De frente a este gigante, Estados Unidos, experimentamos la necesidad de contar con amigos que posean poco más o menos la misma concepción occidental... y por ello atribuimos gran prioridad a nuestras relaciones con Europa.
Pierre Elliot Trudeau, 1970
El atlanticismo de Estados Unidos está en decadencia y ello no debería ser motivo de asombro. Con anterioridad el atlanticismo europeo cedió a los embates de la pujante hegemonía estadounidense al término de la segunda guerra mundial. Antes de que el océano Atlántico enmarcara el auge y la caída de grandes potencias, el mar Mediterráneo albergó el centro de poder del planeta.
No obstante, el atlanticismo estadounidense, cuya principal expresión es la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), tiene particular importancia para Canadá. Desde que la influencia británica comenzó a declinar en América del Norte como resultado de la independencia de las 13 colonias, las relaciones entre Canadá (como dominio británico) y Estados Unidos se fueron afianzando hasta forjar vínculos de integración político-militar con importantes consecuencias para el socio más débil, Canadá.
Con el estallido de la segunda guerra mundial el atlanticismo europeo declinó de manera irreversible y participar en él fue para los canadienses más una simple idea que una realidad. En la práctica, sin duda, el atlanticismo estadounidense predominó en la relación político-militar de Canadá con Estados Unidos, que se reforzó con algunos acuerdos regionales, como el Sistema Norteamericano de Defensa Aeroespacial.
En la actualidad, sin embargo, se ha disipado la causa del atlanticismo estadounidense en la OTAN: la "amenaza comunista". La teoría de las coaliciones explica que éstas son perecederas y que una vez cumplido su objetivo deben desaparecer para evitar que se formen contraalianzas.
La OTAN, creada por la necesidad de "hacer frente a un enemigo externo común", perdió su razón de ser ya que su adversario (la URSS) ha desaparecido. Las contraalianzas empiezan a surgir y entre ellas destaca la propuesta, en el marco del Tratado de Maastricht, de crear un ejército europeo que en principio integrarían tropas franco-alemanas con sede en Estrasburgo, al tiempo que se impulsa la Unión Europea Occidental (UEO). Este es uno de los golpes más severos contra el atlanticismo estadounidense, para el cual la OTAN representa un instrumento que le permite mantener el "monopolio legítimo de la violencia" en Europa y, por tanto, cierto control de la seguridad del viejo continente.
La declinación del atlanticismo estadounidense es irreversible ante las tendencias integracionistas y regionalistas que predominan en el orbe, manifiestas con claridad en la configuración de tres grandes áreas geopolíticas y geoeconómicas: Europa Occidental, América del Norte y el este de Asia. Tales procesos entrañan un reto para la política de seguridad norteamericana de fines de siglo que coloca a Canadá, el segundo país más grande del planeta, en la disyuntiva de conservar sus relaciones con Europa Occidental en el marco de la OTAN o abandonarlas en razón de la realidad geoeconómica del libre comercio de América del Norte.
Desde el siglo XVI hasta el presente, con los descubrimientos geográficos y el desarrollo del capitalismo, el océano Atlántico ha sido escenario de las corrientes humanas, mercantiles y financieras más importantes de la historia. La colonización de América y el Caribe implicó incontables viajes con retorno desde las metrópolis. El Reino Unido se transformó paulatinamente en la potencia hegemónica, sobre todo hacia finales del siglo XIX, cuando amplió sus posesiones en áfrica, Egipto, Malasia, Borneo, Nueva Guinea y el Pacífico. Al inicio del siglo XX, en suma, los británicos dominaban la cuarta parte del planeta.1
El ocaso del Reino Unido como la nación más poderosa del mundo, para convertirse en una pequeña isla europea, fue "tan repentino como el auge de Estados Unidos, que ocupó la anterior posición dominante de los británicos. Ambos procesos estuvieron muy ligados. El ascenso estadounidense habría sido más lento si así lo hubiera sido la decadencia de la Gran Bretaña".2 Desde luego, el auge de una potencia y el ocaso de la otra entrañó rivalidades que se manifestaron en el transcurso de la segunda guerra mundial.
Como señala un especialista, "la rivalidad entre Estados Unidos y el Reino Unido en torno del petróleo y la estructura económica de la posguerra se sumaron al debilitamiento de los británicos durante la hecatombe bélica para crear un vacío de poder internacional que los estadounidenses rápida y gustosamente llenaron en el Medio Oriente y América Latina. Este nuevo papel no fue casual ni espontáneo, sino que se buscó con empeño y una fuerza equivalente a la que Washington atribuía a los británicos. El desmantelamiento del poderío inglés y la irrupción de Estados Unidos en el escenario mundial fueron acompañados de enormes responsabilidades políticas y estratégicas que se vincularon con la búsqueda de un beneficio global. La nueva responsabilidad fue mucho más producto del deseo estadounidense de lograr el desarrollo económico del planeta como respuesta al avance general de la izquierda que del crecimiento del poderío soviético. Este aspecto figuró en la concepción del tipo de orden internacional que los estadounidenses buscaron crear, mientras que la derrota británica ante la gran potencia americana por el predominio en el Medio Oriente presagió el advenimiento de la vigilancia de las regiones del planeta. La política exterior de Estados Unidos hacia finales de la segunda gran guerra requería la habilidad de utilizar créditos, préstamos e inversiones de todas partes para conformar un orden económico mundial de acuerdo con sus propósitos. La potencia sólo realizó lo que servía a sus propias necesidades y objetivos, tal como hicieron los británicos en una era más temprana." 3
Hasta antes de la segunda guerra mundial el atlanticismo europeo había predominado tanto por la hegemonía británica cuanto por la importancia que países como Francia o Alemania adquirieron en las relaciones internacionales. El conflicto bélico haría que el centro del poder mundial se trasladara al otro lado del océano: en el Atlántico, sí, pero en América del Norte. 4
El ingenioso arreglo institucional que Estados Unidos promovió para proyectar sus intereses hegemónicos en el mundo de la posguerra impulsó el atlanticismo de aquella nación. Con el pretexto de contener el comunismo, los vínculos entre la gran potencia americana y Europa Occidental revistieron una importancia crucial al asumirse que ésta sería el principal escenario de un enfrentamiento Estados Unidos-URSS. Ante la amenaza de devastación de Europa y Japón, el Atlántico se mantuvo como el eje de las relaciones internacionales en los umbrales de la guerra fría; la OTAN nació como entidad que institucionalizó el atlanticismo o noratlanticismo bajo el dominio de Estados Unidos.
A mediados de marzo de 1948 Francia, el Reino Unido, los Países Bajos, Bélgica y Luxemburgo firmaron el Tratado de Bruselas con el fin de fomentar "la colaboración en los terrenos económico, social y militar". El documento tenía, sin embargo, una orientación esencialmente militar y, si se interpreta de manera literal, en contra de Alemania, pero en realidad también cubría la posibilidad de un ataque proveniente de otro lado y más en concreto de la urss. 5 El Tratado de Bruselas dio origen a la ueo, cuya actividad formal comenzó el 6 de mayo de 1955, inspirada en el pensamiento nacionalista de Charles de Gaulle "en el sentido de crear una 'tercera fuerza' capaz de romper el sistema bipolar y asegurar a Europa una posición más independiente".6 La UEO sustentaba entonces los principios del atlanticismo europeo e intentó retener el control de la defensa del viejo continente, aun cuando éste no era capaz de crear una fuerza militar comparable a la de Estados Unidos o la urss. Sólo aliándose con alguna de las superpotencias los países europeos podían configurar un modelo de defensa que respondería, ante todo, a los intereses de la potencia predominante bajo la premisa de hacer frente al enemigo. Así surgieron la OTAN y la Organización del Pacto de Varsovia.
Según consigna un prestigiado internacionalista, "desde el 6 de julio de 1948, en Washington, los países del Tratado de Bruselas celebraban conversaciones con Estados Unidos y Canadá acerca de la defensa del Atlántico del Norte. Las pláticas prosiguieron durante el verano, orientándose, desde el 10 de diciembre, a la redacción de un proyecto de tratado. En marzo de 1949 Dinamarca, Noruega, Islandia, Portugal e Italia fueron invitados a adherirse al pacto; el 4 de abril lo firmaron los 12 países, sin que pudiera impedirlo la protesta de la Unión Soviética, que alegaba su carácter contrario a la Carta de las Naciones Unidas y a las decisiones del Consejo de Ministros de Asuntos Exteriores. El 24 de agosto del mismo año, al depositarse los últimos instrumentos de ratificación en Washington, entró en vigor por un período de 20 años, con cláusula de tácita reconducción, pero con derecho a denunciarlo, pasado ese plazo, avisando con un año de anticipación".7 En la actualidad los miembros de la alianza atlántica son Alemania, Bélgica, Canadá, Dinamarca, España, Estados Unidos, Francia, Grecia, Islandia, Italia, Luxemburgo, Noruega, los Países Bajos, Portugal, el Reino Unido y Turquía. 8
Al describir en sus memorias el ascenso del atlanticismo estadounidense en la OTAN, de Gaulle señaló que "después de Yalta, que le permitió a Stalin anexarse Europa Central y los Balcanes al momento del colapso del Tercer Reich, se debía temer una extensión adicional del bloque soviético y, ante una eventual agresión, los estados occidentales del continente quizás no podrían ofrecer una resistencia suficientemente poderosa [...] Por tanto, nada habría sido más justificado y tal vez saludable que la ayuda estadounidense; ésta, por medio del Plan Marshall, permitió que Europa Occidental restableciera sus mecanismos de producción y se salvara de los severos trastornos económicos, políticos y sociales, a la vez que proteger su seguridad bajo la sombrilla atómica. Pero una consecuencia prácticamente inevitable fue el establecimiento de la OTAN, un sistema de seguridad con el cual Washington controlaba la defensa y, por ende, la política exterior e incluso el territorio de sus aliados." 9
Desde luego, la hegemonía de Estados Unidos en la OTAN tuvo un costo y para que los aliados aceptaran ese arreglo institucional, aquel país debió financiar una parte significativa de los gastos de la Organización. De hecho, la mitad del presupuesto de defensa de Estados Unidos se destina a sostener su atlanticismo en la OTAN.
Al término de la segunda guerra mundial Canadá se encontraba en una situación privilegiada. A pesar de haber participado en el esfuerzo aliado contra las naciones del Eje, su territorio no fue escenario del conflicto y ello representó enormes ventajas de tipo económico, político y social. Sin embargo, se preocupó por su seguridad y los arreglos institucionales para la posguerra.
La participación de Canadá en la alianza atlántica se debe, fundamentalmente, a razones de estrategia militar elemental: si la OTAN pretendía en verdad una alianza del Atlántico norte, Canadá tendría que formar parte de ella. Al tanto de las capacidades que adquirió Estados Unidos a causa de la guerra, temía involucrarse en un plan militar que minaba su poder negociador y sus intereses de seguridad. Por eso los canadienses se mostraron partidarios de un compromiso institucional en materia de defensa, pero de preferencia acorde con las disposiciones de la Carta de las Naciones Unidas. Temían que los perjudicara otro tipo de arreglos militares y que el resurgimiento exclusivo de la alianza anglo-estadounidense los atrapara entre un pilar europeo en un extremo del océano y uno norteamericano en el otro. 10
No resultó extraño el gran entusiasmo de Canadá por formar una alianza que incorporara a los países europeos occidentales. De hecho, entre los aliados hemisféricos Canadá era al que más atraía la idea del atlanticismo. Al reunir éste a los países de Europa Occidental, según la perspectiva de Ottawa, habría un contrapeso de la influencia estadounidense en los asuntos canadienses. 11 Para lograrlo, empero, la alianza tendría que ir más allá del terreno militar. Así, Canadá apoyó la creación de la OTAN por tres razones fundamentales:
En los estatutos de la OTAN, signados el 4 de abril de 1949, se asentó que las partes "contribuirán al desarrollo adicional de relaciones internacionales pacíficas y amistosas fortaleciendo sus instituciones libres, proporcionando un mejor entendimiento de los principios con base en los cuales se fundan estas instituciones y con la promoción de condiciones de estabilidad y bienestar. Buscarán eliminar el conflicto en sus políticas económicas internacionales y fortalecerán la colaboración recíproca." 14
Canadá tenía serias reservas frente al atlanticismo de Estados Unidos porque consideraba que esta potencia actuaría conforme a sus aspiraciones hegemónicas, las cuales no necesariamente serían convenientes para los intereses de Canadá. En otras palabras, rechazaba el atlanticismo estadounidense conforme a la premisa de que "no todo lo que es bueno para Estados Unidos lo es también para Canadá."
Esta razón explica posiblemente que la contribución de Canadá a la OTAN sea marginal frente a la de los otros miembros. En 1980, de acuerdo con estimaciones del Departamento de Defensa de Estados Unidos, Canadá ocupó el decimotercer lugar entre los 14 miembros de la OTAN que contaban con ejército (de los 16 países de la alianza atlántica, Luxemburgo e Islandia carecen de fuerzas armadas). Entonces Canadá destinaba a defensa 1.8% de su PNB (proporción que no ha variado mucho, como se aprecia en el cuadro respectivo), mientras que el promedio de la OTAN era de 3.8%; en el país norteamericano sólo 1% de la fuerza laboral estaba al servicio del ejército, en contraste con el promedio de 2.8% de la alianza atlántica. Sólo Luxemburgo a Islandia figuraban detrás de Canadá. Este hubiera tenido que duplicar su presupuesto anual de defensa y casi triplicar el tamaño de sus fuerzas armadas para alcanzar el promedio de la OTAN.
En el marco de la guerra fría, en Ottawa parecía existir consenso en la necesidad de ampliar y fortalecer las fuerzas armadas. A fines de 1980 el Comité Permanente sobre Asuntos Exteriores y Defensa Nacional de la Cámara de los Comunes pidió al gobierno que ampliara su compromiso militar.
En febrero de 1982 el Subcomité de la Defensa Nacional del Senado recomendó gastar 1 300 millones de dólares para incrementar de 80 000 a 92 000 las fuerzas regulares y ampliar de 5 400 a 7 800 el contingente canadiense en Europa. Aunque tal contribución rebasaba el compromiso inicial del gobierno, éste informó a la OTAN que para incrementarla proporcionaría equipo militar a Noruega y aumentaría 35.2% su aportación para la defensa en el bienio siguiente, a pesar de las restricciones generales para elevar el presupuesto. 15 Sin embargo, en términos absolutos, Canadá no incrementó mucho sus contribuciones en la OTAN.
La percepción de Canadá acerca del atlanticismo se resumió en un discurso que pronunció en febrero de 1990 el ministro de Asuntos Exteriores, Joe Clark: "Algunos pueden creer que la geografía nos aleja de la acción; [...] que nuestro futuro se encuentra en este continente, o tal vez en Asia, pero ya no en Europa. Rechazamos esa hipótesis por completo. De una manera profunda, Canadá es una nación europea. Nuestros dos pueblos fundadores son europeos y millones de canadienses tienen sus raíces en las grandes culturas de Europa [...] Nuestra prosperidad económica se basa en un sistema económico mundial que requiere paz para la prosperidad. Las amenazas contra la paz son amenazas para nuestra seguridad. Dos sangrientas guerras en este siglo enseñaron a los canadienses que la seguridad en casa carece de sentido sin la seguridad en Europa [...] y nuestra prosperidad económica está ligada con una Europa próspera y libre".16
| GASTO DE DEFENSA DE LOS PAÍSES MIEMBROS DE LA OTAN (PORCENTAJES DEL PNB) | |||||||||
| 1970-1974 | 1975-1979 | 1980-1984 | 1985-1989 | 1988 | 1990 | 1990 | 1991 | 1992 | |
| Bélgica Dinamarca Francia Alemania Grecia Italia Luxemburgo Países Bajos Noruega Portugal España Turquía Reino Unido OTAN-Europa Canadá Estados Unidos OTAN-América del Norte Total de la OTAN |
2.8 2.6 3.9 3.5 4.7 2.6 0.8 3.3 3.7 6.9 -- 2.3 5.7 -- 2.4 7.3 6.9 -- |
3.2 2.5 3.8 3.4 6.7 2.2 0.9 3.0 3.1 3.9 -- 3.9 5.1 -- 2.0 5.5 5.3 -- |
3.2 2.4 4.1 3.4 6.6 2.1 1.2 3.1 3.0 3.4 2.4 3.8 5.3 3.6 2.1 6.1 5.8 4.9 |
3.0 2.1 3.8 3.0 6.3 2.2 1.2 3.1 3.1 3.2 2.2 3.5 4.5 3.3 2.1 6.3 6.0 5.0 |
2.9 2.2 3.8 2.9 6.3 2.2 1.3 3.1 3.0 3.2 2.1 3.3 4.1 3.2 2.1 6.1 5.8 4.8 |
2.7 2.1 3.7 2.8 5.7 2.1 1.1 3.0 3.1 3.2 2.1 3.7 4.1 3.1 2.1 5.9 5.6 4.7 |
2.6 2.1 3.6 2.8 5.9 2.0 1.2 2.8 3.1 3.1 1.8 3.9 4.1 3.0 2.0 5.7 5.4 4.5 |
2.5 2.1 3.5 2.3 5.5 1.9 1.2 2.7 2.9 3.1 1.7 4.0 4.2 2.9 2.0 5.0 4.8 4.0 |
2.0 2.0 3.4 2.2 5.5 -- 1.2 2.6 3.1 2.9 1.6 3.9 4.0 -- 2.0 5.4 5.1 -- |
| Fuente: NATO Review, num. I, febrero de 1993, p. 34. | |||||||||
Este planteamiento, no muy distinto del epígrafe de Pierre Trudeau con que se inicia este trabajo, revela la búsqueda de contrapesos que equilibren la influencia estadounidense en la seguridad de Canadá. En la práctica, sin embargo, su estratégica ubicación geográfica determinó que el curso de la guerra fría llevara al país a una situación desafiante. Como explica un especialista canadiense: "La capacidad de una nación para establecer su propia estrategia militar, desplegar sus propias tropas y manufacturar sus propias armas se toma siempre como indicador del grado de su soberanía. A Suecia se le considera soberana en los tres aspectos, pero a Canadá no. Este país no formula su propia estrategia aun cuando el Departamento de la Defensa Nacional sea capaz de hacerlo. Tiene un control sólo parcial sobre el despliegue de las tropas en caso de guerra y puede fabricar su armamento solamente si importa componentes básicos. Canadá no se encuentra solo frente a la falta de soberanía. Es miembro fundador de una alianza multilateral, pero la estrategia militar de ésta se determina a partir del análisis definitivo del socio dominante: Estados Unidos. A diferencia de otros miembros de la alianza, Canadá tiene además una dependencia bilateral por su avanzada integración a la parte continental del comando militar de Estados Unidos y a su sistema bélico-industrial.
"Aunque el estatus de los satélites militares de Canadá no podría negarse, ha existido cierto debate acerca de la dependencia pertinente en ese aspecto para el desarrollo del país. Pese a las audiencias e informes presentados al Comité Permanente de Asuntos Exteriores y Defensa Nacional de la Cámara de los Comunes y del Subcomité de la Defensa Nacional del Senado, los medios de comunicación han difundido poco el debate actual de los expertos; el pueblo canadiense se encuentra quizás menos informado sobre aspectos militares que los ciudadanos de cualquier otro país miembro de la OTAN. La renovación del Comando de Defensa Aérea de América del Norte durante una visita del presidente Reagan a Ottawa recibió mucho menos atención en los medios que las protestas masivas contra la lluvia ácida. Sin embargo, los debates en Estados Unidos sobre el presupuesto de defensa y en Europa por las armas nucleares se extendieron a Canadá debido a las pruebas de misiles Crucero en el noreste de Alberta. El papel militar de Canadá puede tornarse de nuevo en un asunto nacional, sobre todo porque los fundamentos multilaterales de la relación bilateral resintieron las sacudidas causadas por el arribo, en los ochenta, de un gobierno estadounidense más agresivo en su retórica, en sus políticas y en su estrategia." 17
El atlanticismo canadiense ha pasado por cuatro grandes momentos durante la segunda mitad del presente siglo:
Como segundo socio comercial de Canadá, detrás de Estados Unidos, la CE sería la destinataria principal de la "tercera opción" con lo que, en principio, se revitalizaría el atlanticismo canadiense. A ello se dedicaron importantes esfuerzos diplomáticos, pero no se logró la diversificación deseada que hiciera contrapeso a la injerencia estadounidense en Canadá. Este fracaso se debió en parte a "la falta de voluntad política de Ottawa; [...] a la falta de interés de parte de los empresarios y corporaciones canadienses; [...] a la falta de complementariedad de las economías canadiense y europeas, y [...] a las políticas económicas del gobierno de Trudeau. Como concluyen Granatstein y Bothwell, la tercera opción fue el intento de triunfar sobre la geografía y ésta se impuso al final." 21
La reunificación alemana determinó, en gran medida, el colapso del Pacto de Varsovia. Creado en 1955 ante el ingreso de la República Federal de Alemania a la OTAN, el Pacto se fincó en bases muy endebles. En dos ocasiones fue el instrumento para castigar diferencias entre sus propios miembros en la conducción del socialismo (Hungría en 1956 y Checoslovaquia en 1968). Ello debilitó la alianza, cuya estructura y organización eran sumamente endebles en contraste con la OTAN. 23 Lo que interesa destacar es que como la antigua República Democrática Alemana desempeñaba un papel estratégico clave, su integración a la República Federal de Alemania implicó su ingreso a la OTAN, es decir, a la alianza antagónica del Pacto de Varsovia.
Al desaparecer este último, la OTAN se ha enfrentado con dificultades importantes para justificar su existencia en medio de una realidad muy distinta de la prevaleciente cuando se creó y durante la guerra fría. El desmembramiento de la URSS apresuró la agonía de los principios de contención del comunismo, sobre los cuales se edificó la alianza atlántica. Como se apuntó, en el debilitamiento de la OTAN influyó también la tendencia a regionalizar las relaciones internacionales, destacándose la concentración de los flujos comerciales y financieros en tres grandes áreas: Japón y sus vecinos del Sudeste Asiático, la de y América del Norte. El proceso integracionista europeo tiende a extender la unidad económica a los aspectos políticos y de seguridad y, desde luego, despierta la idea de que en el futuro las principales rivalidades no serán militares sino económicas. 24 Las instituciones, tradicionalmente con una evolución más lenta que las sociedades, son perecederas. Si se insiste en mantenerlas, cuando sus objetivos se han cumplido o desvanecido se corre el riesgo de que aparezcan contraalianzas.
En este sentido resultó interesante una declaración que en 1990 hizo el secretario general de la ueo a propósito de la seguridad continental: "Una estabilidad sólida en Europa se traduce automáticamente en estabilidad fuera de ella. En un mundo cada vez más multipolar, los riesgos se multiplican y se hacen más diversos. Ante esa realidad, Europa debe contar con capacidades para reaccionar en situaciones de crisis. Al mismo tiempo, los europeos deben actuar en concordancia con las negociaciones para la limitación de armamento [...] En una época en que la CE persigue la unidad monetaria y económica, mientras que intenta fijar los tiempos para la unión política, la ueo puede hacer una contribución decisiva para definir las estructuras futuras de seguridad europea con base en una clara identidad continental en materia de seguridad".25
La crisis final de la OTAN se ha retrasado por una sucesión de hechos que han influido, hasta la fecha, en favor de la permanencia de la alianza:
Una opción muy interesante es la de Robert Zoellick, consejero del Departamento de Estado, quien el 21 de septiembre de 1991 propuso que Estados Unidos considerara las siguientes medidas con respecto a Europa:
Estados Unidos ha iniciado el cierre de numerosas bases militares en el exterior. En Alemania, por ejemplo, se clausuraron docenas de ellas y se proyecta reducir a 100 000 los efectivos estadounidenses en esas tierras (a mediados de los ochenta eran unos 350 000). La idea del actual gobierno estadounidense es liberar recursos para reducir el déficit presupuestario. 30
De manera análoga, como parte de las restricciones presupuestarias de Canadá, las tropas de este país en Europa preparan su repatriación. En agosto y diciembre de 1994 abandonarán, respectivamente, las bases de Lahr y Baden, en Alemania. La participación consensual de Canadá en las fuerzas de paz de la ONU, incluso, no bastará para impedir el retorno a casa de los peacekeepers canadienses que desde hace 29 años se encuentran en Chipre. Cuando se derrumbó el Pacto de Varsovia en 1991, el gobierno canadiense anunció que 1 100 soldados permanecerían en Alemania. En febrero de 1992, sin embargo, el gasto respectivo ya no figuró en el presupuesto federal. Al cierre de la base de Lahr en 1994, las únicas tropas canadienses en Europa serán 150 efectivos al servicio de los Sistemas de Control y Alerta Aéreas (AWACS, por sus siglas en inglés), en Geilenkirchen, Alemania, más 250 oficiales asignados a distintas oficinas de la OTAN. Aunque Canadá sostiene el compromiso de mantener una brigada de 5 000 elementos y dos escuadrones CF-18 listos para acudir en defensa de Europa si surge un problema de seguridad que lo amerite, el cierre de las bases referidas denota un cambio fundamental en la actitud militar de Canadá. 31
El ocaso del atlanticismo estadounidense se manifestó en el finiquito de compromisos ancestrales con Europa, hecho que Canadá no puede pasar por alto. La posibilidad de que Europa hiciera en la OTAN un contrapeso a la injerencia estadounidense en Canadá en el ámbito de la seguridad se ha reducido cada vez más en la posguerra fría. Los europeos consideraron alentadora la participación canadiense en la alianza atlántica pues, paradójicamente, se esperaba que contrapesaran en cierta medida la presencia estadounidense en el continente.
En la era del TLC de América del Norte y la CE, ambas consideraciones quedaron sin bases e incluso han surgido nuevos planteamientos en materia de seguridad que tendrían serias implicaciones para Canadá, como la siguiente: "La riqueza humana y cultural de Canadá, así como su situación geográfica, lo hacen un país tan estratégico que el mundo mira con interés si la preocupación por servicios médicos gubernamentales, políticas públicas y distinciones folklóricas bastarán para evitar que un proceso político continental sea la consecuencia lógica de los fundamentos económicos trazados a partir del libre comercio. Es necesaria, sin duda, cierta fusión, ya que los anglocanadienses no aceptarán una anexión tan humillante. Por lo menos, Canadá debería mantener un control de la inmigración que impida un flujo indeseable de indigentes estadounidenses en busca de los beneficios de los programas sociales de Canadá. Una unión así sería un buen negocio, de mayor importancia que la reunificación germana, pues los anglocanadienses son más numerosos y poseen tierras más grandes, ricas y estratégicas que los alemanes orientales. Irónicamente Canadá podría ampliar su influencia política en el mundo al operar en el sistema político estadounidense y rebasar los logros obtenidos como miembro de la Commonwealth, la ONU, la OTAN y el Grupo de los Siete".32
Esta opinión, que algunos comparten, revela cierta frustración ante la creciente liga económica entre Canadá y Estados Unidos, la cual históricamente se ha desarrollado también en otras áreas, como la seguridad hemisférica. Conviene hacer un breve recuento del Comando de Defensa Aérea de América del Norte que se presenta, por lo menos en el discurso oficial canadiense, como parte del sistema de defensa de la OTAN, aunque tiene una serie de particularidades propias de la relación bilateral Canadá-Estados Unidos. 33 Tal órgano se constituyó el 12 de mayo de 1958 y, además de formalizar la contribución de Canadá a la defensa continental de Estados Unidos, permitió organizar el control de las fuerzas de ambos países para la defensa del espacio aéreo norteamericano ante un eventual ataque. 34 Algunos especialistas consideran que era necesario institucionalizar un sistema de defensa aérea porque legitima "lo que en cualquier caso sería una presencia inevitable de Estados Unidos en Canadá y, por tanto, ayudaría a evitar que la superpotencia actuara unilateralmente en el espacio aéreo canadiense en nombre de sus propios intereses de defensa".35
El Comando de Defensa Aérea de América del Norte se renovó en 1968 y, de nueva cuenta, en marzo de 1981 durante una visita del presidente Reagan a Ottawa. Con las innovaciones tecnológicas en los arsenales nucleares y la construcción de submarinos capaces de lanzar proyectiles intercontinentales, la geografía canadiense perdió importancia estratégica, si bien "es posible que el Comando se convierta en un importante apoyo para una 'diplomacia nuclear provocativa' de Estados Unidos en una crisis política futura. Si se valora la disuasión mutua [...] el papel de complementariedad potencial del Comando en el planteamiento y ejecución de las amenazas de primer golpe no está asegurado".36 De cualquier manera, "en el mundo de los ochenta, en que Europa ya no ocupó un lugar central, el binomio norteamericano Canadá-Estados Unidos no sólo se encuentra lejos de las grandes potencias europeas tradicionales, sino que se ubica entre las áreas con mayor rivalidad de poder: el Atlántico norte europeo y el Pacífico asiático occidental".37
La decadencia del atlanticismo europeo y estadounidense tiene importantes repercusiones en Canadá. El atlanticismo de Europa, símbolo de la hegemonía británica y de las capacidades de algunos países de la parte occidental del viejo continente, sufrió un revés decisivo con el desencadenamiento de la segunda guerra mundial. Estados Unidos se convirtió entonces en el eje articulador del desarrollo del sistema capitalista. Así surgió el atlanticismo estadounidense, que dio nuevo vigor al océano Atlántico como escenario de vastos flujos financieros, comerciales y humanos necesarios para el proceso internacional de acumulación del capital.
Frente a esos acontecimientos, Canadá se ajustó a los criterios de seguridad que fijó Estados Unidos. No obstante, aquel país buscó que su participación en la alianza atlántica tuviera un rasgo propio y, como resultado, logró incluir en el texto base de la OTAN una cláusula con miras a ampliar la cooperación atlántica a otros ámbitos, además del militar. A la luz de los sucesos recientes, ese aserto ha contribuido a que la OTAN sobreviva, al menos por el momento, ante la desaparición de sus grandes oponentes tradicionales: el Pacto de Varsovia y la Unión Soviética. Ahora se plantea que la OTAN se transforme en una alianza que sirva como foro para discutir los desafíos políticos, económicos y sociales comunes. Cabe insistir en que para Canadá el atlanticismo ha sido en sus múltiples connotaciones más una idea materia de gestiones diplomáticas que una realidad objeto de acciones concretas. Canadá, segundo país del orbe por su extensión territorial, rodeado por tres océanos, cuenta con capacidades militares inferiores a sus necesidades de seguridad. En ello influyó, sin duda, la vecindad con Estados Unidos. 38
El atlanticismo declinó porque los requerimientos de la seguridad nacional y planetaria cambiaron drásticamente al finalizar la guerra fría. De hecho, la vitalidad económica es una preocupación constante en el ámbito de la seguridad y junto con los nuevos requerimientos del capitalismo, como los mercados ampliados geográficamente cercanos, modifica a fondo el espectro geopolítico tradicional en vísperas del nuevo milenio. El atlanticismo pierde terreno ante la europeización de la ce, la norteamericanización de Canadá y Estados Unidos, el auge del Pacífico y la japonización del Sudeste Asiático. No sería extraño que Canadá deba replantear su política de defensa y seguridad de cara al ahondamiento de sus vínculos con Estados Unidos, lo que haría de América del Norte el cuartel general del hemisferio occidental en la era del libre comercio.
El futuro de la OTAN permanece incierto, si bien es posible que el modelo de integración económica de la CE se amplíe, en el medio plazo, a los ámbitos político y militar. Ello rescataría para los europeos el ejercicio del "monopolio legítimo de la violencia" y apresuraría, así, el fin del atlanticismo.
(*) Centro de Relaciones Internacionales de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Miembro de la Asociación Mexicana de Estudios Canadienses.
1. María Cristina Rosas, "La generación perdida", Etcétera, núm. 7, 18 de marzo de 1993, p. 28.
2. David Dimbleby y David Reynolds, An Ocean Apart. The Relationship Between Britain and America in the Twentieth Century, Vintage Books, Nueva York, 1989, p. xi.
3. Gabriel Kolko, The Politics of War. The World and United States Foreign Policy 1943-1945, Pantheon Books, Nueva York, 1990, p. 624.
4. El efecto de la segunda guerra mundial en el Reino Unido fue brutal. De 1938 a 1945 sus exportaciones descendieron de 471 millones de libras esterlinas a 250 millones, mientras que las importaciones se incrementaron de 850 millones a 1 299 millones. En el mismo período la deuda externa británica creció casi 50% al llegar a 3 315 millones de libras y el país tuvo que reducir o finiquitar inversiones por 1 000 millones. Hacia 1946 el débito exterior británico era mucho mayor que el del resto de la Europa continental combinada y, sin incluir los débitos con Estados Unidos, tres veces más grande que el de Francia. Véase Fred L. Block, Los orígenes del desorden económico internacional, Fondo de Cultura Económica, México, 1980, pp. 111-167. Estados Unidos concedió préstamos adicionales a otros países europeos por medio del Banco de Importación y Exportación. Algunos créditos se otorgaron, por ejemplo, a Francia. En febrero de 1946 llegó a Washington una delegación francesa para solicitar un préstamo de 4 000 millones de dólares. Esta cantidad jamás se entregó, pero se llegó al acuerdo de asignar 650 millones a cambio de la promesa de que Francia promovería el multilateralismo y haría algunas concesiones arancelarias.
5. Citado por Modesto Seara Vázquez, Tratado general de la organización internacional, Fondo de Cultura Económica, México, 1985, p. 723.
6. Ibidem.
7. Modesto Seara Vázquez, op cit., p. 751.
8. Aunque Grecia y Turquía no tienen acceso al Atlántico norte, se incorporaron a la OTAN para contener a la URSS en el Mediterráneo.
9. Citado por Tom Keating y Larry Pratt, Canada, NATO and the Bomb. The Western Alliance in Crisis, Hurting Publishers, Edmonton, 1988, p. 183.
10. Richard Nossal Kim, "A European Nation? The Life and Times of Atlanticism in Canada", en John English y Norman Hillmer, Making a Difference? Canada's Foreign Policy in a Changing World Order, Lester Publishing Co., Toronto, 1992, p. 84.
11. Ibidem.
12. La contribución de Canadá en favor de los aliados en la segunda guerra mundial se sometió a referéndum; la mayoría de los anglohablantes apoyaban el envío de tropas al frente, en tanto que una parte importante de los de habla francesa se oponía. Ello demostró que los problemas de la seguridad internacional no tenían una respuesta unánime entre los canadienses, de modo que la unidad nacional podía quedar en entredicho; lo mejor era realizar esfuerzos y gestiones diplomáticas y políticas para evitar nuevas conflagraciones que obligaran a Canadá a tomar decisiones y asumir compromisos.
13. Véase Tom Keating y Larry Pratt, op cit., pp. 3-5.
14. Citado por Richard Nossal Kim, op cit., pp. 85-86.
15. Véase Stephen Clarkson, Canada and the Reagan Challenge. Crisis and Adjustment, 1981-1985, James Lorimer, Toronto, 1985, pp. 250-251.
16. Citado por Richard Nossal Kim, op cit., pp. 93-94, así como por el antiguo embajador de Canadá ante la OTAN, J.G.H. Halstead, en "The Foreign Policy Implications of Canada's Defence Policy", en Roger Thompson y Fred W. Crickard (eds.), National Security and Defense in a Changing World, Centro de Estudios de Política Exterior de la Universidad de Dalhousie, Halifax, Nueva Escocia, agosto de 1991, p. 7.
17. Stephen Clarkson, op cit., pp. 245-246.
18. Citado por Bela Balassa, Teoría de la integración económica, UTEHA, México, 1964, p. 3.
19. Richard Nossal Kim, op cit., p. 89.
20. Ibid., p. 91.
21. Ibid., p. 92.
22. Richard Nossal Kim, op cit., pp. 80-95. Véase también Albert Legault, "Canada and the United States: The Defense Dimension", en Charles F. Doran y John H. Sigler (eds.), Canada and the United States. Enduring Friendship, Persistent Stress, Prentice Hall Inc., Nueva Jersey, 1985, pp. 161-202.
23. Véase Modesto Seara Vázquez, op cit., pp. 709-718.
24. Jeffrey E. Garten sustenta este argumento al insistir en que Estados Unidos, Japón y Alemania luchan por la supremacía en el mundo, sin hacer a un lado sus distintas tradiciones culturales y políticas. Véase de ese autor A Cold Peace. America, Japan, Germany, and the Struggle for Supremacy, Times Books, A Twentieth Century Fund Book, Nueva York, 1993, p. 277. Véase también, para profundizar en el análisis de los procesos de regionalización, Kenichi Ohmae, "The Rise of the Region State", Foreign Affairs, vol. 72, núm. 2, primavera de 1993, pp. 78-87.
25. Wilem van Eekelen, "Building a New European Security Order: WEU's Contribution", Nato Review, núm. 4, agosto de 1990, p. 23.
26. Conor Cruise O'Brien, "The Future of The West", The National Interest, núm. 30, invierno de 1992-1993, pp. 3-10. Hay versión en español de estas reflexiones: "El futuro de Occidente", Etcétera, núm. 11, 15 de abril de 1993, pp. 23-26.
27. Owen Harries, "Fourteen Points for Realists", en The National Interest, op cit., pp. 109-112.
28. Robert Zoellick, "US-CE Relations: Persistent Stress", CRS to Congress, 21 de septiembre de 1991, CRS-35.
29. Véase Manfred Worner, "NATO Transformed: the Significance of the Rome Summit", NATO Review, núm. 6, diciembre de 1991, pp. 3-8. Victor-Yues Chevali, "The July CSCE Helsinki Decisions A Step in the Right Direction", NATO Review, núm. 4, agosto de 1992, pp. 3-8, y "Communiqué Issued at the Ministerial Meeting of the North Atlantic Council, Athens, Greece, 10 June 1993", NATO Review, núm. 3, junio de 1993, pp. 31-33.
30. Programa de Gobierno del presidente William J. Clinton.
31. Andrew Phillips y E. Kaye Fulton, "Auf Wiedersehen, Goodbye", Maclean's, 19 de julio de 1993, pp. 27-28.
32. Conrad Black, "Canadian Capers", en The National Interest, núm. 28, verano de 1992, pp. 81-88. La versión en español de este ensayo apareció con el título "Los traviesos canadienses", El Nacional (suplemento Política, núm. 178), 1 de octubre de 1992, p. 7.
33. Stephen Clarkson, op cit., p. 251.
34. Por la ubicación geográfica de Canadá, en caso de guerra nuclear entre Estados Unidos y la otrora URSS los misiles balísticos intercontinentales transitarían por los polos en su trayecto hacia los blancos de ataque.
35. Citado por Stephen Clarkson, op cit., p. 253.
36. Stephen Clarkson, op cit., p. 255.
37. William T.R. Fox, A Continent Apart. The United States and Canadian in World Politics, University of Toronto Press, Toronto, 1985, p. 7.
38. Un estudio revela que las fuerzas armadas canadienses carecen de los recursos necesarios para adquirir equipo adecuado para cumplir sus compromisos. Véase "Canadian Forces in Europe", en Anthony Condersman H., NATO's Central Region Forces, Capabilities, Challenges and Concepts, The Rusi Military Power Series, Washington, 1988, p. 186.