A diferencia de tiempos no tan lejanos, México y Canadá dejaron de ser vecinos distantes separados por un océano imaginario para convertirse el primer día de 1994 en socios de la zona de libre comercio más grande del planeta. Sus profundos nexos comunes con la economía estadounidense, antaño razón de desapego, constituyeron un punto fundamental de convergencia entre ambos países para la liberación del intercambio regional y el advenimiento de una nueva etapa en las relaciones bilaterales. También resultó clave el reconocimiento pleno de que el eje del comercio mundial se desplaza de un conjunto de mercados nacionales fragmentados, en ocasiones con débiles vínculos entre sí, hacia el funcionamiento de espacios económicos mucho más amplios.
Canadá cuenta con la mejor calidad de vida en el orbe, un vasto territorio de casi diez millones de kilómetros cuadrados (sólo menor que el de Rusia), la séptima economía más importante y una sólida vocación comercial. El valor de sus exportaciones equivale a 25% del PIB y uno de cada tres empleos depende de ellas. En 1992 exportó mercancías por unos 157 000 millones de dólares canadienses e importó bienes por unos 147 000 millones; alrededor de 70% de las transacciones las realizó con Estados Unidos, 6% con Japón y 2.5% con Alemania.
Aunque desde 1961 ha obtenido superávit en su balanza comercial, Canadá necesita un acceso abierto y seguro a los mercados del exterior. Durante largo tiempo la búsqueda respectiva se centró en los foros del GATT, complementada con algunos arreglos bilaterales específicos como el de la industria de automotores suscrito en 1965 con Estados Unidos. Hacia mediados de los ochenta, sin embargo, el gobierno canadiense cambió de estrategia y se replantearon las relaciones económicas tradicionales con el poderoso vecino del sur. El Acuerdo de Libre Comercio que en 1988 firmó con Estados Unidos abrió la puerta para un acercamiento entre dos gigantes con raíces comunes, pero que transitaron y maduraron por caminos distintos. Al mismo tiempo Canadá buscó ampliar su presencia internacional, sobre todo en el propio continente americano, de suerte que en 1989 Canadá ingresó a la OEA.
Frente a la decisión mexicano-estadounidense de emprender pláticas para liberar el comercio mutuo, Canadá decidió participar en ellas para no quedar al margen de los nuevos rumbos económicos regionales, refrendar beneficios del acuerdo previo con Estados Unidos e intensificar el comercio con México, su principal socio latinoamericano. Así, en junio de 1991 se iniciaron las negociaciones formales que culminaron el 17 de diciembre de 1993 con la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte.
Con el aliento de la estrategia comercial mexicana, en marcha desde mediados de los ochenta, los cambios en la diplomacia comercial canadiense y las perspectivas del mercado ampliado norteamericano, durante los últimos años crecieron con celeridad las transacciones económicas entre México y Canadá. En este dinamismo tuvo un peso prominente el desempeño de las exportaciones mexicanas a Canadá, cuyo valor se incrementó 135% de 1987 a 1992, según fuentes de ese país. No obstante, la participación de los productores mexicanos en las compras totales canadienses es todavía inferior a 2%. Durante el quinquenio 1989-1993, además, el flujo de inversiones directas a México aumentó cerca de 79% y sólo el año pasado unos 4 500 empresarios canadienses visitaron México con miras a realizar negocios, inversiones, transferencias de tecnología y aun alianzas estratégicas.
Habida cuenta de la naciente era de las relaciones bilaterales, preñada de oportunidades de colaboración y retos de competencia, Canadá ocupa un lugar prioritario en la diplomacia comercial de México. Para este país el nuevo entorno exige un enorme esfuerzo nacional de adaptación, una creciente competitividad productiva y un conocimiento cada vez más cabal e informado de las realidades norteamericanas. Con el ánimo de contribuir a este último empeño, Comercio Exterior dedica esta edición y la siguiente a Canadá. En ellas participan prestigiosos investigadores de la misma nación septentrional, Estados Unidos y México, quienes con generosidad ofrendan los frutos de años de esforzado estudio a los lectores. El acopio de esta colección de trabajos fue coordinada por el profesor Pedro Castro Martínez, miembro de la comunidad académica de la Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa. Comercio Exterior le agradece su entusiasta participación, y a los autores sus valiosas contribuciones.