¿Podría la locura actual en los mercados financieros internacionales transformarse en una recesión mundial, tal vez inclusive en una nueva gran depresión? Por supuesto que podría.
La historia sería tal vez así: en las siguientes semanas los inversionistas, nerviosos por la debacle de Rusia, desarrollan corridas sobre las monedas de muchos países del tercer mundo. Los gobiernos de estos países responden elevando las tasas de interés a 30, 50, 70%, estabilizando sus monedas pero empujando a sus empresas a la bancarrota, provocando devastadoras corridas bancarias y enviando a sus economías a una profunda depresión.
Mientras tanto, los legisladores japoneses son incapaces de aprobar un plan para rescatar a su disfuncional sistema financiero. El resultado es una fuerte caída del yen, pero el banco central japonés, declarando que un yen fuerte es esencial, defiende la moneda con tasas de interés más altas, lo que manda a la industria japonesa a una caída en picada.
Los efectos directos de estos desarrollos en EE.UU. y Europa son relativamente pequeños. Pero las malas noticias socavan la euforia que ha llevado los precios de las acciones a alturas difíciles de justificar. Al mismo tiempo que los precios de las acciones caen, también lo hace el gasto de los consumidores que ha compensado el efecto del colapso asiático.
A pesar de todo esto, la Reserva Federal y el Bundesbank se resisten a reducir las tasas de interés. El FED cree que la caída de la bolsa confirma sus advertencias iniciales de que el mercado había estado teniendo una exuberancia irracional y, como el Banco de Japón a comienzos de los noventa, da la bienvenida a la ruptura de la burbuja financiera. Mientras tanto, el Bundesbank, que entregará las riendas monetarias al nuevo banco central europeo en pocos meses, quiere que su sucesor entienda la importancia de políticas austeras y precios estables, y no desea empañar este mensaje con ninguna medida expansionista.
Un año o dos después, por supuesto, resulta claro que todo el mundo ha sido demasiado cauteloso, y muchos países tratan de aumentar el gasto de la forma como puedan. Pero es demasiado tarde: un pesimismo autojustificado se ha empapado tanto en el sector privado que inclusive tasas de interés cero y grandes rebajas de impuestos no son suficientes para que la economía mundial comience a moverse nuevamente.
Espero que ustedes no consideren este escenario como una predicción literal de lo que va a suceder. En primer lugar, porque las crisis reales nunca suceden como se espera. De cualquier manera, este escenario, como cualquier otro similar, no es tan probable.
Requiere no solamente que los mercados financieros sean gobernados por la Ley de Murphy --que todo lo que puede ir mal va mal--, sino también que todos los principales actores políticos jueguen como Murphy quisiera.
Las probabilidades son que al menos algunas cosas irán bien, que Japón pasará una más o menos decente ley de reforma financiera, que los mercados respirarán profundamente, y se darán cuenta de que Brasil y Rusia, después de todo, son sitios muy distintos.
Inclusive si los mercados financieros continúan cayendo, Alan Greenspan y sus colegas en otros países avanzados tienen las herramientas para prevenir que las caídas de las bolsas se conviertan en una recesión de la producción. Mr. Greenspan convirtió un crash de la Bolsa de Valores de Nueva York en algo que no afectó a la economía real en 1987; lo puede hacer de nuevo.
Pero, ¿lo hará? Aquí es cuando yo comienzo a preocuparme. El riesgo real para la economía mundial no viene de fundamentos errados sino de ideologías rígidas, ideologías que hacen que quienes elaboran las políticas no respondan adecuadamente, o inclusive se muevan en la dirección equivocada, si una recesión mundial comienza a desarrollarse.
Una de esas ideologías es la creencia de que una moneda fuerte significa una economía fuerte, que precios estables aseguran la prosperidad. Nótese que en mi escenario el Banco de Japón sube las tasas de interés para defender el yen, y el Bundesbank se rehúsa a reducir las tasas porque no quiere que sus sucesores sean muy laxos.
Ambas acciones serían profundamente tontas. A pesar de eso, dada la retórica del yen fuerte de Japón y de los precios estables de Alemania, ambas son también muy plausibles. En un libro clásico, un economista de la Universidad de California mostró que la expansión de la gran depresión fue causada, antes que nada, por una determinación férrea de muchas naciones de permanecer en el estándar de oro a todo costo. Nadie tiene ahora un estándar de oro, pero las presiones para defender la pureza monetaria, sin importar lo que suceda con la economía real, permanece.
La otra ideología puede sintetizarse como "culpando a la víctima". Sólo escuchen lo que se dice ahora sobre Asia: quien quisiera debería intentar una recuperación rápida mediante una expansión fiscal y monetaria, porque esto sólo demoraría la corrección de problemas estructurales más profundos. Este discurso suena como un lejano eco del famoso consejo que Herbert Hoover recibió de Andrew Melon: "liquiden a los trabajadores, liquiden las acciones, liquiden a los agricultores, liquiden los predios... purguen la podredumbre fuera del sistema".
Es muy fácil imaginarse que la acción efectiva contra la depresión puede venir demasiado tarde, demasiado poco, porque los estadios iniciales de esta depresión son vistos no como señales de alarma sino como un castigo justo por pecados económicos.
Después de todo, una depresión global es algo fácil de prevenir. La única manera como puede suceder es si las personas que tienen el poder para prevenirlo no toman seriamente el riesgo de la depresión, y continúan aferradas a ideologías heredadas de una era más benigna.
Si Mr. Greenspan y sus colegas tienen un adecuado nivel de nerviosismo --si entienden que aunque una repetición de 1929 es improbable, sí es posible--, entonces todo estará más o menos bien. La única cosa que debemos temer es el no tener miedo.