Cuad Cien Soc 91 (CCS)

CUADCIEN, 06/01/96, LA ESTRATEGIA DE LA ARAÑA PRIVATE: Elementos para una arcología del saber*

Cuadernos de Ciencias Sociales

País/Country: Costa Rica

Programa Costa Rica; Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLASCO)

Autor/Author: Luis H. Antezana**

Número/Number: 91

Frecuencia/Frequency: 10 por año/10 per year


Fecha/Date: 06/01/96


La ramificación arqueológica de las reglas de formación no es una red uniformemente simultánea: existen relaciones, entronques, derivaciones que son temporalmente neutros, y existen otros que implican una dirección temporal determinada. La arqueología no toma, pues, como modelo, ni un esquema puramente lógico de simultaneidades, sino que trata de mostrar el entrecruzamiento de relaciones sucesivas con otras que no lo son.

Foucault. La arqueología del saber.

Lev Yashin, el memorable arquero soviético, declaró alguna vez que todo buen arquero es, en verdad, un experto en geometría. Sus admiradores, sus hinchas, también conocían esa verdad, que el fútbol implica una compleja geometría; de ahí su célebre apodo: 'Yashin, la araña negra'. En efecto, una tela de araña - con Yashin esperando atento, sabio, en el fondo, o interfiriendo en sus trayectos- es una muy buena imagen de la geometría futbolística que él tenía en mente al hacer esa declaración. Pero, no se trata de un mero diseño en el espacio, sino, como en el epígrafe tomado de Foucault, se trata de una red que conjuga también diversos tiempos, unos más antiguos que otros, más estáticos que otros y que, como en los grabados de Esher o los cuadros de Casas, son tiempos que siempre se confunden, finalmente, en el espacio: aquí, en el espacio de una cancha de fútbol. En las páginas que siguen, quisiéramos discutir un poco los rasgos y alcances de esa tela de araña, de esa geometría del fútbol.

Desde ya, este geometría es pluridimensional -basta pensar en un 'sombrerito' o en un largo saque o en un pase 'combeado' para reconocer un obvio aprovechamiento de las curvas en el espacio. Aunque quizá Euclides nos sirve todavía para pensar algunas de esas formas -si imaginamos, por ejemplo, planos que acompañan las trayectorias de los jugadores o el balón-, no habría que descuidar algunos criterios no-euclideanos para apreciar debidamente esos desplazamientos: algunas 'paredes' -digo yo- gracias, por ejemplo, a un pequeño clanfle adicional, logran formar curiosos triángulos cuyos ángulos interiores suman, seguramente, algo más que sólo 180?. Y, desde el punto de vista 'catastrófico' (cf.infra), un autogol equivale, prácticamente, al supuestamente imposible cruce entre dos líneas paralelas; quién busca evitar un gol, en realidad, lo convierte. Esta topología es, en rigor, fundamentalmente esférica; no sólo por la evidente relación entre la bola y el juego, sino, sobre todo, por la perspectiva del arquero.

Situado en el centro de la tela, la araña-negra, como Yashin, o multicolor, como Gatti-observa y persigue todas las bolas, los jugadores y los espacios que las acompañan. Está como en el centro interior de una esfera. En esas circunstancias, como lo ha demostrado Casas en su teoría y sus cuadros, la verdadera perspectiva no es plana sino esférica . Recordemos, simplemente, que, por ejemplo, un arquero adelantado puede ser víctima de la clásica 'colgada' cuya trayectoria recorre, ciertamente, los bordes de esa esfera fundamental. Hay físicos que creen, después de Einstein, que el Universo se ordena espacial y temporalmente de la misma manera. En todo caso, todo arquero persigue el juego bajo esa perspectiva; hasta sus saques, buscando al delantero por las 'espaldas' de la defensiva rival, están condicionados por ella. Es probable que algunos jugadores excepcionales -el lector puede revisar sus preferencias- dominen esa geometría, pero, sin duda, todo arquero, por la posición que ocupa en el juego, con el arco vacío a sus espaldas, no tiene más remedio que vivir en y con ella.

Como ya fueron señalando, esta topología que lee la estrategia de la araña es, además, fundamentalmente dinámica: los desplazamientos de los jugadores y del balón son un perpetuo cambio de formas y estructuras -salvo, quizá, en esos partidos anodinos more bilardo donde reiteran hasta el cansancio los esquemas preplanificados en los camarines. Este dinamismo no es necesariamente macroscópico, no siempre es necesario imaginar una forma cualquiera de 'fútbol total' para poder pensarlo: basta recordar que un mínimo quiebre de cintura, una pisada de bola -de esas que magistralmente saben realizar Bochini o Rivelinho-, una media vuelta, una sorpresiva chilena o una inesperada palomita alteran cualquier esquema. Los buenos lectores del 'fuera de juego' (off side) conocen todos los trucos al respecto: un simple pasito, aquí, y otro, más allá, aprovechan a su gusto todas las formas de inercia o, simplemente, de la ingenuidad o descuido del posible receptor de un pase -qué sugerente es, dicho sea de paso, que el off side revele, a la vez, todos los laberintos de la soledad: inhabilitado y, además, solo frente al arco .

Aunque conviene tenerla en cuenta, en esta dinámica, la velocidad es sólo un factor secundario. 'No hay que confundir fútbol con atletismo', reza una conocida expresión. Didí, ese gran maestro de los pases largos, precisos y afilados, prácticamente no corría. Cuando, alguna vez, le preguntaron por su estatismo, respondió que, en todo caso, prefería que la bola corra en su lugar. ¡Y cómo corría! Sí, se trata de una geometría fundamentalmente dinámica, pero cuya constante no es, pese a algunas malinterpretaciones, la alta velocidad y su avatares, sino el cambio de las formas del juego, de los diseños en la tela de la araña y, ahí hasta un simple movimiento de cintura o un mínimo toque pueden tener impensados efectos -para los que insisten en la velocidad, les podríamos recordar que, en física elemental, las aceleraciones no son otra cosa que 'cambios' de velocidad. Si no se convencen, recuerden todos los matices del tiro libre con la pelota 'muerta', desde el tiro de esquina hasta el saque de meta, pasando, digamos, por la folha seca; o, mejor, recuerden a Garrincha o Corbatta y pregúntenles a sus marcadores porqué, casi siempre, se iban a otra parte mientras ellos casi ni se movían .

Si, por un instante, volvemos al arquero, es evidente que su atención, su sabiduría geométrica, va mucho más allá de meramente buscar interferir trayectorias; en realidad, es alguien que lee el cambio de las formas en el espacio del fútbol. El buen arquero no es sólo reflejos, elasticidad, manos, desplazamientos; también es un permanente conjunto de gritos y de gestos, ésos que avisan u ordenan a sus defensores -y otros- que persiguen las jugadas que él 'adivina' .

Como nos sugiere la imagen de una tela de araña, esta geometría implica una serie de espacios vacíos. Con un poco de viento sobre esa red y recordando el dinamismo anotado, es claro que esos vacíos, en el fútbol, también se construyen. Muchas veces, al valorar a los jugadores excepcionales -imagen de la que se deriva, dicho sea de paso, el juego articulado de un gran equipo- se ha destacado la capacidad que éstos tienen para saber jugar sin la bola, para saber aprovechar, gracias a sus desplazamientos, las dimensiones espaciales del juego. Son aquellos especialistas en crear vacíos en la cancha, aquellos que siempre se las arreglan para andar libres, listos para el arranque, para el toque súbito, pese a las marcas cerradas o sistemáticas. Más aún, algunos, como Di Stefano, aparentemente ajenos al juego que mientras tanto arman sus compañeros, corren hacia algún vacío donde, perfectamente habilitados -¡por supuesto!-, los encuentra finalmente el balón. Son de esa estirpe que, como diría Jaime Saenz, saben 'esperar en el olvido'. Saber jugar con el vacío y sin la bola es, ciertamente, uno de los elementos esenciales de la estrategia de la tela de la araña. Sin embargo, no nos apresuremos. Desde el punto de vista del arquero, esos vacíos son parte de su perspectiva; por eso, si el jugador excepcional sabe crearlos, el arquero excepcional sabe 'atraparlos', ocuparlos.

Hay, pues, vacíos en esta topología. El arco es, por supuesto, el más esquivo de todos ellos. A su manera, todos buscan ocuparlo. Y, éste sí, en rigor, el arquero no lo ve. Como en toda perspectiva, éste es el 'punto ciego' desde el cual el arquero arma su lectura del juego. Ciertamente, este (invisible) vacío no es una carencia, una nada o una ausencia, es -como en el lenguaje el pronombre 'yo', que todos utilizamos al hablar- una casilla que se ocupa y desde la cual el arquero, más que ningún otro jugador, entiende el juego en sus cambiantes totalidades.

Ya casi tenemos diseñado el tejido de este tapiz. Pero, debido fundamentalmente a ese permanente cambio de formas y estructuras, que signan a un partido de fútbol y, notablemente, debido al decisivo papel que juega el gol en estas circunstancias, este geometría necesita un criterio que le permita pensar el cambio súbito y repentino. Aquí no podemos ayudar de las investigaciones topológicas de René Thom y su ahora célebre 'teoría de las catástrofes' . El fútbol es ciertamente una topología catastrófica. Según Woodcock y Davis, estudiosos de la obra de Thom, habría dos tipos de cambio (en la naturaleza, el la sociedad y, aún, en las subjetividades e intersubjetividades): un cambio paulatino, suave, uniforme, creciente, en fin, un cambio sin mayores rupturas y súbitas transiciones, fácilmente discernible con el tradicional lenguaje matemático. 'Pero hay otro tipo de cambio', precisan Woodcock y Davis en su Teoría de las catástrofes (1989):

un cambio menos adecuado al tradicional análisis matemático: el repentino explotar de una burbuja, la transición discontinua del hielo en su punto de fusión a agua en punto de congelación, el cambio repentino en nuestras mentes cuando "cogemos" un juego de palabras. La teoría de las catástrofes es un lenguaje matemático creado para describir y clasificar ese segundo tipo de cambio. Desafía a los científicos a cambiar su forma de pensar sobre procesos y sucesos en muchos terrenos (1989:14).

Esta temática, esta topología del cambio súbito, 'repentino' parece hecha para ayudar a pensar el fútbol y esos momentos en los que el suspenso de un ataque o un entrevero en el área, un tiro libre o un penal se convierte en una atajada genial o en un gol. En estos casos, una figura, un volumen, una estructura, un estado de subjetividad o de naturaleza, de pronto, se transforma en otra cosa; el agua deviene vapor, la nube lluvia, el miedo o el pánico cólera o coraje, Borges no sabe quién escribe sus páginas, Aureliano Buendía se lee a sí mismo en las últimas líneas de Cien años de soledad, Romero se convierte en peregrino, Chavela acaricia con su voz a Macorina, Fielkho deja que El viejo acabe Tirinea, las gambettas geniales se llevan a todo el equipo inglés, mané deja pasar a sus marcadores, y el gol se logra... o se evita. Ciertamente, hay que nomás agregarle una lógica del cambio súbito a este nuestro diseño de la tela de araña y las estrategias que en ella operan.

Estoy seguro que los grandes arqueros entienden a la perfección los supuestos -si no necesariamente el simbolismo- de esta 'teoría de las catástrofes', de esta geometría del cambio repentino. Cómo, si no, entender esta jugada de Carrizo, tal como me la relató Guido Loayza. Allá por el 62-63, River enfrentaba a Peñarol. Como siempre, puesto que Carrizo cuidaba las espaldas del River, éste jugaba muy adelantado; de pronto, un largo pase habilita a Spencer, el veloz y hábil delantero del Peñarol. La defensa del River, éste jugaba muy adelantado; de pronto, un largo pase habilita a Spencer, el veloz y hábil delantero del Peñarol. La defensa del River no acababa de reaccionar, mientras los otros delanteros del Peñarol cargaban por el centro de la cancha. Carrizo parecía paralogizado. Tenía que cuidar el ángulo para evitar el disparo de Spencer -un experto en esta clase de penetraciones-, pero, por otra parte, si se quedaba cuidando el ángulo o arriesgaba una salida, Spencer podía fácilmente lanzar un centro al otro lado y cualquiera de sus compañeros acabaría el gol. Me imagino, que la hinchada del River, también paralogizada, repetía en silencio su clásico conjuro de aquellos tiempos: 'Amadeo, Amadeo, Amadeo'. En los últimos instantes, cuando ya se acababa la cancha, Carrizo dejó su palo derecho y, aparentemente, decidió cuidar el centro. Con el espacio libre, el arco a su disposición, Spencer, quien ya no necesitaba levantar el centro, disparó... Pero, un segundo antes, fracciones de segundo antes, Carrizo ya estaba en el aire, lanzado hacia el vacío que había abandonado y aprisionó el balón en la raya misma del gol. Si Spencer hubiera hecho el centro, se habría visto a Carrizo volando sin sentido hacia el poste derecho. Pero, claro, Amadeo conocía todos los recovecos de la geometría catastrófica y, él, solo, jugó todas las alternativas posibles al mismo tiempo. Si no me equivoco, cosas así entreveran el arte con el fútbol. Amadeo Carrizo: ¡qué arquero! Es, para mí, junto a Garrincha, uno de los arquetipos de este 'deporte'. Me gusta mucho un apodo que alguna vez le dieron: 'Atila, el Rey de los Hunos' . Como indica esta escena-homenaje, las 'catástrofes' no son aquí, pese a las connotaciones del término, destrozos o apocalipsis, sino, simplemente, cambios cualitativos. Los arqueros son, reitero, debido a su posición, los mejores conocedores y lectores de esas posibilidades dentro de la tela de la araña.

Muy a menudo, gracias a los no siempre apropiados paradigmas contemporáneos, esta topología dinámica suele entenderse en términos de coraje, valor, fuerza, garra y cosas así. Nunca faltan aquellos que creen que el fútbol es el acto fisiológico de 'mojar la camiseta'. Como si la 'garra charrúa', por ejemplo, no supondría a priori la excepcional calidad del fútbol uruguayo. No hay 'maracanazo' a golpes. Traigo a mención estos tradicionales malentendidos porque, creo, son nomás efecto de una comprensión del fútbol que ignora a los arqueros. Sasturain (cf.infra) ya destacó ese 'olvido'. Obviamente, los arqueros no andan picando por las puntas o por el centro, tampoco andan llevando a sus marcadores de un lado a otro de la cancha (¿recuerdan a Cruff, excepcional por otra parte, tratando de librarse de Vogt el 74?); sus retornos son mínimos y no se gastan persiguiendo a ningún veloz puntero o defensor. En rigor, un buen arquero no está en ningún campo magnético ni en un sistema de poder, está en una cancha de fútbol, casi siempre quieto, persiguiendo las cualidades que podían convertirse en catástrofes. En un cierto sentido, el arquero es quien nos revela que el fútbol es también, valga la expresión, un intrincado proceso reflexivo: ése que solemos reconocer en las grandes jugadas, ése que, en última instancia, busca que la bola sea invisible, es decir, parte de una abstracción .

Convendría, pues, comprender al fútbol sin tanto correteo, sabiendo que no hay tela sin araña. Mis arqueros favoritos (Carrizo, ya mencionado, Mazurkievich y Galarza) lograron que partidos con escasísimos goles se transformen casi, casi en cristales. Es que ellos, como Chandler según Litz (El Philip Marlowe de Raymond Chandler. Plaza & Janes, Barcelona, 1990:217), no son fotógrafos del objeto, sino sabios de la luz - ¿recuerdan que uno de los temas favoritos de la topología de Thom es comprender cómo los colores se transforman unos en otros a lo largo de un arcoiris?; Carrizo, Mazurkievich y Galarza, bajo su marco, otro arcoiris, no tienen problema con ese problema.

Sí, el arquero es singular. Mejor, él es la singularidad en el fútbol. Quizá por eso lo ignoramos. nadie, hasta donde yo conozco, ha resumido mejor el lugar del arquero que Juan Sasturain en su El día del arquero (Buenos Aires, Ediciones de La Flor, 1986). Sigámoslo brevemente:

El arquero está bajo el arco del triunfo, bajo las maderas de la horca. Enmarcado, listo para el fusilamiento o el paspartout de la gloria, el arquero es el único protagonista trágico del fútbol. No tiene ninguno de los yeites que suministra el respiro, la borrada ocasional de tirarse un rato a la punta o devolverla rápido, como los volantes y delanteros. El arquero, no: los postes son muy finos para esconderse, la red es transparente... No es casual que en los "grafodramas" de Medrano -aquella memorable tira gráfica unitaria de "La Nación"- los motivos deportivos fueran casi siempre protagonizados - agonizados- por el arquero: balonazo en el travesaño, pique en falso, fogonazo de fotógrafo enceguecedor. Porque hay una verdad espantosa: los goles se los hace al equipo, pero el vencido es el arquero. Y fíjense si no: hay un premio para el goleador pero no para el hombre del arco... Los goles los hace uno, la valla menos vencida la defienden todos. (...) Alguna vez, si no es cuando atajan un penal definitivo, ¿se ve a un guardavalla abrazado, abrazador, sonriente o colgado del alambrado? Never, Never... (Pero) nadie puede abarcar la singularidad total del que empilcha distinto, la maneja con la mano y, en el fondo, ni siquiera juega al fútbol: juega de arquero (1986:9- 11).

'Ni siquiera juega al fútbol', dice Sasturain como aludiendo a la visión energética del fútbol y, agrega irónicamente, 'juega de arquero'. Es decir, en nuestro modelo, 'no juega al fútbol... lo arma, lo comprende'.

Hay algo kafkiano en todo portero, arquero. Cuida una entrada y, por medio de sus intervenciones, comunica al atacante que sus esfuerzos son, en el fondo, imposibles, inútiles, que detrás de esa puerta hay todavía otras innumerables y otros tantos porteros. Un gran arquero no es, en rigor, parte del lado victorioso del fútbol... es parte de su nudo esencial: el que recuerda la mágica inutilidad de los esfuerzos humanos y el fundamento de todo juego o ritual, el que dice que las búsquedas se bastan solas, pues, en el fondo, no hay orígenes ni fines que alcanzar. Y que, por eso, esas búsquedas ya son encuentros. 'Encuentros de fútbol', precisamente.

Hasta aquí, pues, destacando con Sasturain la singularidad del arquero, estas notas destinadas a desentrañar un poco esa otra cara del fútbol, aquella que nos indica -espero- que nuestras pasiones implican procesos de conocimiento. La topología de la tela de la araña y sus estrategias ha sido nuestro modelo. Entre nos, me hubiera gustado recurrir a la música como modelo; pero, me temo que, hoy por hoy, los modelos musicales se han tornado demasiado grandilocuentes y trascendentes, more Schopenhauer, y no sabrían incluir apropiadamente a una samba, una milonga, una cueca, un blue... esas 'cosas del fútbol'. (Qué lindo sería, por ejemplo, robarle a Goyeneche su metáfora en homenaje a Troilo, ésa de 'las manos como patios', y desplazarla hacia los arqueros, o, con un quiebre cultural, entender los cambios cualitativos de esta estrategia como versiones de "Lover man" en labios de Charlie Parker, quien, como Garrincha, era también un ave: Bird).

Para terminar, algo que normalmente se suele inscribir al principio: dedico estas páginas a Jesús Bermúdez, culto de mis antepasados.


* Ensayo publicado en el libro Sentidos Comunes, FACES-CESU-UMSS, Cochabamba, Bolivia, 1994.

** Doctor en semiología, boliviano. Investigador del Centro de Estudios Superiores Universitarios, autor de innumerables ensayos sobre cultura.

(1)Fernando R. Casas explica los alcances de esta perspectiva en su ensayo "Polar perspective: A Graphical System for Creating Two Dimensional Images Representing a World of Four Dimensions", en Leonardo v.17, n.3, 1984, San Francisco State University (Ed.). Al respecto, cf., por ejemplo, nuestro ensayo "Flora y la muerte", en Ensayos y Lecturas (La Paz, Altiplano, 1986).

(2)Gunter Grass recoge esa experiencia en su "Nachtiches Stadion", en Fussball Literarish, Kark Riha (Hsg.), (Frankfurt, Fisher, 1982: 47).

(3)Esos genios del fútbol, en realidad, jugaban por lo menos dos partidos al mismo tiempo: uno real, digamos, que acababa en goles de Vavá o Pelé, o de Angelillo o Sivori, y otro imaginario, que era el que veían sus marcadores. 'Que me perdone don Borges', como decía Diego Lucero, pero esos señores del fútbol sí que sabían escribir Ficciones... o "El Aleph" donde un punto en el espacio -la bola- resume el universo. Hablando de Borges, esto de "La estrategia de la araña" lo tomé de Bertolucci y de su adaptación cinematográfica del "Tema del traidor y el héroe" borgeano.

(4)En relación a ese 'conjunto de gritos y gestos' que, siempre, acompañan la labor de un arquero, podríamos recordar los innumerables recursos que Gatti utiliza al organizar su defensa. La espectacularidad de sus acciones es sólo un toque de estilo añadido a una necesidad básica para todo arquero.

(5)Al respecto, la obra clásica de Thom es su Stabilité Structuralle et morphogenese (París, Ediscience, 1972). Para nosotros los legos, dos libros muy útiles son: las entrevistas que Giulio Giorello y Simona Morini le hicieron a Thom, recogidas en Parábolas y catástrofes (Barcelona, Tusquets, 1985); y Teoría de las catástrofes (Madrid, Cátedra, 1989) de Alexander Woodcock y Monte Davis.

(6)Bajo esta perspectiva creo que es posible leer de otra manera algunas jugadas célebres o, por lo menos, reconocer el lugar del arquero. Pienso, por ejemplo, en la casi increíble finta de Pelé ante Mazurkievich en el Mundial del 70. Pelé no toca la bola cuando Mazurkievich sale a cortar un largo pase cruzado y obliga que el arquero se arroje hacia una imaginaria bola que Pelé llevaría en los pies. Pero, a la larga, no hay gol: cuando el 'Rey del Fútbol' retoma el curso de la bola, el ángulo es excesivamente cerrado y su mediavuelta resulta insuficiente. A veces olvidamos que una de las funciones básicas del arquero no es la de atajar o agarrar balones, sino la de evitar goles. Algo me dice que Mazurkievich 'sabía' -con semejante experiencia bajo los tres palos- que Pelé, obligado a recorrer un más largo trayecto -el rodeo de su maravillosa finta, precisamente-, no alcanzaría apropiadamente el balón. En la tele vimos el lamento de Pelé; ojalá no hubieran también mostrado el alivio (¿o la sonrisa?) de Mazurkievich. Los uruguayos han sabido hacerles travesuras a los brasileiros...

(7)Sin quererlo -sospecho, pero, en verdad, ¡vaya uno a saber!- Edgar Allan Poe sentó las bases de la arcología del saber cuando escribió "La carta robada" ("The purloined letter"), donde el purloined -alejada, desplazada- del original inglés parece un adjetivo hecho para describir, por ejemplo, los toques de Ugarte o Escobar.