Mientras la agricultura se debate en el peor de los abandonos, se persiste en lo que ha sido una constante por lo menos durante la segunda mitad de este siglo: la importación de alimentos. Se necesita, con urgencia, una política agraria.
En la segunda mitad de este siglo, el problema del abastecimiento de alimentos trató de ser resuelto por los gobiernos que se sucedieron recurriendo a las importaciones, particularmente de los Estados Unidos de América. Este es tal vez uno de los principales indicadores de la ausencia de un proyecto de desarrollo de largo plazo para la agricultura en los grupos que se han alternado en el poder en la sociedad y el Estado peruanos.
El crecimiento de las importaciones de alimentos se intensificó durante la administración de los militares que asumieron el gobierno en 1968. Paradójicamente, es bajo el paraguas de este gobierno que se implantó una política de controles y de subsidios a las importaciones de alimentos y se optó por atender la demanda de una población que crecía rápidamente. A inicios de la década de los setenta, el trigo y los productos lácteos eran los principales alimentos importados. En la década de los ochenta se incorporaron maíz amarillo duro, arroz y azúcar a nuestra relación de las principales importaciones de productos agropecuarios.
En 1970, año en el cual aún no éramos importadores de azúcar, y considerando sólo los principales productos --como trigo, maíz amarillo duro y lácteos--, 20,76 por ciento de la oferta interna de esos productos fue importada. En 1980 se incorporan al rubro de importaciones de productos de origen agropecuario el arroz y el azúcar, y en la segunda mitad del decenio su importación crece fuertemente: 75,42 por ciento de la oferta de esos productos era de procedencia externa. En los años noventa la situación se presenta más clara: las importaciones de arroz y azúcar se consolidan, y en 1997, 68,46 por ciento de la oferta interna de dichos productos proviene del mercado externo.
El crecimiento del volumen de estas importaciones en los últimos veintisiete años ha sido, así, espectacular: en 1970 se importó 521.800 toneladas de trigo; en 1997, 1.115.100. El maíz amarillo duro ha pasado de 1.700 a 931.400 en ese mismo período. En consecuencia, la estructuración de este patrón de importaciones agroalimentarias es reciente y, con el actual modelo económico, tiende a afirmarse.
Pero, como es natural, no sólo se trata de un incremento en el volumen importado, sino también de un fuerte crecimiento de los requerimientos de divisas para afrontar el pago de esas adquisiciones en el mercado internacional. En 1970, según el Banco Central de Reserva del Perú (BCRP), el valor de las importaciones de los principales alimentos --incluyendo soya y carnes junto a los mencionados líneas arriba-- alcanzó 71 millones de dólares; en 1980 llegó a 427, y en 1990 a 460. Es decir, con el modelo de industrialización por sustitución de importaciones y con un Estado interventor y proteccionista, se incrementaron en 600 por ciento las remesas de dólares por la compra de esos alimentos, con lo que se afirmó en ese período nuestra dependencia alimentaria. Los gobiernos de Belaunde y García incrementaron ligeramente el monto pagado por esas importaciones. Las dificultades fiscales tuvieron, probablemente, mucho que ver con la restricción a las importaciones de alimentos.
En los años noventa, con el modelo neoliberal en curso, el valor de nuestras principales importaciones ha experimentado un salto cuantitativo enorme, particularmente a partir del segundo shock, el de Boloña. En 1991, el monto pagado de nuestras principales importaciones se redujo drásticamente como consecuencia del primer shock de Fujimori (Hurtado Miller, agosto de 1990). En esa reducción también habría influido el descenso coyuntural de los precios de algunos alimentos en el mercado internacional.
Al año siguiente se retomó la tendencia ascendente, y en 1996 se pagó el mayor monto por la importación de alimentos de nuestra historia republicana, sólo considerando un abanico de ocho principales productos: 820,9 millones de dólares. El desembolso por la compra de arroz y trigo fue también superior al de años anteriores. La aplicación del dogma neoliberal rendía sus frutos (BCRP, en Síntesis, 9 de julio de 1998).
Esta masiva importación llevó al Gobierno a corregir las tasas y sobretasas para la importación de algunos productos, las que, junto con las buenas cosechas del arroz, condujeron a la reducción de las importaciones de ciertos bienes, particularmente arroz y azúcar. En 1997, el valor de las importaciones de los seis principales productos alcanzó 698,1 millones de dólares. Sin embargo, el impacto del fenómeno El Niño en la agricultura, que se empezó a sentir desde mayo del año pasado, y cuya secuela estamos viviendo, también ha afectado otras áreas del globo. En tal sentido, la FAO señaló en el mes de enero:
"... este año, un número muy grande de países enfrenta problemas en materia de suministros alimentarios. De 31 que eran el año anterior han pasado a 37, debido a los efectos de El Niño en Asia y América Central. Pero África sigue siendo el continente en el que la escasez de alimentos es más grave como consecuencia del mal tiempo y los disturbios civiles" (FAO: Perspectivas alimentarias nº 1, enero de 1998).
En el caso nuestro, el impacto de El Niño en la agricultura ha sido muy fuerte, sobre todo en los rubros en que importamos (azúcar, carnes y lácteos). Eso puede explicar parcialmente el comportamiento de nuestras importaciones entre enero y abril del presente año:
"Así, pues, las importaciones de alimentos repuntaron en el período enero-abril; de esta manera, en términos acumulados se registró un crecimiento de 16 por ciento respecto del mismo período del año anterior, al alcanzarse la suma de 249,1 millones de dólares, según las cifras del Banco Central de Reserva del Perú." (Síntesis, 9 de julio de 1998.)
Estas cifras pueden sugerir que este año se incrementarían nuevamente las importaciones de los principales alimentos.
Tal comportamiento de nuestras importaciones agrava los problemas de nuestra balanza comercial agropecuaria, que desde mucho antes de esta década arrojaba un saldo negativo. En 1990, este déficit alcanzaba 472,3 millones de dólares FOB. A partir de ese año ese saldo negativo de la balanza comercial se fue ampliando. Su punto más alto fue el año 1996, con un déficit de 976,3 millones de dólares, que se redujo en 1997 a 693,5 millones de dólares FOB. Es probable que este año, por las dificultades causadas por El Niño en nuestra agricultura, las importaciones se incrementen en volumen y valor y, por lo tanto, agraven el déficit de nuestra balanza comercial.
Es posible que al ritmo con que se camina, y con la actual política económica y agraria, el año 2000 nos acerquemos a los mil millones de dólares en importaciones de alimentos. Eso no sería negativo si es que se derivan de una satisfacción de las necesidades alimentarias de la población sobre la base de una elevación de sus ingresos y, fundamentalmente, del incremento de nuestra producción agropecuaria para abastecer el mercado doméstico y exportar intensamente algunos cultivos y crianzas con un mayor valor agregado, es decir, apuntar a reducir el déficit y, en el mejor de los casos, pasar a tener una balanza comercial agropecuaria positiva. Una tarea muy difícil, pero que supone modificaciones en el actual modelo económico.
En primer lugar, reiniciar el debate de la necesidad del subsidio a la agricultura, particularmente serrana; está a la orden del día. La intervención del Estado para impedir la caída de los precios agrícolas cuando hay buenas cosechas, es indispensable. Eso podría evitar las pérdidas de paperos, arroceros o maiceros cada vez que obtienen buenos resultados en sus cosechas. Y esto no es nuevo. Por ejemplo, el presidente Clinton, el 19 de julio, ha ordenado la compra de cereales por el Estado por un valor de 200 millones de dólares para evitar la caída aún mayor de los precios de los cereales producidos por los agricultores norteamericanos.
La protección de nuestra agricultura a través de aranceles, tasas o sobretasas es necesaria. Así también lo han entendido los países miembros del GATT. El problema radica en los criterios técnicos con los que debe aplicarse, cuidando principalmente de un impacto leve en el bolsillo de los consumidores. Es posible que en nuestro país, en el caso de algunos productos, estas medidas arancelarias se hayan constituido en un mecanismo para paliar los problemas del Fisco.
Estos dos tipos de medidas de política económica agraria no son contradictorios con el modelo neoliberal. Además, hace buen tiempo que empiezan a surgir en el mismo Banco Mundial severas críticas -- diríamos "autocríticas"-- sobre el modelo que apadrinaron y que tanta desgracia y pobreza ha traído principalmente a los pueblos del tercer mundo. Inclusive, esos cuestionamientos avanzan hacia el Consenso de Washington, llamando la atención, particularmente, por un papel más activo del Estado en la agricultura. En nuestro país, probablemente la gran mayoría de productores agrarios aún no olvida la fracasada intervención estatal; sin embargo, muchos de los grupos empresariales que se oponen a ese tipo de medidas fueron los que se beneficiaron con los subsidios del gobierno militar de Velasco y Morales Bermúdez o con el dólar MUC del de García y ahora buscan acumular rápidamente, siempre que, según se dice, las reglas las establece el mercado, en este caso, perfecto.
Finalmente, hay un aspecto de las importaciones de alimentos y semillas que deberíamos tener en cuenta. Se trata de la calidad del producto que compramos, que pagamos. Se viene intensificando la producción de cultivos que han sido genéticamente modificados en laboratorio o en el campo. No se conoce aún con absoluta certeza el impacto en el organismo de los consumidores. Uno de esos cultivos es la soya norteamericana (The Economist, 13 de junio de 1998). Nuestras autoridades sanitarias deberían exigir que se informe al consumidor sobre las características del producto alimenticio que se le ofrece para que, de ese modo, pueda elegir el que considera mejor para su salud y su nivel de ingresos.

SUMILLAS
El crecimiento de las importaciones de alimentos se intensificó durante la administración de los militares que asumieron el gobierno en 1968.
El comportamiento de nuestras importaciones agrava los problemas de nuestra balanza comercial agropecuaria, que desde mucho antes de esta década arrojaba un saldo negativo.
... no sólo se trata de un incremento en el volumen importado, sino también de un fuerte crecimiento de los requerimientos de divisas para afrontar el pago de esas adquisiciones en el mercado internacional.