Se puede ganar mucho, desde el punto de vista empírico y analítico, del estudio comparativo sistemático de Canadá y Estados Unidos. Ambos países comparten muchas condiciones ecológicas y demográficas; sus niveles de desarrollo económico y de movilidad social son similares, y culturalmente tienen también mucho en común. Sin embargo, existen claros ejemplos de sus diferencias.
El argumento central de este ensayo es que, en comparación con Estados Unidos, la sociedad canadiense ha tenido mayor conciencia de las diferencias de clase, ha sido más elitista, obediente de la ley y estatista, y ha seguido una orientación colectivista y particularista (grupal). Estas diferencias fundamentales en buena parte provienen del suceso que dividió a la norteamérica británica: la revolución de independencia de Estados Unidos. Los efectos sociales de tal división se han reflejado y reforzado en las diferencias que ambos países muestran en la literatura, las tradiciones religiosas, las instituciones jurídicas y políticas y las estructuras socioeconómicas.
Durante el siglo XIX y principios del XX, Estados Unidos se mantuvo como el ejemplo extremo de la clásica sociedad liberal o lockeana, que rechazaba la alianza del trono y el altar, el elitismo predestinado, el mercantilismo, la noblesse oblige y el comunitarismo. Éstos fueron, precisamente, Los valores que los canadienses buscaron preservar como reacción contra las revoluciones liberales.
Si la historia temprana de Estados Unidos puede verse como el triunfo de las tendencias jeffersonianas-jacksonianas más izquierdistas, muchos historiadores y sociólogos canadienses han subrayado el dominio de las fuerzas conservadoras al norte de la frontera hasta muy avanzado el siglo XX. Canadá no fue políticamente más homogéneo que Estados Unidos, pero fracasaron sus movimientos populistas de reforma en el siglo XIX, como las rebeliones de Mackenzie y Papineau en aquellos años treinta, mientras en Estados Unidos triunfaban grupos o movimientos equivalentes. Los padres fundadores que establecieron el Dominio del Canadá y redactaron una constitución eran conservadores pro imperiales. Así resume Frank Underhill esta parte de la historia canadiense:
"Nuestros antepasados hicieron el gran rechazo en 1776 cuando declinaron unirse a las colonias americanas en rebeldía. Lo volvieron a hacer en 1812 cuando repelieron la invasión estadounidense. Lo repitieron una vez más en 1837 cuando... optaron por un sobrio y moderado liberalismo británico (British Whiggism) que llamaron gobierno responsable. Nuevamente lo hicieron en 1867 cuando las colonias británicas separadas se unieron para establecer una nueva nacionalidad con objeto de hacer valer sus derechos frente al expansionismo (de Estados Unidos)."
Los patrones de emigración e inmigración reforzaron las tendencias derechistas al norte de la frontera. Después de la conquista británica, burgueses, racionalistas y hugonotes abandonaron Quebec, y desde Francia llegaron allí por sucesos que les fueron adversos en ese país, sacerdotes conservadores. En el Canadá de habla inglesa la mayoría del clero congregacionista pro revolucionario emigró a Nueva Inglaterra, y en sentido opuesto, cruzaron la nueva frontera alrededor de 50 000 leales al Reino Unido incluyendo muchos ministros anglicanos.
En forma gradual, Canadá devino nación independiente. El vínculo británico inhibió la aparición de una identidad distintiva canadiense. Hasta 1982 la Constitución de la confederación fue la Ley para la Norteamérica Británica (British North America Act), redactada por los líderes canadienses, pero aprobada por el Parlamento en Londres y proclamada por la reina en 1867. Hasta la adopción de la Ley del Acta Constitucional de 1982, los canadienses tenían que solicitar a la Cámara de los Comunes británica cualquier enmienda a su Constitución. Antes de 1949, la corte de apelaciones de última instancia para Canadá era el Privy Council of Great Britain. En 1978, mediante la Ley de Inmigración, por primera vez se dio a los canadienses una ciudadanía distintiva y apenas en 1980 se consideró como himno nacional "O Canada", en remplazo de "God Save the Queen". El conservadurismo (torismo) se mantuvo como una influencia perdurable. Como señala Reg Whitaker:
"El torismo no fue... una doctrina económica disfrazada de filosofía... El acento en el control de los procesos de desarrollo nacional, el elemento de la voluntad colectiva de la clase dominante expresada en las instituciones públicas del Estado... tuvieron relevancia crucial... en una lucha colonial de frontera, en los márgenes de un creciente poder económico y político al sur."
Algunos estudiosos, que ven a Canadá como una sociedad más bien conservadora, de tipo británico europeo, sostienen que los valores inherentes del conservadurismo tory originan el apoyo a las políticas socialdemócratas redistributivas y de bienestar social. Gad Horowitz apunta que "el socialismo tiene más en común con el torismo que con el liberalismo (clásico), pues éste postula el individualismo posesivo mientras que los dos primeros son variantes del colectivismo". La tradición lockeana del dominio del laissez-faire es la antítesis de tales programas.
Otros analistas correctamente apuntan la necesidad de que también se considere el efecto de las variaciones ecológicas, demográficas y geográficas de los dos países. A pesar de que Canadá controla un rea más grande que Estados Unidos, es mucho menos hospitalaria en términos de clima y recursos. Su mayor superficie, su menor base de población y el temor al expansionismo estadounidense, han reforzado la tradición estatista tory de la participación directa del Estado en la economía. Al sur de la frontera, la ideología liberal-revolucionaria clásica, antiestatista, no se ha visto en la necesidad de proteger la independencia de su país, mediante la intervención estatal, ante un vecino poderoso.
Una comparación de las experiencias fronterizas de los dos países muestra que los valores y factores estructurales han interactuado para desembocar en diferentes resultados. Puesto que Canadá estaba en guardia constante frente al expansionismo estadounidense, no podía desproteger ni dar autonomía a sus comunidades fronterizas. La ley y el orden, representados por la Policía Montada del Noroeste, controlada desde el centro, acompañaron a los colonizadores de la frontera, lo cual contribuyó a profundizar el respeto por las instituciones legales y el orden en dicha zona. Del lado sur, la frontera anárquica compendió el individualismo estadounidense y el desacato a la autoridad.
La difusión de valores mediante los rápidos medios de transporte y las casi instantáneas comunicaciones están promoviendo una cultura occidental común. Sin embargo, persisten las diferencias nacionales. Según el periodista Richard Gwyn, los canadienses se han convertido "en una clase muy distinta de norteamericanos... con culturas políticas completamente distintas (de Estados Unidos), así como los alemanes no se parecen a los franceses, aunque ambos sean tan europeos como norteamericanos son canadienses y estadounidenses". El debate acerca del origen y la naturaleza de las diferencias continúa. Los aspectos cultural (referido a los valores) y estructurista no son excluyentes entre sí. Aunque al analizar las variaciones nacionales cruzadas el destacado historiador económico canadiense Harold Innis resalta los factores estructuralistas, también señala la importancia de "las tradiciones esencialmente contrarrevolucionarias, representadas por los partidarios del Imperio Unido y la iglesia en el Canadá francés, las que escaparon a las influencias de la revolución francesa".
El crítico Russel Brown concuerda en que las diferencias en las literaturas nacionales se originan en las "diferencias cruciales entre las sociedades estadounidense y canadiense." Así, al sur de la frontera, las novelas recalcan el rechazo de los hijos al padre, como los estadounidenses, que echaron al rey británico; es decir, son edípicos. Por su parte, la literatura canadiense refleja la leyenda de Telémaco. El problema de Telémaco es que "el rey, su padre, se ha ido; le ha dejado crecer huérfano en la casa de su madre por razones que no comprende del todo...". Emprende entonces la Odisea de encontrar a su padre. Brown cita varias novelas canadienses que reflejan el síndrome de Telémaco: Each Man's Son (Hugh MacLennan), Badlands (Kroetsch) y Diviners (Margaret Laurence).
Mary Jean Green, estudiosa estadounidense de la literatura de Quebec, señala las mismas diferencias de contenido y, además, sugiere que el mito de la tensión familiar al norte de la frontera refleja más la tensa relación madre-hija que la de padre-hijo. El tema de muchas novelas recientes, en el Canadá de habla inglesa y francesa, ha sido el femenino "de rechazo y reconciliación", equiparable a la relación de Canadá con el Reino Unido, y no el agudo rompimiento masculino que se encuentra en la ficción estadounidense, que corresponde al derrocamiento revolucionario del gobierno británico. La autora plantea que entre los autores canadienses las mujeres son más comunes que entre los estadounidenses porque la ficción canadiense es más proclive a incluir temas femeninos.
El novelista canadiense Hugh MacLennan sostiene que la cultura literaria de su país refleja el hecho de que sus tres nacionalidades fundadoras, inglesa, francesa y escocesa, son pueblos derrotados: los ingleses por los estadounidenses y los franceses y los escoceses jacobinos por los ingleses. Atwood señala que los héroes de las novelas canadienses "sobreviven, pero apenas. Nacieron perdedores; fracasan en todo, pero sobreviven".
Hay una opinión similar acerca de las películas del Canadá de habla inglesa. Robert Fothergill argumenta que el contenido fílmico apunta hacia un "sentido de limitación e incapacidad que de manera semiconsciente los canadienses experimentaron en sus vidas reales"; muestra una "fantasía derrotista". George Pevere encuentra que la tesis de Fothergill ayuda "a contar a los perdedores que deambulan por las películas canadienses" . Señala también la "persistente proliferación de héroes forasteros en las películas canadienses... Y a diferencia de la romántica versión estadounidense del proscrito..., al paria canadiense se le define como menor y no más grande que las comunidades que le han rechazado". A.J.M. Smith y Roland Sutherland llaman la atención en los efectos del nuevo nacionalismo al norte de la frontera que est produciendo más literatura radical.
Pero, irónicamente, como apunta Sutherland, estos cambios están haciendo más estadounidense a Canadá y a su ficción al incluir con más vehemencia valores tales como el orgullo nacional, la autodeterminación, el individualismo, la independencia y la confianza en sí mismo. Este nuevo nacionalismo, que los intelectuales a menudo relacionan con el socialismo y el torismo, busca resistir la toma estadounidense de su economía y la creciente influencia en la cultura y los medios con el tradicional remedio canadiense de la intervención estatal.
Tanto la Iglesia católica romana como la de Inglaterra, ambas estatales tradicionales, respaldaron los órdenes político y social establecidos después de la segunda guerra mundial. Aquí se encuentra el reforzamiento mutuo de las fuerzas conservadoras en la cúspide de las estructuras de clase, eclesiásticas y políticas. En los tiempos modernos, la Iglesia anglicana ha declinado sensiblemente, pues la Iglesia unida ecuménica, formada por metodistas, congregacionistas y presbiterianos, ha surgido como la entidad protestante más grande.
Por otro lado, en Estados Unidos la tradición y la ley subrayan la separación entre la Iglesia y el Estado. La gran mayoría de los estadounidenses pertenecen a las sectas protestantes "no conformistas", que se opusieron a la Iglesia estatal establecida en Inglaterra. Estos grupos tienen una estructura congregacional y promueven el concepto de la relación personal con Dios. Tocqueville señaló que todas las organizaciones religiosas estadounidenses son minoritarias; de aquí su interés en la libertad y en un Estado débil.
Así como las prácticas religiosas y las instituciones pueden reforzar las orientaciones valorativas generales que prevalecen en una comunidad nacional, así también estas últimas pueden influir en las primeras, como lo demuestra un estudio comparativo sobre la Iglesia católica en América del Norte. El sociólogo Kenneth Westhues señala que "la Iglesia estadounidense ha aceptado el papel de la asociación voluntaria..." En consecuencia, la Iglesia católica en Estados Unidos ha tomado muchas de las características del protestantismo, incluido el fuerte acento en la moralidad individual. Como resultado, el Vaticano ha desaprobado de algún modo a la Iglesia estadounidense y en los hechos no la ha tratado tan bien como a su correlativa canadiense en términos de honores (número de cardenales y santos).
La religión en ambos países se ha vuelto más secular, coincidencia con la urbanización y educación crecientes. En Quebec el catolicismo modificó la naturaleza de su compromiso corporativo, de estar vinculado con los valores agrarios y elitistas antiindustriales, pasó a aceptar las creencias socialistas de izquierda. Una encuesta de opinión señala que los católicos francohablantes han abandonado muchas de sus creencias frente a los puritanos valores jansenistas, especialmente en la medida en que afectan la conducta sexual y el tamaño de la familia. Tendencias similares se observan en las otras dos importantes iglesias canadienses: la anglicana y la unida. Aunque tales tendencias secularizadoras pueden, en general, observarse en ambos países, han sido menos visibles en Estados Unidos, particularmente entre los protestantes evangélicos, que son mucho más fuertes al sur de la frontera que al norte. Según datos de algunas encuestas, los estadounidenses son más proclives que los canadienses a asistir regularmente a la iglesia y a adherirse a las creencias fundamentalistas. En estos datos hay un patrón consistente: con mucho, son más numerosos los estadounidenses que manifiestan tales sentimientos que los canadienses en general, aunque los anglohablantes tienen mayores probabilidades de sostener tales posturas que los que hablan francés. En congruencia con las diferentes prácticas y creencias religiosas, los estadounidenses son más puritanos que los canadienses, y los francohablantes, más tolerantes con el comportamiento sexual.
En Estados Unidos el menor respeto y la deferencia acordados en la ley son inherentes a un sistema que pondera el igualitarismo y no difunde el elitismo. La mayor ilegalidad y corrupción en Estados Unidos puede también atribuirse en parte a la mayor importancia que se da al éxito personal. Conforme a esta orientación, señala Robert Merton, "el mandato moral para alcanzar el éxito presiona entonces para llegar a él por medios honrados si es posible, y deshonestos, si es necesario".
Los estadounidenses son más proclives que los canadienses a cometer delitos como asesinato, robo y violación y a ser arrestados por el uso de drogas ilegales como el opio y la cocaína. Por ejemplo, en 1987 la tasa de asesinatos en Canadá fue de 2.5 por cada 100 000 habitantes; en Estados Unidos fue de 8.3. Este país no sólo tiene una tasa de homicidios mucho mayor que Canadá; también la violencia política es considerablemente más alta.
Las menores tasas de criminalidad y violencia en Canadá están acompañadas de un mayor respeto por la policía y un apoyo superior a la legislación de control de armas. En Estados Unidos la posesión de éstas se considera un "derecho" ligado a la garantía constitucional establecida para proteger a los ciudadanos del Estado. La base de la política canadiense es la creencia de que "la propiedad de armas ofensivas o de pistolas es un privilegio, no un derecho"; por tal razón, este país tiene muchas menos armas que su vecino del sur.
En los ochenta Canadá estuvo inmerso en un proceso de cambio de sus preceptos fundamentales. Con la incorporación de una amplia Carta de Derechos y Libertades en la nueva Constitución de 1982 se pretendía dar base - ausente en la Ley para la Norteamérica Británica- a la intervención judicial para proteger los derechos individuales y las libertades civiles, que las cortes canadienses han empezado a practicar activamente. La Carta, sin embargo, no es la Declaración de Derechos estadounidense. Si bien muchas restricciones a la acción gubernamental pueden comparársele, todavía no es tan protectora de los individuos acusados de delitos. Como apunta el sociólogo Edgar Friedenberg, la "Declaración de Derechos estadounidense establece que no se puede arriesgar la vida o la integridad de ninguna persona dos veces por el mismo delito. En la Carta de Derechos y Libertades canadiense una previsión similar se hace nugatoria cuando se estipula que el proceso no se considera concluido hasta que la Corona ha agotado sus derechos de apelación (de una absolución)...".
Con la Carta, la ley canadiense aún mantiene algo del tradicional interés por los derechos colectivos o de grupo. La Constitución de 1867 contenía normas para proteger a minorías lingüísticas y religiosas específicas. La Carta protege muchos derechos individuales, pero aún gozan de preeminencia "los derechos colectivos de las minorías...".Éstos incluyen los derechos aborígenes y la igualdad jurídica de los sexos. La Carta también autoriza explícitamente programas de acción que los validan. La Constitución permite que el Parlamento o las legislaturas provinciales invaliden derechos individuales, pero no así los grupales.
No sorprende que se puedan distinguir los análisis sobre las diferencias entre las economías canadiense y estadounidense según la importancia que se dé a los factores estructurales o culturales. La explicación estructural de la riqueza estadounidense recalca las ventajas de los colonizadores que ocuparon un continente abierto al desarrollo, con enormes recursos agrícolas, ganaderos y mineros. En este entorno compartido, el mayor tamaño del mercado de Estados Unidos ha dado a los negocios en este país una ventaja considerable con respecto a Canadá.
En contraste, la interpretación cultural señala la congruencia detectada por Max Weber entre la ética protestante sectaria y la capitalista, que se refleja en la presencia de una población más trabajadora y maximizadora del capital al sur de la frontera. Canadá, como se señaló, ha sido menos protestante sectaria que Estados Unidos y, de conformidad con la tesis de Weber, se ha desarrollado con más lentitud. La lógica weberiana también señala que Quebec y el sur de Estados Unidos fueron económicamente menos avanzados debido, respectivamente, al catolicismo y a la esclavitud y sus residuos en valores y estructuras. Al recordar sus impresiones de una breve visita a América del Norte en 1888, Federico Engels subrayó la aguda diferencia entre el "espíritu de los estadounidenses" y el de los canadienses. Señaló que al norte de la frontera "uno imagina que est en Europa de nuevo, y luego uno piensa que est en un país positivamente retrógrada y decadente. Aquí se ve qué tan necesario es el febril espíritu especulativo de los estadounidenses para el r pido desarrollo de un nuevo país", y señaló que, para crecer, Canadá tiene la "necesidad económica de una infusión de sangre yanqui".
La naturaleza de la sociedad canadiense ha afectado la manera en que sus ciudadanos han hecho negocios. La evidencia histórica y estudios recientes indican que los empresarios de Canadá han sido menos agresivos y menos innovadores, y que aceptan menos riesgos que los estadounidenses. Al evaluar los obstáculos a la innovación el Consejo de la Ciencia de Canadá resaltó que el mayor de ellos es la "prudencia" de los canadienses. Esta observación se refuerza en algunas encuestas de opinión, de cuyos datos se desprende que es más probable que los estadounidenses expresen actitudes que reflejan mayor absorción de los valores del sistema industrial de negocios. Los canadienses son algo más hostiles a la empresa privada que sus vecinos.
Los canadienses han estado mucho más dispuestos que los estadounidenses a acudir al Estado para manejar asuntos económicos y de otro tipo. Por su orientación tory y menor población con respecto a su territorio, el Estado desempeña un papel mayor en la economía desde la Confederación. En 1987, la proporción del PIB canadiense en manos del gobierno fue de 47%, frente a 37% en Estados Unidos. Y si bien en ambos países hay algunas industrias de propiedad estatal, en Canadá esto ha sido mucho más común. De acuerdo con John Mercer y Michael Goldberg, en esta nación "de 400 empresas industriales líderes, 25 estaban controladas por los gobiernos federal o provinciales... y 9 de las 25 principales instituciones financieras fueron de estos últimos o estuvieron controladas por ellos..." Aunque por abajo de la norma de los países de la OCDE, los subsidios canadienses a los negocios y al empleo en la empresa pública fueron durante los setenta cinco veces superiores a los de Estados Unidos. En las políticas de bienestar ocurren variaciones similares. Robert Kudrle y Theodore Marmor concluyen que Canadá adoptó antes que Estados Unidos políticas de bienestar específicas, las cuates tienden a ser "más avanzadas en términos del desarrollo del programa, cobertura y beneficios". Al buscar la explicación de estas variaciones resaltan las diferencias ideológicas: "En cada rea de política resulta que la opinión del público y de la élite... [ha sido] más favorable a la acción estatal en Canadá que en Estados Unidos".
En las diferencias relacionadas con la afiliación partidaria en ambos países también sobresalen las variaciones nacionales cruzadas. Canadá tiene un partido socialdemócrata electoralmente viable: el Nuevo Partido Democrático, que refleja en parte la fuerza de la tradición tory-estatista y la mayor orientación colectivista del país. Robert Presthus - analista político canadiense -, al resumir diversos estudios de servidores públicos de alto nivel y de legisladores federales, estatales y provinciales, concluyó que durante los setenta los legisladores liberales canadienses tuvieron una calificación mucho más alta en liberalismo económico que los demócratas de Estados Unidos, y los conservadores canadienses estuvieron por encima de los republicanos estadounidenses. Los dos últimos estuvieron más abajo que los liberales y demócratas en materia de liberalismo económico, pero los conservadores canadienses superaron a los demócratas de su vecino país.
Las encuestas nacionales cruzadas de los últimos 15 años apuntan a fuertes y continuas diferencias entre estadounidenses y canadienses en cuanto al apoyo a la meritocracia, en contraste con la igualdad del resultado. Por tanto, no sorprende que los estadounidenses, más orientados al éxito, hayan dado más importancia a la educación como el mecanismo primordial de la movilidad social que los canadienses, quienes se muestran más comprometidos con las políticas redistributivas. Las diferencias entre la tradición elitista tory-socialdemócrata y el clásico liberalismo populista del laissez-faire se reflejan en la mayor importancia que se da en el norte al bienestar apoyado por el Estado y a la igualdad del grupo. En el ámbito parlamentario Canadá ha estado mucho menos dividido que Estados Unidos respecto a los esfuerzos para apoyar la salud pública o las políticas de protección a las minorías y a las mujeres.
Canadá, como el Reino Unido, incorpora de manera desproporcionada a sus élites de negocios y político-administrativas a quienes carecen de educación profesional o técnica. Los estudios sobre líderes en los negocios muestran que los canadienses no sólo tienen menos educación especializada que los estadounidenses, sino que también es más probable que tengan antecedentes sociales elitistas. Hacia mediados de los setenta 61% de los grandes ejecutivos canadienses provenían de la clase alta; en el caso estadounidense la relación fue de 36%. Se obtuvieron resultados similares en estudios realizados a fines de los sesenta y durante los setenta con servidores públicos de alto rango.
En la variación nacional cruzada estos hallazgos en la estratificación y conducta de la élite son relevantes para conocer la fuerza de los sindicatos y la presencia o ausencia de partidos socialistas o socialdemócratas electoralmente viables. Mientras Canadá queda atrás de Europa en ambos, su movimiento sindical ha incluido una proporción significativamente mayor de fuerza de trabajo no agrícola que el de Estados Unidos desde 1918 hasta el presente (35 y 17 por ciento hacia fines de los ochenta). Aún más, los funcionarios laborales canadienses de manera reiterada apoyaron desde comienzos de siglo el principio de la acción político-sindical independiente y favorecieron mucho mas la intervención del Estado que los líderes sindicales estadounidenses. Aunque la gran mayoría de los sindicalistas de ambos países alguna vez pertenecieron a las mismas uniones internacionales (40% de los de Canadá aún permanecen en ellas), los afiliados han variado su ideología según sus tradiciones nacionales.
Los valores y la estructura social estadounidenses fomentan el libre mercado y el individualismo competitivo, orientación que no es congruente con la conciencia de clase, el apoyo a los partidos socialistas o socialdemócratas o un fuerte movimiento sindical. El país cambió durante la gran depresión, la cual introdujo un "matiz socialdemócrata" en las políticas partidistas estadounidenses plasmadas en el bienestar y la planeación del New Deal. Pero los resultados electorales de 1952 a la fecha (siete victorias republicanas en diez elecciones presidenciales) y los hallazgos de las encuestas de opinión indican que la prosperidad económica de la posguerra ha dado a los estadounidenses una fe renovada en su país como una sociedad meritocrática abierta. Ha declinado el apoyo al estatismo, la nacionalización de industrias y el socialismo. De 1955 al presente también ha caído la afiliación sindical: de un tercio de la fuerza de trabajo ocupada no agrícola a una sexta parte hacia 1990.
En contraste con la experiencia estadounidense, en Canadá la prosperidad económica de la posguerra no precipitó el regreso a los valores del liberalismo clásico porque nunca constituyeron una tradición nacional. Todos los partidos políticos canadienses, incluyendo a los conservadores, siguen comprometidos con un activo Estado de bienestar. El primer ministro Brian Mulroney se refirió a él como "nuestra sagrada obligación". A pesar de las mejores condiciones económicas, el socialismo canadiense ha mantenido presencia nacional y por lo general logra entre un quinto y un cuarto del voto en el Canadá de habla inglesa; en 1988 logró 43 escaños en la Cámara de los Comunes. La social-democracia ganó un nuevo bastión en el Canadá francohablante con el ascenso del Parti Québécois, que ha gobernado o ha sido un importante partido de oposición desde los setenta.
El particularismo de Canadá que privilegia las afiliaciones grupales en oposición al universalismo estadounidense, se refleja en: a) el concepto canadiense de "mosaico", aplicado al derecho a la supervivencia cultural de los grupos étnicos, en contraste con la noción estadounidense de "crisol de razas"; b) la mayor recurrencia y supervivencia en Canadá de partidos terceristas de fuerte base regional que en Estados Unidos, y c) la mayor fortaleza de las provincias en la unión canadiense, comparada con la debilidad relativa de los estados y la nacionalización de los partidos, esto es, la declinación del regionalismo en Estados Unidos.
El mayor apoyo a la perpetuación de las culturas minoritarias en Canadá, derivado del compromiso original de garantizar los derechos de los francohablantes y los católicos, ha repercutido en grupos tan diversos como los pueblos autóctonos, los judíos y los menonitas. La Carta de Derechos y Libertades de 1982 señala explícitamente a los "pueblos indios, inuits y métis de Canadá" como sujetos de protección especial y garantiza los derechos pactados con los aborígenes en otras épocas. Las comunidades canadienses nativas, más numerosas y apoyadas por los valores del multiculturalismo, han corrido mejor suerte que sus similares en Estados Unidos.
Los judíos canadienses están mucho mejor organizados que los estadounidenses. Una sola organización nacional, el Congreso Judío Canadiense, representa a todos los judíos de esa nacionalidad, mientras que no hay grupo comparable en Estados Unidos. El pequeño tamaño de la comunidad judía en Canadá debería favorecer una mayor asimilación, pero el acento que se pone en la organización particularista grupal aparentemente ayuda a perpetuar una comunidad judía canadiense más solidaria.
Los dos países norteamericanos tienen ahora más disparidades que antes con respecto a la importancia del gobierno federal y de los estatales y provinciales; el poder de los últimos ha declinado en Estados Unidos, pero se ha incrementado en Canadá. Un analista político estadounidense, Samuel Beer, sostiene que la modernización política y económica trae consigo un crecimiento de la autoridad central y una reducción de los poderes estatales y provinciales, y cita a Estados Unidos como ejemplo de este proceso. Pero en Canadá, como señala Donald Smiley, "la modernización no ha conducido a la centralización del... sistema federal, sino más bien al poder, el reforzamiento y la competencia de las provincias. Además, las provincias donde la modernización ha avanzado más rápidamente son las más insistentes en cuanto a preservar y extender su autonomía".
A este respecto, las diferencias entre los dos países se aprecian de manera impresionante en los ingresos gubernamentales. Mientras las autoridades federales estadounidenses controlan la mayor parte de los fondos recaudados y ejercidos por los gobiernos estatales y locales, en términos fiscales Canadá es una federación muy descentralizada: las provincias y municipalidades exceden al gobierno federal en cuanto al gasto y el ingreso fiscal. En 1985, la participación federal en el total de los ingresos fiscales canadienses, sin incluir los fondos de seguridad social, fue de 47.6%; en Estados Unidos la cifra equivalente fue 56.3 por ciento.
Las provincias canadienses se han mostrado también más dispuestos que los estados de su vecino del sur a desafiar el poder del gobierno federal. Los movimientos secesionistas han sido recurrentes en este siglo no solamente en Quebec, sino también en parte de las provincias marítimas, las Praderas y Columbia Británica. El sentimiento público en Canadá es más territorial que en Estados Unidos.
La discrepancia entre la experiencia de los dos países ha conducido a los científicos sociales a preguntarse qué est en el fondo de estos desarrollos contradictorios. Dos variables parecen las más importantes. Una es el papel de los francocanadienses. Las provincias de habla inglesa más pequeñas han podido proteger su autonomía porque Quebec siempre ha estado al frente de la lucha por un mayor poder provincial. La otra causa es el efecto de la diferencia entre el sistema estadounidense presidencial-congregacional y el modelo parlamentario británico. La mayor propensión de las provincias canadienses a entrar en disputas frecuentes con el gobierno federal y a generar terceros partidos puede explicarse porque los intereses regionales no están tan bien protegidos en el Parlamento como en el Congreso.
Dadas las diferentes consecuencias entre la disciplina del partido nacional que impone el parlamentarismo y el sistema presidencial de división de poderes (que en Estados Unidos permite a los miembros del Congreso votar contra los líderes de su partido, incluyendo al presidente), los canadienses están forzados a encontrar fuera de la Cámara de los Comunes una manera de expresar sus especiales necesidades regionales o de grupo. Con frecuencia la solución canadiense ha consistido en apoyar en el ámbito provincial a partidos diferentes de los que se respaldan nacionalmente, de tal manera que los gobiernos provinciales puedan asumir las tareas de la representación regional que en Estados Unidos realizan bloques de intereses congrecionales pluripartidistas.
Estados Unidos y Canadá permanecen como dos naciones formadas en principios de organización diferentes. Aunque algunos discreparán no queda mucho por discutir. Como Margaret Atwood concluye: "Los estadounidenses y los canadienses no son lo mismo; son producto de dos historias muy diferentes, de dos situaciones muy diferentes".
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