Fecha/Date: 06/01/96
La ramificación arqueológica de las reglas de
formación no es una red
uniformemente simultánea: existen relaciones, entronques, derivaciones que son
temporalmente neutros, y existen otros que implican una dirección temporal
determinada. La
arqueología no toma, pues, como modelo, ni un esquema puramente lógico de
simultaneidades, sino que trata de mostrar el entrecruzamiento de relaciones
sucesivas con
otras que no lo son.
Foucault. La arqueología del saber.
Lev Yashin, el memorable arquero soviético, declaró alguna vez que todo buen
arquero es, en verdad, un experto en
geometría. Sus admiradores, sus hinchas, también conocían esa verdad, que el
fútbol implica una compleja geometría; de
ahí su célebre apodo: 'Yashin, la araña negra'. En efecto, una tela de araña -
con Yashin esperando atento, sabio, en el
fondo, o interfiriendo en sus trayectos- es una muy buena imagen de la geometría
futbolística que él tenía en mente al
hacer esa declaración. Pero, no se trata de un mero diseño en el espacio, sino,
como en el epígrafe tomado de Foucault, se
trata de una red que conjuga también diversos tiempos, unos más antiguos que
otros, más estáticos que otros y que, como
en los grabados de Esher o los cuadros de Casas, son tiempos que siempre se
confunden, finalmente, en el espacio: aquí,
en el espacio de una cancha de fútbol. En las páginas que siguen, quisiéramos
discutir un poco los rasgos y alcances de
esa tela de araña, de esa geometría del fútbol.
Desde ya, este geometría es pluridimensional -basta pensar en un
'sombrerito' o en un largo saque o en un
pase 'combeado' para reconocer un obvio aprovechamiento de las curvas en el
espacio. Aunque quizá Euclides nos sirve
todavía para pensar algunas de esas formas -si imaginamos, por ejemplo, planos
que acompañan las trayectorias de los
jugadores o el balón-, no habría que descuidar algunos criterios no-euclideanos
para apreciar debidamente esos
desplazamientos: algunas 'paredes' -digo yo- gracias, por ejemplo, a un pequeño
clanfle adicional, logran formar curiosos
triángulos cuyos ángulos interiores suman, seguramente, algo más que sólo 180?.
Y, desde el punto de vista 'catastrófico'
(cf.infra), un autogol equivale, prácticamente, al supuestamente imposible cruce
entre dos líneas paralelas; quién busca
evitar un gol, en realidad, lo convierte. Esta topología es, en rigor,
fundamentalmente esférica; no sólo por la evidente
relación entre la bola y el juego, sino, sobre todo, por la perspectiva del
arquero.
Situado en el centro de la tela, la araña-negra, como Yashin, o
multicolor, como Gatti-observa y persigue
todas las bolas, los jugadores y los espacios que las acompañan. Está como en el
centro interior de una esfera. En esas
circunstancias, como lo ha demostrado Casas en su teoría y sus cuadros, la
verdadera perspectiva no es plana sino
esférica . Recordemos, simplemente, que, por ejemplo, un arquero adelantado
puede ser víctima de la clásica 'colgada'
cuya trayectoria recorre, ciertamente, los bordes de esa esfera fundamental. Hay
físicos que creen, después de Einstein,
que el Universo se ordena espacial y temporalmente de la misma manera. En todo
caso, todo arquero persigue el juego
bajo esa perspectiva; hasta sus saques, buscando al delantero por las 'espaldas'
de la defensiva rival, están condicionados
por ella. Es probable que algunos jugadores excepcionales -el lector puede
revisar sus preferencias- dominen esa
geometría, pero, sin duda, todo arquero, por la posición que ocupa en el juego,
con el arco vacío a sus espaldas, no tiene
más remedio que vivir en y con ella.
Como ya fueron señalando, esta topología que lee la estrategia de la
araña es, además, fundamentalmente
dinámica: los desplazamientos de los jugadores y del balón son un
perpetuo cambio de formas y estructuras -salvo,
quizá, en esos partidos anodinos more bilardo donde reiteran hasta el
cansancio los esquemas preplanificados
en los camarines. Este dinamismo no es necesariamente macroscópico, no siempre
es necesario imaginar una forma
cualquiera de 'fútbol total' para poder pensarlo: basta recordar que un mínimo
quiebre de cintura, una pisada de bola -de
esas que magistralmente saben realizar Bochini o Rivelinho-, una media vuelta,
una sorpresiva chilena o una inesperada
palomita alteran cualquier esquema. Los buenos lectores del 'fuera de juego'
(off side) conocen todos los trucos al
respecto: un simple pasito, aquí, y otro, más allá, aprovechan a su gusto todas
las formas de inercia o, simplemente, de la
ingenuidad o descuido del posible receptor de un pase -qué sugerente es, dicho
sea de paso, que el off side revele, a la
vez, todos los laberintos de la soledad: inhabilitado y, además, solo frente al
arco .
Aunque conviene tenerla en cuenta, en esta dinámica, la velocidad es
sólo un factor secundario. 'No hay
que confundir fútbol con atletismo', reza una conocida expresión. Didí, ese gran
maestro de los pases largos, precisos y
afilados, prácticamente no corría. Cuando, alguna vez, le preguntaron por su
estatismo, respondió que, en todo caso,
prefería que la bola corra en su lugar. ¡Y cómo corría! Sí, se trata de una
geometría fundamentalmente dinámica, pero
cuya constante no es, pese a algunas malinterpretaciones, la alta velocidad y su
avatares, sino el cambio de las formas del
juego, de los diseños en la tela de la araña y, ahí hasta un simple movimiento
de cintura o un mínimo toque pueden tener
impensados efectos -para los que insisten en la velocidad, les podríamos
recordar que, en física elemental, las
aceleraciones no son otra cosa que 'cambios' de velocidad. Si no se convencen,
recuerden todos los matices del tiro libre
con la pelota 'muerta', desde el tiro de esquina hasta el saque de meta,
pasando, digamos, por la folha seca; o, mejor,
recuerden a Garrincha o Corbatta y pregúntenles a sus marcadores porqué, casi
siempre, se iban a otra parte mientras
ellos casi ni se movían .
Si, por un instante, volvemos al arquero, es evidente que su atención,
su sabiduría geométrica, va mucho
más allá de meramente buscar interferir trayectorias; en realidad, es alguien
que lee el cambio de las formas en el espacio
del fútbol. El buen arquero no es sólo reflejos, elasticidad, manos,
desplazamientos; también es un permanente conjunto
de gritos y de gestos, ésos que avisan u ordenan a sus defensores -y otros- que
persiguen las jugadas que él 'adivina' .
Como nos sugiere la imagen de una tela de araña, esta geometría implica
una serie de espacios vacíos. Con
un poco de viento sobre esa red y recordando el dinamismo anotado, es claro que
esos vacíos, en el fútbol, también se
construyen. Muchas veces, al valorar a los jugadores excepcionales -imagen de la
que se deriva, dicho sea de paso, el
juego articulado de un gran equipo- se ha destacado la capacidad que éstos
tienen para saber jugar sin la bola, para saber
aprovechar, gracias a sus desplazamientos, las dimensiones espaciales del juego.
Son aquellos especialistas en crear
vacíos en la cancha, aquellos que siempre se las arreglan para andar libres,
listos para el arranque, para el toque súbito,
pese a las marcas cerradas o sistemáticas. Más aún, algunos, como Di Stefano,
aparentemente ajenos al juego que
mientras tanto arman sus compañeros, corren hacia algún vacío donde,
perfectamente habilitados -¡por supuesto!-, los
encuentra finalmente el balón. Son de esa estirpe que, como diría Jaime Saenz,
saben 'esperar en el olvido'. Saber jugar
con el vacío y sin la bola es, ciertamente, uno de los elementos esenciales de
la estrategia de la tela de la araña. Sin
embargo, no nos apresuremos. Desde el punto de vista del arquero, esos vacíos
son parte de su perspectiva; por eso, si el
jugador excepcional sabe crearlos, el arquero excepcional sabe 'atraparlos',
ocuparlos.
Hay, pues, vacíos en esta topología. El arco es, por supuesto, el más
esquivo de todos ellos. A su manera,
todos buscan ocuparlo. Y, éste sí, en rigor, el arquero no lo ve. Como en toda
perspectiva, éste es el 'punto ciego' desde el
cual el arquero arma su lectura del juego. Ciertamente, este (invisible) vacío
no es una carencia, una nada o una ausencia,
es -como en el lenguaje el pronombre 'yo', que todos utilizamos al hablar- una
casilla que se ocupa y desde la cual el
arquero, más que ningún otro jugador, entiende el juego en sus cambiantes
totalidades.
Ya casi tenemos diseñado el tejido de este tapiz. Pero, debido
fundamentalmente a ese permanente cambio
de formas y estructuras, que signan a un partido de fútbol y, notablemente,
debido al decisivo papel que juega el gol en
estas circunstancias, este geometría necesita un criterio que le permita pensar
el cambio súbito y repentino. Aquí no
podemos ayudar de las investigaciones topológicas de René Thom y su ahora
célebre 'teoría de las catástrofes' . El fútbol
es ciertamente una topología catastrófica. Según Woodcock y Davis, estudiosos de
la obra de Thom, habría dos tipos de
cambio (en la naturaleza, el la sociedad y, aún, en las subjetividades e
intersubjetividades): un cambio paulatino, suave,
uniforme, creciente, en fin, un cambio sin mayores rupturas y súbitas
transiciones, fácilmente discernible con el
tradicional lenguaje matemático. 'Pero hay otro tipo de cambio', precisan
Woodcock y Davis en su Teoría de las
catástrofes (1989):
un cambio menos adecuado al tradicional análisis
matemático: el repentino
explotar de una burbuja, la transición discontinua del hielo en su punto de
fusión a agua en punto de
congelación, el cambio repentino en nuestras mentes cuando "cogemos" un juego de
palabras. La
teoría de las catástrofes es un lenguaje matemático creado para describir y
clasificar ese segundo tipo
de cambio. Desafía a los científicos a cambiar su forma de pensar sobre procesos
y sucesos en muchos
terrenos (1989:14).
Esta temática, esta topología del cambio súbito, 'repentino' parece
hecha para ayudar a pensar el fútbol y
esos momentos en los que el suspenso de un ataque o un entrevero en el área, un
tiro libre o un penal se convierte en una
atajada genial o en un gol. En estos casos, una figura, un volumen, una
estructura, un estado de subjetividad o de
naturaleza, de pronto, se transforma en otra cosa; el agua deviene vapor, la
nube lluvia, el miedo o el pánico cólera o
coraje, Borges no sabe quién escribe sus páginas, Aureliano Buendía se lee a sí
mismo en las últimas líneas de Cien
años de soledad, Romero se convierte en peregrino, Chavela acaricia con su
voz a Macorina, Fielkho deja que El
viejo acabe Tirinea, las gambettas geniales se llevan a todo el equipo
inglés, mané deja pasar a sus marcadores,
y el gol se logra... o se evita. Ciertamente, hay que nomás agregarle una lógica
del cambio súbito a este nuestro diseño de
la tela de araña y las estrategias que en ella operan.
Estoy seguro que los grandes arqueros entienden a la perfección los
supuestos -si no necesariamente el
simbolismo- de esta 'teoría de las catástrofes', de esta geometría del cambio
repentino. Cómo, si no, entender esta jugada
de Carrizo, tal como me la relató Guido Loayza. Allá por el 62-63, River
enfrentaba a Peñarol. Como siempre, puesto
que Carrizo cuidaba las espaldas del River, éste jugaba muy adelantado; de
pronto, un largo pase habilita a Spencer, el
veloz y hábil delantero del Peñarol. La defensa del River, éste jugaba muy
adelantado; de pronto, un largo pase habilita a
Spencer, el veloz y hábil delantero del Peñarol. La defensa del River no acababa
de reaccionar, mientras los otros
delanteros del Peñarol cargaban por el centro de la cancha. Carrizo parecía
paralogizado. Tenía que cuidar el ángulo para
evitar el disparo de Spencer -un experto en esta clase de penetraciones-, pero,
por otra parte, si se quedaba cuidando el
ángulo o arriesgaba una salida, Spencer podía fácilmente lanzar un centro al
otro lado y cualquiera de sus compañeros
acabaría el gol. Me imagino, que la hinchada del River, también paralogizada,
repetía en silencio su clásico conjuro de
aquellos tiempos: 'Amadeo, Amadeo, Amadeo'. En los últimos instantes, cuando ya
se acababa la cancha, Carrizo dejó
su palo derecho y, aparentemente, decidió cuidar el centro. Con el espacio
libre, el arco a su disposición, Spencer, quien
ya no necesitaba levantar el centro, disparó... Pero, un segundo antes,
fracciones de segundo antes, Carrizo ya estaba en
el aire, lanzado hacia el vacío que había abandonado y aprisionó el balón en la
raya misma del gol. Si Spencer hubiera
hecho el centro, se habría visto a Carrizo volando sin sentido hacia el poste
derecho. Pero, claro, Amadeo conocía todos
los recovecos de la geometría catastrófica y, él, solo, jugó todas las
alternativas posibles al mismo tiempo. Si no me
equivoco, cosas así entreveran el arte con el fútbol. Amadeo Carrizo: ¡qué
arquero! Es, para mí, junto a Garrincha, uno
de los arquetipos de este 'deporte'. Me gusta mucho un apodo que alguna vez le
dieron: 'Atila, el Rey de los Hunos' .
Como indica esta escena-homenaje, las 'catástrofes' no son aquí, pese a las
connotaciones del término, destrozos o
apocalipsis, sino, simplemente, cambios cualitativos. Los arqueros son, reitero,
debido a su posición, los mejores
conocedores y lectores de esas posibilidades dentro de la tela de la araña.
Muy a menudo, gracias a los no siempre apropiados paradigmas
contemporáneos, esta topología dinámica
suele entenderse en términos de coraje, valor, fuerza, garra y cosas así. Nunca
faltan aquellos que creen que el fútbol es
el acto fisiológico de 'mojar la camiseta'. Como si la 'garra charrúa', por
ejemplo, no supondría a priori la excepcional
calidad del fútbol uruguayo. No hay 'maracanazo' a golpes. Traigo a mención
estos tradicionales malentendidos porque,
creo, son nomás efecto de una comprensión del fútbol que ignora a los arqueros.
Sasturain (cf.infra) ya destacó ese
'olvido'. Obviamente, los arqueros no andan picando por las puntas o por el
centro, tampoco andan llevando a sus
marcadores de un lado a otro de la cancha (¿recuerdan a Cruff, excepcional por
otra parte, tratando de librarse de Vogt el
74?); sus retornos son mínimos y no se gastan persiguiendo a ningún veloz
puntero o defensor. En rigor, un buen arquero
no está en ningún campo magnético ni en un sistema de poder, está en una cancha
de fútbol, casi siempre quieto,
persiguiendo las cualidades que podían convertirse en catástrofes. En un cierto
sentido, el arquero es quien nos revela
que el fútbol es también, valga la expresión, un intrincado proceso reflexivo:
ése que solemos reconocer en las grandes
jugadas, ése que, en última instancia, busca que la bola sea invisible, es
decir, parte de una abstracción .
Convendría, pues, comprender al fútbol sin tanto correteo, sabiendo que
no hay tela sin araña. Mis arqueros
favoritos (Carrizo, ya mencionado, Mazurkievich y Galarza) lograron que partidos
con escasísimos goles se transformen
casi, casi en cristales. Es que ellos, como Chandler según Litz (El Philip
Marlowe de Raymond Chandler. Plaza & Janes,
Barcelona, 1990:217), no son fotógrafos del objeto, sino sabios de la luz -
¿recuerdan que uno de los temas favoritos de la
topología de Thom es comprender cómo los colores se transforman unos en otros a
lo largo de un arcoiris?; Carrizo,
Mazurkievich y Galarza, bajo su marco, otro arcoiris, no tienen problema con ese
problema.
Sí, el arquero es singular. Mejor, él es la singularidad en el fútbol.
Quizá por eso lo ignoramos. nadie, hasta
donde yo conozco, ha resumido mejor el lugar del arquero que Juan Sasturain en
su El día del arquero (Buenos Aires,
Ediciones de La Flor, 1986). Sigámoslo brevemente:
El arquero está bajo el arco del triunfo, bajo las maderas de la
horca. Enmarcado, listo para el
fusilamiento o el paspartout de la gloria, el arquero es el único protagonista
trágico del fútbol. No tiene ninguno
de los yeites que suministra el respiro, la borrada ocasional de tirarse un rato
a la punta o devolverla rápido,
como los volantes y delanteros. El arquero, no: los postes son muy finos para
esconderse, la red es
transparente... No es casual que en los "grafodramas" de Medrano -aquella
memorable tira gráfica unitaria de
"La Nación"- los motivos deportivos fueran casi siempre protagonizados -
agonizados- por el arquero: balonazo
en el travesaño, pique en falso, fogonazo de fotógrafo enceguecedor. Porque hay
una verdad espantosa: los
goles se los hace al equipo, pero el vencido es el arquero. Y fíjense si no: hay
un premio para el goleador pero
no para el hombre del arco... Los goles los hace uno, la valla menos vencida la
defienden todos. (...) Alguna
vez, si no es cuando atajan un penal definitivo, ¿se ve a un guardavalla
abrazado, abrazador, sonriente o
colgado del alambrado? Never, Never... (Pero) nadie puede abarcar la
singularidad total del que empilcha
distinto, la maneja con la mano y, en el fondo, ni siquiera juega al fútbol:
juega de arquero (1986:9-
11).
'Ni siquiera juega al fútbol', dice Sasturain como aludiendo a la
visión energética del fútbol y, agrega
irónicamente, 'juega de arquero'. Es decir, en nuestro modelo, 'no juega al
fútbol... lo arma, lo comprende'.
Hay algo kafkiano en todo portero, arquero. Cuida una entrada y, por
medio de sus intervenciones,
comunica al atacante que sus esfuerzos son, en el fondo, imposibles, inútiles,
que detrás de esa puerta hay todavía otras
innumerables y otros tantos porteros. Un gran arquero no es, en rigor, parte del
lado victorioso del fútbol... es parte de su
nudo esencial: el que recuerda la mágica inutilidad de los esfuerzos humanos y
el fundamento de todo juego o ritual, el
que dice que las búsquedas se bastan solas, pues, en el fondo, no hay orígenes
ni fines que alcanzar. Y que, por eso, esas
búsquedas ya son encuentros. 'Encuentros de fútbol', precisamente.
Hasta aquí, pues, destacando con Sasturain la singularidad del arquero,
estas notas destinadas a desentrañar
un poco esa otra cara del fútbol, aquella que nos indica -espero- que nuestras
pasiones implican procesos de
conocimiento. La topología de la tela de la araña y sus estrategias ha sido
nuestro modelo. Entre nos, me hubiera gustado
recurrir a la música como modelo; pero, me temo que, hoy por hoy, los modelos
musicales se han tornado demasiado
grandilocuentes y trascendentes, more Schopenhauer, y no sabrían incluir
apropiadamente a una samba, una milonga,
una cueca, un blue... esas 'cosas del fútbol'. (Qué lindo sería, por ejemplo,
robarle a Goyeneche su metáfora en homenaje
a Troilo, ésa de 'las manos como patios', y desplazarla hacia los arqueros, o,
con un quiebre cultural, entender los
cambios cualitativos de esta estrategia como versiones de "Lover man" en labios
de Charlie Parker, quien, como
Garrincha, era también un ave: Bird).
Para terminar, algo que normalmente se suele inscribir al principio:
dedico estas páginas a Jesús Bermúdez,
culto de mis antepasados.
* Ensayo publicado en el libro Sentidos Comunes, FACES-CESU-UMSS,
Cochabamba, Bolivia, 1994.
** Doctor en semiología, boliviano. Investigador del Centro de Estudios
Superiores Universitarios, autor de
innumerables ensayos sobre cultura.
(1)Fernando R. Casas explica los alcances de esta
perspectiva en su ensayo "Polar perspective: A Graphical System
for Creating Two Dimensional Images Representing a World of Four
Dimensions", en Leonardo v.17, n.3, 1984, San Francisco State
University (Ed.). Al respecto, cf., por ejemplo, nuestro ensayo
"Flora y la muerte", en Ensayos y Lecturas (La Paz, Altiplano,
1986).
(2)Gunter Grass recoge esa experiencia en su "Nachtiches
Stadion", en Fussball Literarish, Kark Riha (Hsg.), (Frankfurt,
Fisher, 1982: 47).
(3)Esos genios del fútbol, en realidad, jugaban por lo menos
dos partidos al mismo tiempo: uno real, digamos, que acababa en
goles de Vavá o Pelé, o de Angelillo o Sivori, y otro imaginario,
que era el que veían sus marcadores. 'Que me perdone don Borges',
como decía Diego Lucero, pero esos señores del fútbol sí que
sabían escribir Ficciones... o "El Aleph" donde un punto en el
espacio -la bola- resume el universo. Hablando de Borges, esto de
"La estrategia de la araña" lo tomé de Bertolucci y de su
adaptación cinematográfica del "Tema del traidor y el héroe"
borgeano.
(4)En relación a ese 'conjunto de gritos y gestos' que,
siempre, acompañan la labor de un arquero, podríamos recordar los
innumerables recursos que Gatti utiliza al organizar su defensa.
La espectacularidad de sus acciones es sólo un toque de estilo
añadido a una necesidad básica para todo arquero.
(5)Al respecto, la obra clásica de Thom es su Stabilité
Structuralle et morphogenese (París, Ediscience, 1972). Para
nosotros los legos, dos libros muy útiles son: las entrevistas que
Giulio Giorello y Simona Morini le hicieron a Thom, recogidas en
Parábolas y catástrofes (Barcelona, Tusquets, 1985); y Teoría de
las catástrofes (Madrid, Cátedra, 1989) de Alexander Woodcock y
Monte Davis.
(6)Bajo esta perspectiva creo que es posible leer de otra
manera algunas jugadas célebres o, por lo menos, reconocer el
lugar del arquero. Pienso, por ejemplo, en la casi increíble finta
de Pelé ante Mazurkievich en el Mundial del 70. Pelé no toca la
bola cuando Mazurkievich sale a cortar un largo pase cruzado y
obliga que el arquero se arroje hacia una imaginaria bola que Pelé
llevaría en los pies. Pero, a la larga, no hay gol: cuando el 'Rey
del Fútbol' retoma el curso de la bola, el ángulo es excesivamente
cerrado y su mediavuelta resulta insuficiente. A veces olvidamos
que una de las funciones básicas del arquero no es la de atajar o
agarrar balones, sino la de evitar goles. Algo me dice que
Mazurkievich 'sabía' -con semejante experiencia bajo los tres
palos- que Pelé, obligado a recorrer un más largo trayecto -el
rodeo de su maravillosa finta, precisamente-, no alcanzaría
apropiadamente el balón. En la tele vimos el lamento de Pelé;
ojalá no hubieran también mostrado el alivio (¿o la sonrisa?) de
Mazurkievich. Los uruguayos han sabido hacerles travesuras a los
brasileiros...
(7)Sin quererlo -sospecho, pero, en verdad, ¡vaya uno a saber!- Edgar
Allan Poe sentó las bases de la arcología del
saber cuando escribió "La carta robada" ("The purloined letter"), donde el
purloined -alejada, desplazada- del original
inglés parece un adjetivo hecho para describir, por ejemplo, los toques de
Ugarte o Escobar.