Como puede observarse, este cálculo coincide con la mayoría de observaciones, que indican que la pobreza afecta a alrededor de la mitad de los peruanos, aunque una estimación reciente del INEI establece esa cifra en un porcentaje menor.
Los principales usos de la medición de la pobreza no son la determinación del nivel global de la pobreza, sino: 1) el perfil de la pobreza, es decir, el análisis de dónde están y qué características tienen los pobres; y, 2) la evolución de la pobreza.
Se considera que el perfil de la pobreza es de utilidad para el diseño de las políticas para combatirla --por ejemplo, si debemos poner el énfasis en las zonas urbanas o rurales, en los jóvenes o en los ancianos, etcétera--. La evolución de la pobreza, por su parte, nos debe permitir conocer si la política global, considerando tanto la política económica como la social, está logrando éxitos en la lucha contra la pobreza.
El perfil de la pobreza, particularmente en cuanto a la localización geográfica, que es una de sus aristas más saltantes, depende críticamente de una cuestión poco analizada: la existencia de diferentes líneas de pobreza según las regiones. La medición de la pobreza reseñada, por ejemplo, considera pobre a una persona que consume 164 soles mensuales en Lima, pero en la sierra rural es necesario consumir menos de 86 soles mensuales para ser pobre.
Estas diferencias se hacen particularmente patentes cuando vemos las diferencias en el perfil de la pobreza y el perfil de la pobreza extrema. Cuarenta y cinco por ciento de los pobres son rurales; y lo son, asimismo, 77 por ciento de los pobres extremos, según Cuánto. Ello se debe a que, por ejemplo, la línea de pobreza en Lima es casi el doble que la de la sierra rural; la de pobreza extrema es sólo 1,5 veces. Hay cierto justificativo para ello, en tanto existen diferencias de precios y diferentes patrones de consumo, lo que se da tanto en el nivel alimentario como de otros bienes. Hay, sin embargo, mucho que discutir al respecto.
Una diferencia que no ha sido analizada es la referida a la canasta alimentaria. Es cierto que en la sierra rural la población obtiene el nivel de calorías recomendado con menos recursos que en Lima. Esto puede someterse a dos críticas: 1) aun cuando tenga el mismo nivel de calorías, no estanos seguros de que ello implique una dieta balanceada en relación con otros nutrientes, como proteínas --particularmente de origen animal--, vitamina A o hierro, aspectos en los cuales se sabe que existen serias deficiencias nutricionales en las zonas rurales del Perú; y, 2) el mayor gasto en Lima para el mismo nivel de calorías se asocia con el hecho de que existe un mayor nivel de ingreso promedio, estando establecido en la literatura internacional que aumentos de ingresos tienen un efecto reducido sobre la ingesta de calorías, ya que el efecto mayor es hacia un mayor gasto en alimentos por variedad antes que por contenido calórico.
Esto puede interpretarse de la siguiente manera: al menos parte de la diferencia en el valor de las canastas alimentarias entre Lima y la sierra rural se debe al hecho de que la sierra rural es más pobre, con lo cual hay una endogeneización de la línea de pobreza: la línea de pobreza es menor en la sierra rural precisamente porque son más pobres.
El segundo tema se refiere al paso de la canasta alimentaria a la canasta total, o canasta básica de consumo, como se la llama. La medición de esta canasta básica de consumo tiene dificultades, porque la determinación exacta de cuánto requiere una familia de ropa, transporte, vivienda, así como otros elementos usualmente menos considerados pero no por ello irrelevantes, como el entretenimiento, es discutible.
En virtud de ese problema, el método más comúnmente utilizado para estimar una "línea de pobreza" consiste en:
El supuesto implícito es que las necesidades no alimenticias son valorizadas de acuerdo con el gasto que en ellas realizan quienes apenas logran cumplir sus necesidades nutricionales.
Para el perfil regional de la pobreza, esto tiene el siguiente problema. El coeficiente a se calcula como un promedio para todo un grupo de hogares, usualmente un decil o quintil. El cálculo del coeficiente a considera implícitamente que todos los hogares que cubren sus necesidades nutricionales cubren también sus demás necesidades. Pero eso no es necesariamente cierto: hay hogares que pueden cubrir sus necesidades nutricionales y no tener acceso a educación, salud o desagüe. Debido a que estos hogares no cubren estas necesidades, tienen menores gastos no alimentarios y tienden a reducir el coeficiente a, reduciendo así la línea de pobreza y el número de pobres.
Una aproximación preliminar, considerando algunos servicios básicos de electricidad y agua, indica que la pobreza en las zonas rurales sería del orden de dos puntos porcentuales, aunque en Lima y las ciudades la pobreza prácticamente no aumenta. Sin embargo, aún no podemos calcular otros aspectos de más difícil medición, como los menores niveles de acceso a servicios de educación y salud en las zonas rurales que reduce sus gastos en estos rubros, o sus menores gastos en adquisición y mantenimiento de la vivienda asociados a una menor calidad de éstas.
Para poner algunos ejemplos que aclaran: en las zonas rurales un menor porcentaje de jóvenes asiste a la universidad, lo que hace que para el estrato de referencia el gasto asociado a esta educación sea menor. Ello reduce la línea de pobreza en estas zonas, aunque la necesidad sea la misma. Algo similar puede señalarse respecto del hecho de que sus viviendas tengan piso de tierra o no estén pintadas.
En relación con la evolución temporal de la pobreza, a diferenia de los datos del Instituto Cuánto, el cálculo presentado en el cuadro 1, realizado por el Banco Mundial, considera una canasta fija a lo largo del tiempo. Hay un detalle en dichos cálculos que puede sesgar los resultados, y es el referido al cambio de las preguntas respecto de la asistencia alimentaria. Este cambio produce que el valor total estimado de la asistencia alimentaria haya aumentado entre 1994 y 1997 de 180 millones de soles a 800 millones de soles, lo que me parece poco creíble. Esto es particularmente importante porque, si descontanos ese ingreso adicional, la reducción de la pobreza entre 1994 y 1997 no sería de 4,5 puntos porcentuales, sino de 3 puntos porcentuales.
Es necesario ahora resaltar las limitaciones de la metodología de estimar la pobreza a través del tiempo con una canasta de valor real fijo. La razón se puede resaltar con un ejemplo simple: es evidente que nuestro concepto de pobreza hoy no es el mismo que el de cincuenta años atrás, cuando el televisor no existía, las computadoras personales y los faxes tampoco, Internet menos, y cuando la vacuna contra la polio aún no se había inventado. La pobreza es una consideración social, y, como tal, su medición está sujeta a las condiciones generales de la sociedad en que se quiere evaluar.
La pobreza en Estados Unidos es muy distinta de la pobreza en Perú, y ésta muy distinta de la de Ruanda (aunque esto en sí mismo es también relativo, en la medida en que nos consideramos ciudadanos del mundo y establecemos algunas condiciones básicas de vida para todos en la Convención Universal de los Derechos Humanos).
En Estados Unidos, la metodología de una canasta de valor fijo --que es la más utilizada internacionalmente-- ha llevado a que el valor de la canasta de pobreza tenga un nivel generalmente considerado como demasiado bajo, ya que es el mismo nivel que hace casi treinta y cinco años atrás se estableció cuando se comenzó a medir la pobreza en ese país. Frente a esta problemática, una Comisión Especial del Buró de Censos de los Estados Unidos ha propuesto que la línea de pobreza sea reajustada anualmente de acuerdo con el crecimiento de la mediana de ingresos de la población.
Nuestro nivel de avance y conocimiento no nos permite aún tener una sola metodología que nos resulte totalmente aceptable; probablemente lo más conveniente sea tener varias mediciones, con canasta fija y con una canasta que vaya reajustándose en el tiempo. En este caso, en el Perú --como en varios otros países-- probablemente se observaría que entre 1994 y 1997 la pobreza por ingresos, medida con una canasta fija, se redujo; pero si se consideran el aumento del PBI per cápita y las expectativas de vida de la población, el resultado sería distinto.
Una afirmación fuerte: la medición de pobreza extrema no sirve. Como se sabe, se considera pobres extremos a quienes aun destinando todos sus ingresos a la compra de alimentos, no alcanzan a comprar la canasta básica alimentaria.
Un ejemplo pone de relieve lo absurdo de esta propuesta: una persona que dedique todos sus ingresos a la compra de alimentos, tendría que comerlos crudos. Más generalmente, se sabe que inclusive los más pobres de los pobres, en todo el mundo, dedican 30 por ciento de sus ingresos para el consumo de otras cosas que no son alimentos. De hecho, todos sabemos que para no ser pobre es necesario también tener recursos para poder vestirse, lavarse, cocinar, tener un techo y una cama, educarse y cuidar su salud.
Siendo el concepto de pobreza extrema un absurdo imposible, se le suele dar validez en el sentido de considerar a aquellos que están lejos de superar su condición de pobreza. El problema es que la distancia entre la línea de pobreza extrema y la línea de pobreza, como vimos, es variable, debido a que las necesidades y patrones de consumo entre las regiones son distintas. En ese sentido, es una medida que no mide a todos por igual.