Fecha/Date: 02/01/96
Después de una etapa marcada por profundos conflictos políticos, que en
algunos casos llevó a
confrontaciones armadas de gran envergadura, las sociedades centroamericanas
parecen encaminarse por el
sendero de la reconciliación nacional y la democracia política. Aunque la
mayoría de los problemas que
provocaron los conflictos no han sido resueltos, existe la esperanza de que
puedan ser enfrentados exitosamente
en un clima de paz y democracia.
En el plano institucional las jóvenes democracias centroamericanas
muestran avances y retrocesos.
Desde mediados de la década pasada se han venido celebrando regularmente
elecciones en todos los países; sin
embargo, los partidos políticos tienen dificultades para alcanzar grados
aceptables de legitimidad, que les permita
desarrollarse como adecuados instrumentos para la agregación y representación de
intereses, en un contexto
marcado por la reestructuración del Estado y la sociedad.
En este trabajo se examinan los resultados de las elecciones realizadas
entre 1993 y 1996 en cuatro de
los cinco países de la región, en los aspectos relativos a la situación de los
partidos y de los incipientes sistemas de
partidos. Los países analizados son Guatemala, El Salvador, Honduras y Costa
Rica. Se busca identificar algunas
de las similitudes y diferencias entre la situación de los partidos en países
donde el conflicto llevó la confrontación
política a extremos, y en países en donde la estabilidad, cuando menos relativa,
ha sido la tónica. Asimismo se
examinan las tendencias y los posibles escenarios.
1. Elecciones
Como puede observarse en el cuadro Nº 1, en todos los países
centroamericanos se han venido
realizando regularmente elecciones desde principios de los años ochenta. Sin
embargo, es posible establecer una
división entre aquellos procesos realizados antes de los acuerdos de Esquipulas
II y los de los años posteriores. En
efecto, la mayoría de los procesos efectuados antes de dichos acuerdos, debido
al pasado de exclusión política
extendida y a los conflictos internos, solamente fueron democráticos en la
fachada, o si se quiere, siguiendo la
formulación de Guy Hermet (1986: 13), fueron elecciones de "pluripartidismo
excluyentista". Sólo en Costa
Rica, realmente, no hubo exclusión, y en menor medida, en Honduras, que había
iniciado a principios de la
década un proceso de apertura democrática, después de un período de
autoritarismo militar; pero cuya situación
política estaba muy marcada por los acontecimientos del período anterior y por
la polarización ocurrida en la
región. En los demás países estuvieron fuera del juego electoral importantes
fuerzas políticas: en sociedades
como la salvadoreña y la guatemalteca, las fuerzas que cuestionaban la hegemonía
de los grupos dominantes
tradicionales; en Nicaragua, buena parte de los grupos que se oponían al proceso
revolucionario comandado por
los sandinistas.
Elecciones realizadas en Centroamérica
Guatemala
(1) Puesto que el candidato de ARENA, Alfredo Cristiani, obtuvo el
50% de la votación, la segunda
vuelta no se realizó.
Fuente: FLACSO (1992). Perfil Estadístico Centroamericano. FLACSO.
San José, 34-35;
Cerdas, R. et al., editores (1992). Una tarea inconclusa. Elecciones y
democracia en América Latina,
1988-1991. IIDH/CAPEL-Friedrich Naumann Stiftung. San José, 708 y ss.
No obstante, dichos procesos tenían un carácter dual, porque si bien es
cierto que existía un afán de
"...reconstituir, legitimar, normalizar el poder político",
como lo señalaba Torres
Rivas (Ibídem: 2), sin desmontar la estructura autoritaria, dada la presión
internacional, la situación interna y las
pugnas dentro del mismo grupo gobernante, no pocos efectos "democratizantes"
tuvieron sobre la sociedad. Se
crearon instituciones encargadas de dirigir y verificar los procesos, se
dictaron códigos y otras regulaciones, y se
permitió la presencia de observadores extranjeros calificados. Como lo ha
indicado Linz (1986: 92), las
consecuencias de las elecciones sobre el sistema político pueden ser diferentes
a las intenciones de los dirigentes o
a las motivaciones de los electores. En ese sentido, los procesos electorales
de los años ochenta en
Centroamérica deben verse, como lo reconoce el mismo Torres Rivas (Ibídem: 3),
como
"...un primer paso, en sociedades donde la violencia impone su
dinámica, para acortar aquella distancia
e inaugurar con todas sus deficiencias una de las tantas formas de participación
política, para empezar a restituir a
la conciencia ciudadana la sensación de construir la legitimidad del poder."
Los procesos electorales de los años noventa indican, sin embargo, que
pese a los esfuerzos realizados para
depurar y modernizar los mecanismos de la democracia política, entre ellos los
sistemas
electorales,2 el poder político no termina de legitimarse. En
Guatemala y El Salvador sigue siendo
elevado el porcentaje de abstencionismo, como índice de participación en la
contienda electoral; en Honduras
creció el abstencionismo en las elecciones presidenciales realizadas en
noviembre de 1993 con respecto a las de
cinco años atrás, y solamente en Costa Rica, cuyas instituciones políticas han
conservado la estabilidad por más
de cuarenta años, el abstencionismo se mantuvo dentro de sus límites
históricos.
Porcentaje de abstencionismo en los
últimos procesos electorales Fuente: organismos electorales y prensa.
2. Los partidos políticos
Más allá de los problemas técnicos, los resultados de las elecciones y, en
general, el futuro de la
democratización política, tiene que ver en buena medida con la situación de los
instrumentos esenciales de la
participación política, es decir, los partidos, pues teóricamente corresponde a
ellos el papel de intermediación
entre el Estado y la sociedad civil. Como lo señaló hace mucho tiempo Duverger
(1972: 307), hay una
relación intrínseca entre la aparición de los partidos políticos, el
parlamentarismo y el desarrollo de los
procedimientos electorales.
En los regímenes democráticos liberales, entonces, los mecanismos idóneos
para la expresión y la
representación de intereses dentro de la institucionalidad del Estado, son los
partidos políticos; es a través de ellos
que se logra la relación entre electores y representantes;3 al menos
esa ha sido la experiencia de
las democracias del norte. De acuerdo con el modelo de democracia liberal, la
existencia de elecciones libres y
de un respeto extendido para las libertades individuales es fundamental para el
asentamiento de un régimen
democrático, pero también lo es la existencia de un sistema de partidos
políticos funcionando normalmente.
En este aspecto la situación de Centroamérica ofrece algunos contrastes.
En tres de los países analizados
el número de partidos activos es relativamente elevado. Algunos son partidos
con varias décadas de existencia,
que lograron sobrevivir en las difíciles condiciones imperantes, muchas veces en
asocio con los regímenes
autoritarios. Por ejemplo, en Guatemala y El Salvador siguió funcionando un
buen número de partidos políticos
durante el período autoritario, varios de ellos integrados o apoyados por los
militares. Por supuesto, en la
mayoría de los casos se trataba de partidos que contribuían a mantener una
imagen de "legitimidad" del régimen,
a cambio de unos cuantos asientos en los parlamentos o de algunos cargos
secundarios en el gobierno; la
actividad partidaria, por tanto, estaba generalmente reducida a una limitada
participación en los procesos
electorales. Salvo contadas excepciones, la mayoría de estos partidos ha
continuado funcionando en la nueva
etapa de apertura democrática, a la par de otros de reciente creación, que
surgieron, como en El Salvador,
después de los acuerdos de paz.
Sin embargo, quizá con las excepciones de Costa Rica y Honduras, no es
posible encontrar partidos, y
mucho menos sistemas de partidos, que cumplan con buena parte de los requisitos
del modelo occidental. La
mayor parte de ellos están más cercanos a la definición mínima de un partido
ofrecida por Sartori (1987: 92):
"Un partido es cualquier grupo político que se presenta a elecciones y que puede
colocar mediante elecciones a
sus candidatos en cargos públicos". En efecto, la mayoría de los viejos
partidos, así como muchos de los de
reciente aparición, son organizaciones débiles, que carecen de una estructura
extendida a nivel nacional, que
movilizan con dificultades a una masa importante de electores y cuya actividad
está casi totalmente restringida al
plano electoral. Partidos muy ligados a grupos o sectores sociales específicos,
carentes de la autonomía que les
permitiría la agregación y representación de intereses diversos.
Como puede observarse en el Cuadro Nº 3, el número de partidos
participantes en las últimas elecciones en cada
país es elevado; sin embargo, muchos son partidos pequeños, poco importantes
desde el punto de vista
"sistémico". Por ejemplo, en la primera vuelta de las elecciones presidenciales
de Guatemala, celebradas en
noviembre de 1995, participaron 28 partidos, varios en coalición, y se
presentaron 19 candidatos a la
presidencia de la República; además de un número elevado de candidatos a los 80
escaños del Congreso, a los
300 consejos municipales y a los 20 asientos en el Parlamento
Centroamericano.
Centroamérica, partidos participantes en
la última elección presidencial,
por país (1) Solamente se indican los nombres de los partidos que
obtuvieron más de 50.000 votos en
dichas elecciones. Una segunda vuelta se realizó el 7 de enero de 1996, con la
participación de los candidatos del
PAN y del FRG.
(2) Coalición integrada por la Democracia Cristiana Guatemalteca, la
Unión del Centro Nacional y el
Partido Socialista Democrático.
(3) Posteriormente se separaron del FMLN el Movimiento Nacional
Revolucionario (MNR), la
Expresión Renovadora del Pueblo (ERP) y la Resistencia Nacional (RN), para dar
paso a la constitución del Partido
Demócrata.
Fuente: organismos electorales y prensa.
En Guatemala y El Salvador las debilidades y la inestabilidad actual de
los partidos son en buena parte el
resultado de décadas de represión; sin embargo, no todo es achacable a las
circunstancias políticas de esos países
en la segunda mitad de este siglo. Hay otros factores en juego que es necesario
mencionar, y que también
afectan a los partidos de Honduras y Costa Rica. En primer lugar, las difíciles
condiciones socioeconómicas así
como las necesidades de adaptación de las economías a las nuevas condiciones del
mercado mundial, han
terminado por conformar una especie de escenario monocromático, que impide a los
partidos la elaboración de
propuestas programáticas que difieran substancialmente de lo que señalan los
organismos multilaterales. Aunque
algunos partidos, como el Liberal de Honduras o Liberación Nacional de Costa
Rica, han intentado presentar a
consideración de los electores programas supuestamente alternativos a la
propuesta neoliberal, una vez en el
gobierno se han visto obligados a continuar con el ajuste macroeconómico, la
apertura comercial y la reducción
del aparato estatal, con el consiguiente desencanto de los electores.
En la práctica, entonces, se han ido borrando las divisiones ideológicas y
las viejas identidades
partidarias, basadas en planteamientos particulares sobre la economía y el papel
del Estado. Aunque todavía
subsisten posiciones extremas, las agrupaciones políticas más importantes se han
ido moviendo hacia una posición
que podría ser calificada como de centro derecha.4 Incluso algunos
de los sectores conocidos
hasta hace poco por sus planteamientos de izquierda marxista, han empezado a
moverse hacia ese centro,
asumiendo posiciones a veces calificadas como de "liberalismo social".
El incumplimiento de las promesas de campaña por parte de los gobernantes
electos, en los casos de
Guatemala y El Salvador, no sólo se refiere al manejo de la economía y al
mejoramiento de la situación social de
la mayor parte de la población, sino también al mantenimiento de un Estado de
derecho y al respeto a los
derechos humanos. En la mayoría de los países de Centroamérica esta es todavía
una tarea inconclusa.
En segundo lugar, a los viejos problemas sociales no solucionados se han
venido a sumar los provocados
por el ajuste macroeconómico, lo que complica el panorama. En tres de los
cuatro países analizados la pobreza
sigue siendo muy elevada; pero la estructura social centroamericana se ha
tornado, en general, más compleja,
con la aparición o el incremento de nuevos sectores sociales sobre todo en el
ámbito urbano, muy
desorganizados y marginalmente interesados en la política. En el caso
guatemalteco la situación es todavía más
difícil, porque que se trata de una sociedad partida en dos, étnicamente
hablando. En efecto, de acuerdo con los
datos del Censo de 1984, un 44% de la población es maya; sin embargo, hay
quienes afirman que este
porcentaje es todavía más elevado. En todo caso, no sólo se trata de una
población con lenguas y culturas
propias, sino también de una población que ha sufrido segregación social y
política. La Revolución de octubre de
1944 intentó integrarla al sistema político en igualdad de condiciones a la
población ladina o blanca; pero a
partir del golpe de 1954 el terror invadió el campo guatemalteco y los indígenas
han sido uno de los sectores
más golpeados por la represión que desde entonces se desató. Para la mayor
parte de esta población la
participación política ha significado violencia y sufrimiento, lo que ha
provocado su marginación. La política es
para los ladinos, incluso para un sector de ellos; mientras que los indígenas
permanecen en su mayor parte al
margen de ese mundo, como lo reflejan los resultados de las elecciones.
En tercer lugar, a la debilidad organizativa y programática, que dificulta
la construcción de sistemas de
partidos relativamente estables, se vienen a agregar factores derivados de la
cultura política. En efecto, en la
mayoría de los países de Centroamérica se ha desarrollado una cultura de la
intolerancia que limita demasiado el
juego político, y que termina por convertir las discrepancias en enfrentamientos
tipo "juegos suma cero", que no
pocas veces finalizan con la eliminación física del adversario. En cuatro de
los cinco países de la región el
asesinato político ha sido un procedimiento usado con alguna frecuencia,
destacándose el caso de Guatemala,
donde la "cosecha de violencias" ha sido extremadamente grande (Carmarck, 1991).
La cultura política
dominante solamente incluye las prácticas democráticas como excepción, y no como
denominador común para
la resolución de conflictos; tampoco el respeto extendido a la libertad de
pensamiento y organización política.
Estos factores se reflejan en la ambivalencia que muchos partidos mantienen en
sus relaciones con los otros;
tienen dificultades para aceptar a los otros como adversarios en una competencia
democrática. La oposición se
siente sin garantías y la alternancia es vista por unos y otros, aunque por
diferentes razones, como una seria
amenaza para vidas y haciendas.
El personalismo es otro factor que conspira contra el fortalecimiento de
los partidos. En una cultura
política donde el caudillismo ha sido un elemento central, difícilmente se
pueden encontrar partidos fuertes que
no sea personalistas, es decir, cuya actividad no gire alrededor de una o de
unas pocas figuras que encarnan al
partido y a su supuesta "ideología". Las plataformas programáticas o los
planteamientos ideológicos carecen
realmente de importancia. Si bien es cierto que los partidos necesitan
liderazgos fuertes, y que en la definición
de las preferencias partidarias ese es a veces un factor más importante que las
coincidencias con plataformas
programáticas o planteamientos ideológicos, en Centroamérica el caudillismo
ancestral parece agravar la
tendencia, sobre todo en esta era del ajuste, donde las presiones del entorno
impiden a los partidos presentar
programas que se aparten del llamado consenso de Washington. La imposibilidad
de diferenciarse
programáticamente, entonces, refuerza el personalismo, inclusive en un país como
Costa Rica.
La tradición caudillista ha encontrado su continuidad, en la actual etapa
de apertura democrática, en el
carácter presidencialista del régimen vigente en todos los países de la región.
Por supuesto que es diferente el
peso del presidencialismo en un país como Costa Rica, que en contextos de
tradición autoritaria. Como lo señala
Mainwaring (1990), bajo condiciones democráticas, los presidentes tienen mucho
más problemas en lograr que
sus proyectos se concreten, que en contextos autoritarios. Este es un elemento
que hay que tomar en cuenta
dentro del análisis; sin embargo, en mayor o menor medida el presidencialismo es
otro de los factores que está
impidiendo la construcción de estructuras partidarias que sean algo más que
meras plataformas electorales. La
experiencia reciente muestra como una vez pasadas las elecciones los partidos se
diluyen, dejando a los
candidatos ganadores libres de cualquier control partidario que les obligue a
cumplir programas o compromisos
adquiridos durante las campañas electorales. En los períodos entre una y otra
elección, generalmente sólo las
fracciones parlamentarias se mantienen en actividad; los otros órganos del
partido prácticamente desaparecen.
Pero como el peso del candidato de turno en la selección de los diputados es muy
elevado, las fracciones
parlamentarias del partido triunfante en las elecciones son muy sumisas al
presidente y casi no ejercen control
sobre el ejecutivo. En esas condiciones difícilmente los parlamentos pueden
convertirse en los grandes foros de
debate de los problemas nacionales. Han perdido la iniciativa, se encuentran
semiparalizados y su descrédito es
creciente, como lo muestran los sondeos de opinión. El caso extremo es el de
Guatemala, donde el
abstencionismo alcanzó casi el 80% en las elecciones parlamentarias de agosto de
1994; pero en mayor o menor
grado la situación es similar en todos los países de la región, incluyendo Costa
Rica, donde la Asamblea
Legislativa ha ido cediendo paulatinamente terreno al ejecutivo. En este
aspecto el panorama regional es de
deterioro del poder legislativo y de fortalecimiento del ejecutivo.
3. Las tendencias
Desde el punto de vista de los ciudadanos el escenario no es muy favorable
para el desarrollo de los
partidos políticos. Los sondeos de opinión indican la existencia de un
descontento, cuando menos en tres de los
países analizados. Por ejemplo, una encuesta realizada en Guatemala en mayo de
1993 (ASIES, 1995), pocos
días antes de frustrado autogolpe protagonizado por el entonces Presidente
Serrano, muestra un reducido grado
de confianza en los partidos políticos: 18% de los entrevistados. En El
Salvador (ECA, 1994), una encuesta
realizada por el Instituto Universitario de Opinión Pública (IUDOP), poco antes
de las elecciones de marzo de
1994, reveló que más del 50% de los entrevistados carecía de interés en el
proceso político o indicaba un
interés marginal. Encuestas recientes realizadas en Costa Rica por la firma
UNIMER (1996), han mostrado un
importante incremento del porcentaje de personas que se declaran "sin partido":
14% en mayo de 1995, 27%
en setiembre de ese mismo año y 31% en enero de 1996. Aproximadamente el 50% de
los que se
manifestaron de esa forma indicó una pertenencia anterior a algún partido. La
razón de este "apartidarismo",
según los entrevistados, tiene que ver fundamentalmente con el bache entre las
expectativas generadas durante la
campaña electoral y el comportamiento real de los partidos en el gobierno.
Aunque no se trata de una situación
irreversible, estos datos muestran un estado de ánimo sin antecedentes en la
historia política reciente del país. En
ese sentido constituyen la primera muestra del fenómeno de la desafección
política en el Costa Rica.
Una encuesta realizada por las unidades de la FLACSO en Guatemala, El
Salvador y Costa Rica, a
sectores sociales específicos (Rojas, 1995), arrojó resultados similares: 64,4%
de los entrevistados en
Guatemala, 59,2% en El Salvador y 59,3% en Costa Rica, reaccionaron
negativamente a la afirmación "los
partidos políticos representan los intereses de los ciudadanos."5
Pese a las objeciones que se le
pueden hacer a las encuestas como instrumentos de acercamiento a la realidad --
en este caso a la realidad
política--, es indudable que reflejan climas de opinión. En ese sentido, los
resultados de este conjunto de
encuestas están revelando un sentimiento ciudadano de malestar con los partidos
políticos, sobre todo en lo que
se refiere a la lejanía entre las preocupaciones cotidianas de los ciudadanos y
la acción de los dirigentes.
Pero las críticas habría que tomarlas con un grano de sal. Petra Bendel
(1993a: 3 y ss.), indica que
muchas de las críticas que se hacen a los partidos políticos en Centroamérica,
parten de visiones que toman
modelos de partido propios de realidades que poco o nada tienen que ver el
contexto regional. Según esta
autora (1993b: 326 y ss.), una mejor comprensión de lo que pasa en la región en
cuanto a partidos políticos y
sistemas de partidos se refiere, podría lograrse siguiendo en líneas generales
lo que Sartori (Ibídem: 332 y ss.)
denomina "comunidades políticas fluidas de partidos". De esa manera, la
situación centroamericana, con la
excepción de Costa Rica y Honduras, podría describirse como en evolución, de una
situación poco estructurada,
no competitiva, hacia sistemas de partidos estables y competitivos, que podría
ser bipartidistas o multipartidistas,
dependiendo de las particularidades nacionales y, por supuesto, de la influencia
de los sistemas
electorales.6
De acuerdo con este planteamiento, en dos de los países analizados en este
trabajo aparentemente se
está evolucionando hacia a un agrupamiento de fuerzas, que posiblemente llevará
a la conformación de sistemas
de dos o tres partidos grandes;7 mientras que en Honduras y Costa
Rica se mantiene un esquema
bipartidista. Así parece corroborarlo la distribución actual de escaños en los
parlamentos, como puede
observarse en el Gráfico Nº 2. Como fue señalado, en Guatemala, pese al gran
número de partidos inscritos, el
congreso está controlado prácticamente por dos partidos; en El Salvador, el
Partido ARENA controla el 46% de
los escaños, mientras que el FMLN y la Democracia Cristiana en conjunto
controlaban un porcentaje
similar;8 en Honduras el Partido Nacional y el Partido Liberal se
distribuyen el 98,5% de los
escaños, y en Costa Rica dos grandes agrupaciones se reparten más del 90% de los
diputados.9
Sin embargo, el destino de esta evolución, en los casos del Guatemala y El
Salvador --así como el
mantenimiento del bipartidismo existente en Honduras y Costa Rica--, depende de
la posibilidad de introducir
modificaciones que les permitan captar y procesar adecuadamente las demandas de
la sociedad, lo que implica
formas de organización mucho más abiertas, que faciliten una interacción
constante y fluida con la sociedad y con
los movimientos que ocurren dentro de ella, a fin de poder plantear plataformas
acordes con los tiempos que
vivimos de globalización y de espacio cibernético, que a la vez abran vías para
la solución a los problemas de
pobreza y exclusión social en que se encuentran las mayorías. Sólo en esa
medida podrán aspirar a representar a
amplios sectores de la sociedad y cumplir su cometido como instrumentos de
democratización.
Sin embargo, los tiempos que corren no son favorables para la modificación
en el corto plazo de las
estructuras partidarias ni de los comportamientos organizaciones. Como fue
mencionado, factores internos y
externos limitan considerablemente las posibilidades de maniobra, más allá de
las intenciones de los dirigentes o
las propuestas de los analistas. Los partidos políticos, cuando menos el modelo
característico de las democracias
liberales, padecen una crisis generalizada, quizá de mayor gravedad en los
sistemas presidencialistas. Un conjunto
de factores han venido transformando la política y acotando el campo de los
partidos (Lechner, 1996), y
Centroamérica no puede escapar por cierto a dichas tendencias globales. A los
problemas internos vienen
entonces a sumarse influencias provenientes del entorno, que dificultan el logro
de cambios en el sentido
apuntado en el párrafo anterior. Por esa razón, es de esperar la prolongación,
por unos años más, del déficit
observado de representatividad y, por tanto, de legitimidad de los partidos
políticos en Centroamérica.
BIBLIOGRAFIA
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UNIMER (mimeógrafo).
San José.
*Sociólogo político costarricense, investigador del Programa FLACSO-Costa
Rica y profesor de la Maestría en
Ciencias Políticas de la Universidad de Costa Rica. En esta ponencia se revisan
algunas de las ideas expresadas en el
trabajo "Consolidar la democracia en Centroamérica: una ardua tarea", en
Tangermann, Klaus D., compilador,
Ilusiones y dilemas: la democracia en Centroamérica. San José: Programa FLACSO-
Costa Rica/BUNSTIFT e. V.,
1995. E-mail: rbolanos@cariari.ucr.ac.cr
(1)El abstencionismo se refiere al porcentaje de los electores inscritos.
(2) En Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua se aprobaron leyes
electorales que buscaban
establecer condiciones mínimas para una participación electoral de una mayor
amplitud.
(3) Cuando menos esta ha sido la regla; sin embargo, no puede dejar de
mencionarse la existencia de una
crisis de la representación política, que pone en entredicho la efectividad de
los mecanismos que han sido
preponderantes en el juego político dentro de las democracias liberales, entre
ellos el partido político.
(4)Este movimiento podría ser positivamente evaluado en una situación en
donde la polarización social no fuera
tan radical.
(5) En cada país se escogió una muestra de 1.250 individuos de sectores
campesinos, de trabajadores urbanos
por cuenta propia y de empleados públicos de salud y educación.
(6)Por las razones apuntadas, el caso de Guatemala seguiría siendo una
excepción.
(7)Teniendo como telón de fondo un elevado abstecionismo, como fue
mencionado.
(8)Antes de la división del FMLN.
(9)De acuerdo con la conocida fórmula de Laakso y Taagepera, el número
efectivo de partidos en
Guatemala es de 2,8; en El Salvador 3,0; en Honduras 2,0 y en Costa Rica 2,3.
Los procesos electorales realizados antes de los acuerdos de Esquipulas
II, ofrecían entonces limitadas
posibilidades de participación, por lo menos en dos de los países analizados.
Ciertamente, como lo indica Torres
Rivas (1991: 4), en dichos procesos participó un número relativamente elevado de
partidos políticos y no
fueron en esencia procesos fraudulentos, además de que buena parte de los
candidatos eran políticos civiles; pero
también es cierto que no existían suficientes garantías para una participación
ciudadana extendida y segura.
Aunque no existe una relación causa efecto, la ausencia en el escenario
electoral de importantes fuerzas políticas
posiblemente contribuyó a los altos índices de abstencionismo observados en
algunos de esos procesos
electorales. Por ejemplo, en Guatemala (Rosada, 1992: 88), en las elecciones
del 3 noviembre de 1985 el
abstencionismo fue del 31,0%; pero aumentó al 35% en la segunda
vuelta.1 No hay datos
confiables para las elecciones presidenciales de 1984 en El Salvador; sin
embargo, en las elecciones legislativas de
1985 (Eguizabal, 1992: 58; FLACSO-El Salvador, 1995: 37 y 174), el
abstencionismo fue aproximadamente
el 41% y en las elecciones presidenciales de 1989, anteriores a la firma de los
acuerdos de paz, el
abstencionismo alcanzó el 54,6%. de los votantes con carnet.
entre 1980 y 1994
PAIS TIPO DE ELECCION Y
FECHA Generales 07/03/1982 Asamblea Constituyente
10/06/1984 Generales (1ª vuelta)
03/11/1985 Presidenciales (2ª vuelta)
08/12/1985 Corporaciones municipales
24/04/1988 Generales (1ª vuelta)
11/11/1990 Presidenciales (2ª vuelta)
06/01/1991 Parlamentarias extraordinarias
14/08/1994 Generales (1ª vuelta) 12/11/95 Presidenciales (2ª vuelta) 07/01/96
El Salvador Asamblea Constituyente 28/03/1982 Presidenciales (1ª vuelta) 25/03/1984
Presidenciales (2ª vuelta)
06/05/1984
Parlamentarias y municipales
31/03/1985
Parlamentarias y municipales
20/03/1988
Presidenciales 19/03/1989(1)
Parlamentarias y municipales
10/03/1991
Presidenciales (1ª vuelta) 20/03/1994
Presidenciales (2ª vuelta) 24/04/1994
Honduras Asamblea Constituyente
24/04/1980
Generales 29/11/1981
Generales 24/11/1985
Generales 26/11/1989
Generales 28/11/1993
Nicaragua Generales y Asamblea Constituyente 04/11/1984
Generales 25/02/1990
Regionales Costa Atlántica
27/02/1994
Costa Rica Generales
07/02/1982
Generales 02/02/1986
Generales 04/02/1990
Generales 06/02/1994
(elecciones presidenciales)
Países Porcentaje de
abstencionismo
Costa Rica, 1994 18,8
El Salvador, 1994
Primera vuelta 47,3
Segunda vuelta 54,1
Honduras, 1993 41,0
Guatemala, 1995-1996
Primera vuelta 56,0
Segunda vuelta 63,1
Los resultados de las elecciones, como se observa en el Gráfico Nº 1,
muestran un panorama en donde
unos pocos partidos controlan el flujo electoral; no obstante, la situación es
diferente en los dos países donde la
democratización es más reciente que en Honduras y Costa Rica. En efecto, en
Guatemala y El Salvador resalta la
presencia de un partido fuerte frente a una cierta dispersión de fuerzas;
mientras que en Honduras y Costa Rica
el electorado se reparte fundamentalmente en dos partidos.
País Año Partidos
participantes
Guatemala(1) 1995 Partido de Avanzada Nacional
(primera vuelta) Alianza
Nacional(2)
Frente Democrático Nueva Guatemala
Frente Republicano Guatemalteco
Partido Libertador Progresista
Unión Democrática
El Salvador 1994 Alianza
Republicana Nacionalista
(primera vuelta) Coalición
integrada por el FMLN, la
Convergencia Democrática y el Movimiento
Nacionalista Revolucionario(3)
Demócrata Cristiano
Conciliación Nacional
Movimiento Auténtico Cristiano
Movimiento de Solidaridad Nacional
Movimiento de Unidad
Honduras 1993 Partido
Nacional
Partido Liberal
Partido de Innovación y Unidad
Partido Demócrata Cristiano de Honduras
Costa Rica 1994 Partido Liberación
Nacional
Partido Unidad Social Cristiana
Partido Fuerza Democrática
Partido Alianza Nacional Cristiana
Partido Unión Generaleña
Partido Nacional Independiente
Partido Independiente