El desastre mexicano de 1995 tuvo la forma de una "V": primero una marcada caída del producto en 1995 (-6,6%) y, luego, una recuperación en 1996 (5,2%) y una expansión en 1997 (7,0%). ¿Será esta la pauta para Asia? El caso de México fue claramente especial, ya que muchas de las emisiones de créditos provenían del sector público, pero, debido a la depreciación, México tuvo -y continúa encarando- dramáticos problemas bancarios y de balance. México, además, no dio marcha atrás en ninguna de las liberalizaciones y reformas anteriores, lo que también le aportó puntos. Finalmente, el hecho de que EE.UU. desplegara un paraguas y de que se llevara a cabo un riguroso monitoreo de las políticas, sirvió para reafirmar confianza. ¿Cuáles son las similitudes con Asia?
Deben existir lecciones que se puedan aprender del desastre tailandés. Más allá de lo divertido que pueda ser señalar a quien tiene la culpa, existe la interesante pregunta de cómo es posible que algo se convierta en un descalabro, cuando sólo unos meses antes apenas si existía un problema y, ciertamente, no se preveía un desastre a la vuelta de la esquina.
A primera vista, no había nada que despertara sospechas en la economía tailandesa. Se trataba de una economía en fuerte crecimiento, al estilo asiático, con una inflación insignificante, políticas fiscales muy conservadoras con superávit presupuestarios por una década y una muy alta tasa de ahorro. Si economías así pueden meterse en poblemas, ¡pobrecita Latinoamérica! El único punto problemático era, por supuesto, un inmenso déficit en la cuenta corriente de la balanza de pagos. Cierto: se trata de un déficit de inversión pero, aun así, despierta preguntas respecto de su sostenibilidad. El hecho de que haya estado presente todo el tiempo nos da algún consuelo, pero no el suficiente.
| DESEMPEÑO MACROECONÓMICO TAILANDÉS
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| 1981-90 | 1991-95 | 1995 | 1996 | |
| Crecimiento | 7,9 | 8,5 | 8,7 | 6,7 |
| Inflación | 4,4 | 4,8 | 5,8 | 5,9 |
| Ahorro | 4,4 | 4,8 | 5,8 | 5,9 |
| Superávit fiscal | 3,4 | 1,5 | 1,5 | |
| Cuenta corriente | -6,9 | -7,6 | -78,1 | |
| Deuda externa | 48,1 | 68,1 | 78,1 | |
De igual manera, el tipo de cambio real tampoco presentaba una situación alarmante. Es cierto que había ocurrido una apreciación de alrededor de 15 por ciento en los últimos años. Pero eso se comparaba muy favorablemente con las experiencias latinoamericanas, donde las cifras eran fácilmente el doble. El punto es que, a primera vista, Tailandia no parecía ser el caso gravísimo que es en la actualidad, y lo era mucho menos que México en 1994 -en México no había habido crecimiento, había ocurrido una vasta apreciación real y la inversión era insignificante-. Tailandia, además, también poseía muy grandes reservas de divisas, lo que significaba que no sería fácil ningún ataque especulativo. Para abril de 1997, ninguno (o muy pocos) de los informes financieros conocidos incluía a Tailandia en la lista de candidatos a un desastre directo. Se necesitaba algo más.
El problema de Tailandia, como el de México, era la vulnerabilidad. "Vulnerabilidad" significa que si algo comienza a andar mal, de pronto "todo" comienza a andar mal. Esta situación surge de la combinación de un sistema bancario muy frágil, que se vuelve aún más frágil por las deudas en dólares que tienen sus clientes, de una deuda exterior muy grande y a muy corto plazo, con el riesgo resultante de una crisis de disponibilidad de fondos, de una falta total de transparencia y de una corrupción generalizada. En Tailandia casi todos los políticos o funcionarios públicos tenían la mano metida en el bolsillo de algún banco o algún negocio, y todos los bancos tenían a un montón de funcionarios públicos en sus bolsillos. La manifestación externa de la crisis financiera doméstica fue la burbuja en los mercados de bienes raíces y el hecho de que ésta llegara a explotar. Sin embargo, el problema sin solución fue, por supuesto, la cuestión de cuál era el verdadero estado de los balances financieros, quién había quebrado y a quién podría rescatar el Gobierno. No hubo voluntarios que ofrecieran transparencia.
En una situación así, no queda mucho espacio para hacer olas. El Banco de Tailandia no podía elevar las tasas de interés para obtener así financiación externa sin agravar el problema de los préstamos. Y no podía reducir las tasas de interés sin aumentar el riesgo de una crisis más aguda de financiamiento externo. Hacía mucho tiempo que podría haber limpiado el sistema bancario, garantizado la cobertura de la deuda exterior en dólares y pasado a un régimen cambiario con bandas y un ajuste continuo del centro de la banda de acuerdo con una canasta de monedas. Todo esto hubiera diluido los ingredientes de una crisis. Pero con demasiado machismo, demasiada política y una buena dosis de provincialismo, esto no sucedió. Finalmente, eso de que "este país es diferente" es un sinsentido; para el momento que aparece una crisis, todas resultan ser muy parecidas. La decisión tomada en mayo de reducir las tasas de interés hizo muy fácil apostar en contra del país. El Banco Central, alentado por la ilusión de una fuerte posición de reservas, aceptó apuestas muy altas y perdió. Los controles a los capitales añadieron un nuevo elemento a la historia, pero no lo suficiente como para cambiar el resultado. Si se hubieran usado como un puente hacia un inmediato y substancial programa con el FMI y un plan financiero, todo podría haber resultado bien. Pero la ventana que ofrecían los controles no se usó para nada, hecho que coadyuvó al descalabro total de la economía.
Algunas de las lecciones que pueden extraerse de esta experiencia, y de la anterior en México, son las siguientes:
De cada seis crisis que predicen los expertos, cinco nunca ocurren. La sexta, sin embargo, sí ocurre, y es mucho más grave de lo esperado. Esta crisis es más severa, debido a que se hacen presentes todas aquellas cosas que se escondieron bajo la alfombra durante el período de entradas de capital: sobreexposición, excesivo acortamiento de los vencimientos, sistemas bancarios en bancarrota y muchas cosas más.
¿Cómo ocurren las crisis? En tal situación existe una apariencia de calma, la vida diaria continúa, nadie ataca y aquellos que pronostican una fuerte devaluación de la moneda son desmentidos por los continuos y grandes influjos de capital y el constante flujo de buenas noticias que producen los muy hábiles decoradores de interiores. Siempre hay algunas historias respecto de las reformas, la privatización, o nuevas medidas. El hecho de que haya algo que realmente anda mal, digamos un sistema bancario en quiebra o un déficit externo inmenso, no llega a dominar el escenario. Entonces, y de un minuto al otro, algo grande ocurre: una devaluación que es demasiado pequeña o la puesta en juego del total de las reservas de divisas. En un instante se olvidan todos los cuentos color de rosa y los mercados empiezan a considerar que podría ocurrir lo peor. Súbitamente, la cuestión es cuán grande podría ser la destrucción de la economía y cuáles son todas las cosas que deberán ocurrir antes de que regrese un solo centavo a ese país.
Lo primero, evitar la vulnerabilidad. Un buen manejo macroeconómico, incluyendo la desregulación y la supervisión financiera, no intenta sacarle todo lo que da de sí a la economía. Simplemente, evita utilizar el tipo de cambio real de manera extrema para llevar a cabo la desinflación, evita utilizar al máximo el capital extranjero de cortísimo plazo, evita trazar fronteras rígidas en la arena en lo que respecta al tipo de cambio, deja espacio para la elevación de la tasa de interés, evita un presupuesto que facilita una situación de grandes déficit o una deuda externa privada muy alta y no arriesga las reservas en juegos de azar. Una buena administración macroeconómica deja espacios de respiro en cada frente y ofrece amplia transparencia. De esta manera, todo el mundo entiende que no existe ningún problema y que la política económica puede reaccionar movilizándose para responder ante las dificultades que puedan emerger. Como resultado de esto, y como ocurre en Chile, el país es tan aburrido que ningún especulador va a ir allá a perder su tiempo.
Uno nunca sabe cuán profundo es el charco hasta que se mete en él. Tailandia, y México antes, fueron sorprendidos por la extensión del descalabro. Parte de la historia es que, aparentemente, son pocos los prestamistas y los responsables de política económica que toman en cuenta el tamaño y los plazos de vencimiento de las deudas externas. Al fin y al cabo, la cuenta corriente de la balanza de pagos no llega a ser el único tema, ni el de mayor importancia. La pregunta clave es si se tienen unos 30.000 o 40.000 millones en deudas que súbitamente pueden entrar en mora. Eso cambia la discusión desde cómo financiar la cuenta corriente a cómo tratar una crisis abierta de financiamiento externo.
No pelear, sino flotar. Los bancos centrales simplemente no tienen posibilidad de combatir a los especuladores, aun cuando utilicen controles de capital. Los bancos centrales no pueden mantener altas tasas de interés para toda la vida. No disponen de reservas ilimitadas, y no tienen un amplio espacio político. Al final, tendrán que rendirse, y esto alienta a los especuladores a quedarse a la espera.
No confiarse en que lo que los responsables de las políticas van a hacer es lo correcto. Son unos jugadores más testarudos de lo que usted cree. Invariablemente, la expectativa es que aquellos que hacen la política no pueden ser tan ciegos. Seguramente que ellos comprenden qué es lo que está pasando; seguramente ellos están a punto de revelar un gran programa del FMI, una limpieza bancaria, una transición a la flotación. Esto no es cierto: persistirán en sus desaciertos. Los mismos errores de concepto que los metieron en problemas seguirán con ellos; se negarán a aceptar la realidad; encontrarán otras formas, buscarán reivindicarse. Solamente cuando se los logre echar -es decir, cuando el sistema reconozca que se equivocaron y que ha llegado el momento de buscar la ortodoxia- es que se producen los cambios profundos. La gente que comete los errores rara vez es la misma que preside el trabajo para solucionar los problemas y lograr una recuperación.
El FMI espera con impaciencia, hasta que llama a entrar a la escena. Es razonable pensar que después de México y de todas las charlas respecto de cómo evitar las crisis y cómo mejorar la supervisión, viviremos en un mundo mejor; las crisis, se dirá, simplemente ya no van a volver a ocurrir porque a los países no se les va a permitir que se acerquen tanto a este problema. Falso. El FMI sabía lo que estaba pasando en México, y no hizo nada; igual que el Tesoro Norteamericano, que sabía lo que pasaba en Tailandia, y tampoco hizo nada. "Nada" en el sentido de hacer pública una seria preocupación con respecto al déficit de cuenta corriente, al sistema bancario profundamente dañado o al fuerte endeudamiento externo de corto plazo y de préstamos extranjeros al descubierto.
No se le debería echar la culpa al FMI; los hospitales no mandan a sus ambulancias para que estén circulando por la calle para recoger a los pacientes y obligarlos a hospitalizarse. Más bien, esperan con una sala de emergencia. El FMI debería, sin embargo, desplegar avisos que digan: "No crean ustedes una sola palabra respecto de la supervisión; no significan nada". Tenemos una lista de países enfermos, pero no podemos contarles a ustedes nada de ellos. En el entretanto, y sin lugar a dudas, el FMI lleva un registro muy cuidadoso de las señales de alerta y las advertencias hechas a los funcionarios en los países con problemas. No cabe duda de que, por ejemplo, el Brasil debe estar recibiendo su notificación día a día.
El contagio siempre constituye un problema. Si toda crisis fuera exactamente igual que la anterior, todas ocurrirían mucho más pronto. Siempre hay algo nuevo, incluyendo cuánto tiempo es que puede aguantar un país hasta que ocurra algo inesperado que constituya la gota que rebalsa el vaso de agua. Este factor adicional siempre tiene que ver con la desaparición de algún mito. Por ejemplo, que las grandes reservas de divisas constituyen una defensa eficaz; después del problema del Reino Unido en 1992, esto ya no es válido; después de Tailandia, uno comienza a interesarse en las posiciones de futuro. Otro mito era que las economías asiáticas eran diferentes: hoy ya no lo parecen; o que los déficit están bien cuando reflejan inversión, o que los grandes préstamos no constituyen problemas si es que son privados. Cada vez que se deshace un mito, se arranca una búsqueda para encontrar casos similares. El contagio asiático es de ese tipo, y bastante exagerado en los casos de Malaisia e Indonesia, aunque no en el de las Filipinas. En América Latina, el problema se presentará nuevamente cuando el Brasil sufra su accidente y Argentina quede en la línea de mira.
**Massachusetts Institute of Technology.