Fecha/Date: 02/01/96
Resumen: El argumento central del artículo afirma que en los últimos años
asistimos no sólo a un cambio del
contexto en que tiene lugar la política, sino a un cambio de la política misma.
Esta transformación de la política es
analizada a través de tres fenómenos: el descentramiento de la política, la
informalización de la política y la nueva
relación entre lo público y lo privado. El estudio de dichas transformaciones
permite remover una imagen estática de la
política e interrogarnos acerca de las formas de hacer y de pensar la política
bajo las nuevas condiciones.
¿QUÉ ES UNA POLITICA DEMOCRATICA?
La democracia en america latina no permite juicios complacientes; representa una
libertad conquistada con mucho
sacrificio que tiene un alto valor de cara al pasado reciente. Comparada con el
autoritarismo predominante hace tan
pocos años, la democracia prevaleciente en gran parte de la región significa un
cambio decisivo. No obstante, esta
referencia ineludible no deL)e inhibir una mirada crítica a la democracia
realmente existente y sus desafío a futuro.
La revisión de los estudios recientes indica las dificultades para evaluar
los avances logrados y los problemas
pendientes (Agüero, 1994). Si el advenimiento de la democracia fortaleció los
ámbitos de libertad, la participación
ciudadana, la responsabilidad política y el control civil de las fuerzas
armadas, y dio lugar a una preocupación veraz por
la equidad social y una distribución más justa de las riquezas, no es menos
cierto que persisten enclaves autoritarios, una
precariedad de las instituciones representativas y (le los derechos ciudadanos,
así como niveles intolerables de pobreza y
(le exclusión. Cada sociedad ha ido construyendo la democracia según condiciones
específicas y no podemos valorar
dichas concreciones sino dentro de ese marco frágil y heterogéneo. Mas cabe
interrogarse si las dificultades del análisis
no provienen también de un instrumentario inadecuado.
Si usamos los criterios de una definición mínima de democracia y
desarrollamos nuestro análisis con cierta
empatía hacia las dificultades propias de los países latinoamericanos,
constatamos que en buena parte de la región existe
una democracia, aun cuando sea pronto relativizada como una democracia sui
generis. Pero cuando el
incumplimiento de las promesas de la democracia (Bobbio, 1985) se revela
sistemático, o sea, cuando no parece viable
ningún programa que tome en serio la deliberación ciudadana, una real pluralidad
de opciones y, ante todo, una efectiva
fiscalización y publicidad del poder, entonces un análisis de América Latina,
basado en las premisas de la teoría
democrática, suscita dudas.
En realidad, el valor práctico de nociones básicas de la teoría democrática -
soberanía popular, representación,
participación, interés general o voluntad colectiva- siempre fue controvertido;
ahora, la creciente complejidad de nuestras
sociedades cuestiona definitivamente el "modelo" a armar (Zolo, 1994; Von Beyme,
1994). La facilidad con que
visualizamos el paso del impresionismo al cubismo, al pop art, o la
fluidez con que distinguimos
keynesianismo y neoliberalismo, contrasta con la imagen estática que tenemos de
la política. Conservamos una
concepción inmutable que no da cabida a los cambios ocurridos. Ello inhibe no
sólo nuestras posibilidades de conocer lo
que hacemos cuando hacemos política; sobre todo, inhibe la exploración de formas
innovadoras de hacer política.
En años recientes se ha conformado un nuevo contexto general que afecta
las formas de hacer y de pensar la
política. No se trata de un cambio radical y total; estamos más bien ante
procesos de descomposición y recomposición en
que elementos viejos y nuevos se sobreponen y entrelazan. Probablemente, debamos
visualizar la transformación de la
política a la manera de capas geológicas o, reflejando la nueva "levedad del
ser", como una constelación, flexible, de
geometría variable y en movimiento constante. Mi propósito es perfilar
algunos de los rasgos que caracterizan esta
nueva constelación. Antes, sin embargo, conviene recordar las grandes
transformaciones en curso en las cuales se inserta
la transformación de la política misma.
EL NUEVO CONTEXTO
En los últimos años ha cristalizado un conjunto de megatendencias que
modifican el estatuto de la política.
Mencionaré cinco factores sobresalientes que configuran el nuevo contexto.
1. El fin del sistema bipolar
El derrumbe del muro de Berlín en 1989 no sólo pone término a la
polarización político-militar Este-Oeste.
También significa el fin del antagonismo capitalismo socialismo que había
estructurado durante buena parte del siglo el
panorama mundial, según un esquema "amigo-enemigo". Se diluyen los divajes
políticos que ordenaban las identidades
colectivas y los conflictos sociales. Es más, junto con los grandes discursos
ideológicos, que aglutinaban la pluralidad de
opiniones y opciones políticas, se desvanece igualmente un conjunto de ejes
clasificatorios e hitos simbólicos que
estructuraban la realidad social. La trama social se trastoca y un mundo que,
bien o mal, nos era familiar, se viene abajo.
Así y todo, las cosas suelen funcionar sorprendentemente bien, pero no logramos
interpretar el estado de cosas. Los
códigos interpretativos se desmigajan y, en consecuencia, percibimos la realidad
como un gran desorden.
2. Los procesos de globalización y segmentación
El vertiginoso proceso de globalización de nuestros días abarca tanto los
procesos económicos v tecnológicos
como otros aspectos: migración, comunicaciones, estilos de vida, riesgos
ambientales, etcétera. Como mostrara la crisis
financiera de México y el inmediato "efecto tequila" en otros países, factores
decisivos del desarrollo (como los flujos
financieros) quedan fuera del control nacional, distorsionando la agenda pública
del país. No obstante, conviene recordar
los estudios de la "dependencia" para reiterar que la globalización no es un
fenómeno externo al país, sino una completa,
aunque diferenciada reestructuración social en el interior de cada país. Por
eso, el proceso de globalización debe ser
considerado junto con un doble proceso de segmentación. Por un lado, profundiza
la participación muy asimétrica de los
diversos países en el nuevo sistema mundial. Por el otro, agranda las distancias
en el interior de cada sociedad, siendo
que América Latina ya muestra las mayores desigualdades en el mundo. Más que
sociedades duales tenemos sociedades
fragmentadas en que resulta difícil conformar aquella "comunidad de ciudadanos"
que presupone la democracia.
3. Auge de la sociedad de merca(lo y reorganización del Estado
Los procesos de globalización aceleran la modernización de las sociedades
latinoamericanas a un grado tal de
diferenciación y complejidad que el Estado encuentra dificultades crecientes
para representar y regular la diversidad de
los procesos sociales. Las dinámicas sociales se desplazan así del Estado al
mercado como la nueva instancia de
coordinación de la vida social. En los últimos años, la economía capitalista de
mercado no sólo impone una drástica
desregulación de los anteriores controles políticos, sino que a su vez regula la
acción política por intermedio de las
variables macroeconómicas. De hecho, las reformas estructurales en marcha
desbordan ampliamente el marco
económico; no sólo imponen una economía de mercado, sino que van generando una
verdadera "sociedad de mercado"
con nuevas actitudes, conductas y expectativas. Va surgiendo, al menos en el
mundo urbano, una nueva sociabilidad y
nuevos imaginarios colectivos que debilitan la referencia al Estado y a la
política como destinatarios de las demandas
sociales. Las modalidades anteriores de representación política se vuelven aún
más precarias, sin que cristalicen nuevas
formas organizativas. Por consiguiente, las dinámicas del desarrollo adquieren
el aire de fenómenos naturales. Ello
señala los límites de la fase actual de modernización: la gente interioriza las
exigencias de eficiencia, productividad y
competividad al mismo tiempo que rehúsa toda adhesión a dicha "lógica". De este
modo, la sociedad de mercado opera
efectivamente, pero sin un marco valórico-normativo que la legitime.
4. El nuevo clima cultural.
Aunque sea controvertido cuán asentada se encuentra la llamada "cultura
postmoderna", sin duda prevalece un
nuevo "espíritu de la época" con sensibilidades valoraciones diferentes.
Menciono algunos rasgos ilustrativos. En primer
lugar, la aceleración del tiempo. El ritmo de vida deviene más y mas
vertiginoso, volviendo obsoletas las experiencias
del pasado e inhibiendo toda perspectiva de futuro. No parece existir otro
tiempo que el presente; un presente
omnipresente que retrotrae la política al aquí y ahora. Este mundo de
fastfood y videoclip nos remite a otro
aspecto: el predominio de la imagen. La palabra y, por ende, la anterior
argumentación discursiva es remplazada por una
catarata de imágenes fugaces. Fragmentada en miles de instantáneas inconexas, la
política ha de ser reconstruida como
un caleidoscopio de flashes. Esta banalización no deja surgir la pregunta
por el sentido de la política. Asistimos,
en efecto, a una nueva ola de secularización que desdramatiza la cuestión del
sentido (o falta de sentido) y que despoja la
política del aura cuasi religiosa que podía tener como gesta nacional o
proyecto histórico. El consumo
desechable nos habitúa a lo trivial y el realismo desganado de "más de lo
mismo". Ese minimalismo de expectativas
permite cultivar las diferencias, los signos de distinción, los (re)sentimientos
de la pequeña tribu, a tal punto que la
noción misma de sociedad tiende a desaparecer.
5. La democracia
La existencia de regímenes democráticos de inspiración liberal en partes
importantes del planeta marca un
drástico cambio de contexto. Ahora bien, si el significado de las
megatendencias señaladas ya es materia de
controversia, resulta más difícil aun precisar el alcance actual de la
democracia. El valor que se adjudica, hoy en día, por
doquier a la democracia y a los derechos humanos es en sí mismo un factor
sobresaliente. A la vez, sin embargo, la
desaparición de alternativas revolucionarias de cambio, las dinámicas del
mercado, la globalización de las
comunicaciones y otros elementos del nuevo contexto parecieran alterar la
naturaleza de la democracia. La continuidad
de actores y procedimientos democráticos escamotea el hecho de que las
condiciones de la democracia han cambiado.
No deja de ser paradójico que en el momento mismo en que el régimen democrático
conoce su más amplia implantación
en América Latina, el sentido de la democracia sea incierto. Los procesos de
transición y consolidación democrática en
la región descubren una vieja verdad: la democracia no es un punto de llegada,
fijado de una vez para siempre. Queda
pendiente la redefinición de la democracia en el nuevo contexto.
A partir de esta somera descripción, podemos analizar los cambios que
sufre la propia política. Por ahora
debemos contentarnos con estudios descriptivos (Maierr, l987; Benedicto y
Reinares, 1992). No es fácil establecer en
qué medida dichos cambios responden a las dinámicas internas de la política
(mayor presencia ciudadana, debilidad de
los partidos) o a las megatendencias recién señaladas. Nos encontramos en un
periodo de inflexión en que fenómenos de
larga data y fenómenos emergentes se entrecruzan en múltiples amalgamas. Resulta
entonces difícil distinguir entre
formas efectivamente nuevas y configuraciones propias a la fase de transición.
Digamos con cautela que el proceso
general de transformación conlleva una transformación de la política misma.
Abordaré las nuevas formas de la
política a través de tres rasgos: el descentramiento de la política, la
informalización de la política y la reestructuración de
lo público y lo privado.
EL DESCENTRAMIENTO DE LA POLITICA
Cabe destacar, en primer lugar la pérdida de centralidad de la
política. Se encuentra en entredicho el
lugar de la política como núcleo rector del desarrollo social que caracterizó la
época moderna. Entendiendo por
modernidad el paso de un orden recibido a un orden producido, esta
producción del orden social
radica primordialmente en la política. Hablamos de un primado de la política
en tanto instancia privilegiada de
representación, regulación y conducción de la vida social. Dicha centralidad fue
particularmente notoria en América
Latina y alcanzó su apogeo en el "desarrollismo". Esta primera ola de
modernización se apoyó en la política estatal como
motor de un desarrollo basado en el fortalecimiento de la industria nacional y
la incorporación de los sectores
tradicionalmente marginados. A mediados de los setenta, el ciclo estadocéntrico
parecía agotado tanto por razones
internas como externas. El crónico déficit fiscal exigía una reorientación
económica que incrementara productividad y
competitividad, incentivara formas flexibles y agresivas de inversión y, por
ende, recuperase el crecimiento económico.
La envergadura de dicha readecuación fue potenciada por el nuevo panorama
mundial. La actual fase de globalización
económico-financiera que se inicia en los mismos años setenta (petrodólares,
eurodólares) adquiere tal fuerza que hace
caer las fronteras nacionales. Todos los países, especialmente los
latinoamericanos que requieren financiamiento externo,
se ven obligados a adaptarse a las nuevas condiciones, so pena de quedar
excluidos de los mercados mundiales. Per o
solamente el fin del sistema bipolar produce el giro decisivo. Una vez diluida
la amenaza de una guerra mundial, el
centro de gravitAción se desplaza de la política a la economía. Desde entonces,
las dinámicas del mercado
determinan el dinamismo social Este desplazamiento, visible por doquier,
adquiere características mas dramáticas
en América Latina por la amplitud y la velocidad de las reformas: a mayor
crisis, mayor cambio.
Por largo tiempo, la presencia avasalladora de las dictaduras en muchos
países de la región oscurece el alcance
del fenómeno, sea porque la mirada se fija exclusivamente en las posibilidades
de la alternativa democrática, sea porque
se aborda el ajuste estructural de las economías prescindiendo del régimen
democrático y los avances mismos de las
reformas permiten vislumbrar los cambios ocurridos. En retrospectiva vemos que
la crisis del "modelos desarrollista" da
lugar a un segundo impulso de modernización -el llamado "modelos neoliberal"-
que reestructura la organización de la
vida social, incluyendo el papel de la política.
En el ámbito discursivo, el cuestionamiento decisivo proviene de la
crítica neoliberal cuando ataca la
producción (política) del orden en nombre de un orden autorregulado. Al
decir de Hayek, el orden es resultado
de la acción humana, pero no de la voluntad humana. En la medida en que es
concebido ya no como un orden producido
sino autorregulado, todo intento de construcción deliberada del futuro aparece
como una interferencia arbitraria e
indebida en los mecanismos espontáneos de autoorganización. La intervención
política en la vida social es nocivo, en el
mejor de los casos, inútil (Luhmann, 1993). Cuando los distintos campos o
"subsistemas" de la actividad social
(economía, derecho, moral, etc.) adquieren creciente autonomía desarrollando
racionalidades específicas y difícilmente
conmensurables, queda en suspendo la "unidad" de la sociedad. Vislumbramos
entonces la cuestión de fondo: el papel
de la política como instancia privilegiada de representación y coordinación de
la vida social se ha vuelto problemático.
Ello no elimina, empero, la pregunta acerca de la conformación y reproducción
del orden colectivo.
Efectivamente, la política democrática ya no dispone de los medios
adecuados para operar como eje
organizativo de la vida social. La vida en sociedad exige, sin embargo,
instituciones y procedimientos de coordinación,
La autorregulación social no representa, en la práctica, una alternativa. Como
ya señalara Polony (1992), ni el mercado
opera como un orden autorregulado ni puede transferirse, por ende, la
organización de la sociedad a la imagen del
mercado. Por el contrario, las experiencias recientes en Europa Oriental y
América latina indican fehacintemente como
las fuerzas liberadas del mercado tienden a ser autodestructivas, y cómo el buen
funcionamiento de una economía
capitalista de mercado requiere la creación (política) de instituciones.
Reconociendo las fallas estructurales del mercado,
la pretensión de un Estado subsidiario es reemplazada por la idea de un
Estado regulador, capaz de
encausar institucionalmente los procesos económicos (para el caso chileno, véase
Muñoz, 1993).
Desechada la versión más antipolítica del proyecto neoliberal, ya no se
trata de eliminar la política de
redimensionarla. Ello se manifiesta en la actual reforma del Estado, que
se caracteriza por:
a) la privatización no sólo de empresas productivas y de políticas
públicas (política industrial) que expresaban
las iniciativas económicas del Estado desarrollista, sino también de servicios
públicos que respaldaban las obligaciones
de un Estado de bienestar;
b) la transferencia de un vasto instrumentario de intervención
económica (como, entre otros, la política
monetaria y cambiaria, supervisión de bancos y bolsas de valores, control
antimonopólico) del ámbito político a
instancias técnicas como el Banco Central, Superintendencia de Bancos,
etcétera;
c) la judicialización de un conjunto heterogéneo de asuntos (desde
política económica hasta política exterior)
que, habiendo sido materia de deliberación y decisión política, pasan a ser
materia de los tribunales de justicia o del
tribunal constitucional.
El objetivo explícito de tales reformas es despolitizar la economía,
evitando los excesos burocráticos
y el abuso clientelístico. En realidad, la reorganización del Estado tiene
efectos extraordinariamente significativos:
reduce la reglamentación burocrática y el centralismo administrativo, disminuye
la presión política y corporatista sobre
el aparato estatal y limita el uso populista del gasto fiscal y del patrimonio
público. En resumen, mejora drásticamente la
eficiencia económica del Estado. No obstante, al considerar exclusivamente la
funcionalidad económica del Estado, tal
modernización conlleva un reduccionismo que desconoce las especificidades de la
política democrática.
So pretexto de proteger los procesos económicos frente a los vaivenes
políticos, se propone desplazar el poder
desde el sistema político hacia "instituciones inmunes a las presiones
democráticas que pueden defender mejor los
derechos minoritarios de las veleidades políticas" (Ibarra, 1995:41). Se trata,
en el fondo, de sustituir la legitimación
democrática por el mercado. Tal afán de eficiencia olvida que política y
economía obedecen a lógicas diferentes y, por
consiguiente, difícilmente pueden ser reguladas por una misma racionalidad -la
del mercado-. Un ejemplo ilustrativo son
las políticas sociales. En los últimos años ha tenido lugar una profunda
reformulación, la cual, al tiempo que repara
anteriores deficiencias, introduce de facto un nuevo enfoque. Las
políticas sociales ya no son concebidas como
medidas universales que responden a derechos exigibles legalmente por todos los
ciudadanos, sino como medidas
focalizadas hacia determinados; sectores vulnerables" (extrema pobreza) con el
fin de promover su inclusión en el
mercado. El incremento de la eficiencia en el gasto social no debe escamotear
las implicaciones políticas: las políticas
sociales son desvinculadas de su anclaje político -la ciudadanía- y redefinidas
como una variable del crecimiento
económico.
En resumidas cuentas, se pretende "poner en línea la política con los
supuestos imperativos técnicos de la
economía. De este modo, se rompe la relación de tensión entre política y
economía que caracteriza -desde la
conceptualización de Hegel en adelante- la época moderna. Si esta tensión
ineludible fue rota anteriormente por una
politización indebida de la economía, ahora sufrimos una mercantilización de la
política igualmente nefasta. La polémica
contra la hiperpolitización y la demagogia suele olvidar el costo del nuevo
desequilibrio: la instrumentalización
económica de la política socava la compleja coordinación de un mundo plural.
Significa no sólo que a) la política pierde
su centralidad, sino que así, b) se diluye el ámbito específico en el cual se
determina y asegura el orden social y, por
tanto, c) en ausencia de una instancia articuladora de lo colectivo, la
diversidad(l social no logra desplegarse como
pluralidad. Dicho polémicamente: el descentramiento de la política consagra la
disgregación social. Prefiero, empero,
una formulación prepositiva: asumiendo el descentramiento de la política resulta
decisivo, de cara a la nueva
complejidad y fragmentación de la sociedad, redefinir el papel de la política
en la representación y coordinación de
las relaciones sociales.
LA INFORMALIZACION DE LA POLITICA
El descentramiento de la política se encuentra acompañado de un
dedibujamiento de su anclaje
institucional. Aun cuando las formas institucionalizadas del sistema
político se mantienen y se consolidan, pierden
protagonismo ante un proceso de informalización. De manera similar a lo que
ocurre en economía y derecho, la política
desborda más y más las formas institucionales, desperfilando el sistema
político.
Nunca existieron límites claros y precisos que distinguieran la política
de la no política; como vértice de la
organización social, la política tiende a intervenir en los demás campos de la
vida social. En teoría, sin embargo, existe
una delimitación básica mediante la identificación de la política con el sistema
político. Tal delimitación incluye la
vinculación con otros campos sociales a través del carácter representativo de
las instituciones democráticas. De este
modo, la institucionalización de la política permite acotar una racionalidad
específica y a la vez incluir la mediación con
otros campos. Esta doble cara de la política (específica y representativa a la
vez) estalla bajo las nuevas condiciones.
Actualmente, Conviven procesos de institucionalización y de
desinstitucionalización en América Latina.
Existen esfuerzos importantes por reforzar las competencias del parlamento y del
poder judicial y limitar las atribuciones
discrecionales del poder ejecutivo y de las fuerzas armadas. No obstante tales
avances, la fragilidad de las instituciones
representativas y de las formas institucionalizadas (le la política es notoria
(O'Donnell, 1991). Las reelecciones de
Fujimori y Menem señalan que las demandas de buen gobierno y estabilidad pueden
ser encarnadas mejor por liderazgos
personalistas que por instituciones. La gravitación de actitudes y conductas no
institucionales en vastos sectores de la
región no se apoya solamente en estructuras clientelísticas, discursos
populistas y estilos caudillistas popularmente
arraigados. Las viejas costumbres se entrelazan con tendencias nuevas. Dos
ejemplos permiten iluminar las razones
actuales que dan lugar a procesos de desinstitucionalización o informalización
de la política.
Un motivo reside en la aceleración del tiempo. Las instituciones tienen la
función de asegurar la continuidad y
calculabilidad de los procesos sociales, neutralizando los atributos personales
y las constelaciones coyunturales. La
institucionalización sirve pues para crear un horizonte temporal más allá del
presente. Para generar tiempo empero, las
instituciones requieren tiempo; sólo persistiendo en el tiempo, generan
confianza para "invertir en el futuro". La
credibilidad de las instituciones requiere de tiempo para desarrollar lazos de
confianza recíproca. El tiempo, sin embargo,
es hoy, por hoy, precisamente el recurso mas escaso. La aceleración del tiempo
produce una carencia de tiempo que
asfixia la creación de instituciones. Ella no deja a las instituciones jóvenes
adquirir duración y crear así una perspectiva
de futuro previsible. La rapidez de los cambios penas les permite establecer
rutinas, cuando la urgencia de los asuntos ya
les exige logros. La premura por obtener resultados fomenta entonces vías
estrainstitucionales. La negociación de
acuerdos al margen de las instituciones deviene un camino más eficiente que el
seguimiento de las reglas
institucionales.
Un buen ejemplo son las llamadas "concertacesiones" en México, una
concertación de gestiones mutuas entre
el gobierno de Salinas y el principal partido de oposición al margen de los
(controvertidos) resultados electorales. Su
origen radica en la arritmia entre las necesidades sistémicas por una rápida
ampliación del respaldo político al programa
gubernamental y, por otra parte, la lentitud con que se consolida el sistema de
partidos y se cristalizan las preferencias
ciudadanas. Como la situación no deja tiempo para que los resultados deseados
maduren al ritmo de las instituciones
formales, se acude a acuerdos informales. Los resultados de la competencia
electoral son "concertados" de modo que se
entregan cargos colectivos a cambio de apoyo parlamentario. La ambigüedad de
tal arreglo extrainstitucional está a la
vista: se obtiene la gobernabilidad democrática al precio de obvias normas de la
instucionalidad democrática. La
credibilidad institucional es sacrificada en nombre de la eficiencia.
Otro motivo sobresaliente reside en la expansión de la sociedad de
mercado. Situación paradójica puesto que la
institucionalización es no sólo un elemento del proceso de democratización, sino
también un requisito de calculabilidad
para la economía capitalista de mercado. De hecho, el ingenuo sueño neoliberal
acerca de las virtudes autorreguladoras
del mercado ha cedido el paso a una visión más realista: el buen funcionamiento
del mercado presupone un sólido y
estable abrigo institucional (North, 1990). Puesto que la tendencia espontánea
del mercado al incremento limitado de la
eficiencia y rentabilidad capitalista no produce una economía sostenible, sino
por el contrario, efectos autodestructivos,
los negocios privados han de ser regulados (delimitados, fiscalizados) según
reglas generales que resguarden el orden
colectivo. Esta distinción de dos racionalidades -privada y social- sobre la que
apoya la relación entre economía y
política es precaria y se encuentra permanentemente amenazada, sea por una
indebida politización de la economía, sea
por la expansión ilimitada del mercado. Hoy por hoy, enfrentamos el segundo
caso: la paradoja de un mercado que
exige la inserción en un marco institucional a la vez que inhibe la
institucionalización. Ya no se trata tan sólo de las
tendencias del mercado a sustraerse a las restricciones jurídico-
institucionales. Lo novedoso es la extensión de la
racionalidad del mercado al campo de la política. En la medida en que la
sociedad de mercado adquiere una
preeminencia absoluta, como ocurre actualmente en América Latina, la misma
política se guía por criterios de
intercambio mercantil. Vale decir, cambian las formas de regulación y
coordinación de la vida social. En lugar de
las instituciones políticas y los procedimientos democráticos, son ahora los
acuerdos privados la forma prevaleciente de
coordinación social.
Más y más nuevas formas de intercambio y reciprocidad desplazan a las
anteriores estructuras de poder
jerárquico. Actualmente, muchos de los asuntos de interés público son tratados
mediante redes de coordinación
horizontal entre las instancias gubernamentales y los actores sociales (Marín y
Mayntz, 1991). Puede hablarse de una
"politización de lo social" en tanto los actores sociales participan cada vez
más directamente en la toma de decisiones
políticas o de una "socialización de la política", por cuanto las decisiones
políticas resultan de formas cuasi-privadas de
negociación e intercambio. El hecho es que la política realmente existente
ocurre al margen de las instituciones
democráticas que, en el mejor de los casos, se limitan a ratificar los acuerdos
extrainstitucionales. Ello no.s señala la
contraparte del proceso de informalización.
Estamos, en efecto, ante un doble fenómeno. Por un lado, según vimos,
tiene lugar un desbordamiento
institucional La política rebasa los límites del sistema político. Emigra de
las instituciones y se instala de manera
mutante en redes informales de coordinación. Esta extralimitación institucional
significa, por otro lado, un
vaciamiento del sisterna político. La institucionalidad democrática
subsiste, pero despojada de sus funciones de
representación y regulación social, como un sistema autorreferido, cuya lógica
interna se independiza de los impulsos
(demandas, apoyos) externos y, por el contrario, descarta cualquier tema que
cuestione la estabilidad del sistema. La
competencia de liderazgos y programas partidistas, las propuestas
gubernamentales y la deliberación parlamentaria se
refieren primordialmente al mismo sistema político que, por lo mismo, deja de
ser la "puesta en escena" de las
alternativas y de las decisiones que enfrenta la ciudadanía. Ello otorga un
cariz dramático a la consolidación de la
democracia en América Latina: cuando una larga y sacrificada lucha descubre, al
final del túnel que, después de todo, la
democracia es de relevancia limitada. Al entusiasmo inicial por las reformas
democráticas sigue pronto el desencanto, a
la decepción la perplejidad. No lamento aquí la pérdida de una ilusión. Constato
la dificultad del sistema democrático de
elaborar los consensos fundamentales acerca de lo que es y puede ser el país.
Extraña bifurcación: en el momento mismo en que la política se acerca a la
realidad y, por así decir, se entreteje
con la complejidad social, el sistema político pierde contacto con la vida
ciudadana. Por un lado, la política se diluye en
múltiples microdecisiones, tomadas en la penumbra de alguna comisión, que
afectan la vida cotidiana de los ciudadanos
sin que estos se enteren. Por el otro, las instituciones democráticas legitiman
ritualmente una toma de decisiones que ya
no radica en ellas (Zolo, 1994). De este modo, la política no sólo pierde su
lugar central; la informalización deja a la
política extrañamente "fuera de lugar", en todos lados y en ninguna parte.
LA ARTICULACION DE LO PUBLICO Y LO PRIVADO
Junto con la transformación de la política (institucionalizada)
cambia lo político; es decir, la
experiencia cotidiana de la gente acerca del orden colectivo. No es menos
significativa la transformación de "lo político"
pues conforma la materia prima de la cual se nutre precisamente la política
institucionalizada. Indicativa de tal cambio es
la reestructuración de lo público y de lo privado y, sobre todo, de la relación
entre ambas esferas. Si una retrospectiva
histórica de la distinción, como la realizada por Hannah Arendt con una fuerza
excepcional, pinta un cuadro idealizado,
obviando las zonas grises, hoy en día resulta difícil trazar un límite siquiera
aproximativo. Los cambios de uno y otro
ámbito son conocidos, por lo que me limito a un bosquejo muy esquemático.
Estamos ante un segundo "cambio estructural de la esfera pública"
(Habermas) en que la opinión pública
se disipa como expresión de la deliberación ciudadana complementaria a las
instituciones representativas. La
primacía de una "cultura de la imagen", que la televisión lleva hasta los
últimos rincones del país, remplaza el
razonamiento trabajoso de la palabra por el impacto instantáneo de la mirada. El
protagonismo de la imagen modifica
(más por su lógica interna que por intenciones manipuladoras) tanto el ritmo y
el ámbito de la política como el papel del
ciudadano: desde la atención disponible y la información valorada hasta el
criterio estético con que contempla el
espectáculo político (Landi, 1992; Zolo, 1994). Asistimos a la mutación del
ciudadano de un individuo racional y autó-
nomo en un consumidor estrictamente acotado en su libertad de elección. En estas
condiciones, la opinión pública tiene
la fuerza y la fugacidad de un destello. El cambio de la opinión pública indica
la transformación de lo público con lo
espacio compartido. Hay que recordar, bajo este punto de vista, la privatización
de muchos servicios públicos. Su
evaluación (en términos de eficiencia económica) no suele reflexionar en que las
privatizaciones ponen en entredicho los
bienes públicos acceso igualitario para todos. La escuela pública, la
salud pública son (muy deficientes)
ámbitos de integración social. Su privatización tiende a debilitar así,
precisamente en países con fuertes desigualdades
sociales, la dimensión integradora de lo público.
El "declive del hombre público" (Sennett) no implica, empero, su
eliminación. Se trata de una reestructuración
de la esfera pública, ahora dominada por el carácter público del mercado.
Más allá del papel de los centros
comerciales como nuevos tipos simbólicos de la trama social, me refiero
al desarrollo de normas legalmente
exigibles (control de calidad, derechos del consumidor, impacto medioambiental)
o de criterios éticos (boicot a bienes de
determinado país o empresa) que van definiendo una responsabilidad pública del
mercado que excede las reglas
habituales del derecho civil. Aunque incipiente, esta tendencia indica una nueva
noción de lo público que refilerza la
redefinición del ciudadano como consumidor. Ello es reflejado -y contrarrestado-
por la reestructuración de la esfera
privada.
Sea porque el ámbito público los expulsa o por sublimación de las
decepciones sufridas en sus compromisos
públicos, sea por una genuina revaloración de la intimidad y del pequeño entorno
inmediato, en años recientes los
individuos tienden retrotraerse a la vida privada, generando una verdadera
cultura del yo (Béjar, 1993). El
cultivo del ego, de las emociones auténticas, del goce estético y otros placeres
no significa un rechazo de la política, ni
mucho menos de la democracia. Mas bien, se trata de hacer economía de la
atención disponible, de cara a la complejidad
de la vida social. Parece entonces preferible asegurar la "libertad negativa",
desentendiéndose de acciones colectivas de
gratificación dudosa. Sin embargo, el mundo privado ya no ofrece un refugio
seguro a las incertidumbres de la vida
pública. Ello altera de manera profunda, aunque no intencional, el significado
de la esfera privada. En realidad,
constatamos una politización de lo privado gue deriva tanto de su
colonialización como de su expansión
(García Canclini, 19990). Ejemplos del primer caso son la continua invasión del
hogar por el mundo externo (televisión)
y el disciplinamiento administrativo de las conductas personales en nombre de la
higiene social. Ilustrativa de la segunda
tendencia es la nueva visibilidad que adquieren, de la mano del movimiento
feminista, elementos tradicionalmente
reservados de la vida privada. Me refiero a las condiciones de género, identidad
sexual, identidad étnica, salud
reproductiva, confesión religiosa; o sea, un conjunto de elementos de la esfera
privada que saltan al centro de la agenda
pública. El nuevo estatuto de las diferencias y de las minorías puede dar lugar
a una "cultura de la queja" (R. Hughes)
que socava el orden colectivo. Lo público aparece entonces como un archipiélago
de minorías inconexas. Más relevante,
empero, me parece otra consecuencia: la politización de los atributos personales
o preferencias subjetivas cuestiona la
distinción entre citoyen y bourgeois sobre la que se basa la democracia
liberal. El debate no trata solamente de
evitar que tales diferencias "privadas" sean motivo de discriminación
atentatoria de la igualdad ciudadana, sino, por el
contrario, de incorporar explícitamente la subjetividad al ejercicio de la
ciudadanía. Surge así -desde al ámbito privado-
una reconstitución de la ciudadanía.
Similar a un juego de espejos, la transformación de lo público redefine a
la esfera privada al tiempo que la
transfiguración de lo privado modifica el ámbito público. Cambia la relación y
cada vez se diluyen más los límites entre
lo privado y lo público. Pero no es tanto la redefinición de los ámbitos sino
el nuevo entramado de lo público y lo
privado el rasgo sobresaliente. Si consideramos tareas tan diversas y
urgentea en nuestro spaíses como, por
ejemplo, la defensa del consumidor y usuario mediante instancias de supervisión
pública, la incorporación de capitales
privados a las políticas públicas de educación, la regulación de la sexualidad
(Sida) y de la salud (drogas), entonces la
articulación de lo público y lo privado representa un elemento central de la
política en el futuro cercano.
REFLEXIONES FINALES
La fase neoliberal (al menos en términos propositivos) se agota, y América
Latina está en una nueva etapa de
desarrollo. Uno de sus desafíos proviene del retraso de la política respecto del
dinamismo social. Las dinámicas
socioeconómicas parecen haberse escapado al manejo político, imponiéndose como
fenómenos de la naturaleza frente a
los cuales no hay alternativa. No existen opciones viables, en efecto, si
concebimos la política en términos tradicionales;
pueden abrirse cursos de acción diferentes, por el contrario, si sabemos
explorar y aprovechar las posibilidades que
ofrecen las nuevas formas de la política. Para ello necesitamos una concepción
nueva, realista, de la política. Los
cambios políticos de los últimos años han oscurecido los cambios en la
política. He intentado resumir dichas
transformaciones en tres rasgos. Falta adecuar nuestra imagen de la política y,
por cierto, la imaginación política.
La reflexión en torno a las transformaciones de la política puede
iluminar, por otra parte, el nuevo significado
de la democracia. A veces, el debate acerca de la Cuestión democrática en
América Latina me sugiere una reunión de
magos que sacan de sombreros y mangas (más o menos anchas) un sinnúmero de
recursos para forjar ilusiones, hacer
desaparecer y resurgir e incluso multiplicar los mas diversos objetos. ¿Por qué
destacar la fragilidad del sistema de
partidos y no el impacto del narcotráfico? ¿Por que analizar el marco y no
abordar la administración de justicia? ¿Por qué
hablar de justicia ante la magnitud y escandalosa proliferación de las
desigualdades sociales? ¿Por qué destacar
solamente las desigualdades y no tratar mas bien las dinámicas del sistema
económico? ¿Por qué no hacer más incapié en
nuestros miedos y, por qué no, en nuestros sueños? La lista es larga y, en
definitiva, arbitraria. ¿Qué significa ello? A fin
de cuentas señala que la democracia contempla y cristaliza los diferentes
aspectos de la vida social. Cada elemento hace
parte de esa constelación abierta que bajo el nombre genérico de democracia
actualiza la vieja pregunta por el orden.
Posiblemente, las dificultades que nos pone la noción de democracia, hoy en día,
no sean sino las dificultades que
plantea el reordenamiento de la vida social en un mundo radicalmente nuevo y
efímero. Pero siempre nos queda el
consuelo tan paradójicamente realista de John Dunn (1993:28) "hoy por hoy, en
política, democracia es el nombre
de lo que podemos tener -y no podemos dejar de desear".
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*Agradezco los comentarios de Terry Karl, Robert Kaufaman y
Philipe Schmitter al borrador del artículo.
**Dirigir correspondencia a Facultad a Facultad Latinoamericana
de Ceincias Sociales, Sde Académica en México, Apartado Postal 20-
021, Dleg. Alavaro Obregón, 01000 México, d.f., fax 6-31-72-46 y
6-31-70-16, W-mail: flacsounamvml.dgsca.unam.inx.