El fracaso de la negociación de Camisea con el consorcio Shell-Mobil puede traer consecuencias serias --más serias inclusive de lo que se ha pensado-- sobre la economía peruana.
El asunto es que no solamente se afecta el crecimiento futuro y el equilibrio de la balanza de pagos a partir del año 2003. Lo hace hoy, y fundamentalmente, a través del efecto que va a tener sobre las inversiones extranjeras y los flujos de capitales en general. Hay dos razones para ello: la primera es que, para cualquier inversionista institucional de EE.UU. o Europa que tiene al Perú como parte reducida de su cartera, las noticias que se tiene del Perú son pocas; y es con base en esas pocas noticias que decide sus inversiones. Así como la venta de CPT-Entel a un precio récord marcó un cambio favorable en su ánimo hacia el Perú, el fracaso de una inversión proyectada originalmente en 2,5 mil millones de dólares indica todo lo contrario. Y lo peor es que viene luego de que se habían postergado varios de los llamados megaproyectos mineros.
La segunda es que en Camisea, así como en los megaproyectos mineros, radicaba la esperanza de que el Perú contara, del 2000 en adelante, con las divisas necesarias para cerrar su déficit en cuenta corriente y pagar la deuda externa (cuyos devengados se acumulan desde esas fechas). Su postergación indefinida hace que nuestra vulnerabilidad externa sea mucho mayor, y los inversionistas no van a esperar a que la crisis estalle para tomarnos cuentas.
Todo esto trae a colación, de forma evidente, las limitaciones del modelo en curso. Cuando, en la década de los cincuenta, se debatía el problema del desarrollo, una de las premisas más claras contra los modelos basados en la exportación de materias primas era la inestabilidad de precios y el traslado inmediato y brusco de tales fluctuaciones a las economías nacionales.
Lo que se observa ahora es que esa inestabilidad puede haberse agravado con la apertura de capitales. Anteriormente, el principal efecto de la caída de los precios de las materias primas sobre nuestro país se daba a través de las exportaciones. Ahora, además, sucede --como se ve con Camisea-- que cuando estos precios caen, las inversiones se postergan, los flujos de capital se reducen y los problemas de la balanza de pagos se agravan aún más.
Ahora observamos a gente como Pedro Pablo Kuczynski , ex ministro belaundísta, destacado banquero y capitalista internacional, reclamar por qué no se había fijado el precio del gas desde el comienzo de las negociaciones. Revela, así, cómo, en el caso de inversiones de esta magnitud, confiar en el libre mercado les resulta demasiado riesgoso.
Ahora se requiere que el Estado cumpla un nuevo papel. Por un lado, uno más explícito en cuanto a las reglas y promoción de grandes inversiones. (Aunque es evidente que varias leyes y normas fueron echas exclusivamente porque Shell-Mobil u otros grandes inversionistas las han pedido bajo la mesa.) Por el otro, un mayor énfasis en otros sectores económicos, no confiando tanto en la explotación de materias primas sin transformar.