradictorio y paradójico, puede tener aspectos virtuosamente
rescatables y otros asquerosamente
reprochables (como cualquier otro proceso de formación de una identidad
nacional). Pero la pregunta de fondo es ¿hasta
dónde? Sí, ¿hasta dónde lo forjado en la realidad paralela del juego puede
trasladarse a la realidad real? ¿Es factible que
el proceso de identificación nacional adquiera raíces profundas y duraderas, o
está condenado a la fragilidad y fugacidad
del triunfo deportivo?
EN LOS VESTIDORES
Se han establecido, con alguna certeza, instancias de relación profunda entre
juego y cultura, fútbol y sociedad y, más en
particular, entre fútbol y mecanismos forjadores de la identidad nacional.
Definitivamente, hay que superar las visiones
puristas del juego y aquellas simplificadoras que ven en los deportes algo así
como mecanismos de reproducción y
readecuación de la fuerza de trabajo alienada.
No obstante, parece que falta algo. Tal vez ordenar los argumentos; precisar, de
mejor forma, el lugar del fútbol en el
devenir de la sociedad; o indagar, en los términos de Norbert Elías, al deporte
como una manifestación específica pero
central de la sociedad. Ahora bien, en la reflexión concreta sobre identidad,
nación, legitimidad, este trabajo, como un
boxeador contra su sombra, golpea y golpea porque intuye que las interrelaciones
y los entrecruzamientos son más
diversos y más significativos de lo que hasta aquí se ha podido esclarecer.
El ejemplo examinado indica, también y con fuerza, que allí están los procesos,
los mecanismos, los hecho. Pero indica,
también que hay necesidad de delimitar cada esfera y sus interacciones para
avanzar en el análisis. Es una situación algo
paradójica porque simultáneamente se constatan los nexos pero suena un tanto
exagerada la extrapolación.
Por lo pronto, basta con señalar que el juego del fútbol, gracias a sus
elementos agonales, lúdicos, estéticos, de figuración
y representación, genera una particular adhesión y lealtad en los espectadores y
fanáticos. Tal adhesión, apoyada en
sentimientos "primarios", religiosos, de tensión y placer, derivan en
determinadas competencias y bajo circunstancias
particulares, en procesos de identidad nacional, de forjamiento o construcción
de la nación. Estos procesos, por
situaciones sociales y políticas adquieren mayor relevancia y parecen
proyectarse a nuevas instancias. En ellas, la propia
gramática del juego se suma primero, a los ritos, mitos y símbolos generados ya
no solo por el juego, sino por la relación
con el pueblo que apoya a su selección; y se adiciona, luego, a la relación
compleja con la situación del país hasta
constituir verdaderos factores de consolidación de una identidad, de unos mitos
fundacionales, de referentes colectivos
que aglutinan, expresan y transforman. Pueden darse allí, sin duda, las
condiciones y los factores para sustentar una
"comunidad imaginada" que se reconoce y es reconocida.
Y, sin embargo, tales referentes son a la vez profundos y frágiles, pero sobre
todo, dependen del fútbol como juego. La
manipulación, la utilización abierta de la legitimidad que una selección
nacional genera a su alrededor, o incluso los
intentos por ganar otras adhesiones a costa de las reglas y figuraciones propias
del fútbol, sólo conllevan, como quien
rompe un hechizo, a la inmediata y sorprendente desaparición de los mecanismos,
las identidades y las funciones.
Bibliografía
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