COMEXT, 02/01/94, CANADÁ, EL OTRO SOCIO

Comercio Exterior

País/Country: México

Banco Nacional de Comercio Exterior

Autor/Author: Antonio Avila Diaz*

Volúmen/Volume: 44

Número/Number: 2

Frecuencia/Frequency: Mensual/Monthly


Fecha/Date: 02/01/94

Canadá se encuentra en un período de ajuste y adaptación a los cambios de la economía mundial en el marco de una recesión más aguda y persistente que la de Estados Unidos. Después del repunte de la actividad económica en la primavera de 1991, el crecimiento ha sido más bien titubeante y moderado. El PIB es todavía dos puntos inferior al de hace tres años, cuando dio comienzo la recesión, y la tasa de desempleo es superior a 11%, cuatro puntos más alta que antes de la fase recesiva. Sin embargo, la tasa de aumento de los precios al consumidor, que durante el decenio de los ochenta promedió 7%, actualmente es de alrededor de 1.5%, una de las más bajas del mundo. A pesar de la debilidad de la demanda, el déficit externo de la cuenta corriente se amplió en forma notable, para alcanzar el nivel más alto desde los años cincuenta como proporción del PIB.1

El curso de la economía canadiense, por lo menos en el corto plazo, se vincula estrechamente a la de su vecino del sur. Se prevé que la recuperación, lenta y vacilante como ha sido, será muy moderada, por lo menos con respecto a la evolución histórica.

La actividad económica de Canadá se encuentra en el difícil tránsito de la recesión al repunte. El debilitamiento de los principales mercados de exportación, fundamentalmente Estados Unidos, es un importante factor que milita en contra de la recuperación. Además, la apreciación del tipo de cambio hasta noviembre de 1991 afectó el desempeño de las ventas foráneas y alentó las importaciones. La caída de los términos de intercambio en algunos recursos naturales redujo la actividad y las ganancias de ese sector. En el frente interno, la confianza se ha debilitado por las incertidumbres en el mercado de trabajo debidas a la restructuración económica y al peso de la carga del servicio de la deuda en el sector privado.

Además, como en muchos otros países, las tasas de interés reales de largo plazo se mantuvieron relativamente altas durante un período considerable (a pesar del importante alivio de las condiciones monetarias), lo que quizá refleje la permanente incertidumbre constitucional de Canadá, así como el futuro desempeño del tipo de cambio. Finalmente, a diferencia del pasado, durante la fase recesiva la política fiscal fue restrictiva, en tanto que la rápida acumulación del endeudamiento privó al gobierno de cierto margen de maniobra.

Según cifras oficiales, el PNB de Canadá creció 1.7% en 1992, frente a 1% en 1991. La tasa de inflación fue de 1.4% anual y los tipos de interés promediaron 6.78%. Empero, los déficit provinciales y federal continuaron en franco crecimiento y el desempleo llegó a 11.5%, el más alto desde 1989. El consumo interno sólo se elevó 2% respecto a 1991 y el gasto gubernamental aumentó 15%, con déficit anual de aproximadamente 35 000 millones de dólares canadienses. Tan sólo el de la provincia de Ontario fue de 10 000 millones.

La industria creció 1%, destacando los bienes de consumo. El sector exportador fue uno de los pocos que lograron un incremento importante: de 8% en los primeros nueve meses de 1992 con respecto a 1991. La construcción también mostró un crecimiento notable, apoyado básicamente por el incremento de la demanda debido al importante ascenso de la migración, la reciente política de incentivos oficiales para los nuevos compradores y el descenso de las tasas de interés hipotecarias. El comportamiento más pobre correspondió al rubro textiles y prendas de vestir, con Ä10.8 por ciento. 2

La debilidad económica ha revertido temporalmente los incrementos en la capacidad utilizada y disminuido el empleo, que resintió la restructuración industrial vinculada a la creciente internacionalización de la actividad económica y a la puesta en marcha del Acuerdo de Libre Comercio Canadá-Estados Unidos.

Canadá es una nación próspera, forma parte del Grupo de los Siete y, según la ONU, es el país con la mejor calidad de vida del mundo. Sin embargo, este país registra ciertas tendencias que ponen en riesgo sus posibilidades reales de competir en la economía internacional: pérdida de participación relativa de sus exportaciones en el mercado; insuficientes flujos de inversión extranjera; exigua introducción y aplicación de nuevas tecnologías, e incapacidad de la rama manufacturera para ofrecer en la cuantía necesaria productos innovadores apoyados en la investigación y el desarrollo. A los anteriores signos cabe añadir que muy pocas empresas capacitan a sus trabajadores; que el gasto en educación es el mayor de los países industrializados, pero los resultados no son los óptimos y que demasiados jóvenes egresan con una preparación inadecuada para el trabajo, mientras muchos adultos son desplazados de éste de manera permanente por falta de habilidades. 3 En una población de alrededor de 27 millones de habitantes, más de un millón y medio carecen de empleo.

Canadá y el Tratado de Libre Comercio

Canadá concluyó negociaciones en 1988 con Estados Unidos para firmar un acuerdo de comercio bilateral. Se puede decir que la iniciativa de crear una zona económica de América del Norte es canadiense, pues la secuencia de las negociaciones era ya de alguna manera previsible, dado el ambiente de la economía mundial. No obstante, el balance de diversos grupos de la sociedad canadiense no es positivo ni entusiasta: se percibe cierta sensación de desencanto y desilusión.

Muchos analistas cuestionan la oportunidad con que se emprendió la iniciativa del libre cambio con Estados Unidos, dada la inminencia de un período recesivo. Responsabilizan abiertamente al gobierno federal de su falta de energía en las negociaciones de las ásperas y continuas disputas comerciales con su vecino del sur y se le reclama no haber tomado las previsiones necesarias para amortiguar los efectos del acuerdo en las ramas más vulnerables de la economía al momento de exponerlas a la competencia externa. Por ello, en las negociaciones del Tratado de Libre Comercio de México, Estados Unidos y Canadá (TLC), este último se reveló desde el principio como un socio renuente y dubitativo: sabe que no tiene otra opción, pero al mismo tiempo está consciente de que, al menos en el corto plazo, no puede esperar grandes resultados.

Al presentar a la sociedad los resultados de la negociación, las autoridades canadienses destacan que, por primera vez, un país en desarrollo concreta un acuerdo para abrir su economía a la competencia con dos naciones industrializadas para formar una zona económica. El TLC incrementará la capacidad de las tres economías para ofrecer una mayor competencia sobre bases globales. Es, al mismo tiempo, una respuesta y un reto a la naturaleza cambiante de la economía internacional. Al final del milenio ésta requiere de nuevas reglas del juego. En el pasado, los aranceles y otras medidas de política fronteriza eran la sustancia básica de las negociaciones. Hoy, la competencia se da en las políticas internas para atraer a los inversionistas nacionales y extranjeros. La lucha por la inversión es feroz, al punto que muchos países abren sus economías de manera unilateral y adoptan medidas fiscales y regulatorias orientadas al mercado. Esto último es una preocupación permanente de los canadienses, pues quedar fuera de la zona económica significaría perder importantes posibilidades para atraer inversión extranjera.

Para Canadá el intercambio mundial es de gran importancia: las exportaciones de bienes y servicios generan una cuarta parte de la riqueza del país, cuya economía industrializada es de tamaño medio, abierta y dependiente del comercio internacional.

Hace nueve años el diagnóstico oficial concluía que la prosperidad pasada de Canadá había formado una economía complaciente en la que ahora se asentaba su precaria posición como nación comercial. Más que resistirse a las fuerzas del cambio mundial había que renovar y fortalecer la economía. En el centro de la estrategia estaba la determinación de instalar al sector privado como el eje de la renovación económica. Tres objetivos constituían el corazón de la estrategia económica del gobierno: a] remover los obstáculos al crecimiento; b] alentar al empresariado y aceptar riesgos, y c] apoyar a los productores con necesidad real para adaptarse con suficiente rapidez a las circunstancias cambiantes.

Mientras que los mercados y la producción se mundializaban en forma y dimensión, Canadá sentía la amenaza no sólo de quedar al margen de la economía mundial si no participaba en esa tendencia, sino que también arriesgaría el propio mercado interno. La salida a este dilema fue el Acuerdo de Libre Comercio con Estados Unidos. La estrategia de negociación fue: ganar el mayor acceso posible a los mercados mundiales para los productores, trabajadores e inversionistas competitivos de Canadá; asegurar el acceso con reglas equilibradas y mutuamente ventajosas, y enmarcar este acceso en un acuerdo que incluyera procedimientos expeditos y equitativos para resolver problemas.

La futura prosperidad del país y la mayor competitividad de la economía depende de que se concentren más los esfuerzos en la innovación tecnológica; se desarrollen nuevos mecanismos de concertación entre gobierno, empresarios, trabajadores, educadores y una gama de grupos con diversos intereses; se reduzcan las barreras comerciales internas; se busquen formas más eficaces para generar capitales para la inversión, y se mejoren los sistemas educativos y de capacitación. Hay consenso en que el mayor activo para el futuro de la economía canadiense será una fuerza de trabajo bien educada y con una gran motivación.

Como ejemplo de los efectos positivos del libre comercio se señala que mientras hace nueve años había en Canadá 36 000 establecimientos manufactureros, muchos con menos de 12 años de antigüedad, actualmente son alrededor de 40 000, de los cuales más de la mitad se establecieron en los últimos diez años. Las cifras revelan un remplazo de empresas viejas orientadas al mercado interno, por unidades nuevas, más dinámicas y con vocación exportadora.

En las negociaciones del TLC con México y Estados Unidos, Canadá partió de tres objetivos básicos:

  1. Lograr el acceso de bienes, servicios y capitales a México Äal que se define como una de las economías de más rápido crecimiento y más promisorias del mundoÄ sobre una base de igualdad con Estados Unidos;4

  2. aprovechar las negociaciones para resolver varios de los conflictos irritantes con Estados Unidos, surgidos de la más intensa relación comercial y de inversiones de los últimos años, y asegurar, al mismo tiempo, que no se afecten los beneficios de lo pactado bilateralmente con su vecino del sur, y

  3. mantener a Canadá como un destino atractivo para los inversionistas que desean ubicarse estratégicamente para abastecer el mercado de América del Norte.

Los productos canadienses con mayores posibilidades de ingresar al mercado mexicano son los siguientes: agroalimentos, equipo de transporte, equipo y servicios petroleros y mineros, telecomunicaciones, equipo y servicios para el cuidado del ambiente, tecnología y maquinaria industrial, bienes de consumo y servicios financieros. Con un perfil menor, se mencionan madera y papel, turismo, equipos para hoteles y restaurantes, instrumentos y equipos médicos, servicios de consultoría financiera, administrativa, educativa y de capacitación, equipos y productos para la construcción y equipo para imprentas y artes gráficas. Se argumenta que el TLC constituye una base sólida para encontrar oportunidades de negocios en América Latina y con ello incrementar el comercio con los países del resto del hemisferio.

Para evitar que el asunto del TLC se convirtiera en un "tigre dormido", los tories desarrollaron un intenso "programa de venta" que descansa en buena medida en rebatir los argumentos de los opositores al Tratado, principalmente de los que denominan la "vieja izquierda, criptocomunista, antilibrecambista" que incluye, entre otros, a Robert White, presidente del Congreso Canadiense del Trabajo, y a Maude Barlow, vocera del Consejo de los Canadienses.

Cabe destacar que los adversarios del libre comercio no han sabido ser propositivos, lo que resta credibilidad y fuerza a sus argumentos. En vísperas de las elecciones, aprovechando la impopularidad de los tories, algunos líderes del Partido Liberal señalaban que el TLC podía "ser un buen acuerdo para Dallas y Acapulco, pero no para los trabajadores de Hamilton, Toronto y Sydney". Los argumentos en contra eran muy parecidos a los esgrimidos cinco años antes: aceptar la muerte del Canadian Way of Life y la devastación de la economía. Se culpaba al libre comercio de problemas estructurales internos (pérdida acelerada de la productividad y competitividad, con la consiguiente desaparición de empleos) y, por otra parte, se magnificaba lo que se podría llamar el "mito de la brecha salarial". Cabe señalar que 80% de las importaciones de Canadá proviene de países con altos salarios (Estados Unidos, Japón, Alemania y el Reino Unido), por lo que el supuesto peligro de comerciar con economías de salarios relativamente bajos era más un argumento ideológico que un riesgo verdadero.

En 1991 las importaciones de Canadá de bienes mexicanos representaron 0.3% del PIB canadiense. 80% entra libre de aranceles y tarifas y al restante 20% se aplica un arancel promedio de alrededor de 10%. Si la reducción arancelaria para este último segmento se llevara a acabo en un período de diez años, por ejemplo, ello significaría 1% al año. ¨Cómo es posible que una reducción de tarifas de 1% al año sobre un volumen de importaciones que sólo representan la quinta parte de un total que apenas equivale a 0.3% del PIB pueda significar una agresión a la economía canadiense?

El reto de la competitividad

Canadá encabeza la lista del índice internacional de calidad de vida, posee una de las infraestructuras de telecomunicaciones, transporte y energía más desarrolladas del mundo y su dotación de recursos naturales es de las más ricas. Empero, su economía se enfrenta a severos retos y cuestionamientos en la actual tendencia hacia la mundialización y la formación de mercados regionales.

En los sesenta y los primeros años de los setenta el ingreso real per cápita aumentó 4% anual, esto es, los ingresos se duplicaban cada 18 años. Ese avance se explicaba por el acelerado incremento de la eficiencia productiva y por la creciente incorporación de mano de obra, especialmente femenina, a la producción. Durante los ochenta la eficiencia productiva se elevó 0.5%, contra 2% en los sesenta. El mayor desempleo y el envejecimiento redujeron el porcentaje de la población empleada, lo cual ocasionó que en la actualidad el ingreso real se duplique cada 35 años. El incremento del ingreso únicamente se logra cuando un segundo miembro de la familia se incorpora al mercado laboral. El panorama se empaña aún más si se considera que el gobierno tiene cada vez mayores dificultades para cumplir sus compromisos sociales y preservar la elevada calidad de vida de los canadienses. El crecimiento del ingreso sólo será posible si se incrementa la productividad; por ello el Consejo Económico de Canadá estudia la relación entre los patrones de comercio, los costos de producción y las innovaciones, todo ello en relación con aquel indicador.

Una muestra de la creciente interdependencia es que cada vez más empresas operan en diversos países, incrementando los flujos de inversión directa. La liberación del comercio en escala planetaria abre nuevas oportunidades. En los pasados 20 años el volumen de exportaciones de bienes creció con una rapidez 50% mayor que la producción mundial de bienes, lo que comprueba la notable interdependencia de las empresas. Ese fenómeno es más evidente en el comercio de manufacturas, que creció 100% por arriba del aumento del producto.

La creciente integración entraña una fuerte competencia y nuevas relaciones comerciales. El mayor socio de Canadá es, con mucho, su vecino del sur. En los últimos años el intercambio de la región de América del Norte sufrió una caída. Sin embargo, ello no significa que se comercie menos, sino que las ganancias por exportaciones han sido inferiores a las de las naciones asiáticas del Pacífico.

Los países con mercados pequeños, como Canadá, pueden mejorar su ingreso real si incrementan sus exportaciones y se especializan más. Para ello se requiere el acceso a los mercados externos y producir bienes y servicios con precios y calidad atractivos. Canadá, empero, ha perdido el paso: su participación en el comercio mundial cayó de 5.3 a 4 por ciento de 1971 a 1989. Ese retroceso se debe, en parte, al surgimiento de los llamados países de industrialización reciente, pero también a problemas de costos.

La pérdida relativa de la "habilidad para competir" se debe a los precios relativos y la calidad de los productos; a la incapacidad para enviar los suministros con oportunidad y a los problemas para identificar productos que satisfagan nuevas necesidades. Esa deficiencia también se explica por la especialización de Canadá en la industria de bienes relacionados con los recursos naturales, cuya demanda mundial ha crecido lentamente. Gracias a la abundancia de tales recursos Canadá ha podido procesarlos con eficiencia, en contraste con otros países. En ello se basó buena parte del éxito de su economía (de los 20 productos en que el país se especializa sólo dos no provienen de recursos naturales). Sin embargo, mientras el comercio mundial se especializa cada vez más en los bienes manufacturados, en particular de alta tecnología, Canadá se mantiene en las áreas tradicionales y en un número de productos más reducido que el de otros países.

En los últimos 20 años los precios de 17 de las principales exportaciones canadienses con base en recursos naturales se determinaron a partir de las cotizaciones de otros bienes manufacturados. Ello refleja una demanda débil y una oferta mundial en crecimiento: al desacelerarse el uso de las materias primas, los consumidores gastan cada vez más en servicios. Además, las empresas han encontrado fórmulas para ahorrar materia prima y los avances tecnológicos les permiten emplear sustancias sintéticas y sustitutos. El auge de precios de los años setenta alentó la búsqueda de nuevas fuentes de aprovisionamiento. Ello, junto con el lento crecimiento de la demanda de materias primas, marcó el inicio de la tendencia a la baja que aún persiste. Lo mismo vale para el precio de la energía: la conservación y la mayor eficiencia tecnológica permiten asegurar que las expectativas de precios elevados son muy optimistas.

La caída de los precios pone en desventaja a las industrias de recursos naturales, pues les impide desarrollar su productividad con la misma rapidez que las industrias de alta tecnología. Como resultado, las ganancias han caído, los salarios se encuentran bajo presión, las plantas se han restructurado y muchas empresas han salido del mercado. La consecuencia final es el desempleo. Por si fuera poco, esas industrias tendrán que enfrentar en el futuro inmediato la problemática de orden ambiental asociada a esas industrias. En virtud de que muchas regiones y personas dependen de la explotación de los recursos, el Consejo Económico de Canadá prevé las siguientes orientaciones: a] alcanzar un mayor crecimiento de la productividad; b] desplazarse hacia productos de recursos naturales con mayores posibilidades de productividad, y c] desarrollar nuevas especializaciones fuera del área de los recursos naturales.

Los costos manufactureros constituyen otro gran problema. En 1980 los unitarios promedio de la industria manufacturera canadiense se encontraban prácticamente al mismo nivel que los de la estadounidense; en 1990 eran 40% más altos que los del vecino del sur y las manufacturas canadienses registraron la peor relación de costos con sus competidores de Estados Unidos. Entre las causas del deterioro destacan el lento crecimiento de la productividad y la inflación; en los ochenta los precios al consumidor en Canadá se elevaron 20% más rápidamente que en Estados Unidos. El crecimiento del salario real también explica en parte el deterioro de la estructura de costos manufactureros.

La apreciación del tipo de cambio del dólar canadiense con respecto al de Estados Unidos también se señala como causa decisiva de los problemas de costos. Sin embargo, se ha demostrado que ello ocurrió después de una caída de 1980 a 1986, de manera que en 1990 el signo canadiense ya se ubicaba al mismo nivel de principios del decenio anterior, cuando los costos manufactureros de los dos países eran más o menos iguales. Lo relevante es que la paridad constituye un efecto de corto plazo, no estructural, del deterioro manufacturero. Éste se encuentra en los factores señalados, esto es, en el mediano y largo plazos las respuestas estructurales que garantizan la competitividad se encuentran en la productividad y en la inflación.

La desalineación de los costos obligó a las empresas a incrementar sus precios, lo que condujo a la caída de las ventas y, en algunos casos con varios años de rezago, a la pérdida de empleos. El diagnóstico del Consejo Económico de Canadá de lo sucedido a finales de los años ochenta es el siguiente: el alza de los costos manufactureros con respecto a los estadounidenses dio inicio en 1986; el producto manufacturero dejó de crecer en 1988, y para 1989, un año antes del inicio de la recesión, los empleos de esa rama comenzaron a descender.

Los efectos de la brecha de los costos de la industria manufacturera canadiense con respecto a Estados Unidos no han concluido. Con base en un caso hipotético, en el que las condiciones no se alteren, se concluye que aún son previsibles más resultados adversos. En virtud de que el comercio está sumamente concentrado con el socio estadounidense, en 1994 las exportaciones manufactureras podrían ser 30% menores a la situación hipotética sin deterioro de costos. Las importaciones habrían crecido 5% y se presentaría una pérdida de empleos en las actividades manufactureras.

Hasta 1980 el sector manufacturero canadiense registró incrementos de productividad mayores que Estados Unidos. A principios de los ochenta era aún comparable o mejor que la de aquel país, el Reino Unido, Francia, Alemania, Italia y Japón. En 1990 había retrocedido frente a Italia, Alemania y Francia. Japón y el Reino Unido podrían superar a Canadá en el decenio en curso. El pobre desempeño de la productividad en los costos unitarios del trabajo manufacturero enfrenta a las empresas a los siguientes dilemas: a] alcanzar un crecimiento mucho más acelerado durante los noventa; b] recortar salarios y otros costos de producción, o c] abatir la producción, cerrar plantas y despedir trabajadores.

Acelerar el crecimiento de la productividad es el único medio para seguir pagando salarios elevados y mantener el nivel de empleo.

La debilidad en materia de productividad afecta a prácticamente todos los rubros de la actividad económica. Los orígenes de ese deterioro se ubican en el primer choque petrolero de 1972-1973. Las respuestas a sus efectos se unieron en el crecimiento de los precios y en la debilidad de la demanda, lo que afectó las decisiones de inversión.

Cuando a principios de los ochenta el Banco Central comenzó a combatir la inflación surgieron fuertes síntomas de inflexibilidad, básicamente un intercambio entre inflación y desempleo. Parecía que la única forma de poder crear empleos era mediante el crecimiento inflacionario y que la única forma de abatir ese proceso era con la inducción de períodos recesivos que provocaban desempleo. La experiencia de los años posteriores a 1973 es que las economías deben responder flexiblemente a los choques o a cualquier cambio.

La desaceleración de la productividad no es privativa de Canadá. Sin embargo, en este país se caracteriza por su profundidad y duración en prácticamente toda la industria manufacturera. El problema es, pues, sistemático: empresarios, trabajadores y gobierno no respondieron de manera eficiente a los cambios.

El Consejo Económico de Canadá identificó las razones de la mayor desaceleración de la manufactura canadiense con respecto a la estadounidense mediante el análisis del crecimiento de la productividad de diversas industrias en el período 1966-1985. De ahí se desprendieron aspectos positivos y negativos, aunque estos últimos fueron de mayor relevancia; por ejemplo, se halló que las empresas respondieron de manera menos eficaz a los cambios en el tipo de cambio real Äajustado a la inflaciónÄ (esto representa 40% del efecto negativo); encararon inadecuadamente los choques de los precios de la energía (25% del efecto negativo); sus esfuerzos por innovar fueron insuficientes (24% del efecto negativo), e introdujeron con lentitud medidas para ahorrar trabajo (11% del efecto negativo).

Del lado positivo destaca que las empresas canadienses ampliaron el empleo de su capacidad productiva (63% del efecto positivo) y se beneficiaron de un mayor crecimiento tendencial de la productividad (31% del efecto positivo), así como de las presiones comerciales (6% del efecto positivo).

Los factores negativos ilustran que la economía canadiense tiene más problemas para adaptarse al cambio que la de Estados Unidos. Ejemplo de esa inflexibilidad es el choque petrolero de los años setenta. De 1974 a 1979 los precios del energético tuvieron un fuerte incremento. Sin embargo, en vez de disminuir de manera significativa el uso de la energía, como ocurrió en Estados Unidos, Canadá hizo justamente lo contrario. Cabe destacar que en éste el efecto social del incremento de las cotizaciones fue menor que en el país vecino del sur, pues el gobierno canadiense decidió proteger a la población. Con ello sólo reforzó la inflexibilidad de la economía para adaptarse y ajustarse a los cambios.

Otra fuente de inflexibilidad se encuentra en la menor disposición, frente a otros países industrializados, de emplear tecnologías avanzadas. En el mundo moderno la tecnología es omnipresente tanto en los hogares como en los centros de trabajo. Las innovaciones mejoran notablemente los procesos de fabricación y por tanto la productividad. Las empresas manufactureras canadienses son más reticentes que las estadounidenses para emplear avances tecnológicos; además, cuando las aceptan, lo hacen en menor medida. Esto ocurre en toda la industria manufacturera, independientemente del tamaño de las unidades de producción. Lo preocupante es que Estados Unidos está a la zaga de Japón y Alemania, lo cual sitúa a Canadá muy atrás de los países líderes en el uso tecnológico.

La empresa manufacturera canadiense invierte menos en investigación y desarrollo que otros países industrializados, aun cuando se ofrece un tratamiento fiscal sumamente generoso para promover esos rubros. El tamaño de la empresa y la falta de presiones competitivas para alentarla a desarrollar procesos de innovación pueden ser las causas de los bajos niveles de inversión en investigación y desarrollo.

Así pues, la economía canadiense necesita aprender a ajustarse más fácilmente a los cambios y esto requiere de nuevas actitudes por parte de los agentes de la producción. El crecimiento de la productividad es la fuente de los ingresos con los que Canadá puede enfrentar sus necesidades en materia de salud, educación, medio ambiente y su vasto abanico de programas sociales. La incapacidad para adaptarse con eficacia a los cambios obedece a la actitud de relativa inflexibilidad de los agentes sociales. Estos tendrán que aprender a adaptarse e inducir los consensos necesarios para poner a tiempo su economía con los requerimientos del presente.


* Investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana- Iztapalapa.

1. OCDE, Economic Surveys, 1991-1992, París, 1992.

2. Síntesis Ejecutiva de la IX Reunión Ministerial México- Canadá, Ottawa, febrero de 1993.

3. Steering Group on Prosperity, Inventing our Future; an Action Plan for Canada's Prosperity, Ottawa, octubre de 1992

4. En los últimos siete años Canadá ha registrado déficit en su balanza comercial con México. En 1991 éste exportó a Canadá 2 579 millones de dólares canadienses e importó 543 millones. Se estima que en 1992 México exportó 2 733 millones de dólares canadienses e importó 729 millones.