Cuad Cien Soc 89 (CCS)

CUADCIEN, 04/01/96, CONDICIONALIDAD Y DEMOCRACIA EN CENTROAMÉRICA: LA PROMOCION DE LA DEMOCRACIA DESDE EL EXTERIOR

Cuadernos de Ciencias Sociales

País/Country: Costa Rica

Programa Costa Rica; Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLASCO)

Autor/Author: Dr. Rodolfo Cerdas

Número/Number: 89

Frecuencia/Frequency: 10 por año/10 per year


Fecha/Date: 04/01/96


INDICE

I Introducción

1. El problema de la democracia a nivel local.

2. Valores democráticos relevantes.

3. Supuestos y experiencias institucionales diferentes.

4. Supuestos culturales distintos.

5. El error de las clasificaciones geográficas y económicas.

6. La cuestión de las estructuras de poder social y político.

7. El factor tiempo en el desarrollo democrático. Consistencia y continuidad.

8. El problema de los actores reales y no supuestos en un sistema político democrático.

9. Autonomía y soberanía en la promoción democrática.

10. ¿Qué hacer? Algunas consideraciones sobre política aplicada.

Bibliografía.

Introducción

El incremento de la condicionalidad política en las relaciones internacionales para promover el desarrollo democrático, lleva implícito el supuesto de que es posible lograr una adecuación de las estructuras políticas internas de los países receptores a las pretensiones de los actores externos que ejercen el condicionamiento. Si bien históricamente pueden encontrarse algunos éxitos en esa línea de acción, es verdad también que estos son limitados; y en todos los casos en que ha habido condicionamientos políticos -con éxito o sin él- se han producido efectos inesperados, relaciones más complejas y diversos grados de tensión, entre quienes condicionan y quienes son condicionados.

A lo largo de la historia las fuerzas democráticas han buscado en su lucha contra el autoritarismo el apoyo de la comunidad internacional. Para ello han confiado en la obligación ética de una supuesta solidaridad entre las naciones democráticas desarrolladas de occidente y los movimientos políticos nacionales que luchan por la democracia en sistemas políticos autoritarios. Sin embargo, las expresiones de la realpolitik que aquéllas han seguido una y otra vez en su política exterior, han motivado en los líderes democráticos, víctimas de la represión autoritaria, diversos grados de reclamo y protesta. Bastaría recordar aquí las demandas reiteradas de los partidos llamados "populares" (más tarde autodenominados socialdemócratas), a través de sus líderes Haya de la Torre, Rómulo Betancourt y José Figueres, para que cesara el apoyo, o cuando menos la lenidad política, de los Estados Unidos hacia las dictaduras de Pérez Jiménez en Venezuela, Trujillo en República Dominicana, Somoza en Nicaragua, etc.

Esto no fue, al parecer, patrimonio exclusivo de los grupos demoliberales respecto a los Estados Unidos. La izquierda, en su momento, se dividió también ante la doble contabilidad mostrada por la ex-Unión Soviética o la República Popular China en sus relaciones con gobiernos dictatoriales de extrema derecha, ya fueran estos los coroneles griegos, los militares argentinos o la dictadura del General Pinochet.

En ambos casos, la demanda se dirigía a exigir que se condicionaran las relaciones entre estados a una defensa de ciertos valores políticos compartidos, relativamente imprecisos. Estos iban desde el respeto a los derechos humanos de ciertos grupos sometidos a una represión ilimitada, hasta la plena vigencia de los principios democráticos. La definición de esos principios era muy distinta según fuera el grupo que clamaba por algún grado de condicionalidad internacional en las relaciones de diversos actores externos (la URSS, los Estados Unidos, etc.) con el respectivo gobierno. Si a eso sumamos las pretensiones de ciertos sectores ultraconservadores que pedían, a su vez, intervenciones directas de cualquier naturaleza para la defensa de sus intereses, retóricamente identificados con harta frecuencia con los de Occidente y la libre empresa, nos encontramos con un ambiente general curiosamente favorable al condicionamiento externo para el logro de objetivos políticos internos.

Tan dispares intenciones y motivaciones, coincidentes sin embargo en la necesidad de una política de condicionamiento externo, mostraban las dificultades inherentes a los distintos y hasta contradictorios objetivos de esa condicionalidad externa. Y evidenciaban con claridad la dimensión de los obstáculos socio-políticos internos para su implementación a nivel local. Lo más obvio se relacionaba con lo que se pretendía alcanzar por las distintas fuerzas políticas en pugna por ese intervencionismo externo; y con los diferentes alcances y grados de tal intervención. Lo menos obvio estaba referido a las condiciones internas concretas en que las políticas de condicionalidad externa debían aplicarse. Tales condiciones internas presentaban importantes dificultades de naturaleza política, social, cultural e histórica, más que de carácter geográfico. Todo ello tiende a mostrar cómo el problema de la naturaleza del condicionamiento, los objetivos que se buscan alcanzar con éste, y las particularidades socio-políticas del medio concreto en que se pretende aplicar, constituyen más que soluciones problemas en sí mismos que deben ser cuidadosamente clarificados.

Este trabajo pone su énfasis en el caso constituido por un grupo de pequeños países dependientes, concretamente lo que se conoce comúnmente como el istmo centroamericano -pese a las dificultades de la definición de tal concepto-, donde la hegemonía norteamericana puede ser decisiva en la exportación de democracia; aunque en condiciones y prácticas que se dan sin que exista una clara distinción, ni mucho menos, entre el valor moral del proclamado objetivo político democrático y algunos otros aspectos de su accionar e interés políticos, mucho menos atractivos desde el punto de vista ético y no poco frecuentemente en contradicción con la búsqueda del primer objetivo.

Desde luego, es obvio que este no es el único tipo de caso que se presenta. Pero sí es un subgrupo frecuente de casos que muestra, además, gran recurrencia y expone, de manera particularmente clara, temas y aspectos que están presentes, aunque de manera menos evidente, en otros casos de países más grandes y menos dependientes que los centroamericanos. No se trata, tampoco, de hacer generalizaciaones absolutas a partir de los casos regionales que se tienen en mente, aunque otros países, como Bolivia, Paraguay, Ecuador y Chile, en cierto sentido, podrían calzar también. Haití y República Dominicana, especialmente a partir de la experiencia de l994, más allá de las particularidades propias que nadie trata de negar, subrayan a juicio del autor la idea central; e ilustran las percepciones internacionales sobre cómo está operando la condicionalidad política en América Latina.

Se busca, asimismo, estudiar cómo las distintas clases de estructuras políticas nacionales reaccionan ante las estrategias internacionales de promoción democrática, enfatizando en las diferencias que se dan frecuentemente entre las categorías de clasificación utilizadas por los promotores y las realidades nacionales con las que ellos están tratando. Se trata de clarificar, asimismo, las condiciones limitadas en que la promoción occidental de la democracia puede producir efectos más o menos deseados o esperados, más allá de las respuestas de fachada o de resistencia intransigente. Se trata de una materia en que las pretensiones de diversos grupos nacionales, demandando diversos grados y formas de condicionamiento o intervención foráneos; o las buenas intenciones y propósitos de actores externos, sólo adquieren su significación real y verdaderos alcances al ubicarse en el marco histórico concreto nacional o regional de que se trate.

Es por ello que el problema del concepto de democracia, utilizado por el agente externo y el país receptor, debe ser abordado específicamente. Este no siempre tiene el mismo significado, ni responde a experiencias políticas similares. Se cuestiona, además, la tendencia frecuente a identificar la liberalización del mercado y la introducción de métodos capitalistas de producción, consumo y distribución en la economía y las finanzas, con desarrollo y fortalecimiento automático del sistema político democrático. Una de las ideas centrales de este trabajo radica, precisamente, en que no es válido ni la experiencia regional lo autoriza, establecer un correlato automático entre la apertura de mercados libres y la introducción de métodos capitalistas en la economía, de un lado; y, de otro, un desarrollo paralelo en la vida política y social.

De ahí que el examen de los valores democráticos y su relevancia para el exterior y para el interior, así como su compleja dinámica específica, adquieran una importancia especial. Porque con gran frecuencia, y a pesar de utilizarse los mismos términos, su significado difiere para uno y otro actor. Parlamentarismo, pluralismo, libertades civiles, partidos políticos, etc., adquieren connotaciones sustancialmente diferentes, sobre todo en el período actual de crisis y transiciones.

Esto conduce a abordar dos temas básicos: el problema del desarrollo institucional y el de la cultura democrática. Es a partir de ambos, de su nivel y conformación, que se manifestarán realmente los efectos y alcances de cualquier condicionamiento externo. Esto se vincula, por otra parte, de manera directa con la estructura del poder político y su conexión con el resto de la sociedad, que adquiere manifestaciones muy diferentes según el grado de desarrollo social y político con que estemos tratando. Esto dificultará o facilitará, en muy diversos sentidos, la influencia positiva o negativa de un condicionamiento externo, y hará más difícil o fácil su aceptación por el sistema político. Se analizan asimismo dos aspectos importantes que, junto con el tiempo (en el sentido de dinámica de pasado, presente y futuro de la democracia en un país determinado), son cruciales no sólo en un país sino en su entorno inmediato. Son los problemas de la consistencia y continuidad de las políticas dirigidas a impulsar el desarrollo democrático. Otra temática considerada esencial, es la referida a la existencia o no de actores claves en un sistema político democrático. En el período autoritario, no siempre se les permite desarrollarse e, incluso, se les llega a liquidar físicamente. Lo cual, se une al problema de la reacción nacionalista que despierta la intervención extranjera (en general con antecedentes no muy positivos) al rozar con la autonomía y soberanía nacionales. Todo esto crea el marco global del medio, los obstáculos y las posibilidades, que los diversos sistemas políticos locales presentan para las políticas externas de condicionamiento democrático.

Por último, las conclusiones a que se llega, responden no sólo a una síntesis de lo analizado anteriormente, sino que tratan de dilucidar algunos métodos y enfoques que se consideran más útiles para abordar la cuestión del condicionamiento externo. Esto es más relevante aun dado que las reflexiones quieren dar cuenta de la situación actual de la democracia, tal y como se presenta en el caso de la América Latina. La crisis institucional que se vive; la pérdida de credibilidad del ciudadano en partidos, parlamentos, dirigencias políticas y demás instituciones; el surgimiento de recién llegados al sistema o outsiders, así como la tendencia autoritaria de éstos, que se combina con el alto prestigio de las fuerzas armadas, contribuyen a presentar un panorama delicado. Este incluye una gama enorme de posibilidades que van desde nuevas formas de autoritarismo hasta problemas graves de gobernabilidad. Y es en un contexto de esa naturaleza que debe ubicarse, hoy por hoy, cualquier política de condicionamiento externo en la promoción democrática.

1.- El problema de la democracia a nivel local

En América Latina, históricamente, la tendencia ha sido a la exportación e importación de modelos políticos. Ya fueran estos liberales o conservadores, socialistas, comunistas, anarquistas o populistas, lo cierto es que el orden social se ha tratado de constituir a partir de ciertas categorías conceptuales normalmente extraídas de realidades distintas de aquellas donde se han tratado de poner en práctica.1 La retórica política, con ello, ha resultado identificada a nivel conceptual con ciertas tendencias del pensamiento político occidental. Pero la práctica concreta ha mostrado divergencias sustantivas con ese universo conceptual. Este, en la realidad, resulta anulado ante la realidad socio- política doméstica. Detrás de las inconsistencias de la ideología y del lenguaje usualmente se esconde una realidad socio-histórica inescapable que impone su propia legalidad y hace de valor limitado las pretensiones de importar diagnósticos y respuestas foráneas para los problemas locales. Por ello no es de extrañar que Anastasio Somoza pretendiera ser el liberal de Nicaragua, o que Rafael L. Trujillo el nacionalista de República Dominicana. O que entre los antecedentes directos de la masacre de l932 en El Salvador, estuviera la aplicación forzada de los conceptos liberales de propiedad privada a las tierras colectivas de las comunidades indígenas, que pronto se vieron privadas de tierra donde producir, alimentos con qué subsistir y transformados, de la noche a la mañana, en peones de finca cafetalera, en nombre de la propiedad privada, las ideas liberales y la libertad del individuo.2

La noción de democracia presenta el mismo problema, en la medida en que su aplicación en ciertos países se encuentra con que importantes tareas vinculadas a la formación del estado nacional y la nacionalidad todavía siguen pendientes. Las tradiciones culturales en muchos de ellos, además, asocian la noción de democracia con criterios económico-sociales que no son, por ejemplo, característicos de la noción correspondiente del mundo anglosajón. Esto adquiere especial manifestación en la cuestión de los derechos humanos, que en América Latina supone el reconocimiento no sólo a los derechos de la llamada primera generación (derechos civiles y políticos), sino sobre todo de los de la segunda generación (derechos económicos y sociales), a los que amplios sectores del mundo anglosajón tienden a postergar con gran reluctancia.

El problema, desde luego, tiene una dimensión académica. Pero presenta también otras relaciones importantes con la política práctica. Esto hace que a pesar de la notoria significación del problema conceptual,3 no sea con todo el más importante. Si bien la noción de democracia como procedimiento para la escogencia en elecciones libres y competitivas de las autoridades encargadas de la toma de decisiones, con el derecho a la participación efectiva de la población adulta, es un punto claro de apoyo conceptual , la práctica muestra múltiples dificultades que no pueden ser ignoradas. La aplicación de este procedimiento va unido a otras dimensiones concretas que contribuyen a determinar si la organización y funcionamiento del sistema político corresponden efectivamente a un criterio democrático. Así, en Guatemala en l944 se eligió uno de los gobiernos considerados como más democráticos de ese país, el del Dr.Juan José Arévalo. Los datos electorales son reveladores, pues de una población de 2.390.000 habitantes, había sólo 310.000 electores inscritos, de los cuales votaron únicamente 302.456, esto es un 12.7% de la población. Cuarenta y seis años más tarde, la situación no había mejorado sustancialmente, a pesar de que se califica al gobierno electo como democrático. En la elección efectuada en l990/1991, de una población de 9.315.000 habitantes, estaban inscritos 3.204.955 y votaron únicamente 1.808.718 personas, esto es un l9.4% de la población. En ambos casos, es notoria la exclusión real de un porcentaje mayoritario de la población, constituido por las diversas etnias aborígenes. 4 La definición estrictamente académica y procedimental de la democracia, si bien tiene un grado significativo de funcionalidad, resulta cuando menos insuficiente para asir la problemática democrática de ese país. El acercamiento práctico a la cuestión de la democracia en el caso de la sociedad guatemalteca, pasa por dimensiones que trascienden lo meramente procedimental y formal. Porque en teoría, y dentro de las normas constitucionales vigentes, existe plenitud de derechos de parte de los indígenas y otros grupos de participar en las elecciones y ejercer su derecho al voto. Igualmente pueden ser electos y tienen igualdad ante la ley. Los partidos políticos funcionan y compiten entre si en elecciones limpias. Pero los mecanismos no declarados de exclusión real no son por ello menos operantes y las prácticas reales que se escondan detrás de formas relativamente respetadas, anulan en la práctica tales declaraciones. Existen además mecanismos jurídicos explícitos que legitiman el predominio militar mostrando una dinámica que trasciende la simplista oposición entre lo real y lo formal.

Otro tanto podría decirse de sistemas políticos como el de Perú o Venezuela, donde por razones diferentes, todo el sustento institucional de la democracia se ha visto cuestionado en su raíz, abriendo interrogantes sobre el futuro político de esas naciones. La crisis de los partidos políticos, la pérdida de credibilidad de los ciudadanos en el parlamento, en las instituciones del gobierno central, en el poder judicial y en la clase política dirigente en su conjunto, es patente en ambas naciones. Por constraste, el ascenso en la valoración popular de las fuerzas armadas es notable. Este fenómeno se presenta también, según analizaremos luego, en otros países como Bolivia, Panamá, Nicaragua, Ecuador y Colombia. Todo lo cual expresa, en otro sentido, que la definición procedimental de la democracia, a pesar de su evidente utilidad, resulta incapaz de asir la dinámica viva de los procesos democráticos en múltiples países. Su aplicación mecánica puede también inducir a errores políticos de significación, al inspirar políticas conceptualmente correctas pero sin verdadera correspondencia con la realidad local donde pretenden aplicarse.

Las dimensiones políticas de este problema pueden adquirir caracteres dramáticos, como en el caso de la Nicaragua actual. Aquí el problema de la democracia, al menos en los círculos del Senador Jesse Helms en Washington, cede ante lo que son pretensiones particulares ajenas a las especificidades de la política nicaragüense. En efecto: la política del gobierno nicaragüense puede considerarse errónea o acertada; puede pensarse o no que ha hecho a los sandinistas más concesiones de las debidas; o bien que carece de estrategias para recuperar poder de manos de los comandantes que aun controlan el ejército. Sin embargo, en estricta doctrina democrática, debe reconocerse que los sandinistas si bien perdieron las elecciones, constituyen una importante porción del electorado nicaragüense que pasa del 43%; que tienen el derecho a existir no sólo física sino políticamente; y que, al no haberse producido una derrota militar sino electoral, no sólo es conveniente, sino necesario y legítimo, compartir responsabilidades en el ejercicio del gobierno. Y esto como política obligada para alcanzar la pacificación, reconciliación y confianza política del país. Exigir, para facilitar ayuda y préstamos, la condición política de excluir a los sandinistas de toda participación en el gobierno, revela el uso y abuso del término democracia como una cuestión de poder. En otro sentido, testimonia también el divorcio conceptual entre la noción de democracia usada por algunos y las realidades concretas que deben afrontarse en los distintos países y sistemas políticos.

Tratándose de políticas prácticas; y sobre todo de las que tienen que ver con condicionamientos políticos externos, la cuestión de la democracia es más que un problema conceptual o académico. Dice de los factores reales, complejos y concretos, de la política, la sociedad y el poder. Y supone no sólo una adecuación de definiciones y categorías, sino una visión de conjunto, en perspectiva histórica, de los distintos niveles que integran la sociedad de que se trata.

2.- Valores democráticos relevantes

La cuestión de la democracia se vincula directamente a ciertos valores que, teóricamente, deben tener el mismo significado para todos. Sin embargo, el condicionamiento nacional modifica de tal modo el significado de esos valores, que si no se hace una reducción conceptual de los mismos a las condiciones específicas de su aplicación, puede resultar imposible incluso la comunicación utilizando las mismas palabras. Parlamentarismo, pluralismo, división de poderes, pasan a tener significados distintos a partir de las necesidades y experiencias concretas de los diversos países. En Namibia y Zimbabwe, la noción de pluralismo adquiere una dimensión tribal que finalmente se contrapone a la de nación y construcción del estado nacional, considerado a su vez como una tarea histórica esencial y primordial ante la cual debían ceder todas las otras.5 El parlamentarismo, ante el desprestigio de los partidos políticos y las cúpulas dirigentes, pierde todo significado en algunas de las sociedades latinoamericanas. Y en su crisis se une a la mencionada disfunción de ciertos órganos del Estado que les hace perder valor y significado a los ojos de la ciudadanía.

Es así que ciertos valores de plena vigencia en el exterior y considerados de valor universal, carecen de relevancia práctica al interior de otras sociedades. Y así, cuando sobre ellos se desarrollan proyectos aparentemente de gran significado para el desarrollo democrático de esas naciones, la fría y escéptica reacción política local resulta incomprensible para los donantes. Estos no entienden por qué la población y el grueso de la sociedad no conceden ninguna trascendencia, o valoran negativamente, los esfuerzos y contribuciones hechos desde el exterior para fortalecer poderes judiciales corruptos, partidos políticos desprestigiados y caducos, parlamentos donde reina la ineficiencia, la corrupción y la pérdida de confianza. Y así sucesivamente. La confusión radica en que en abstracto y conceptualmente, tanto el donante como la población quieren la democracia. El problema es que la manifestación concreta de lo que quiere decir democracia en una y otra realidad -la del donante y la del recipiente- difieren sustancialmente. Y esto no sólo por razones de carácter institucional, de que esta o aquella institución no funcionan o están en manos inadecuadas, sino por razones de índole histórica y política más profundas, que no pueden cambiarse simplemente por leyes, decretos o definiciones. En muchos países, por ejemplo, la dinámica democracia, autoritarismo, democracia, alejó primero a ciertas cúpulas políticas del poder, venidas a menos en la estimación popular por su ineptitud, corrupción y oportunismo. Su sustitución por los militares abrió un paréntesis político que impidió la dinámica ascendente de nuevos elementos a la dirección de los asuntos públicos y la conformación de una nueva dirigencia. Al restaurarse la democracia, y retirarse los militares a los cuarteles, el sector civil que vino a ejercer el poder estuvo constituido, en su mayor parte, por las mismas cúpulas que habían sido alejadas del poder por su ineptitud y corrupción. Estas mostraron muy pronto que la noche militar no había adormecido sus viejos reflejos oportunistas y prácticas políticas viciadas; y ante la ausencia de liderazgos alternativos se creó el espacio para la figura improvisada del recién llegado o el tránsfuga político. Perú, en ese sentido, brinda un ejemplo claro. Luego de los escándalos financieros y políticos que culminaron en 1968 con el derrocamiento del primer gobierno de Fernando Belaúnde Terry, se estableció el gobierno militar reformista del General Juan Velazco Alvarado. En 1975 éste fue depuesto por otro militar, el general Francisco Morales Bermúdez, que convocó a una Asamblea Constituyente y fijó la transferencia del poder a manos civiles para 1980. El proceso que siguió permitió el retorno al gobierno del ex-presidente Belaúnde Terry (1980-1985). Ante la nueva frustración política causada por éste en su gestión, se abrió el espacio electoral para un amplio triunfo del APRA y la elección de Allan García como Presidente (1985-1990). Nuevamente la población vivió el fracaso de las políticas gubernamentales, el empeoramiento de su situación y el surgimiento de una violencia generalizada con Sendero Luminoso y el MRTA. La pérdida de credibilidad en los políticos se incrementó, conforme las diversas opciones ofrecidas por las distintas formaciones se mostraban, sucesivamente, probadas y desechadas en el ejercicio del gobierno. La propuesta que para las elecciones generales de 1990 hizo el escritor Mario Vargas Llosa, encabezando una alianza electoral de partidos tradicionales y grupos neoliberales emergentes, luego de un entusiasmo inicial se diluyó en buena medida por el repudio popular a los políticos tradicionales que se adivinaban detrás de la alianza. En esas condiciones, la aparición y éxito de la candidatura de Alberto Fujimori no sólo resulta con una lógica coherente en la crisis del sistema partidario peruano -si es que en esas condiciones puede hablarse de sistema partidario-, sino que anticipó lo que ha resultado ser una tendencia en la política latinoamericana.6 Ya se trate de Tabaré Vásquez en Uruguay; Carlos Filizola en Paraguay; el compadre Palenque o Max Fernández en Bolivia; o candidatos venidos desde el sistema, pero enfrentados a la partidocracia, como Jorge Serrano Elías en Guatemala, Sixto Durán-Ballén en Ecuador, Alvaro Gómez Hurtado o Andrés Pastrana en Colombia, o Rafael Caldera en Venezuela, el significado político de su aparición parece ser plenamente coincidente.

Con esos u otros antecedentes parecidos, el rol de los partidos políticos, de los parlamentos y las dirigencias, resulta cuestionado en su esencia misma. No se trata simplemente de encontrar otro equipo o élite alternativa, porque el sistema como tal impide, si no su conformación, al menos la probabilidad de su acceso al poder. La ciudadanía sabe que el mantenimiento de las reglas del juego democrático tal y como funcionan, garantiza de antemano la repetición de una escena conocida de la misma tragedia en tres actos: democratización, primero; segundo, elecciones, regreso de las mismas élites, corrupción y desprestigio; tercero, retorno de los militares o de un gobierno autoritario. Hoy lo novedoso hoy ha sido precisamente la figura del recién llegado y la conformación de políticas autoritarias a partir de líderes civiles y no militares, eventualmente con apoyo electoral, como alternativas políticas factibles frente a cúpulas partidarias tradicionales, profundamente enquistadas en las estructuras del poder político y social. Además del caso Fujimori, esa fue una posibilidad muy real, sólo frenada por un formalismo constitucional, del General Efraín Ríos Mont en Guatemala.7 Y es lo que parece esconderse detrás de la figura del Capitán Chaves en Venezuela.

Este problema de los valores, se vincula directamente con los diferentes sets de presiones económicas y políticas para la liberalización que establecen paralelismos y contrastes notables, según dónde, cuándo y a quién se apliquen.

Mientras que la liberalización económica y la noción de mercado libre, encuentran un espacio universal, no es lo mismo en lo referente a la cuestión política que tiene que ver con la democracia. Mientras que el mercado libre es una noción generalizable a escala mundial, el tema de los valores democráticos no lo es y encuentra resistencias específicas que muestran, de otra parte, que es posible avanzar en esa línea -Singapur, Malasia, China, Rusia, Corea, etc.-, pero no en el campo de las libertades e instituciones democráticas. Estas suponen un conjunto de condiciones, valores y tradiciones culturales sin las cuales la demanda de democracia y libertad individual no parecen tener ni la significación ni el sentido que sí tienen en países donde se han constituido en valores y objetivos de movilización social.

Por eso mismo, resulta inconducente una política que establezca una equivalencia entre mercado libre y democracia; o que acepte sin mayor discusión la idea de que basta el primero para que emerja la segunda. La inversión de los términos es quizá más cercana a la verdad, pero no es algo ni mecánico ni inmediato. Mientras que es posible y real la promoción del mercado libre a nivel mundial, la promoción democrática encuentra, de entrada, restricciones que impiden su generalización como meta obligada de alcance universal. Es cuando menos endeble el asumir, como parece ser el sustrato de algunas decisiones políticas norteamericanas, que la liberación económica trabaja armónicamente con la liberalización política, al reducir al estado y hacer más libre al individuo. Lo frecuente es que en el país recipiente la percepción sea de disarmonía entre ambos aspectos y se conciba que es necesaria, simultáneamente, una política organizada de compensación. La idea común de que el país recipiente debe tener alguna ayuda especial para suavizar la severidad de los costos económicos del ajuste, como condición indispensable para llevar adelante la reforma política -criterio que marcó, por ejemplo, la política boliviana en el período 1982/1985- no encuentran asidero alguno en las posibilidades y circunstancias que se presentan en el ámbito internacional. El costo socio-político de las reformas debe asumirlo el ente local que las adopta y los resultados económicos no constituyen, en el mejor de los casos, garantía de éxito en los otros ámbitos de la gestión gubernamental.

Directamente ligada con este aspecto está la cuestión de los métodos que se aplican o pueden aplicarse para impulsar las reformas políticas condicionadas desde el exterior. Es así como se formuló la idea de distinguir entre formas coercitivas y no coercitivas de influencia internacional; o, más aun, el abandono del término condicionalidady su sustitución por el más delicado de persuación. En igual sentido se ubican las sugerencias para poner énfasis en las ventajas del multilateralismo sobre el unilateralismo , así como la ventaja de impulsar soportes mutuos y de aprendizaje de unos y otros, en el curso de la liberalización.

Aquí, también, la materia con que debe trabajarse revierte dialécticamente sobre los métodos aplicados y su eficacia eventual. No es lo mismo aplicar estos criterios cuando se trata de liberalización económica que cuando nos referimos a liberalización política. Para comenzar, la primera tiende a ser, por su propia naturaleza, multilateral, con entidades como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial coordinando los incentivos y las sanciones, mientras que la condicionalidad política no lo es. Y aun cuando acuda a utilizar los recursos de aquellas entidades multinacionales, el elemento específicamente nacional continúa siendo el predominante. Es así como en el caso de empresas multinacionales de la telecomunicación, como Millicon; o problemas de expropiación legal con fines ecológicos en que resultan afectados intereses personales de norteamericanos influyentes en el Congreso de su país, se procede a condicionar operaciones y préstamos en el Banco Mundial, con serio perjuicio para la reforma económica y la apertura comercial, a partir de gestiones políticas claramente individualizadas, que minan las bases mismas del estado de derecho del país víctima del condicionamiento.8

De otra parte, la reforma económica y la liberalización correspondiente, tienden a incluir grados importantes de persuación, no sólo a nivel de élites tecnocráticas, sino en estratos sociales significativos del empresariado local, que limitan, al menos parcialmente, la imposición pura y simple. La presencia de agentes locales que impulsen los cambios en esta esfera no sólo resultan indispensables, sino que no son tampoco difíciles de encontrar, en la medida en que la inserción de las economías nacionales en el mercado mundial, es un proceso de larga data que se ha ido adaptando en las prácticas económicas, financieras y comerciales privadas, mucho antes que en el mundo de las políticas gubernamentales. El sector tecnocrático resulta así no sólo identificado con los cambios que se proponen, sino que encuentra cierta base de apoyo social en el sector empresarial, que al menos parcialmente encuentra en las nuevas políticas posibilidades positivas para su desarrollo ulterior.

No es lo mismo, sin embargo, lo que sucede con otros sectores sobre todo de carácter popular; ni tampoco con ciertos grupos industriales, renuentes o imposibilitados de llevar adelante la necesaria reconversión industrial, y que fueron más directamente beneficiados con el modelo de desarrollo anterior, que les garantizaba algún grado importante, cuando no decisivo, de protección gubernamental. En todos estos casos, se ponen en crisis las políticas y declaraciones populistas, de un lado; y, de otro, se animan sin poderlos satisfacer, los reclamos nacionalistas contra la invasión indiscriminada de productos extranjeros en condiciones no competitivas para los nacionales. Todo lo cual, se alega, es factor causante de la ruina de la empresa nacional ante la apertura total al mercado mundial. Detrás de reclamos más o menos disimulados de ciertos grupos empresariales, de un relanzamiento de políticas orientadas a la creación de mercados comunes y áreas de comercio protegidas, se encuentran estas preocupaciones ante los peligros de la competencia y la apertura comercial.

Políticamente, uno de los efectos tiende a ser el aislamiento del sector tecnocrático reformista en el campo económico, de la base social que le dio sustento al movimiento político que los colocó al frente del gobierno. También se tiende a producir el fraccionamiento del sector empresarial, entre los aperturistas y neoexportadores, de un lado, y proteccionistas y conservadores, de otro. Y es así como en este fraccionamiento social y político, bajo presiones y necesidades internas y externas de negociación internacional, se produce el desarrollo de verdaderos centros de poder decisorio separados del control político estatal tradicional. Tales centros de poder, encargados de las principales decisiones en política económica y fiscal, resultan de ese modo sustraídos objetivamente del control político del poder legislativo; y se erigen en verdaderos zares de la economía, ya sea en el Ministerio de Hacienda, ya en el Banco Central. Es interesante observar que las llamadas Cartas de Intenciones, los acuerdos de reestructuración económica y control fiscal, etc., con los organismos financieros internacionales, sólo llegan al Parlamento cuando tales acuerdos y compromisos ya fueron definitivamente presentados, negociados y aprobados, sin que hayan mediado ni intervención legislativa ni conocimiento siquiera del respectivo Ministerio de Relaciones Exteriores.

Desde el punto de vista democrático, la situación se hace más difícil que la referida a la ausencia de control político de estos nuevos zares de la economía. Frecuentemente, el paso a la democracia creó la expectativa en el ciudadano de que sus demandas encontrarían canales más fluidos para ser atendidas. Tales demandas no se limitaban, ni con mucho, a cuestiones meramente políticas, si bien parece hacer existido conciencia de que la democracia, por sí, resolvía cuestiones del procedimiento político competitivo para la conformación de los titulares del poder político. Pero no es sólo eso. Se esperaban, también, respuestas viables y relativamente satisfactorias, a las múltiples demandas que no habían encontrado canalización ni espacio en los regímenes políticos autoritarios de los que se venía saliendo en la mayoría de países de la región.

Sin embargo, esto no fue así. A la transición política no siguió una mejora en las condiciones económicas y sociales, como la esperada por la masa de la población con el tránsito a la democracia. Los programas de reestructuración económica, reducción del déficit fiscal y el tamaño del estado, etc., al menos en el corto plazo originaron, entre otros, varios efectos negativos

a) Reducción de los salarios reales de la población.

b) Incremento del desempleo.

c) Disminución de la inversión pública.

d) Deterioro de los servicios públicos y estancamiento del área geográfica y social cubierta por ellos.

e) Aumento del costo de tales servicios para cubrir el déficit de su operación.

f) Agravación de la carga impositiva, particularmente de la indirecta que pesa sobre la mayoría de la población.

Independientemente de que a mediano o largo plazo, las políticas macroeconómicas logren alcanzar mejorías importantes o no en este campo, en lo inmediato el resultado es un incremento del descontento popular y una sensación profunda de desencanto con la llegada de la transición. Como decía un graffitti en una ciudad del Ecuador, y a pesar de las elecciones periódicas, "Democracia: aun te esperamos"; porque "los abismos que la sociedad crea, hay niños vendiéndolos en la calle"; y porque -siempre en la cultura e ironía de los muros urbanos, sólo que esta vez de Buenos Aires-: "Campañas electorales: ¡Basta de realidades; queremos promesas!".

En todo caso, estos ejemplos muestran que los valores y urgencias pueden diferir, y de hecho difieren, con más frecuencia de la que usualmente se admite, entre el actor externo y la comunidad nacional que supuestamente se beneficia de sus persuaciones, condicionalidades o coerciones, pese a aparentes coincidencias verbales y conceptuales. Y que desde el punto de vista institucional, la manifestación de estos mismos valores puede conducir a actitudes políticas exactamente opuestas, con todas las implicaciones que ello conlleva para la política práctica, tanto de la comunidad nacional como la internacional.

3.- Supuestos y experiencias institucionales diferentes

La promoción democrática no se hace en un mundo abstracto sino concreto. Esto implica, entre otros factores, la existencia de algún grado de institucionalización. Es a partir de ese grado específico de institucionalización, que las tareas democráticas deben afrontarse en cada país. Es posible, entonces, que en países con un nivel muy bajo de desarrollo institucional puedan celebrarse elecciones, organizarse en alguna medida partidos políticos y darse una competición política aceptable para la integración de los órganos de poder. De hecho, esto ha sucedido en países donde el peso del régimen autoritario ha sido mucho y diversas manifestaciones culturales y políticas tienden a subsistir. Este sería el caso de Namibia, Paraguay, Nicaragua y, con características más agudas y graves, también el de Haití. En todos ellos tuvieron lugar elecciones consideradas por la comunidad internacional como competitivas y limpias, en circunstancias en que no había tribunales electorales bien organizados y con su debida estructura administrativa; padrones de registro aceptables, ni condiciones adecuadas para la organización y funcionamiento de un sistema partidario. En el caso de Namibia con una participación sin precedente de las Naciones Unidas, ausente en los otros países. Sin embargo, las elecciones fueron organizadas, los grupos políticos pudieron actuar en la contienda electoral; los padrones electorales confeccionarse y las Juntas o Tribunales Electorales efectuar el escrutinio de votos y hacer la correspondiente declaración del ganador. En otros países, con diversos problemas de desarrollo democrático, el nivel de institucionalización es mucho más elevado. Así ocurre, por ejemplo, con México o República Dominicana. Y en consecuencia, aquí el espacio para los procesos democratizadores y su consolidación es mucho más amplio.

La importancia de este distinto punto de partida para valorar la perspectiva de la democratización en un país determinado y el posible efecto de una promoción política democrática desde el exterior, no se advierte propiamente en el momento inicial. Su significación radical no se manifiesta de manera inmediata, sino en el corto y mediano plazo, cuando la inexistencia o debilidad de las instituciones tiende a anular los logros del recién iniciado proceso de democratización. Es totalmente distinta la situación donde la institución existe, o tiene algún grado de desarrollo. Frecuentemente lo que se da es una disfuncionalidad o utilización desviada de su correcta finalidad. Porque en este caso, el proceso democratizador naturalmente se aboca a introducir reformas o rectificaciones, lo cual pasa a ser parte de la agenda democrática y se convierte en si mismo en un factor democratizante en la contienda política. Diferente es cuando la institución no existe, o su debilidad es tanta que lo que se requiere es prácticamente crearla. En este caso se está ante la ausencia de uno de los supuestos institucionales básicos para que el sistema democrático opere. Esto se complica aun más con diversas dificultades adicionales como la de carencia de elemento humano, cultural y político, que normalmente acompañan a una ausencia institucional tan significativa. Se trata de elementos indispensables para el funcionamiento de un orden democrático.

Es particularmente en casos como este último, cuando las políticas orientadas a promover la democratización desde fuera son puestas a prueba. Aunque todos los sectores interesados, internos y externos, pueden haber operado sobre una misma base conceptual de la democracia entendida como procedimiento; y haber coincidido sobre los alcances de su aplicación, toda la situación cambia radicalmente cuando se introducen las nociones de tiempo y proceso en su aplicación concreta. En efecto: la simple concepción procedimental de la democracia, operante en un primer momento, tiende a perder significado inmediatamente después de una primera o segunda elección, ante la urgencia de poner en pie los supuestos institucionales que garantizan su operatividad futura. La benevolencia inicial de las fuerzas políticas de admitir soluciones ad hoc en cuestiones tan decisivas como la confección del padrón electoral, la integración del Tribunal Electoral o Junta de Elecciones, la organización de los escrutinios, etc., cede ante la necesidad de una institucionalización aceptable, capaz de garantizar a todos los participantes los procedimientos electorales democráticos básicos.

El condicionamiento internacional requiere, entonces, un marco conceptual mucho más amplio, complejo y concreto, que las definiciones abstractas tradicionales en torno a la democracia. Se necesita no un ajuste rígido a preconceptos generales y válidos en el contexto propio del país donante, sino una adaptación flexible a especificidades que pueden resultar esenciales en el proceso de democratización nacional. Esto supone, asimismo, un tratamiento político y no meramente burocrático de las cuestiones planteadas; y una clasificación de países y situaciones, mucho más sofisticada que la usual.

Otros factores coadyuvan a hacer más difícil y compleja la tarea. El cambio de modelo económico complica todo el proceso, pues en la práctica estamos en presencia no sólo de una transición sino de una suma de ellas. Literalmente tenemos que se da una transición en la transición. En el caso centroamericano, por ejemplo, tenemos además de la transición a la democracia, otra serie de transiciones entre las que conviene destacar:

a) Transición de la guerra a la paz.

b) Transición de un modelo de sustitución de importaciones a otro neoexportador.

c) Transición de un modelo de integración regional paralizado a uno nuevo en franco y difícil proceso de redefinición.9

d) Transición de una confrontación bipolar y una alta prioridad en la agenda norteamericana, a un hegemonismo unipolar indisputado y a una posposición de la región a los últimos lugares de esa agenda.10

Esta compleja situación hace que el cambio de modelo económico no siempre signifique el fortalecimiento político de quienes buscan la promoción de la democracia, y que resulten beneficiados sectores que, por el contrario, capitalizan los desajustes socio-econonómicos y políticos de la transición, para impulsar nuevas formas de autoritarismos, que pueden hallar expresión aun en los procesos electorales. Las nostalgias autoritarias que se manifiestan en diversas sociedades y estados de opinión de la ciudadanía en toda la región, estarían revelando estas tendencias. Ello no tendría que ver únicamente con sectores extremos, como antiguas promociones militares o narcotraficantes y lavadores de dinero ilegal. También se daría con sectores empresariales de escaso margen democrático, que en la apertura y la liberalización encontrarían mecanismos económicos aptos para perpetuar políticas de discriminación, marginización y autoritarismo. Tal sería el caso, por ejemplo, de ciertos sectores modernizantes en Guatemala, que verían justificado, ahora por el criterio de competitividad económica y comercial en el mercado internacional, la perpetuación de la discriminación contra los aborígenes y la adopción de políticas que tiendan más a la extinción que a la solución del problema, que no es sólo económico, que representa ese 60% de su población.

La privatización, en un contexto tan complejo, puede conducir a la consagración en la cúspide social, económica y política de sectores también ajenos al sentido de la liberalización y la libre competencia. El caso de los militares que buscan beneficiarse, individual y corporativamente, de la venta de las empresas públicas y de una incursión privilegiada en el ámbito de la empresa privada, sería un caso similar digno de la mayor atención. Este fenómeno, que une a los defensores de las doctrinas de seguridad nacional en Honduras, con los ex-marxistas del Ejército Sandinista de Liberación Nacional que también han fundado su Instituto de Previsión Militar y abierto consultorías para inversores foráneos, se repite en Guatemala y, en menor medida, en El Salvador. Con ello la liberalización y el mercado libre queda condicionado a un poder político, que a lo sumo llega a orientarse en ciertas condiciones, a una recomposición interna de los mismos grupos dominantes tradicionales, aunque sí con variaciones retóricas que no modifican sino levemente el viejo esquema de alianzas y poder político.

Por eso, la promoción de la democracia desde el exterior debe abordar cuestiones fundamentales, orientadas a desarrollar, modernizar y poner en funciones tanto las instituciones políticas fundamentales -parlamentos, poderes judiciales, instituciones del poder ejecutivo, tribunales electorales, etc.-, sino abordar los problemas de formación e incorporación a la nueva democrática de otros actores hasta ahora excluidos de tales esfuerzos: militares, partidos políticos, gremios, sectores de la sociedad civil como indígeneas, mujeres, etc. Programas como los que adelanta el Instituto Interamericano de Derechos Humanos (IIDH) con la promoción electoral y la educación en derechos humanos para policías y fuerzas armadas de la región, así como para indígenas, refugiados y mujeres, estarían cumpliendo un claro papel en esa dirección.

4.- Supuestos culturales distintos

La otra dimensión menos concreta y visible, pero no por ello menos importante y significativa, es la cultural. Frecuentemente, esta se oculta detrás de cifras e índices que si bien tienen, en su respectiva esfera, una gran significación, carecen de fuerza suficiente para anular la influencia decisiva de los factores culturales. Estos delimitan las prácticas políticas y el alcance de las decisiones que buscan aplicarse a la realidad del país. Y constituyen el sustrato político profundo donde cualquier condicionamiento político externo es, en definitiva,valorado y puesto en función.

En otro sentido, esta cultura política marca un elemento esencial para la superación de los problemas inherentes a la transición democrática y su consolidación. Con una tradición fuerte de cultura política democrática, se facilita obviamente la construcción o reconstrucción de instituciones. Igualmente la cultura democrática hace que las limitaciones económicas, financieras o humanas, cedan con mayor facilidad. Con una tradición cultural autoritaria, en cambio, estos obstáculos y los esfuerzos que se hacen para vencerlos pueden verse no sólo enfrentados a marcadas oposiciones, sino ser objeto de interpretaciones negativas entre sectores decisivos de la población.

El caso centroamericano es ilustrativo. Porque en una región geográfica relativamente pequeña, es posible identificar cinco nacionalidades diferentes -seis si se incluye a Panamá y siete a Belice-, donde coexisten culturas políticas bien diferenciadas. En el caso de Costa Rica y Belice, -aunque aquí por razones diferentes-, es innegable la vigencia de una cultura democrática arraigada. Esta se expresa no sólo en una historia institucional definidamente estable y democrática, sino en la vigencia de valores propios de la democracia: pluralismo, tolerancia, legalidad, civilismo, diálogo, elecciones, limitación del poder, etc. En los otros casos, se da un claro predominio de la cultura autoritaria, donde los valores prevalecientes se vinculan al caudillismo, la violencia, la intolerancia, la arbitrariedad, el militarismo, etc. En ambas situaciones, se trata de resultados de una evolución histórico-social particular que hunde sus raíces en el período colonial.11 Pero en ambas, también, las diferentes culturas políticas constituyen sustratos intangibles que hacen posible que la introducción o el reforzamiento de ciertos valores y prácticas puedan adquirir significados no sólo distintos sino contrapuestos. Así, el impulso a la desmilitarización es percibida fácilmente en Costa Rica como un aporte necesario y funcional para lograr la democratización de la región y un desarrollo con paz y democracia. En otros países del istmo semejante pretensión implica, para importantes sectores de la élite dirigente y aun del propio pueblo, el desmantelamiento de uno de los pilares esenciales del Estado y la nacionalidad. Además, dadas las funciones que históricamente las fuerzas armadas han adquirido en países como por ejemplo Guatemala y Honduras, ello podría traducirse en la desatención de ciertas obligaciones estatales esenciales para la integración de la población y el territorio a la nacionalidad respectiva. Específicamente se trata de tareas que ninguna otra institución de carácter civil ha asumido plenamente y que hasta hoy las satisface, más mal que bien, y por ausencia de otros agentes estatales, la Fuerza Armada.

Los alcances de esta problemática cultural llegan a adquirir dimensiones realmente dramáticas también en la América del Sur. Y alcanzan todo su significado en momentos de crisis. Es así como en países como Bolivia, Perú y Ecuador, mientras los partidos políticos, el parlamento y las cúpulas políticas dirigentes, resultan con saldos negativos en la valoración de la ciudadanía, las fuerzas armadas obtienen saldos positivos impresionantes. En el caso ecuatoriano, las encuestas revelan que mientras un 78% de la población estima a las Fuerzas Armadas como la institución más confiable, ese mismo 78% expresa sus total desconfianza en los partidos políticos. En Bolivia las cifras son similares, aunque descienden a un 67% a favor de los militares y un 71% de repudio a los partidos; mientras que en Perú el repudio a los partidos sube a un 72% y el apoyo a las fuerzas armadas baja a un 59%.12

Obviamente existen diversas explicaciones para este fenómeno, que no podemos detallar aquí. Pero sí es posible, con estos ejemplos, ilustrar lo que acontece en la realidad con ciertos criterios supuestamente evidentes, en torno a la conveniencia de desmilitarizar la sociedad y fortalecer los instrumentos institucionales de la democracia, como son el parlamento, los partidos y el liderazgo políticos. Tales propuestas se encuentran, al momento de traducirse a las condiciones específicas de determinados países, con particularidades culturales y experiencias históricas divergentes. Estas convierten una orientación en principio válida y legítima, en otra abiertamente en contradicción con las necesidades, expectativas y situación concreta de importantes capas de la población local y sus respectivas élites dirigentes. Y esto no porque esos sectores no quieran la democracia. Al contrario, se identifican con ella. Pero en las circunstancias prevalecientes y en el contexto socio-cultural en que se producen, los puntos de referencia más sólidos y congruentes, incluso con las posibilidades reales de forjar un régimen democrático, tiene que ver directamente, para esos sectores, con el rol de las fuerzas armadas en la sociedad.

Todo lo cual exige una discriminación política, de países y situaciones, mucho más sofisticada que la que usualmente se utiliza en las agencias internacionales y gobiernos democráticos que impulsan programas de promoción democrática para la región. Y supone una reducción sociológica de categorías y conceptos a realidades que tienen no sólo antecedentes históricos distintos, sino problemáticas políticas concretas muy diferentes a las imperantes en los países donantes. Aunque ello suponga, también, la existencia de diagnósticos socio- políticos, concretos y permanentes, que en la actualidad brillan por su ausencia.

En todo caso, hay que reconocer que es difícil para los diversos actores internacionales hacer finas distinciones entre variados tipos de democracia y, aun más, desarrollar políticas para sustentar las existentes. Quizá por eso sea interesante explorar la posibilidad de utilizar "modelos de democracia", en la esperanza de que ellos puedan influir positivamente en las sociedades circundantes. La demostración de que es posible, más allá de las dificultades económicas, fiscales y financieras que en muchos casos son comunes y casi idénticas, mantener y desarrollar una vida democrática estable, pacífica y funcional, que contribuye positivamente a la resolución de tales problemas, más que lo que supuestamente lo logra hacer el régimen autoritario, facilitaría políticas racionales y prudentes de promoción democrática. Las exigencias, entonces, estarían limitadas a standares aceptables y alcanzables para todos, en particular el respeto y la garantía de vigencia de los derechos humanos fundamentales. Esto establecería estímulos comparativos en la propia región, capaces de movilizar las fuerzas pro democracia al interior de las sociedades más atrasadas en el campo político; permitiría abordar la cuestión caso por caso y tener criterios de mejoría, estancamiento o deterioro; facilitaría formas de persuación nacidas no de urgencias externas sino de demandas naturalmente emergentes de procesos de cooperación regional e internacional; y, finalmente, constituiría una fuente sólida para desarrollar las condiciones que se requieren para cimentar políticas regionales de seguridad, de interés global. Por último, contrariamente a lo que tiende a suceder en la actualidad, el impulso principal no vendría de aquellos países que están más atrás, sino de quienes van adelante; y con ello la medición y los esfuerzos no se localizarían en los niveles inferiores, sino en los más altos, convirtiéndose de tal modo los logros democráticos en verdaderos estímulos internos y externos para el desarrollo democrático y la modernización de la región en su conjunto.

Esto nos conduce a abordar un tema de error frecuente, que sustituye el análisis político concreto por el enfoque geográfico simplista, que iguala en razón del mapa realidades socio-políticas diferentes y muy distantes entre sí.

5.- El error de las clasificaciones geográficas y económicas

Por razones de comodidad, es frecuente que se pretenda la implementación de políticas a partir de criterios geográficos y económicos cuando los que se requieren son propiamente políticos. Esto es erróneo; y el resultado probablemente nefasto. Tales enfoques han sido práctica no sólo de entidades burocráticas internacionales, sino que, a su modo, lo fueron de diversas corrientes marxistas revolucionarias. Estas, en su recetario internacional, clasificaban a los diversos países a partir de criterios como dependencia, económica, dominio imperialista y grado de desarrollo capitalista. Y así la gran mayoría de la humanidad fue clasificada, primero, como perteneciente a los países coloniales, semicoloniales y dependientes; y, contemporáneamente, se le ubicó en concepto indiferenciado de tercer mundo. Muchos de esos conducían criterios naturalmente a homogenizar realidades socio-políticas y culturales muy diferentes, determinando en la práctica concreta el fracaso de políticas supuestamente científicas.

Como enorme frecuencia sucede esto con ciertos enfoques que abordan los problemas políticos democráticos a partir de criterios sobre todo geográficos. Es así como a una clasificación válida de naturaleza geográfica como la de "Centro América", se le tiende a equivocar su alcance y significado reales. Dada la pequeñez de los países que la integran, el escaso significado económico de cada uno de ellos y de todo su conjunto en la economía mundial; y la similitud de su desempeño económico, se busca una clasificación que no sólo resulta inoperante sino que puede ser contraproducente. Se equiparan así realidades políticas distintas; culturas diferentes asentadas en valores tradicionales incluso contrapuestos; y se identifican como iguales tendencias de desarrollo que se encuentran en etapas distintas y que, en muchos casos, tienen orientaciones totalmente diferentes. Diagnósticos equivocados producen tratamientos erróneos. Esto tiene el agravante adicional de que es freucente que estos se acompañen de esfuerzos en pro de modelos exportados que quieren imponerse en nombre del interés de los países a los que se quiere ayudar. Por eso puede tener mucho más sentido una clasificación que ubique políticamente a Uruguay, Venezuela, Costa Rica y Chile juntos, que otra que simplemente resuelva manejarse con criterios geográficos como Centroamérica o Cono Sur. Este incluiría hoy a Paraguay. Y aquél pondría a Guatemala y Honduras en la misma situación de El Salvador, Panamá y Nicaragua; o de Belize y Costa Rica. Políticamente hay mayor paralelismo entre Guatemala y Perú, que entre Costa Rica y Guatemala.

Lo que se pretende sugerir es que los criterios de clasificación, para efectos de las políticas internacionales de promoción de la democracia, deben superar el marco primario de la geografía y la economía, para ubicarse más bien de manera resuelta en el de la política. Contrariamente al reduccionismo marxista, o al de ciertos sectores tecnocráticos internacionales el criterio político no coincide necesariamente con el económico. Un enfoque correcto de la cuestión supone el reconocimiento de la autonomía de lo político, no sólo como problema académico de gran significado heurístico, sino como criterio de aplicación práctica. Las dimensiones de este fenómeno pueden ser notables, como lo muestra el intento frustrado de alguna agencia internacional de ayuda a Centro América, de elaborar los mismos libros de texto para todo el istmo, con prescindencia de las importantes diferencias culturales, sociales e institucionales existentes en toda la región. O la desconcertante respuesta que algunos funcionarios norteamericanos reciben en Panamá, Guatemala, Honduras y Nicaragua en sus bien intencionados intentos de promover la democracia y la desmilitarización. O la impotencia de la Comunidad Europea de reproducir en el istmo su valiosa experiencia de un parlamento regional.

6.- La cuestión de las estructuras de poder social y político

La otra dimensión condicionante interna la constituye el problema de la estructura del poder social y político. En muchos casos, esta corresponde directamente a herencias pasadas que han consolidado no sólo un esquema de poder social y de influencia política, sino mecanismos de organización de la producción misma. La discriminación racial contra el indio, la cultura de la violencia o la naturaleza cerrada y excluyente del sistema político, son expresión en muchos casos de herencias coloniales no superadas o dependencias externas cristalizadas en ciertas formas de poder. La realización de elecciones en muchos de esos países, frecuentemente llega a disimular pero no a borrar del todo la presencia de esos elementos estructurales del poder.

Dos ejemplos, distintos entre sí, pueden ilustrar estos aspectos. En República Dominicana, una combinación de factores históricos relacionados con la estructura del poder logró perpetuar por muchos años mecanismos políticos, sociales y económicos provenientes de la dictadura de Trujillo. Así, por ejemplo, aun hoy el Presidente decide qué partidos se financian, el monto de esa financiación y cuándo se les entrega (las llamadas exoneraciones); a través del Procurador Nacional, determina en la práctica qué juicios se continúan, cuándo y contra quién; fija la cantidad y el monto en que se financia la Junta Electoral, etc., para mencionar sólo algunos aspectos simbólicos.13 Ciertamente, hay avances significativos con respecto a la dictadura, lo cual nadie niega y estos constituyen desarrollos de gran valor. Pero la esencia del poder manifestado detrás de la figura del Presidente, o mejor aun de la institución presidencial dominicana, continúa expresando en cierta medida la existencia de fuertes resabios del trujillismo. El contexto regional frente a una Cuba sometida a sitio, reproduce ciertas condiciones externas que facilitan la intangibilidad de tales estructuras, pese a los esfuerzos de democratización apoyados por el Presidente Carter en la elección de l978 y venidos claramente a menos en la más dudosa de l990. En Guatemala, la herencia colonial pervive en diversas formas de dominación sobre la población, particularmente en la discriminación y marginación sistemática de los indígenas, que constituyen alrededor de un 60% de la población. Su ausencia de las contiendas electorales, su falta de integración real a la vida socio-económica y cultural del país; lo mismo que la discriminación racial de que son objeto, no sólo son elementos arraigados en la cultura nacional y en la práctica social de las diversas capas en que se subdivide la sociedad guatemalteca, sino que son resultado directo de una forma de organización social del trabajo y la reproducción económica proveniente del período colonial.

En general, los mecanismos autoritarios de gestión tienen fuentes distintas. En unos casos las debilidades y retrasos en el proceso de integración nacional de la población y el territorio determinan un desbordamiento de la fuerza armada. En otros, la ausencia de una clase dirigente hegemónica y de vocación nacional, capaz de superar los enfoques estrechamente sectoriales es lo que abre los espacios a la intervención de los militares. Estos casos podrían ejemplificarse con Honduras para el primero y con Perú para el segundo. Está también el fenómeno de desbordamientos populistas, que generan primero impasses y caos después, facilitando con ello el golpe militar. Argentina, Brasil, Chile responderían a ese esquema. Así los militares aparecen como el único y último recurso para imponer al conjunto de la sociedad nacional conducciones políticas eficaces. En el caso guatemalteco y salvadoreño anterior a los Acuerdos de Paz, el rol de los militares es más bien de carácter estructural, no coyuntural. Aquí, lo mismo que en Honduras, esta dimensión se ve complicada en la realidad, por los diversos métodos de conexión y "linkages" que se desarrollan con el exterior, no sólo en la forma abstracta de ingreso al mercado mundial, sino de imbricación económica, financiera y social directa con empresas internacionales. Tal fue el caso, en Guatemala y Honduras, de las empresas bananeras. Es así, como la estructura de poder económico y social llega a confundirse con la política. No es que aquéllas influyen en ésta. Sino más bien que se mezclan en un grado tal, que la supervivencia social y ecónomica de los diversos grupos dominantes, se asocia de manera indisoluble con la cuestión del control político. No se trata, en este caso, del cambio normal de un sector político sobre el cual se tiene influencia y de la capacidad que se tiene para soportar su desplazamiento por otro sobre el cual son otros grupos o intereses, incluso competidores, los que influyen. Se trata de que de ese desplazamiento en la esfera del poder político depende la supervivencia de importantes sectores económicos y sociales ligados totalmente al control de ese poder. El caso del Paraguay, con la caída de la dictadura de Alfredo Stroessner y el ascenso del General Andrés Rodríguez, ilustraría también esta situación. Por ello, más allá de la cuestión del rol de los militares, de la pertenencia o no al partido Colorado, del parentesco entre los generales Stroessner y Rodríguez y las debilidades e incoherencias de los liberales, la lucha por el poder pasa a ser una cuestión de supervivencia personal, familiar y social. La aplicación de criterios eticistas, como la lucha contra la corrupción administrativa; y formales, como el mantenimiento de plazos electorales y el rechazo a ciertas formas de nuevo liderazgo político, en un momento determinado pueden generar, como de hecho lo han generado, crisis profundas. Estas comprometen el proceso en su totalidad. Desplazan a unos sectores y promueven a otros. Y así, con frecuencia, los más autoritarios o menos democráticos encuentran en la formalidad del proceso, o en el culto externo a los principios democráticos, el mejor mecanismo de retorno al poder y perpetuación de su tradicional poder económico, social y político. De ahí las estridencias en favor de las formas democráticas de parte de los herederos directos de Stroessner, en busca de hacer saltar el nuevo orden político.

Este dramatismo de situaciones extremas, donde control del poder político y sobrevivencia social y económica van de la mano, adquiere expresiones más matizadas y menos agudas en sistemas donde los mecanismos democráticos han operado con más fuerza, o donde una economía más desarrollada, con empresas competitivas a nivel internacional, ha encontrado un dinamismo propio. Aquí lo que realmente se requiere son condiciones y garantías políticas mínimas a nivel local para operar con eficiencia y seguridad. O bien, en determinadas condiciones, a lo que se llega es a utilizar las influencias políticas y los mecanismos usuales de corrupción administrativa. Estos sirven de neutralizadores o facilitadores útiles para frenar a otras empresas competidoras u obtener para si ventajas y privilegios en el mercado local.

En todos los casos, sin embargo, la cuestión de la democracia implica de manera directa afectar la estructura del poder nacional en grados diversos. Donde el desarrollo es mayor y la vinculación entre aquél y las estructuras de poder social y económico más diluida, el margen propiamente político en favor de la democratización parece ser mayor. Pero donde la conexión entre poder económico, social y político llega a ser prácticamente indisoluble -como es un fenómeno usual en los más atrasados regímenes autoritarios-, el problema deja de ser el del procedimiento para integrar los órganos estatales y designar a quienes tomarán las decisiones. Pasa a ser uno mucho más agudo y vital, que se refiere a la supervivencia de esos sectores sociales y empresariales dirigentes, indisolublemente ligados al poder político.

Para la promoción de la democracia desde el exterior, es de vital importancia el hecho de que se está en presencia de diversos grados de interés y significación de los hechos políticos. En algunos casos, estos trascienden la cuestión meramente política para abarcar una realidad de poder que incluye a otros niveles esenciales de la sociedad, vitales para la subsistencia de determinados grupos. Aparte de la cuestión de mecanismos más amplios o pequeños a los cuales influir, cuando se trata de la condicionalidad política y no meramente técnico-económica, hay un problema que no por intangible deja de ser esencial. Este es precisamente el problema del poder. Las razones de por qué ciertos condicionamientos económicos, tales como los promovidos por organismos financieros internacionales para corregir deficiencias en la balanza de pagos, combatir la inflación o eliminar distorsiones en las exportaciones, etc., pueden imponerse con más facilidad que los condicionamientos políticos relacionados con la democracia, tienen que ver esencialmente con el problema del poder. Más que el número pequeño o grande de funcionarios que intervienen; las estructuras administrativas múltiples que deben participar; o la evaluación ulterior a que pueden ser sometidas las medidas adoptadas,14 en la democratización la cuestión técnica, con todo lo importante que es, cede ante la problemática propiamente política que implica. Ciertamente, hay una cuestión de voluntad y complejidad del universo institucional que debe movilizarse en uno y otro caso para la consecusión de determinados objetivos. Incluso puede ser necesario desarrollar instituciones, inexistentes o inútiles en el período autoritario; o darle vida a las que sólo de nombre existían. Pero esto no es lo esencial para evaluar las dificultades y obstáculos de la promoción democrática desde el exterior. Lo principal radica justamente en que se están afectando relaciones de poder, no sólo de quienes lo detentan sino de quienes lo pretenden o cuestionan. En general, el poder no es absoluto, salvo en condiciones excepcionales. De algún modo es el resultado de un paralelogramo de fuerzas donde una sola de ellas puede controlar una porción desproporcionada; la cual, sin embargo, no llega a eliminar del todo la de las otras fuerzas presentes en el sistema político. Por lo demás, como se ha visto después de l989 con la caída de los regímenes de Europa del Este, el monolitismo político en el ejercicio del poder sólo existe en las declaraciones. Las diversas secciones en que se subdivide la sociedad, a partir de las distintas percepciones y grupos de interés, tienden a manifestarse aun dentro de las estructuras más cerradas. Si bien externamente pueden proyectar una imagen única y homogénea, la experiencia demuestra la supervivencia de diversas tendencias y ejes de influencia al interior de la estructura del poder, pretendidamente monolítica. Tal fue el caso de la Unión Soviética y de la República Popular China, aun en períodos tan cerrados como el de Brezhnev y el de la Revolución Cultural. Y ese ha sido el caso de dictaduras como las de Somoza en Nicaragua, los militares en Guatemala, Stroessner en Paraguay o, con todas sus particularidades y diferencias, el del PRI en México.

Todas estas tendencias y contratendencias al interior de un sistema político nacional (con mayor razón si éste es democrático; pero también si es autoritario o en transición a la democracia), reflejan distintos grados de interés social y diferentes percepciones sobre los fenómenos políticos e influencias pretendidamente democratizadoras. Y en ese sentido influyen de manera directa en la adopción y ejecución de las medidas políticas promovidas desde el exterior, ya sea favoreciéndolas, obstaculizándolas, o bien manipulándolas para que juegen a su favor en el corto, mediano o largo plazo.

Es verdad que ciertas medidas gubernamentales implican uno o varios actos relativamente únicos y suponen una sola voluntad que actúe. Sin embargo, en materia de política y de democratización, se está en presencia de diversas voluntades políticas que actúan e interactúan de manera distinta y contradictoria. Además, cada acto de esta naturaleza conlleva supuestos de diversa índole (legislativos, administrativos, institucionales, políticos e incluso financieros), así como decisores múltiples y condiciones de ejecución diferenciadas. De allí que cada una de las etapas de recomendación de políticas; adopción de medidas; y ejecución y evaluación de resultados, constituyan en si mismas problemas completamente distintos, aunque obviamente relacionados entre si. Y que la promoción democrática desde el exterior deba lidiar con situaciones que afectan, en muchos casos, no sólo la cuestión procedimental de cómo integrar los órganos del poder político, sino las más complejas referidas a la organización y funcionamiento tradicionales de la economía y la sociedad.

7.- El factor tiempo en el desarrollo democrático. Consistencia y continuidad

Uno de los problemas con que se encuentra la promoción de la democracia por agentes externos al país, radica en el predominio de concepciones cortoplacistas de parte de donantes y agencias internacionales. Esto mismo se manifiesta en los criterios que se utilizan para evaluar los avances o retrocesos del cambio democrático en un país determinado. Mientras que la construcción de la democracia, en una concepción omnicomprensiva y global, abarca generaciones enteras, ciertas preocupaciones políticas no llegan a cubrir siquiera una administración gubernamental completa. Se tiende a medir los resultados por cuatrienios o, a lo sumo, por décadas. Y hay una clara inclinación a subestimar los procesos de largo plazo que constituyen, en la persistencia de ciertas formas de autoritarismo o en la implementación verdadera de mecanismos democráticos, los únicos plazos realmente significativos.

La relevancia de este aspecto es notoria aunque poco reconocida, como resultado de las urgencias burocráticas que usualmente acompañan las políticas de condicionamiento político. Dados los problemas que acompañan su ausencia, dos elementos resultan claves en la consideración del condicionamiento externo como instrumento político útil para promover la democracia. Esos elementos son la continuidad y la consistencia de las políticas. Sin ellos, los efectos del condicionamiento pueden ser no sólo ineficaces sino contraproducentes. En las actitudes de ciertos dictadores hacia las presiones de la comunidad internacional, ha estado presente el alto precio que acarrean la inconsistencia y la discontinuidad. En este sentido el record de la política norteamericana en América Latina no presenta precisamente el mejor de los resultados.15 Detrás del menosprecio a recomendaciones e incluso sanciones de ciertos órganos colectivos internacionales, como recientemente se dio en el caso de Haití con las de la Organización de Estados Americanos, está la experiencia reiterada de la falta de continuidad e inconsistencia de tales políticas en el pasado. El comportamiento del Perú, después del golpe de Fujimori, a su vez, buscando mejorar su imagen internacional con concesiones formales pero manteniendo los rasgos propios de un autoritarismo de nuevo cuño recién establecido, parece responder también a una lectura del comportamiento final irrelevante de la comunidad internacional, que descubre en sus decisiones los rasgos apuntados de inconsistencia y discontinuidad.

Ciertamente la transición democrática conoce de aceleraciones, estancamientos y retrocesos. Y el rol de las presiones internacionales puede jugar un papel significativo. Pero es cierto también que ello mismo obliga a una perspectiva dinámica que flexibilice la aplicación de criterios que, sin embargo, deben ser lo más uniformes y permanentes posible. Por ello las políticas de condicionamiento político externo no deben caer en el espejismo de abarcar dimensiones no sólo excesivas sino imposibles de mantener como criterio universal.

La circunstancia de que un país sea lo dependiente y suficientemente pequeño como para esperar resultados eficaces de imposiciones digamos democráticas, no elimina en absoluto el problema de la continuidad y la consistencia, aunque haga factible esperar en él resultados más satisfactorios con las mismas presiones. Porque al no aplicarse en situación similar o parecida, la misma norma a otro más grande y menos dependiente, la consecuencia política es cuando menos triple:

a) Tanto en el país pequeño como en el grande, las fuerzas antidemocráticas o autoritarias se verán estimuladas a persistir en sus políticas negativas. En el casode las fuerzas antidemocráticas del país grande y poco dependiente, por una clara sensación de impunidad; en las del país pequeño y dependiente, por la irritación que causa en ellas el doble standard aplicado; y por la esperanza, así estimulada, de cambios a su favor al transcurrir el tiempo y no obtener concesiones de su parte.

b) En los propios centros de poder internacional, ya se trate de un organismo internacional o un gobierno occidental, más fácilmente surgirán criterios y tendencias favorables a buscar la consistencia no precisamente en un sentido democrático, sino en el de la realpolitik.

c) Tanto el doble standard aplicado, como la inconsistencia observada en los actores internacionales más relevantes, tiende a alimentar comportamientos negativos en otros países y contribuye, primero en los países más grandes y menos dependientes; y luego en todos los demás, a que levanten cabeza las fuerzas autoritarias que esperaban su oportunidad para volver a la escena política. De allí el movimiento pendular observado en América Latina, donde los procesos de restauración autoritaria tienden a comenzar, precisamente, con los países grandes, no con los pequeños. Un retroceso en Haití o en Honduras no precipita procesos similares en Brasil, Ecuador o Argentina. Pero un cambio en estos últimos puede tener serias consecuencias no sólo en los países vecinos, sino en otros más alejados y pequeños. Los casos que ilustran esto en el pasado latinoamericano son múltiples, como para necesitar ejemplificarlos aquí.

Finalmente el factor tiempo influye en otra dimensión. Ella es la dinámica inherente al proceso democratizador, que no se resuelve en un presente aquí y ahora, sino que constituye una prolongación de fenómenos pasados, un esfuerzo de institucionalización de procedimientos políticos y una perspectiva de cambio para la población. Esto es particularmente agudo en el caso de sociedades donde la tarea de democratización supone la superación de mecanismos de poder arraigados en un pasado colonial; de factores culturales contrapuestos a los valores democráticos (caudillismo, cultura de la violencia, intolerancia, discriminación racial, etc.); o de sistemas políticos excluyentes y cerrados. La democratización pasa a ser así no sólo un problema eleccionario sino también de inserción eficaz de las demandas de la población al sistema político. Ello supone, en otro sentido, algún grado de respuesta positiva a tales demandas; e introduce factores de valoración del sistema democrático que van más allá de las cuestiones meramente procedimentales. Esto no afecta desde luego las definiciones conceptuales, que siguensiendo las mismas. Pero dados los atrasos seculares que deben superarse en algunas de esas sociedades, ello sí suscita cuestiones políticas prácticas que, más allá de definiciones y problemas académicos, llegan a ser determinantes para la existencia del régimen democrático.16 Las políticas externas que buscan favorecer los cambios democráticos al interior de sociedades en las que la dimensión autoritaria aun prevalece, deben tomar en consideración los factores mencionados para poder precisar el marco político concreto en que deben desenvolverse con realismo y eficacia.

Así, la cuestión del pasado, presente y futuro de la democracia deja de ser una cuestión teórica y adquiere una dimensión práctica concreta. En Panamá, el pasado autoritario se liga directamente con tres momentos específicos: con el período de dominio de la oligarquía "rabiblanca" desde la fundación de la república; con el gobierno del General Omar Torrijos, a partir de 1968; y con la dictadura del General Manuel A. Noriega. La superación del régimen autoritario no significó para el pueblo panameño simplemente el establecimiento de un procedimiento electoral, que de algún modo siempre operó. Con la llegada del General Torrijos fue concebido como un movimiento doble: de apertura del régimen social, que se había iniciado claramente con su advenimiento al poder; y de apertura del régimen político, con la creación de opciones para todos los panameños de participar en el manejo de la cosa pública. Noriega terminó negando ambos. El presente surgido de la intervención norteamericana, sin embargo, poco a poco se ha ido perfilando como un eventual cierre del sistema social y una restauración de la vieja oligarquía canalera y pronorteamericana que Torrijos había desplazado. Esto se acompaña con una descomposición del sistema político, que deja abiertas todas las opciones: tanto las del outsider, como las de algún caudillo autoritario que se haga con el poder cuando los Estados Unidos lo permitan. El futuro se presenta como una triple posibilidad, de difícil pero posible construcción: de apertura en el sistema social; apertura en el sistema político y respuestas más o menos eficaces a las demandas socio-económicas de la población. En cada una de esas etapas, que van del dominio oligárquico a la situación actual, el papel del condicionamiento externo no sólo ha sido distinto, sino que necesariamente ha tenido resultados diferentes. Y ha generado expectativas y afectado sentimientos que terminan condicionando de una manera inesperada a todo el proceso político de democratización. En otro sentido, sin embargo, la experiencia en un país como Panamá muestra la impotencia relativa y los límites de la democratización promovida desde fuera, aun en pequeños países donde la dependencia económica, financiera y política es notoria y donde incluso opera la influencia decisiva de la intervención armada. Porque no obstante la imposición militar de una invasión y la movilización posterior de tropas para apoyar el gobierno recién instaurado contra las protestas supuestamente de intención golpista de la policía, el desarrollo político interno de la sociedad panameña determinó resultados no sólo distintos sino contradictorios con los que se buscaban, tanto por el gobierno norteamericano como por las élites dirigentes aliadas suyas en el derrocamiento del General Noriega.

Fenómenos políticos parecidos podrían invocarse en otros casos presentes en el Caribe o en América Central. Y con formas distintas, y en distintos períodos históricos, en otros ejemplos de la América del Sur. En todos esos casos los factores condicionantes internos resultan ser los determinantes y constituyen el marco objetivo donde las influencias externas deben proyectarse. Esto a su vez hace obligado, al considerar la posible eficacia de políticas condicionantes de intención democrática, tomar en cuenta esos elementos de tiempo, consistencia y continuidad. Son ellos los que matizan la inserción y la influencia posibles de esas políticas de origen externo en el sistema interno del país de que se trata; y sin ellos la condicionalidad puede resultar no solamente retórica sino contraproducente.

8.- El problema de los actores reales y no supuestos en un sistema político democrático

Cuando el autoritarismo emerge en sociedades con un cierto nivel de desarrollo económico, social y cultural, la restauración democrática encuentra la existencia de equipos políticos y sociales capaces de asumir con claridad relativa y responsabilidad las tareas de la transición. Incluso en sociedades donde el período autoritario se prolongó por varias décadas - por ejemplo la España de Franco o el Portugal de Salazar-; o la dictadura se estableció sobre estrictas bases ideológicas, organizativas y políticas -como en la Alemania nazi, la Italia fascista o la ex-Unión Soviética-, el sustrato social permitió la existencia de elementos clave para la posterior transición democrática. Más allá de la cuestión teórica abordada por Pareto, Mosca y Aron de un lado; y Marx y Gramsci de otro, con un esfuerzo de superación como el de Giddens -que no entramos a discutir aquí17 - es lo cierto que el problema político práctico de la existencia o no de élites alternativas en una sociedad y en un momento determinado, pasa a ser vital para la construcción exitosa de un sistema político democrático. De ello depende en mucho el proceso mismo de tránsito, la celeridad del cambio y las perspectivas de consolidación, siendo éstas más amplias y favorables donde tales élites dirigentes de vocación democrática están más desarrolladas y capacitadas para llevar adelante el proceso. En América Latina el caso venezolano a la caída de Pérez Jiménez y los acuerdos de Punto Fijo, testimonian sobre el rol de las dirigencias políticas y el significado de su vitalidad para pasar a la democracia y orientar sus acciones ulteriores hacia la consolidación del nuevo régimen político.

Desde el ángulo de los efectos y percepciones que acompañan al condicionamiento externo en pro de la democratización, este problema de la existencia o no de dirigencias alternativas, así como de las características que les son propias, adquiere dimensiones particulares. Podrían distinguirse diversos niveles en ese sentido. Uno primero estaría constituido por sociedades donde la dictadura no eliminó o impidió el desarrollo de tales élites alternativas, como sería el caso brasileño, argentino, chileno, mexicano o venezolano. En todos ellos, estaríamos en presencia de grupos humanos capacitados para asumir la conducción política de la nación, y no sólo aptos para negociar los términos mismos de la transición y determinar los márgenes de concesión susceptibles de otorgar a los diversos tipos de fuerzas autoritarias en retirada, y muy particularmente las constituidas por las fuerzas armadas.

Otro nivel sería el intermedio, representado por sociedades donde las dirigencias, si bien no tienen ese grado de formación y desarrollo, sí han alcanzado grados importantes de liderazgo calificado. Requieren alcanzar, sin embargo, niveles de cohesión social, política e ideológica más altos, como para poder dar cuenta de las demandas de tipo nacional, y no meramente sectorial que se les presenta como clase política dirigente. Esto hace posible, sin embargo, la conformación de equipos dirigentes alternativos capaces no sólo de negociar la transición sino de asumir, en alguna medida, la conducción de los asuntos públicos, con un cierto grado de eficacia, responsabilidad y autoridad. Este sería el caso de Perú, la República Dominicana, El Salvador o Ecuador, aunque cada uno de ellos por razones y con características diferentes.

Un tercer nivel estaría constituido por aquellas sociedades donde el escaso desarrollo se combinó con la prolongación del régimen autoritario, para presentar muy débiles procesos de formación de élites sociales y políticas alternativas. O donde, por la naturaleza de la represión y la violencia política, se está en presencia de los restos de una élite civil en franco proceso de reconstitución. Tal sería el caso de Haití, Honduras y Panamá; de Bolivia, Nicaragua, y Paraguay. Y, más particularmente, de Guatemala en el último caso.

El papel que puede desempeñar el condicionamiento político externo en tan diferentes situaciones, así como la distinta receptividad que puede tener al interior de los respectivos sistemas políticos, difieren sustancialmente en uno y otro caso. En primer lugar, porque en unos países se cuenta con un actor interno capaz de asumir las tareas que la democratización implica; mientras que en otros, una de las precondiciones requiere ser impulsada y desarrollada. Probablemente esto mismo facilite en este último caso una tendencia más favorable a la intervención foránea, tanto del donante como de los líderes locales emergentes, precisamente por la debilidad del actor político interno. Pero por ello mismo es más dudosa la conveniencia de un grado elevado de intervención, en la medida en que ello le implica asumir al agente externo, en cierto modo, responsabilidades, demandas y perfiles que son más propios de un actor interno; el cual, por otra parte, no ha terminado de hacer su aparición en la escena política local. Ni siquiera urgencias de tipo migratorio, orientadas a frenar la invasión de migrantes, como sería el caso haitiano; o exigencias de carácter humanitario, como en Somalia y Mogadiscio, pueden ocultar esta difícil problemática política.

Este factor se combina finalmente, con otros de diferente naturaleza, como el de la falta de continuidad, la inconsistencia y el tiempo; la debilidad o ausencia de instituciones y el predominio de la cultura autoritaria. El resultado es la conformación de un contexto contradictorio: de un lado, abiertamente limitante del margen real de influencia de los condicionamientos externos en favor de la democratización. Y de otro, más necesitado y favorable a las políticas de condicionamiento externo. En el contexto apuntado, es natural que se aumenten las posibilidades que tiene el agente externo de equivocar los objetivos adecuados que deben buscarse en un momento determinado. Las definiciones abstractas ajenas a la dinámica específica dificultan más bien que facilitan la acción, si no se traducen concretamente a la realidad sobre la cual se pretende actuar. Los reclamos internos de grupos y dirigentes tienden con toda naturalidad a manipular el apoyo internacional a la luz de objetivos y percepciones que no alcanzan, en muchos casos, un nivel nacional. El caso histórico nicaragüense sería paradigmático en este sentido; pero también el de Cuba en el período de la Enmienda Platt; o el de Panamá y Haití. Tales factores también pueden combinarse para identificar erróneamente como enemigos a sectores responsables que buscan ciertos equilibrios sociales y condiciones políticas para avanzar eficazmente en el proceso de democratización. Políticamente podría ocurrir que la mejor decisión sea la de apoyar sectores de las fuerzas armadas, urgidos de soporte internacional y que quieren impulsar la formación de nuevos liderazgos, capaces de asumir tareas que, en las circunstancias prevalecientes en el país, sólo pueden ser cumplidas por el Ejército. Y esto podría darse en detrimento de la aplicación rígida de conceptos democráticos válidos como elecciones, retiro inmediato de los militares del poder, etc. Los interrogantes que tales escenarios plantean, sólo pueden ser resueltos de manera correcta y permanente a partir de desarrollos políticos y sociales de origen y carácter internos. Estos no son susceptibles, en modo alguno, de ser suplidos por condicionamientos provenientes del exterior.

Todo lo cual, de manera creciente, parece sugerir la necesidad de restringir el ámbito de aplicación del condicionamiento político externo. Y subraya la conveniencia de reducir éste a un marco conceptual y político realmente universal y manejable, como exigencia mínima de cumplimiento obligatorio por todos los países. Esto, además, tendría la ventaja de impedir el abuso del condicionamiento por parte de grandes potencias, para violentar la voluntad soberana de pueblos más débiles e imponer, claro está en nombre de la democracia, conductas satisfactorias para los intereses del donante más que del donatario.

9.- Autonomía y soberanía en la promoción democrática

Otra dimensión presente en la promoción de políticas

democráticas desde el exterior,18 está constituida por el problema del nacionalismo, el intervencionismo y la resolución de conflictos entre estados. No obstante que en materia de valores pareciera sencillo establecer una coincidencia entre donantes y receptores, la realidad muestra diversos grados de dificultad. Aparte de los elementos centrales que hemos analizado con anterioridad, surge la cuestión de los resultados de ciertos cambios democráticos que pueden traer conductas políticas no del todo agradables para los donantes. Así, en Nicaragua el cambio político promovido desde el exterior, facilitó el triunfo electoral de la coalición antisandinista unida tras la figura de Violeta de Chamorro. Pero en el ejercicio del gobierno, la nueva presidenta siguió una política de equilibrio y concesiones con los sandinistas que ha disgustado a ciertos sectores políticos dentro y fuera de Nicaragua. Por circunstancias que no son del caso analizar aquí, uno de los actores externos ha tenido la fuerza suficiente y el acceso necesario a los centros de poder, para detener una ayuda esencial para apaciguar la crítica situación social del país y avanzar hacia una consolidación de la democracia. Desde luego, esta no es una opinión generalizada en el país donante y fácilmente puede atribuirse a la acción individual del senador Helms. Pero el resultado práctico es objetivamente el mismo para la conducta real del donante: lo que trajo la democracia, con toda su legitimidad, no le gustó. En esas condiciones, éste se ha creído libre para ejercer presión a fin de obtener una adecuación de la conducta política de las autoridades gubernamentales de un país soberano a sus propias concepciones de lo que debe ser la política nacional.

En tal caso surge la cuestión de los límites del intervencionismo extranjero en los asuntos internos de un país, para la promoción de la democracia. Hasta dónde llegar y en qué límite detenerse, deja así de ser una cuestión teórica y conceptual, para convertirse en un problema político práctico. Sobre todo porque la invocación de valores democráticos contribuye, en ciertas condiciones, a abrir compuertas a políticas intervencionistas que posteriormente es muy difícil volver a cerrar. Así, probablemente estimulado por el éxito de su gestión en Nicaragua, el mismo senador Helms logró otro condicionamiento político. Esta vez se trató de la retención de préstamos del BID para Costa Rica, no obstante la trayectoria democrática del país. Pese a existir un régimen judicial independiente y un sistema legal de expropiaciones de muy larga data que ha operado hasta hoy, la cuestión planteada tenía otro cariz. Se trataba de que el sistema legal costarricense no satisfacía ni al norteamericano propietario de la finca ni al senador y, por ello, debía ser cambiado para ajustarlo a las pretensiones de los reclamantes. Los préstamos debían entonces ser retenidos hasta tanto no se adecuara, tanto la forma como los plazos de la indemnización que recibiría el amigo personal del senador, a las concepciones jurídicas de éstos. Aunque ello fuera en detrimento directo de las disposiciones legales que tradicional y legítimamente han operado en Costa Rica. Con ello la expropiación de la finca Santa Elena, en su momento utilizada por la CIA para la política de apoyo a los "Contras" en Nicaragua, pasó a ser un caso evidente en que la condicionalidad se tradujo en un intervencionismo que violentaba un orden jurídico establecido dentro de las más estrictas normas de un sistema democrático.

No es de extrañar, entonces, que tales experiencias sobre el condicionamiento democrático, independientemente de las simpatías que pueden encontrar al interior de cada país -los ex-contras y los antiguos aliados de la señora de Chamorro en el caso de Nicaragua; los copropietarios y socios del señor Hamilton en el caso de Costa Rica-, alimentan sin proponérselo un elemento político de gran importancia: el nacionalismo. Hacen surgir, además, la cuestión de ¿cuándo se promueve la democracia y cuándo se trata de otros intereses? ¿Cómo frenar la mano interventora y quién fija los límites y alcances de la intervención?

En determinadas circunstancias fenómenos de este tipo se traducen en un exacerbamiento de los sentimientos nacionales, que ven violentada su soberanía y su dignidad nacional. Es frecuente, entonces, que sectores autoritarios menos preocupados de políticas sociales y de desarrollo económico, que requieren de la ayuda externa; y más interesados en acceder a los centros de poder, se conviertan en portadores de las reivindicaciones nacionalistas. Es así como los generales Vargas Pazos en Ecuador y Efraín Ríos Mont en Guatemala; o el Coronel Roberto Díaz Herrera en Panamá; o, en general, los militares ecuatorianos, peruanos y venezolanos; guatemaltecos, salvadoreños y hondureños, pretendan constituirse en el reducto de defensa nacional de la soberanía y la dignidad, de cara a las pretensiones externas de imponer determinadas conductas a los gobernantes locales.

Con ello se producen consecuencias que pueden ser altamente negativas y que en definitiva afectan la posible evolución de la vida democrática del país. Es posible que los sectores favorables a los cambios democráticos , por razones fácilmente explicables, se vean inclinados a favorecer las presiones externas, como mecanismos coadyuvantes a sus esfuerzos por superar el autoritarismo imperante. No se requiere una actitud extrema como la de la oposición no sandinista en Nicaragua, que llegó a exhibir en la tribuna de su principal concentración el mensaje que les enviaba el senador Helms. Basta el propiciar cierto tipo de presiones que abarcan espacios cuestionables en las relaciones entre estados, para que quienes las apoyan o admiten pasen a ser percibidos como contrarios a los intereses nacionalistas del país. El efecto final es tanto una deslegitimación de sectores que pueden ser una alternativa democrática, como un cuestionamiento fundado del propósito y alcance verdaderos de los condicionamientos externos.

Hay, además, otros efectos colaterales.

a) En los países vecinos del país receptor, la práctica muestra una tendencia a prevenir el posible impacto de los condicionamientos externos, más que a evitar que estos les puedan ser aplicados. Con ello se abre la posibilidad de la ineficacia del condicionamiento o, para alcanzar ésta, la peligrosa necesidad de un desarrollo en espiral de las sanciones y condicionamientos posibles provenientes del exterior.

b) En el propio país objeto del condicionamiento se desarrolla una tendencia a presionar fuertemente a aquellos sectores que probablemente sean beneficiarios políticos de tales condicionamientos. Esto puede recibir incluso un cierto grado de apoyo a nivel popular, dependiendo de los temas objeto de discusión, las partes que intervienen y el alcance y forma del condicionamiento. Todo lo cual debilita más que fortalece el proceso mismo de democratización.

c) A nivel interno también tiende a desarrollarse una actitud política negativa, que traslada al exterior responsabilidades que son exclusivas del propio país. Estas tendencias están presentes no sólo en los casos mencionados de Panamá y Nicaragua, sino que se hicieron evidentes en República Dominicana durante las elecciones de l990 y la participación acordada al ex-Presidente Carter.

d) Tanto en el país recipiente como en los países vecinos con situaciones similares, se desarrolla a veces una tendencia al cumplimiento aparente de las condiciones. Aparece asi el problema de la evaluación requerida para certificar el cumplimiento; quién certifica y cómo; y hasta dónde el cumplimiento aparente termina comprometiendo al gobierno o entidad que condiciona. En este sentido la última experiencia de la OEA en sus negociaciones con el gobierno de Fujimori en Perú, para la celebración de elecciones y el retorno a la democracia en el país, podrían evidenciar cómo el condicionante resultó condicionado y apresado en la práctica política del país receptor.

En todo caso, esto demuestra que en la medida en que el condicionamiento externo trata al fin de cuentas con mecanismos diversos de intervención en los asuntos internos de otros países, su marco conceptual debe limitarse estrictamente. El nacionalismo fácilmente puede reforzar políticas normalmente cuestionables en otras circunstancias y facilitar las políticas represivas del régimen. La invocación del interés nacional, de la defensa de la patria y los valores de la nacionalidad, puede ser un factor de movilización política no sólo contra un enemigo externo sino en pro de un sistema establecido. Asimismo, puede ser un instrumento de gran utilidad para el aislamiento de las fuerzas democráticas que buscan el cambio y un recurso que permite disfrazar o justificar las orientaciones y prácticas políticas verdaderas de los grupos autoritarios que detentan el poder. El uso dado por el régimen del General Noriega durante algún tiempo a esta retórica, buscaba reproducir en su favor lo que fue el leit motiv de la política nicaragüense bajo el sandinismo, o la tradicional cubana bajo el régimen de Fidel Castro hasta el día de hoy.

Finalmente, el condicionamiento político externo supone de parte del donante un tratamiento moderado y un control de sus términos, alcances y objetivos que usualmente el agente externo no está en condiciones de garantizar ni controlar. Abusos en este sentido; inconsistencias o errores graves de apreciación; iniciativas individuales que tienen éxito en condicionar todo el sistema -como las del Senador Helms-, o intromisiones que lesionan aspectos sensitivos de la dignidad nacional, pueden ser altamente negativas. Pueden también afectar gravemente no sólo la legitimidad y credibilidad de las políticas del donante, sino exacerbar el nacionalismo del país receptor19. Pueden igualmente resultar dañinos a las fuerzas democráticas que luchan en el sistema político nacional por un cambio democrático; y proyectarse negativamente en todo el ambiente internacional.

10.- ¿Qué hacer? Algunas consideraciones sobre política aplicada

Por lo que queda indicado, las políticas de condicionamiento democrático externo, para poder no sólo producirse sino tener efectos positivos en los países donde se quieren aplicar, presuponen un conocimiento político detallado del medio. Esto no es posible lograrlo simplemente a través de informaciones gruesas y no elaboradas, como las que usualmente se encuentran en embajadas y oficinas burocráticas de las agencias internacionales. La experiencia de algunos organismos multinacionales, como ocurre con el programa del Centro de Asesoría y Promoción Electoral (CAPEL), del Instituto Interamericano de Derechos Humanos (IIDH), muestra la necesidad de diagnósticos políticos concretos y precisos, continuados y comparables. Tal enfoque permite no sólo adentrarse en los mecanismos que operan al interior del sistema político local, sino ubicar a estos en la dinámica histórica del propio país y su región; abriendo con ello la posibilidad de estudiarlos comparativamente en un contexto internacional más amplio, lo que les da el pleno sentido y significación requeridos para una decisión y acción políticas coherentes y sólidas.

Asimismo, es necesario abandonar la pretensión de encontrar y aplicar recetas universales y burocráticas que sólo sirven, en última instancia, para facilitar al director de departamento una especie de vademecum político, de aplicación sencilla y mecánica. La flexibilidad, concresión y claridad en el diseño y aplicación de políticas, son un requisito obligado, sin el cual difícilmente pueden esperarse resultados positivos. Al fin y al cabo no se trata de la balanza de pagos o el déficit fiscal, sino de instituciones públicas y cuestiones ligadas a los problemas del desarrollo de una cultura democrática. En otro sentido, esto supone reducir el ámbito en el cual se pretende aplicar el condicionamiento político. Entre más amplio sea éste, más difícil resultará su aplicación, la consistencia y continuidad de las políticas, y los efectos positivos, locales y regionales, de su utilización.

Pareciera, por todo ello, necesario elaborar un marco conceptual mínimo pero esencial, dentro del cual la condicionalidad no sólo puede operar más fácilmente sino de manera coherente y eficaz. Algunos de esos elementos mínimos estarían representados por estos elementos centrales

a) Respeto a los derechos humanos fundamentales, como requisito indispensable para acceder a la ayuda internacional o relaciones especiales de comercio e inversión internacionales20 . No se trata de supeditar las relaciones entre Estados a este condicionamiento, pues aquéllas deben desarrollarse sobre supuestos diferentes. Se refiere a que no sea posible para un Estado que viola sistemáticamente los derechos humanos, beneficiarse especialmente de una relación económica, financiera, comercial o de ayuda con naciones que quieren promover la democracia. Este criterio condicional de respeto a los derechos humanos, tiene el valor especial de su legitimidad intrínseca, y de afincar su preocupación en factores que son esenciales para la convivencia humana civilizada y para las relaciones pacíficas entre las naciones. Eso les depara a las exigencias que tienen que ver con los derechos humanos un alcance preciso y limitado; un grado importante de legítimidad y aprobación dentro y fuera del país de que se trate; y la posibilidad de un cumplimiento fácilmente comprobable y de valor relativamente universal.

b) Una liberalización política en regímenes autoritarios que permita no sólo un grado aceptable de libertades fundamentales, sino de organización civil independiente. Esto crea un espacio donde políticas complementarias, no necesariamente de origen gubernamental, pueden contribuir a desarrollar supuestos políticos y culturales para una evolución democrática ulterior.

c) Realización de elecciones aceptablemente libres, en aquellos países donde la transición democrática se ha iniciado; y rechazo a retrocesos en el camino a su consolidación.

Estos factores deben ser considerados de manera dinámica e interrelacionados. No constituyen compartimientos estancos, aislados entre si y con valor excluyente en sí mismos. Son más bien elementos de un proceso que debe complementarse con iniciativas de amplio espectro, no necesariamente gubernamentales, tendientes a fortalecer la sociedad civil, los organismos intermedios y los actores de vocación democrática en el sistema político. En este sentido, cobra especial importancia una clasificación política práctica útil para establecer políticas diferenciadas. Una es la situación de regímenes autoritarios en pleno control del poder. Otra, la de regímenes en transición. Otra, la de regímenes en proceso de consolidación. Otra la de los ya consolidados. Están además aquellos que han entrado en crisis de retroceso y los que han mostrado evidencias de restauraciones autoritarias. Cada una de esas situaciones exige un trato diferenciado y flexible, en correspondencia con procesos que son diferentes y cambiantes.

Lo que se quiere sugerir es que las políticas condicionadoras deben reducirse a un mínimo esencial, que permita definiciones conceptuales claras y flexibles, aplicaciones firmes, consistentes y de carácter estable. Y que, por sí mismas, tales políticas son solamente de carácter complementario. Requieren, por ello, medidas adicionales que se salen de la condicionalidad en sí, para entrar a lo que pueden llamarse mecanismos indirectos para la promoción de la democracia. Es aquí, donde el énfasis debe ser puesto. Al fin la tesis central de este trabajo es que las condiciones internas son las determinantes para el establecimiento y consolidación de un régimen democrático. Y que entre ellas destacan, no sólo las que se refieren a los procedimientos eleccionarios para integrar los órganos de decisión política de la nación, sino las referidas a su universo institucional y cultural.

Las condiciones mínimas que deben constituir el marco esencial para las políticas de condicionamiento democrático, deben tener por objetivo facilitar el cumplimiento de otras tareas más amplias y profundas. En primer término, destaca la urgente necesidad de programas orientados a la construcción de ciudadanía en muchos países que recién han iniciado la transición a la democracia, así como el fortalecimiento necesario de la sociedad civil, en su conjunto, por medio del desarrollo de una prensa libre y responsable; la formación de nuevos liderazgos políticos, sociales, empresariales e intelectuales alternativos; el fortalecimiento de organismos no gubernamentales, así como de los sectores privados empresariales, laborales y campesinos; el desarrollo de centros académicos independientes, etc.

En segundo lugar, es preciso apoyar activamente los procesos de desarrollo institucional y, muy especialmente, la reforma de los sistemas de administración de justicia y los servicios básicos a la población. Esto es particularmente cierto y de significación hoy, cuando las políticas de reforma del Estado tienden a interpretarse de un modo simplista, en el sentido de su desmantelamiento puro y simple. En ciertos países -Guatemala y Honduras, y hasta fecha muy reciente El Salvador, son claro ejemplo de ello-, el desmantelamiento del Estado y el freno a su desarrollo normal, implican una tendencia que parece ir en contradicción directa con los intentos de desmilitarización de la sociedad, de las urgentes necesidades de integración social-territorial y de construcción de ciudadanía, que prevalecen en la región.

En efecto: como ya lo he señalado, en el ejemplo dicho las funciones de integración social de la población y el territorio fueron asumidas directamente por las fuerzas armadas, en ausencia de otros órganos gubernamentales, capacitados para hacerlo. Así las comunicaciones, importantes aspectos de salud, la educación inicial, la disciplina y el orden para el trabajo, etc., fueron cumplidos por el ejército casi de modo exclusivo para importantes capas de la población campesina de esos países. Fue así que en tales países se desarrollaron Estados más represivos que fuertes. Mientras que en Costa Rica, dentro de las condiciones relativas de su pequeñez, lo que se dio fue un Estado fuerte y poco represivo. En el resto de Centroamérica las funciones esenciales del Estado sólo fueron asumidas parcialmente por el estamento militar y no por el sector civil, que las abandonó en manos de aquel y el cual sólo en época muy reciente, con la transición a la democracia, ha iniciado algunos débiles intentos de recuperación en ese campo.

Mientras no existan los órganos institucionales necesarios para el cumplimiento cabal de esas funciones; y éstas no sean asumidas realmente por aquéllos, recuperándolas de manos de los militares, éstos seguirán desempeñándolas y cumpliendo así un papel que, por el vacío dejado por sectores e instituciones civiles, contribuye a desbordar las funciones propias del instituto armado, por lo demás en dificultades de precisar la naturaleza de sus funciones, en las nuevas condiciones nacionales, regionales y mundiales. Estas están reformulando, de manera dramática, el problema de la existencia misma de las instituciones armadas y su papel en la sociedad nacional.

Impedir entonces, en nombre de la privatización a ultranza, el fortalecimiento institucional, puede convertirse en el mejor factor para garantizar el desbordamiento militar en esas sociedades y atribuirles, de hecho, un rol que no les corresponde sino colateralmente, ya no en las viejas concepciones contrainsurgentes, sino en las nuevas del esfuerzo institucional integrado para el desarrollo. Sería esa, pues, una dimensión negativa e inesperada de las políticas de desmantelamiento estatal que acompañan a ciertas orientaciones neoliberales, por otra parte correctas cuando se trata de corregir el crecimiento estatal y la intervención del Estado en áreas que naturalmente deben ser propias de la empresa privada.

Finalmente, es necesario abordar la cuestión de la cultura política democrática. Sin impulsar el desarrollo y la implantación de ésta en sustitución de la tradicional autoritaria, la consolidación democrática o la superación del peligro de las restauraciones antidemocráticas se hacen mucho más difíciles. Este problema es aun más agudo hoy, cuando el desprestigio de las cúpulas políticas, de los partidos, parlamentos, instituciones y prácticas electorales, se ha hecho generalizado y cubre importantes capas de la población. Sin una cultura política democrática la crisis amenaza seguir la ruta de la improvisación del liderazgo, la erosión de las instituciones, la perversión de los procesos políticos y la instauración de nuevas formas de autoritarismo de raíz civil y con cierto apoyo electoral, luego de graves crisis de gobernabilidad.

Claro que este nuevo fenómeno tiene raíces profundas que se hunden en la realidad de cada país y sociedad; pero ello no logra eliminar ciertos rasgos comunes que tienden a generalizarse cada vez más, convirtiendo el fenómeno en una tendencia de alcance regional y continental. Hoy la cuestión planteada en América Latina no dice tanto de la transición a la democracia como del paso paulatino a nuevos fenómenos políticos. Detrás de la crisis de los partidos y el descrédito de las dirigencias políticas tradicionales; de la pérdida de credibilidad en las campañas electorales o de la emergencia de outsiders o recién llegados; de los fenómenos de corrupción o el deterioro de la imagen de instituciones clave como el poder judicial, etc., hay una crisis del estado, la sociedad y la representación política21. Causas históricas, coyunturales y de estructura y funcionamiento, se combinan para proyectar las crisis nacionales en el contexto global más amplio de toda la región.

En todo ello, el condicionamiento externo puede jugar un papel significativo aunque claramente limitado. Dentro de ciertos límites y objetivos, y con métodos adecuados, puede ser un factor favorable al desarrollo de las fuerzas y las condiciones que faciliten el cambio democrático. Entendido abusivamente y utilizado arbitraria y erráticamente, puede ser un elemento negativo que produzca efectos contrarios a los que se quería obtener; y capaz de levantar, nuevamente en nombre de la democracia, el espectro de viejas y nuevas formas de intervención imperial. La democracia y la convivencia en libertad y paz son demasiado delicadas, complejas e importantes, como para que los pueblos las dejen en manos de organismos internacionales y potencias extranjeras. La ayuda externa puede ser útil e importante. Y de hecho, lo es. Pero sus límites y alcances son bien limitados. Al fin y al cabo, como podría decirse parodiando el viejo refrán español, lo que la vida política de un país no da, ningún organismo internacional puede prestarlo.

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(1) Para una discusión clásica de esta búsqueda es interesante ver de Zea, Leopoldo "El pensamiento Latinoamericano", Editorial Ariel, Barcelona, 1976.

(2)Cfr. Cerdas, Rodolfo. "Sandino, el APRA y la Internacional Comunista. Antecedentes de la Nicaragua de hoy", Estudios del CIAPA, No. 4, San José, 1980, "Farabundo Martí, la Internacional Comunista y la Insurrección Salvadoreña de 1932", Estudios del CIAPA No. 7, San José, 1982.

(3) Schumpeter, Joseph A. "Capitalism, Socialism and Democracy". Harper, New York, 1947, cap. 21. Dahl, Robert. "Polyarchy: Participation and Opposition", Yale University Press, New Haven, 1971, p. 1-10. Sartori, Giovanni. "Teoría de la Democracia", To. I-II, Ed. REI, Argentina S.A., Buenos Aires, 1990. Held, David. "Models of Democracy", Polity Press, Cambridge, 1990. Hermet, Guy. "El pueblo contra la Democracia", Instituto de Estudios Económicos, Madrid, 1989. O'Donnell, Guillermo; Schmitter, Philippe C. and Whitehead Laurence. "Transitions from Authoritarian Rule. Comparative Perspectives", The Johns Hopkins University Press, Baltimore and London, 1986. Gould, Carol C. "Rethinking Democracy", Cambridge University Press, Cambridge, 1988. Linz, Juan J. and Stefan, Alfred. "The Breakdown of Democratic Regimes", The Johns Hopkins University Press, Baltimore, 1978.

(4)Cfr. Nohlen, Dieter (Coord.). "Enciclopedia Electoral Latinoamericana y del Caribe", IIDH, San José, 1993. Art. "Guatemala" por Bendel, Petra y Krennerich, Michael, p. 339 y ss. Rosada, Héctor. "Guatemala 1944-1985: práctica política y conducta electoral", mimeo, Guatemala, 1986.

(5)Ver los documentos presentados en el Seminario "Les dimensions civiles du mantien e la paix", Institut Canadien pour la Pax et la Securité Internationale, 9-10 de julio de 1991, Ottawa, Canadá.

(6)Cfr. CAPEL/IIDH. "Perú. Elecciones 8 de abril y 10 de junio de 1990". Informe de la Misión de Observación. Relator: Rodolfo Cerdas, CAPEL, San José, 1990.

(7)Cfr. CAPEL/IIDH. "Guatemala. Elecciones generales 11 de noviembre de 1990 y 6 de enero de 1991". Informe de la Misión de Observación. Relator: Rodolfo Cerdas, CAPEL, San José, 1991.

(8) Cfr. los siguientes documentos de la polémica sobre el condicionamiento político para el otorgamiento de préstamos por el Banco Mundial a Costa Rica, con motivo de la expropiación de la finca Santa Elena, utilizada en su momento por la CIA para apoyar a la Contra en Nicaragua, y el funcionamiento de la multinacional Millicon en telefonía celular, que por Constitución debe ser un monopolio del Estado, entre el diputado Ottón Solís, del Partido Liberación Nacional, y el Embajador norteamericano en Costa Rica Peter John de Vos: "Al Embajador de Estados Unidos", La República, viernes 10 de marzo de l995; "Respuesta a don Ottón", La República, viernes l7 de marzo de l995; y Editorial de La República "Solución a las expropiaciones", domingo 19 de marzo de l995.

(9) Cfr. Bulmer-Thomas, Victor, Cerdas-Cruz, Rodolfo et al. "Central American Integration. Report for the Commission of the European Community", European Community Research Institute and North-South Center University of Miami, Miami l992. Cerdas-Cruz, Rodolfo "Las Instituciones de Integración en Centroamérica", Informe para el Banco Interamericano de Desarrollo. Mimeo. San José, Costa Rica, l994.

(10)Cfr. LeoGrande, William M. "From Reagan to Bush: The Transition in US Policy towards Central America", en Journal of Latin American Studies, Vol. 22, Part 3, Cambridge University Press, England, October l990.

(11)Cfr. Cerdas, Rodolfo. "Colonial Heritage, External Domination and Political Systems in Central America", en: Political Parties and Democracy in Central America, editado por Louis W. Goodman, William M. LeoGrande, and Johanna Mendelson Forman, Westview Press, Boulder-San Francisco-Oxford, 1992.

(12)Cfr. Latin American Political Advisers. Cerdas, Rodolfo-Rial, Juan. Informes al IIDH/CAPEL sobre Bolivia (1991), Ecuador (1992), Peru (1992), Panamá (1993), mimeo, Montevideo, San José. Ver también Rospigliosi, Fernando. "Las elecciones peruanas de 1990", en Cerdas, Rodolfo, Rial, Juan y Zovatto, Daniel (Ed.). "Una tarea inconclusa. Elecciones y Democracia en América Latina, 1988-1991, IIDH-CAPEL, San José, 1992.

(13)Espinal, Rosario. "The 1990 Elections in the Dominican Republic". Electoral Studies 1991, USA, p. 139-144. Y su capítulo "Elecciones y Democracia en la República Dominicana", en la citada obra de Cerdas, Rial y Zovatto (eds.). "Una Tarea Inconclusa. Elecciones y Democracia en América Latina, 1988-1991, ed. cit., p. 175 y ss. Obviamente la interpretación política es exclusiva mía.

(14) Cfr. Nelson, Joan M. with Eglinton, Stepahine J. "Encouraging Democracy. What role for conditioned AID?", Overseas Development Council, Washington, D.C. 1992.

(15)Lowenthal, Abraham F. (ed.). "Exporting Democracy. The United States and Latin America", The Johns Hopkins University Press, Baltimore and London, 1991, particularmente Part One: Overviews, p. 3-122; y las conclusiones del editor, p. 383-405.

(16)Cfr. Cerdas, Rodolfo. El desencanto democrático. Crisis de partidos y transición democrática en Centroamérica y Panamá, REI Centroamérica S.A., San José, 1993.

(17)Pareto, V. "Forma y equilibrio sociales", Revista de Occidente, Madrid, 1967. Gramsci, A. "Los intelectuales y la organización de la cultura", Nueva Visión, Buenos Aires, 1972. Giddens, A. "La estructura de clases en las sociedades avanzadas", Alianza Universidad, Madrid, 1979.

(18)Un enfoque muy sugestivo es el que hace Whitehead, Laurence en su capítulo "The Imposition of Democracy", en la mencionada obra de Lowenthal, Abraham F. (ed.) "Exporting Democracy...", ya citada, p. 356 y ss. Allí analiza tres casos extremos: Puerto Rico, Panamá y Nicaragua. Aquí no se considera Puerto Rico. Y Panamá y Nicaragua se enfocan desde otra perspectiva.

(19)Es muy útil en este sentido el artículo de Bloomfield, Richard J. "Suppressing the Interventionist Impulse: Toward a New Collective Security System in the Americas" en: Bloomfield, Richard J. and Traverton Gregory F. (eds.) "Alternative to Intervention: A new U.S.-Latin American Security Relationship", Lynne Rienner Publishers, Inc. Boulder, 1990, p. 115 y ss.

(20)Un estudio de los alcances y riesgos de incluir los derechos humanos como parte de la política exterior, a partir de las políticas de Carter y Reagan, se encuentra en Mower, Glenn A. Jr. "Human Rights and American Foreign Policy. The Carter and Reagan Experiences", Greenwood Press, New York-London, 1987.

(21)En ese sentido es de gran interés el trabajo de Whitehead, Laurence "The Alternatives to Liberal Democracy: a Latin American Perspective", Political Studies, Special Issue, 1992, XL, p. 146-159. Los problemas, dificultades y posibilidades democráticas en la región son vistos de manera realista y profunda. Contrasta tal enfoque con el ingenuamente optimista de Nohlen, Dieter "Régimen político y consolidación democrática en América Latina: reflexiones sobre el debate actual", en CAPEL/IIDH "Transición democrática en América Latina: reflexiones sobre el debate actual", memoria del III Curso Anual Interamericano de Elecciones, CAPEL, San José, 1990, p. 13 y ss.