Fecha/Date: 02/01/96
Resumen
El artículo analiza las condiciones que ambientan la consolidación
democrática en América Latina los síntomas y
consecuencias de la desinfección con el sistema de partidos, los costos del
ajuste macroeconómico y los obstáculos de la
modernización. Tras postular como condición imprescindible la estabilidad
política para sostener la modernización
difícil, advierte sobre los límites con que puede chocar en el contexto
político, a saber: la volatilidad del sufragio y las
candidaturas extraistémicas.
Transición a la democracia y crisis económica
La oleada de restauraciones democráticas en América Latina, en la década
de los años ochenta se produjo, con
la excepción de Chile, en momentos de grave crisis económica, lo que llevó en
buena lógica a muchos observadores a
preguntarse por la viabilidad de las nuevas o renacidas democracias. El sentido
común sugiere que la le-gitimidad de la
democracia exige un amplio consenso no sólo sobre las instituciones y reglas de
juego que la definen, sino también sobre
las decisiones políticas del gobierno de la transición. Si estas decisiones se
refieren a la administración de una situación
económica razonablemente estable, como ha sucedido en Chile, las posibilidades
de consenso son mayores que si se
requieren medidas de emergencia, frente a las que verosimilmente habrá grupos
sociales que se sentirán amenazados en
sus intereses y tratarán de obtener garantías institucionales de su protección,
dificultando un acuerdo mínimo para definir
instituciones y reglas de juego estables.1
Pero es que además, como ha señalado Remmer,2 una parte muy
significativa de los estudios
sobre América Latina de los últimos veinte años ha estado fuertemente influida
por la teoría de la dependencia y su
diagnóstico radicalmente pesimista sobre la viabilidad de la democracia en
sociedades dependientes. Desde esta
perspectiva de tenor político, sin una revolución como la cubana, era inevitable
la formación de regímenes fascistas o
ultraderechistas en la región. Según otras teorías, sin Estado burocrático-
autoritario no habría acumulación de capital en
la fase de asociación del capital nacional con el capital
trasnacional.3
El sentido común y buena parte de las ideas heredadas hacían inevitable,
en consecuencia, que las transiciones a
la democracia en América Latina se contemplaran con una combinación de
perplejidad y escepticismo.4
Cuando la crisis condujo a la progresiva generalización de políticas de ajuste
neoliberales, el escepticismo
creció considerablemente, extendiéndose la idea de que tales políticas, al
imponer una explosiva desigualdad social,
harán imposible la gobernabilidad democrática. Los estallidos sociales de
Rosario o de Caracas se vieron, desde esta
perspectiva, como los primeros síntomas de una tendencia que debería extenderse
al conjunto de la región.
Este pesimismo se vera reforzado en cierta forma por algunas de las ideas
más influyentes en los estudios sobre
la democracia. En efecto, dentro de la ciencia política ha existido hasta
nuestros días una fuerte corriente evolucionista
que prevé la aparición del gobierno democrático como culminación probable de un
proceso de desarrollo económico,
que debe llevar aparejado un proceso de modernización cultural y social. Desde
esta perspectiva resulta inevitable un
cieno escepticismo sobre las posibilidades de consolidación de democracias que
no nacen como culminación de un
proceso de desarrollo, sino en un contexto de profunda crisis económica, y cuyos
gobiernos toman medidas de ajuste
económico que erosionan o desmantelan los avances sociales de épocas
anteriores.
La idea podría formularse así: una política de redistribución regresiva de
la renta y recorte de las prestaciones
sociales puede ser relativamente soportable en sociedades en las que la
underclass representa una proporción
reducida de la población, un 20 o un 25%. Por eso las políticas neoconservadoras
serían tolerables en sociedades
relativamente igualitarias y en su conjunto ricas, como Gran Bretaña o Estados
Unidos. Pero en sociedades que ya
inicialmente son en extremo desiguales, y en las que los excluidos pueden ser
hasta la mitad o más de la población, las
políticas neoconservadoras solo pueden crear una situación socialmente explosiva
y políticamente insostenible.
Esta situación podría conducir en primer lugar a la generalización de
movimientos insurgentes o a la pura y
simple ingobernabilidad. Esta hip6tesis da por descontado que los sectores
sociales perjudicados por las políticas de
ajuste cuentan con recursos organizativos para emprender una acción colectiva
contra el Estado, o con recursos
normativos suficientes para deslegitimar las actuaciones de los gobiernos.
En realidad esas condiciones no son nada frecuentes: los sectores
marginales carecen normalmente de recursos
organizativos o normativos excepto (en algunos casos) a escala local. Y los
actores sociales tradicionales ven
erosionados sus recursos al desarticularse la matriz sociopolítica para la que
habían desarrollado sus estrategias y
patrones de antagonismo y negociación.5
El ejemplo más notable de amenaza contra un régimen democrático a
consecuencia de su política económica,
hasta hoy, ha sido la asonada golpista contra el presidente Carlos Andrés Pérez,
y en ella la clave son los cuadros medios
de las fuerzas armadas, que asumen el malestar de la clase media urbana (desde
luego, muy golpeada por el ajuste
económico) y cuentan con apoyo estudiantil y de ciertos sectores de izquierda.
Pero, aunque es posible que un golpe
populista fuera respaldado por sectores populares amplios, igual se trataría de
una reaparición del actor militar,
no de la aparición de nuevos sectores populares organizados en respuesta a
una política económica regresiva, ni
tampoco de una reacción de actores populares tradicionales.6
El razonamiento según el cual el ajuste neoliberal deberla conducir
automáticamente a la quiebra de la
democracia tiene un fuerte componente moral, que a menudo se presenta en la
forma de una definición de la democracia
como modelo de sociedad: una sociedad solo serla democrática si fuera
igualitaria y tendiera a su integración en torno a
valores sociales compartidos. A efectos análiticos, sin embargo, conviene
partir, por el contrario, de una definición
restringida de democracia procedimental, según la cual democracia quiere decir
designación de los representantes y
gobernantes mediante elecciones competitivas libres, en condiciones de libertad
de asociación, reunión y expresión.
Si partimos de esta definición restringida, podemos considerar como democrática
toda sociedad que cumple esas normas,
incluso si es profundamente desigual y carece de toda integración normativa, y
aunque desde el punto de vista moral
pueda aparecer como claramente injusta. Partiendo de esta premisa metodológica
se plantea, sin embargo, un problema
empírico: cuando se estudian las democracias realmente existentes, cuando se las
estudia comparativamente,
estadísticamente, se observan una serie de correlaciones que parecen asociar la
existencia de democracia con un cierto
grado de desarrollo económico y un peso significativo de la clase
media,7 y con niveles altos de
comunicaciones, de urbanización y de educación.8
Lo que es más importante: también se puede afirmar9 que existe
una fuerte correlación
negativa entre la estabilidad del régimen democrático y la existencia de
desigualdades sociales (de ingresos), y que el
factor clave para la estabilidad democrática no es tanto el grado de desarrollo
económico como la reducción de esas
desigualdades. Se diría entonces que, partiendo de una definición puramente
formal de democracia y prescindiendo de
cualquier contenido valorativo, hay razones para pensar que un factor que
condiciona la continuidad (y por tanto la
consolidación) de un régimen procedimentalmente democrático es el nivel de
desigualdad social.
La existencia de estas correlaciones ha motivado que, a partir de Lipset,
se hable de condiciones previas o
requisitos de la democracia. Llevada al extremo, esta idea conduce a suponer que
la aparición en una sociedad de los
rasgos que se definen como condiciones de la democracia sería la causa
de los procesos dc transición
a la democracia, lo que es un notable ejemplo de la confusión, señalada por
Elster,10 entre causación y
correlación. Parece más sensato admitir que estas correlaciones solo demuestran
que dadas ciertas circunstancias es más
probable la consolidación de la democracia, y que la explicación causal de las
transiciones a la democracia no puede
buscarse en la existencia de condiciones funcionales para su estabilidad.
El modelo más explícito en este sentido es el de Rustow,11 para
quien la transición a la
democracia se pone en marcha cuando las élites (o una parte sustancial de ellas)
deciden adoptar reglas de juego
democráticas para defender sus intereses, ante la ausencia de mejores
alternativas.12 Esto es, ante el
fracaso de otras reglas de juego (autoritarias o excluyentes) que han
desembocado en situaciones de empate catastrófico,
o ante el riesgo de colapso social o ingobernabilidad, la democracia aparece
ante las élites como la segunda mejor
opción. En otras palabras, el comienzo de la transición a la democracia no
depende de que se hayan alcanzado las
supuestas condiciones de su existencia, ni de que los valores democráticos se
hayan difundido entre los ciudadanos: ni
siquiera entre las élites.
Puede aceptarse que unas élites que no han interiorizado en absoluto los
valores democráticos sean quienes
pongan en marcha la transición si creen estar en condiciones de defender sus
intereses bajo reglas de juego democráticas
-y si, en ausencia de tales reglas, se elevan desmesuradamente los costes dc sus
conflictos internos o los costes de su
enfrentamiento con el conjunto de los sectores sociales excluidos-. A partir de
un determinado momento, por puras
razones de agotamiento de otras posibilidades, o de progresiva elevación del
precio de esas posibilidades, las élites
encuentran un acomodo democrático como lo más conveniente para sus intereses, y
solo después, por un proceso de
reducción de la disonancia cognoscitiva, puede que interioricen los valores
democráticos.
Sin embargo, si las élites deciden entrar en el juego democrático pero no
existe una cultura política
democrática, es muy posible que un cambio menor de las circunstancias sociales o
económicas pueda llevar a romper el
juego a alguna de las partes. Por consiguiente, se diría que la existencia de
una cultura política democrática es un
requisito más para la consolidación de la democracia. Si no existe un cierto
consenso sobre la bondad de la participación
electoral, sobre la aceptación de los resultados de las elecciones, y en
general, sobre el mantenimiento de las reglas del
juego democráticas como legítimas, cabe siempre el temor de que una o más de las
partes decidan salir del juego y
llamar a la puerta de los cuarteles pensando que asi pueden obtener mejores
resultados para sus intereses que
manteniéndose en el marco del juego democrático.
Debemos analizar entonces varios problemas. Partimos de que la hipótesis
de ingobernabilidad o de insurgencia
como respuesta de los perjudicados por el ajuste no puede generalizarse, sino
que a lo sumo debe manejarse para
situaciones específicas. Pero queda abierta la pregunta de en qué medida los
costes del ajuste pueden poner en peligro el
consenso sobre las reglas de juego democráticas, es decir, en qué medida la
democracia sobrevive como resultado de un
acuerdo social o, simplemente, por la ausencia de posibilidades alternativas
(carencia de recursos organizativos de los
potenciales insurgentes, por ejemplo). En el primer caso podrá hablarse de
consolidación democrática en medio de la
crisis social; en el segundo solo podremos hablar, a lo sumo, de equilibrio
democrático inestable.
En segundo lugar, es preciso analizar los resultados de la democracia,
para ver si los nuevos
regímenes democráticos logran crear las condiciones sociales y económicas que
los estudios ya editados correlacionan
empíricamente con la estabilidad de la democracia. En este segundo aspecto habrá
que distinguir entre políticas a corto
plazo, impuestas por la urgencia de la crisis económica y con escaso margen de
maniobra, y orientación de las políticas a
medio y largo plazo: la discusión de las políticas neoliberales deberá
centrarse, precisamente, en su orientación y sus
resultados a mediano plazo.
Consolidación democrática y desafección política
El principal rasgo de inestabilidad de la cultura política en las nuevas
democracias latinoamericanas parece ser,
paradójicarnente, el mismo que afecta a algunas de las democracias consolidadas
de Europa occidental y Estados
Unidos, y que aparece en forma extrema en las nuevas democracias de Europa
oriental. Este rasgo es la baja
identificación de los ciudadanos con los partidos políticos realmente
existentes, incluso si muestran en conjunto
opiniones altamente favorables a la democracia y sus instituciones. Este
fenómeno de desidentificación con el sistema de
partidos va acompañado de una desconfianza global respecto a la eficacia de la
acción política: lo que se suele describir
como desafección.13
Los síntomas de esta desidentificación con el sistema de partidos
varían según las características del
régimen político y, en especial, la mayor o menor institucionalización de los
partidos y el grado de consolidación de la
democracia. En sistemas de partidos poco institucionalizados cabe esperar de
entrada una baja identificación, que puede
reflejarse en una tendencia a la fragmentación del voto: Polonia es un buen
ejemplo, con 29 partidos representados en la
Sejm tras las elecciones de octubre de 1991, ninguno de los cuales obtuvo más de
un 13% del voto. Pero, además de esta
baja identificación del electorado con opciones partidarias concretas, se
aprecia en los sistemas poco institucionalizados
un rápido deterioro de la imagen de los partidos.14
En sistemas más institucionalizados, la desafección política se refleja en
altos porcentajes dc indecisión y de
abstención y, en ocasiones, en una rápida volatilidad del apoyo electoral, de la
que es buen ejemplo la erosión del voto
radical en Argentina, desde el 50% obtenido en las elecciones presidenciales de
1983, pasando por la consolidación
relativa en las parciales de 1985 y el retroceso en las de 1987 (caída del 43 al
37%), hasta el 36% en las presidenciales de
1989. Esta volatilidad parece asociada a una temporalidad acelerada (rápidos
deterioros de la situación económica, con
percepción de una baja eficacia de las políticas) e implica un consumo
veniginoso de las opciones políticas disponibles,
lo que conduce a otro síntoma: el auge de las candidaturas y listas
extrasistémicas.
Collor de Mello en Brasil, Fujimori en Perú, Tyminski en Polonia o Perot
en Estados Unidos: la ausencia de
programa y de partido organizado detrás de estas opciones personalizadas
(propias de regímenes presidencialistas) y
ganadoras en los dos casos latinoamericanos, remite casi inevitablemente a las
experiencias de liderazgo populista. El
auge de la Liga Lombarda en Italia, de los republikaner y la DVU en
Alemania o del Frente Nacional en
Francia serían ejemplos, por otra parte, de la búsqueda por el electorado de
alternativas a los partidos tradicionales en
sistemas parlamentarios o semipresidencialistas.
Las consecuencias de la desafección política varían no solo en
función de las formas en que esta se
expresa, sino también de la coyuntura política y económica. lndependientemente
de que las estructuras económicas de
partida (grado de estatalización de la economía) sean muy diferentes, parece
necesario aceptar que en Europa oriental y
América Latina, el final de los años ochenta ha venido marcado por 18 necesidad
de una reforma económica radical que
implica profundos cambios en las expectativas y estrategias de los actores
sociales. Esto es algo que afecta tanto la
gobernabilidad como la recuperación de la economía: los gobiernos deben ofrecer
una imagen de estabilidad de sus
políticas para crear un suficiente nivel de confianza en las nuevas reglas de
juego. Sin ese nivel de confianza no habrá
inversiones ni los ciudadanos seguirán pautas previsibles de ahorro y
consumo.
Ahora bien, la rápida erosión del apoyo electoral de los gobernantes, o la
fragmentación parlamentaria, con la
posibilidad de cambios en las coaliciones de gobierno, significan un alto riesgo
de inestabilidad de las políticas públicas.
En esa situación es casi inevitable que los ciudadanos desconocen de reformas
económicas que pretenden fijar unas
reglas de juego nuevas y definitivas. Es difícil que un inversor se tome en
serio (hasta el punto de hacer inversiones
productivas) una política económica de la que sospeche que pueda cambiarse seis
meses o un año después, en función de
resultados electorales o de un cambio de alianzas en el Parlamento.
Pero además las reformas sociales y económicas en profundidad exigen una
mínima fe del conjunto de los
ciudadanos (y no solo de los inversores) en la estabilidad de las nuevas reglas
de juego. El particularismo, el
acaparamiento o la especulación monetaria de los pequeños ahorradores (los
ciudadanos de a pie) pueden hacer
naufragar una reforma económica a corto plazo, si se extiende la sospecha en que
las reformas pueden no ser definitivas,
sino verse a su vez reformadas a corto plazo. Esta es la experiencia
latinoamericana:
Cuanto más profunda y más larga la crisis, y cuanto menor la
confianza en que el gobierno será
capaz de resolverla, más racional se torna para todos actuar 1) en niveles
altamente disgregados,
especialmente con relación a los órganos del Estado que pueden ayudar a resolver
o aliviar las
consecuencias de la crisis para un determinado grupo o sector: continúan una
mayor desarticulación
y debilitamiento -y corrupción- del aparato del Estado; 2) con horizontes
temporales extremadamente
cortos; y 3) con el presupuesto de que todos los demás harán lo
mismo.15
La inestabilidad del apoyo a los gobiernos, consecuencia de la
desidentificación política, crea desconfianza en
los ciudadanos sobre la continuidad de las reformas y, de manera automática,
reduce fatalmente sus posibilidades de
éxito. Pero no solo las políticas, sino las propias instituciones democráticas
pueden verse en peligro, especialmente en
regímenes presidencialistas donde el presidente no ve reflejada en el Parlamento
la mayoría que le permitió acceder al
Ejecutivo, por ser un candidato extrasistémico (Fujimori en Perú) o porque su
pérdida de credibilidad le priva de apoyo
en elecciones parciales.
Sin duda, el caso de Perú es ejemplar: confrontado a la vez a un
terrorismo a la ofensiva y a un Parlamento que
critica sus actuaciones, en una situación en que un durísimo plan de ajuste
deteriora fuertemente los niveles de vida,
Fujimori encuentra un chivo expiatorio en el particularismo de los partidos
parlamentarios. Cambio 90, el
movimiento que le ha dado la presidencia, es minoritario dentro de la lógica
perversa que puede dar la mayoría (en un
sistema presidencialista) a un candidato sin respaldo en el sistema de partidos.
Culpando a los partidos de ocuparse tan
solo de sus propios intereses y de olvidarse de los grandes problemas
nacionales, y combinando esta acusación con un
cieno clamor popular contra la corrupción judicial, el presidente plebiscitario
(46,5% de los votos populares en la
segunda vuelta) se enfrenta a las instituciones democráticas y las desmantela en
abril de 1992, con el respaldo del
ejército.
Se puede pensar que Perú constituye un caso limite, por la profundidad de
la crisis económica y social, por la
propia segmentación de la sociedad que ha permitido el auge de un fenómeno
terrorista como Sendero Luminoso. Pero
aun asi es un ejemplo de los riesgos para la institucionalidad democrática que
se derivan de la desidentificación social
con el sistema de partidos. A partir de aquí, sin embargo, es posible plantear
dos tipos de razonamiento.
El primero, cuyo mejor exponente es Linz,16 hace hincapié en la
ingeniería política para
sostener que el parlamentarismo es preferible al presidencialismo: si se
comparan los limitados daños causados por la
desidentificación política en regímenes parlamentarios o semipresidencialistas,
como Alemania o Francia, con el salto en
el vacío peruano, se debe admitir la racionalidad del argumento de Linz.
El segundo razonamiento, presentado por O'Donnell,17 es más
provocativo, porque combina
presidencialismo y cultura política caudillista para explicar no solo la
aparición de lo que él denomina democracias
delegativas, sino también la ineficacia de las reformas económicas en
América Latina. Su idea parece ser que la
ausencia de tradiciones de responsabilidad (accountability) vertical,
ante el electorado, y horizontal, ante el
Parlamento y las restantes instituciones del Estado, convierte a los ejecutivos
en poderes plebiscitados y ajenos a la
tradición de la democracia republicana (representación más responsabilidad).
Esto es bastante razonable: lo discutible es lo que conlleva. Para
O'Donnell, la irresponsabilidad de los
ejecutivos conduce a una sucesión convulsiva de planes de choque que hacen
inviable la reforma económica, mientras
que la accountability de gobiernos como el uruguayo o el chileno (tras la
restauración de la democracia)
explicarían sus superiores resultados económicos. Este razonamiento ignora los
buenos resultados obtenidos por
gobiernos con fuerte autonomía y casi completa carencia de accountability,
como la dictadura en Chile en la
época de Buchi o el régimen mexicano de partido de hegemonía estatal en tiempo
de Salinas.
Pero, sobre todo, este razonamiento ignora lo que puede ser un punto
central: la necesidad de emprender giros
de 180 grados en la política económica en la situación de los países
latinoamericanos en los años ochenta. Sin la quiebra
de la matriz de centralidad estatal18 no se explican ni los procesos
de ajuste ca6tico ni los radicales
cambios de expectativas de los actores sociales en la renacida democracia
chilena o en el México de los noventa. Los
ajustes ca6ticos o la sucesión de paquetes económicos en Brasil o
Argentina no solo son resultado de una mala
institucionalidad política, sino también de un cambio de reglas de juego
internacionales frente al que los diferentes
gobiernos deben tratar de introducir nuevas reglas de juego en la regulación
económica interna, entre los actores sociales
y el Estado, pues el mantenimiento de las viejas reglas sólo conduce a la
quiebra colectiva.19
La matriz de acumulación social centrada en el Estado había hecho a los
actores sociales, patronal y sindicatos,
dependientes del Estado. Había sometido a este a la capacidad de veto de
aquellos y privado al sistema político de la
capacidad de intermediación general que caracteriza a las democracias
consolidadas, manteniendo la intermediación de
intereses a un nivel particularista que es incompatible con cualquier
accountability que vaya más allá del puro y
simple delivering the goods, de dar a cada sector de intereses lo que
espera obtener.20
La institucionalidad presidencialista y la cultura política caudillista no
favorecen la salida del círculo vicioso de
la vieja matriz sociopolítica, pero la necesidad de romper el círculo conduce a
una búsqueda de autonomía de los
ejecutivos que puede potenciar los peores aspectos de esa institucionalidad y de
esa cultura política: el secretismo y el
decretismo del poder ejecutivo, su aislamiento tecnocrático frente a las
demandas sociales, un autoritarismO plebiscitado
y una irresponsabilidad que fácilmente pueden abrir la puerta a la corrupción.
Parece necesario admitir, por tanto, que el
problema no es solo de institucionalidad y cultura política, sino que también es
preciso hacerse cargo de una coyuntura
excepcional: el fin de un régimen social de acumulación, de fuerte centralidad
estatal, que en muchos países se ha
prolongado desde la segunda guerra mundial hasta los años ochenta.
Si se admite que el problema es doble, conviene analizar la situación del
sistema de partidos en un doble
sentido: su nivel de institucionalización y su repertorio de estrategias. Frente
a la tentación habitual de culpar de la
inestabilidad de las democracias latinoamericanas a la débil
institucionalización de sus partidos, se puede argumentar que
entre los años sesenta y los ochenta esta institucionalización ha
progresado.21 Lo que no se puede
sostener, sin embargo, es que ello baste para mantener los niveles de
identificación social con los partidos.
La cuestión puede no ser que en América Latina la tradición del
caudillismo populista mantenga a los partidos
en un bajo nivel de institucionalización, aunque la herencia de esa tradición no
haya dejado de pesar, sino que la
centralidad estatal haya dado a los partidos un papel de intermediación
particularista que ya no pueden cumplir con éxito,
y que ello, en ausencia de tradiciones de legitimidad procedimental de la
democracia, pueda ser la base de un
proceso de deslegitimación de los partidos como instituciones. Ahora bien, eso a
su vez nos remite a dos problemas
distintos. El primero es la peculiar combinación de clientelismo y
oligarquización que caracteriza a muchos
sistemas políticos en América Latina. El segundo problema, general a
todos los sistemas democráticos, es el de
la pérdida de identidad colectiva que supone la modificación de comportamientos
estratégicos de los partidos
constituidos o tradicionales.
El primer problema es un lugar común y, aunque su importancia sea muy
grande, puede ser tratado con rapidez
en función de su propia evidencia. El vínculo clientelar permite al
representante ciertas libertades (enriquecerse
de forma ilegítima, manejar el sufragio en su propio interés), siempre que
garantice al representado la defensa de sus
intereses. Si las reglas de juego cambian, si el representado ya no obtiene lo
que espera, los representantes (su partido)
aparecen de pronto en su aspecto más negativo: individuos corruptos y
enriquecidos gracias a la plítica, que no
comparten los sacrificios que exigen a sus representados, se mueven en un
ambiente privilegiado por su nacimiento o por
su trayectoria política e ignoran la realidad social. Lo menos que se puede
esperares que la identificación partidaria
desaparezca y que predominen las conductas individuales, los ejemplos
individuales por encima de las etiquetas de
partido. Eso favorece las candidaturas individuales y las coaliciones
extrasistémicas y disminuye la gobernabilidad.
Aparentemente, este primer problema se reduce a una cuestión de ejemplaridad y,
en último término, de relevo
generacional dentro de los partidos. Pero las cosas son más complejas si
observamos que, incluso en las democracias
consolidadas y en las que el clientelismo es una realidad marginal, se presenta
un problema análogo: la incapacidad de
los representantes para ofrecer los resultados esperados por los representados
cuando cambian las reglas de juego
del modelo de acumulación. Si los representantes no garantizan los
resultados, la identificación partidaria se
quiebra, y los representados no sólo pierden una identidad política, sino los
propios mapas
cognitivos22 que permitan interpretar la realidad social y
definir sus apuestas frente a ella.
En esas condiciones, un militante comunista francés puede pasar a votar al
Frente Nacional de Le Pen, un
profesional italiano de ideas progresistas puede votar a la Liga Lombarda y un
votante norteamericano, demócrata o
republicano de toda la vida, puede votar a Perot. No es una cuestión que se
pueda reducir a las limitaciones
institucionales de los partidos, sino que nos remite a su incapacidad para
ofrecer los resultados esperados por los
afiliados y los electores o, lo que es lo mismo, al agotamiento del repertorio
tradicional de estrategias de estos partidos y
a su necesidad de ensayar, por prueba y error o por la experiencia de partidos
afines, estrategias nuevas. Ellas pueden
suponer, en términos de la teoría de juegos, una matriz de pagos nueva en
que la maximización de los intereses
sociales suponga dañar seriamente los intereses de la base tradicional del
partido o de sus sectores más
organizados.23
La cuestión no es simplemente que los electores de un partido se sientan
agraviados cuando este cambia sus
estrategias y deja de ofrecerles los resultados esperables. Es más profunda: los
electores pierden la capacidad para
interpretar el mundo que la identificación con el partido les ofrecía. Ya no
existen dos campos de interés, en uno de los
cuales se encuentran el elector y el partido. A menos que el partido logre
traducir su cambio de estrategia como una
apuesta diferida por los mismos intereses, o que, más difícil todavía, pueda
presentar al elector su estrategia como una
apuesta diferente pero de la que se derivarán ventajas nuevas para el elector,
este se sentirá no sólo traicionado, sino
incapaz de comprender los conflictos de interés que le afecten. No cabrá
sorprenderse de que opte por apoyar opciones
contradictorias con su anterior identificación partidaria, si estas opciones le
remiten a una identidad prepolítica
que aún logra mantener.24
Si este diagnóstico es correcto, nos enfrentaríamos a una crisis global de
los sistemas de representación política,
más allá de los niveles de institucionalización o de la madurez de las
culturas políticas nacionales. Estas serían
variables, como el régimen político, presidencialista o parlamentario, o el
sistema electoral,25 que
afectarían los resultados perceptibles de la crisis, pero su dimensión última
sería más general y tendría que ver con una
crisis del modelo de acumulación de la posguerra. Los cambios en este modelo,
desde el primer choque del petróleo
hasta el colapso del bloque soviético en 1989-91, pasando en América Latina por
la crisis de la deuda desde 1982, han
roto las estrategias tradicionales de los actores sociales y políticos, y al
conducir a una frustración recurrente de los
representados producirían su desidentificación respecto a los partidos e
instituciones de representación de intere-
ses.26
En este sentido, la situación de la segunda mitad de los años ochenta
remite en la memoria a la crisis política de
entreguerras, y por ello puede ser bueno recordar que aquella crisis no supuso
el fin de la democracia representativa,sino
un salto cualitativo (aunque dramático y sangriento en su nacimiento: la segunda
guerra mundial contra, los fascismos)
hacia la democracia de masas y el modelo socialdemócrata de sociedad. La versión
norteamericana de este modelo
perdió, a finales de los años sesenta, su base política, la coalición
keynesiana27, y dio paso a
hegemonía neoconservadora que, precisamente ahora, parece haberse cerrado con la
elección de un presidente
demócrata. Puede ser el comienzo de un nuevo ciclo socioeconómico y también de
una redefinición de los vínculos de
representación partidaria.
Democracia y neoliberalismo
Las políticas neoliberales deben analizarse entonces desde dos ángulos: en
primer lugar es preciso tratar de
explicar el hecho de su generalización (con pocas excepciones) en los países que
atraviesan procesos encadenados de
transición a la democracia y de reforma económica. En segundo lugar, deberemos
estudiar sus resultados sociales y
económicos inmediatos y las consecuencias previsibles de su mantenimiento a
medio plazo.
La lógica de la generalización del neoliberalismo tiene varios aspectos.
El primero; y más mencionado, es la
hegemonía del neoliberalismo en Estados Unidos y Gran Bretaña durante los años
ochenta y el espectacular crecimiento
de las economías de estos países a mediados de la década, precisamente cuando,
bajo la presión de la crisis de la deuda,
se comienza a hacer indiscutible la necesidad de un cambio radical de rumbo para
las economías latinoamericanas. La
influencia académica y política de las instituciones de los países centrales,
los -en apariencia- excelentes resultados de
las política neoliberales y la caída del anterior modelo de industrialización
protegida para el mercado interno (con el
inevitable vacío de ideas que esta caída crea en las élites dirigentes
latinoamericanas), explicarían la masiva importación
del nuevo producto ideológico.
Ahora bien, esta es solo una parte de la realidad. Otra parte -y muy
importante- es la carencia de alternativas de
política económica a que se enfrentan esas élites dirigentes, a consecuencia del
mismo mantenimiento del modelo
anterior, casi una década después de que este hubiera alcanzado sus límites de
viabilidad. Se puede
argumentar28 que el modelo de industrialización sustitutiva (o la
matriz de centralidad estatal, si se
prefiere la terminología de Cavarozzi) sobrevive en una década a su tiempo a
causa del doble vínculo de dependencia
recíproca que crea entre el Estado y los actores sociales nacidos de la
intervención estatal en la
economía.29
En efecto, en muchos de los países de industrialización temprana de
América Latina, la industrialización
protegida para la sustitución de importaciones ha creado actores sociales
populares y de clase media de los que depende
la legitimidad del Estado, a la vez que estos actores solo pueden sobrevivir si
las políticas públicas mantienen la
protección del mercado interno y niveles de salarios y prestaciones sociales que
no corresponden a la capacidad
productiva ni a la competitividad de las correspondientes economías nacionales.
El modelo no puede cambiarse porque
esto supondría afectar el núcleo social de la legitimidad estatal,30
y por ello se le intenta mantener
(recurriendo al endeudamiento externo), hasta el momento en que los cambios en
la política norteamericana y la crisis de
la deuda lo hacen saltar en pedazos.
Llegado este momento (a mediados de los años ochenta), las élites de
América Latina importan masivamente la
ideología neoliberal. La razón es muy obvia: se trata de revestir la necesidad
de virtud. Estados endeudados, incapaces de
mantener los anteriores niveles de gasto público o de financiar las pérdidas de
las empresas públicas, buscan legitimar su
bancarrota afirmando que el camino a la eficiencia y crecimiento pasa por las
privatizaciones y la reducción del gasto.
Carente de margen de maniobra (en tiempo y recursos)31 para
reconvertir el sector público de la
economía y racionalizar tanto las prestaciones y servicios sociales como la
Administración, el Estado deja caer la
sociedad civil que él mismo ha creado, intentando recuperar de esta forma algún
grado de libertad. Si el neoliberalismo
no hubiera existido, habría sido preciso inventarlo.
De hecho, es el agotamiento de las estrategias estatales tradicionales lo
que explica que los gobiernos puedan
introducir planes de ajuste de alto coste social y mantener su respaldo
electoral: los fracasos de los planes de
estabilización y las experiencias de ajuste ca6tico dejan como herencia una
insoportable hiperinflación. Los planes
neoliberales de ajuste imponen altos costes en términos de desempleo y caída del
nivel de vida, pero si consiguen frenar
la inflación reconstruyen al menos un mínimo horizonte temporal de certidumbre,
mientras que los costes son algo
previsible por la larga experiencia de derrumbamiento de la economía. Lo malo se
daba por descontado, y lo bueno, por
poco que sea, supone un gigantesco alivio.
Parece obvio que eso es lo que explica la consolidación del menemismo en
las elecciones de 1991 en
Argentina. El problema es saber si el consenso que obtienen a como plazo los
planes de ajuste puede mantenerse a medio
plazo. Dicho de otra forma: una relativa estabilidad de los precios es un gran
logro tras una etapa de hiperinflación, pero
si la estabilidad se hace algo habitual, los ciudadanos, previsiblemente,
querrán recuperar el poder adquisitivo perdido y
esperarán medidas de redistribución que pueden no ser compatibles con la lógica
del modelo.32
Conviene tener en cuenta que de las expectativas sociales dependen también las
demandas.33
La experiencia de los años setenta demostró que, frente a una creciente
internacionalización de las economías,
la protección del mercado interno era insostenible y, por consiguiente, que un
país no podía permitirse niveles salariales
y de prestaciones sociales superiores a su productividad y competitividad
reales. Pero la experiencia de los años ochenta
parece haber demostrado que el modelo neoliberal de Estado mínimo reduce
la productividad y la
competitividad. Es una cuestión demasiado amplia y demasiado próxima para poder
tratarla con precisión, pero algunos
rasgos se pueden apuntar, aunque solo sea como hipótesis, especialmente a partir
del estancamiento de la economía
norteamericana que ha llevado a Bill Clinton a la presidencia.
La insuficiente inversión pública en infraestructuras y en educación, en
la actual economía mundial, significa
elevación de los costes de transacción y disminución de la cualificación de la
fuerza de trabajo, a la vez que conduce a
perder terreno en el campo tecnológico. El Estado tiene por tanto que asumir un
papel en estos campos para evitar una
caída de la competitividad. Por otra parte, una creciente polarización en la
distribución de la renta no crea una demanda
estable que garantice el dinamismo del mercado interno: Keynes está muy vivo en
este aspecto. Por último, la reducción
de los impuestos puede reactivar el consumo de las clases medias y altas, pero
en ausencia de iniciativas públicas no se
traduce necesariamente en inversión: Laffer está gravemente enfermo, si no
muerto.
Las consecuencias son sabidas: sin incremento estable de la inversión
privada, y con una demanda interna
dependiente de los ingresos de las capas más altas, solo pueden impulsar el
crecimiento económico el consumo privado
generado por los recortes impositivos y el consumo público (la inversión en
armamentos de la presidencia Reagan). Pero
el efecto combinado puede ser solo déficit público (más gasto y menos impuestos)
y déficit comercial (más
importaciones para el consumo privado sin un aumento correspondiente de las
exportaciones por la pérdida comparativa
de competitividad).
Si este es (y parece ser) el balance de doce años de neoconservadorismo en
Estados Unidos, el horizonte previsible para
una gestión neoliberal en América Latina debería ser más oscuro y más próximo.
Sin una rápida recuperación de la
capacidad estatal, más allá de la autonomía inmediata obtenida con el recorte
del sector y el gasto públicos, los resultados
económicos pueden deteriorarse rápidamente y, lo que es más importante, por
razones estructurales: pérdida de
competitividad y caída del capital humano. A la vez, las presiones sociales para
una mejor distribución de la renta
pueden crear en los gobiernos tentaciones populistas de relanzar el gasto sin
base fiscal ni productiva, repitiendo la
experiencia norteamericana con Reagan en una situación mucho más frágil, marcada
aún por la experiencia de la
industrialización protegida y la concepción populista del Estado.
Parece evidente, entonces, que las políticas neoliberales, por más que
hayan logrado imponerse a consecuencia
de la falta de margen de actuación de los Estados, no pueden mantenerse a medio
plazo sin graves riesgos. La alternativa
sería reconstruir el Estado, una "Estado eficiente, delgado pero
fuerte",34 capaz de invertir en
infraestructuras, sanidad y educación, capaz de fomentar a la vez la
competitividad y la reducción de las desigualdades.
Paradójicamente, el desmantelamiento de la matriz de centralidad estatal ha dado
a muchos Estados latinoamericanos los
grados de libertad precisos para emprender este proceso, al eliminar una
estructura de gasto público que imposibilitaba la
eficiencia del Estado.
Pero la eficiencia no solo exige la eliminación de las ligaduras
anteriores, sino también la obtención de nuevos
recursos. En este sentido, la creación de sistemas fiscales modelos sería la
condición fundamental de una nueva
capacidad estatal para modernizar la economía y la sociedad. Se trataría de
pasar de la fase fácil de la
modernización, en la que el neoliberalismo ha proporcionado el discurso
legitimador, a la modernización difícil,
que implica una verdadera cultura empresarial, responsabilidad fiscal e
inversión productiva. Para buena parte de
las clases capitalistas latinoamericanas, este puede ser el verdadero choque.
El principal obstáculo para este cambio no tiene por qué ser la inercia de
la ideología neoliberal: la
nueva presidencia norteamericana puede ocasionar una milagrosa conversión de las
élites latinoamericanas en este
terreno, especialmente cuando los propios efectos de la estabilidad monetaria
exijan ir más allá de las políticas de ajuste.
El verdadero obstáculo podría ser, en cambio, la crisis de las identidades
políticas que afecta a buena parte de América
Latina: pues el salto a la fase difícil de la modernización requiere
estabilidad política (y no solo monetaria) y cierto
consenso social que asegure la continuidad de las políticas económicas. Sistemas
políticos afectados por una llamativa
volatilidad del sufragio y plagados de candidaturas extrasistémicas no parece
que puedan ofrecer esa estabilidad y ese
consenso.
Pero quizá tampoco en este punto convenga ser demasiado
fatalistas. En Estados Unidos, las mismas elecciones que
han visto el auge de la candidatura de Perot han
registrado un muy notable aumento de la participación, y
es posible que el voto de las mujeres, los jóvenes y las
minorías haya decidido el cambio de gobierno. Puede que
solo sea un ejemplo más de nuestra vieja inclinación a
suponer que Estados Unidos nos indica el camino de
nuestro propio futuro, pero cabe imaginar que, una vez
que se hagan perceptibles los límites del
neoliberalismo, también en nuestros países tenderán a
reconstruirse las identidades políticas, y que habrá
espacio para la consolidación de proyectos políticos que
combinen modernización y solidaridad.
* Politólogo español, director de la Revista Zona Abierta,
investigador del Instituto de Estudios Sociales
Avanzados, Centro Superior de Investigaciones
Científicas (Madrid).
(1) Sobre la necesidad de que los diversos actores renuncien a
garantizar
de antemano los resultados del juego democrático, véase A. Przeworski:
Democracy and the market: political and economic reforms in Eastern
Europe and Latin America, Cambridge, Bambridge University Press,
1991. La Constitución brasileña es un ejemplo del intento de fijar
reglas de juego que ofrezcan garantías (contradictorias) a todos los
intereses en conflicto.
(2)K. L. Remmer: "New winw or old bottlenecks? The study of Latin
American
democracy", en Comparative Politics, no. 23. 1991. pp. 479-495
(3)G.O'Donnell: "Reflections on the patterns of change in the
bureaucratic-authoritarian state", en Latin American Research
Review, no. 12, 1978, pp. 3-38; D. Collier: "The Bureaucratic-
authoritarian model: synthesis and priorities for future research",
en D. Collier (comp): The new authoritarianism in Latin America,
Princeton, Princeton University Press, 1979, pp. 363-397.
(4) Resulta sintomático que quienes dentro de la comunidad académica
apostaron a la carta de la democracia, lo hicieran abandonando la
problemática de la dependencia y desplazando sus intereses de la
sociología estructural a la teoría política normativa: Véase N.
Lechner: "De la revolución a la democracia", en Los patios
interiores de la democracia: subjetividad y política, México ,
Fondo de la Cultura Económica, 2da ed., 1990, pp. 17-38, y A.
Flisfisch: "Democeacia y pensamiento social latinoamericano", en La
política como compromiso democrático, Madrid, Centro de
Investigaciones Sociológicas, 2da ed. 1991, pp. 1-9.
(5) M. Cavarozzi: "Más allá de las transiciones a la democracia en
América
Latina", en Revista de Estudios Políticos, no. 74, 1991, pp.
85-111; L. Paramio: "El final de un ciclo y la crisis de unos actores:
América Latina entre la década de los 90", en Revista de Estudios
Políticos, no. 74, 1991, pp. 131-143; M. A. Garretón y M.
Espinosa: "¿Reforma del Estado o cambio en la matriz sociopolítica? El
caso chileno", ponencia presentada en el IV Congreso Chileno de
Sociología, Santiago, 1992.
(6) Venezuela representa además un caso excepcional por la falta de
memoria reciente de una dictadura: es más fácil pensar en el recurso
al actor militar en países en los que existe el recuerdo próximo de
represión autoritaria.
(7) S. M. Lipset: " Some social requisites of democracy: economic
developmenty and political legitimacy", en American Political
Science Review, no. 53, 1959, pp. 69-105.
(8)P. Cutright: "National political development: measurement and
analysis", en American Sociological Review, no. 28, 1963, pp.
253-264.
(9)E. N. Muller. "Democracy, economic development, and income
inequality",
en American Sociological Review, no. 53, 1988, pp. 50-68.
(10)J. Elster: Explaining tecnical change, Cambridge, Cambridge
University
Press, 1983 (El cambio tecnológico: investigaciones sobre la
racionalidad y la transformación social, Barcelona, Gedisa, 1990)
(11)D. A. Rustow: "Transition to democracy: towards a dynamic model",
en Comparative Politics, no. 2, 1970, pp. 337-363.
(12)Esta definición puramente procedimental de la democracia, y la
concepción de la transición a la democracia como resultado de un
acuerdo entre elites, constituyen lo que propone Di Palma como una
perspectiva minimalista (G. Di Palma: To craft democracies; an
essay on democratic transitions, Berkeley, University of
California Press, 1990). Sobre los acuerdos entre elites en los
procesos de consolidación democrática, véase J. Higley y R. Gunther
(comps,): Elites and democratic consolidation in Latina America and
Southern Europe, Cambridge, Cambridge University Press, 1992.
(13) Aunque la desafección remite a una crisis global del sitema
político,
el fenómeno de desidentificación partidaria es en realidad una
cuestión clásica de la sociología electoral (véase V. O. Key: "A
theory of critical elections", en Journal of Politics, no. 17, 1955,
pp. 3-18), y tampoco es nueva la sensación de los observadores de
estar asistiendo a un proceso imparable de la dealignment (R. J.
Dalton, S. C. Flanagan y P. A. Beck (comps.): Electoral change in
advanced industrial democracies: realignment or dealignment?,
Princeton, Princeton University Press, 1984).
(14) Véanse, respectivamente, los casos de Brasil (J. A. Moisés:
"Democratizacao e cultura política de masas no Brasil", en Lua Nova,
no. 26, 1992, pp. 5-51) y Polonia (M. Cline: "Political parties and
public opinion in Poland", en RFEIRL Research report, vol. 43, no. 1,
30.10.1992, pp. 66-69). En Brasil entre 1988 y 1990, quienes
consideran que los partidos políticos son inútiles o dificultan la
participación pasan del 39 al 57% de los encuestados. En Polonia,
entre octubre de 1991 y abril-mayo de 1992, suben del 14 al 39%
quienes culpan a los partidos de la inestabilidad política.
(15) G. O'Donnell: "¿Democracia delegativa?", en cuadernos del
CLAEH, no. 61, 1992, pp. 5-20.
(16) J. J. Linz: "Democracia: presidencialismo o parlamentarismo ¿hace
alguna diferencia?", en O. Godoy (comp,): Hacia una democracia
moderna: la opción parlamentaria, Santiago, Universidad Católica
de Chile, 1990, pp. 43-108.
(17)O´Donell: "¿Democracia delagativa?", art. Cit.
(18)Cavarozi: art. cit
(19)Paramio: art, cit.
(20)M. Cavarozzi: "La política, clave del largo plazo latinoamericano",
ponencia presentada en el XVII Congreso de LASA, Los Angeles, 23-27 de
setiembre de 1992,
(21)R. H. "Democratización and the institutionalization of Latin
American
political parties", en Comparative Political Studies, no. 24,
1992, pp. 488-511.
(22)N. Lechner: art, cit.
(23) La mayor o menor capacidad para introducir nuevas estrategias
depende,
lógicamente, del peso organizativo dentro de los partidos de los
grupos más afectados por el abandono de las anteriores. Sobre los
cambios estratégicos de la socialdemocracia europea en los años
ochenta véase T. A. Koelbe: "Recasting social democracy in Europe: a
nested games explanation of strategic adjustement in political
parties", en Politics and Society, no. 20, 1992, pp. 51-70, y sobre el
problema más general, G. Tsebelis: Nested games: rational choice in
comparative politics, Berkeley, University of California Press,
1990.
(24)Esta es probablemente la explicación del auge de la xenofobia, el
nacionalismo y el racismo, en toda Europa y sobre todo en el Este,
tras la crisis global de las identidades políticas a finales de los
años ochenta. otra cuestión es que por parte de los dirigentes que
fomentan estas identidades prepolíticas se de un uso
inauténtico de ellas como recursos en un juego de interesea (C.
Offe: "Ethnic politics in East European transitions", Universidad de
Bremen, Zentrum fur Sozialpolitik, manuscrito, 1992).
(25)Con la sustancial difrencia de que estas últimas son, a fin de
cuentas, cuestiones de ingeniería política, y las primeras no.
(26)Para ser precisos, no es solo la frustración de
expectativas lo que produce la desafección
política, aunque pueda explicar la desidentificación
partidaria. La insatisfacción política podría
traducirse en formas no convecionales de participación,
como habría sido el caso en los años sesenta y setenta.
El camino de discurso de los actores políticos (para
racionalizar sus cambios de estrategia) es seguramente
la clave del rechazo social de la participación
política: se pierde el sentido de la acción política, no
la confianza en algunas de sus formas.
(27)D. A. Gold: "The rise and decline of the Keynesian coalition", en
Kapitalistate, no. 6, 1977, pp. 129-161
(28) Paramio: art, cit.
(29)Es notable la excepción de Brasil, donde es la propia elite
burocrático-militar la que huye hacia adelante en los años setenta, en
un proceso de creación de industrias públicas que no responde a su
dependencia de los actores sociales, aunque pueda pretender en cierta
medida crear una nueva base social de legitimidad para la dictadura.
(30) En Argentina se puede observar cómo las dictaduras militares de
Onganía y Videla pasan de una primera fase de enfrentamiento con los
sindicatos, y de supuesta voluntad de cambiar el modelo económico, a
fases de contemporización y retórica populista, lo que supone el
reconocimiento del poder de veto de actores populares formalmente
excluidos del régimen político y social.
(31) Una de las características más perversas del modelo tradicional es
la
carencia de un sistema impositivo moderno, lo que cierra de antemano
la posibilidad de aumentar, aunque sea a corto plazo y como medida de
urgencia la recaudación fiscal.
(32) En Chile, el consenso democrático ha permitido compatibilizar el
modelo económico con cautas medidas de políticas social, incluyendo
una subida impositiva aceptada por los empresarios; pero la
polarización del ingreso en Argentina puede crear situaciones de
agravio comparativo difíciles de manejar.
(33). . Hirschman: "La tolerancia cambiante de la desigualdad del ingreso en
el curso del desarrollo económico", en De la economía a la política
y más allá, México, Fondo de Cultura Económica, 1984, pp. 57-81
(Esays in traspassing, Cambridge: Cambridge University Press,
1981).
(34)O'Dennell: "¿Democracia delegativa?", art, cit., p. 16.