El Plan del FMI no sólo ha fracasado en su tarea de revivir las economías asiáticas, sino que ha empeorado la situación. Es la hora de una dolorosa medicina.
Nunca antes (ni siquiera durante los primeros años de la Gran Depresión de los anos treinta) una parte tan grande de la economía mundial había experimentado una crisis tan profunda, después de años de prosperidad económica.
Lo que hace única a la crisis asiática no es el crimen cometido, sino la severidad del castigo recibido. Cuando la pérdida de confianza de los inversionistas se transformó en pánico, una mala situación financiera se convirtió en una catástrofe. En 1996, el flujo de capital hacia Asia era de $100 mil millones al año. Medio año después, durante el segundo semestre de 1997, el capital fugaba de Asia a la misma velocidad. Con una reversión tan dramática de los flujos de capital, los mercados de activos asiáticos colapsaron, las economías entraron en recesión y desde ese momento la cosa fue de mal en peor.
Se genera entonces un círculo vicioso, donde la recesión, el colapso de los precios de los activos (bolsa de valores, bienes raíces) y las crisis bancarias se refuerzan mutuamente. La reducción del crédito bancario deprime el precio de los activos y profundiza la recesión. A su vez, la recesión y el colapso de los precios de los activos crean problemas adicionales para los bancos que son forzados a restringir más aún el crédito.
Para hacer frente a la crisis asiática, el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Tesoro de los Estados Unidos propusieron una estrategia que consistía básicamente en cuatro puntos:
Esta estrategia, sin embargo, no funcionó en Asia. Una lista parcial de las razones que explican el porqué es la siguiente:
Las economías asiáticas están atrapadas en una situación en la que la recesión se combina con altas tasas de interés y con monedas que amenazan devaluarse todavía más en cualquier momento. Cualquier medida de política económica que se intente aplicar para escapar de esta situación corre el riesgo de agravar la crisis y provocar otra ola de salidas masivas de capital. La política económica de la región se ha convertido en un rehén de los inversionistas miedosos. ¿Existe alguna solución? Sí, pero está totalmente fuera de moda. Los controles cambiarios o controles al movimiento internacional del capital.
El control de cambios era la respuesta usual de los países que sufrían una crisis de balanza de pagos. Los detalles variaban en cada caso, pero la situación típica era así: los exportadores vendían obligatoriamente sus divisas al banco central a una tasa de cambio fija, y estas divisas eran utilizadas para importar y para pagar el servicio de la deuda externa. Algunos países trataban de declarar ilegales todas las transacciones no autorizadas en moneda extranjera, mientras que otros permitían el surgimiento de un mercado de dólares paralelo.
En cualquier caso, una vez que el sistema de control de cambios operaba, el país no tenía que preocuparse de que un rebaja de las tasas de interés provocase una devaluación de la moneda. Quizá el dólar paralelo subía, pero eso no afectaba el precio doméstico de las importaciones ni la carga de la deuda externa de las empresas o los bancos.
Es cierto que esta estrategia también presenta algunos inconvenientes (las distorsiones generadas por los controles de cambio), que los países que mantienen controles cambiarios por mucho tiempo encuentran estas distorsiones intolerables y que, en general, estos controles operan de manera deficiente. Pero cuando uno se enfrenta a la clase de desastre que ocurre hoy día en Asia, la pregunta relevante es: ¿distorsiones o deficiencias en comparación con qué?
¿Por qué China no ha sido tan afectada como sus vecinos? Porque ha podido reducir las tasas de interés para enfrentar la crisis y a la vez mantener una tasa de cambio fija. Y la razón por la que ha podido hacer eso es que tiene una moneda inconvertible, es decir, controles cambiarios. Aunque estos controles se evaden a menudo y generan mucha corrupción, le han otorgado a China ese margen de maniobra en el terreno de política macroeconómica que el resto de Asia necesita desesperadamente.
En suma, aplicar el Plan B implica abandonar por un tiempo el negocio de ganar la confianza de los inversionistas financieros internacionales y romper así la conexión entre la tasa de interés doméstica y el tipo de cambio. La libertad de política económica que Asia necesita para reconstruir su economía tendrá un precio, pero conforme la recesión se profundiza, ese precio parece cada vez más atractivo.